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Altar Mayor - Nº 97 (19)
Tuesday, 18 January a las 12:37:50

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO
Por Alberto Buela [1]

La idea de desencanto ha sido utilizada modernamente en sociología por Max Weber y Ernst Troeltsch para interpretar el paso de una etapa a otra en el proceso socio-cultural de la historia del mundo.

El término contiene en sí la idea de «encanto», bajo su forma negativa y está vinculado a las categorías de secularización o «desdivinización».

No hay que olvidar al respecto que mundo se dice en griego cosmos ?????????que significa primariamente «limpio o bello». En nuestros días quedó la cosmética como la ciencia del embellecimiento. Las mujeres la utilizan sobre todo para «encantar a los hombres». Las ideas de mundano y mundanal nos indican una inserción extralimitada en el mundo. Una sobrecarga de cosméticos, para seguir con el ejemplo, que termina, en general desencantado.

Vemos, al menos etimológicamente, como la idea de encanto está estrechamente vinculada a la de mundo.

Nosotros vemos cuatro etapas en el desencantamiento del mundo, que marcan a su vez cuatro períodos bien determinados de nuestra historia socio-político-cultural.
 

1.- El desencantamiento del mundo arcaico

El mundo hasta el surgimiento de la filosofía griega en Mileto hacia el siglo VI a.C. estaba considerado por las cosmologías de los pueblos antiguos –India, Egipto, Caldea, Grecia– como un conjunto de fuerzas de la naturaleza que se personificaban en divinidades.

El salto cualitativo, y nunca acabado de estudiar, que produjo la filosofía griega consistió en reemplazar esas divinidades por elementos naturales -agua, aire, fuego, tierra- y por explicaciones racionales de condensación-dilatación, frío y calor.

Los primeros filósofos buscaron, dentro del mundo y no fuera de él, un principio, un arjé, como causa primera de todas las cosas y a la que debían retornar. Todo salía de los elementos y volvían a ellos en un proceso cíclico de cierta duración (el gran año).

Los dioses siguieron formando parte del mundo pero ya no lo explican, son los distintos principios y sus combinaciones los que lo hacen.

El mundo antiguo, aquel de la sabiduría primordial, sufre el primer desencanto: El mundo puede ser explicado no ya por los dioses sino por los hombres, a través del estudio de las causas y los principios de las cosas.

Se ha producido el paso del mito al logos, aún cuando perduran en los presocráticos, sobre todo en Empédocles y Pitágoras, muchos elementos de las antiguas cosmogonías.
 

2.- El desencantamiento del mundo pagano

La plenitud de la filosofía griega lograda con Platón y Aristóteles comienza a descender en nuevas y filosóficamente limitadas escuelas como el epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo y el eclecticismo. Roma recibe así sólo retazos de la gran filosofía griega. El hombre que para el griego es «ánthropos» (= ????????), que proviene de «anathrón ha hopopé» (????????????????????), investigador de lo que ha visto, es decir, el que contempla, pasa, en el mundo romano, a ser considerado como «homo» que proviene de «humus», esto es, aquél que tiene los pies en la tierra porque con ella está constituido. La filosofía termina limitándose al derecho y a su arte supremo la eloquentia  u oratoria ciceroniana.

Es en este momento que aparece el cristianismo, con la «novedad histórica» de un Dios único y trascendente al mundo y con ello produce el segundo gran desencantamiento del mundo. Éste deja de estar habitado por dioses de todo tipo y espíritus de todo pelaje, para ser considerado como otra cosa distinta de Dios, incluso lo opuesto a Él.

El cristianismo primitivo no sólo rompe con la cohabitación  en el mundo pagano entre hombres, dioses y espíritus, sino que incluso rechaza por boca de San Pablo la filosofía como acceso al saber: «Mirad que nadie os engañe con filosofías falaces y vanas, fundadas en tradiciones humanas, en elementos del mundo y no en Cristo» (Col.2,8).

Así, la única vez que aparece en el Nuevo Testamento la palabra filosofía es bajo una acepción negativa.

