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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
SIMÓN RUIZ, UN MERCADER-BANQUERO (siglo XVI), VOLCADO A
EUROPA DESDE MEDINA DEL CAMPO
Por José Manuel González Torga
[1]
Simón Ruiz, castellano del siglo XVI, fue primero un mercader dedicado a la
importación y comercio al por mayor. Luego, amplió sus negocios a la actividad
financiera transnacional, con arreglo a la distinción que ahora se hace, al
dejar el término internacional para las relaciones entre Estados y entes
asimilables a estos efectos. Su red de agentes, dentro y fuera de España, generó
una activa correspondencia que pervive acumulada en un valiosísimo archivo.
Demuestra cómo, desde Medina del Campo, aquel hombre de empresa centralizó una
intensa labor económica e informativa. Mediante esos flujos de mercancías,
dinero y noticias contribuyó, de forma notable, a incrementar relaciones con
repercusión en España y en otras naciones europeas.
Innumerables españoles, a través de los siglos, han aportado su granito de
arena europeísta. Lo que justifica traer aquí el nombre de Simón Ruiz es la
injusta desproporción entre su importancia real y el grado de permanencia del
recuerdo. Merecerá la pena refrescar la memoria histórica.
El acervo de documentos dejados para la posteridad por Simón Ruiz posee
trascendencia mercantil; pero también periodística. En la semblanza que le
dedicó Juan José de Madariaga [2]
subrayaba su búsqueda de una depurada información sobre los cambios de moneda en
las plazas extranjeras, donde operaba, para asegurar su negocio. Esto le ataba,
durante largos horarios, a su escritorio, ante el que leía y redactaba las
misivas de su abultada correspondencia. Necesitaba conocer la realidad inmediata
–con el desfase inevitable de un correo lento- pero buscaba también noticias
sobre los acontecimientos de signo político o social que implicaran
repercusiones sobre sus genuinas actividades económicas.
Caracterizado por el mismo J. J. de Madariaga
[3] cómo persona hábil, muy diplomática
y relacionada con personajes muy influyentes, cabe pensar que esos contactos
propiciarían un género de intercambio informativo, con la oportunidad de
inquirir aquello que le interesara y la de corresponder con novedades de su
propia cosecha. Esta hipótesis queda corroborada con respecto a su correo cuando
Henri Lapeyre [4] pone de manifiesto que en misivas a
banqueros de Lyon –los Bonvisi y los Balbani– Simón deja ver «la excelencia de
su información sobre lo que pasa en la Corte de España y un juicio muy seguro
sobre la situación política cuando se refiere a la Guerra de Granada o a los
disturbios de los Países Bajos».
ORIGINARIO DE BURGOS
El nacimiento de Simón Ruiz Embito tuvo lugar en la villa burgalesa de
Belorado, a orillas del río Tirón. La fecha no queda precisada, entre finales de
1525 y comienzos de 1526. Su familia debió desenvolverse dentro de una economía
modesta, probablemente relacionada con el comercio de la lana, a escala
reducida. Fueron sus padres Simón Ruiz y Juana González de Miranda; predominaba
en ellos la hidalguía sobre los bienes materiales.
Simón toma sus propias iniciativas cuando cuenta más de veinte años. Entabla
relación comercial con Ivon Rocaz, asentado en Nantes, de cuya alta burguesía
formaba parte; desde la actividad mercantil que rige, remite al burgalés lienzos
de Bretaña embalados, para su venta en las ferias de tierras castellanas. La
importancia de estas manifestaciones del mercado en Medina del Campo deciden al
joven, de alrededor de 25 años, a probar fortuna en la por entonces tan
importante localidad.
En años sucesivos participará en diferentes sociedades, a partir de la que le
asocia con Juan de Orbea, tesorero de Aragón. Afianza las relaciones anteriores
con Nantes, donde ha fijado su lugar de trabajo el hermano de Simón, Andrés
Ruiz. Desde Medina del Campo, el mercader teje, como ha señalado Emilio Olmos[5],
«una extensa red de enviados y corresponsales que se extiende, poco a poco, por
las principales ciudades europeas (Lisboa, Valencia[6],
Génova, Rouen, etc.)». Coinciden, quizá por una redundancia natural, aquellas
denominaciones con las específicas del Periodismo: corresponsales y enviados
especiales. Estos últimos, informadores desplazados ocasionalmente a puntos
geográficos donde ha surgido alguna noticia; mientras los corresponsales cubren,
con mayor permanencia, la actualidad en centros generadores habituales de
acontecimientos noticiables. Un término periodístico más –reportajes– sirve a
Felipe Ruiz Martín[7] para designar textos guardados en
el archivo de los Ruiz que remitieron determinados españoles con experiencia,
relativos a su estancia o su paso por Roma.
