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Altar Mayor - Nº 97 (41)
Monday, 17 January a las 21:27:49

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

¡EUROPA!, NO OLVIDES TUS RAICES
Por Juan José Alonso Escalona [1]

La Europa que nosotros conocemos, dentro de cuyos límites geográficos se encuentra situada España, se conformó cultural y espiritualmente después de la caída del Imperio Romano. Roma, en verdad, nunca fue Europa, aunque, a través de ella se creara la posibilidad de unificar los diversos pueblos que la circundaban. Desde los primeros años de nuestra era, aparte de los Evangelios y del libro Acta Apostolorum, los escritores contemporáneos a la historia en ellos narrada, historiadores de tan reconocida reputación como Josefo (Flavio), judío de nacimiento (año 37 en Jerusalem, y fallecido el año 95 en Roma), dan testimonio documental sobre la vida y milagros portentosos de Jesús, el Redentor, ajusticiado en Jerusalem y al que sus discípulos llamaban el Ungido (en griego Cresto), por lo que se les conocía con el sobrenombre de «crestianos». Son numerosos los escritos de historiadores y escritores, profanos y religiosos (Suetonio, Dión Casio, Eusebio, Tertuliano, Tácito, etc.), que cuentan la historia de las persecuciones y martirios de multitud de seguidores de Jesús («multitudo ingens»), detallando tanto el martirio como los diálogos, acusaciones y defensas de los que no podían admitir al Cesar como Dios, renunciando a su fe cristiana. Los emperadores Nerón, Domiciano, Trajano, Adriano, Antonio Pío, Marco Aurelio, Cómodo, Septimio Severo, etc., a lo largo de tres siglos interrogan y condenan a miles de cristianos, con martirios atroces, entrando de lleno estos documentos en la Historia, tanto de Roma como de todos los pueblos bajo su dominio, y de otros que, como consecuencia de la Diáspora judía, tuvieron la ocasión de conocer la vida y doctrina de Cristo, en Oriente. Sin posibilidad de enumerar a todos los que dieron su vida por Cristo en aquellas persecuciones, me permito citar someramente, en aras del rigor histórico, algunos de ellos:

  • A la orden de Nerön (54-68), entre la «gran muchedumbre de mártires» (Clemente Romano), las más insignes fueron los príncipes de los apóstoles: Santiago, San Pedro, San Pablo.
  • Bajo el mandato de Domiciano (81-96): Acilio Glabrión, de familia consular; Flavio Clemente, primo hermano de Tito y de Domiciano; Flavia Domitila, esposa de Flavio Clemente. La persecución se extendió a: Bitinia (Plinio el Joven), Asia menor, (Tertuliano), Palestina (Hegesipo).
  • Bajo la autoridad de Trajano (98-117), Adriano (117-138) y marco Aurelio (161-180): San Justino, eminente filósofo; al grupo de los mártires de Lyón y Viena de Francia debe añadirse el Obispo Potino, los diáconos Sanctus y Attalus, la esclava Blandina, el niño Póntico, de quince años y otros cuarenta y cinco cristianos. Eusebio habla de tres obispos mártires en el Oriente.
  • En el gobierno de Cómodo (180-192), fueron martirizados entre otros Apolonio, miembro del Senado romano y de nobilísima familia; los seis mártires escilitanos, tres varones y tres mujeres.
  • Septimio Severo (192-211) publicó el primer edicto general en el que se prohibía hacerse judíos y cristianos. Se aplicó con todo rigor, tanto en Oriente como en Occidente, con el consiguiente derramamiento de sangre: Leónidas, padre de Orígenes, las Santas Perpetua y Felicidad; los Santos Félix, Fortunato y Aquiles, apóstoles de Balance; San Ireneo, obispo de Lyón.
  • Maximino de tracia (235-238) arreció la persecución, principalmente contra los dirigentes cristianos y así dieron su vida como testigos de Cristo: el papa Ponciano, Hipólito y Antero. Esta persecución dio lugar a varios martirios también en Oriente.
  • Elevado al trono cayo Messio Quinto Trajano Decio (249-250), el cristianismo tuvo que sufrir una de su más duras pruebas; ya que la persecución promulgada por Decio iba dirigida a aniquilar no sólo a los cristianos sino a hacer desaparecer todo vestigio de esta doctrina. Dio poder absoluto a procónsules o gobernadores provinciales para exigir de todos los súbditos lo que se les imponía. Es decir, el reconocimiento de la religión del Estado, sea ofreciendo alguna libación, sea participando en banquetes sagrados, aunque sólo fuera quemando un grano de incienso. Se exigía dar muestra exterior de adhesión al culto pagano. Era necesario empezar por las cabezas que regían y predicaban la doctrina y fe cristianas. Como consecuencia de estas ordenanzas, los cristianos volvieron a ocultarse, principalmente quienes en ese momento estaban señalados como primeras víctimas; entre ellos podemos mencionar a San Cipriano de Cartago, San Gregorio Taumaturgo y San Dionisio de Antioquia. Una de los primeros mártires fue el papa San Fabián, siguiéronle diversos clérigos romanos, muchísimos obispos, simples cristianos, matronas venerables, niños, adolescentes, jóvenes, quedando consignado en multitud de actas de mártires. Referencia de los traídos de Oriente para martirizar en Roma: Abdón y Senén. En Italia cabe señalarse a Santa Águeda, hija y patrona de Catania; en Egipto; multitud de hogueras en la capital de Alejandría donde ofrecieron sus vidas por Cristo numerosos fieles. En Cartago, en Grecia, Creta y otras islas helénicas la manifestación de fe fue notoria y relatada en numerosos documentos: San Pionio, obispo de Esmirna; otras ciudades del Asia proconsular, Éfeso, Pérgamo, Bitinia, etc., nos hablan de diversos obispos martirizados: Alejandro de Jerusalén, San Babilas, obispo de Antioquia, Néstor, obispo de Panfilia.
  • Valeriano (253-260): en un primer Edicto expuso la aceptación de cualquier culto en privado, para poder entrar en el conjunto de religiones permitidas por el Estado. Así se privaría al pueblo cristiano de sus jefes. Los dos obispos de las más importantes ciudades del Imperio, San Dionisio de Antioquia y San Cipriano de Cartago, tuvieron que comparecer ante los magistrados romanos y al negarse a sacrificar a los dioses, fueron desterrados. De igual forma fueron deportados y encarcelados en Numidia multitud de obispos, sacerdotes y simples fieles.

