REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO
Por Alberto Buela [1]
La idea de desencanto ha sido utilizada modernamente en sociología por Max
Weber y Ernst Troeltsch para interpretar el paso de una etapa a otra en el
proceso socio-cultural de la historia del mundo.
El término contiene en sí la idea de «encanto», bajo su forma negativa y está
vinculado a las categorías de secularización o «desdivinización».
No hay que olvidar al respecto que mundo se dice en griego cosmos
?????????que significa primariamente «limpio o bello». En nuestros días quedó la
cosmética como la ciencia del embellecimiento. Las mujeres la utilizan sobre
todo para «encantar a los hombres». Las ideas de mundano y mundanal nos indican
una inserción extralimitada en el mundo. Una sobrecarga de cosméticos, para
seguir con el ejemplo, que termina, en general desencantado.
Vemos, al menos etimológicamente, como la idea de encanto está estrechamente
vinculada a la de mundo.
Nosotros vemos cuatro etapas en el desencantamiento del mundo, que marcan a
su vez cuatro períodos bien determinados de nuestra historia
socio-político-cultural.
1.- El desencantamiento del mundo arcaico
El mundo hasta el surgimiento de la filosofía griega en Mileto hacia el siglo
VI a.C. estaba considerado por las cosmologías de los pueblos antiguos –India,
Egipto, Caldea, Grecia– como un conjunto de fuerzas de la naturaleza que se
personificaban en divinidades.
El salto cualitativo, y nunca acabado de estudiar, que produjo la filosofía
griega consistió en reemplazar esas divinidades por elementos naturales -agua,
aire, fuego, tierra- y por explicaciones racionales de condensación-dilatación,
frío y calor.
Los primeros filósofos buscaron, dentro del mundo y no fuera de él, un
principio, un arjé, como causa primera de todas las cosas y a la que debían
retornar. Todo salía de los elementos y volvían a ellos en un proceso cíclico de
cierta duración (el gran año).
Los dioses siguieron formando parte del mundo pero ya no lo explican, son los
distintos principios y sus combinaciones los que lo hacen.
El mundo antiguo, aquel de la sabiduría primordial, sufre el primer
desencanto: El mundo puede ser explicado no ya por los dioses sino por los
hombres, a través del estudio de las causas y los principios de las cosas.
Se ha producido el paso del mito al logos, aún cuando perduran en los
presocráticos, sobre todo en Empédocles y Pitágoras, muchos elementos de las
antiguas cosmogonías.
2.- El desencantamiento del mundo pagano
La plenitud de la filosofía griega lograda con Platón y Aristóteles comienza
a descender en nuevas y filosóficamente limitadas escuelas como el epicureísmo,
el estoicismo, el escepticismo y el eclecticismo. Roma recibe así sólo retazos
de la gran filosofía griega. El hombre que para el griego es «ánthropos» (=
????????), que proviene de «anathrón ha hopopé» (????????????????????),
investigador de lo que ha visto, es decir, el que contempla, pasa, en el mundo
romano, a ser considerado como «homo» que proviene de «humus», esto es, aquél
que tiene los pies en la tierra porque con ella está constituido. La filosofía
termina limitándose al derecho y a su arte supremo la eloquentia u
oratoria ciceroniana.
Es en este momento que aparece el cristianismo, con la «novedad histórica» de
un Dios único y trascendente al mundo y con ello produce el segundo gran
desencantamiento del mundo. Éste deja de estar habitado por dioses de todo tipo
y espíritus de todo pelaje, para ser considerado como otra cosa distinta de
Dios, incluso lo opuesto a Él.
El cristianismo primitivo no sólo rompe con la cohabitación en el mundo
pagano entre hombres, dioses y espíritus, sino que incluso rechaza por boca de
San Pablo la filosofía como acceso al saber: «Mirad que nadie os engañe con
filosofías falaces y vanas, fundadas en tradiciones humanas, en elementos del
mundo y no en Cristo» (Col.2,8).
Así, la única vez que aparece en el Nuevo Testamento la palabra filosofía es
bajo una acepción negativa.