Ahora bien, la ruptura de la unidad dioses-mundo producida por el  cristianismo con su propuesta de un Dios trascendente al mundo y su consecuente desencantamiento, la intenta salvar con un nuevo «encantamiento». Esto es, poblando la distancia que hay entre Dios y el mundo con seres espirituales, ángeles, arcángeles y criaturas espirituales que median entre unos y otros. Ejemplo de ello nos dejó San Dionisio Areopagita en su tratado Sobre la Jerarquía Celeste.

El cristianismo posterior recupera la gran tradición de la filosofía griega y vuelca en sus categorías la teología cristiana. Las figuras emblemáticas de Platón y Aristóteles son asumidas respectivamente por San Agustín y Santo Tomás que son los grandes expositores teológico-filosóficos del misterio teándrico, del Dios hecho hombre.
 

3.- El desencantamiento del mundo cristiano

El mundo cristiano se desarrolla sin sobresaltos hasta finales del siglo XVII en que aparece un nuevo orden de cosas. Finis saeculi novam rerum faciem aperuit, afirmará Leibniz, el último filósofo que concentró en sí todo el saber de su tiempo [2]. Comenzaba, pues, la entronización del culto a la «diosa razón». Hasta ese momento se suceden un período, casi mil años, de gran expansión misional y, al mismo tiempo, de gran acumulación del saber antiguo. Caballeros, misioneros y monjes realizan el trabajo más pesado de la Alta edad media, también denominado período oscuro. Viene luego la denominada Baja edad media que tiene su plenitud en el siglo XIII, siglo de las grandes Summas –Alberto Magno, Tomás de Aquino, San Buenaventura, Duns Escoto, etc.-. Nace, en el siglo siguiente con el nominalismo, lo que justamente se denominó la vía moderna, que es proseguida por el Renacimiento en el XV,  la Reforma en el XVI y el Racionalismo del siglo XVII. Estos grandes movimientos aún son y pertenecen mutatis mutandi al mundo cristiano, el desencantamiento de este mundo se produce en el siglo XVIII con la propuesta del racionalismo, ahora, Iluminista y con el movimiento de la Ilustración enciclopédica.

Se inaugura la época de la razón calculadora como acertadamente la denominó Heidegger. Dios deja de ser el centro del universo, el productor de sentido para convertirse en un capítulo de la filosofía denominado teodicea. Aún cuando ya hace dos siglos que los métodos han cambiado, se privilegia el método experimental al especulativo, el desencantamiento del mundo se produce cuando, al decir de Hegel, el bosque sagrado de toda la tradición medieval y premoderna se transforma en «mera leña». El objeto ya no es lo bello sino que degradándose a objeto material es sólo lo calculable, lo mensurable, lo dominable por la razón.

Sin embargo la razón iluminista intenta su propio «encantamiento» del mundo a través de cinco o seis relatos universales: el progreso indefinido, el poder omnímodo de la razón, la democracia como forma de vida, la subjetivización del cristianismo, la manipulación de la naturaleza por la técnica, la libertad como capricho subjetivo.
 

4.- El desencantamiento del mundo moderno

La modernidad que a través de otro de sus relatos, el igualitarismo, creyó construir un mundo igual para todos y con validez universal se fue percatando poco a poco de que aquellos principios sobre los cuales había sido edificada se derrumbaban irremisiblemente.

Ahora bien, el fracaso estruendoso de estos principios sagrados de la modernidad ilustrada –el progreso fue en muchos aspectos un retroceso; la razón no pudo explicar todo; la democracia ha sido sólo procedimental o formal, el cristianismo subjetivado se partió en infinitas sectas, la técnica terminó en Hiroshima y la libertad en un mito-. Todas estas contradicciones hicieron de la conciencia postmoderna conciencia desencantada de la modernidad.

