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Altar Mayor - Nº 97 (47)
Monday, 17 January a las 21:09:06

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

EL ISLAM Y OCCIDENTE
Por
Diego Gálvez [1]

Todo lo que sea bueno hay que aceptarlo,
sin importar que proceda de un amigo o de un enemigo

al-mesucli

EXPANSIÓN DEL ISLAM

La expansión del Islam empezó en la región del Hiyaz (Arabia) y progresó rápidamente. Esta inusual expansión hizo pensar a los propios árabes, y después al mundo musulmán en general, que este acontecimiento histórico era verdaderamente milagroso. En efecto, con escasos beduinos, sin formación guerrera adecuada, y fuertes rivalidades entre tribus, se conquistó de inmediato parte de la Península arábiga. A partir de entonces en tan sólo doce años los califas ortodoxos sucesores de Mahoma construyeron un gran imperio, y con los Omeyas se consiguió alcanzar el cenit, abarcando desde España hasta la India. Esta expansión quizá fue posible gracias a factores externos: tanto Irán como Bizancio se encontraban en aquel momento histórico muy aminorados por las guerras que habían sostenido. Además desde el siglo V pueblos procedentes de las regiones de Arabia se habían ido instalando en la región del Creciente Fértil y territorios adyacentes y, juntamente con otros pueblos conversos, coadyuvaron de manera decisiva a la expansión del Islam. Los territorios quedaron divididos de la siguiente forma: los pertenecientes a dar-al-Islam, que eran los propios donde esta religión predominaba, y los de dar-al-harb, es decir, los territorios enemigos. Esta división tuvo un carácter muy pernicioso. Los judíos y cristianos, es decir, las gentes del Libro, tuvieron ciertos privilegios para conservar su religión, previo pago de impuestos sumamente abusivos, y eran conocidos bajo el nombre de dimies. Pero su situación jurídica y social siempre fue de inferioridad frente a la de los árabes y varió con el curso de los tiempos, no siempre de manera halagüeña. Los politeístas y otros pueblos que permanecían en la idolatría fueron perseguidos de una manera cruel, especialmente los de raza negra.

Para una percepción correcta del proceso islámico hay que tener presente que una cosa es el pueblo árabe-musulmán, y otra muy distinta la comunidad de pueblos cuyo hilo conductor es el Islam, denominada umma. Según las últimas investigaciones ésta abarca en su seno unas 300 etnias y lenguas distintas, con un total de mil trescientos millones de fieles, de los cuales únicamente ciento noventa son árabes. La lengua árabe es una de tantas, por lo que sólo los intelectuales de los distintos estados que componen la umma pueden leer el Corán en su versión prístina. Ibn Batutta, un ulema que quiso conocer la problemática del Islam en todos los territorios en los que predominaba, hizo un recorrido por los mismos y se quedó verdaderamente perplejo cuando observó las distintas formas en que la Sharia se llevaba a la práctica. Cuenta, por ejemplo, que en ciertas regiones occidentales de África la mujer tenía tal libertad que le era posible entrar en casa de su amante con gozosa tranquilidad.

A partir del siglo XI la expansión islámica cambia de signo, de tal manera que los árabes tomaron menguada participación en ella, y, además, a la postre, fueron engullidos por otros pueblos ya islamizados: los turcos otomanos, en especial. Los mercaderes árabes, persas indios y beréberes llevaron el Islam a Malasia, Indonesia, y África oriental.

Consideraciones

La conquista árabe fue una hazaña extraordinaria desde el punto de vista bélico, y además logró estructurar un mundo cultural muy importante, pero en base a otras culturas. Tuvo, empero, aspectos muy negativos, ya que se llevó a cabo con gran fiereza y desprecio hacia todo ser humano que no fuera árabe, incluso si éste era musulmán.

El fenómeno anterior dio lugar a una arrogancia desmesurada de los árabes y, al mismo tiempo, les dotó de una conciencia étnica. Los rasgos y características propios de los árabes preislámicos se mantuvieron.

La umma no constituye una unidad monolítica debido a la amalgama de etnias, lenguas, culturas y sistemas políticos que la componen. El lazo que solidariza es la religión.

Los propios árabes creen ser, por la propia dinámica de los acontecimientos históricos, el eje de la umma, lo cual es realmente cierto, y Occidente debe ser consciente de esta realidad trascendental.