En un segundo Edicto (258) decretó que todos los obispos, presbíteros y diáconos, que no hubieran obedecido las ordenes del emperador, fueran ejecutados. Víctimas de esta nueva persecución cabe destacar en Roma al papa Sixto II junto con cuatro diáconos, uno de estos fue San Lorenzo condenado a sufrir el martirio asado en unas parrillas. Otro mártir muy famoso y querido por toda la iglesia fue San Tarsicio. Las iglesias más florecientes de Cartago y Egipto fueron las más probadas de todas. En Cartago, San Cipriano fue conducido ante el procónsul Galerio Máximo, donde hizo una de las confesiones más valientes y hermosas de su fe. Al anunciar el procónsul «Ordenamos que Tascio Cipriano sea muerto por la espada», respondió él con la serenidad del héroe: «Gracias sean dadas a Dios». Otros obispos, también desterrados, debieron comparecer ante el juez imperial siendo inmolados en aras de su constancia en la confesión de su fe. Se deberían añadir los martirios de dos clérigos, del diácono Jacobo, del lector Mariano y la de ocho mártires más con Lucio y Montano a la cabeza. En Utica fue célebre el martirio de trescientos cristianos con el obispo Cuadrato a la cabeza, conocido tradicionalmente con el calificativo de «massa candida». Fueron arrojados a un gran estanque lleno de cal, quedando sus cuerpos calcinados y blancos. Esta trágica y dolorosa persecución se extendió con virulencia por Egipto y Asia. En españa debemos recordar el martirio de San Fructuoso, obispo de Tarragona y de sus dos diáconos Augurio y Eulogio, que fueron quemados vivos.

  • Diocleciano (284-305): en el año 295 fue martirizado en Numidia un soldado cristiano, llamado Maximiliano y tres años más tarde el centurión Marcelo. En España la persecución se ensañó con las ordenes de la pena capital a quienes no apostataran de su fe cristiana; fue el caso de los mártires de Calahorra Emeterio y Celedonio, del soldado Marcelo, natural de León y centurión de la legión Séptima Gémina, de las Santas Justa y Rufina en Sevilla, de San Vicente, oriundo de Huesca y torturado con el potro, el lecho incandescente, garfios de hierro, para finalmente arrojarle a una mazmorra horrible. Su heroísmo, fortaleza, fidelidad y martirio fue cantado por Prudencio. No menos glorioso para la iglesia española fue el martirio de los dieciocho mártires de Zaragoza; a propósito de esa sangrienta y rigurosa persecución de Diocleciano, también Prudencio en su himno cuarto del Peristéfanon nos deja el siguiente relato:

