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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
ESPAÑA, PERTURBADORA DE EUROPA
Por Luis Buceta Facorro [1]
La construcción Europea es uno de los hechos históricos más importantes e
inauditos desde el Imperio Romano. Por primera vez se consigue un área política,
económica y social con una extensión y espacio de libre cambio de las mayores
del mundo, con una población de cuatrocientos cincuenta millones de habitantes,
que representa la tercera unidad más poblada, después de China y la India.
Esta realidad que algunos hemos tenido la fortuna de contemplar desde sus
inicios, ha sido el esfuerzo de cincuenta años, en etapas sucesivas, con
dificultades y altibajos, de forma pragmática, que ha desembocado en esta Unión
que está a punto de tener vigente una Constitución. La Europa de los
veinticinco, que pueden ser en tres años veintisiete, añade dificultades para
conseguir la integración en esa unidad hasta ahora conseguida y que se pretende
afianzar, dando pasos decisivos hacia una mayor unión política con todas las
consecuencias que lleva consigo para los Estados miembros. Son varias, pero de
enjundia, las cuestiones e interrogantes que se plantean: Sí la seguridad,
dentro de las nuevas fronteras comunitaria se puede resentir o disminuir
sensiblemente. Económicamente, como puede afectar a la estabilidad de los
actuales participantes en el euro. Sí se producirán oleadas de inmigrantes de
estos nuevos socios hacía los quince más desarrollados. Sí afectará a las
empresas que pueden desplazarse en busca de costes de producción más bajos ya
que los trabajadores de los países incorporados, de momento, aceptan salarios
más bajos y condiciones laborales más exigentes. Habría que añadir problemas de
seguridad alimentaria, medio ambiente, mafias, terrorismo, y por último, la
cuestión de si las instituciones de la Unión Europea podrían seguir funcionando
con eficacia. En este sentido, el analista Altafay, señala que la Unión Europea
de veintisiete «se va a convertir en una olla de grillos si no toma pronto
medidas urgentes, la primera, la aprobación de la Constitución Europea. Las
alianzas serán más complejas en la nueva Unión Europea ampliada y existe un
inicial recelo, por parte de los nuevos socios, hacia un directorio
franco-alemán o a tres con el Reino Unido. Además, hay que tener en cuenta las
dificultades y tensiones en las relaciones con los Estados Unidos, que se
expresan en tensiones dentro de la OTAN y sus posibles acciones, sin olvidar las
difíciles negociaciones que se acaban de abrir con Turquía para su posible,
aunque lejano, ingreso en la Unión.
No son extraños los recelos, pues, como reiteradamente venimos diciendo,
psicológicamente una integración supranacional, como la que viene realizando la
Unión Europea, supone y exige un esfuerzo mental para cambiar estereotipos y
prejuicios de siglos, que han ocasionado rechazos, pugnas y sangrientas luchas
entre las Naciones que hoy se unen en una tarea común. La desconfianza hacia un
cambio de esta naturaleza entra dentro de lo normal, pero a su vez un cambio de
actitud que supere esta desconfianza es imprescindible en este proceso de
renuncia de funciones de las Naciones, para depositarlas en la nueva unión
política.
A su vez Europa se encuentra en un intento de dirección prevalente por parte
de Francia y Alemania, olvidando la grieta evidente con Gran Bretaña. El
profesor Velarde (ABC, 26-IV-2004) nos recuerda que «el gran peligro que
acecha a la Unión Europea es que pase a contemplarse como una operación egoísta
que favorezca a un solo país o a un grupo muy reducido de ellos, con daño para
los demás», advirtiendo que Francia y Alemania quieren ser países básicos de la
vida económica de la Unión Europea pero subordinando a todos a sus intereses, al
modo como quieren mejorar sus economías de momento muy maltrechas. De aquí que
sea urgente estar atentos, denunciar y contrastar cualquier política o gesto de
predominio, que va a contribuir a ampliar la brecha y separación, con peligro
para la Unión y colaboradores que la Unión Europea necesita.
