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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
APUNTES EUROPEOS
Por Federico García Martínez [1]
El tema de Europa y de la participación de España en el proceso de
integración europea sigue siendo uno de los asuntos capitales del que nos
tendremos que ocupar en permanencia. Hoy ya se trata de hecho de un asunto
«interno», de política interior en todos los países de la Unión, aunque una
parte importante de los ciudadanos europeos no sea todavía consciente de cómo
les afectan las decisiones y los avances que paulatinamente van teniendo lugar
en todas las instancias de la Unión. Por eso creo que debemos seguir muy de
cerca la evolución de este proceso integrador. El presente artículo es una
modesta reflexión sobre este tema basada en la experiencia personal de quien ha
sido siempre pro-europeo y vive en el centro del Continente desde hace ya más de
cuarenta años. No pretende analizar exhaustivamente la problemática europea sino
apuntar diversos aspectos de la misma y hacer un somero balance del estado
actual de la cuestión.
Unión Europea
Como ya se sabe, el pasado 13 de junio se celebraron en los 25 países
miembros de la Unión Europea ampliada las elecciones para renovar el Parlamento
Europeo y cinco días más tarde, el 18, se aprobó el «Tratado por el que se
instituye una Constitución para Europa», lo que ha constituido, en mi opinión,
el salto más importante en los últimos años en la unificación europea desde el
Tratado de Roma que en 1957 inició este proceso. No se trata en este artículo de
analizar política y jurídicamente el contenido del nuevo texto. Lo que sí
tenemos que poner de relieve es que el difícil consenso necesario para su
aprobación tuvo que dejar de lado referencias fundamentales para muchos
europeos, como por ejemplo la relativa a las raíces cristianas de Europa.
España, como es de conocimiento público, ha perdido poder decisorio con el nuevo
texto al ver disminuida la cuota que se le adjudicaba en el todavía vigente
Tratado de Niza.
El gobierno socialista, sostenido en el poder por comunistas y separatistas,
no luchó lo suficiente para defender lo conseguido en Niza por el gobierno
popular y se entregó al eje franco-alemán. Así pues, España se ha rendido con
armas y bagajes a Francia y Alemania a cambio realmente de nada y ha optado por
la Europa estatalista, proteccionista y antiamericana. Ya se verá lo que va a
dar de sí este giro tan repentino porque no debe olvidarse que este eje
franco-alemán despierta muchas suspicacias en la mayoría de los Estados Miembros
de la Unión como se demostró más adelante a la hora de elegir nuevo Presidente
de la Comisión, el portugués Durâo Barroso, cuya candidatura se impuso
claramente a las del eje, pese a haber salido en la famosa foto de las Azores en
compañía de Bush, Blair y Aznar.
Volviendo a la Constitución, comienza ahora el difícil e incierto proceso de
ratificación por los 25 en el que no sería extraño que ocurriese alguna sorpresa
negativa que supondría el bloqueo de la Unión. No dejaría de tener gracia que la
Constitución no fuese ratificada por algún país, porque la perspectiva de que
siguiera vigente, al menos por algún tiempo, el Tratado de Niza me imagino que
pondrá los pelos de punta los Chirac, Giscard d’Esteing y otros Schröder
que tanto pelearon para que el nuevo texto recogiera sus máximas
reivindicaciones políticas.
Con respecto a las elecciones europeas al Parlamento de la Unión, es bien
conocido el triunfo del Partido Popular Europeo, el centro-derecha, por mayoría
relativa, pero el resultado más espectacular de estos comicios fue el de la
fuerte abstención en la gran mayoría de los países, lo que naturalmente ha
despertado bastante preocupación en el ambiente político de toda Europa. Datos
como el que en los diez nuevos miembros de la Unión la abstención alcanzara el
71% dejan realmente perplejos. Se ha tratado de buscar las razones de esta
situación y se han presentado explicaciones de todo tipo, pero este escaso
interés de la ciudadanía europea demuestra que tampoco les ha impresionado
mucho los cambios constitucionales que aporta el nuevo tratado de la Unión.
Mucho se discute sobre la Europa de los Estados o la Europa de los pueblos, por
no mencionar la Europa de las regiones que tanto agrada a los
nacionalistas-separatistas de todos los colores. Pues bien, creo que en estas
elecciones ha hablado el pueblo, pero sobre todo una importante parte del mismo
no ha querido hablar.
