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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
EUROPA, ESPAÑA Y EL ISLAM. PANORAMA DE UN CONFLICTO
SECULAR
Por Antonio Brea [1]
Resulta indudable que la multitud de españoles que tenemos edades
comprendidas entre los treinta y cuarenta años, y que pertenecemos a la
abrumadoramente mayoritaria y sufrida clase media de nuestro país, conformamos
un núcleo de privilegio en el marco de una generación que en numerosos lugares
del mundo ha sido diezmada por el hambre y la guerra, y todo el cúmulo de
sufrimientos que ambas lacras conllevan.
Efectivamente, los españoles nacidos durante la última década del régimen de
Franco, nos criamos en un envidiable marco de paz y creciente prosperidad, sólo
alterado por el azote puntual y al mismo tiempo constante del terrorismo
separatista y ultraizquierdista, y por el fantasma de una posible intervención
del Ejército en la vida política que pudiese provocar un nuevo conflicto civil
de dimensiones similares a las del vivido décadas antes. En dicho marco, la
única amenaza de guerra exterior, hasta los fenómenos políticos que sacudieron
Europa en los últimos años ochenta y primeros noventa, fue la posibilidad
terrible, pero al tiempo lejana, de un conflicto entre la Unión Soviética y el
bloque occidental al que pertenecemos en virtud tanto de nuestros pactos
bilaterales con Estados Unidos, en un momento inicial, como de nuestra posterior
integración en la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Presencia
amenazadora del enemigo bolchevique que influyó en su momento, muy posiblemente,
en la militancia patriótica de los sectores políticamente más sanos de la
generación que hoy ronda la treintena y cuarentena.
Esta sensación colectiva de paz, bienestar y seguridad se quebró trágicamente
el 11 de marzo de 2004, en la terrible matanza de Madrid, perpetrada por el
fundamentalismo islámico y en la que muchos españoles nos tememos que pudieron
confluir intereses de otras fuerzas siniestras. En todo caso, tal día de
tragedia nos devolvió a una realidad que teníamos olvidada: el Islam, al que no
hace mucho veíamos como un fenómeno de atraso y exotismo, es el enemigo secular
y natural de Europa, y por tanto, y desaparecida la amenaza comunista, el
principal factor de sombra sobre nuestra seguridad colectiva.
Cabe entonces definir el concepto. Entendemos por Islam un movimiento
religioso y político que genera y soporta una civilización, surgido en unos
escenarios temporal (el siglo VII de nuestra era) y geográfico (la Península
Arábiga) muy alejados del nuestro. Un movimiento creado por un comerciante
convertido en profeta, integrante de un pueblo en el que los oficios más
corrientes eran, además del suyo, el de pastor y el de bandido, consecuencia
natural de la pobreza de recursos agrícolas de la región, y de su posición de
tránsito entre dos continentes (Asia y África) y dos imperios (el persa y el
bizantino).
El principal rasgo del Islam en cuanto doctrina, y factor fundamental en su
propagación y éxito es su simplicidad, articulada en torno a dos principios
básicos:
En primer lugar, la sumisión absoluta de los fieles a la voluntad de un Dios
único. Sumisión que es el principio básico de esta religión (el término Islam
significa precisamente sumisión) y monoteísmo heredado de la tradición judía y
cristiana, si bien enfrentado radicalmente a la concepción trinitaria del
Cristianismo, frente a la cual los musulmanes defienden la idea del tawhid
o unicidad de Dios.
En segundo lugar, la unidad solidaria de los fieles en una comunidad, la
umma, que a diferencia de la Iglesia es una realidad no sólo espiritual,
sino también una realidad política y social, enfocada hacia unos fines
materiales.
