|
REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
¡EUROPA!, NO OLVIDES TUS RAICES
Por Juan José Alonso Escalona
[1]
La Europa que nosotros conocemos, dentro de cuyos límites geográficos se
encuentra situada España, se conformó cultural y espiritualmente después de la
caída del Imperio Romano. Roma, en verdad, nunca fue Europa, aunque, a través de
ella se creara la posibilidad de unificar los diversos pueblos que la
circundaban. Desde los primeros años de nuestra era, aparte de los Evangelios y
del libro Acta Apostolorum, los escritores contemporáneos a la historia
en ellos narrada, historiadores de tan reconocida reputación como Josefo
(Flavio), judío de nacimiento (año 37 en Jerusalem, y fallecido el año 95 en
Roma), dan testimonio documental sobre la vida y milagros portentosos de Jesús,
el Redentor, ajusticiado en Jerusalem y al que sus discípulos llamaban el Ungido
(en griego Cresto), por lo que se les conocía con el sobrenombre de «crestianos».
Son numerosos los escritos de historiadores y escritores, profanos y religiosos
(Suetonio, Dión Casio, Eusebio, Tertuliano, Tácito, etc.), que
cuentan la historia de las persecuciones y martirios de multitud de seguidores
de Jesús («multitudo ingens»), detallando tanto el martirio como los diálogos,
acusaciones y defensas de los que no podían admitir al Cesar como Dios,
renunciando a su fe cristiana. Los emperadores Nerón, Domiciano, Trajano,
Adriano, Antonio Pío, Marco Aurelio, Cómodo, Septimio Severo, etc., a lo largo
de tres siglos interrogan y condenan a miles de cristianos, con martirios
atroces, entrando de lleno estos documentos en la Historia, tanto de Roma como
de todos los pueblos bajo su dominio, y de otros que, como consecuencia de la
Diáspora judía, tuvieron la ocasión de conocer la vida y doctrina de Cristo, en
Oriente. Sin posibilidad de enumerar a todos los que dieron su vida por Cristo
en aquellas persecuciones, me permito citar someramente, en aras del rigor
histórico, algunos de ellos:
- A la orden de Nerön (54-68), entre la «gran muchedumbre de mártires» (Clemente
Romano), las más insignes fueron los príncipes de los apóstoles: Santiago,
San Pedro, San Pablo.
- Bajo el mandato de Domiciano (81-96): Acilio Glabrión, de familia
consular; Flavio Clemente, primo hermano de Tito y de Domiciano; Flavia
Domitila, esposa de Flavio Clemente. La persecución se extendió a: Bitinia (Plinio
el Joven), Asia menor, (Tertuliano), Palestina (Hegesipo).
- Bajo la autoridad de Trajano (98-117), Adriano (117-138) y marco Aurelio
(161-180): San Justino, eminente filósofo; al grupo de los mártires de Lyón y
Viena de Francia debe añadirse el Obispo Potino, los diáconos Sanctus y
Attalus, la esclava Blandina, el niño Póntico, de quince años y otros cuarenta
y cinco cristianos. Eusebio habla de tres obispos mártires en el
Oriente.
- En el gobierno de Cómodo (180-192), fueron martirizados entre otros
Apolonio, miembro del Senado romano y de nobilísima familia; los seis mártires
escilitanos, tres varones y tres mujeres.
- Septimio Severo (192-211) publicó el primer edicto general en el
que se prohibía hacerse judíos y cristianos. Se aplicó con todo rigor, tanto
en Oriente como en Occidente, con el consiguiente derramamiento de sangre:
Leónidas, padre de Orígenes, las Santas Perpetua y Felicidad; los Santos
Félix, Fortunato y Aquiles, apóstoles de Balance; San Ireneo, obispo de Lyón.
- Maximino de tracia (235-238) arreció la persecución, principalmente contra
los dirigentes cristianos y así dieron su vida como testigos de Cristo: el
papa Ponciano, Hipólito y Antero. Esta persecución dio lugar a
varios martirios también en Oriente.
