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Altar Mayor - Nº 97 (27)
Tuesday, 18 January a las 12:00:15

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

APUNTES EUROPEOS
Por
Federico García Martínez [1]

El tema de Europa y de la participación de España en el proceso de integración europea sigue siendo uno de los asuntos capitales del que nos tendremos que ocupar en permanencia. Hoy ya se trata de hecho de un asunto «interno», de política interior en todos los países de la Unión, aunque una parte importante de los ciudadanos europeos no sea todavía consciente de cómo les afectan las decisiones y los avances que paulatinamente van teniendo lugar en todas las instancias de la Unión. Por eso creo que debemos seguir muy de cerca la evolución de este proceso integrador. El presente artículo es una modesta reflexión sobre este tema basada en la experiencia personal de quien ha sido siempre pro-europeo y vive en el centro del Continente desde hace ya más de cuarenta años. No pretende analizar exhaustivamente la problemática europea sino apuntar diversos aspectos de la misma y hacer un somero balance del estado actual de la cuestión.
 

Unión Europea

Como ya se sabe, el pasado 13 de junio se celebraron en los 25 países miembros de la Unión Europea ampliada las elecciones para renovar el Parlamento Europeo y cinco días más tarde, el 18, se aprobó el «Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa», lo que ha constituido, en mi opinión, el salto más importante en los últimos años en la unificación europea desde el Tratado de Roma que en 1957 inició este proceso. No se trata en este artículo de analizar política y jurídicamente el contenido del nuevo texto. Lo que sí tenemos que poner de relieve es que el difícil consenso necesario para su aprobación tuvo que dejar de lado referencias fundamentales para muchos europeos, como por ejemplo la relativa a las raíces cristianas de Europa. España, como es de conocimiento público, ha perdido poder decisorio con el nuevo texto al ver disminuida la cuota que se le adjudicaba en el todavía vigente Tratado de Niza.

El gobierno socialista, sostenido en el poder por comunistas y separatistas, no luchó lo suficiente para defender lo conseguido en Niza por el gobierno popular y se entregó al eje franco-alemán. Así pues, España se ha rendido con armas y bagajes a Francia y Alemania a cambio realmente de nada y ha optado por la Europa estatalista, proteccionista y antiamericana. Ya se verá lo que va a dar de sí este giro tan repentino porque no debe olvidarse que este eje franco-alemán despierta muchas suspicacias en la mayoría de los Estados Miembros de la Unión como se demostró más adelante a la hora de elegir nuevo Presidente de la Comisión, el portugués Durâo Barroso, cuya candidatura se impuso claramente a las del eje, pese a haber salido en la famosa foto de las Azores en compañía de Bush, Blair y Aznar.

Volviendo a la Constitución, comienza ahora el difícil e incierto proceso de ratificación por los 25 en el que no sería extraño que ocurriese alguna sorpresa negativa que supondría el bloqueo de la Unión. No dejaría de tener gracia que la Constitución no fuese ratificada por algún país, porque la perspectiva de que siguiera vigente, al menos por algún tiempo, el Tratado de Niza me imagino que pondrá los pelos de punta  los Chirac, Giscard d’Esteing y otros Schröder que tanto pelearon para que el nuevo texto recogiera sus máximas reivindicaciones políticas.

Con respecto a las elecciones europeas al Parlamento de la Unión, es bien conocido el triunfo del Partido Popular Europeo, el centro-derecha, por mayoría relativa, pero el resultado más espectacular de estos comicios fue el de la fuerte abstención en la gran mayoría de los países, lo que naturalmente ha despertado bastante preocupación en el ambiente político de toda Europa. Datos como el que en los diez nuevos miembros de la Unión la abstención alcanzara el 71% dejan realmente perplejos. Se ha tratado de buscar las razones de esta situación y se han presentado explicaciones de todo tipo, pero este escaso interés  de la ciudadanía europea demuestra que tampoco les ha impresionado mucho los cambios constitucionales que aporta el nuevo tratado de la Unión. Mucho se discute sobre la Europa de los Estados o la Europa de los pueblos, por no mencionar la Europa de las regiones que tanto agrada a los nacionalistas-separatistas de todos los colores. Pues bien, creo que en estas elecciones ha hablado el pueblo, pero sobre todo una importante parte del mismo no ha querido hablar.

