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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
Reflexiones desde mi rincón
EL «ESPLENDOR DE LA VERDAD»: UNA URGENCIA PARA ESPAÑA
Por Pedro-Alejandro Ruano de la Haza
[1]
Hace algo más de diez años, concretamente el 2 de junio de 1994, en la
tercera de ABC aparecía un artículo de Julián Marías titulado El
desprecio a la verdad. En él se afirmaba: «La verdad va de tal modo unida a
la condición humana, que faltar deliberadamente a ella es lo más próximo al
suicidio». Efectivamente, un suicidio en toda regla, precedido -añado yo- por
una situación de esclavitud intolerable... Digo esclavitud porque nuestro
Maestro nos advirtió que la verdad nos haría libres (Jn 8,32). Por tanto,
quien vive en la mentira vive en la esclavitud.
El pasado mes de mayo la Hermandad del Valle de los Caídos celebraba sus
XI Conversaciones, con el tema genérico: «España en Europa». Cabría añadir,
enseguida, que España siempre estuvo en Europa y que ésta no se concibe sin
aquélla. La ponencia de Luis Suárez -Qué son las Cinco Naciones- nos
exime de más comentarios al respecto. Sin embargo la verdadera cuestión, aquí y
ahora, es, a mi entender, la de dilucidar de qué «Europa» estamos hablando y
cuál es esa «España» admitida e instalada en esa Europa.
Una fecha histórica
El 6 de junio último se cumplía el sesenta aniversario del desembarco de
Normandía, en las postrimerías de la segunda guerra mundial. Es innegable que,
tras aquella espectacular acción bélica y el consiguiente declive del poderío
nazi, estaba a punto de nacer «un mundo nuevo» en el orden político; todo era ya
cuestión de tiempo y maduración. Ahora bien, como siempre ocurre, dicho orden
político arrastraría tras de sí un mundo nuevo (y con él una nueva
Europa) en el orden económico, cultural, filosófico e, incluso, religioso.
Mundo, por otro lado, no tan nuevo puesto que venía gestándose desde siglos
atrás, pero que, al adquirir la adecuada coyuntura política, se extendería con
pujanza a lo largo y ancho de Europa. España, por obvias razones históricas bien
conocidas, permaneció secularmente al margen de ese mundo nuevo, incluso
tras la Segunda Guerra mundial, aunque (como luego veremos) a partir de 1971
iría adecuándose al mismo, hasta llegar a su plena identificación al iniciarse
el otoño de 1988.
Europa y España: perspectiva histórica
Hemos dicho que el mundo nuevo que termina por establecerse en Europa
tras el último conflicto mundial, había ido fraguándose durante siglos. Me
apresuro a añadir que, al referirme a «Europa», pienso, sencillamente, en las
Cinco Naciones a las que alude el profesor Suárez. Ahora bien, en una de
esas naciones -España-, ese «mundo nuevo» no arraiga, no penetra, o, a lo sumo,
lo hace esporádicamente y con dificultades casi insuperables, mientras el resto
de Europa se va configurando con él. ¿A qué me estoy refiriendo, en concreto?
Sencillamente, a la pérdida de la Fe cristiana, raíz y origen de Europa,
como se encargó de recordar, en ocasión memorable, Juan-Pablo II
[2].
En efecto, siguiendo diversos avatares históricos, una tras otra, las
Naciones de Europa fueron perdiendo su unidad de Fe; todas menos una:
España.
Considero necesario, antes de proseguir, volver a insistir en que las
Naciones de Europa poseían una unidad de Fe. Europa era la Cristiandad,
mal que les pese a cuantos presionan por abolir toda referencia cristiana en la
nueva Constitución europea. El sentido cristiano de la vida, efectivamente,
invadió durante siglos, no sólo el campo religioso, sino el social, el político,
el cultural y fue, sin duda, el patrimonio de la Europa civilizada. El europeo
del medievo, a pesar de sus taras y grandes vicios, ve su existencia envuelta en
una atmósfera de transcendencia y su vida asentada en principios y criterios de
valoración objetivos y cristianos. Todo lo cual le lleva, decididamente, a la
búsqueda de la Verdad absoluta: Dios. Esto era Europa entonces. En la actual
nada queda de aquellos principios teocéntricos y, menos aún, cristocéntricos.
Nuestra escala de valores, hoy, se ha tornado antropocéntrica, o, más
concretamente, tecnocéntrica. Los «principios» actuales (si los hay)
están al servicio de la técnica y de la materia, no de la ética ni del espíritu.
