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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
LA ESPAÑA ACTUAL, HIJA DE SU MALA HISTORIA
Por Arturo Robsy [1]
Con sólo alguna visión histórica basta para observar que las uniones europeas
entre estas culturas divergentes sólo han sucedido cuando una nación ha dominado
a las demás. Por delante de las legiones, por ejemplo, iban los mercaderes, que
solían crear rutas, factorías, centros comerciales y comunicaciones estables.
Luego, los ejércitos y, después, la cultura: La Romanización.
Roma sigue viva en el pensamiento europeo en el que siempre se ha notado la
fascinación por aquel mundo unido -no tanto como se supone-, aunque ya desde
antes de Constantino se cuarteó entre Césares y Augustos, aliados pero
independientes. Tras Constantino, que rehizo la unidad política pero creó la
Roma de oriente, se volvió a una división creciente. Lo que mantuvo la unidad
romana no fue ya ni la fuerza ni el comercio sino la cultura común que extendió
y toda cultura es, con amplios márgenes para la innovación, una unidad de
doctrina en lo fundamental.
Los intentos posteriores de recrear Roma no tuvieron este éxito pese a la ya
completa cristianización que todos compartían. El Imperio Carolingio se
desvaneció con los nietos de Carlomagno, aunque germinó en el Imperio Romano
Germánico, que culminaría en el Imperio Austro Húngaro. No consiguió ser la
unidad perdida y evocada. Por las fechas de Carlos I, España fue la defensora de
centro Europa: se batió contra la Reforma -elemento disgregador-, fue decisiva
para salvar a Viena de los turcos y, aún en decadencia, batió al estratega del
momento (inventor del cartucho, por cierto), el rey sueco, en las sucesivas
batallas de Nordlingen.
El Imperio Francés se estableció al revés que el romano: primero la nueva
cultura, la ilustración como avanzadilla, luego, la Grand Armée de Napoleón. Se
disipó con la caída de Napoleón. En lo más moderno, antecedente de nuestra Unión
Europea, Hitler, que ocupó casi toda la Europa continental, pero perdió su
guerra de conquista contra los aliados, como Napoleón contra los coaligados. No
se pueden intentar esas empresas sin que se forje una alianza, al grito de «las
cosas, como estaban». Aunque las cosas, tras cada intento, acaban muy distintas.
Tan distintas que de aquella guerra salió la Unión Europea. De aquellos polvos,
estos lodos.
El nuevo intento, la UE (siglas compartidas con E.U.), arranca, tras la II
Guerra Mundial, con una nueva versión de método romano: la llegada masiva del
comercio norteamericano coincide con la ocupación militar y, luego, con la
presencia de grandes fuerzas acantonadas en toda Europa. Lo que nosotros
llamamos «las Bases». Aunque ya las grandes corporaciones americanas se habían
establecido en la Francia y la Inglaterra de la preguerra, y en la Alemania del
III Reich, donde funcionaron antes y durante el conflicto, ayudando a la
industria de guerra alemana en contra de los intereses de Estados Unidos, donde
residían las matrices. La General Motors, la Ford, IBM, por ejemplo.
Desde esta circunstancia de ocupación, ya masiva, ya estratégica, quedó
asegurada la extensión de una pseudo cultura, diseñada para funcionar como
doctrina y vademécum de lo que se puede y no se puede hacer: el liberalismo.
Cosa muy natural porque las empresas son liberalistas, sociedades anónimas que
acaban copando el mundo de la información y el del tiempo libre, desde su
indiscutible dominio económico y financiero. Así adoctrinada Europa, pronto se
establece un creciente Mercado Común, más útil para ciertas empresas que para
todas las personas. Este mercado se convierte, de la noche a la mañana, en Unión
Europea que ya está elaborando su constitución con la idea tenaz de convertirse
en una nación artificial, sin nombre propio, y realizar el viejo recuerdo de una
sola Europa, quizá trasatlántica esta vez, federal sin duda, cuyos vínculos,
cuyos cementos, serán los económicos: desde una moneda única a la ya incipiente
legislación única. Nada original el sistema de fabricación de una nación sin
raíces.
Si las cosas marchan así, ¿qué pasa con España? Sería normal que la creación
de una nación fuerte, destinada a ser gran potencia mundial, aparentemente
consentida por todos, provocara cierto entusiasmo entre las poblaciones, pero en
España sólo se le observa en la clase política, en los medios de información y
en las empresas potentes. Lo que llaman pueblo, aunque sea tratado como masa, no
se adhiere. No confía.
