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Altar Mayor - Nº 97 (32)
Monday, 17 January a las 22:03:26

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

Reflexiones desde mi rincón
EL «ESPLENDOR DE LA VERDAD»: UNA URGENCIA PARA ESPAÑA
Por Pedro-Alejandro Ruano de la Haza [1]

Hace algo más de diez años, concretamente el 2 de junio de 1994, en la tercera de ABC aparecía un artículo de Julián Marías titulado El desprecio a la verdad. En él se afirmaba: «La verdad va de tal modo unida a la condición humana, que faltar deliberadamente a ella es lo más próximo al suicidio». Efectivamente, un suicidio en toda regla, precedido -añado yo- por una situación de esclavitud intolerable... Digo esclavitud porque nuestro Maestro nos advirtió que la verdad nos haría libres (Jn 8,32). Por tanto, quien vive en la mentira vive en la esclavitud.

El pasado mes de mayo la Hermandad del Valle de los Caídos celebraba sus XI Conversaciones, con el tema genérico: «España en Europa». Cabría añadir, enseguida, que España siempre estuvo en Europa y que ésta no se concibe sin aquélla. La ponencia de Luis Suárez -Qué son las Cinco Naciones- nos exime de más comentarios al respecto. Sin embargo la verdadera cuestión, aquí y ahora, es, a mi entender, la de dilucidar de qué «Europa» estamos hablando y cuál es esa «España» admitida e instalada en esa Europa.
 

Una fecha histórica

El 6 de junio último se cumplía el sesenta aniversario del desembarco de Normandía, en las postrimerías de la segunda guerra mundial. Es innegable que, tras aquella espectacular acción bélica y el consiguiente declive del poderío nazi, estaba a punto de nacer «un mundo nuevo» en el orden político; todo era ya cuestión de tiempo y maduración. Ahora bien, como siempre ocurre, dicho orden político arrastraría tras de sí un mundo nuevo (y con él una nueva Europa) en el orden económico, cultural, filosófico e, incluso, religioso. Mundo, por otro lado, no tan nuevo puesto que venía gestándose desde siglos atrás, pero que, al adquirir la adecuada coyuntura política, se extendería con pujanza a lo largo y ancho de Europa. España, por obvias razones históricas bien conocidas, permaneció secularmente al margen de ese mundo nuevo, incluso tras la Segunda Guerra mundial, aunque (como luego veremos) a partir de 1971 iría adecuándose al mismo, hasta llegar a su plena identificación al iniciarse el otoño de 1988.
 

Europa y España: perspectiva histórica

Hemos dicho que el mundo nuevo que termina por establecerse en Europa tras el último conflicto mundial, había ido fraguándose durante siglos. Me apresuro a añadir que, al referirme a «Europa», pienso, sencillamente, en las Cinco Naciones a las que alude el profesor Suárez. Ahora bien, en una de esas naciones -España-, ese «mundo nuevo» no arraiga, no penetra, o, a lo sumo, lo hace esporádicamente y con dificultades casi insuperables, mientras el resto de Europa se va configurando con él. ¿A qué me estoy refiriendo, en concreto? Sencillamente, a la pérdida de la Fe cristiana, raíz y origen de Europa, como se encargó de recordar, en ocasión memorable, Juan-Pablo II [2].

En efecto, siguiendo diversos avatares históricos, una tras otra, las Naciones de Europa fueron perdiendo su unidad de Fe; todas menos una: España.

Considero necesario, antes de proseguir, volver a insistir en que las Naciones de Europa poseían una unidad de Fe. Europa era la Cristiandad, mal que les pese a cuantos presionan por abolir toda referencia cristiana en la nueva Constitución europea. El sentido cristiano de la vida, efectivamente, invadió durante siglos, no sólo el campo religioso, sino el social, el político, el cultural y fue, sin duda, el patrimonio de la Europa civilizada. El europeo del medievo, a pesar de sus taras y grandes vicios, ve su existencia envuelta en una atmósfera de transcendencia y su vida asentada en principios y criterios de valoración objetivos y cristianos. Todo lo cual le lleva, decididamente, a la búsqueda de la Verdad absoluta: Dios. Esto era Europa entonces. En la actual nada queda de aquellos principios teocéntricos y, menos aún, cristocéntricos. Nuestra escala de valores, hoy, se ha tornado antropocéntrica, o, más concretamente, tecnocéntrica. Los «principios» actuales (si los hay) están al servicio de la técnica y de la materia, no de la ética ni del espíritu. Ese es el «mundo nuevo», la nueva Europa que, como hemos dicho, queda definitivamente configurada tras la Segunda Guerra mundial.
 