- Elevado al trono cayo Messio Quinto Trajano Decio (249-250), el
cristianismo tuvo que sufrir una de su más duras pruebas; ya que la
persecución promulgada por Decio iba dirigida a aniquilar no sólo a los
cristianos sino a hacer desaparecer todo vestigio de esta doctrina. Dio poder
absoluto a procónsules o gobernadores provinciales para exigir de todos los
súbditos lo que se les imponía. Es decir, el reconocimiento de la religión del
Estado, sea ofreciendo alguna libación, sea participando en banquetes
sagrados, aunque sólo fuera quemando un grano de incienso. Se exigía dar
muestra exterior de adhesión al culto pagano. Era necesario empezar por las
cabezas que regían y predicaban la doctrina y fe cristianas. Como consecuencia
de estas ordenanzas, los cristianos volvieron a ocultarse, principalmente
quienes en ese momento estaban señalados como primeras víctimas; entre ellos
podemos mencionar a San Cipriano de Cartago, San Gregorio Taumaturgo y San
Dionisio de Antioquia. Una de los primeros mártires fue el papa San Fabián,
siguiéronle diversos clérigos romanos, muchísimos obispos, simples cristianos,
matronas venerables, niños, adolescentes, jóvenes, quedando consignado en
multitud de actas de mártires. Referencia de los traídos de Oriente para
martirizar en Roma: Abdón y Senén. En Italia cabe señalarse a Santa Águeda,
hija y patrona de Catania; en Egipto; multitud de hogueras en la capital de
Alejandría donde ofrecieron sus vidas por Cristo numerosos fieles. En Cartago,
en Grecia, Creta y otras islas helénicas la manifestación de fe fue notoria y
relatada en numerosos documentos: San Pionio, obispo de Esmirna; otras
ciudades del Asia proconsular, Éfeso, Pérgamo, Bitinia, etc., nos hablan de
diversos obispos martirizados: Alejandro de Jerusalén, San Babilas, obispo de
Antioquia, Néstor, obispo de Panfilia.
- Valeriano (253-260): en un primer Edicto expuso la aceptación de cualquier
culto en privado, para poder entrar en el conjunto de religiones permitidas
por el Estado. Así se privaría al pueblo cristiano de sus jefes. Los dos
obispos de las más importantes ciudades del Imperio, San Dionisio de Antioquia
y San Cipriano de Cartago, tuvieron que comparecer ante los magistrados
romanos y al negarse a sacrificar a los dioses, fueron desterrados. De igual
forma fueron deportados y encarcelados en Numidia multitud de obispos,
sacerdotes y simples fieles.
En un segundo Edicto (258) decretó que todos los obispos, presbíteros y
diáconos, que no hubieran obedecido las ordenes del emperador, fueran
ejecutados. Víctimas de esta nueva persecución cabe destacar en Roma al papa
Sixto II junto con cuatro diáconos, uno de estos fue San Lorenzo condenado a
sufrir el martirio asado en unas parrillas. Otro mártir muy famoso y querido por
toda la iglesia fue San Tarsicio. Las iglesias más florecientes de Cartago y
Egipto fueron las más probadas de todas. En Cartago, San Cipriano fue conducido
ante el procónsul Galerio Máximo, donde hizo una de las confesiones más
valientes y hermosas de su fe. Al anunciar el procónsul «Ordenamos que Tascio
Cipriano sea muerto por la espada», respondió él con la serenidad del héroe:
«Gracias sean dadas a Dios». Otros obispos, también desterrados, debieron
comparecer ante el juez imperial siendo inmolados en aras de su constancia en la
confesión de su fe. Se deberían añadir los martirios de dos clérigos, del
diácono Jacobo, del lector Mariano y la de ocho mártires más con Lucio y Montano
a la cabeza. En Utica fue célebre el martirio de trescientos cristianos con el
obispo Cuadrato a la cabeza, conocido tradicionalmente con el calificativo de «massa
candida». Fueron arrojados a un gran estanque lleno de cal, quedando sus cuerpos
calcinados y blancos. Esta trágica y dolorosa persecución se extendió con
virulencia por Egipto y Asia. En españa debemos recordar el martirio de San
Fructuoso, obispo de Tarragona y de sus dos diáconos Augurio y Eulogio,
que fueron quemados vivos.