Ese es el «mundo nuevo», la nueva Europa que, como hemos dicho, queda
definitivamente configurada tras la Segunda Guerra mundial.
El caso concreto de España
Una de las Cinco Naciones llevaba siglos siendo la nota discordante en
la nueva Europa que se venía configurando, al menos desde las primeras décadas
del s.XVI. Por eso, aunque sea someramente, veamos la situación concreta de
España en aquellos instantes, y sus consecuencias.
La corriente ockamista, desde el s.XIV, junto a la influencia renacentista en
todos los órdenes de la vida, que se iba extendiendo por el Continente,
anunciaba ya, en las hasta entonces naciones cristianas de Europa, la
necesidad de una reforma, la cual, sabemos, termina cristalizando a
partir de 1517 en Alemania con la «protesta» luterana y que, con diversos
matices, se va a difundir rápidamente por otras naciones europeas. Sin embargo,
pocos años antes, en otra nación de Europa, España, el cardenal
Jiménez de Cisneros había impulsado con tenacidad la necesaria reforma
espiritual y cristiana que los tiempos demandaban. Y es en ese ambiente,
mientras gran parte de la Europa cristiana se desgaja de Roma sucumbiendo al
espíritu subjetivista y disgregador del protestantismo, cuando el vasco español
Ignacio de Loyola funda la Compañía de Jesús, colocando en manos de la Iglesia,
por así decirlo, el arma más fuerte en la empresa de la reevangelización
católica, o, como entonces se llamó: la Contrarreforma. La obra del insigne
vasco, en palabras de Menéndez Pidal, fue sin duda «la primera organización
verdaderamente moderna» [3].
Analizando aquella época, el francés Maurice Legendre califica a nuestra
Patria como la «aristocracia del mundo», y añade: «España ha constituido un
Imperio de tipo nuevo y creado una Sociedad de Naciones, la única real y
coherente que el mundo haya conocido jamás»
[4]. El cardenal Cicognani, por su parte, afirmaba que cada legajo que se
desempolva en el grandioso Archivo de Indias es una nueva apología de la labor
cristianamente civilizadora de España en América. Y, en la misma línea,
Mons. García y García de Castro añadía que las 6.336 disposiciones que conforman
las Leyes de Indias forman el mejor código de caridad que ha emanado de los
gobernantes civiles de todas las épocas de la Historia. Por eso, el
historiador argentino Ricardo Levene pudo escribir: «La historia de América
comienza con la de España, que es nuestra ascendencia espiritual, y por cuyas
raíces entroncamos con los orígenes más remotos de la civilización»
[5]. De ahí la conclusión de un García
Morente, cuando escribe: «La primera (quizá la única) política mundial que
aparece en las historia humana es la política española del s.XVI [...] porque la
esencia misma del alma hispánica destinaba providencialmente a España a ser la
primera en practicar esa política» [6].
Es con ese Pueblo, y con su idiosincrasia, como se produce el fenómeno
impresionante de la civilización americana, jalonada de tantos y tales
acontecimientos que aquí, ni someramente, podemos detenernos a apuntar. Baste
añadir, para nuestro propósito, que esa nación europea discordante trata
de defender agotadoramente, durante más de un siglo, lo que Europa había sido
hasta entonces: la Cristiandad. Y así hasta Rocroi (1643) y la paz de Westfalia
(1648). En ese momento España pierde su hegemonía en el Continente al tiempo que
se expande el Protestantismo, y con él la concepción antropocéntrica sobre la
teocéntrica, el racionalismo sobre el espiritualismo, lo subjetivo sobre lo
objetivo. Dichas corrientes irán minando gran parte del Occidente católico
europeo hasta alcanzar, en una de sus naciones -Francia- (con la Revolución de
1789), la apostasía de la Verdad absoluta -Dios-, mientras se entroniza a la
diosa Razón.
Aunque carente ya del poderío del s.VI, España (la que hemos dado en llamar
la Nación discordante) consigue, no obstante, mantenerse un tanto al margen de
esa evolución, pero no puede evitar determinadas influencias que alcanzan,
precisamente, a las capas sociales más destacadas. Y desde ellas, claro está,
resultaba fácil y cómodo llegar hasta el pueblo mismo. Qué acertadamente, ya en
pleno s.XX, afirmaría Ramiro de Maeztu que hace 200 años que el alma se nos
va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros mismos, sin darnos
cuenta de que, querer ser otro es lo mismo que dejar de ser. Sólo un botón
de muestra, al respecto: ¿quién no recuerda, en plena década de los 50, las
primeras «americanadas» en nuestro suelo? Por ejemplo, ahora que se acerca la
Navidad, cómo no traer a la memoria aquel lento, pero eficaz, cambio de nuestros
belenes (con toda su carga cristiana y pedagógica) por el estúpido personaje del
papá noël y su cursi parafernalia de adornos, o aquellas Cabalgatas de
los Reyes Magos, auténticas catequesis para chicos y grandes, que terminaron
convirtiéndose en «paradas circenses» made in Usa...