Somos una Patria vieja, aunque periódicamente rejuvenezcamos, y sospechamos
de cualquier cosa que se nos imponga desde fuera. De hecho, sin consulta ni
referéndum, se ha entregado una parte de soberanía que ya no «reside en el
pueblo». Y más que se entregará aunque figuremos desde el principio en un puesto
secundario, obligados a ser mercado y no producción.
¿Por qué?
Es evidente que se nos lleva adonde no hemos pedido ir. ¿Existe alguna
justificación para el hecho cierto de que España (salvo sus clases dirigentes),
como la comunidad que es, no sea favorable a diluirse en una Europa que sólo
tiene realidad geográfica y una ligazón económica por vía de las Multinacionales
y de las Internacionales, todas liberalistas de palabra, comunismo incluido,
pero todas devotas de la Ley del Máximo Beneficio, a ser posible en el menor
tiempo? A fin de cuentas comunidad es comunión de costumbres, cultura y rumbo
histórico: ¿Está la UE en nuestro especial rumbo?
De entre toda Europa somos la sociedad más confusa. Se cuida, desde la
alianza poder-medios, de mantener esa confusión y de acrecentar el miedo al
futuro, que es miedo a la soledad en el mundo: si no se está en la UE se está
marginado y sin mercados. Un ejemplo: en el momento de escribir esto, en un
mismo día se reciben las noticias de que se retiran 600 guardias civiles de
Vascongadas y de que Interior asegura que no reducirá la Guardia Civil. No es la
misma cosa, claro está, pero crea confusión y deja un margen a la duda: Dime qué
prometes y te diré qué planeas.
Veamos, entonces, cómo ha llegado España hasta aquí siendo lo que es. Cuando
un reino, una nación, crece vertiginosamente, acomoda su cosmovisión, su
talante, sus relaciones con el mundo (o sea, la Patria). La gente crece; la
cultura se engrandece; aumenta el espacio común en que nos comunicamos y el
número de receptores.
Un apogeo que de manera inevitable anuncia un perigeo. La vieja España quedó
sentenciada en la Guerra de Sucesión, con el aviso de la intervención de
potencias extranjeras en nuestro suelo: holandeses, ingleses y franceses. Fue el
primer mordisco al gigante que éramos. En Utretch, en Rastatt, se nos perdieron
no sólo estados sino confianza y misión. España, rectora de su mundo, perdía
incluso partes de la metrópoli: Menorca y Gibraltar.
Empiezan las crisis permanentes
Sucedió un letargo imposible. España seguía siendo el mayor imperio, pero no
se dirigía a ninguna parte. Quizá se creyó entonces que bastaba con sobrellevar,
con sobrevivir, con quedar como estaban. Cualquier empresario de hoy, cualquier
estudiante hubiera podido dar a los reyes Borbones un consejo necesario: Si no
creces, decreces.
El siglo XIX, con Trafalgar, la Paz de Amiens, los pactos de familia con la
república francesa, la permuta de la Luisiana por un reino falso en Italia que
ofreció Napoleón (ya vendida La Florida), que acabó resultando un regalo para
los emergentes Estados Unidos: del Misisipi, hacia el Oeste, todo territorio de
nuestra soberanía.
El concierto español se presenta ya como una carrera hacia el final de su
mundo: La invasión napoleónica, la constitución que consagraba principios contra
los que el pueblo luchaba «como un hombre de honor» a decir de Napoleón; los
tumultos liberales, las asonadas, las deficiencias de Fernando VII y el error de
la Pragmática Sanción que acabó ensangrentándonos. Y, mientras, la guerra civil
en las Américas, Bolívar, San Martín, Sucre, y tantos, hechos en el ejército
español y luchadores contra la francesada.
Desaparecido el Imperio tan rápidamente, entre derrotas, traiciones (¿adónde
iba Riego cuando se sublevó?) y falta de visión, todo cambió bruscamente. Una
verdadera crisis de hombres, no sólo política. La vejez absoluta, como si un
joven se descubriera, de repente con noventa años y comprobara que ya no es el
de ayer, que no puede valerse como solía y que no siente deseos de caminar hacia
ninguna parte.
Tuvo que ser, fue, un cambio absoluto que enturbió todas las almas: hubo que
comprimir el espíritu para ajustarlo a los nuevos límites en que ser español y
soñar y crear era importante. Comprimir los horizontes gigantes de la
expectativa y volverlos a recluir en un espacio físico e intelectual que ya
todos habían dejado atrás, abandonado porque no servía para lo futuro. Un
regreso a la edad de los Reyes Católicos, pero sin empuje, sin confianza, con la
fe discutida y con la ambición ya no atemperada por la idea del deber histórico.