Ahora bien, la ruptura de la unidad dioses-mundo producida por el
cristianismo con su propuesta de un Dios trascendente al mundo y su consecuente
desencantamiento, la intenta salvar con un nuevo «encantamiento». Esto es,
poblando la distancia que hay entre Dios y el mundo con seres espirituales,
ángeles, arcángeles y criaturas espirituales que median entre unos y otros.
Ejemplo de ello nos dejó San Dionisio Areopagita en su tratado Sobre la
Jerarquía Celeste.
El cristianismo posterior recupera la gran tradición de la filosofía griega y
vuelca en sus categorías la teología cristiana. Las figuras emblemáticas de
Platón y Aristóteles son asumidas respectivamente por San Agustín y Santo Tomás
que son los grandes expositores teológico-filosóficos del misterio teándrico,
del Dios hecho hombre.
3.- El desencantamiento del mundo cristiano
El mundo cristiano se desarrolla sin sobresaltos hasta finales del siglo XVII
en que aparece un nuevo orden de cosas. Finis saeculi novam rerum faciem
aperuit, afirmará Leibniz, el último filósofo que concentró en sí todo el
saber de su tiempo [2]. Comenzaba, pues, la
entronización del culto a la «diosa razón». Hasta ese momento se suceden un
período, casi mil años, de gran expansión misional y, al mismo tiempo, de gran
acumulación del saber antiguo. Caballeros, misioneros y monjes realizan el
trabajo más pesado de la Alta edad media, también denominado período oscuro.
Viene luego la denominada Baja edad media que tiene su plenitud en el siglo XIII,
siglo de las grandes Summas –Alberto Magno, Tomás de Aquino, San Buenaventura,
Duns Escoto, etc.-. Nace, en el siglo siguiente con el nominalismo, lo que
justamente se denominó la vía moderna, que es proseguida por el Renacimiento en
el XV, la Reforma en el XVI y el Racionalismo del siglo XVII. Estos
grandes movimientos aún son y pertenecen mutatis mutandi al mundo
cristiano, el desencantamiento de este mundo se produce en el siglo XVIII con la
propuesta del racionalismo, ahora, Iluminista y con el movimiento de la
Ilustración enciclopédica.
Se inaugura la época de la razón calculadora como acertadamente la denominó
Heidegger. Dios deja de ser el centro del universo, el productor de sentido para
convertirse en un capítulo de la filosofía denominado teodicea. Aún cuando ya
hace dos siglos que los métodos han cambiado, se privilegia el método
experimental al especulativo, el desencantamiento del mundo se produce cuando,
al decir de Hegel, el bosque sagrado de toda la tradición medieval y premoderna
se transforma en «mera leña». El objeto ya no es lo bello sino que degradándose
a objeto material es sólo lo calculable, lo mensurable, lo dominable por la
razón.
Sin embargo la razón iluminista intenta su propio «encantamiento» del mundo a
través de cinco o seis relatos universales: el progreso indefinido, el poder
omnímodo de la razón, la democracia como forma de vida, la subjetivización del
cristianismo, la manipulación de la naturaleza por la técnica, la libertad como
capricho subjetivo.
4.- El desencantamiento del mundo moderno
La modernidad que a través de otro de sus relatos, el igualitarismo, creyó
construir un mundo igual para todos y con validez universal se fue percatando
poco a poco de que aquellos principios sobre los cuales había sido edificada se
derrumbaban irremisiblemente.
Ahora bien, el fracaso estruendoso de estos principios sagrados de la
modernidad ilustrada –el progreso fue en muchos aspectos un retroceso; la razón
no pudo explicar todo; la democracia ha sido sólo procedimental o formal, el
cristianismo subjetivado se partió en infinitas sectas, la técnica terminó en
Hiroshima y la libertad en un mito-. Todas estas contradicciones hicieron de la
conciencia postmoderna conciencia desencantada de la modernidad.