Casó nuestro personaje, en primeras nupcias, cumplidos los 35 años, cuando ya
había reunido una estimable fortuna. La novia, de la villa de Arévalo, era doña
María de Montalvo, dama de alcurnia. La boda se celebra en el pueblo de
Ataquines, a mitad de camino, poco más o menos entre Arévalo y Medina del Campo,
donde estaban las residencias de uno y otro contrayente; fue el 12 de octubre de
1561.
Pasados algunos años, Simón Ruiz enviudó y contrajo su segundo matrimonio, en
1574, con doña Mariana de Paz, algunos de cuyos familiares ocupaban posiciones
en la Corte, radicada, por entonces, en Valladolid. Tal circunstancia ayuda a la
esposa a lograr su deseo de mudar allá la vivienda; esa estancia duraría doce
años, que incluyen algunos pleitos mantenidos de cerca ante la Chancillería;
transcurrido ese período retornan a Medina del Campo; él se centrará en
organizar el destino de su herencia, al no haber tenido hijos de ninguna de las
dos uniones.
Fallece el 1 de marzo de 1597, atendido por los cuidados domésticos de su
segunda esposa. En su testamento, otorgado con fecha 1 de abril de 1596, encomia
la bondad de su mujer y el amor que él le profesa, si bien al dejar para ella
determinados bienes, establece dos condiciones: que no contraiga ulteriores
nupcias y que no alterne la residencia de Medina del Campo con cualquier otra
durante más de dos meses al año.
INVESTIGADORES DE FUSTE
La labor económica de la firma Ruiz ha sido estudiada sobre todo por dos
distinguidos investigadores: en Francia, el doctor Henri Lapeyre y, en España,
el catedrático de Historia Económica y académico, Felipe Ruiz Martín. Lapeyre,
profesor de la Universidad de Grenoble, escribió Une famille de marchands:
les Ruiz, editado, en 1955, por Librairie Armand Colin, bajo el patrocinio
del Centre de Recherches Historiques, órgano de la École Practique des Hautes
Études de la Universidad de la Sorbona (París). Felipe Ruiz Martín, fallecido en
enero de 2004, descollaba, entre otros saberes, como el gran especialista de la
historia económica de Castilla en los siglos XVI y XVII; dedicó muchas páginas a
la figura que nos ocupa: Pequeño capitalismo, gran capitalismo. Simón Ruiz y
sus negocios en Florencia (el pequeño capitalismo era el castellano; y el
gran capitalismo, por entonces, el genovés), Semblanza de Simón Ruiz Embito,
mercader-banquero en las ferias de Medina del Campo...
La ascensión de Simón Ruiz le lleva de la actividad de regatón o revendedor
al papel de financiero con ciertos clientes singulares -más o menos directos o
indirectos- como Felipe II.
Su actividad europea progresará con el cambio de moneda mediante un sistema
de letras de cambio (cambium per litteras). Vinculada a esa faceta
surgió, de modo natural, su participación en el sistema de los denominados
asientos. La carencia de un banco estatal y una Hacienda real con las terminales
necesarias en los Países Bajos y en la geografía de Italia, ponía al monarca
español en manos de los hombres de negocios poseedores de tales implantaciones
para asegurar transferencias, pagos a fecha fija y anticipos para la guerra y la
política. Unos asientos eran concertados, en España, con el Consejo de Hacienda;
otros contaban con la firma del Gobernador de los Países Bajos, pendientes de su
ratificación en Madrid. Simón Ruiz participó en los asientos para la Corona
entre 1576 y 1588.