El pueblo árabe ha sido sojuzgado por otros pueblos, desde el siglo XI hasta bien entrado el siglo XX. Ello ha dejado secuelas en su psicología todavía muy presentes.

FACTOR RELIGIOSO

El Islam es «el reconocimiento voluntario y activo del mandato del único, Allah, y la sumisión total a Él», y a los que al mismo se someten se les denomina musulmanes. Los ulemas, estudiosos del Islam, juntamente con los creyentes, han participado en la formación histórica del mismo. Ahora bien, en la Arabia preislámica existió una religión primitiva de carácter politeísta que contaba con algo más de trescientos dioses, aunque había uno, el Alto Dios, que era el creador de los cielos y de la tierra. Sin embargo, éste dejaba a los hombres huérfanos de una moral y no prometía una vida eterna o de consolación. Pese a este clima religioso, pesimista e inhibidor, nació en el seno de estas gentes una filosofía propia, con seguimiento de las tradiciones orales de la tribu, faltos de tutela o mandato divino. El concepto de hombría era su punto de referencia, cuyas connotaciones eran coraje, lealtad, generosidad y también venganza. Algunas de estas personas, que fueron llamados hanifes, llegaron a no estar de acuerdo con la desolación en que les dejaban los dioses, ni tampoco con la moral que aquella sociedad primitiva se había autoimpuesto. Ello les condujo a una relación y entroncamiento con Abraham, y a una aproximación a las religiones judía y cristiana, que ya estaban instaladas en Arabia en algunos lugares. Todo ello contribuyó a poner las bases para el surgimiento de Islam.

En efecto, Mahoma reafirmó el vínculo con el patriarca Abraham, considerado como el primer musulmán; es decir persona que se somete a un Dios único. Abraham, según esta noción, no era ni judío ni cristiano. Pero la tradición islámica reconoce a los profetas de la Torá, así cómo a Jesucristo, como hitos de un proceso que empieza en Abraham y termina y se cierra con Mahoma. Este vendría a restaurar el Islam genuino, ya que las otras gentes del Libro (judíos y cristianos), después de la muerte de los últimos profetas fundadores, habían cuando menos malinterpretado la revelación original. Así, los musulmanes creen que el cristianismo mantiene un politeísmo, pues tiene como fundador a Jesucristo que es el Hijo de Dios y, a su vez, forma parte de la Santísima Trinidad. Todo ello no es obstáculo para admitir la virginidad de la Virgen María. En una tradición se dice que Mahoma se manifestó así: «Con la excepción de la Virgen María y su Hijo, ningún ser humano ha nacido sin que el demonio le toque».

Consideraciones

Es evidente que las tres religiones monoteístas se consideran las verdaderas y proselitistas, por lo que de entrada surgen problemas delicados entre ellas. Durante la Edad Media la figura de Mahoma fue escarnecida por judíos y cristianos, sin un estudio serio de esta figura, por otra parte muy debatida. Los musulmanes tachan a los judíos con calificativos muy desagradables y, desde casi el inicio del Islam, las relaciones se enturbian entre ellos cáusticamente.

Actualmente se hacen esfuerzos para un acercamiento de las tres religiones monoteístas. Juan Pablo II actúa febrilmente en esta dirección, pese a no ser comprendido por un sector de la Iglesia.

DIVERSIDAD DE VECTORES RELIGIOSOS EN EL ISLAM

Contemplar el Islam como una unidad perfectamente sellada, como pudiera serlo la Iglesia Católica, es desde todo punto de vista un error. En primer lugar, porque en el Islam no existe una Iglesia como tal. En segundo, porque han existido y existen diferencias muy profundas en cuanto a la adaptación de esta religión a un ámbito tan extenso como es el de las culturas en las que se expandió.