¿Qué ha sucedido para que tantísimos millones de electores no se molestaran
en votar? Las razones que se han alegado son muy variadas: falta de interés por
los asuntos europeos, información insuficiente, actitud crítica contra los
dirigentes políticos en muchos países, etc. En todo caso, creo que sean cuales
fueren las razones, me parecería injusto cargar toda la culpa en los electores,
ya que la explicación viene de lejos. Ante todo, el proceso de integración
europea empezó sólo en seis países, como ya se sabe, y por unos motivos muy
claros: acabar con las guerras intraeuropeas, poner los recursos económicos en
común para llegar a un mercado único y, sobre todo, poner el énfasis en todo lo
de uno y dejar de lado lo más posible todo lo que puede dividir. Y todo ello
inspirado en un verdadero espíritu de unidad europea que demostraron tener los
fundadores e impulsores de la Unión: los Adenauer, Schuman, De Gásperi,
Monnet y otros muchos más. El éxito de la integración hizo, como es sabido, que
poco a poco a lo largo de los últimos cincuenta años se fueron incorporando y la
Unión fue incrementando sus competencias y perfeccionando sus estructuras hasta
llegar a la situación actual.
Pero, ¿toda esta evolución ha contado siempre con la adhesión de la gran
mayoría de europeos? Difícil es interpretar la llamada opinión pública. Los
especialistas en sondeos y encuestas, así como, por supuesto, los periodistas
tienen, como sabemos, respuestas para todo. Personalmente me parece que a medida
que el proceso de integración ha ido progresando se ha hecho cada vez más
complejo y, por tanto, menos entendible para el común de los mortales. Además,
el continuo tira y afloja a la hora de tomar decisiones en los órganos de la
Unión produce en el público una sensación de mercado persa que no me imagino
ayude mucho a la comprensión de cada negociación. A eso cabe añadir la costumbre
bien establecida de muchos medios de comunicación de masas de resaltar los
aspectos más «excitantes» de la actividad europea en detrimento de las
paulatinas, y menos noticiables, mejoras que suele aportar la Unión a la vida
cotidiana de los europeos. También es verdad que muchas fuerzas políticas y
medios consideran que «Bruselas» es una inmensa burocracia que nos cuesta muy
cara y cuyo objetivo es controlar y limitar nuestras libertades, lo que es
exagerado, claro, pero que algunas veces da la impresión de no estar tan lejos
de la realidad. En cualquier caso, me parece urgente que la clase política de
todos nuestros países, así como los órganos de la Unión, dedique la atención
debida a la tarea de informar y explicar con la mayor claridad posible los
asuntos europeos con el objeto de interesar seriamente a la opinión pública en
lo que directamente les afecta.
Por último, el período que ahora comienza va a ser interesantísimo y crucial
para el futuro. Tenemos un Consejo Europeo y un Consejo de Ministros con
veinticinco miembros, que deberán demostrar que pueden funcionar eficazmente
como antes se funcionaba con quince. La nueva Comisión Europea, presidida por
Durâo Barroso con mayoría de centro-derecha, tendrá también que evidenciar su
capacidad ejecutiva con una mayoría de nuevos comisarios y nuevo reparto de
funciones entre ellos. Está por ver, además, si no va a suponer un freno para la
toma de decisiones la división entre, por un lado, el eje franco-alemán, con sus
satélites, incluida la España de Rodríguez Zapatero, y, por otro, los países,
especialmente los recién llegados, que aunque se sienten muy europeos, tienen
una clara vocación atlantista en su política internacional. Por su parte, el
nuevo Parlamento Europeo, con poderes bastante amplios, está dispuesto a ejercer
sus competencias a fondo. El proceso de ratificación de la Constitución, como ya
se ha mencionado, es una gran incógnita. El asunto de la ampliación de la Unión
a los países balcánicos que desean incorporarse será complicado, por no hablar
de la candidatura de Turquía que divide profundamente a todos los países y a sus
electorados. Y respecto a la Zona Euro, por otra parte, va a verse obligada a
modificar sus criterios básicos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento en vista
del descarado incumplimiento de los mismos por varios países, como Francia y
Alemania, en una negociación difícil tanto técnica como políticamente.