Indudablemente, el movimiento pendular que el gobierno de España ha dado,
separándose de Gran Bretaña, Italia y Polonia, para unirse a los gobiernos de
Francia y Alemania –en principio una opción legítima- en este preciso momento,
representa un apoyo a estos dos países que tratan de imponer su hegemonía, en la
que nosotros quedamos en situación de subordinación, ya que, en ámbitos muy
importantes para España, existe una evidente colisión con los intereses de la
anacrónica grandeza de Francia, que perturba el proceso hacía una Europa fuerte
y unida. En su obra La Francia que Cae, Baverez avisa que «entre todas
las democracias desarrolladas Francia es la que peor se adapta a las grandes
transformaciones que cambian el sistema geopolítico y mundial, víctima de un
conservadurismo profundo». El primer efecto ha sido la no defensa de la mención
del cristianismo en la Constitución Europea.
A este cambio pendular, se une la actitud, más o menos edulcorada, de
antiamericanismo o mejor anti Bush, que enfrenta dos posiciones diferentes hacia
la guerra de Irak y la lucha contra el terrorismo islamista. Desde declaraciones
abiertas contra la política de Bush, como las de Túnez, instando a los países
aliados a retirar sus fuerzas de Irak, hasta después de afirmar que España está
plenamente comprometida en la lucha contra el terrorismo, discrepa, abierta y
radicalmente del planteamiento de Estados Unidos, al señalar que hay que
combatir racionalmente el terrorismo atacando sus raíces, ya que «la simiente
del mal puede arraigar cuando cae en la tierra de la injusticia, de la pobreza,
de la humillación y de la desesperación […] por eso la corrección de las grandes
injusticias políticas y económicas que asolan el planeta, privaría a los
terroristas de sustento popular», como afirma Nuestro Presidente en su discurso
ante la ONU, donde, también, ha propugnado establecer, desde la ONU, una
«Alianza de Civilizaciones entre el mundo Occidental y el mundo árabe y
musulmán, mediante la cual se trataría de favorecer el diálogo entre estas dos
culturas». Estas posiciones de su discurso ante la ONU, las reafirma en una
entrevista a la revista Time, asegurando que para combatir el terrorismo
es más eficaz conseguir la igualdad entre los sexos que emplear la fuerza
militar, añadiendo, en un claro rechazo a la política de Estados Unidos, «que
hay respuestas que sirven para aumentar el terrorismo, aunque no sea esa su
intención».
Ante estas voluntaristas soluciones, en un momento de actividad terrorista
con atentados y masacres indiscriminadas y degollando rehenes, no es extraño que
la revista Time crea que en la Moncloa reina una atmósfera parecida al «Zen»,
entre luminosa y sobria. Pienso que la cuestión es más profunda que en un simple
Hare Krishna laico de corbata, sino que el gobierno español, de momento,
defiende la teoría de las causas y del diálogo, que sí bien como elevado
principio es el ideal, ante concretas situaciones resulta inoperante y, a la
larga, de un entreguismo suicida, porque los enemigos no son imaginarios, los
miedos no son inventados y las víctimas son reales, de carne y hueso, con
nombres y apellidos.
Reitero que como opción es tan legítima como la que en su día adoptó el
gobierno de Aznar, pero lo que no parece es que sea las más conveniente, en las
actuales circunstancias, para España ni, añadiría, para Europa. En todo caso,
como señala Ignacio Sánchez Cámara (ABC, 28-IX-2004) «la bofetada
diplomática, no a Bush, sino a los Estados Unidos, no saldrá gratis, Ni siquiera
de un eventual triunfo de Kerry puede esperar el gobierno español algo de
comprensión. Ha sido, por lo demás, un desplante innecesario».