«Cuando Dios, blandiendo su fulminante diestra... venga resplandeciente a pesar a las gentes en su justa balanza, le saldrán al encuentro, en medio de todo el orbe, con la cabeza erguida, las ciudades, llevando en sus canastillos sus preciosos dones: la Africana Cartago mostrará tus huesos, ¡oh Cipriano!... Córdoba dará a Acisclo y a Zoilo y las tres coronas de Fausto, Jenaro y Marcial. Tú, Tarragona, ofrecerás a Cristo una diadema bellísima con tres perlas engarzadas sutilmente por Fructuoso... Gerona expondrá los santos miembros de Félix... la esclarecida Barcelona se levantará con Cucufate; Narbona con Pablo y Arlés con Ginés; Mérida... las cenizas de su niña Eulalia; Alcalá... las urnas llenas de sangre de Justo y Pastor; Tánger con Casiano. Cada una de estas ciudades no podrá dar más de uno, dos, tres, o a lo sumo cinco mártires, pero tú, ¡oh Zaragoza!, tan amante de Cristo, que tienes las cumbres coronadas de olivos, tú te levantarás con tus dieciocho santos».

  • Otros muchos nombres podrían añadirse a los referidos aquí arriba: Optato, Luperco, Suceso, Marcial, Urbano, Julio, Quintiliano, Ceciliano, Evento, Primitivo... Engracia, Vicente, Cayo...Y además en esa innumerable lista de mártires españoles, añadir los de Santa Leocadia de Toledo; de los Santos Vicente, Sabina y Cristeta de Ávila; San Crispín de Écija, San Servando y San Germano de Mérida; San Victor de Braga; San Facundo y San Primitivo de Sahagún; San Ciriaco y Santa Paula de Cartagena; Santos Claudio, Lupercio y Vitorico de León; Máxima y Julia de Lisboa, y otros muchos como Santa Eulalia de Barcelona. Otro tanto se puede añadir de las otras poblaciones del Imperio Romano, como en Italia San Marcos, San Marcelino, Santa Inés, San Saturnino, Santos Primo y Feliciano, San Tiburcio, San Ciriaco y compañeros mártires; San Pancracio, San Sebastián, íntimo amigo de Dicleciano; San Gervasio, San Protasio, Santa Justina, Santa Lucía, entre otros muchos santos que padecieron el martirio en este período. África siempre fecunda en sangre de mártires: San Cipriano, Félix, obispo de Tabiaca, Saturnino de Abitina y sus cuarenta y ocho compañeros mártires, las santas Máxima, Donatilla y Secunda; Santa Crispina de Tabaste; Fabio, Victor y Marciana en la Mauritania. En Egipto: Filoromo, mayordomo imperial; los obispos Fileas de Túnez y Pedro de Alejandría; Hesiquio, Pacomio y Teodoro; Fausto, Dío y Ammonio; el taumaturgo Menas; los Santos Ciro y Juan; el obispo Psocio y Dióscoro. Se puede afirmar que en todo el oriente imperial la persecución se cegó en un encarnizado combate contra los cristianos. En Palestina, en Fenicia, Arabia y Mesopotamia, La Cilicia, Galacia, el Ponto, Paflagonia, Capadocia y demás regiones del Asia proconsular. En la cuenca del Danubio y en los Balcanes, Galerio aplicó con el máximo rigor la persecución, baste recordar a los obispos de Pettau, anterior a Nicea, Victorino; Ireneo de Mitrowitza; Anirino de Siscia. Es digna de mención el desenlace de la legión de Tebea, que bajo el mando de Maximiano se negó a martirizar a los cristianos, por lo que fue diezmada dos veces y al fin aniquilada. Son conocidos los nombres de Mauricio, Cándido, Víctor y Segundo.

Al término de estas referencias cabría ya sacar las primeras conclusiones sobre las raíces que informaron la Europa que conocemos. Mas la historia es un devenir sin lagunas que, a veces innova y en otras confirma, añade y completa. No existe un período histórico en el que no haya que reflexionar sobre los elementos que le integran. A partir del siglo IV la Iglesia, ya en pleno desarrollo, testimoniada por la sangre de tantos que dieron su vida por Cristo y en defensa de su fe, sigue creciendo y extendiéndose por todas las poblaciones existentes, dentro y fuera de los límites que comprende el Imperio Romano. No es este el momento de exponer la integración histórica del Cristianismo en las culturas de todo el Continente Europeo, no es mi propósito. Mi idea es la de llegar a sacar unas conclusiones que, de forma lógica, puedan aducirse en defensa de la venida del Apóstol Santiago a España y el origen milenario del Camino de Santiago.