El caso concreto de España

Una de las Cinco Naciones llevaba siglos siendo la nota discordante en la nueva Europa que se venía configurando, al menos desde las primeras décadas del s.XVI. Por eso, aunque sea someramente, veamos la situación concreta de España en aquellos instantes, y sus consecuencias.

La corriente ockamista, desde el s.XIV, junto a la influencia renacentista en todos los órdenes de la vida, que se iba extendiendo por el Continente, anunciaba ya, en las hasta entonces naciones cristianas de Europa, la necesidad de una reforma, la cual, sabemos, termina cristalizando a partir de 1517 en Alemania con la «protesta» luterana y que, con diversos matices, se va a difundir rápidamente por otras naciones europeas. Sin embargo, pocos años antes, en otra nación de Europa, España, el cardenal Jiménez de Cisneros había impulsado con tenacidad la necesaria reforma espiritual y cristiana que los tiempos demandaban. Y es en ese ambiente, mientras gran parte de la Europa cristiana se desgaja de Roma sucumbiendo al espíritu subjetivista y disgregador del protestantismo, cuando el vasco español Ignacio de Loyola funda la Compañía de Jesús, colocando en manos de la Iglesia, por así decirlo, el arma más fuerte en la empresa de la reevangelización católica, o, como entonces se llamó: la Contrarreforma. La obra del insigne vasco, en palabras de Menéndez Pidal, fue sin duda «la primera organización verdaderamente moderna» [3].

Analizando aquella época, el francés Maurice Legendre califica a nuestra Patria como la «aristocracia del mundo», y añade: «España ha constituido un Imperio de tipo nuevo y creado una Sociedad de Naciones, la única real y coherente que el mundo haya conocido jamás» [4]. El cardenal Cicognani, por su parte, afirmaba que cada legajo que se desempolva en el grandioso Archivo de Indias es una nueva apología de la labor cristianamente civilizadora de España en América. Y, en la misma línea, Mons. García y García de Castro añadía que las 6.336 disposiciones que conforman las Leyes de Indias forman el mejor código de caridad que ha emanado de los gobernantes civiles de todas las épocas de la Historia. Por eso, el historiador argentino Ricardo Levene pudo escribir: «La historia de América comienza con la de España, que es nuestra ascendencia espiritual, y por cuyas raíces entroncamos con los orígenes más remotos de la civilización» [5]. De ahí la conclusión de un García Morente, cuando escribe: «La primera (quizá la única) política mundial que aparece en las historia humana es la política española del s.XVI [...] porque la esencia misma del alma hispánica destinaba providencialmente a España a ser la primera en practicar esa política» [6].

Es con ese Pueblo, y con su idiosincrasia, como se produce el fenómeno impresionante de la civilización americana, jalonada de tantos y tales acontecimientos que aquí, ni someramente, podemos detenernos a apuntar. Baste añadir, para nuestro propósito, que esa nación europea discordante trata de defender agotadoramente, durante más de un siglo, lo que Europa había sido hasta entonces: la Cristiandad. Y así hasta Rocroi (1643) y la paz de Westfalia (1648). En ese momento España pierde su hegemonía en el Continente al tiempo que se expande el Protestantismo, y con él la concepción antropocéntrica sobre la teocéntrica, el racionalismo sobre el espiritualismo, lo subjetivo sobre lo objetivo. Dichas corrientes irán minando gran parte del Occidente católico europeo hasta alcanzar, en una de sus naciones -Francia- (con la Revolución de 1789), la apostasía de la Verdad absoluta -Dios-, mientras se entroniza a la diosa Razón.