Pero la causa más importante de división religiosa deriva de problemas de orden sucesorio al califato, y dada la importancia que tiene el Islam dentro del mundo de la política se hace difícil, cuando no imposible, deslindar el fenómeno religioso del político. El chiísmo sólo reconoce a Alí y a sus descendientes como legítimos sucesores de Mahoma, y cuando desaparece físicamente el duodécimo Imán, todavía un infante, éste se convierte en el Imán Oculto o Mahdi. Con ello se rompe la trayectoria del imanato, pero el Mahdi aparecerá de nuevo para hacer justicia e incluso acompañado de Jesucristo, según dicta la tradición. Todo ello proyecta consecuencias muy importantes, ya que al faltar el Imán, los mollahs se van apoderando de los poderes religiosos de éste y posteriormente también de los políticos. Se crea la figura máxima del ayatolá, y con la llegada de Jomeini -que inconcebiblemente se nombra a sí mismo Imán- se desplaza a la dinastía de los Palevi instaurándose una teocracia antioccidental. Si los sunníes pueden ser considerados como los ortodoxos, los chiíes entran prácticamente en el mundo de la heterodoxia, aunque la mayoría de los sunníes siguen viéndolos como musulmanes. Constituyen el 10% de la totalidad de los fieles; es decir, unos ciento treinta millones. La diferencia fundamental que separa al chiísmo del sunnismo, independientemente de la problemática de Alí, se concreta en la interpretación del Corán y de los textos religiosos. Se busca en estos textos un sentido esotérico con apartamiento de la evidencia textual.

Existen otros muchos vectores de dispersión religiosa, como los jariyíes, que preconizaron que al califato puede llegar todo musulmán, aunque no descienda de Mahoma, si realmente es un musulmán apto y honrado; hacen tabla rasa de clases y estamentos, e incluso llegan al exterminio físico de los disidentes. Los islamíes pusieron la doctrina del Imán Oculto al servicio de la revolución social, con desprecio de toda regla islámica, llegando incluso a saquear la Meca y robar la Piedra Negra de la Kaaba. Se podría confeccionar una lista de heterodoxos bastante extensa.

Consideraciones

La umma, o si se prefiere el mundo islámico, no es una unidad religiosa en armonía perfecta. Tiene en su seno fisuras que quizás Occidente no ha apreciado debidamente. Sunníes y chiíes han mantenido siempre sentimientos de hostilidad de gran agresividad.

Si se quiere construir un estado islámico (no solamente árabe), los estados que en principio pudieran estar capacitados para llevar acabo este liderazgo podrían ser: Egipto, Irán e Irak. Egipto, desde Camp David, ha perdido gran influencia en el mundo musulmán; Irán es visto por el resto de los árabes con muchas reservas debido a su chiísmo y a tener una cultura persa no relegada; Irak, con kurdos, sunníes y chiíes, independientemente de la situación actual, tampoco parece apto para esta tarea.

LA YIHAD

El término Yihad se traduce por guerra santa y tiene un primer significado de esfuerzo contra sí mismo, de lucha contra nuestras propias pasiones. En este sentido, pues, es totalmente admisible y plausible, pero en el significado de lucha para la conquista de nuevos territorios para expandir el Islam se hace absolutamente vituperable. La guerra santa debía ser declarada por el califa y llevarse a cabo por varones exclusivamente y no de una manera individual, sino con cierto movimiento de masas. Los camicaces no encajan en esta institución. Es justo decir también que la Yihad no está incluida en los cinco pilares canónicos del Islam. La guerra santa se ha practicado no solamente contra los politeístas e idólatras sino también contra los propios musulmanes, pese a la prohibición establecida en la Sharia. Desde un punto de vista estricto, en el chiísmo no se puede declarar la guerra santa hasta la venida o aparición del Imán Oculto o Mahdi.

A pesar de las numerosas interpretaciones que se han dado sobre la Yihad, tendentes a un significado de esfuerzo en la contención de nuestras pasiones, lo cierto es que una interpretación objetiva del Corán confirma también su faceta bélica. Sura 4.76: «Aquellos que creen, luchan por la causa de Dios», o la Sura 9.5-6: «Matad allí donde los encontráis a quienes ponen a otros dioses junto a Dios». Y así otros párrafos de la misma o parecida entidad. Por otra parte existen dudas sobre quién ha de declarar la guerra santa al faltar el califa, y en la actualidad cualquier líder político, incluso laico, se ha atrevido a hacerlo. Los movimientos radicales, o simplemente terroristas, siguen igual conducta.

Consideraciones

La guerra santa no va dirigida especialmente contra los cristianos, sino que se ha practicado más bien contra los pueblos politeístas e idólatras, e incluso contra los propios musulmanes. Las guerras entre éstos han sido incesantes desde un principio.

Las tensiones hostiles que existen entre el mundo musulmán y Occidente no deben ser interpretadas con carácter integrador, en términos religiosos, más bien la religión ha sido la excusa y cobertura para guerras con motivaciones muy diferentes.