Otro rasgo característico del Islam como ideología, y fundamental en lo que
se refiere a sus relaciones con Europa, es su relativa proximidad al sistema de
creencias del Cristianismo. Así, ambas religiones comparten, entre otras, las
creencias en un Dios único, un Juicio Final, en la resurrección de los muertos,
la existencia de un Paraíso y un Infierno, los ángeles y los demonios, la
necesidad de la oración y la virtud personal. Esa coincidencia de creencias fue
en el pasado un capital importantísimo para el Islam, a la hora de facilitar su
irrupción en el espacio geopolítico europeo, a través de la conversión masiva,
en muchos casos voluntaria, de poblaciones enteras originariamente cristianas, a
la religión de Mahoma.
Como hemos apuntado anteriormente, la umma asume, desde sus orígenes,
un carácter de comunidad política. Esta comunidad protagoniza en apenas un
siglo, una de las más grandes expansiones imperiales de la Historia Universal.
Expansión basada en un concepto de tipo teológico, la yihad o combate
individual en busca de la superación personal, que extrapolado al conjunto de la
comunidad se convierte en guerra santa en defensa y propagación de la fe. Guerra
santa dirigida en principio por el propio Mahoma, y posteriormente por sus
sucesores o califas, con tal éxito, que apenas treinta años después de la huida
de Mahoma y sus seguidores a Medina, momento en el que comienza la era islámica,
el Islam había pasado de ser una pequeña secta religiosa a un Imperio extendido
desde Persia hasta la Cirenaica, y que en las décadas siguientes se expandirá en
Occidente hasta dominar la práctica totalidad de la Península Ibérica y en
Oriente, hasta el Asia Central y el valle del Indo.
La gigantesca expansión islámica se hace, en su vertiente occidental, a costa
de Europa, que ve como las orillas meridional y oriental del Mediterráneo, son
sustraídas a su influencia, tras siglos de helenismo, romanización y
supervivencia de ambos fenómenos en el Imperio Bizantino. Cambio decisivo en la
geopolítica del espacio mediterráneo que perdura hasta nuestros días, y que
tiene como consecuencia el hecho de que, desde la Alta Edad Media, el Mare
Nostrum siga siendo nuestro, pero compartido con los enemigos de Europa.
Esta asombrosa y rápida expansión geográfica del Islam se explica, desde el
punto de vista de los conquistadores por la fuerza derivada de su fanatismo
religioso, la ambición (tradicional entre los bandidos árabes) del reparto del
botín, la necesidad de superación de las diferencias intestinas (entre los
clanes árabes y entre la totalidad de estos y los nuevos pueblos islamizados) en
la lucha contra un enemigo exterior y en la asunción de tácticas militares
revolucionarias basadas en la movilidad y la sorpresa. Desde el punto de vista
de los conquistados, se explica fundamentalmente por el divorcio entre las masas
campesinas de los imperios persa y bizantino, y las oligarquías dominantes, que
favoreció la adhesión de muchos de los conquistados a los invasores musulmanes,
en los que vieron a unos liberadores sociales.
Este divorcio entre masas dominadas y oligarquías dominantes, favorecerá
también el primer gran asalto del Islam al continente europeo, que fue la
invasión de la Península Ibérica iniciada en el año 711. Invasión posible
gracias a la previa expansión musulmana en el Magreb y la conversión masiva de
la población bereber. Asegurado entonces el norte de África, la marea islámica
se extendió a Europa a través del reino visigodo de Toledo, minado tanto por la
desafección de la población de origen hispanorromano, como por las rivalidades
de la nobleza goda por el Trono. Así, en apenas cinco años, las fuerzas
invasoras árabes y bereberes dominaron la Península, a excepción de algunos
núcleos de resistencia en el Norte, aglutinados en torno a algunos nobles
visigodos huidos de los territorios conquistados y, principalmente, sobre la
base los pueblos cantábricos, escasamente romanizados y tradicionalmente
insumisos a la autoridad de Toledo.