¿Qué ha sucedido para que tantísimos millones de electores no se molestaran en votar? Las razones que se han alegado son muy variadas: falta de interés por los asuntos europeos, información insuficiente, actitud crítica contra los dirigentes políticos en muchos países, etc. En todo caso, creo que sean cuales fueren las razones, me parecería injusto cargar toda la culpa en los electores, ya que la explicación viene de lejos. Ante todo, el proceso de integración europea empezó sólo en seis países, como ya se sabe, y por unos motivos muy claros: acabar con las guerras intraeuropeas, poner los recursos económicos en común para llegar a un mercado único y, sobre todo, poner el énfasis en todo lo de uno y dejar de lado lo más posible todo lo que puede dividir. Y todo ello inspirado en un verdadero espíritu de unidad europea que demostraron tener los fundadores e impulsores  de la Unión: los Adenauer, Schuman, De Gásperi, Monnet y otros muchos más. El éxito de la integración hizo, como es sabido, que poco a poco a lo largo de los últimos cincuenta años se fueron incorporando y la Unión fue incrementando sus competencias y perfeccionando sus estructuras hasta llegar a la situación actual.

Pero, ¿toda esta evolución ha contado siempre con la adhesión de la gran mayoría de europeos? Difícil es interpretar la llamada opinión pública. Los especialistas en sondeos y encuestas, así como, por supuesto, los periodistas tienen, como sabemos, respuestas para todo. Personalmente me parece que a medida que el proceso de integración ha ido progresando se ha hecho cada vez más complejo y, por tanto, menos entendible para el común de los mortales. Además, el continuo tira y afloja a la hora de tomar decisiones en los órganos de la Unión produce en el público una sensación de mercado persa que no me imagino ayude mucho a la comprensión de cada negociación. A eso cabe añadir la costumbre bien establecida de muchos medios de comunicación de masas de resaltar los aspectos más «excitantes» de la actividad europea en detrimento de las paulatinas, y menos noticiables, mejoras que suele aportar la Unión a la vida cotidiana de los europeos. También es verdad que muchas fuerzas políticas y medios consideran que «Bruselas» es una inmensa burocracia que nos cuesta muy cara y cuyo objetivo es controlar y limitar nuestras libertades, lo que es exagerado, claro, pero que algunas veces da la impresión de no estar tan lejos de la realidad. En cualquier caso, me parece urgente que la clase política de todos nuestros países, así como los órganos de la Unión, dedique la atención debida a la tarea de informar y explicar con la mayor claridad posible los asuntos europeos con el objeto de interesar seriamente a la opinión pública en lo que directamente les afecta.

Por último, el período que ahora comienza va a ser interesantísimo y crucial para el futuro. Tenemos un Consejo Europeo y un Consejo de Ministros con veinticinco miembros, que deberán demostrar que pueden funcionar eficazmente como antes se funcionaba con quince. La nueva Comisión Europea, presidida por Durâo Barroso con mayoría de centro-derecha, tendrá también que evidenciar su capacidad ejecutiva con una mayoría de nuevos comisarios y nuevo reparto de funciones entre ellos. Está por ver, además, si no va a suponer un freno para la toma de decisiones la división entre, por un lado, el eje franco-alemán, con sus satélites, incluida la España de Rodríguez Zapatero, y, por otro, los países, especialmente los recién llegados, que aunque se sienten muy europeos, tienen una clara vocación atlantista en su política internacional. Por su parte, el nuevo Parlamento Europeo, con poderes bastante amplios, está dispuesto a ejercer sus competencias a fondo. El proceso de ratificación de la Constitución, como ya se ha mencionado, es una gran incógnita. El asunto de la ampliación de la Unión a los países balcánicos que desean incorporarse será complicado, por no hablar de la candidatura de Turquía que divide profundamente a todos los países y a sus electorados. Y respecto a la Zona Euro, por otra parte, va a verse obligada a modificar sus criterios básicos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento en vista del descarado incumplimiento de los mismos por varios países, como Francia y Alemania, en una negociación difícil tanto técnica como políticamente.