EL FACTOR TURCO, SIONISTA Y COLONIAL

Quizá sea conveniente detallar algunas cuestiones conflictivas que se han producido en el siglo XX, entre árabes y Occidente, porque inciden muy ácidamente en los acontecimientos que se están viviendo.

El factor turco

Desde el siglo XI los turcos dominaban grandes extensiones que abarcaban el Próximo Oriente, Irán, y Asia Menor. Y en el siglo XVI los turcos otomanos crearon un gran imperio que prácticamente sustituyó al de los árabes. Ello alimentó un estado anímico de gran frustración en estos últimos. Pero fue necesario llegar al siglo XIX para abrir las puertas a una concepción de un estado árabe, aunque sólo entendido por algunas capas sociales superiores. En 1901 aparece en Egipto una obra cuyo título era La madre de las ciudades; es decir, La Meca. En él se pone de relieve la superioridad de los árabes sobre los turcos y se esboza «un plan de regeneración del Islam gracias al impulso de un califa árabe, con poderes únicamente espirituales, cuyo centro sería la ciudad santa de La Meca». Este sentimiento político y social se exacerbó con el advenimiento en Turquía de un régimen constitucional: la revolución de los Jóvenes Turcos, alentada por los judíos allí establecidos. Entonces numerosas asociaciones se fueron constituyendo para la expansión de esta idea nacionalista, y entre ellas fue significativa «Al Fatat», que se declaraba sin ambages por la independencia. Esto ocurría en 1901, pero la población en general no estaba todavía interesada en esta gran empresa. Sin embargo, en Arabia, tras algunas escaramuzas, los árabes lograron victorias contra los turcos, consiguiendo algunas cuotas de autonomía.

Consideraciones

Hasta la Primera Guerra Mundial él primer enemigo de los árabes no era Occidente, sino el Imperio otomano, aunque la presión del factor colonialista se iba evidenciando.

El factor palestino

El problema palestino es quizá el que más ha perturbado las relaciones entre los árabes y Occidente. El terrible embrollo mortífero que allí tiene lugar, nace de la aspiración de los judíos de la Europa oriental a evadirse del vejamen y persecución que sufrían en aquellos países. Herzl fue el judío más representativo de estos sentimientos, que plasmó en su libro El Estado judío, escrito en 1895, en el que se expone la necesidad de establecer el mismo en la Argentina o en tierras de Palestina. Desde aquella fecha las presiones sionistas continuaron vigorosamente, y, con la intervención de Rotschild, se llegó a la declaración de 2 de noviembre de 1917, llamada Balfour, por la cual el gobierno británico aceptaba con agrado la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina. En esta fecha la población judía en territorio palestino ascendía al 7,17% del total. La inclusión de esta declaración sobre Palestina, en el artículo 22 del Pacto de la Sociedad de Naciones, privó a los palestinos del cumplimiento de la autodeterminación que se preveía en el mismo articulo 22 para otros territorios árabes, como a continuación se examinará. El 25 de abril de 1920, en San Remo, se acuerda que el gobierno británico se haga cargo, del mandato de Palestina para dar cumplimiento al mismo; es decir, la creación de un Hogar Nacional Palestino. Pero la presión inmigratoria judía, la violencia desencadenada entre las partes, y la posición de los Estados Unidos, hicieron que el gobierno mandatario británico se viera obligado a transferir en 1947 a las Naciones Unidas la cuestión Palestina para su resolución. Con ello, y tras numerosos actos terroristas entre las partes implicadas, se llega a la resolución de la ONU de 29 de noviembre de 1947, por la que se aprueba el plan de partición de Palestina, con una oposición general por parte de todo el mundo árabe y musulmán en general. La actitud de los Estados Unidos para el logro de tal resolución -33 votos a favor, 3 en contra y 10 abstenciones- fue decisiva. En dicho año la población judía no llegaba a la tercera parte de la totalidad, y su propiedad rústica tan sólo alcanzaba el 5,66% del territorio palestino. Solamente un 10% tenía sus raíces en aquel territorio.

El 15 de mayo de 1948 se declara constituido el estado de Israel. Las consecuencias inmediatas fueron la entrada de las tropas de Egipto, Jordania, Siria y Líbano en territorio palestino para hacer la guerra a Israel, ya que por parte árabe nunca se había aceptado tal partición. Esta guerra, que tuvo lugar entre 1948 y 1949, terminó con la victoria de Israel y la ocupación de un territorio de 20.850 kilómetros cuadrados de un total de 26.323 que constituía Palestina. Como es sabido se sucedieron tres guerras y la del Líbano.