Fue retroceder en el tiempo, en la propia estima, en los sueños de
inmortalidad y en la dignidad. Fue, y así se sintió, una deshonra. Sin
paliativos. El pueblo que, en masa, se portó contra Napoleón como un solo hombre
de honor, quedó sin honra y lo supo. No parece que se conformara cuando volvió
contra él mismo su ímpetu durante doscientos años.
Hagamos una explicación del ayer que aún es, en parte, hoy
España, tras las diferentes crisis, en especial con la del imperio y las que
las frustraciones produjeron, se encontró en soledad consigo. De un golpe perdía
la mitad de su gente y se reducía a las fronteras que abandonó siglos antes.
Como el catedrático italiano que ha sido noticia reciente, Giorgio Angelozzi,
que ofrece quinientos euros mensuales si alguna familia le adopta como abuelo.
El profesor, hecho a las aulas, a convivir con muchos, a enseñarles caminos y
transmitirles ideas, de repente se encontró sin su sociedad de toda la vida:
perdió población próxima: no pudo seguir viviendo como lo hacía ni seguir siendo
lo que era. La crisis le llevó a poner anuncios en los periódicos. De abuelo
voluntario y pagando.
No otra cosa nos pasó en el Siglo XIX, al que llegamos con la España
ultrapirenaica perdida, seguros de no poder ser más como éramos ni de pensar
como pensábamos ni de emprender lo que emprendíamos. Se vio en el mundo y lo
certificó aquella frase realista en su tiempo: Europa termina en los Pirineos.
Una teoría de prueba
La teoría es que, cuantos más hombres componen una sociedad menos
responsabilidad tienen: la obligación de mantener el rumbo histórico hacia una
meta propia se diluye. Si la población es menor y menores las fuerzas, esa
responsabilidad individual se hace más intensa y urgente. Pero si sucede que una
sociedad numerosa, con la responsabilidad diluida, se empequeñece, que es el
caso de España a la pérdida del imperio, es muy difícil la readaptación a las
nuevas necesidades cuando antes no era crítica la dejación.
España perdió, en poco, medio mundo, quizá la mitad de su población; se
desajustó. También en el 98 se redujo mucho, desajuste sobre desajuste. Es más,
el crecimiento en habitantes es señal de que las cosas marchan, pero el
decrecimiento -y hoy vivimos una España poco fecunda- es un aviso de próximas
crisis graves.
Si nosotros y los demás de la UE nos sintiéramos europeos y sólo europeos, o
si la inmigración supiera o quisiera integrarse en España, se pospondría en
parte la crisis que se adivina. Pero, nacidos en una cultura tan amplia y
universal, los españoles sólo podemos ser españoles. Llevamos, como todos los
hombres, una réplica del mundo con nosotros. De un mundo español, como el
francés lo tiene francés, y el alemán y el inglés y el polaco. España es el
principio de atribución de nuestras relaciones con el mundo, lo que significa
que también lo es de nuestras relaciones con Europa. Relaciones que hoy se
perciben sólo como asunto de política y de economía. Decrecemos por algo más que
infertilidad y coste de tener y criar un hijo. También por el aborto, que quizá
nos haya arrebatado ya a más de 500.000 compatriotas; pero, sobre todo, por la
falta de confianza en nuestra sociedad, por la ausencia de motivos para seguir
españoles, porque unos rumbos vacilantes y falsificados restan fe en lo futuro.
En nuestra España decreciente, que va siendo repoblada por gentes que no se
llaman españolas a sí mismas, la Unión Europea significa una invasión más en el
largo ciclo de nuestros fracasos: Falta el empuje para que sea España la que
entre en Europa y carecemos de fuerza moral e intelectual para evitar que alguna
Europa entre aquí y nos homologue, o sea, nos «normalice».
El mundo español, con vecinos como los que tenemos y con neuróticos como los
nacionalistas, está abocado a la desaparición si no se encuentra, con urgencia,
alguna misión en que creer, si no se señala un objetivo final, si no se explica
la causa última que justifique nuestra peripecia histórica, tan desgraciada
desde 1700. España, comunión, necesita ayuda de alma, psiquiatría social,
antidepresivo moral.
Debe de ser confortante poder pensar que cuanto nos sucede es porque vamos
hacia tal o cual meta. Debe ser la felicidad creer a los jefes tanto como para
seguirlos. Pero más cierta es la amargura de contemplar cómo vacila España y no
se sobrepone a un prolongado fracaso histórico. Vivir es sobreponerse. Morir,
olvidarse de quien se es, volverse la materia espíritu y el espíritu materia,
como pasa con el oro, que produce fiebre de la razón. Quizá dejemos de ser
España algún día no lejano, pero nunca conseguiremos ser Europa como españoles
hemos sido.
[1] Arturo Robsy es periodista y escritor.
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