Llegó a ser, pues, un mercader-banquero, con arreglo a la tipología manejada
por el historiador, de origen belga y nacionalidad estadounidense, Raymond de
Roover, cuando investiga sobre el mercado del dinero en la Brujas medieval.
Aparte de los usureros, diferenciaba a los cambiadores, quienes realizaban el
trueque de diversas monedas, contantes y sonantes, a la vista y que, además,
ejercían la banca de depósito, como antecesores de los banqueros de nuestros
días; y los distinguía, netamente, de los englobados como mercaderes-banqueros,
con capacidad para negociar monetariamente mediante ese tipo de transaciones de
divisas utilizando la letra de cambio[8].
No todo en la actividad de negocios de Simón Ruiz fueron éxitos y
satisfacciones. Pasó por los naturales contratiempos que surgen al transitar los
mejores caminos de la vida. Así, la repercusión de la quiebras en cadena,
ocurridas en Sevilla, durante el verano de 1567 y que continuaron al año
siguiente; Simón Ruiz viajó a la capital hispalense y redujo las pérdidas; pero,
a partir de dicha crisis limitó el tráfico de su compañía con el puerto
vinculado a las Indias. Ya no extendería a gran escala los negocios con América,
algo que hubiera ocurrido, por evolución natural, después de unos comienzos
prometedores en Sevilla, donde constituyó una sociedad mercantil.
Otros tropiezos ocurren al circular por Miranda de Ebro envíos de numerario.
En 1559 un episodio de este tipo quedó saldado con lenidad mientras que, en
1564, la aprehensión de 41.637 escudos, motivó que se incoara un proceso,
prolongado durante seis largos años.
La implicación de Simón Ruiz en un caso de espionaje, por informes del
embajador de España ante la Corte francesa, Juan de Vargas Mexía, debió
producirle quebraderos de cabeza, hasta que el mismísimo Felipe II zanjó la
cuestión con una anotación, de su puño y letra, en el margen del documento
acusatorio, haciendo constar su opinión terminante: «Lo que se dice de Simón
Ruiz no me convence. Tanto a él como a su hermano se les tiene por hombres de
bien...[9]. Durante los años de residencia en Valladolid
se considera probable que Simón Ruiz fuera recibido en algunas ocasiones por el
monarca.
En 1563 resultó elegido Simón Ruiz, por los procuradores de la Santa
Hermandad, para Procurador General del Común.
Arraigado a fondo en su Medina del Campo, como patria chica de adopción,
vivía sin aparatosidad en la calle de Ávila, actualmente dedicada al nombre de
Simón Ruiz. Su sobriedad castellana al exterior se hacía compatible con un
ambiente casero complementado por detalles procedentes de variados orígenes del
Viejo Continente: mobiliario y otros valiosos objetos traídos de Francia,
Holanda o Alemania. No faltan muestras más exóticas, conseguidas, por ejemplo,
en la India, con la intermediación del portugués Hernando de Morales. No reunió,
por el contrario, una biblioteca selecta ni bien dotada; apenas algunos libros
de contenido religioso, ciertas narraciones apreciadas por el público de
entonces y un clásico Espejo de Príncipes.
CORREO INFORMATIVO
Especialísimo interés tiene el correo recibido y enviado por el poderoso
hombre de empresa. Junto a los miles de cartas llegadas del extranjero quedan
copias de parte de las datadas en Medina del Campo. Una correspondencia global
que, en cuatro décadas, superó las cincuenta mil misivas. El año 1579 bate el
record: 2.620 cartas, que suponen una media de siete por día.
En el archivo Ruiz, considerado único en su género y por su importancia en
cuanto al siglo XVI en España, encierra no sólo datos de la actividad particular
de la firma sino otros muchos de superior alcance: sobre comercio interior y
exterior, política mercantil, banca y cambios, así como «hasta los
acontecimientos políticos»[10].
Para un hombre de negocios del siglo XVI, que maniobraba a larga distancia,
el correo suponía un instrumento indispensable si quería contar con información
propia. La evolución de los mercados, la situación patrimonial de mercaderes y
compañías, supuestas maquinaciones como las del sector de genoveses conocido
como nobile vecchi así como otros datos económicos, no llenaba las
expectativas de quien había de tomar decisiones arriesgadas y apreciaba, para
atinar mejor, el conocimiento de avatares políticos de carácter condicionante.