- Diocleciano (284-305): en el año 295 fue martirizado en Numidia un soldado
cristiano, llamado Maximiliano y tres años más tarde el centurión Marcelo. En
España la persecución se ensañó con las ordenes de la pena capital a quienes
no apostataran de su fe cristiana; fue el caso de los mártires de Calahorra
Emeterio y Celedonio, del soldado Marcelo, natural de León y centurión de la
legión Séptima Gémina, de las Santas Justa y Rufina en Sevilla, de San
Vicente, oriundo de Huesca y torturado con el potro, el lecho incandescente,
garfios de hierro, para finalmente arrojarle a una mazmorra horrible. Su
heroísmo, fortaleza, fidelidad y martirio fue cantado por Prudencio. No
menos glorioso para la iglesia española fue el martirio de los dieciocho
mártires de Zaragoza; a propósito de esa sangrienta y rigurosa persecución de
Diocleciano, también Prudencio en su himno cuarto del Peristéfanon
nos deja el siguiente relato:
«Cuando Dios, blandiendo su fulminante diestra... venga resplandeciente a
pesar a las gentes en su justa balanza, le saldrán al encuentro, en medio de
todo el orbe, con la cabeza erguida, las ciudades, llevando en sus canastillos
sus preciosos dones: la Africana Cartago mostrará tus huesos, ¡oh
Cipriano!... Córdoba dará a Acisclo y a Zoilo y las tres coronas de Fausto,
Jenaro y Marcial. Tú, Tarragona, ofrecerás a Cristo una diadema bellísima con
tres perlas engarzadas sutilmente por Fructuoso... Gerona expondrá los santos
miembros de Félix... la esclarecida Barcelona se levantará con Cucufate; Narbona
con Pablo y Arlés con Ginés; Mérida... las cenizas de su niña Eulalia; Alcalá...
las urnas llenas de sangre de Justo y Pastor; Tánger con Casiano. Cada una de
estas ciudades no podrá dar más de uno, dos, tres, o a lo sumo cinco mártires,
pero tú, ¡oh Zaragoza!, tan amante de Cristo, que tienes las cumbres coronadas
de olivos, tú te levantarás con tus dieciocho santos».
- Otros muchos nombres podrían añadirse a los referidos aquí arriba: Optato,
Luperco, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Ceciliano, Evento,
Primitivo... Engracia, Vicente, Cayo...Y además en esa innumerable lista de
mártires españoles, añadir los de Santa Leocadia de Toledo; de
los Santos Vicente, Sabina y Cristeta de Ávila; San Crispín
de Écija, San Servando y San Germano de Mérida; San
Victor de Braga; San Facundo y San Primitivo de Sahagún;
San Ciriaco y Santa Paula de Cartagena; Santos Claudio,
Lupercio y Vitorico de León; Máxima y Julia de Lisboa, y
otros muchos como Santa Eulalia de Barcelona. Otro tanto se puede añadir de
las otras poblaciones del Imperio Romano, como en Italia San Marcos, San
Marcelino, Santa Inés, San Saturnino, Santos Primo y Feliciano, San
Tiburcio, San Ciriaco y compañeros mártires; San Pancracio, San Sebastián,
íntimo amigo de Dicleciano; San Gervasio, San Protasio, Santa Justina, Santa
Lucía, entre otros muchos santos que padecieron el martirio en este período.