Aún así, España prosigue su labor tenaz, como señalábamos antes, de
continuar siendo lo que Europa había sido antaño. Bien lo refleja
aquella frase inolvidable, escuchada de labios de un joven en la laica Francia,
allá por diciembre de 1970: «España es un viejo pergamino arrinconado en el
extremo de Occidente, que Europa entera debe acudir a leer, de vez en
cuando...». Y como la frase en cuestión había sido motivada al notar, él, mi
molestia y preocupación ante las ruidosas algaradas, pintadas y gritos de
Franco assasin! con motivo del famoso proceso de Burgos, me añadió:
«Convénzase de que a Franco, en Europa, no se le critica por ser un dictador
¿Cómo lo íbamos a hacer si andamos, casi de rodillas, ante la mayor dictadura
mundial, la Unión Soviética? Lo que, en realidad, no se le perdona es su
catolicismo y, en definitiva, su régimen católico». Estaba claro el rol de
nuestra Nación, en Europa, para aquel joven francés, como pocos años antes, en
1965 al concluir el Concilio, lo había estado para el mismísimo Pablo VI:
«Vuestra unidad católica es un bien que el Estado debe cuidar» le dijo el
Pontífice, en aquella memorable ocasión, a D. Antonio María Oriol, emisario, a
la sazón, del Jefe del Estado. Igual postura -como no podía ser menos- adoptaba
el Episcopado español aquel 8 de diciembre de 1965, fecha de la clausura del
Concilio, cuando, en una declaración conjunta desde Roma, advertía: «La libertad
no se opone ni a la confesionalidad del Estado, ni a la unidad religiosa de una
nación». Ciertamente, se podía decir más alto, pero no más claro. ¿Qué ocurrió
después?
Nueva posición episcopal: España se adecua a Europa
Ocurrió, sencillamente, que, durante cierto tiempo aún, el episcopado de esa
Nación discordante continuó manteniendo la misma postura y elaborando, incluso,
una serie de proyectos para la puesta al día del Concordato, vigente
desde 1953. Sin embargo, ya en 1971, un grupo de ocho prelados aboga por
sustituir el mismo Concordato por unos simples Acuerdos parciales. Dos
años después, en 1973, el Episcopado español emite un documento titulado La
Iglesia y la Comunidad política en el que nuestros prelados, en general, se
desentienden del tema de la confesionalidad del Estado; más aún, un nutrido
grupo de entre ellos presiona para que no se mencione siquiera dicho tema en un
hipotético futuro Concordato, o en los posibles Acuerdos parciales que lo
sustituyeran...
No es de extrañar esa postura de los Obispos si se tiene en cuenta que, en
ese mismo año 1973, inician la llamada línea pastoral la cual, tres años después
de la muerte de Franco, desemboca en una trayectoria orientada a «establecer
(cito el documento de la Conferencia Episcopal, de enero de 1978, sobre la
proyectada Constitución) una gran plataforma de convivencia, superadora de
tantos enfrentamientos históricos». Dicha línea pastoral comprendía tres
apartados: a) el apoyo a una Constitución carente de valores cristianos y
ostentadora de un pluralismo moral indeterminado; b) la reclamación, por parte
de la Iglesia, de la libertad de predicar su doctrina; c) en aras de la
convivencia la Iglesia evitará toda «polarización» por razones religiosas,
impidiendo, en consecuencia, que los católicos se agrupen como tales
políticamente.
Fácil es de imaginar las consecuencias que se siguieron, a partir de 1973,
con la aplicación de esos tres puntos de la línea pastoral. Respecto al
primero, la falta de un posicionamiento oficial de la Iglesia (salvo las
honrosas excepciones del recientemente desaparecido cardenal D. Marcelo y ocho
prelados más) facilita la expansión de un enorme confusionismo, moral y
doctrinal, entre el Pueblo cristiano. El vacío que ello crea hace inoperante el
punto segundo, ese que reclama la libertad de «predicar». Efectivamente, al no
existir una posición clara y firme, ¿con qué base argumental, y en nombre de
qué, se podía sostener el más mínimo pronunciamiento doctrinal o moral? Algún
teólogo de la época llegó a postular que la Iglesia debía suscribir, como valor
supremo de la convivencia, la ética del liberalismo permisivo, renunciando a
una predicación moral para todos. Si así se expresaba, en 1973, un teólogo
(?) católico (!!), ¿nos puede extrañar que un dirigente socialista, en 2004,
abogue en la ONU por una «alianza de civilizaciones» como la panacea de la
convivencia mundial?
