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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
ESPAÑA EN EUROPA
Por Luis Antonio Vacas Rodríguez
[1]
Antes de comenzar con lo que España ha de ser en Europa, primero convendría
recordar lo que ha sido y lo que es España. Cosa difícil si nos atenemos a las
opiniones de los propios españoles, pues cada uno tiene la suya propia y
diferente a la de los demás. Esto en el caso de los que tienen opinión propia,
lo cual reduce mucho la cuantía, pues los que forman la masa, que son muchos, no
la tienen y son los manipulados que forman la mayoría. Ellos siguen la ley
enunciada por Albert Einstein, que dice: «La primacía de los tontos es
insuperable y está garantizada para siempre. Su falta de coherencia alivia, sin
embargo, el terror de su despotismo». Y concreta aún más: «Para hablar con
propiedad, el Estado no puede ser lo más importante: lo es el individuo creador,
sensible. La personalidad. Sólo de él sale la creación de lo noble, de lo
sublime. Lo masivo permanece indiferente al pensamiento y al sentir».
Dicho esto, hemos de señalar que España logra su unidad política por la
dominación romana, que inicia la conquista del territorio peninsular en el año
218 a.C, y terminó en el 38 d.C, con la sumisión de las tribus astures y
cántabras. Hasta el siglo V fue una dependencia del Imperio Romano. Se convierte
en nación independiente en 476 con la subida al trono del primer rey visigodo,
Eurico.
Según el profesor Claudio Sánchez-Albornoz: «El Occidente mismo no existiría
y sería incomprensible sin España. Porque no hemos sido un pueblo deudor, sino
un pueblo acreedor de Europa. Aunque otra cosa crean quienes en esta hora -en
cada hora triunfa una escala peculiar de valores que la hora anterior no estimó
de igual modo y que la hora siguiente jerarquizará de otra manera- otorgan
crédito preferente a actividades y creencias humanas que el homo hispanicus -es
injusto decir que no ha sabido- no ha podido llevar a cabo. Aunque otra cosa
crean quienes a la hora de hoy desdeñan las gestas y las creaciones que nosotros
hemos realizado y valorado y seguimos realizando y valorando». Y añade: «Y
siendo lo hispano mucho más denso y uniforme -pese a los peninsulares que
reniegan hoy de su condición de españoles-, ¿cuántos matices caben señalar entre
lo hispano levantino, lo hispano atlántico, lo hispano cantábrico y lo hispano
andaluz?». Españoles o Hispanos, como dijo Camoens: «Portugueses y castellanos,
porque españoles lo somos todos».
Y continuamos de nuevo con don Claudio Sánchez-Albornoz: «Hemos convenido en
que el hombre es historia y Ortega ha sostenido que los pueblos cambian al paso
rápido de las generaciones. El ayer es siempre distinto del hoy como lo es el
hoy distinto del mañana. No hay dos siglos hispánicos idénticos. Pero ello nos
autoriza y nos obliga a tener por españoles a cuantos dentro o fuera de España,
a través de la historia han pensado, sentido y vivido como era habitual pensar,
sentir y vivir en Hispania a la sazón, desde mucho antes de Viriato hasta mucho
después de Prim». Y además añade: «Hasta 1492 el mundo director de la vida de la
humanidad había vivido en torno al Mediterráneo. Porque España fue como fue a
través de ocho siglos. Occidente dio un salto por encima del océano tenebroso y
convirtió al Atlántico en el mar de la civilización y en el eje de la vida del
hombre».
Ahora, es el profesor A. A. Parker, de Estudios Hispánicos de la Universidad
de Edimburgo, quien nos dice: «El Renacimiento es el período en que España
emergió como nación unida -aunque no centralizada-; en que se inició la
expansión imperial en ultramar, y en que tuvo que asumir unas responsabilidades
imperiales de otro tipo cuando en 1519, su rey fue elegido sacro emperador
romano con el nombre de Carlos V. La España renacentista fue una potencia
mundial -la primera de los tiempos modernos- en un sentido que no podía
aplicarse a ningún otro país en esa época».
De tal manera, que España: «Entraña y estilo; he aquí lo que compone a
España». España no es un territorio. Ni un agregado de hombres y mujeres. España
es, ante todo, una unidad de destino. Una realidad histórica. Una entidad,
verdadera en sí misma, que supo cumplir -y aún tendrá que cumplir- misiones
universales. Por lo tanto, España existe: como algo distinto a cada uno de los
individuos y de las clases y los grupos que la integran; como algo superior a
cada uno de esos individuos, clases y grupos, y aún al conjunto de todos ellos.
Luego España, que existe como una realidad «distinta y superior» hasta tener sus
fines propios: Permanencia en su unidad; resurgir de su vitalidad interna;
participar, con voz preeminente, en las empresas espirituales del mundo. Como ya
sabemos, la vida es para vivirla, y sólo se vive cuando se realiza o se intenta
realizar una obra grande y los españoles no conocemos una obra mejor que rehacer
y engrandecer a España, para conducir a Europa.