África siempre fecunda en sangre de mártires: San Cipriano, Félix, obispo de
Tabiaca, Saturnino de Abitina y sus cuarenta y ocho compañeros mártires, las
santas Máxima, Donatilla y Secunda; Santa Crispina de Tabaste; Fabio, Victor y
Marciana en la Mauritania. En Egipto: Filoromo, mayordomo imperial; los
obispos Fileas de Túnez y Pedro de Alejandría; Hesiquio, Pacomio y
Teodoro; Fausto, Dío y Ammonio; el taumaturgo Menas; los Santos Ciro y
Juan; el obispo Psocio y Dióscoro. Se puede afirmar que en todo el
oriente imperial la persecución se cegó en un encarnizado combate contra los
cristianos. En Palestina, en Fenicia, Arabia y Mesopotamia, La Cilicia,
Galacia, el Ponto, Paflagonia, Capadocia y demás regiones del Asia
proconsular. En la cuenca del Danubio y en los Balcanes, Galerio aplicó con el
máximo rigor la persecución, baste recordar a los obispos de Pettau, anterior
a Nicea, Victorino; Ireneo de Mitrowitza; Anirino de Siscia. Es digna de
mención el desenlace de la legión de Tebea, que bajo el mando de
Maximiano se negó a martirizar a los cristianos, por lo que fue diezmada dos
veces y al fin aniquilada. Son conocidos los nombres de Mauricio, Cándido,
Víctor y Segundo.
Al término de estas referencias cabría ya sacar las primeras conclusiones
sobre las raíces que informaron la Europa que conocemos. Mas la historia es un
devenir sin lagunas que, a veces innova y en otras confirma, añade y completa.
No existe un período histórico en el que no haya que reflexionar sobre los
elementos que le integran. A partir del siglo IV la Iglesia, ya en pleno
desarrollo, testimoniada por la sangre de tantos que dieron su vida por Cristo y
en defensa de su fe, sigue creciendo y extendiéndose por todas las poblaciones
existentes, dentro y fuera de los límites que comprende el Imperio Romano. No es
este el momento de exponer la integración histórica del Cristianismo en las
culturas de todo el Continente Europeo, no es mi propósito. Mi idea es la de
llegar a sacar unas conclusiones que, de forma lógica, puedan aducirse en
defensa de la venida del Apóstol Santiago a España y el origen milenario del
Camino de Santiago.
Dado que S.S. Juan Pablo II, en su venida a España en Mayo de 2003, en su
predicación expresó -como yo no soy capaz de hacerlo- con claridad y firmeza el
propósito de este artículo mío, con el respeto y amor que le profeso, me permito
incluirlo como prólogo de cuanto en él expongo. El Santo Padre quiso destacar en
su mensaje la importancia de la Peregrinación Jacobea, como expresión
«de los orígenes espirituales y culturales del Viejo Continente, pues la
Iglesia y Europa son dos realidades íntimamente unidas en su ser y su destino.
»Por ello, a pesar de la actual crisis cultural que, en ciertos aspectos,
repercute en la vida de algunos cristianos, debemos reafirmar que el Evangelio
sigue siendo una referencia fundamental para el Continente [...] El Camino de
Santiago, a través del cual tantos peregrinos han justificado y acrecentado su
fe a lo largo de la Historia y que ha dejado su impronta netamente cristiana en
la cultura humana, no puede olvidar su dimensión espiritual [...] Cualquier
iniciativa que intente desvirtuar o adulterar su carácter específicamente
religioso sería una tergiversación de sus auténticos orígenes [...] En estos
momentos transcendentales para la consolidación de Europa unida, deseo evocar
las palabras con las que en Santiago de Compostela me despedía al finalizar mi
primer viaje apostólico por tierras españolas, en noviembre de 1982. Desde allí
exhortaba a Europa con un grito lleno de amor, recordándole sus raíces
cristianas: ¡Europa, vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Avíva tus raíces!»
