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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 80 – mayo-junio de 2002
Recuerdos
FLECHAZO
Por Carmelo García Franco
Nueve años, para diez. Niño único, algo solitario, se me encapricha ir a un
campamento. He oído hablar a algún compañero de colegio de los campamentos de
verano. Y mi antojo es ir en las vacaciones de Semana Santa. Como en esta época
no están programados campamentos ordinarios, mis padres remueven Roma con
Santiago para acceder a mi afán. Y consiguen, gracias a su amistad con Vitín,
que me cuelen de clavo en el campamento provincial del curso de jefes de
escuadra. Yo que, por no ser, ni soy todavía de la OJE, naturalmente no me
integro en el curso, pero asisto como un acampado más.
Comparezco a la concentración, en la estación de Atocha. Me acompaña sólo
mamá, que papá está de viaje. Entro en formación, como quien se incorpora a otro
mundo. Me olvido de mamá, a la que ni digo adiós. Los del curso de jefes de
centuria, que también van al mismo campamento, cantan canciones divertidas.
Desde mi niñez, les veo muy mayores: «Yo conozco una chica muy formal, que se
llama, que se llama Carolina...», «Era un rayito de luna, olé...».
El tren, de marcha parsimoniosa e incómodos asientos de madera, nos arrastra
hasta Málaga. Desde allí hasta Marbella, en autocar. Y luego, hasta el
campamento, andandito. El campamento, en homenaje al héroe marbellí de
Filipinas, se llama Vigil de Quiñones. Nadie me lo cuenta entonces.
El campamento es un espacio ampliamente circular, que se abre en un pinar
alto y magnífico, para dar asiento a las tiendas de lona. Apartados, las
letrinas y el comedor, obligan a un pequeño paseo. También están algo retiradas
las vaguadas que se usan como anfiteatro natural para las charlas, clases y
ensayos de canciones. Y, algo más alejado, el pequeño monumento a los caídos:
una cruz en granito, sola, sin crucificado, que se abre entre la arboleda,
buscando un telón final de cielo que la recorta en majestad.
Mi jefe de escuadra se llama Míguel, así, con acento en la í. Es un chaval de
barrio, nada refinado, pero tiene aplomo. Y es naturalmente líder. Mayor que yo
en tres o cuatro años, hace gala de una gran preocupación política, lo que
resulta una enorme novedad para mí.
Nuestra escuadra se titula «La Conquista del Estado». Yo no sé qué significa
eso, pero suena verdaderamente fiero. A algunos mandos, por lo visto, no les
acaba de gustar el nombre, pero Míguel lo mantiene contra viento y marea. Como
también mantiene un banderín de escuadra que, si en el haz luce el león de la
OJE, en el envés, los colores de la bandera roja y negra de la Falange y una
garra que, andando el tiempo, sabré que es el primer distintivo que usó Ramiro
Ledesma.
Sufro las novatadas clásicas y amables: voy a por la máquina de cuadrar
petates a la zona de los cadetes, que me mandan atentamente de una tienda a
otra, sin encontrarla. También busco sin éxito la piedra de afilar machetes.
Las tiendas son más que veteranas. Llueve, y las lonas están picadas. Me
enseñan a aplicar jabón, para paliar las goteras, pero el agua de esta primavera
del 61 es rumbosa, y los charcos interiores, inevitables. Dormimos envueltos en
unas mantas marrones, que pesan mucho y calientan poco. Nos dan de comer
aproximadamente bien. Al menos, el postre, que frecuentemente es arroz con
leche, me parece una maravilla.
Al volver de una marcha, pasamos por la zona residencial de Marbella. En las
cercanías de los elegantes chalets nos afanamos en cantar ingenuidades
revolucionarias, subiendo el tono e irguiendo el cuello. Somos la peste azul. Y
a mí me está gustando serlo. Hay canciones solemnes, para romper el silencio en
la congregación marcial, en la pradera. Las hay de marcha, para acompasar el
caminar. Las hay de jarana, de relajada camaradería en torno al fuego de la
noche. Y hay también éstas de candorosa ferocidad.
Míguel, al enterarse de que mi padre había formado entre los vencedores de la
guerra civil, insinúa una mueca que me desconcierta. Él presume, con toda
naturalidad, de ser hijo de rojo, como si ello fuera marchamo de pureza
falangista. Me ofusca, no comprendo nada, aunque algo vislumbro.
En la oración se reza por todos los caídos de España. El pater nos explica,
en alguna charla, que nuestro dolor ha de ser por todos los muertos de la
guerra, no sólo por los del bando victorioso. Con los años, tendré oportunidad
de copiar del oracional de campamentos las preces que entonces oigo: Por todos
los muertos de todos los colores, de todos los bandos y de todas las políticas
de España; por los que hicieron de su vida una ascética carrera hacia la patria
eterna; por los que llegaron a la última hora como las vírgenes necias; por los
que recibieron la muerte con un grito cristiano en los labios; por los que
murieron en aras de un ideal, cualquiera que éste fuera; por aquellos que a
consecuencia de la guerra han muerto en la cárcel, en el exilio o bajo el rigor
de la pena capital; por los responsables directos o indirectos, por los verdugos
físicos o morales de todos los muertos de nuestra guerra; para que todos los
muertos de nuestra guerra hayan sido la última sangre vertida en discordias
civiles entre españoles; para que la justicia y el amor, entre todos los hombres
de España, hagan imposible una nueva guerra fratricida. Esta plegaria de paz,
tan lejana del empecinamiento en la revancha que luego me tocará vivir, es lo
que aquí aprendo.
s glorias del pasado como exigencia, poner en solfa las diferencias sociales
inicuas, el afán de un mañana mejor, la justicia, la hermandad, la oración,
entran más por los gestos y los silencios que por las explicaciones, y prenden.
Habrá quien mantenga lo contrario, pero tengo para mí que aquélla no fue mala
pedagogía.
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