Dado que S.S. Juan Pablo II, en su venida a España en Mayo de 2003, en su predicación expresó -como yo no soy capaz de hacerlo- con claridad y firmeza el propósito de este artículo mío, con el respeto y amor que le profeso, me permito incluirlo como prólogo de cuanto en él expongo. El Santo Padre quiso destacar en su mensaje la importancia de la Peregrinación Jacobea, como expresión

«de los orígenes espirituales y culturales del Viejo Continente, pues la Iglesia y Europa son dos realidades íntimamente unidas en su ser y su destino.

»Por ello, a pesar de la actual crisis cultural que, en ciertos aspectos, repercute en la vida de algunos cristianos, debemos reafirmar que el Evangelio sigue siendo una referencia fundamental para el Continente [...] El Camino de Santiago, a través del cual tantos peregrinos han justificado y acrecentado su fe a lo largo de la Historia y que ha dejado su impronta netamente cristiana en la cultura humana, no puede olvidar su dimensión espiritual [...] Cualquier iniciativa que intente desvirtuar o adulterar su carácter específicamente religioso sería una tergiversación de sus auténticos orígenes [...] En estos momentos transcendentales para la consolidación de Europa unida, deseo evocar las palabras con las que en Santiago de Compostela me despedía al finalizar mi primer viaje apostólico por tierras españolas, en noviembre de 1982. Desde allí exhortaba a Europa con un grito lleno de amor, recordándole sus raíces cristianas: ¡Europa, vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Avíva tus raíces!»

En el apartado dedicado a las persecuciones dejé un dato histórico para analizar con mente ecuánime sobre su autenticidad; se trata de un dato que vino a mis manos, investigando sobre el posible Camino de la 1ª Evangelización Hispaniae: un Edicto de Publio Aurelio Licinio Valeriano. Este emperador romano, motivado por el grandioso poder de Decio, en el año 257 prohíbe el acceso y tránsito a Iria Flavia. No se encuentra la razón de este decreto, lo que sí se conoce históricamente es que este emperador fue un encarnizado perseguidor de los cristianos. Por la importancia que puede representar este dato hago una breve reseña para mayor conocimiento de quienes estén interesados en la historia del Camino de Santiago:
 

Publio Aurelio Licinio Valeriano

Emperador romano (190/269). De poderosa dinastía senatorial pasó, no obstante, por todos los grados de la jerarquía militar, distinguiéndose por su valor y alcanzando las distinciones de su propio mérito.

Cuando el emperador Decio quiso restablecer el cargo de censor, Valeriano ostentaba el título de príncipe del Senado desde el año 238, fue elegido por sus colegas para desempeñarlo (251).

En 253 fue enviado por el emperador Treboniano a la Galia contra el usurpador Emiliano, pero las tropas le proclamaron emperador y fue reconocido, como tal, por todo el Imperio, después de la muerte de aquellos.

A su hijo Galieno encargó la defensa de Occidente, cuyas fronteras se veían atacadas por los bárbaros y cuyas provincias sufrían de incursiones y desordenes internos.

A pesar de su energía y valor no logró restablecer el orden en el Imperio. Publicó varios edictos de persecución contra los cristianos y marchó a luchar contra los persas. Recobró Antioquia, pero luego sufrió una terrible derrota en la que cayó prisionero del rey Sapor. Tuvo que soportar atroces torturas y vejaciones, contándose que murió desollado vivo y que su piel, rellena de paja para que conservase la figura humana, fue curtida y teñida de encarnado y se conservó por varios siglos en un templo persa.

Este emperador persiguió con saña a los cristianos mereciendo el título de ser uno de los más pertinaces perseguidores del cristianismo. Se supone que la prohibición decretada, bajo su mandato (257), de impedir el paso de viatores (¿peregrinos?) a Iria Flavia se debió a su inquina contra aquellos.

En España el cristianismo se había extendido por toda la Península, por lo que se la consideraba como una de las provincias peligrosa, dada la fidelidad y firmeza de sus creyentes. Esta fue la causa de que las persecuciones de los emperadores Decio, Valeriano y Diocleciano se llevaran a cabo con el mayor rigor, crueldad y dureza.

