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Altar Mayor - Nº 97 (38)
Monday, 17 January a las 21:38:57

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

LA IDENTIDAD DE EUROPA
Por Alberto M. Arruti [1]

La Unión de Europa, el papel de Europa en el mundo, Europa potencia económica, etc., son términos que escuchamos todos los días en los medios de comunicación. Pero ¿qué es Europa? Un continente, un conjunto de naciones, un lugar geográfico, una economía, un centro de poder o una cultura. Podríamos escoger cualquiera de estos conceptos para definir Europa, pero vamos a pronunciarnos por el último: Europa es, antes que nada y por encima de otras consideraciones, una cultura. No se trata de una discusión puramente académica, con muy poca repercusión práctica. Todo lo contrario. Ahora, que Europa se ha ampliado, que otros países, entre ellos Turquía, intentan integrarse, que se ha elaborado una Constitución, resulta imprescindible ponerse de acuerdo en lo que se entiende por Europa.
 

La cultura europea

Hemos afirmado que Europa es, sobre todo una cultura. Pocas palabras hay más ambiguas que ésta. Podríamos recoger multitud de definiciones del término cultura. Vamos a entender este concepto como el conjunto de ideas, de sentimientos y de valores desde los que se vive y por los que se vive. Si definimos a Europa como una cultura, cabe preguntarse ¿cuáles son los integrantes de esta cultura? Se ha dicho, repetidas veces, y por personalidades de las más distintas y diferentes formas de pensar, que la cultura europea la integran tres elementos que son: el derecho romano, la ciencia griega y la religión judeo-cristiana.

Que el derecho de todas las naciones europeas tiene como base el derecho que elaboraron los romanos, resulta una obviedad.

En cuanto a la ciencia griega, es cierto que los griegos tomaron ideas de otros países, especialmente, de Egipto. Pero la elaboración, la discusión y la crítica hace que aquellos conceptos adquiriesen la categoría de científicos cuando pasaron por la mente de los griegos. Por ejemplo, no sabemos hasta qué punto Euclides tuvo ideas originales en su geometría. Sus «Elementos» que constituyen el libro más leído en el mundo, después de la Biblia, son una recopilación de ideas y de trabajos de otros matemáticos, pero, sin ir más lejos, su célebre postulado de que por un punto exterior a una recta, pasa una sola paralela a esa recta, ha sido estudiado durante veinte siglos y ha dado lugar, entre los siglos XVIII y XIX, a dos distintas geometrías, la de Lobatschefski y la de Riemann.
 

La religión judeo-cristiana

En la Constitución europea, pese a los esfuerzos de muchos, no se consiguió introducir el Cristianismo como factor determinante de Europa. El profesor Dalmacio Negro Pavón ha escrito un concienzudo trabajo, que titula Lo que debe Europa al Cristianismo, en el que arguye veinte ideas o razones, que ponen de manifiesto que la religión judeo-cristiana ha sido y es un elemento esencial, un elemento integrador, de la cultura europea y, en consecuencia, de Europa.

Es cierto que la religión judeo-cristiana ha pasado en nuestro continente por distintas épocas y por no pocas peripecias. La rebelión de Lutero y, especialmente, la Ilustración. Al menos, una parte de ésta. De la actitud de Voltaire (Dios no existe, pero no se lo digas a mi muchacha) hasta la postura de Sartre (los ilustrados quitaron a Dios solamente la existencia, pero la moral siguió siendo la misma. Nosotros aspiramos a quitar cualquier referencia a Dios). Diríamos que existen tres posturas: el teísmo, el ateísmo y el antiteísmo. En muchos aspectos, estamos viviendo la tercera. Pero esta tercera no está lejos de la nada, cuyo epígono más importante ha sido el citado Jean-Paul Sartre. «El hombre posee una naturaleza humana: esta naturaleza humana, que es el concepto humano, se encuentra en todos los hombres, lo que significa que cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal, el hombre [...] El existencialismo ateo, que yo represento, es más coherente. Declara que si Dios no existe, hay al menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y este ser es el hombre [...] Así, no hay naturaleza humana, puesto que no hay Dios que la conciba». Diríamos que, a base de negar a Dios, se acaba negando al hombre. Al no haber naturaleza humana ésta se sustituye por la «condición humana», como es el título de la célebre novela de Malraux de 1935.

Este mundo de la Ilustración toca a su fin. Pocos pensadores lo han visto con la claridad de Romano Guardini que, en los años 50 publicó El fin de los tiempos modernos.