Aunque carente ya del poderío del s.VI, España (la que hemos dado en llamar la Nación discordante) consigue, no obstante, mantenerse un tanto al margen de esa evolución, pero no puede evitar determinadas influencias que alcanzan, precisamente, a las capas sociales más destacadas. Y desde ellas, claro está, resultaba fácil y cómodo llegar hasta el pueblo mismo. Qué acertadamente, ya en pleno s.XX, afirmaría Ramiro de Maeztu que hace 200 años que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros mismos, sin darnos cuenta de que, querer ser otro es lo mismo que dejar de ser. Sólo un botón de muestra, al respecto: ¿quién no recuerda, en plena década de los 50, las primeras «americanadas» en nuestro suelo? Por ejemplo, ahora que se acerca la Navidad, cómo no traer a la memoria aquel lento, pero eficaz, cambio de nuestros belenes (con toda su carga cristiana y pedagógica) por el estúpido personaje del papá noël y su cursi parafernalia de adornos, o aquellas Cabalgatas de los Reyes Magos, auténticas catequesis para chicos y grandes, que terminaron convirtiéndose en «paradas circenses» made in Usa...

Aún así, España prosigue su labor tenaz, como señalábamos antes, de continuar siendo lo que Europa había sido antaño. Bien lo refleja aquella frase inolvidable, escuchada de labios de un joven en la laica Francia, allá por diciembre de 1970: «España es un viejo pergamino arrinconado en el extremo de Occidente, que Europa entera debe acudir a leer, de vez en cuando...». Y como la frase en cuestión había sido motivada al notar, él, mi molestia y preocupación ante las ruidosas algaradas, pintadas y gritos de Franco assasin! con motivo del famoso proceso de Burgos, me añadió: «Convénzase de que a Franco, en Europa, no se le critica por ser un dictador ¿Cómo lo íbamos a hacer si andamos, casi de rodillas, ante la mayor dictadura mundial, la Unión Soviética? Lo que, en realidad, no se le perdona es su catolicismo y, en definitiva, su régimen católico». Estaba claro el rol de nuestra Nación, en Europa, para aquel joven francés, como pocos años antes, en 1965 al concluir el Concilio, lo había estado para el mismísimo Pablo VI: «Vuestra unidad católica es un bien que el Estado debe cuidar» le dijo el Pontífice, en aquella memorable ocasión, a D. Antonio María Oriol, emisario, a la sazón, del Jefe del Estado. Igual postura -como no podía ser menos- adoptaba el Episcopado español aquel 8 de diciembre de 1965, fecha de la clausura del Concilio, cuando, en una declaración conjunta desde Roma, advertía: «La libertad no se opone ni a la confesionalidad del Estado, ni a la unidad religiosa de una nación». Ciertamente, se podía decir más alto, pero no más claro. ¿Qué ocurrió después?
 

Nueva posición episcopal: España se adecua a Europa

Ocurrió, sencillamente, que, durante cierto tiempo aún, el episcopado de esa Nación discordante continuó manteniendo la misma postura y elaborando, incluso, una serie de proyectos para la puesta al día del Concordato, vigente desde 1953. Sin embargo, ya en 1971, un grupo de ocho prelados aboga por sustituir el mismo Concordato por unos simples Acuerdos parciales. Dos años después, en 1973, el Episcopado español emite un documento titulado La Iglesia y la Comunidad política en el que nuestros prelados, en general, se desentienden del tema de la confesionalidad del Estado; más aún, un nutrido grupo de entre ellos presiona para que no se mencione siquiera dicho tema en un hipotético futuro Concordato, o en los posibles Acuerdos parciales que lo sustituyeran...

No es de extrañar esa postura de los Obispos si se tiene en cuenta que, en ese mismo año 1973, inician la llamada línea pastoral la cual, tres años después de la muerte de Franco, desemboca en una trayectoria orientada a «establecer (cito el documento de la Conferencia Episcopal, de enero de 1978, sobre la proyectada Constitución) una gran plataforma de convivencia, superadora de tantos enfrentamientos históricos». Dicha línea pastoral comprendía tres apartados: a) el apoyo a una Constitución carente de valores cristianos y ostentadora de un pluralismo moral indeterminado; b) la reclamación, por parte de la Iglesia, de la libertad de predicar su doctrina; c) en aras de la convivencia la Iglesia evitará toda «polarización» por razones religiosas, impidiendo, en consecuencia, que los católicos se agrupen como tales políticamente.