Visto lo precedente, podemos imaginar hacia donde conduciría la aplicación
del tercer punto de la célebre línea pastoral de aquella Conferencia
Episcopal: la Iglesia no se pronuncia oficialmente sobre los contenidos
cristianos de la única Nación católica de Europa, dejándolos a la tutela de los
ciudadanos; éstos, empero, careciendo de unanimidad de criterio respecto a
dichos contenidos (por el silencio de sus guías eclesiásticos) sienten que sus
esfuerzos se paralizan. ¡Ni siquiera pueden agruparse políticamente como
tales católicos! A lo sumo, en la línea pastoral episcopal, se les
invita a insertarse en cualesquiera organizaciones de la naciente democracia. El
resultado es harto conocido: en los años sucesivos se vio a militantes de Acción
Católica e, incluso, a clérigos y religiosos encuadrados en el PSOE, en el PCE,
etc.
Nuestro Pastores, de entonces, habían cedido a la tentación de lo que Jacques
Maritain calificó de «cronolatría»: el conferir valor definitivo a la simple
constatación de un hecho presente. ¡Qué distinto, en cambio, el ejemplo que
empezaba a dar al mundo, en aquellos instantes, el nuevo Papa! También entonces
(1978), se daba un doloroso hecho presente y constatable: un muro dividía,
físicamente incluso, Berlín, Alemania, Europa entera. El desmoronamiento del
mismo, la desaparición misma de la URSS y su telón de acero, ¿no se hubiera
considerado entonces (1978) una vana ilusión? Y, sin embargo, eso fue lo que
aquel joven Papa polaco (cuyo vigésimo sexto año de pontificado acabamos de
celebrar) propuso con sus primeras palabras al mundo, tras su elección: «Abrid
las puertas a Cristo [...], las puertas de los Estados, de los sistemas
económicos y políticos...». Más explícitamente aún, cuatro años después (1982),
en la catedral compostelana volvería a insistir en la misma línea, ante las más
relevantes personalidades del Continente europeo. No, Juan-Pablo II no cayó en
la cronolatría porque no otorgó valor definitivo a un hecho del momento. Siete
años más tarde, en 1989, al hundirse el muro y tantas otras estructuras
políticas y económicas, el futuro mismo se puso de parte del Papa.
Entretanto, esta Nación discordante de Europa se disponía a celebrar
el catorce centenario de su unidad católica. Aquel episcopado, a través de su
Comisión Permanente, preparó el evento mediante una Instrucción con
motivo del 14 Centenario del III Concilio de Toledo. En dicho documento
podía leerse: «El balance de estos 14 siglos de unidad en la Fe Católica, pese a
sus deficiencias inherentes a toda obra humana, es evidentemente positivo [...].
Estimamos que son muchas más las luces que las sombras [...]. La situación que
ahora vivimos es muy distinta. Tras muchas vicisitudes de nuestra historia de
los siglos XIX y XX, podemos decir que la época de la unidad católica y del
Estado confesional, en la forma en que se vivió en España, ha pasado ya».
Me he permitido subrayar determinadas frases del texto que muestran
claramente la «cronolatría» de aquel Episcopado. Sí, nuestros Pastores daban por
sentado, definitivamente, el pluralismo religioso, el laicismo oficial y una
Constitución sin Dios, para España. A partir de ese momento, la que hemos
dado en llamar hasta ahora Nación discordante se adecuaba plenamente a la
«nueva Europa». Dijimos, al principio de este trabajo, que la secular
permanencia de España al margen, concluiría con su plena identificación al
Continente, en el inicio del otoño de 1988. En efecto, la Instrucción episcopal,
anteriormente citada, data del 23 de septiembre de ese año. Con qué «fina
perspicacia», en el transcurso de un mitin en París al comienzo de los 70 (¡aún
lo recuerdo!), lanzaba Santiago Carrillo aquella profética boutade: «La
próxima vez que entremos en España será de brazos del clero...».
Urgencia de la Verdad
Hace casi once años Juan-Pablo II regalaba a la Iglesia una incisiva
encíclica, Veritatis Splendor, a la que alude el título de este trabajo.