Sin haber sofocado estas resistencias, que fueron el embrión de los futuros
reinos hispánicos, el Islam prosiguió, infatigable, en su expansión, amenazando
la supervivencia de Europa, cruzando los Pirineos y avanzando tanto por el
sureste como el sudoeste francés, ocupando ciudades como Burdeos, Avignon, Arlés
o Narbona. El rechazo de los musulmanes por los francos del mayordomo de palacio
Carlos Martel, tras el mítico combate de Poitiers, en el año 732, es un hito
fundamental en la Historia de Europa, en cuanto marca un límite máximo al avance
del Islam en Occidente y salvaguarda su identidad cristiana. En las décadas
posteriores, Carlos Martel y sus sucesores desalojarán progresivamente a los
musulmanes del sur de Francia, cuya seguridad quedará definitivamente
consolidada gracias a la creación por Carlomagno de la Marca Hispánica, cuya
progresiva feudalización dará lugar al nacimiento de los condados aragoneses y
catalanes, que serán junto a los pequeños reinos de Asturias y Navarra, la
vanguardia de una Europa que vivirá siglos a la defensiva ante un Islam
firmemente asentado en Al-Andalus, nombre que ellos dieron a la Península, y en
las grandes islas del Mediterráneo Occidental (Mallorca, Sicilia, Córcega y
Cerdeña) desde las que los piratas musulmanes asolaron durante siglos las costas
del sur de Francia y el norte de Italia.
Además de esta resistencia de la Cristiandad occidental, existieron factores
de orden interno que explican el agotamiento del empuje inicial del Islam.
Factores relacionados con la existencia de divisiones y fracturas en el seno de
la compleja amalgama de grupos étnicos y sociales que formaban su imperio.
El punto de partida inicial a la hora de interpretar estas divisiones es la
comprensión de que el Islam es, a pesar de su afán totalizador, un fenómeno
plural y no monolítico. Así, desde sus comienzos hasta la actualidad, en él se
han dado distintas escuelas teológicas diferenciadas por su actitud ante la
interpretación del Corán. Mientras unas escuelas han defendido la interpretación
del mismo en un sentido alegórico, dando lugar a las corrientes más abiertas y
tolerantes dentro de su evolución histórica, otras defienden por el contrario su
interpretación literal, siendo la base de las oleadas integristas que han
sacudido el mundo islámico desde sus primeros tiempos. La alternancia entre la
influencia de las escuelas malikí y mutazilí en Al-Andalus fue un perfecto
ejemplo de esta situación.
Más allá de estos distintos caminos de interpretación teológica, en el Islam
surgió en sus primeras décadas un cisma religioso que lo ha marcado hasta la
actualidad. La pugna entre la familia de Mahoma y el clan de los Omeyas por el
control del Califato dio lugar a la escisión de los seguidores de los parientes
del Profeta, que desde el rechazo a la autoridad de los califas pasaron a ser
conocidos como chiítas, manteniendo una evolución doctrinal diferenciada del
resto de musulmanes (los sunnitas) y llegando a ser corriente mayoritaria en
zonas como Persia y Mesopotamia. Entre unos y otros existió una tercera
corriente, los jariyitas, que a diferencia del chiísmo no perduró hasta la
actualidad.
Tras la muerte de Alí, único pariente de Mahoma que accedió al califato y
separados los chiítas del resto de los musulmanes, la pugna por el Califato
renovó los viejos odios tribales entre los clanes árabes. Así, los Abbasíes,
celosos del poder de los Omeyas, usurparon violentamente el Califato hacia el
750. Un superviviente omeya, Abderramán I, aprovechará el clima de descontento
reinante en Al-Andalus para proclamarse emir independiente en lo que supuso la
primera ruptura política del Islam, que tuvo nuestra tierra como escenario
geográfico.
Precisamente nuestra Península sirve de ejemplo de las tensiones sociales y
étnicas que afectaron la estabilidad interna del imperio islámico. En un primer
momento, la pugna entre los distintos grupos invasores de árabes, bereberes y
sirios por el reparto de las mejores tierras, y en un momento inmediatamente
posterior, entre estas elites invasoras y la masa de hispanos convertidos al
Islam, los llamados muladíes. Siglos más tarde, los andalusíes descendientes de
todos estos grupos entrarán en conflicto con las hordas integristas
norteafricanas de almorávides y almohades que capitanearon una nueva yihad
contra la emergente Reconquista. No obstante, este tipo de conflictos étnicos y
sociales adquirirán una mayor magnitud en otras áreas del Islam, como las
grandes revueltas de esclavos y campesinos pobres en Mesopotamia.