Existe un hecho cierto y es que entre los tres períodos de persecución (54-305) contra los cristianos dentro del territorio del Imperio Romano, muchos españoles sufrieron martirio por confesar valientemente su fe cristiana, negándose a aceptar la religión del Estado. Este dato, aparte de los documentos históricos que nos hablan de lo mismo, es un indicio claro de que Hispania fue evangelizada y no como consecuencia de la visita de San Pablo a España, ya que, durante su corta estancia en la misma, no existen noticias de su actividad evangelizadora. Mas bien parece que él sentía necesidad de cuidar de los «hermanos de España». En Actos de Pedro con Simón (130-150), habla de la soledad de Roma al partir Pablo para España y termina: «Habiendo ayunado Pablo tres días [...] tuvo una visión en la que el Señor le decía: “Levántate, Pablo, y presentándote a los que están en España, sé su médico”».

Sabemos que San Pablo vino a visitar las iglesias de España. Por todos sus escritos conocemos que a él le fue imposible hacerlo antes, dada su misión aceptada y realizada entre los años 45-63, incluidos sus tres viajes apostólicos y cautividad. Ya para entonces Hispania había sido evangelizada por el único Apóstol del que poco sabemos de su actividad, Santiago. Bien es cierto que Pablo confesó que no tenía por costumbre evangelizar donde otros lo estuvieran haciendo ya, pero no es menos cierto que él visitó no sólo las iglesias fundadas con su predicación, sino también allí donde hacía falta robustecer la fe predicada o corregir los errores y malas conductas de los creyentes. Dando por supuesto, ya que de los demás apóstoles conocemos dónde predicaron el Evangelio y que no se habla de ninguno de ellos que viajara a España ¿por qué no entender que Santiago, inmediatamente después de Pentecostés, se dirigió a Finisterrae, coincidiendo con el mandato de Cristo «Predicad el Evangelio hasta los confines de la tierra»? ¿Acaso la evangelización de España debía esperar hasta el año 63? En todo caso, los católicos españoles podemos estar contentos y seguros de nuestra fe, ya que estuvo confirmada por dos Apóstoles, uno Santiago, hijo del trueno, y otro San Pablo, columna imbatible de la Iglesia. Como último apunte, añadiré que en el sarcófago de Santa Engracia aparece un bajorrelieve con la Virgen en el aire y a sus pies Santiago, San Pedro y San Pablo, según quienes lo han visto y estudiado. ¿No nos recuerda el hecho portentoso de la venida de la Virgen en carne mortal a Zaragoza? En el siglo VII el monje floriacense (Aimoinus monachus) describe el traslado del cuerpo de San Vicente, desde la Iglesia de Santa María en Caesaraugusta (Zaragoza) hasta donde reposa actualmente. Si en Zaragoza en el siglo IV ya existía una Iglesia dedicada a la Santísima Virgen, sin lugar a dudas hay que suponer un hecho realmente portentoso. Todo el culto de las iglesias primitivas se celebraba sobre las tumbas de los mártires; de hecho la Eucaristía, hasta nuestros días, pide ser celebrada sobre un ara en la que se conservan reliquias de mártires. El edificio se levantaba con motivo de algún hecho milagroso, fuera de toda explicación natural.

A mi corto entender y, por supuesto, respetando las opiniones de los historiadores,

  1. el aceptar la 1ª Evangelización Hispaniae por el Apóstol Santiago y el traslado de su cuerpo por sus discípulos a Iria Flavia, de forma un tanto portentosa;
  2. el enterramiento, según nos ha llegado por la tradición, también portentoso;
  3. su ocultación durante la invasión árabe;
  4. y el reencuentro (813) por el monje Pelagio, asistido por el obispo don Teodomiro de un sepulcro marmóreo de época romana, cuyo contenido se asegura que corresponde a los restos de Santiago el Mayor,

son temas que yo acepto plenamente, sabiendo que poco puedo errar. ¿Por qué? Porque lo que históricamente está comprobado es que, desde principios del siglo noveno, en el Finisterrae de los romanos, en las tierras más alejadas al noroeste de Europa y más alejadas de la invasión árabe, se expande la noticia de que han aparecido los restos mortales del Apóstol Santiago. La movilización que se genera en toda la cristiandad y el despertar de un interés masivo de las gentes, ante el hallazgo o invención del Sepulcro, resulta desproporcionada, teniendo presente los limitados medios de comunicación. Puede argüirse que entre los siglos VII y VIII ya existía este interés y devoción por el Apóstol, bien es cierto, pero no lo es menos que este despertar creó una Vía, un Camino por el que la cristiandad europea transitó y peregrinó, uniendo países, fusionando culturas y cristianizando almas, pueblos y naciones: el Camino Jacobeo, conocido mundialmente por el Camino de Santiago.



[1] Juan José Alonso Escalona es licenciado en Filosofía y Letras, doctor en Psicología por la Academia delle Scienze di Roma y publicista en todas sus vertientes.


 
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