En el apartado dedicado a las persecuciones dejé un dato histórico para
analizar con mente ecuánime sobre su autenticidad; se trata de un dato que vino
a mis manos, investigando sobre el posible Camino de la 1ª Evangelización
Hispaniae: un Edicto de Publio Aurelio Licinio Valeriano. Este
emperador romano, motivado por el grandioso poder de Decio, en el año 257
prohíbe el acceso y tránsito a Iria Flavia. No se encuentra la razón de este
decreto, lo que sí se conoce históricamente es que este emperador fue un
encarnizado perseguidor de los cristianos. Por la importancia que puede
representar este dato hago una breve reseña para mayor conocimiento de quienes
estén interesados en la historia del Camino de Santiago:
Publio Aurelio Licinio Valeriano
Emperador romano (190/269). De poderosa dinastía senatorial pasó, no
obstante, por todos los grados de la jerarquía militar, distinguiéndose por su
valor y alcanzando las distinciones de su propio mérito.
Cuando el emperador Decio quiso restablecer el cargo de censor, Valeriano
ostentaba el título de príncipe del Senado desde el año 238, fue elegido por sus
colegas para desempeñarlo (251).
En 253 fue enviado por el emperador Treboniano a la Galia contra el
usurpador Emiliano, pero las tropas le proclamaron emperador y fue reconocido,
como tal, por todo el Imperio, después de la muerte de aquellos.
A su hijo Galieno encargó la defensa de Occidente, cuyas fronteras se veían
atacadas por los bárbaros y cuyas provincias sufrían de incursiones y desordenes
internos.
A pesar de su energía y valor no logró restablecer el orden en el Imperio.
Publicó varios edictos de persecución contra los cristianos y marchó a luchar
contra los persas. Recobró Antioquia, pero luego sufrió una terrible derrota en
la que cayó prisionero del rey Sapor. Tuvo que soportar atroces torturas y
vejaciones, contándose que murió desollado vivo y que su piel, rellena de paja
para que conservase la figura humana, fue curtida y teñida de encarnado y se
conservó por varios siglos en un templo persa.
Este emperador persiguió con saña a los cristianos mereciendo el título de
ser uno de los más pertinaces perseguidores del cristianismo. Se supone que la
prohibición decretada, bajo su mandato (257), de impedir el paso de viatores
(¿peregrinos?) a Iria Flavia se debió a su inquina contra aquellos.
En España el cristianismo se había extendido por toda la Península, por lo
que se la consideraba como una de las provincias peligrosa, dada la fidelidad y
firmeza de sus creyentes. Esta fue la causa de que las persecuciones de los
emperadores Decio, Valeriano y Diocleciano se llevaran a cabo con el mayor
rigor, crueldad y dureza.
Existe un hecho cierto y es que entre los tres períodos de persecución
(54-305) contra los cristianos dentro del territorio del Imperio Romano, muchos
españoles sufrieron martirio por confesar valientemente su fe cristiana,
negándose a aceptar la religión del Estado. Este dato, aparte de los documentos
históricos que nos hablan de lo mismo, es un indicio claro de que Hispania fue
evangelizada y no como consecuencia de la visita de San Pablo a España, ya que,
durante su corta estancia en la misma, no existen noticias de su actividad
evangelizadora. Mas bien parece que él sentía necesidad de cuidar de los
«hermanos de España». En Actos de Pedro con Simón (130-150), habla de
la soledad de Roma al partir Pablo para España y termina: «Habiendo ayunado
Pablo tres días [...] tuvo una visión en la que el Señor le decía: “Levántate,
Pablo, y presentándote a los que están en España, sé su médico”».