Además, en el seno de la sociedad islámica existían minorías cristianas y
judías toleradas a cambio del abono de un impuesto, la yizya. Fue el caso
de los mozárabes de Al-Andalus, que en su progresiva emigración al Norte, hartos
de soportar la presión de un poder que les instaba a la conversión, introdujeron
en los nacientes reinos cristianos, no sólo elementos culturales y artísticos
andalusíes, sino lo que es más importante para nuestra historia nacional, la
idea de la lucha contra el Islam como una Reconquista, como una restauración de
un poder nacional identificado con el reino hispanogodo de Toledo.
La coincidencia entre el desgaste interno del Islam, derivado de sus
fracturas y divisiones internas, la consolidación y creciente fortaleza de las
monarquías cristianas de Occidente y el desplazamiento de los árabes en la
cabeza de su imperio por otros pueblos neomusulmanes son los rasgos que
configuran el panorama del conflicto entre la cruz y la media luna en los siglos
de la Plena y Baja Edad Media. Siglos caracterizados en el Mediterráneo
occidental por el empuje cristiano a través de la Reconquista peninsular
protagonizada por los reinos hispanocristianos y de la recuperación de las
grandes islas del área, asegurando la navegación en el mismo. Por el contrario,
en el Mediterráneo oriental se produce una segunda oleada musulmana, encabezada
en esta ocasión por un pueblo converso, oriundo del Asia Central, los turcos,
que desplazados de sus áreas originales por las hordas mongólicas, emigran hacia
el oeste, donde se asientan en la península de Anatolia, someten a los árabes y
les arrebatan la dirección del Califato y, finalmente, inician una ofensiva
feroz contra el Imperio Bizantino, al que acaban destruyendo.
En este contexto de recuperación de la Cristiandad occidental y retroceso de
la oriental (escindida de la primera tras el Cisma de 1054), se produce el
movimiento de las Cruzadas, empresa paneuropea impulsada por el Papado para el
auxilio de los cristianos de Oriente y la protección de los Santos Lugares
frente a los turcos. A pesar de su fracaso a largo plazo, las Cruzadas dieron
lugar a la constitución de una serie de estados cristianos de vida efímera en el
Próximo Oriente, a la creación de las Ordenes Militares que tan importante papel
jugaron en la Reconquista y en la evangelización del Báltico, a la apertura de
nuevos mercados y rutas comerciales que favorecieron la recuperación económica
de Europa, y al reencuentro de esta con la tradición cultural helenística, que
preparó el clima necesario para el Renacimiento.
Estas tendencias contrapuestas de avance cristiano en el Mediterráneo
occidental y musulmán en el oriental, culminan en la segunda mitad del siglo XV
con dos hitos fundamentales en la transición del Medievo a la Modernidad, la
caída de Constantinopla en manos turcas en 1453, con el consiguiente fin de
Bizancio y la toma de Granada en 1492 por los Reyes Católicos, que marca el fin
del último vestigio de poder musulmán en la Península Ibérica.
En esta situación, una de las claves históricas del siglo XVI es la
contención de la amenaza turca, en la que España, como parte del Imperio de
Carlos V primero y como monarquía autónoma bajo Felipe II después, jugó un papel
extraordinario en la vanguardia de la defensa de Europa. Bajo este sentido cabe
comprender la represión de las sublevaciones de los moriscos del reino de
Granada, que permanecieron como enemigos interiores durante algo más de un siglo
en nuestra tierra; la fracasada aventura norteafricana, que al menos nos legó la
posesión de una serie de plazas estratégicas en dicha zona, la conjura de la
amenaza naval otomana en Lepanto y la defensa de Viena, corazón de Europa
sitiado por los turcos, dominadores del área balcánica durante siglos, tras el
derrumbe bizantino.