Y aquí llegamos a nuestros días en donde observamos que la postmodernidad
pasa a ser en definitiva mera conciencia desilusionada de la modernidad,
Habermas sostiene que estamos mal porque no acabó de plasmarse el proyecto
moderno, esta conciencia sigue manteniendo el enfoque particular propio de la
modernidad. Y en estos términos no hay salida posible que no sea el desencanto,
el nihilismo, el pensamiento débil, lo políticamente correcto. En el fondo el
hombre resignado y en desazón.
El desencantado nihilismo se expresa, en los mejores, como una crítica ácida
de la situación en que vivimos. Pero en una crítica simplemente fenomenológica,
descriptiva, y no metafísica como debiera ser. Porque nuestros mejores hombres
hoy son, también ellos, producto de la modernidad. Hace casi un siglo, el
filósofo alemán Georg Simmel (1858-1918), en Philosophie des Geldes,
decía que la causa era: «La falta de algo nítido en el núcleo del espíritu
es lo que nos impulsa a buscar la satisfacción momentánea en estímulos,
sensaciones y actividades siempre nuevas. Así es como nos enmarañamos en los
tumultos de las metrópolis, en la manía de viajar, en la salvaje competencia y
en la típicamente moderna infidelidad con respecto a los gustos, estilos,
opiniones y a las relaciones personales». Esta carencia de algo nítido en el
núcleo del espíritu, de convicciones profundas, arraigadas y permanentes es la
marca a fuego de la postmodernidad.
Conclusión: Otro mundo es posible
Nosotros consideramos que la única crítica válida, total, eficaz y superadora
de la modernidad es la crítica premoderna. Así es desde las ecúmenes premodernas
como la eslava, la iberoamericana o la china desde donde se puede llevar a cabo
más genuinamente esta crítica, porque aún habemos términos de comparación.
Fuimos menos zapados por la modernidad porque la nuestra fue una tardomodernidad.
En cuanto al método optamos por el disenso como el único capaz de crear
teoría crítica, pues pensar, y sobretodo pensar desde América, es disentir.
Disentir ante el pensamiento único y políticamente correcto, pero disentir
también ante la normalidad filosófica impuesta por el pensamiento
europeo.
El disenso consiste, desde nuestro genius locci en expresar la opinión
de los menos, de los diferentes ante el discurso homogeneizador de la ética
discursiva o comunicativa de los Habermas y los Apel, que sólo otorga valor
moral al consenso.
Es que la ética comunicativa viene, en definitiva, a fundamentar el mensaje
globalizante y homogeneizador de los productores de sentido que son siempre los
dueños del poder.
Esta ética discursiva e ilustrada viene en tanto que «discursiva», como un
nuevo nominalismo a zanjar las diferencias con palabras, p.e. la democracia
discursiva (Bohman-Avritzer) de las asambleas populares, y no a través de la
preferencia o postergación de valores. Y en cuanto «ilustrada» sólo permite la
crítica de aquellas situaciones sociales que no encarnen los ideales ilustrados
de igualdad y postilustrados de democracia. Así su crítica nunca va dirigida a
los regímenes socialdemocratas sino a los que decididamente no lo son, como en
Iberoamérica, Castro o Chávez.
La ética de la comunicación es así heredera directa de las sociedades de
ideas de la Revolución Francesa y estas sociedades –corazón del jacobinismo- por
definición no pensaban sino hablaban. La ideología no se piensa porque puede
correr el riesgo de ser criticada, sino que ella habla a través de su
intérpretes como verdad socializada a través del asambleísmo y se expresa en la
religión del consenso [3].
En realidad, este modelo discursivo, que en criollo debería denominarse
modelo conversado, muestra la gran contradicción del pensamiento progresista de
estos primeros años del siglo XXI, que consiste en creer que se puede reformar
la sociedad recurriendo a los mismos instrumentos que la han llevado a su
situación actual.
Hoy el dios monoteísta del libre mercado ha llegado a privatizar la opinión
pública ya que sólo existe la opinión publicada. Los agentes mediáticos se han
quedado hoy día con la representación exclusiva del pueblo que ellos han
transformado en «gente». La patria locutora y escribidora viene reemplazando a
los políticos quienes ante la furia privatizadora de los activos fijos estatales
se han quedado sin aparatos del Estado para ejercer el poder y han cedido su
iniciativa al periodismo y los tencócratas.