Todo ello en medio de una situación internacional bastante complicada, crisis
económica, tensiones Norte-Sur, terrorismo islamista, desencuentro profundo
entre Europa y Estados Unidos, conflictos de Irak, Afganistán y Oriente Próximo,
que influirán poderosamente en las actividades europeas. Total, un futuro lleno
de incertidumbres pero también de esperanza.
España y Europa
El tema de las relaciones entre España y Europa se enmarca naturalmente en el
de la evolución de nuestra nación en sus relaciones con el mundo en general.
Creo que el punto de partida es que España no ha sabido establecer en los
tiempos modernos una permanente y realista política exterior basada
exclusivamente en sus propios intereses, como lo han hecho y lo siguen haciendo,
por ejemplo, Francia y el Reino Unido. Hemos carecido en nuestra política
internacional de unos objetivos vitales y duraderos y, además, cierto espíritu
quijotesco ha tenido a veces nuestra acción exterior, lo que nos ha llevado a
situaciones de lamentable soledad, como en la catástrofe de 1898.
Como apunta el embajador Fernando Olivié en su esclarecedor libro La
herencia de un imperio roto, excelente reflexión sobre la política
internacional de España en los últimos tres siglos, ha existido y continúa
existiendo un toque de surrealismo ideológico en nuestra política exterior que
no nos ha aportado ventajas substanciales y, que, por el contrario, desconcierta
fuera de nuestras fronteras. Me parece que un claro ejemplo de ello ha tenido
lugar recientemente con el cambio de gobierno como consecuencia de las
elecciones del pasado mes de marzo. Una vez más, la falta de un mínimo consenso
entre los partidos políticos sobre los intereses de España en Europa y en el
resto del mundo ha supuesto un giro brutal que ha dejado perplejos a nuestros
aliados y, en general, a todo el mundo. De nuevo se ha producido un movimiento
pendular en nuestra política exterior.
Eso sí, los principales partidos políticos hablan continuamente de la
necesidad de que España tenga una política exterior «de Estado» y no «de
gobierno», pero no hacen nada para llegar a un mínimo acuerdo al respecto.
Desgraciadamente, las ideologías, las filias y las fobias internas y externas
siguen condicionando nuestras política internacional, a lo que también cabría
agregar cierto espíritu de aislamiento herencia de nuestra historia
post-napoleónica. Se diría que a los siglos heroicos, tanto en lo bueno como en
lo menos bueno, en que España se paseaba por todo el mundo le sucedió una
mentalidad algo pusilánime y acomplejada de no comprometerse en lo que pasaba
fuera de nuestras fronteras y no meterse mucho en complicaciones. Parecería que
a los españoles interesaba más pelearse entre sí. Es evidente que a lo largo de
nuestra historia moderna muchos dirigentes políticos han carecido de visión en
materia de política exterior por su incompetencia, su irresponsabilidad y, a
veces, hasta por su cobardía. Claro que esto también ha sucedido en los países
de nuestro entorno, pero nuestro déficit de estrategia en este campo nos ha
llevado a depender excesivamente de otras potencias europeas en general y de
Francia en particular.
Hoy en día, después del ingreso de España en la Comunidad Europea, así como
anteriormente en las grandes organizaciones internacionales (ONU, OTAN, etc.)
nuestra acción exterior ha dado un salto cualitativo y decisivo que nos está
obligando a tomar parte activamente en la vida internacional y, especialmente,
en los asuntos europeos. Y esto no sólo por parte del gobierno sino también de
las instituciones de la sociedad civil. La integración europea ha mejorado sin
duda la percepción de España en Europa y viceversa. Y esta situación no ha
supuesto menoscabo a nuestra tradicional política con Hispanoamérica sino que,
al contrario, creo que está contribuyendo, aunque a algunos no les parezca, a
fortalecer nuestros vínculos con los países de nuestra estirpe.
