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Altar Mayor - Nº 97 (13)
Tuesday, 18 January a las 12:51:06

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

EL GLOBO DE LA ALDEA
Por
Alfredo Amestoy [1]

Empezaré por el final, que es lo que hago últimamente. Quizás porque hay que aprender de Napoleón que quedó sorprendido y confuso al observar cómo comíamos en España nuestros cocidos de tres vuelcos: primero, la sopa; luego, las legumbres y, por último, las carnes.

Consideró que el orden correcto, al menos el racional, era el inverso. Lo primero, la carne... Por si acaso. Había que ingerir lo más sustancioso y estar bien alimentado en previsión de que se presentara el enemigo y se tuviese que interrumpir la comida.

El cocido maragato, que siguió esta sabia rectificación napoleónica, es el único que hoy, todavía, cumple la ordenanza.

El final, a donde luego querría llegar, es que la última utopía de nuestro tiempo se llama «globalización» y que, como toda utopía, etimológicamente «lo que no existe», la globalización es una quimera. Vieja quimera actualizada por Marchall McLuhan, un teórico canadiense autor también de un axioma, menos discutible pero sí muy opinable. Este axioma afirma que «el medio es el mensaje», y ha dado origen a mil tesis sobre los soportes, los hard y software.

Muerto en los años ochenta del pasado siglo, McLuhan ha sido corregido, y aumentado, por otros profetas como Humberto Ecco. Hermetista, además de profeta, Ecco ya se muestra bastante pesimista sobre soluciones mágicas, sean «griales», péndulos o lámparas de Aladino.

Que el mundo no era tan grande fue una convicción tras el descubrimiento de América. Y para Marco Polo, claro, que el mundo era un pañuelo. Otros que no fueron tan viajeros, también redujeron el planeta a proporciones más humanas.
 

Unamuno, convence pero no vence

Unamuno, que no viajó a América, aunque publicó miles de artículos en la Prensa de aquel continente, creó una metáfora de la globalidad llevado por el amor a su villa natal, a la que quería casi tanto como a Salamanca: «El mundo es como un Bilbao más grande». O, lo que es lo mismo, «Bilbao es como el mundo en pequeño».

Las frases de don Miguel nunca se han interpretado bien. Muchas, incluso, se le atribuyen sin haber sido su autor. No hace mucho una importante mandataria atribuyó en público a Unamuno el «Decíamos ayer...» que Fray Luis de León pronunció en Salamanca. Tal es el prestigio de mi paisano y tal es la ignorancia de algunas de nuestras ministras y alcaldesas.

Cierto es que el «Decíamos ayer...» podía ser de Miguel de Unamuno, siempre tan irónico, como cuando hizo la tan mal interpretada afirmación de «Que inventen ellos».

Por su ironía y por su indudable originalidad, más propia de Bernard Shaw, sería la definición unamuniana del amor; evidentemente del amor conyugal: «amor es confundir en la cama el muslo de nuestra mujer con el nuestro», o «tocar a nuestra mujer el muslo y creer que es el nuestro».

No me negarán que la definición es original y sorprende pertenezca al grave y serio intelectual, esposo amantísimo y menos libertino que otros catedráticos de latín y griego, especialistas para más INRI y A.M.D.G en la literatura de nuestros místicos.

Hay otras frases del rector que debían ser menos celebradas y mejor analizadas. La de «venceréis pero no convenceréis», hay que reconocer que es una «boutade». Ahora que todo el mundo está contra la guerra, hasta el punto de que está peor vista que el terrorismo, comprobamos que vencer casi nunca implica convencer. Y pienso que los contendientes no lo suelen pretender ni antes, ni durante, ni después de las guerras, donde el único propósito es vencer. Con este exclusivo objeto se hacen las guerras. Incluso las que se mantienen en «campo de plumas». ¿Por qué? Porque las razones que se utilizan para «convencer» han fracasado antes de tomar las armas.