Ya nos anunciaba el profesor Manuel García Morente, que: «No; no hay dos
Españas frente afrente. Hay una España. La España eterna, que se ha levantado en
un esfuerzo supremo de afirmación apasionada contra unos grupos de locos o
criminales, instrumentos ciegos de ajenas ambiciones y propósitos. Ahora, por
conveniencias de su causa, esos hombres del internacionalismo proclaman respeto
y adhesión justamente a todo lo que han estado pisoteando, vejando y destruyendo
durante tantos años. Ahora hablan de independencia nacional, cuando saben muy
bien que no son ellos precisamente los que de veras la defienden. ¿Por qué? Pues
porque han comprendido que en el fondo de las almas españolas el sentimiento
patriótico tiene tan hondas raíces, que, en último término, la emoción nacional
es la única que puede estimular la bravura de nuestro pueblo a los extremos de
la heroicidad». Así lo entiende también Julián Marías, cuando dice: «El español
ha sido siempre -y es todavía- uno de los hombres más fácilmente dispuestos a
jugarse la vida; la historia entera de España lo atestigua. Pero tiene cierta
pereza para jugarse algo que sea menos que la vida».
Ahora, vayamos hacia Europa. El profesor Manuel Jiménez de Parga, decía en
ABC, que: «Grecia, Roma y el Cristianismo están, efectivamente en nuestra
base vital: nosotros somos lo que somos gracias a ellas. Pero encima de tales
cimientos se han levantado edificios de estilos diferentes y en los que se
convive según varias formas de conducta». Es decir, sencillamente repite las
ideas de Paul Valéry: «Yo consideraría como europeos a todos los pueblos que en
el transcurso de la Historia han experimentado tres influencias: Roma, el
Cristianismo y antes Grecia [...] tales creo que son las condiciones esenciales
que me parecen definen al verdadero europeo». Y además añade, que «Europa, en su
propio suelo, consigue el máximo de la vida, de la fecundidad intelectual, de la
riqueza y de la ambición [...] Europa crea ciencia, la gloria más cierta y más
personal de nuestro espíritu. Han existido artes en todos los países, verdadera
ciencia no ha habido más que en Europa». Y en cuanto a su futuro se pregunta:
«¿Se convertirá Europa en lo que es en realidad, o sea en un pequeño apéndice
del continente asiático? ¿O seguirá siendo Europa lo que parece ser, es decir,
la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de
un gran cuerpo?».
No obstante, debemos tener presente lo que Alain Bullock -a mediados del
siglo XX- nos dice: «Europa había perdido su antigua autonomía y estaba dividida
entre dos sistemas de alianza que no sólo eran hostiles entre sí, sino que
además tenían objetivos de carácter mundial. Por primera vez en su historia, los
europeos se hallaron ante la posibilidad de ver a sus países convertidos en
campos de batalla, a causa de disputas originadas fuera de Europa y como
resultado de unas decisiones adoptadas sin su intervención».
En cuanto al mundo actual, Jacques Ellul, nos indica: «Es una ilusión creer
que, por habernos desembarazado de las prohibiciones, tabúes y ritos que
atenazaban al hombre primitivo, nos hemos vuelto libres. Hoy día estamos
condicionados por algo enteramente nuevo: por la civilización de la técnica».
Todo ello, nos plantea grandes problemas para el futuro de nuestra vida, y que
Reinhard Bendix, los enfoca del modo siguiente: «En la segunda mitad de este
siglo (XX), empero, han surgido dos peligros que no tienen precedente por sus
implicaciones. Uno es la transformación de la protesta radical, y el otro, la
transformación de la fe en el progreso a través de la ciencia. Ambos significan
un gran debilitamiento, tal vez fatal, de la tradición ilustrada [...] No menos
notable es la decadencia de la fe en la razón, dentro de la ciudadela de la
ciencia de Occidente. Desde el descubrimiento de la energía atómica, el
prestigio de la ciencia se ha puesto en tela de juicio, y con él, los resultados
legados de la Ilustración [...] Por tanto, las últimas décadas de este siglo (XX)
pudieran ser testigos de una crisis de conciencia, al plantear las consabidas
cuestiones de la finalidad del saber. Esta perspectiva inspira inquietud y
esperanza, pero no mucha confianza».
Esto nos hace recordar aquella tremenda observación de Ortega y Gasset, que
debemos tener muy presente ante la actual situación: «La fuerza mayor y más
autentica del español es que no pone condiciones a la vida; está siempre
pronto a aceptarla, cualquiera que sea la cara con que se presenta. Ni siquiera
exige a la vida el vivir mismo. Está en todo momento dispuesto a abandonarla
sencillamente y sin más literatura. Esto nos da una insuperable libertad ante la
vida y merced a ello respondemos siempre en esas últimas situaciones en que se
han perdido todas las esperanzas. Por eso nos hemos especializado en guerras de
independencia y en guerras civiles, que son las guerras de desesperación».
¡Ojo! Ante Europa, razonemos y negociemos con firmeza y con tesón, pero no
embistamos, por favor, que ya somos bastantes los que razonamos. Pero tampoco
claudiquemos ante la sin razón de los otros. Mantengamos con firmeza el
verdadero espíritu europeo. ¡Jamás admitamos una Europa sin Dios! Los verdaderos
europeos saben de sobra que las raíces europeas son profundamente cristianas y
no podemos ocultarlas, ni ante los ateos, ni ante los nuevos terroristas en
nombre de Dios. Tiene razón Lech Walesa cuando nos dice: «Es un escándalo que en
la Carta fundamental de la Unión no haya lugar para Dios y para las raíces
cristianas de nuestro continente. Me pregunto: ¿en qué valores, en que raíz
pretende afianzarse Europa?». Vayamos pues a Europa sí, los primeros, pero con
razones y con Dios.
[1] Luis Antonio Vacas Rodríguez es doctor. en
Química y escritor.
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