Y aquí llegamos a nuestros días en donde observamos que la postmodernidad pasa a ser en definitiva mera conciencia desilusionada de la modernidad, Habermas sostiene que estamos mal porque no acabó de plasmarse el proyecto moderno, esta conciencia sigue manteniendo el enfoque particular propio de la modernidad. Y en estos términos no hay salida posible que no sea el desencanto, el nihilismo, el pensamiento débil, lo políticamente correcto. En el fondo el hombre resignado y en desazón.

El desencantado nihilismo se expresa, en los mejores, como una crítica ácida de la situación en que vivimos. Pero en una crítica simplemente fenomenológica, descriptiva, y no metafísica como debiera ser. Porque nuestros mejores hombres hoy son, también ellos, producto de la modernidad. Hace casi un siglo, el filósofo alemán Georg Simmel (1858-1918), en Philosophie des Geldes, decía que la causa era: «La falta de algo nítido en el núcleo del espíritu es lo que nos impulsa a buscar la satisfacción momentánea en estímulos, sensaciones y actividades siempre nuevas. Así es como nos enmarañamos en los tumultos de las metrópolis, en la manía de viajar, en la salvaje competencia y en la típicamente moderna infidelidad con respecto a los gustos, estilos, opiniones y a las relaciones personales». Esta carencia de algo nítido en el núcleo del espíritu, de convicciones profundas, arraigadas y permanentes es la marca a fuego de la postmodernidad.
 

Conclusión: Otro mundo es posible

Nosotros consideramos que la única crítica válida, total, eficaz y superadora de la modernidad es la crítica premoderna. Así es desde las ecúmenes premodernas como la eslava, la iberoamericana o la china desde donde se puede llevar a cabo más genuinamente esta crítica, porque aún habemos términos de comparación. Fuimos menos zapados por la modernidad porque la nuestra fue una tardomodernidad.

En cuanto al método optamos por el disenso como el único capaz de crear teoría crítica, pues pensar, y sobretodo pensar desde América, es disentir. Disentir ante el pensamiento único y políticamente correcto, pero disentir también ante la normalidad filosófica impuesta por el pensamiento europeo.

El disenso consiste, desde nuestro genius locci en expresar la opinión de los menos, de los diferentes ante el discurso homogeneizador de la ética discursiva o comunicativa de los Habermas y los Apel, que sólo otorga valor moral al consenso.

Es que la ética comunicativa viene, en definitiva, a fundamentar el mensaje globalizante y homogeneizador de los productores de sentido que son siempre los dueños del poder.

Esta ética discursiva e ilustrada viene en tanto que «discursiva», como un nuevo nominalismo a zanjar las diferencias con palabras, p.e. la democracia discursiva (Bohman-Avritzer) de las asambleas populares, y no a través de la preferencia o postergación de valores. Y en cuanto «ilustrada» sólo permite la crítica de aquellas situaciones sociales que no encarnen los ideales ilustrados de igualdad y postilustrados de democracia. Así su crítica nunca va dirigida a los regímenes socialdemocratas sino a los que decididamente no lo son, como en Iberoamérica, Castro o Chávez.

La ética de la comunicación es así heredera directa de las sociedades de ideas de la Revolución Francesa y estas sociedades –corazón del jacobinismo- por definición no pensaban sino hablaban. La ideología no se piensa porque puede correr el riesgo de ser criticada, sino que ella habla a través de su intérpretes como verdad socializada a través del asambleísmo y se expresa en la religión del consenso [3].

En realidad, este modelo discursivo, que en criollo debería denominarse modelo conversado, muestra la gran contradicción del pensamiento progresista de estos primeros años del siglo XXI, que consiste en creer que se puede reformar la sociedad recurriendo a los mismos instrumentos que la han llevado a su situación actual.

Hoy el dios monoteísta del libre mercado ha llegado a privatizar la opinión pública ya que sólo existe la opinión publicada. Los agentes mediáticos se han quedado hoy día con la representación exclusiva del pueblo que ellos han transformado en «gente». La patria locutora y escribidora viene reemplazando a los políticos quienes ante la furia privatizadora de los activos fijos estatales se han quedado sin aparatos del Estado para ejercer el poder y han cedido su iniciativa al periodismo y los tencócratas.