Con ser lo dicho significativo y preocupante, creo que hay aspectos más
domésticos que, intencionalmente o no, se intentan trasladar a Europa y pueden
ser altamente perturbadores en el proceso político de la Unión. Volvemos a
Europa, según el PSOE, para participar en una «construcción» europea que
coincide con la «deconstrucción» (precisamente acaba de morir Jacques Derrida,
el filósofo de la reconstrucción) de este inmenso malentendido que, al parecer,
ha sido España. España se encuentra en un proceso en que las minorías
nacionalistas quieren acabar con la Constitución de 1978 y con el concepto de
España como unidad «patria común e indivisible de todos los españoles», para
convertirla en una extraña nación de naciones o estados libremente asociados.
Hay un procesos interno de asalto «a la indisoluble unidad de la Nación
española».
En una conferencia pronunciada en el Casino de Madrid, en 2002, titulada
«España un Proyecto compartido», Francisco Vázquez, político avezado del partido
Socialista y destacado y exitoso Alcalde de la Coruña, señala que el afán de la
exaltación política e intelectual de la diversidad y la pluralidad nacional,
está llegando al exceso de olvidar y, en algunos casos, prohibir, cualquier
referencia a nuestras señas de identidad común, sobre todo, la lengua y la
historia, alcanzando el paroxismo de proscribir, en la práctica, cualquier
referencia a España y sus símbolos». Por ello, considera, que el principal
problema que hoy amenaza nuestra convivencia, está constituido por las graves
tensiones políticas de carácter territorial, «que las ideologías, los partidos y
las organizaciones nacionalistas vienen provocando en España, en la búsqueda de
sus objetivos y fines últimos que no son otros que el de romper la unidad de
España, logrando o bien la independencia o una fórmula cuasi-soberana que rompa
la estructura del estado actual».
Es curioso, pero a estas alturas, en España, se está poniendo en práctica,
sutilmente, conseguir que lo minoritario sea lo importante y lo mayoritario
quede relegado a secundario, de forma que la razón la tienen las minorías y las
mayorías aparecen casi como una excrecencia del pasado, reaccionaria, carca y
que hay que aceptar como simple pervivencia. La moda del diálogo, en España,
consiste «en callar lo que uno es y piensa para aceptar al otro en su totalidad,
aunque, a veces, ésta sea bárbara y excluyente» (Alonso de los Ríos, ABC,
27-6-2004). Cuando cerca del 90% de los votantes lo hace a partidos nacionales,
y, más o menos, un 12% vota a los partidos nacionalistas excluyentes y últimos
restos del eurocomunismo, el Gobierno de España está dominado y se mueve, con
frecuencia, al son de estas minorías y el PSOE va perdiendo su verdadera,
importante e imprescindible identidad y va adquiriendo la de una matización de
las opciones nacionalistas y eurocomunistas.
Los objetivos de las minorías los van consiguiendo según lo proclamado por
Gramsci –referente actual de la intelectualidad progresista– para el cual, la
base de una verdadera revolución cultural consiste en hacer pasar por actual y
normal lo que sólo es la opinión de una minoría, de forma que la apreciación
particular deja de ser una opinión para convertirse en una evidencia. En su
artículo «Europa, Aparta de mi este Cáliz» (ABC, 13-6-2004), Ferrán
Gallego, desde esta perspectiva, insiste que no importa los temas concretos, «lo
que interesa es la potencia simbólica de lo que se va haciendo, hasta que acaba
convirtiéndose en normalidad, mientras su contrario pasa a ser una débil
extravagancia». Por eso, puede un diputado de Esquerra Republicana considerar un
agravio que no se le permita hablar en catalán en las cortes españolas, sin que
importe que en el Parlamento de Cataluña sea materialmente imposible el uso del
castellano. Por eso, una diputada vasca, elegida por los pelos en su
jurisdicción, puede anunciar a la Cámara y provocar una votación, que el tema de
las selecciones deportivas se convertirá en un nuevo espacio de conflicto, de
agravio y frustración, de gimnasia reivindicativa y de despropósito legal.
Lástima que la mayoría no advierta, a estas alturas, que se trata de un paso más
en la estrategia de tensión del nacionalismo.