Consideraciones

Los árabes se sintieron defraudados por Occidente en la cuestión Palestina, pues la declaración Balfour había sido hecha a sus espaldas y los palestinos nunca fueron consultados a este respecto.

La responsabilidad sobre Palestina ha sido hoy día asumida de hecho por los Estados Unidos, por lo que les incumbe también la responsabilidad moral de su resolución, sin perjuicio de las obligaciones de la ONU sobre la conservación de la paz internacional, y máxime cuando sus resoluciones han sido sistemáticamente incumplidas.

Por otro lado, la partición efectuada ha sido injusta, pues los territorios concedidos a cada una de las partes no se acomodan a las poblaciones afectadas, y, además, se les han asignado a los palestinos las tierras más infértiles y montañosas.

Factor colonial

Otros acontecimientos dentro de un marco más amplio, que atañían a toda la región árabe, se desarrollan en estrecha conexión con la cuestión palestina. Ya desde 1908 empieza una serie de actividades relacionadas con la creación de un estado árabe. Desde 1915 hasta principios de 1916 se establece una correspondencia entre el rey Hussein y Mac-Mahon, alto comisario británico, por la que Hussein se compromete a luchar contra el Imperio turco, a cambio de recibir u ostentar la titularidad de rey de los árabes. En efecto, éstos comienzan su lucha contra los turcos en junio de 1916 y entran en Damasco en 1918. Hussein, consecuente con las promesas dichas, se autoproclama rey de los árabes, pero ni Gran Bretaña ni Francia apoyan esta titularidad, sino tan sólo la de rey de Hedyaz. En todas estas vicisitudes interviene el famoso Lawrence de Arabia. La explicación de esta actitud británica y francesa se debe a que por los acuerdos de Sykes-Picot, de mayo de 1916, se habían ya repartido entre ellos estos territorios en zonas de influencias, que coincidirían con los mandatos posteriores que les otorgaría la Sociedad Naciones: Siria y Líbano (separado de la gran Siria), bajo el mandato francés; Irak, Palestina (seccionada igualmente de Siria) y Transjordania (creada artificialmente) bajo el mandato británico. En efecto, las amplias y benefactoras ideas del presidente Wilson con respecto a las autonomías de los pueblos sometidos, se hicieron realidad en 1919 en el artículo 22 del Pacto de la Sociedad de Naciones, corroborando los acuerdos anteriormente mencionados. Dicho artículo prescribía respecto a Palestina, Siria, Líbano e Irak que «su existencia como naciones autónomas puede ser reconocida provisionalmente a condición de que la ayuda y consejos de sus administradores guíen su administración hasta que sean capaces de dirigirse por sí mismos». Pero ya se ha visto que la inclusión de la declaración Balfour sobre Palestina había privado a sus habitantes de lo prescrito en este artículo. Por estas fechas la colonización europea había llegado a su cenit, y los sentimientos antioccidentales eran evidentes en el seno de los pueblos árabes.

Consideraciones

Los pueblos árabes quedaron defraudados al establecerse los mandatos británico y francés sobre los territorios citados. Además, la colonización había alcanzado ya a su cenit, dejando un sentido de humillación y falta de respeto a la autoridad moral de los europeos. Tenían conciencia de que en lugar de ser colonizados para su progreso, habían sido invadidos y explotados económicamente.

La Primera y Segunda Guerra Mundial fueron también factores decisivos para una imagen peyorativa de Europa, pues los musulmanes que lucharon en ella tuvieron una impresión muy lamentable de la conducta que se practicaba entre los cristianos.

REFORMISMO EN EL MUNDO MUSULMÁN

En el siglo XVIII se hizo patente que la umma estaba totalmente desarticulada, en cualquier aspecto que pudiera ser tenido cuenta. En religión, incluso, se habían introducido prácticas preislámicas, y la moral seguía sendas muy parejas. El Profeta ya predijo que la umma sería asolada por la corrupción y la falsedad. Se producen, entonces, movimientos muy importantes que toman conciencia de la necesidad ineludible de la renovación de la vida del Islam o, si se prefiere, de la umma.