La relación del hombre con la naturaleza ha cambiado. Guardini lo expresa con claridad: «El hombre de hoy ya no hablaría de “madre naturaleza”. Antes bien, ella le parece algo extraño y peligroso». La técnica ha vencido por completo a la naturaleza. La ha derrotado. Pero, a veces, la naturaleza se venga. Véanse, por ejemplo, los huracanes de hace unas semanas, que asolaron algunas regiones del mundo. El Banco Mundial ha publicado un informe en el que se afirma que la pérdida de aves y mamíferos se ha triplicado en los últimos doscientos años. En la actualidad es cincuenta veces mayor que la que tiene lugar de forma espontánea. Las últimas generaciones son responsables de haber deteriorado nuestro planeta más que cualquier otra generación anterior.

Y esa naturaleza destruida por el hombre aparece como algo deforme y mutilado. Y todavía somos incapaces de valorar las consecuencias que puede tener. Una de ellas, de la que más se habla, es el llamado efecto invernadero. En el transcurso de los últimos cien años se ha registrado un calentamiento de la atmósfera de entre 0,3 a 0,6 grados centígrados y se ha observado también un retroceso de los glaciares de montaña y un aumentó de 1 a 2 milímetros al año del nivel del mar. Con el cambio climático aumentará la vulnerabilidad de algunas poblaciones costeras a las inundaciones y se estima que unos 46 millones de personas están expuestas cada año a inundaciones. Aquel mundo racionalista, que se inició con Descartes, ha tocado a su fin.
 

El renacimiento de la cultura cristiana

Los mitos del racionalismo se han desvanecido. El último fue el marxismo. La sociedad sin clases, ni se ha conseguido, ni traía al mundo, la felicidad. «El universalismo de Hegel, de Marx, de Durkheim, de Spann y de otros, que proclaman la primacía de la sociedad o del Estado sobre la persona humana, era un falso universalismo. Estaba fundado en la lógica del realismo de los conceptos, para la que lo general es más real que lo individual», ha podido escribir Nicolás Berdiaeff. El fracaso del nazismo ha quedado también patente. Cuando cayó el muro de Berlín se habló de un mundo sin guerras, un mundo feliz, gobernado por un sistema democrático y un capitalismo internacional. Y como telón de fondo, como prueba de una vaga espiritualidad aparecía una síntesis de Cristianismo, como fruto de distintos movimientos cristianos, con unas gotas de Budismo, que llamaríamos la «new age». En seguida, apareció la guerra de Yugoslavia, la guerra de palestinos e israelíes que no acaba nunca y, finalmente, el terrorismo organizado, que ha dado lugar al 11-S y al 11-M.

Es un mundo sin metafísica. El mundo del pensamiento débil. En el que se afirma que Heidegger ha sido el último metafísico. En consecuencia, los cimientos de cualquier ética se tambalean.

Por otra parte, la ciencia, que parecía que podía explicarlo todo y resolverlo todo ha reconocido sus límites. Por eso, Karl Popper ha escrito: «La ciencia nunca persigue la ilusoria meta de que sus respuestas sean definitivas, ni siquiera probables; antes bien su avance se encamina hacia una finalidad infinita (y, sin embargo, alcanzable): la de descubrir incesantemente problemas nuevos, más profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre provisionales) a contrastaciones constantemente renovadas y cada vez más rigurosas».

En esta situación de nada, de auténtico nihilismo en que se encuentra el hombre contemporáneo, no aparece otra solución más que el Cristianismo, a quien algunos, por distintas razones, han borrado de la Constitución de Europa. En este sentido, uno de los principales físicos del siglo XX, Weerner Heisenberg ha escrito, hace ya muchos años, unas líneas, que hoy conservan una completa actualidad: «Queremos que la vida espiritual reflorezca a nuestro alrededor, que en Europa nazcan otra vez los pensamientos que determinan el ser del universo. Queremos dedicar nuestra vida a conseguir que, en la medida en que sepamos hacernos responsables de nuestro patrimonio y hallar la vía para una armónica colaboración de las fuerzas actuantes en nuestros países, pasen también las condiciones externas de la vida europea a ser más felices de lo que fueron en los últimos cincuenta años. Queremos que nuestros jóvenes, a pesar del confuso torbellino de los hechos externos, se sientan iluminados por la luz espiritual de Occidente, y que ella les permita hallar de nuevo las fuentes de vitalidad, que han nutrido a nuestro continente a lo largo de más de dos milenios».



[1] Alberto M. Arruti es doctor en Ciencias de la Información y licenciado en CienciasFísicas.


 
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