Todo ello en medio de una situación internacional bastante complicada, crisis económica, tensiones Norte-Sur, terrorismo islamista, desencuentro profundo entre Europa y Estados Unidos, conflictos de Irak, Afganistán y Oriente Próximo, que influirán poderosamente en las actividades europeas. Total, un futuro lleno de incertidumbres pero también de esperanza.
 

España y Europa

El tema de las relaciones entre España y Europa se enmarca naturalmente en el de la evolución de nuestra nación en sus relaciones con el mundo en general. Creo que el punto de partida es que España no ha sabido establecer en los tiempos modernos una permanente y realista política exterior basada exclusivamente en sus propios intereses, como lo han hecho y lo siguen haciendo, por ejemplo, Francia y el Reino Unido. Hemos carecido en nuestra política internacional de unos objetivos vitales y duraderos y, además, cierto espíritu quijotesco ha tenido a veces nuestra acción exterior, lo que nos ha llevado a situaciones de lamentable soledad, como en la catástrofe de 1898.

Como apunta el embajador Fernando Olivié en su esclarecedor libro La herencia de un imperio roto, excelente reflexión sobre la política internacional de España en los últimos tres siglos, ha existido y continúa existiendo un toque de surrealismo ideológico en nuestra política exterior que no nos ha aportado ventajas substanciales y, que, por el contrario, desconcierta fuera de nuestras fronteras. Me parece que un claro ejemplo de ello ha tenido lugar recientemente con el cambio de gobierno como consecuencia de las elecciones del pasado mes de marzo. Una vez más, la falta de un mínimo consenso entre los partidos políticos sobre los intereses de España en Europa y en el resto del mundo ha supuesto un giro brutal que ha dejado perplejos a nuestros aliados y, en general, a todo el mundo. De nuevo se ha producido un movimiento pendular en nuestra política exterior.

Eso sí, los principales partidos políticos hablan continuamente de la necesidad de que España tenga una política exterior «de Estado» y no «de gobierno», pero no hacen nada para llegar a un mínimo acuerdo al respecto. Desgraciadamente, las ideologías, las filias y las fobias internas y externas siguen condicionando nuestras política internacional, a lo que también cabría  agregar cierto espíritu de aislamiento herencia de nuestra historia post-napoleónica. Se diría que a los siglos heroicos, tanto en lo bueno como en lo menos bueno, en que España se paseaba por todo el mundo le sucedió una mentalidad algo pusilánime y acomplejada de no comprometerse en lo que pasaba fuera de nuestras fronteras y no meterse mucho en complicaciones. Parecería que a los españoles interesaba más pelearse entre sí. Es evidente que a lo largo de nuestra historia moderna muchos dirigentes políticos han carecido de visión en materia de política exterior por su incompetencia, su irresponsabilidad y, a veces, hasta por su cobardía. Claro que esto también ha sucedido en los países de nuestro entorno, pero nuestro déficit de estrategia en este campo nos ha llevado a depender excesivamente de otras potencias europeas en general y de Francia en particular.

Hoy en día, después del ingreso de España en la Comunidad Europea, así como anteriormente en las grandes organizaciones internacionales (ONU, OTAN, etc.) nuestra acción exterior ha dado un salto cualitativo y decisivo que nos está  obligando a tomar parte activamente en la vida internacional y, especialmente, en los asuntos europeos. Y esto no sólo por parte del gobierno sino también de las instituciones de la sociedad civil. La integración europea ha mejorado sin duda la percepción de España en Europa y viceversa. Y esta situación no ha supuesto menoscabo a nuestra tradicional política con Hispanoamérica sino que, al contrario, creo que está contribuyendo, aunque a algunos no les parezca, a fortalecer nuestros vínculos con los países de nuestra estirpe.