Esto no obstante, cada uno de los movimientos toma características diferentes, aunque todos dentro de la misma idea predicha.

Un movimiento político-religioso muy radical nace en Arabia en 1744, dirigido por Abd al-Wahhab: el wahhabismo. Radical en esencia, empieza prohibiendo las prácticas religiosas populares, así como cualquier contacto público entre hombres y mujeres, con inclusión de la obligación de portar la barba «islámica». Se llega a exterminar a cualquier persona, musulmán o no, que se dedicara a la bebida o a la prostitución. Pero aún más... toman la ciudad de Kerbala, de tanta significación religiosa para el chiísmo, y se extermina a la población. Este movimiento tiene gran importancia actualmente, pues es fuente de otros muchos movimientos radicales, financiados y amparados desde la Arabia saudita.

En el siglo XIX la crisis que sufría el Islam se iba haciendo cada vez más aguda, pero se empiezan a desestimar ideas negativas, como establecer fronteras inexpugnables frente a los infieles; por el contrario, se observó, por numerosos viajeros musulmanes, que la Europa secularizada iba cada día más en auge, y, al mismo tiempo, se expandía hacia el dar-al-Islam; es decir, a los territorios del Islam. La oposición bélica que hicieron los musulmanes al poder europeo colonizador fue eliminada, con carácter general, fácilmente. En algunos casos, declaraciones no muy diplomáticas, como la que hizo el arzobispo de la gran mezquita de Argelia -los franceses la habían transmutado en catedral- sobre la conversión de los musulmanes, a los que, según dicho arzobispo, había que forzarles a abandonar su «fe bárbara», hizo rememorar a los árabes las viejas «cruzadas». A principios del siglo XX los únicos territorios que no estaban bajo la colonización europea eran Turquía, Irán, Afganistán y el Yemen, así como las ciudades de La Meca y Medina, en Arabia.

En este siglo XIX aparece una figura sobresaliente en el movimiento reformista musulmán, que podemos denominar moderno, en contraposición con el anterior: el egipcio Muhammad Abdu. Como todos los reformadores, proclamó que había que transformar la sociedad islámica en lo referente a la moral, pero también acometer la investigación y enseñanza de las diferentes ramas de la ciencia, pues al hacer esto, en definitiva, se recuperaba la cultura árabe de los tiempos en que estaba en su mayor pujanza. Abdu siguió aferrado al Corán y la Sunna del Profeta, pero introdujo un elemento nuevo que se prestaba a una interpretación más libre: «los antepasados piadosos». Ello dio lugar a la corriente reformadora de los salafíes; es decir, el Corán y la Sunna determinaban el culto y la parte normativa más esencial, pero en lo referente a las cuestiones sociales debería aplicarse la ichtihad, o juicios de juristas, en base a una interpretación histórica y social del momento que se estuviera viviendo. Para estos reformadores, el problema del colonialismo era algo que no podía ser obviado; pues era un vejamen para los musulmanes.

Esta postura, sin embargo, no les salvó de las críticas de los musulmanes conservadores, que expresaron que esta amplitud de interpretación en la ichtihad se convertía en realidad en libertad de pensamiento y podría ir contra la voluntad de Alá. Para estos conservadores el derecho no era el producto de la demanda exigida por la sociedad, sino precisamente lo contrario: la sociedad debía regirse según la Sharia. Era evidente que existía un gran confusionismo práctico sobre esta reforma: algunos se afirmaron en sentimientos panislamistas, otros opinaban, por el contrario, que el estado debería ser la piedra angular del mundo islámico, aunque no había ningún consenso en la forma de hacerlo. Incluso se pensó en un modelo laico europeo y en un llamamiento para relegar la religión a la conciencia del individuo. Esto último tuvo su verificación en Turquía, que derogó la Sharia para sustituirla por leyes que eran un trasunto de las europeas, clausurando incluso centros de enseñanza religiosa.

En los años sesenta del siglo XX tiene lugar la descolonización, pero la polémica entre conservadores y reformistas no dejó de seguir activada. Los primeros siguieron en su empeño en que la cultura occidental, en todo su conjunto o parcialmente, no era exportable al mundo islámico; por el contrario, los reformistas tendían a un sincretismo entre religión y cultura moderna. Esta profunda discordancia entre unos y otros dio lugar a que no llegara al poder el Frente Islámico Unificado, con beneficio político de los seculares.