Ahora bien, no nos hagamos ilusiones. España tiene todavía un problema de
imagen fuera de nuestras fronteras que no corresponde ni a nuestra historia, tan
rica y tan importante, ni a la actualidad de un país vivo y dinámico como hoy es
el nuestro. Esta opinión la manifestó en una entrevista al ABC el
premiado con el Príncipe de Asturias de la Comunicación, el famoso periodista
polaco Riszard Kapuscinski. Creo que tiene toda la razón porque eso es lo que
pensamos muchos que vivimos fuera de España. Este déficit de imagen se debe
tanto a los extranjeros como a los propios españoles. Además de que no sabemos
vender todo lo bueno que tenemos en muy distintos ámbitos de actividad
humana. Esto lo señalo, por supuesto sin el más mínimo asomo de victimismo
estúpido y acomplejado como el de los nacionalistas que todos conocemos. Esta
situación viene de lejos y sabemos que se inicia con la famosa leyenda negra que
nació como propaganda antiespañola en los siglos XVI y XVII y en cuya base se
encuentran pocas verdades y muchas exageraciones. En aquellos tiempos de
esplendor, España se convirtió para sus enemigos en «la mala de la película» de
igual manera que los Estados Unidos desempeñan hoy ese rol. A partir de ahí se
suman otros muchos «argumentos» derivados de nuestra historia como, por ejemplo,
la Inquisición, la supuesta aniquilación de los indios americanos, por no
mencionar las típicas alegaciones sobre la violencia, la crueldad y la
intolerancia de los españoles, como si los demás europeos se hubieran comportado
en su historia como unos angelitos. En fin, no vale la pena seguir con la
retahíla. Todo esto, en sí, tendría poca importancia y escaso impacto si no
fuera porque estos tópicos nos los siguen sacando hoy a relucir de cuando en
cuando en libros, medios de comunicación y, por supuesto, en conversaciones y
discusiones con europeos que mantienen muchos prejuicios sobre nuestro país,
probablemente porque los aprendieron en escuelas y colegios. Y no hay que
olvidar tampoco que, pese al enorme progreso de España en todos los órdenes, la
siguen considerando aún muchos europeos del Norte y del Centro como un país
pobretón y poco desarrollado.
La propia división entre españoles, las famosas «dos Españas» y los
consiguientes conflictos civiles han influido desgraciadamente en la imagen que
tenemos en Europa. En otros países europeos también existen estas diferencias,
aunque con menos virulencia puesto que hay más unanimidad a la hora de juzgar
sus historias nacionales. Al final, se trata en cierto modo de una división que
podría calificarse como «de derechas» y «de izquierdas». Pero hay algo peculiar
que caracteriza en mi opinión el caso español y es que no recuerdo haberme
encontrado con otros europeos que delante de extranjeros procedan a la crítica
masoquista de sus propios países, no así, claro, de sus gobiernos, mientras que
lamentablemente me he tropezado con bastantes españoles que denigran a España
sin el menor pudor ante extranjeros, cautos y reservados en relación con los
aspectos negativos que existen igualmente en sus países. En general, la ropa
sucia la lavan en casa. Por lo demás, estoy convencido de que la izquierda
española ha contribuido más que otros a que no tengamos la imagen adecuada,
porque muchas veces, al lanzar críticas a gobiernos y a regímenes y buscar apoyo
en el extranjero, ha dado la impresión de avergonzarse de España, de sus
tradiciones y valores, y de no querer que seamos alguien en el mundo. Con las
excepciones de rigor, naturalmente. Ni que decir tiene que
nacionalistas/separatistas vascos y catalanes continúan paseándose por Europa no
sólo fanfarroneando de que no son españoles, sino desprestigiando a España con
sus mentiras, omisiones y falsas interpretaciones e invenciones de nuestra
historia y de nuestra realidad. La ETA, por ejemplo, después de su «glorioso»
expediente de crímenes y extorsiones la siguen denominando en muchos países,
como Francia y Suiza, «organización separatista» o «nacionalista» en todos los
medios de comunicación y no hay forma de que se les saque de ahí. Pero ya
sabemos todos cómo nos manipulan los dichosos medios, aunque ese sea otro debate
que daría para largo. Así pues, me parece que queda todavía por hacer una
importante labor de relaciones públicas, seria y a largo plazo, para seguir
dando a conocer la realidad española, histórica y actual, a Europa y a los
europeos.