El paso del tiempo no ha hecho más que acrecentar la «actualidad» impresionante
del Documento, para el mundo, para Europa, para España. Y es que, en este
momento sombrío de la Historia en el que la sociedad, en general, y la persona,
en particular, se sienten amenazadas en su propia entidad, me atrevería a
afirmar que la clave, quizá, de la Veritatis Splendor esté en la
aportación que el Papa hace a la relación entre democracia y derechos
fundamentales de la persona. La encíclica advierte del peligro que, para la
correcta interpretación de los valores morales y para la justa apreciación de
las verdades objetivas, implica un concepto de democracia que margine la
búsqueda de la verdad...; una «democracia» que se sienta capacitada para
legislar en contra de los derechos fundamentales de la persona. Así, en el c.
III se afirma:
«Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que
condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo, existe hoy un
riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la
persona humana: es el riesgo de la alianza entre la democracia y el relativismo
ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia
moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. Una
democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o
encubierto, como demuestra la Historia». Y añade: «El totalitarismo nace
de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad
transcendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad,
tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los
hombres: los intereses de clase, grupo o nación los contraponen inevitablemente
unos a otros. Si no se reconoce la verdad transcendente, triunfa la fuerza del
poder y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone
para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los
derechos de los demás. La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por
tanto, en la negación de la dignidad transcendente de la persona humana, imagen
visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos
que nadie puede violar...».
Es sabido cómo son conculcados, en la «nueva España», esos derechos
inherentes a la persona humana, empezando por el derecho a la vida. Se trata de
la esclavitud y suicidio colectivos, a los que aludíamos al empezar este
trabajo, y que son el precio a pagar desde el instante en que renunciamos a la
Verdad que libera y salva. Con justa precisión se ha dicho que si las llamadas
dictaduras impiden la libertad de acción, las democracias al uso impiden la
libertad de mente. Pues bien, puestos a elegir, prefiero ser, sencillamente, un
hombre «paralítico» (pero, a fin de cuentas un hombre), a convertirme en
un «activo» robot programado...
Nunca es tarde...
«Si la dicha es buena», reza el conocido refrán. Y la dicha, para nuestra
España -e, igualmente, para Europa entera- pasa inexcusablemente por el retorno
a la Verdad de Cristo. Juan-Pablo II, en su reciente libro ¡Levantaos!
¡Vamos!, recuerda las aleccionadoras palabras de su compatriota, el cardenal
Stefan Wyszynski: «Para un obispo la falta de fortaleza es el comienzo de la
derrota. ¿Puede continuar siendo apóstol? ¡Para un apóstol es esencial el
testimonio que se dé a la Verdad! Y eso exige siempre fortaleza»
[7].
En este año 2004, a punto de concluir, se impone reconocer que, día a día, se
suman las voces claras y luminosas, de nuestros Pastores, cuyo número se
acrecienta por momentos, señalando esa Verdad que nuestra sociedad
urgentemente necesita para volver a encontrar el Camino de la auténtica
libertad y edificar así la civilización de la Vida, superando la cultura
de muerte y esclavitud que nos domina. Por eso, repetimos esperanzados, nunca
es tarde..., mientras nos preguntamos: ¿lo conseguiremos? No lo dudo, pero a
costa de una única condición: siendo testigos de esa Verdad.
Curiosamente, este año 2004, la exposición itinerante de Las Edades del
Hombre que se exhibe en la catedral de Ávila, lleva por título Testigos.
En ella encontramos una variada representación de artistas, reyes, políticos,
religiosos, clérigos, santos... Todos ellos, cada cual a su modo, «testigos» de
esa Verdad que configuró, no sólo España sino Europa entera. Pero lo más
impactante es que, hacia el final del recorrido de la exposición, se nos invita
a todos, a Ud. y a mí, con nuestras peculiares circunstancias, a formar parte de
esa constelación de testigos... ¿Nos apuntamos? Lo pregunto porque,
realmente, yo no concibo otro modo de ser verdaderamente europeo,
verdaderamente español.
[1] Pedro-Alejandro Ruano de la Haza es
sacerdote, doctor en Teología por la Universidad de Navarra.
[2] Acto europeísta en Compostela (9-XI-82).
[3] Algunos caracteres de la cultura española,
p.106.
[4] Semblanza de España, p.10.
[5] Las Indias no eran colonias, p.9.
[6] Idea de la Hispanidad, p.225.
[7] Juan-Pablo II, ¡Levantaos!¡ Vamos!, p.163.
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