Los movimientos radicales que han ido apareciendo a mediados del siglo XX han sido siempre combatidos por diferentes gobiernos del mundo musulmán, lo que no ha sido obstáculo para que los mismos tuvieran una respetable base social. Se les ha denominado fundamentalistas, por ser considerados antioccidentales y antimodernos, pero desde luego son ramificaciones de las corrientes reformistas antes aludidas, quizás con un matiz todavía más antioccidental y con críticas a los ulemas por no hacer su labor religiosa debidamente. Entre estos movimientos radicales se encuentran el de Los Hermanos Musulmanes en Egipto, fundado en 1928 por Hassan Banna, y la Asociación Islámica, implantada en Lahore en el año 1941 por Mawdudi. Ambos movimientos partían de la base de que establecer una sociedad laica era del todo imposible, puesto que toda política para los musulmanes estaba basada en la religión. Tanto uno como otro preconizaban la creación de un estado islámico, que debería seguir las normas por las cuales se rigió la sociedad en la vida del Profeta y los primeros califas, hasta que la voluntad de Alá no fue respetada por los musulmanes.

En 1952 apareció el partido de Liberación Islámica. Se inspira en una organización al estilo comunista, y condena a Occidente con rotundidad, manifestando que éste pretende dislocar el mundo islámico con el empleo de todos los medios imaginables. Asimismo repudia la conducta moral de los europeos. Este partido no pudo obtener la aprobación de los gobiernos de los estados musulmanes. El estado islámico tendría como eje la Sharia, su gobernante sería elegido por el pueblo y podría ser destituido también por él, constituyéndose igualmente un cuerpo revisionista para control. Se busca la identidad musulmana, pero también la modernización, despegándose así de los partidos seculares, que únicamente pretenden el progreso.

CONCLUSIÓN GENERAL

El mundo islámico y Occidente se hallan sumergidos en una problemática hostil que tiene antecedentes muy antiguos y con influencia de factores muy heterogéneos, y no todos pueden ser atribuidos a la dinámica histórica de la pugna Oriente-Occidente. Ante todo, hay que tener presente que el pueblo árabe es el inspirador y motor de toda la umma, por lo que en él se debe polarizar la atención de Occidente, si es que se desea hallar una solución político-social para todo el conjunto de ella. Es palmario, además, que al existir dos partes, ambas han de prestar su colaboración para lograrlo, pero a Occidente, por su mayor poder, influencia y avance cultural le corresponde, en gran medida, dar los pasos más sustanciales para su logro.

El pueblo árabe pasó por la historia, con relativa rapidez, de un gran esplendor a un sometimiento extranjero, principalmente por pueblos de su propia religión, y dada su idiosincrasia le es penoso superar este acontecimiento histórico: la frustración, que pende sobre el mismo, es el mayor lastre con que se tropieza para mirar abiertamente al futuro. Su religión, estrictamente monoteísta, el Islam, ha calado profundamente en él, regulando prácticamente tanto la vida pública como privada, con las variantes que la historia y la geografía han impuesto. Así pues, esta cultura está anclada en el hecho religioso y, sin duda alguna, se refugia en éste a modo de defensa contra su frustración frente al mundo, que polariza actualmente en Occidente, máxime cuando la descolonización europea tan sólo hace medio siglo que desapareció. Occidente, por otra parte, ve en esta cultura un impedimento al progreso de estos pueblos, y la imposibilidad de un acercamiento. Pero la historia enseña que las diversas culturas nunca han marchado parejas, y cada una tiene su propio ritmo histórico, con su nacimiento, desarrollo y muerte. La cultura islámica tuvo su origen en el siglo VII d. C., la nuestra se puede afirmar que lo tuvo en el siglo VI a. C. Así pues, todas las tentativas que se emprendan para hallar soluciones a esta conflictividad no pueden ser sistemáticamente diseñadas a corto plazo. Las culturas no evolucionan per saltum sino que normalmente lo hacen muy lentamente, y ello nos lleva a la consecuencia de que por la fuerza de las armas es muy difícil cambiarlas; precisamente se produce generalmente el fenómeno contrario: enraizarlas, a manera de defensa instintiva.