Para sus múltiples comunicaciones, Simón Ruiz simultaneó la mensajería propia
o compartida con otros comerciantes, con el correo oficial, en España y en otros
países, en manos de la familia De Taxis. La ruta terrestre hacia los Países
Bajos discurría por Burdeos, Orleans y París; para Lyon, desde Burdeos derivaba
por Limoges.
Dichos caminos, servían igualmente para el recorrido en sentido contrario.
El puerto de Bilbao centralizó la exportación y la importación de los Ruiz,
por mar, con Francia y con Flandes. Alicante brindaba fletes competitivos para
el tráfico naviero con Italia.
Lapeyre[11] recoge la distinción entre cartas
generales (lettere di compagnia) y cartas privadas (lettere private).
Las primeras van dirigidas a la firma y tratan de asuntos corrientes. Las
cartas privadas se reservan para el responsable de la empresa y aportan noticias
confidenciales, especulaciones políticas, planteamientos de negocios, opiniones
sobre la solvencia de determinados empresarios y otras consideraciones delicadas
y formuladas en tono de privacidad; informativamente contienen un interés
preferente.
En los archivos Ruiz -indica el mismo Lapeyre- hay un cierto número de cartas
en portugués, en italiano y, algunas, en francés; pero precisa que, por
entonces, el castellano era una importante lengua comercial, utilizada
corrientemente por los banqueros italianos radicados en Lyon y los comerciantes
franceses de Nantes.
El lenguaje de Simón Ruiz en las cartas que remite, es concreto y claro, con
los giros y la ortografía, obviamente, de la época.
Las mercancías objeto de los tratos por el comerciante y financiero cubren un
amplio espectro. Además de la lencería (lienzos en general): especias, aceites,
cochinilla, índigo, sal, trigo... En 1586 constan importaciones de mercancías
varias procedentes de Hamburgo, entre las que destacaba cobre de Suecia y de
Hungría.
RELACIONADO CON LOS FUGGER
Los negocios le relacionaron con financieros europeos de primer orden como
los Lomellini, los Spínola y los Fugger (en España, Fúcar).
Resulta muy conocida la importancia de la correspondencia de los Fúcar, de
cuyas cartas informativas quedan colecciones en Viena y en el Vaticano. Aquella
firma de Augsburgo, extendida por una vasta geografía que incluía la localidad
española de Almagro, apoyaba su toma de decisiones en un continuo y minucioso
seguimiento de la actualidad. Tan interesante que valía para ofrecer versiones
para-periodísticas a figuras prominentes con las que mantenían relaciones
privilegiadas.
A escala, la correspondencia de Simón Ruiz admite comparación. Lapeyre indica
algo de dudosa interpretación cuando hace referencia a copias de cartas
transcritas en hojas sueltas. Permite pensar en la virtualidad de su utilización
para extraer contenidos a los que se sacara partido en línea más informativa que
de aplicación comercial.
Sobre la credibilidad de las noticias circuladas nos ilustra un estudioso de
temas medinenses como Sánchez del Barrio, cuando resume impresiones plurales de
investigadores sobre la personalidad, autoritaria y ambiciosa de Simón Ruiz,
conjugada con una extremada reserva, ajena a las confidencias personales. «Suele
ser –añade-[12] seco y preciso en sus apreciaciones,
siempre basadas en un conocimiento seguro de la situación en la que se ve
inmerso, avalado por una buena red de información a su servicio, que le da
cuenta de lo que sucede en los centros políticos y económicos más importantes de
momento».
De la pléyade de corresponsales que se cruzaron cartas con Simón Ruiz, la
enumeración de algunos avecindados en Italia, servirá a título de muestra. La
totalidad de ese tráfico, entre las fechadas en Medina del Campo y las
despachadas desde plazas italianas, sumó casi seis mil; de ese total
desaparecieron más del millar. Conviene dejar sentado cómo los intereses del
empresario castellano con Italia no discurrían tanto por cauces comerciales como
financieros.
Especialmente vivo, en relación con la actualidad de aquellos tiempos,
resulta el intercambio epistolar entre Simón Ruiz y Baltasar Suárez, situado
-con toda la significación del término– en Florencia, capital de la Toscana.