Así como la imagen televisiva ha reemplazado al concepto escrito, de la misma manera los mass media han desplazado a los partidos políticos en el manejo del poder. No es ya el Estado quien tiene el monopolio del poder como gustaba decir Max Weber, sino que el poder ha deslizado su centralidad hacia un ciberespacio inasible y siempre cambiante como lo es el mundo de las redes informáticas que son las que determinan que países como es el caso de Malasia, México, Brasil o Argentina entren, de la noche a la mañana, en crisis financieras tremendas, gestadas por operadores anónimos que especulan desde terminales a miles de kilómetros de distancia.

Unos pocos políticos y escasísimos pensadores se dan cuenta que esto no va más. Y si nosotros y nuestras sociedades están mal no es porque el proyecto moderno no se completó como piensa Habermas, sino porque doscientos años de pertinaz liberalismo nos ha llevado a tal extremo.

Sin un cambio en los grandes campos de actividad del hombre en sociedad, todo no será otra cosa que gatopardismo, cambiar algo para que nada cambie.

Nosotros debemos reinventar una nueva representación política, la democracia postmoderna no propone valores a intentar sino que en tanto conciencia política desengañada ha quedado reducida a democracia procedimental. Y si bien hoy se ha extendido a casi todo el mundo, lo ha hecho sin profundidad, como hizo notar en nuestro medio el politólogo Carlos Strasser. La modificación de régimen de representatividad política de la democracia liberal implica el dejar de lado de una vez para siempre la falsa ecuación «un hombre un voto», pues el hombre es más que un voto y tiene, por respeto a su propia dignidad, que ser representado en la totalidad de lo que es. Hay que intentar una democracia de carácter participativo donde el hombre se manifieste también como trabajador, profesional, comerciante, docente, cura o milico.

En el campo económico modificar el régimen de propiedad de la economía liberal, que entiende a aquella como valor absoluto en sí misma. Debemos pasar del sentido de propiedad, hoy reducido a cada vez menos propietarios, para ir a la difusión de la propiedad al mayor número posible de ciudadanos. Así mismo se debe quebrar el monopolio de la ley de la oferta y la demanda, recuperando la vieja ley de la reciprocidad de los cambios de la que ya hablara el viejo Aristóteles en la Etica Nicomaquea.

En el ámbito de la cultura dejar de lado la versión liberal de la misma que nos viene desde la época de la Enciclopedia francesa con su idea del valor universal de la cultura racional-occidental e ir al rescate del principio de identidad, no sólo como afirmación de nosotros mismos sino también como defensa de la diversidad cultural, que se expresa en el reconocimiento del otro, del diferente a nosotros. Rechazar la nefasta teoría del multiculturalismo y proponer el pluralismo intercultural. Esto es, un pluralismo sin relativismo que hace que el mundo sea en realidad un pluriverso y no un universo como ha pretendido el pensamiento moderno-ilustrado desde la época de su nacimiento [4].



[1] Alberto Buela es Dr. en Filosofía por la Sorbona, ha enseñado metafísica en diferentes universidades argentinas, preside la Fundación Cultura et Labor, ha sido director de la revista cultural bonaerense Disenso y es autor de numerosos libros, ensayos y artículos.

[2] Cfr. HAZARD, Paul: La crisis de la conciencia europea 1680-1715, Madrid, Ed. Pegaso, 1975.

[3] Cfr. FURET, Francois: Pensar la Revolución Francesa, Barcelona, Ed. Petrel, 1980. Especialmente el capítulo: «Agustín Cochin: La teoría del jacobinismo».

[4] El desarrollo pormenorizado de las razones que justifican las medidas propuestas en estos tres campos puede encontrarse en nuestros libros: Hispanoamérica contra Occidente, Madrid, Barbarroja, 1996; Ensayos de Disenso, Barcelona, Nueva República, 1999; y en Metapolítica y Filosofía, Buenos Aires, Theoría, 2002.


 
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