Ahora bien, no nos hagamos ilusiones. España tiene todavía un problema de imagen fuera de nuestras fronteras que no corresponde ni a nuestra historia, tan rica y tan importante, ni a la actualidad de un país vivo y dinámico como hoy es el nuestro. Esta opinión la manifestó en una entrevista al ABC el premiado con el Príncipe de Asturias de la Comunicación, el famoso periodista polaco Riszard Kapuscinski. Creo que tiene toda la razón porque eso es lo que pensamos muchos que vivimos fuera de España. Este déficit de imagen se debe tanto a los extranjeros como a los propios españoles. Además de que no sabemos vender todo lo bueno que tenemos en muy distintos ámbitos de actividad  humana. Esto lo señalo, por supuesto sin el más mínimo asomo de victimismo estúpido y acomplejado como el de los nacionalistas que todos conocemos. Esta situación viene de lejos y sabemos que se inicia con la famosa leyenda negra que nació como propaganda antiespañola en los siglos XVI y XVII y en cuya base se encuentran pocas verdades y muchas exageraciones. En aquellos tiempos de esplendor, España se convirtió para sus enemigos en «la mala de la película» de igual manera que los Estados Unidos desempeñan hoy ese rol. A partir de ahí se suman otros muchos «argumentos» derivados de nuestra historia como, por ejemplo, la Inquisición, la supuesta aniquilación de los indios americanos, por no mencionar las típicas alegaciones sobre la violencia, la crueldad y la intolerancia de los españoles, como si los demás europeos se hubieran comportado en su historia como unos angelitos. En fin, no vale la pena seguir con la retahíla. Todo esto, en sí, tendría poca importancia y escaso impacto si no fuera porque estos tópicos nos los siguen sacando hoy a relucir de cuando en cuando en libros, medios de comunicación y, por supuesto, en conversaciones y discusiones con europeos que mantienen muchos prejuicios sobre nuestro país, probablemente porque los aprendieron en escuelas y colegios. Y no hay que olvidar tampoco que, pese al enorme progreso de España en todos los órdenes, la siguen considerando aún muchos europeos del Norte y del Centro como un país pobretón y poco desarrollado.

La propia división entre españoles, las famosas «dos Españas» y los consiguientes conflictos civiles han influido desgraciadamente en la imagen que tenemos en Europa. En otros países europeos también existen estas diferencias, aunque con menos virulencia puesto que hay más unanimidad a la hora de juzgar sus historias nacionales. Al final, se trata en cierto modo de una división que podría calificarse como «de derechas» y «de izquierdas». Pero hay algo peculiar que caracteriza en mi opinión el caso español y es que no recuerdo haberme encontrado con otros europeos que delante de extranjeros procedan a la crítica masoquista de sus propios países, no así, claro, de sus gobiernos, mientras que lamentablemente me he tropezado con bastantes españoles que denigran a España sin el menor pudor ante extranjeros, cautos y reservados en relación con los aspectos negativos que existen igualmente en sus países. En general, la ropa sucia la lavan en casa. Por lo demás, estoy convencido de que la izquierda española ha contribuido más que otros a que no tengamos la imagen adecuada, porque muchas veces, al lanzar críticas a gobiernos y a regímenes y buscar apoyo en el extranjero, ha dado la impresión de avergonzarse de España, de sus tradiciones y valores, y de no querer que seamos alguien en el mundo. Con las excepciones de rigor, naturalmente. Ni que decir tiene que nacionalistas/separatistas vascos y catalanes continúan paseándose por Europa no sólo fanfarroneando de que no son españoles, sino desprestigiando a España con sus mentiras, omisiones y falsas interpretaciones e invenciones de nuestra historia y de nuestra realidad. La ETA, por ejemplo, después de su «glorioso» expediente de crímenes y extorsiones la siguen denominando en muchos países, como Francia y Suiza, «organización separatista» o «nacionalista» en todos los medios de comunicación y no hay forma de que se les saque de ahí. Pero ya sabemos todos cómo nos manipulan los dichosos medios, aunque ese sea otro debate que daría para largo. Así pues, me parece que queda todavía por hacer una importante labor de relaciones públicas, seria y a largo plazo, para seguir dando a conocer la realidad española, histórica y actual, a Europa y a los europeos.