Gracias a esta heroica defensa de Europa, la amenaza turca se conjuró,
llegándose a un equilibrio factible entre Cristiandad e Islam en el ámbito
mediterráneo, que no se romperá hasta el siglo XIX, en este caso, a favor de
Europa.
La Revolución Industrial que marca la segunda mitad del siglo XVIII y la
totalidad del siglo XIX otorga a Europa un nivel de desarrollo técnico,
económico y militar que se traduce en una superioridad material aplastante
respecto del resto de civilizaciones planetarias, y le permite realizar una
gigantesca expansión colonial, fenómeno que será protagonizado por Francia y
Gran Bretaña principalmente, siglos después de que España, con medios mucho más
modestos, emprendiera la empresa americana. Este proceso colonial afecta
directamente a los pueblos musulmanes. En el norte de África la colonización
francesa de Argelia abre una era de dominio europeo en la zona. Mientras, el
Imperio Turco comienza a resquebrajarse con los movimientos de liberación serbio
y griego, apoyados por las potencias europeas, en especial Rusia. Una quiebra
del Imperio Turco, acosado por las grandes potencias europeas, que culmina con
su desintegración definitiva, ya en el siglo XX, tras el fin de la Primera
Guerra Mundial, momento histórico en el que la mayor parte de los musulmanes se
encuentran sometidos a los europeos bajo distintos regímenes jurídicos de
mandatos, colonias y protectorados.
En este doble contexto de ocaso del poder turco y opresión colonial europea
aparece el moderno nacionalismo árabe, como doctrina que invoca el resurgir de
su grandeza pasada, desde una perspectiva laica en la que se mezclan diversas
influencias ideológicas de origen europeo: liberalismo, socialismo (que a la
larga, será el factor político predominante) y la nada desdeñable influencia de
los fascismos patente en partidos nacionalistas árabes de entreguerras como el
Partido Popular Sirio. Precisamente, y nada ajena a esta última influencia, una
de las fuerzas motrices del nacionalismo árabe será la radical oposición a la
colonización sionista de Palestina.
El movimiento descolonizador de los años cincuenta y sesenta del pasado
siglo, en el marco de la crisis europea consiguiente al desastre de la Segunda
Guerra Mundial, coincide con la edad de oro del nacionalismo árabe y su
importante papel jugado en las nuevas naciones del norte de África y Próximo
Oriente, con el auge de peculiares formulaciones políticas como el nasserismo
egipcio o el baasismo en Siria e Irak. Es el momento también de los experimentos
de unidad panárabe impulsados por estos movimientos, que darán lugar a la
efímera constitución de la llamada República Árabe Unida y que fracasarán por
los divergentes intereses de las distintas oligarquías nacionales.
Sin embargo, desde finales de los años setenta, una serie de circunstancias y
acontecimientos han marcado la decadencia del nacionalismo árabe de influencia
europea y el avance implacable de los fundamentalismos religiosos en el mundo
musulmán, que se presentan como una nueva reedición de la sempiterna amenaza
islámica contra Europa. Por un lado, el nacionalismo árabe ha perdido su fuerza
originaria, desgastado por los fracasos militares de las guerras
árabe-israelíes, la caída de la Unión Soviética (su principal sostén
internacional durante décadas), la presión de Estados Unidos y el fracaso de las
políticas internas. Por otro, el triunfo de la Revolución Islámica en Irán, al
imponerse el clero chiíta al resto de fuerzas coaligadas contra la tiranía del
Sha, y el conflicto de Afganistán y sus consecuencias posteriores, han fomentado
la extensión de movimientos integristas, tanto de carácter estrictamente
político como de carácter violento, en todos los países de religión musulmana.
