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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
LA IDENTIDAD DE EUROPA
Por Alberto M. Arruti [1]
La Unión de Europa, el papel de Europa en el mundo, Europa potencia
económica, etc., son términos que escuchamos todos los días en los medios de
comunicación. Pero ¿qué es Europa? Un continente, un conjunto de naciones, un
lugar geográfico, una economía, un centro de poder o una cultura. Podríamos
escoger cualquiera de estos conceptos para definir Europa, pero vamos a
pronunciarnos por el último: Europa es, antes que nada y por encima de otras
consideraciones, una cultura. No se trata de una discusión puramente académica,
con muy poca repercusión práctica. Todo lo contrario. Ahora, que Europa se ha
ampliado, que otros países, entre ellos Turquía, intentan integrarse, que se ha
elaborado una Constitución, resulta imprescindible ponerse de acuerdo en lo que
se entiende por Europa.
La cultura europea
Hemos afirmado que Europa es, sobre todo una cultura. Pocas palabras hay más
ambiguas que ésta. Podríamos recoger multitud de definiciones del término
cultura. Vamos a entender este concepto como el conjunto de ideas, de
sentimientos y de valores desde los que se vive y por los que se vive. Si
definimos a Europa como una cultura, cabe preguntarse ¿cuáles son los
integrantes de esta cultura? Se ha dicho, repetidas veces, y por personalidades
de las más distintas y diferentes formas de pensar, que la cultura europea la
integran tres elementos que son: el derecho romano, la ciencia griega y la
religión judeo-cristiana.
Que el derecho de todas las naciones europeas tiene como base el derecho que
elaboraron los romanos, resulta una obviedad.
En cuanto a la ciencia griega, es cierto que los griegos tomaron ideas de
otros países, especialmente, de Egipto. Pero la elaboración, la discusión y la
crítica hace que aquellos conceptos adquiriesen la categoría de científicos
cuando pasaron por la mente de los griegos. Por ejemplo, no sabemos hasta qué
punto Euclides tuvo ideas originales en su geometría. Sus «Elementos» que
constituyen el libro más leído en el mundo, después de la Biblia, son una
recopilación de ideas y de trabajos de otros matemáticos, pero, sin ir más
lejos, su célebre postulado de que por un punto exterior a una recta, pasa una
sola paralela a esa recta, ha sido estudiado durante veinte siglos y ha dado
lugar, entre los siglos XVIII y XIX, a dos distintas geometrías, la de
Lobatschefski y la de Riemann.
La religión judeo-cristiana
En la Constitución europea, pese a los esfuerzos de muchos, no se consiguió
introducir el Cristianismo como factor determinante de Europa. El profesor
Dalmacio Negro Pavón ha escrito un concienzudo trabajo, que titula Lo que
debe Europa al Cristianismo, en el que arguye veinte ideas o razones, que
ponen de manifiesto que la religión judeo-cristiana ha sido y es un elemento
esencial, un elemento integrador, de la cultura europea y, en consecuencia, de
Europa.
Es cierto que la religión judeo-cristiana ha pasado en nuestro continente por
distintas épocas y por no pocas peripecias. La rebelión de Lutero y,
especialmente, la Ilustración. Al menos, una parte de ésta. De la actitud de
Voltaire (Dios no existe, pero no se lo digas a mi muchacha) hasta la postura de
Sartre (los ilustrados quitaron a Dios solamente la existencia, pero la moral
siguió siendo la misma. Nosotros aspiramos a quitar cualquier referencia a
Dios). Diríamos que existen tres posturas: el teísmo, el ateísmo y el antiteísmo.
En muchos aspectos, estamos viviendo la tercera. Pero esta tercera no está lejos
de la nada, cuyo epígono más importante ha sido el citado Jean-Paul Sartre. «El
hombre posee una naturaleza humana: esta naturaleza humana, que es el concepto
humano, se encuentra en todos los hombres, lo que significa que cada hombre es
un ejemplo particular de un concepto universal, el hombre [...] El
existencialismo ateo, que yo represento, es más coherente. Declara que si Dios
no existe, hay al menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un
ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y este ser es el
hombre [...] Así, no hay naturaleza humana, puesto que no hay Dios que la
conciba». Diríamos que, a base de negar a Dios, se acaba negando al hombre. Al
no haber naturaleza humana ésta se sustituye por la «condición humana», como es
el título de la célebre novela de Malraux de 1935.
Este mundo de la Ilustración toca a su fin. Pocos pensadores lo han visto con
la claridad de Romano Guardini que, en los años 50 publicó El fin de los
tiempos modernos.