¿Que hay muchas clases de victorias...? ¡Claro que sí! Hasta en los Toros se valoran los éxitos por el número y el tipo de trofeos. No es lo mismo cortar el rabo que las orejas. O la ovación que «ovación y vuelta». Que, por cierto, la ovación no es término taurino sino militar. Procede, como se sabe, de la corona oval que recibía al volver a casa el general romano victorioso. La ovación, con la corona y el sacrificio de la oveja, era el premio para una pequeña victoria; no necesariamente «pírrica». Cuando la victoria era más rotunda e importante, el premio consistía en pasar por debajo del arco triunfal. Entrada sobre el carro, no a pie ni a caballo. Y sacrificio de buey en vez de oveja...

Como se ve la tauromaquia conserva ritos que hasta los ejércitos han perdido. Los generales del Imperio del siglo XXI se alejan cada vez más de la liturgia, quizás también de las maneras, del primer Imperio que hubo en Occidente, precursor de la idea globalizadora del poder, de la cultura y de la civilización.
 

La relatividad de tamaños, tiempos y distancias

Después de Roma y de su «aldea global», no sólo mediterránea sino continental europea, puesto que se extendía desde Asia Menor hasta las Islas Británicas..., hasta el «finis terrae», hasta el «non plus ultra», los intentos español e inglés pusieron las bases, qué duda cabe, para que los Estados Unidos, quizás con la colaboración del Japón, más que de la propia Europa, hayan promovido, y casi logrado, la «globalización» de la aldea y quizás la «aldeanización» del globo.

Como todo es un cuento... -bueno, los cuentos son chinos, como los proverbios son árabes, las máximas son francesas, los refranes son españoles y los adagios son latinos- recuerdo algo que no es un cuento pero que viene a cuento. A cuento de los generales romanos y de su relación con la tauromaquia.

Me refiero a la forma en que tras la victoria entraban en la ciudad. Unos a pie o a caballo. Otros, montados en carros, pasando bajo los arcos triunfales.

¿Qué es la «puerta grande», por donde salen los toreros y, tras la batalla en el coso, vuelven a la ciudad, sino un arco triunfal? No van sobre carros triunfales los toreros sino a hombros... Los toreros van como ya no van ni los Reyes ni los Papas, que tuvieron que abandonar las andas y la «silla gestatoria».

Los toreros triunfadores salen de la plaza a hombros de unos «gestatores» que, para colmo, son conocidos en el planeta de los toros como «capitalistas». Otra paradoja y gran ironía que los obreros menos cualificados de la fiesta se llamen «capitalistas». Pero así son las cosas en la tauromaquia que no llama a su pequeño mundo «la aldea de los toros» sino «el planeta de los toros», avalando el hecho de que las aldeas quieren ser mundiales, universales, y, si les dejaran, cósmicas o... !galácticas!

Pero estábamos con el cuento del torero «a hombros». ¿Por qué?

Muy sencillo. Porque la figura del torero a hombros nos conduce a un tiempo en que las distancias en la ciudad se median de otra forma. La ciudad era, curiosamente, más aldea y más global.

Hace sólo setenta u ochenta años, en Madrid un torero era llevado a hombros desde la Plaza de las Ventas a su casa o a su hotel, sin que esa distancia de dos o tres kilómetros pareciera a nadie excesiva.

Hoy en Madrid, en Logroño, o en Almendralejo, hay gente que utiliza el coche para cubrir una distancia de quinientos metros.

Como hay que hablar de lo que uno ha visto y mejor conoce, uno, de joven, alcanzó a ver llegar caminando a Bilbao a las sardineras de Santurce que está a trece kilómetros de la capital vizcaína. E iban cargadas con una cesta de diez o doce kilos de pescado en la cabeza. No eran la excepción. Como ellas, también la mayoría de las lecheras que venían de los caseríos hacían todas las mañanas, con sus cantimploras sobre los borricos, dos o tres leguas, diez o quince kilómetros.

¿Qué significa esto? Que al modificarse el transporte se han modificado las distancias y se han alterado todas las magnitudes y, también, los tamaños. El mundo es más pequeño y, pregunto, ¿la aldea es más grande?
 

Lo global, más virtual que real

No hago afirmación alguna. Me parece todo tan paradójico, que cada vez pertenezco más al mundo de los perplejos, que como Feijoo, el más grande de nuestros ilustrados «avant la lettre», no pueden formular teoremas sino plantear ecuaciones.

Las distancias son longitudes, no extensiones; como el peso varía según las densidades.