Este fundamentalismo islámico contemporáneo, que tiene como precedentes
históricos la aparición de la secta wahabita en Arabia en el siglo XVIII, y del
movimiento egipcio de los Hermanos Musulmanes en los primeros años del siglo XX,
supone hoy día una amenaza presente para Europa por medio de la práctica de un
terrorismo brutal e indiscriminado, y en un futuro hipotético podría incluso
llegar a ser una amenaza de carácter militar convencional.
En principio, la principal preocupación para los europeos es la existencia de
unos núcleos terroristas capaces de actuar en cualquier lugar del mundo,
absolutamente fanatizados y con unos considerables medios financieros y técnicos
a su alcance. El peligro potencial de estos grupos es aún mayor si consideramos
la posibilidad de su acceso a armas nucleares, biológicas o químicas.
Además de esta amenaza invisible, que dentro del territorio europeo encuentra
su cobertura en la presencia de millones de inmigrantes musulmanes asentados en
el mismo, y entre los que encuentra camuflaje, apoyos y nuevos reclutas, existen
tres puntos geográficos fronterizos entre ambas civilizaciones que amenazan con
ser durante largo tiempo escenario de incidentes violentos de alcance incierto.
El primero de ellos, el Cáucaso, donde las ansias independentistas de la
República de Chechenia respecto de la Federación Rusa, sirven a los integristas
para animar a la guerra santa de los pueblos musulmanes de la zona contra
territorios cristianos de la misma como Osetia o Armenia. El segundo, el área
balcánica, donde existen pequeñas naciones europeas de población
mayoritariamente musulmana como Albania o Bosnia y un contencioso, el de Chipre,
entre Grecia y Turquía que jamás ha encontrado solución satisfactoria. En tercer
lugar, y esto nos toca de lleno, el irredentismo marroquí sobre Ceuta y Melilla.
El día en que los intereses del fanatismo integrista y del nacionalismo marroquí
coincidan (si es que no lo han hecho ya) puede marcar el inicio de unos tiempos
muy difíciles en los que España tenga que ser de nuevo vanguardia en la lucha
secular de Europa contra la agresión del Islam.
Ante esta situación, cabe preguntarse qué se puede hacer desde España y
Europa ante esta reedición de una amenaza que hace algunas décadas parecía
conjurada. Partiendo de la idea de que no existen soluciones mágicas para estos
problemas, Europa tiene indiscutiblemente que hacer, en primer lugar, un
importante esfuerzo en materia de defensa y muy especialmente de seguridad
interior frente a estos peligros. Al tiempo, deberá crear puntos de apoyo dentro
del propio mundo musulmán para combatir al integrismo. Al respecto, parece una
contradicción con los intereses de Europa su participación junto a Estados
Unidos en su ofensiva contra los últimos restos del nacionalismo árabe (la
cuestión de Irak es un ejemplo de ello), enemigo natural del fundamentalismo
integrista de carácter religioso. En el mismo sentido, la guerra de Kosovo
supuso un jalón similar de la perruna sumisión de la mayor parte de los
gobiernos europeos (y entre ellos el gobierno de Aznar) a los intereses de
Estados Unidos, facilitando los intereses panalbaneses y por tanto musulmanes en
la región.
La amenaza islámica exige un nuevo rumbo en la política de Europa. La defensa
radical de nuestra identidad en dos frentes. Por un lado, la asunción de una
política exterior, de seguridad y defensa, autónoma de los intereses
geopolíticos de Estados Unidos e Israel. Por otro, un control exhaustivo de los
flujos de personas procedentes del mundo islámico que cruzan nuestras fronteras
y se asientan temporal o permanentemente en nuestras naciones, así como de la
propagación de su ideario religioso entre sus comunidades y entre la población
autóctona. España, por su posición geográfica y significación histórica está
obligada a jugar su papel en los cambios que la supervivencia de Europa reclama.
Para ello deben surgir nuevas fuerzas políticas superadoras del papanatismo
socialista y de la servil sumisión de la derecha española hacia los Estados
Unidos. He ahí el reto del futuro para nuestra generación.
[1] Antonio Brea es profesor de Historia de EE.MM.
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