Fácil es de imaginar las consecuencias que se siguieron, a partir de 1973, con la aplicación de esos tres puntos de la línea pastoral. Respecto al primero, la falta de un posicionamiento oficial de la Iglesia (salvo las honrosas excepciones del recientemente desaparecido cardenal D. Marcelo y ocho prelados más) facilita la expansión de un enorme confusionismo, moral y doctrinal, entre el Pueblo cristiano. El vacío que ello crea hace inoperante el punto segundo, ese que reclama la libertad de «predicar». Efectivamente, al no existir una posición clara y firme, ¿con qué base argumental, y en nombre de qué, se podía sostener el más mínimo pronunciamiento doctrinal o moral? Algún teólogo de la época llegó a postular que la Iglesia debía suscribir, como valor supremo de la convivencia, la ética del liberalismo permisivo, renunciando a una predicación moral para todos. Si así se expresaba, en 1973, un teólogo (?) católico (!!), ¿nos puede extrañar que un dirigente socialista, en 2004, abogue en la ONU por una «alianza de civilizaciones» como la panacea de la convivencia mundial?

Visto lo precedente, podemos imaginar hacia donde conduciría la aplicación del tercer punto de la célebre línea pastoral de aquella Conferencia Episcopal: la Iglesia no se pronuncia oficialmente sobre los contenidos cristianos de la única Nación católica de Europa, dejándolos a la tutela de los ciudadanos; éstos, empero, careciendo de unanimidad de criterio respecto a dichos contenidos (por el silencio de sus guías eclesiásticos) sienten que sus esfuerzos se paralizan. ¡Ni siquiera pueden agruparse políticamente como tales católicos! A lo sumo, en la línea pastoral episcopal, se les invita a insertarse en cualesquiera organizaciones de la naciente democracia. El resultado es harto conocido: en los años sucesivos se vio a militantes de Acción Católica e, incluso, a clérigos y religiosos encuadrados en el PSOE, en el PCE, etc.

Nuestro Pastores, de entonces, habían cedido a la tentación de lo que Jacques Maritain calificó de «cronolatría»: el conferir valor definitivo a la simple constatación de un hecho presente. ¡Qué distinto, en cambio, el ejemplo que empezaba a dar al mundo, en aquellos instantes, el nuevo Papa! También entonces (1978), se daba un doloroso hecho presente y constatable: un muro dividía, físicamente incluso, Berlín, Alemania, Europa entera. El desmoronamiento del mismo, la desaparición misma de la URSS y su telón de acero, ¿no se hubiera considerado entonces (1978) una vana ilusión? Y, sin embargo, eso fue lo que aquel joven Papa polaco (cuyo vigésimo sexto año de pontificado acabamos de celebrar) propuso con sus primeras palabras al mundo, tras su elección: «Abrid las puertas a Cristo [...], las puertas de los Estados, de los sistemas económicos y políticos...». Más explícitamente aún, cuatro años después (1982), en la catedral compostelana volvería a insistir en la misma línea, ante las más relevantes personalidades del Continente europeo. No, Juan-Pablo II no cayó en la cronolatría porque no otorgó valor definitivo a un hecho del momento. Siete años más tarde, en 1989, al hundirse el muro y tantas otras estructuras políticas y económicas, el futuro mismo se puso de parte del Papa.

Entretanto, esta Nación discordante de Europa se disponía a celebrar el catorce centenario de su unidad católica. Aquel episcopado, a través de su Comisión Permanente, preparó el evento mediante una Instrucción con motivo del 14 Centenario del III Concilio de Toledo. En dicho documento podía leerse: «El balance de estos 14 siglos de unidad en la Fe Católica, pese a sus deficiencias inherentes a toda obra humana, es evidentemente positivo [...]. Estimamos que son muchas más las luces que las sombras [...]. La situación que ahora vivimos es muy distinta. Tras muchas vicisitudes de nuestra historia de los siglos XIX y XX, podemos decir que la época de la unidad católica y del Estado confesional, en la forma en que se vivió en España, ha pasado ya».

Me he permitido subrayar determinadas frases del texto que muestran claramente la «cronolatría» de aquel Episcopado. Sí, nuestros Pastores daban por sentado, definitivamente, el pluralismo religioso, el laicismo oficial y una Constitución sin Dios, para España. A partir de ese momento, la que hemos dado en llamar hasta ahora Nación discordante se adecuaba plenamente a la «nueva Europa». Dijimos, al principio de este trabajo, que la secular permanencia de España al margen, concluiría con su plena identificación al Continente, en el inicio del otoño de 1988. En efecto, la Instrucción episcopal, anteriormente citada, data del 23 de septiembre de ese año. Con qué «fina perspicacia», en el transcurso de un mitin en París al comienzo de los 70 (¡aún lo recuerdo!), lanzaba Santiago Carrillo aquella profética boutade: «La próxima vez que entremos en España será de brazos del clero...».
 