Entre los cualificados interlocutores genoveses, firmas individuales de
magnates, como la de Jerónimo Scorza o asociadas como las de Felipe y Jacobo
Cattaneo y las de Bernardino Negrone y Castelvi Pinelli.
Como corresponsales en Milán actúan el capitán Juan de Muñatones y el
banquero Cesare Negrollo, entre otros.
HOSPITAL GENERAL
A la altura del año 1564, Simón Ruiz ostentaba ya la condición de regidor de
Medina del Campo, algo que le facultaba para intervenir en materias
concernientes a ferias, por un lado, y a actividades de beneficencia por otro.
La última etapa de su vida la dedicó Simón Ruiz, preferentemente, a la
fundación de un magno Hospital, bajo las advocaciones de Nuestra Señora de la
Concepción y San Diego de Alcalá. Habría de intitularse Hospital General, y
destinarse a la curación de todo tipo de enfermos y heridos, así como a la
recogida de peregrinos, desamparados y contagiosos.
Ocupado durante la mayor parte de sus días en operaciones crematísticas,
cuando le restaban los últimos años, Simón Ruiz determinó su herencia.
Sintiéndose medinense de adopción, buscó que su nombre perdurase vinculado al
de Medina del Campo. Pendiente, sobre todo, del negocio de la salvación, aportó
un montante significativo de su peculio en favor de enfermos y menesterosos.
El núcleo del negocio de la firma Ruiz pasó a Cosme, hijo de Vítores, uno de
los hermanos de Simón. El susodicho Cosme Ruiz protagonizó algunas andanzas
sonadas y pasó por una fase de apogeo en los negocios. Mezclado en actuaciones
supuestamente conectadas a la trata de negros, llega a caer en prisión por
deudas y muere a la edad de 58 años.
De aquella activa red europea quedan los legajos archivados. Desde hace años
van siendo estudiados para profundizar con tratamiento de especialistas. Los
libros dejan constancia de nuevas aportaciones sobre contenidos determinados. El
que merecería explotar la rica veta informativa aguarda su turno.
[1] José Manuel González Torga es periodista y
profesor universitario.
[2] Cfr. MADARIAGA, Juan José de: Bernal Díaz y Simón
Ruiz de Medina del Campo. Ediciones de Cultura Hispánica. Madrid, 1966. Págs
323 y s.
[3] Cfr. Ibíd., pág.325
[4] LAPEYRE, Henri: «La vida privada de Simón Ruiz»,
capítulo de la edición compendiada y traducida de Une famille de marchands:
les Ruiz. Publicaciones de la Cámara Oficial de Comercio e Industria.
Valladolid, 1971. Págs. 3 y 4.
[5] VV.AA.: Mercaderes y cambistas: Emilio Olmos
Herguedas: «Simón Ruiz: Mentalidad y vida cotidiana». Catálogo de la Exposición.
Taller de la Imagen. Coordinación de textos: Antonio Sánchez del Barrio y Emilio
Olmos. Medina del Campo, 1998.Pág. 29.
[6] Valencia figura en el mapa de los cambistas ya que la
moneda valenciana, como ocurría por otra parte con la aragonesa, eran distintas
de la castellana.
[7] RUIZ MARTÍN, Felipe: Pequeño capitalismo, gran
capitalismo. Simón Ruiz y sus negocios en Florencia. Apéndice 2. Crítica,
Barcelona, 1990. Pág. 209
[8] Cfr. LAPEYRE, H.: op. cit., parte preliminar,
pág. XXVII.
[9] MADARIAGA, J J. de: op. cit., pág. 332. Remite
a Archivo General de Simancas, K, 1558, Carta de Juan de Vargas a Felipe II.
París, 10-I-1580.
[10] LAPEYRE, Henri:, op. cit. pág. XXV.
[11] LAPEYRE, Henri: Une Famille de Marchans, les
Ruiz. Librairie Armand Colin. París, 1955. Pág 160.
[12] VV.AA.: Arte y mecenazgo. Capítulo 10,
Antonio Sánchez del Barrio, «Simón Ruiz y el Hospital General de Medina del
Campo». Caja Duero / El Norte de Castilla, Valladolid, 2000. Págs.226 y s.
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