No ya en el «siglo de oro», en el que Cervantes, Lope, Calderón y Quevedo se movieron en Madrid en una extensión no superior a veinte hectáreas, veinte campos de fútbol, sino en el siglo XVIII, en la calle de la Montera, de menos de cien metros, se concentraba más talento y actividad creadora que hoy en los dos kilómetros de la Gran Vía o en los siete del Paseo de la Castellana.

Huelga recordar que la Atenas de Pericles tenía menos de cincuenta mil habitantes. Censo que no superaron el Toledo Imperial, el París que funda la Sorbona o la Venecia del Dux.

Difícil de evaluar la proporción entre tamaño y eficiencia. La dimensión de las cosas -ahí están como lección permanente la Torre de Babel o las Torres Gemelas de Nueva York- es nuestra secular obsesión y dicen que la causa de todos nuestros males. Ahora vuelve a constituir preocupación obsesiva la innecesaria globalización de la aldea y la creación de una Europa artificial y artificiosa.

Pero volvamos a nuestra ciudad «testigo» y «laboratorio», a Madrid. Estamos en los años treinta del pasado siglo. La aldea de un millón de habitantes era para todos «un mundo», pero asequible y a su alcance, incluso para jóvenes inquietos que habían llegado de provincias, como el gallego Julio Camba o el catalán Joseph Pla que coinciden, y por eso lo reseño, en que diariamente, entre la anochecida y la medianoche, además de cenar fuera de casa, iban a un espectáculo, asistían a varias tertulias y visitaban tres o cuatro periódicos; sin contar los suyos donde entregaban sus colaboraciones. Parece un milagro que fueran posible esta reducción del espacio y esta dilatación del tiempo.

A no ser que el tiempo dependa de la distancia en las coordenadas cartesianas que regirían nuestras vidas.

Voy a referirme, por no salir de Madrid a un lugar que conoce todo el mundo: el barrio de Chamartín.

Hace menos de ochenta años la gente de Madrid cerraba sus casas e iban a pasar el verano a los chalets que habían construido en aquel paraje. Chamartín estaba entonces a una distancia «virtual» igual o superior a la que para un madrileño hoy está «la costa». Y estamos hablando de no más de ocho kilómetros que son los que separan la Puerta del Sol del Estadio Bemabeu.

Pues bien, tratándose de ocho o de diez kilómetros es curioso y sorprendente cómo Napoleón se queda allí, en los altos de Chamartín, y no llega a entrar en Madrid. Esa es otra; le bastó con olfatear la situación. No necesitó ver sino oler... u oír.

Oír los sonidos que llegan del patio de butacas les suele bastar a muchos autores para colegir cómo marcha la representación en un estreno.

Sirva este dato para que valoremos la importancia de las propias percepciones, casi barruntos, sobre otros índices que hoy nos llegan a través del ordenador; simultáneos, en directo, pero tan poco reales, tan virtuales que algunos analistas y no pocos científicos, empiezan a desestimarlos. Como hay gente que renuncia, por los riesgos que ofrece, la videoconferencia en los negocios o el telediagnóstico en medicina.

Del mismo modo que la famosa relación «calidad-precio», la relación «velocidad-eficacia» se empezará a aplicar pronto en muchas actividades y no será el avión «Concorde» la última víctima.

No hay valores más aleatorios que el tiempo y la distancia. Europa para César, Napoleón o Hitler fue una aldea. Como para Felipe II, Europa era un egido de San Lorenzo de El Escorial. No ha mucho se ha descubierto que durante varios años el hombre en cuyos dominios no se ponía el sol se comunicaba todos los meses con su amigo Andrea Doria. Los correos reventaban caballos yendo y viniendo como si Génova fuera Valladolid.

Y para Felipe II lo era. Para él Europa -como para Unamuno Bilbao- era un San Lorenzo más grande.

Hacía ya más de cincuenta años que en el escudo de un español, Juan Sebastián Elcano, figuraba el moto que le había concedido el emperador Carlos. «Primus circumdediste me». Ya entonces el hombre empezó a sospechar lo que hoy es una realidad: que el globo era una aldea.



[1] Alfredo Amestoy es periodista, escritor y presentador de televisión.


 
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