Así como la imagen televisiva ha reemplazado al concepto escrito, de la misma
manera los mass media han desplazado a los partidos políticos en el manejo del
poder. No es ya el Estado quien tiene el monopolio del poder como gustaba decir
Max Weber, sino que el poder ha deslizado su centralidad hacia un ciberespacio
inasible y siempre cambiante como lo es el mundo de las redes informáticas que
son las que determinan que países como es el caso de Malasia, México, Brasil o
Argentina entren, de la noche a la mañana, en crisis financieras tremendas,
gestadas por operadores anónimos que especulan desde terminales a miles de
kilómetros de distancia.
Unos pocos políticos y escasísimos pensadores se dan cuenta que esto no va
más. Y si nosotros y nuestras sociedades están mal no es porque el proyecto
moderno no se completó como piensa Habermas, sino porque doscientos años de
pertinaz liberalismo nos ha llevado a tal extremo.
Sin un cambio en los grandes campos de actividad del hombre en sociedad, todo
no será otra cosa que gatopardismo, cambiar algo para que nada cambie.
Nosotros debemos reinventar una nueva representación política, la democracia
postmoderna no propone valores a intentar sino que en tanto conciencia política
desengañada ha quedado reducida a democracia procedimental. Y si bien hoy se ha
extendido a casi todo el mundo, lo ha hecho sin profundidad, como hizo notar en
nuestro medio el politólogo Carlos Strasser. La modificación de régimen de
representatividad política de la democracia liberal implica el dejar de lado de
una vez para siempre la falsa ecuación «un hombre un voto», pues el hombre es
más que un voto y tiene, por respeto a su propia dignidad, que ser representado
en la totalidad de lo que es. Hay que intentar una democracia de carácter
participativo donde el hombre se manifieste también como trabajador,
profesional, comerciante, docente, cura o milico.
En el campo económico modificar el régimen de propiedad de la economía
liberal, que entiende a aquella como valor absoluto en sí misma. Debemos pasar
del sentido de propiedad, hoy reducido a cada vez menos propietarios, para ir a
la difusión de la propiedad al mayor número posible de ciudadanos. Así mismo se
debe quebrar el monopolio de la ley de la oferta y la demanda, recuperando la
vieja ley de la reciprocidad de los cambios de la que ya hablara el viejo
Aristóteles en la Etica Nicomaquea.
En el ámbito de la cultura dejar de lado la versión liberal de la misma que
nos viene desde la época de la Enciclopedia francesa con su idea del valor
universal de la cultura racional-occidental e ir al rescate del principio de
identidad, no sólo como afirmación de nosotros mismos sino también como defensa
de la diversidad cultural, que se expresa en el reconocimiento del otro, del
diferente a nosotros. Rechazar la nefasta teoría del multiculturalismo y
proponer el pluralismo intercultural. Esto es, un pluralismo sin relativismo que
hace que el mundo sea en realidad un pluriverso y no un universo como ha
pretendido el pensamiento moderno-ilustrado desde la época de su nacimiento
[4].
[1] Alberto Buela es Dr. en Filosofía por la
Sorbona, ha enseñado metafísica en diferentes universidades argentinas, preside
la Fundación Cultura et Labor, ha sido director de la revista cultural
bonaerense Disenso y es autor de numerosos libros, ensayos y artículos.
[2] Cfr. HAZARD, Paul: La crisis de la
conciencia europea 1680-1715, Madrid, Ed. Pegaso, 1975.
[3] Cfr. FURET, Francois: Pensar la Revolución
Francesa, Barcelona, Ed. Petrel, 1980. Especialmente el capítulo: «Agustín
Cochin: La teoría del jacobinismo».
[4] El desarrollo pormenorizado de las razones que
justifican las medidas propuestas en estos tres campos puede encontrarse en
nuestros libros: Hispanoamérica contra Occidente, Madrid, Barbarroja,
1996; Ensayos de Disenso, Barcelona, Nueva República, 1999; y en
Metapolítica y Filosofía, Buenos Aires, Theoría, 2002.
|