Urgencia de la Verdad

Hace casi once años Juan-Pablo II regalaba a la Iglesia una incisiva encíclica, Veritatis Splendor, a la que alude el título de este trabajo. El paso del tiempo no ha hecho más que acrecentar la «actualidad» impresionante del Documento, para el mundo, para Europa, para España. Y es que, en este momento sombrío de la Historia en el que la sociedad, en general, y la persona, en particular, se sienten amenazadas en su propia entidad, me atrevería a afirmar que la clave, quizá, de la Veritatis Splendor esté en la aportación que el Papa hace a la relación entre democracia y derechos fundamentales de la persona. La encíclica advierte del peligro que, para la correcta interpretación de los valores morales y para la justa apreciación de las verdades objetivas, implica un concepto de democracia que margine la búsqueda de la verdad...; una «democracia» que se sienta capacitada para legislar en contra de los derechos fundamentales de la persona. Así, en el c. III se afirma:

«Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo, existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana: es el riesgo de la alianza entre la democracia y el relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. Una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la Historia». Y añade: «El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad transcendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad transcendente, triunfa la fuerza del poder y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad transcendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar...».

Es sabido cómo son conculcados, en la «nueva España», esos derechos inherentes a la persona humana, empezando por el derecho a la vida. Se trata de la esclavitud y suicidio colectivos, a los que aludíamos al empezar este trabajo, y que son el precio a pagar desde el instante en que renunciamos a la Verdad que libera y salva. Con justa precisión se ha dicho que si las llamadas dictaduras impiden la libertad de acción, las democracias al uso impiden la libertad de mente. Pues bien, puestos a elegir, prefiero ser, sencillamente, un hombre «paralítico» (pero, a fin de cuentas un hombre), a convertirme en un «activo» robot programado...

Nunca es tarde...

«Si la dicha es buena», reza el conocido refrán. Y la dicha, para nuestra España -e, igualmente, para Europa entera- pasa inexcusablemente por el retorno a la Verdad de Cristo. Juan-Pablo II, en su reciente libro ¡Levantaos! ¡Vamos!, recuerda las aleccionadoras palabras de su compatriota, el cardenal Stefan Wyszynski: «Para un obispo la falta de fortaleza es el comienzo de la derrota. ¿Puede continuar siendo apóstol? ¡Para un apóstol es esencial el testimonio que se dé a la Verdad! Y eso exige siempre fortaleza» [7].

En este año 2004, a punto de concluir, se impone reconocer que, día a día, se suman las voces claras y luminosas, de nuestros Pastores, cuyo número se acrecienta por momentos, señalando esa Verdad que nuestra sociedad urgentemente necesita para volver a encontrar el Camino de la auténtica libertad y edificar así la civilización de la Vida, superando la cultura de muerte y esclavitud que nos domina. Por eso, repetimos esperanzados, nunca es tarde..., mientras nos preguntamos: ¿lo conseguiremos? No lo dudo, pero a costa de una única condición: siendo testigos de esa Verdad.

Curiosamente, este año 2004, la exposición itinerante de Las Edades del Hombre que se exhibe en la catedral de Ávila, lleva por título Testigos. En ella encontramos una variada representación de artistas, reyes, políticos, religiosos, clérigos, santos... Todos ellos, cada cual a su modo, «testigos» de esa Verdad que configuró, no sólo España sino Europa entera. Pero lo más impactante es que, hacia el final del recorrido de la exposición, se nos invita a todos, a Ud. y a mí, con nuestras peculiares circunstancias, a formar parte de esa constelación de testigos... ¿Nos apuntamos? Lo pregunto porque, realmente, yo no concibo otro modo de ser verdaderamente europeo, verdaderamente español.

 



[1] Pedro-Alejandro Ruano de la Haza es sacerdote, doctor en Teología por la Universidad de Navarra.

[2] Acto europeísta en Compostela (9-XI-82).

[3] Algunos caracteres de la cultura española, p.106.

[4] Semblanza de España, p.10.

[5] Las Indias no eran colonias, p.9.

[6] Idea de la Hispanidad, p.225.

[7] Juan-Pablo II, ¡Levantaos!¡ Vamos!, p.163.


 
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