Por último, está claro que no toda Europa tiene, por supuesto, una visión
negativa de España porque existen muchos y variados factores que condicionan
esta visión en cada país. Me parece, por ejemplo, que en los países que
históricamente fueron adversarios o enemigos de España, dicha visión sí es más
negativa que en otros que no han tenido conflictos con nuestra nación. También
es verdad que, aunque hoy es bastante atenuada, no es la misma visión la que
existe en los países protestantes de la que suelen tener los de tradición
católica. Es evidente, por otra parte, que la entrada de España en la Unión ha
cambiado las cosas positivamente y esto puede comprobarse en la aparición cada
vez más frecuente de noticias sobre nuestro país con un tono similar al que
utilizan al hablar de otros países, pese a ser todavía insuficiente. Y no
debemos dejar de mencionar que la tradición política española, pacífica y sin
los terribles traumas que algunos preveían, ha contribuido mucho a mejorar
nuestra imagen y ha influido más de lo que pensamos en la transición de los
países de Europa Oriental sometidos al comunismo soviético.
De España pasamos a hablar de los españoles y de su relación con Europa y los
europeos. Es obvio que los españoles se han considerado siempre europeos, pero
no por ello han participado en la vida europea post-napoleónica con la
intensidad y la continuidad debidas. Pese a las influencias políticas,
culturales y económicas europeas, los españoles han tenido históricamente como
referencia fundamental del mundo «las Américas» y la emigración a tierras
americanas ha estado anclada en el espíritu quimérico de nuestro pueblo. Como es
sabio, en los cien años anteriores a 1965, emigraron a Iberoamérica un promedio
anual de unos sesenta mil españoles atraídos por las perspectivas de una vida
mejor, las riquezas del continente americano, el ejemplo de los indianos y otras
muchas razones. Salvo los selectivos exiliados políticos del siglo XIX, la
emigración a Francia para participar en las recolecciones agrícolas, los
refugiados de la Guerra Civil y las clases pudientes, la mayoría de los
españoles desconocían prácticamente el continente europeo. Nuestra neutralidad
en las dos guerras mundiales coadyuvó también a ese desconocimiento. Además,
España quedó lamentablemente aislada a partir de 1945 por razones puramente
políticas, lo que no favoreció que los españoles se acercaran o participaran en
la Europa que iniciaba poco a poco su largo y laborioso proceso de integración.
Pero al final de los años 50 y principios de los 60, explotó literalmente la
enorme onda de migración de españoles a Europa Occidental, sobre todo a
Alemania, Francia, Benelux, Suiza y Gran Bretaña. Y, por otra parte, a mediados
de los años 50 comienza la llegada imparable de turistas a España, europeos en
su inmensa mayoría. Junto a estos dos hechos de relevancia histórica y con el
rápido incremento del nivel de vida, los españoles se pusieron a viajar por toda
Europa no ya como emigrantes sino como turistas. Desde entonces creo que puede
afirmarse que Europa ha dejado de ser una entelequia para el conjunto de los
españoles y España ya no es un país exótico para millones y millones de
europeos. Posteriormente, con nuestra entrada en la Unión, hemos llegado a un
incremento espectacular de los vínculos tanto individuales como colectivos con
los ciudadanos europeos y ahora los españoles están participando cada vez más
activamente en los muchos ámbitos de relación que nos ofrece la nueva situación
que ha cerrado, esperemos que definitivamente, el antiguo distanciamiento.
No todo, sin embargo, es de color de rosa porque, pese a que la integración
ya es una realidad para la mayoría de los españoles, existen todavía factores
que frenan su desarrollo como el peso de la mentalidad aislacionista
tradicional, el desconocimiento de la realidad europea en todos sus variados
aspectos, los inconvenientes que perjudican a diversos grupos o sectores
económicos, por citar algunos. Por no hablar de los muchos compatriotas que
simplemente están más o menos en contra de la integración y preferirían menos
dependencia de «Bruselas» y no quieren apreciar las muchas ventajas que supone,
como por ejemplo la introducción del Euro.
Para terminar, es evidente que la clase política actual no ha logrado
transmitir a la opinión pública española lo que nos jugamos en Europa ni lo que
realmente significa la integración dada la mediocridad del discurso político
nacional y las habituales querellas insubstanciales a que nos tienen
acostumbrados nuestros políticos. Como ya se ha mencionado anteriormente, esa ha
sido tal vez una de las principales causas del mediocre porcentaje de
participación en las últimas elecciones europeas. En cualquier caso, estoy
seguro de que en el futuro el interés y el compromiso de las nuevas generaciones
respecto a lo europeo será sin duda uno de los ejes fundamentales de la acción
política en prácticamente todos los campos de la actividad española.
[1] Federico García Martínez es licenciado en
Derecho, master en Relaciones Internacionales y ex-funcionario de la OIT.
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