La relación del hombre con la naturaleza ha cambiado. Guardini lo expresa con
claridad: «El hombre de hoy ya no hablaría de “madre naturaleza”. Antes bien,
ella le parece algo extraño y peligroso». La técnica ha vencido por completo a
la naturaleza. La ha derrotado. Pero, a veces, la naturaleza se venga. Véanse,
por ejemplo, los huracanes de hace unas semanas, que asolaron algunas regiones
del mundo. El Banco Mundial ha publicado un informe en el que se afirma que la
pérdida de aves y mamíferos se ha triplicado en los últimos doscientos años. En
la actualidad es cincuenta veces mayor que la que tiene lugar de forma
espontánea. Las últimas generaciones son responsables de haber deteriorado
nuestro planeta más que cualquier otra generación anterior.
Y esa naturaleza destruida por el hombre aparece como algo deforme y
mutilado. Y todavía somos incapaces de valorar las consecuencias que puede
tener. Una de ellas, de la que más se habla, es el llamado efecto invernadero.
En el transcurso de los últimos cien años se ha registrado un calentamiento de
la atmósfera de entre 0,3 a 0,6 grados centígrados y se ha observado también un
retroceso de los glaciares de montaña y un aumentó de 1 a 2 milímetros al año
del nivel del mar. Con el cambio climático aumentará la vulnerabilidad de
algunas poblaciones costeras a las inundaciones y se estima que unos 46 millones
de personas están expuestas cada año a inundaciones. Aquel mundo racionalista,
que se inició con Descartes, ha tocado a su fin.
El renacimiento de la cultura cristiana
Los mitos del racionalismo se han desvanecido. El último fue el marxismo. La
sociedad sin clases, ni se ha conseguido, ni traía al mundo, la felicidad. «El
universalismo de Hegel, de Marx, de Durkheim, de Spann y de otros, que proclaman
la primacía de la sociedad o del Estado sobre la persona humana, era un falso
universalismo. Estaba fundado en la lógica del realismo de los conceptos, para
la que lo general es más real que lo individual», ha podido escribir Nicolás
Berdiaeff. El fracaso del nazismo ha quedado también patente. Cuando cayó el
muro de Berlín se habló de un mundo sin guerras, un mundo feliz, gobernado por
un sistema democrático y un capitalismo internacional. Y como telón de fondo,
como prueba de una vaga espiritualidad aparecía una síntesis de Cristianismo,
como fruto de distintos movimientos cristianos, con unas gotas de Budismo, que
llamaríamos la «new age». En seguida, apareció la guerra de Yugoslavia, la
guerra de palestinos e israelíes que no acaba nunca y, finalmente, el terrorismo
organizado, que ha dado lugar al 11-S y al 11-M.
Es un mundo sin metafísica. El mundo del pensamiento débil. En el que se
afirma que Heidegger ha sido el último metafísico. En consecuencia, los
cimientos de cualquier ética se tambalean.
Por otra parte, la ciencia, que parecía que podía explicarlo todo y
resolverlo todo ha reconocido sus límites. Por eso, Karl Popper ha escrito: «La
ciencia nunca persigue la ilusoria meta de que sus respuestas sean definitivas,
ni siquiera probables; antes bien su avance se encamina hacia una finalidad
infinita (y, sin embargo, alcanzable): la de descubrir incesantemente problemas
nuevos, más profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre
provisionales) a contrastaciones constantemente renovadas y cada vez más
rigurosas».
En esta situación de nada, de auténtico nihilismo en que se encuentra el
hombre contemporáneo, no aparece otra solución más que el Cristianismo, a quien
algunos, por distintas razones, han borrado de la Constitución de Europa. En
este sentido, uno de los principales físicos del siglo XX, Weerner Heisenberg ha
escrito, hace ya muchos años, unas líneas, que hoy conservan una completa
actualidad: «Queremos que la vida espiritual reflorezca a nuestro alrededor, que
en Europa nazcan otra vez los pensamientos que determinan el ser del universo.
Queremos dedicar nuestra vida a conseguir que, en la medida en que sepamos
hacernos responsables de nuestro patrimonio y hallar la vía para una armónica
colaboración de las fuerzas actuantes en nuestros países, pasen también las
condiciones externas de la vida europea a ser más felices de lo que fueron en
los últimos cincuenta años. Queremos que nuestros jóvenes, a pesar del confuso
torbellino de los hechos externos, se sientan iluminados por la luz espiritual
de Occidente, y que ella les permita hallar de nuevo las fuentes de vitalidad,
que han nutrido a nuestro continente a lo largo de más de dos milenios».
[1] Alberto M. Arruti es doctor en Ciencias de la
Información y licenciado en CienciasFísicas.
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