Por último, está claro que no toda Europa tiene, por supuesto, una visión negativa de España porque existen muchos y variados factores que condicionan esta visión en cada país. Me parece, por ejemplo, que en los países que históricamente fueron adversarios o enemigos de España, dicha visión sí es más negativa que en otros que no han tenido conflictos con nuestra nación. También es verdad que, aunque hoy es bastante atenuada, no es la misma visión la que existe en los países protestantes de la que suelen tener los de tradición católica. Es evidente, por otra parte, que la entrada de España en la Unión ha cambiado las cosas positivamente y esto puede comprobarse en la aparición cada vez más frecuente de noticias sobre nuestro país con un tono similar al que utilizan al hablar de otros países, pese a ser todavía insuficiente. Y no debemos dejar de mencionar que la tradición política española, pacífica y sin los terribles traumas que algunos preveían, ha contribuido mucho a mejorar nuestra imagen y ha influido más de lo que pensamos en la transición de los países de Europa Oriental sometidos al comunismo soviético.

De España pasamos a hablar de los españoles y de su relación con Europa y los europeos. Es obvio que los españoles se han considerado siempre europeos, pero no por ello han participado en la vida europea post-napoleónica con la intensidad y la continuidad debidas. Pese a las influencias políticas, culturales y económicas europeas, los españoles han tenido históricamente como referencia fundamental del mundo «las Américas» y la emigración a tierras americanas ha estado anclada en el espíritu quimérico de nuestro pueblo. Como es sabio, en los cien años anteriores a 1965, emigraron a Iberoamérica un promedio anual de unos sesenta mil españoles atraídos por las perspectivas de una vida mejor, las riquezas del continente americano, el ejemplo de los indianos y otras muchas razones. Salvo los selectivos exiliados políticos del siglo XIX, la emigración a Francia para participar en las recolecciones agrícolas, los refugiados de la Guerra Civil y las clases pudientes, la mayoría de los españoles desconocían prácticamente el continente europeo. Nuestra neutralidad en las dos guerras mundiales coadyuvó también a ese desconocimiento. Además, España quedó lamentablemente aislada a partir de 1945 por razones puramente políticas, lo que no favoreció que los españoles se acercaran o participaran en la Europa que iniciaba poco a poco su largo y laborioso proceso de integración.

Pero al final de los años 50 y principios de los 60, explotó literalmente la enorme onda de migración de españoles a Europa Occidental, sobre todo a Alemania, Francia, Benelux, Suiza y Gran Bretaña. Y, por otra parte, a mediados de los años 50 comienza la llegada imparable de turistas a España, europeos en su inmensa mayoría. Junto a estos dos hechos de relevancia histórica y con el rápido incremento del nivel de vida, los españoles se pusieron a viajar por toda Europa no ya como emigrantes sino como turistas. Desde entonces creo que puede afirmarse que Europa ha dejado de ser una entelequia para el conjunto de los españoles y España ya no es un país exótico para millones y millones de europeos. Posteriormente, con nuestra entrada en la Unión, hemos llegado a un incremento espectacular de los vínculos tanto individuales como colectivos con los ciudadanos europeos y ahora los españoles están participando cada vez más activamente en los muchos ámbitos de relación que nos ofrece la nueva situación que ha cerrado, esperemos que definitivamente, el antiguo distanciamiento.

No todo, sin embargo, es de color de rosa porque, pese a que la integración ya es una realidad para la mayoría de los españoles, existen todavía factores que frenan su desarrollo como el peso de la mentalidad aislacionista tradicional, el desconocimiento de la realidad europea en todos sus variados aspectos, los inconvenientes que perjudican a diversos grupos o sectores económicos, por citar algunos. Por no hablar de los muchos compatriotas que simplemente están más o menos en contra de la integración y preferirían menos dependencia de «Bruselas» y no quieren apreciar las muchas ventajas que supone, como por ejemplo la introducción del Euro.

Para terminar, es evidente que la clase política actual no ha logrado transmitir a la opinión pública española lo que nos jugamos en Europa ni lo que realmente significa la integración dada la mediocridad del discurso político nacional y las habituales querellas insubstanciales a que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Como ya se ha mencionado anteriormente, esa ha sido tal vez una de las principales causas del mediocre porcentaje de participación en las últimas elecciones europeas. En cualquier caso, estoy seguro de que en el futuro el interés y el compromiso de las nuevas generaciones respecto a lo europeo será sin duda uno de los ejes fundamentales de la acción política en prácticamente todos los campos de la actividad española.



[1] Federico García Martínez es licenciado en Derecho, master en Relaciones Internacionales y ex-funcionario de la OIT.


 
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