La democracia está entretejida en todas las manifestaciones culturales, y, por tanto, tampoco se puede imponer por la fuerza, aunque sí se puede catalizar su implantación, poniendo de manifiesto las bondades que tiene: la primacía del derecho, elaborado sobre un sistema axiológico basado en la igualdad y dignidad del ser humano. No hay que olvidar, en forma alguna, que en el interior de la umma se están gestando desde hace ya tiempo movimientos reformadores muy importantes, y, en líneas generales, la «razón» va ganando terreno día a día, aunque los occidentales no lo advirtamos así. El caso de Turquía es paradigmático. Se evidencia, también, cómo los gobiernos laicos de los estados musulmanes condenan los movimientos radicales y el terrorismo de la misma forma que lo hace Occidente. Lo que está ocurriendo actualmente en Irán refleja, a escala popular, lo que se dice: las clases medias, ya ilustradas, no se allanan a un estado teocrático, por mucho que se lo disfrace de república democrática.

El terrorismo, por principio, no puede identificase con un Estado. El terrorismo islámico es un movimiento violento, reivindicativo de la identidad islámica, con muy diferentes orígenes y tendencias nacionalistas. Nacido en el seno de la umma, busca su justificación en esta religión, y ha tenido complicidades estatales en algunos casos. Hussein verosímilmente no pudo estar de acuerdo con Osama ben Laden, puesto que ambos representan ideas totalmente antagónicas: estado laico frente a un terrorismo fundamentalista. A este terrorismo solamente se le puede combatir mediante la información y la cooperación ineludible de todos los estados. La ONU debería ser la columna vertebral de erradicación de este gravísimo problema, apoyada sinceramente y muy principalmente por las grandes potencias.

Por otra parte, el poderío bélico total de la umma es despreciable si se lo compara con el de Occidente, aunque los presupuestos de estos estados en su vertiente bélica sean sumamente extravagantes. Nada debe temer Occidente a este respecto. Otra cuestión muy distinta es, por ejemplo, que EE.UU. invada territorios musulmanes. Aquí la situación se complica, porque se puede derrotar rápidamente a un enemigo con el empleo de armas sofisticadas, pero después hay que ocupar sus territorios, y esto es muy costoso en todos sus términos, como lo demuestra la historia militar, experimentada ya por esta nación. La umma tampoco es un frente único consolidado, sino que tiene numerosas fisuras, en sus aspectos políticos, religiosos, raciales, de rivalidades, etc. Ello la debilita enormemente ante cualquier enfrentamiento con el exterior. El problema de las armas nucleares es sin duda muy complejo y debe ser resuelto por la aplicación del Tratado de no Proliferación de Armas Nucleares (TPN), en el que juega un papel decisivo la agencia AIEA, organismo dependiente de la ONU. Hay que potenciarla aún más a estos efectos. Realmente éste es el problema más perentorio, debido además a la existencia de armas nucleares «portátiles», que pueden ser utilizadas por los terroristas.

En resumen, Occidente debe centrarse en un sincero acercamiento a los países islámicos, respetando su cultura, pero coadyuvando a la consolidación de las ideas de modernización y progreso, que muchos gobiernos y capas sociales ilustradas tratan de implantar. Pero es primordial lograr la pacificación del pueblo árabe, que, como se ha dicho, es el eje alrededor del cual gira todo el mundo islámico. Ello comporta el arreglo de la cuestión Palestina, y EE.UU. tiene que apoyar a la ONU de forma ineludible y limpia, para que ésta pueda establecer, de una forma u otra, la soberanía del pueblo de Israel y la de los palestinos; con sus naturales estados independientes. De lo contrario la paz no prevalecerá en aquella zona, ni tampoco en la totalidad de la umma. También hay que valorar la importancia que Turquía tiene, como un pueblo en trance de modernización y de una posible integración en la UE, ya que puede ejercer de vector en la modernización del mundo musulmán gracias a una religión común. En Irak, Estados Unidos no podrá imponer su democracia, y, al final, se implantará lo que quieran ciertos sectores políticos o más certeramente sus líderes religiosos; y lo mismo en Afganistán, donde los señores de la guerra siguen pilotando este país, sobre el fantasma de Kabul. Por último, la mujer musulmana debe ser objeto de especial atención, pues gran número de ellas está en el perfil de vida femenina que se sigue en Occidente, eso sí, conservando un mayor recato. Y es que el impulso hacia la libertad, en un amplio sentido, está ínsito en el código de la vida de la humanidad.



[1] Trabajo tomado de la revista Razón Española, número 126, de julio-agosto 2004.


 
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