Sabemos que San Pablo vino a visitar las iglesias de España. Por todos sus
escritos conocemos que a él le fue imposible hacerlo antes, dada su misión
aceptada y realizada entre los años 45-63, incluidos sus tres viajes apostólicos
y cautividad. Ya para entonces Hispania había sido evangelizada por el único
Apóstol del que poco sabemos de su actividad, Santiago. Bien es cierto que Pablo
confesó que no tenía por costumbre evangelizar donde otros lo estuvieran
haciendo ya, pero no es menos cierto que él visitó no sólo las iglesias fundadas
con su predicación, sino también allí donde hacía falta robustecer la fe
predicada o corregir los errores y malas conductas de los creyentes. Dando por
supuesto, ya que de los demás apóstoles conocemos dónde predicaron el Evangelio
y que no se habla de ninguno de ellos que viajara a España ¿por qué no entender
que Santiago, inmediatamente después de Pentecostés, se dirigió a Finisterrae,
coincidiendo con el mandato de Cristo «Predicad el Evangelio hasta los confines
de la tierra»? ¿Acaso la evangelización de España debía esperar hasta el año 63?
En todo caso, los católicos españoles podemos estar contentos y seguros de
nuestra fe, ya que estuvo confirmada por dos Apóstoles, uno Santiago, hijo del
trueno, y otro San Pablo, columna imbatible de la Iglesia. Como último apunte,
añadiré que en el sarcófago de Santa Engracia aparece un bajorrelieve con la
Virgen en el aire y a sus pies Santiago, San Pedro y San Pablo, según quienes lo
han visto y estudiado. ¿No nos recuerda el hecho portentoso de la venida de la
Virgen en carne mortal a Zaragoza? En el siglo VII el monje floriacense (Aimoinus
monachus) describe el traslado del cuerpo de San Vicente, desde la Iglesia de
Santa María en Caesaraugusta (Zaragoza) hasta donde reposa actualmente. Si en
Zaragoza en el siglo IV ya existía una Iglesia dedicada a la Santísima Virgen,
sin lugar a dudas hay que suponer un hecho realmente portentoso. Todo el culto
de las iglesias primitivas se celebraba sobre las tumbas de los mártires; de
hecho la Eucaristía, hasta nuestros días, pide ser celebrada sobre un ara en la
que se conservan reliquias de mártires. El edificio se levantaba con motivo de
algún hecho milagroso, fuera de toda explicación natural.
A mi corto entender y, por supuesto, respetando las opiniones de los
historiadores,
- el aceptar la 1ª Evangelización Hispaniae por el Apóstol Santiago y el
traslado de su cuerpo por sus discípulos a Iria Flavia, de forma un tanto
portentosa;
- el enterramiento, según nos ha llegado por la tradición, también
portentoso;
- su ocultación durante la invasión árabe;
- y el reencuentro (813) por el monje Pelagio, asistido por el obispo don
Teodomiro de un sepulcro marmóreo de época romana, cuyo contenido se asegura
que corresponde a los restos de Santiago el Mayor,
son temas que yo acepto plenamente, sabiendo que poco puedo errar. ¿Por qué?
Porque lo que históricamente está comprobado es que, desde principios del siglo
noveno, en el Finisterrae de los romanos, en las tierras más alejadas al
noroeste de Europa y más alejadas de la invasión árabe, se expande la noticia de
que han aparecido los restos mortales del Apóstol Santiago. La movilización que
se genera en toda la cristiandad y el despertar de un interés masivo de las
gentes, ante el hallazgo o invención del Sepulcro, resulta desproporcionada,
teniendo presente los limitados medios de comunicación. Puede argüirse que entre
los siglos VII y VIII ya existía este interés y devoción por el Apóstol, bien es
cierto, pero no lo es menos que este despertar creó una Vía, un Camino por el
que la cristiandad europea transitó y peregrinó, uniendo países, fusionando
culturas y cristianizando almas, pueblos y naciones: el Camino Jacobeo, conocido
mundialmente por el Camino de Santiago.
[1] Juan José Alonso Escalona es licenciado en
Filosofía y Letras, doctor en Psicología por la Academia delle Scienze di Roma y
publicista en todas sus vertientes.
|
|