Cuando esto escribo, han vuelto a utilizar su espíritu de enfrentamiento con
motivo del desfile militar del 12 de Octubre, en el que participaron un
integrante de la División Azul, y otro de la División Leclerc, aprovechando,
además, para sacar el tema de la bandera republicana, como una de las que
debería de desfilar en dicho acto. Se trata de sustituir el espíritu de
reconciliación y de liquidación de la Guerra Civil, que representaron la
transición y la Constitución de 1978, por un espíritu permanente de tensión y
enfrentamiento, por parte, como señala Martín Ferrand (ABC, 10-10-2004),
de «cuatro nostálgicos respetables y tres caciques despreciables que sólo en el
calor de la confusión, pueden encontrar el caldo de cultivo de su inmensa
pequeñez política, ideológica y cívica». Desde todos los ámbitos, entiendo que,
ha llegado el momento, volviendo a Francisco Vázquez, de «denunciar las mentiras
y los excesos de quienes hoy se obstinan en negar la existencia de España, o su
propia condición de españoles, inventando y reescribiendo una historia que nunca
existió e introduciendo el debate y un conflicto político e ideológico que
constituye la principal amenaza para nuestra convivencia pacífica y nuestro
futuro como Pueblo y como Nación».
Esta estrategia de tensión, reivindicativa e, incluso, revisionista –«somos
expertos sin fronteras en el debate sobre el debate sobre el modelo
territorial»- que hoy amenaza y perturba la vida española, va siendo
introducido, imperceptiblemente, en Europa. Hay que tener en cuenta que esas
minorías que tratan de imponer como verdades dogmáticas algunas falacias
trasnochadas, están formadas por restos de eurocomunistas y, en su mayoría
constituyen un puñado de euroexcépticos para los que esta Europa de los Estados
Nacionales, debe ser sustituida por una Europa de los pueblos auténticos. Ya
están introduciendo la discusión sobre el modelo territorial y estructural de
Europa con lo que tratan de romper el fundamento del planteamiento básico de la
actual Unión Europea. A mayor abundamiento, ya han introducido la reivindicación
de lenguas particulares, locales y minoritarias, para identificarlas y exigirlas
como oficiales de la Comunidad. Incluso, ya existe el chantaje claro y
manifiesto de CiU que defiende no votar afirmativamente la Constitución Europea,
si no se acepta el catalán como lengua oficial de la Unión.
No podemos introducir en Europa el paletismo localista y disolvente de las
lenguas, las matrículas de los coches, las elecciones autonómicas, las banderas,
las confrontaciones históricas de rencor y odio, las revisiones estructurales y
territoriales, la estrategia del chantaje permanente de reivindicaciones de todo
tipo que nos abruman a los españoles, única nación europea en proceso de
revisión en la que ni siquiera se acepta la bandera nacional como símbolo común
de todos los españoles. Europa no necesita «chauvinismos» de viejas naciones ni,
menos, nacionalismos disolventes de unidades nacionales, que, de una u otra
forma, intentan introducir su enloquecida dinámica en el seno de la Unión
Europea.
Parece que la afirmación de Ortega, «España es el problema y Europa la
solución», es hoy actual y vigente. Europa es la solución y la gran mayoría de
los españoles esperamos y deseamos que ponga, enérgica y definitivamente, coto a
tanta insensatez y deslealtad de las minorías nacionalistas, que ponen en
peligro el interés general y el bien común. De lo contrario, España puede, para
Europa, ser una fuente de graves y disolventes problemas perturbadores en su
marcha ascendente hacia la unión política, que le permita el protagonismo y el
referente de progreso y equilibrio que el mundo necesita
[1] Luis Buceta Facorro es doctor en Ciencias
Políticas, licenciado en Derecho, y diplomado en Psicología. y Sociología, por
la Universidad Complutense de Madrid; así como catedrático de la Universidad
Complutense y de la Universidad Pontificia de Salamanca.
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