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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
EUROPA, ¿A LA VISTA?
Por Juan Velarde Fuertes [1]
Conviene comenzar cualquier análisis sobre Europa y España indicando que, a
pesar de que se hizo una muy mala negociación para el ingreso comunitario de
nuestro país en 1985 –aún se sienten sus coletazos en la pesca o en los
productos hortofrutícolas-, lo cierto es que el fortísimo desarrollo económico
habido desde 1985 no se hubiera originado en absoluto sin nuestra incorporación
a Europa. Además, en el conjunto de «los quince» que han constituido la Unión
Europea hasta el 2 de mayo de 2004, destaca España como se observa en el cuadro
I -se elimina a Luxemburgo porque su pequeño tamaño no le hace representativo, y
se añaden, como referencias fundamentales, por tratarse de las otras dos grandes
potencias que, con la UE, constituyen el gran triángulo de la economía mundial,
a Estados Unidos y Japón-, por ser uno de los más fuertes el avance de nuestra
economía. Por eso España se ha modernizado de modo espectacular y se encuentra
al borde de la convergencia con la media de esos quince países (Cuadro II).
Exactamente, en el año 1988, cuando concluyó la etapa de reajuste en el ámbito
comunitario, España tenía un 74’35% de la media comunitaria de los «quince», y
en el año 2003, un 87’38% medidos ambos porcentajes como Producto Interior Bruto
a precios de mercado por habitante, en paridad de poder de compra. Eso significa
que históricamente, estamos a punto de alcanzar una paridad económica con la
Europa rica que, según Angus Maddison, no teníamos desde el año 1600, espléndida
herencia del recién muerto Felipe II (Cuadro III).
Cuadro I
| Incremento porcentual del PIB por habitante en el periodo
1985-2003 |
| Número de orden |
País |
Porcentaje de incremento |
| 1 |
Irlanda |
255’25 |
| 2 |
Portugal |
155’09 |
| 3 |
España |
148’98 |
| 4 |
Reino Unido |
133’24 |
| 5 |
Grecia |
110’30 |
| 6 |
Estados Unidos |
109’53 |
| 7 |
Holanda |
109’20 |
| 8 |
Japón |
108’70 |
| 9 |
Bélgica |
106’35 |
| 10 |
Austria |
103’65 |
| 11 |
Francia |
102’20 |
| 12 |
Italia |
96’26 |
| 13 |
Dinamarca |
95’09 |
| 14 |
Finlandia |
94’06 |
| 15 |
Suecia |
84’19 |
| 16 |
Alemania |
66’44 |
| Según Angus Maddison y Eurostat, y elaboración propia |
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Cuadro II
| La marcha de la convergencia española (Porcentajes del
PIB por habitante de España respecto al PIB por habitante de doce
países) |
| País |
1985 |
2003 |
| Alemania |
64’21 |
88,28 |
| Austria |
65’88 |
78’75 |
| Bélgica |
64’91 |
81’77 |
| Dinamarca |
55’92 |
77’92 |
| Estados Unidos |
46’93 |
61’83 |
| Finlandia |
60’43 |
86’47 |
| Francia |
61’14 |
83’96 |
| Holanda |
63’61 |
79’80 |
| Italia |
68’97 |
88’99 |
| Japón |
63’41 |
83’48 |
| Reino Unido |
68’63 |
80’24 |
| Suecia |
60’05 |
83’55 |
| Según Eurostat y Angus Maddison, y elaboración propia |
Cuadro III
| Convergencia histórica de España respecto a los doce países
europeos más ricos e importantes* (Porcentaje de los
respectivos PIB por habitante) |
| Años |
Convergencia |
Años |
Convergencia |
| 1500 |
82’83 |
1920 |
65’87 |
| 1600 |
93’72 |
1930 |
61’09 |
| 1700 |
82’58 |
1940 |
41’73 |
| 1820 |
80’96 |
1950 |
43’69 |
| 1850 |
64’96 |
1960 |
40’38 |
| 1870 |
57’81 |
1970 |
57’66 |
| 1880 |
71’63 |
1980 |
65’47 |
| 1890 |
61’45 |
1990 |
71’45 |
| 1900 |
58’04 |
2000 |
77’09 |
| 1910 |
56’07 |
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| Según Angus Maddison y elaboración propia. *Se trata de Alemania,
Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Italia, Noruega,
Reino Unidos, Suecia y Suiza |
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Si aún no nos hubiéramos incorporado a Europa en estos momentos, andaríamos
por niveles de renta análogos a los de los pueblos denominados «en vías de
desarrollo», ese eufemismo que se aplica a los países que, efectivamente, se
desarrollan muy poco. Hubiera sido una irresponsabilidad no acometer esa
política que, por cierto, tuvo un impacto grande en la evolución posterior, como
consecuencia de la garrafal equivocación española –amparada por Gual Villalba y
secundada por la inmensa mayoría del Gobierno en 1960- de no aceptar una mano
tendida por Bruselas que hubiera podido muy probablemente incorporarnos como
séptimo miembro comunitario. Esto convirtió en necesario el cumplimiento de la
posterior «recomendación Birkelbach», o lo que es igual, exigió cambiar el
régimen político. Otra cosa es que la perpetuación del anterior, era ya
imposible, porque como nos probó Chaunu para Francia, y como se percibe en todos
los países, las rentas altas buscan que los ciudadanos exijan más libertad y,
con ella, más capacidad para regir sus asuntos propios. A su vez, las
situaciones liberaldemocráticas son más capaces, a largo plazo, no a corto, que
las autoritarias, para promover el desarrollo económico. Amartya Sen, Premio
Nobel de Economía ha hecho sobre todo esto precisiones importantes.
El problema es que la Unión Europea, que llevó aceptablemente bien a cabo la
unión arancelaria; que ha sabido ampliarse; que ha puesto en marcha una unión
monetaria cuyo éxito se comprueba con la fortaleza del euro frente al dólar,
parece desorientada ante la cuestión de la unión política. El Acuerdo
constitucional –naturalmente, no la Constitución, porque una Constitución es
otra cosa- recientemente aprobado, y que inicia una carrera probablemente
procelosa, comienza por no saber resolver la cuestión económica básica del
futuro europeo. En pocas palabras, éste exige la existencia de un triángulo
constituido, en primer lugar por una economía con fuerte desarrollo, muy
competitiva y abierta. Los puntales básicos y fundacionales son las seis
naciones que, de algún modo, reproducen el Imperio de Carlomagno, Francia,
Alemania, Austria, Italia, Holanda y Bélgica. Al final del primer trimestre de
2004, en tasa anual, Alemania ve que su PIB sólo crece un 1’5%; Austria, un
0’5%; Francia, un 1’7%; Italia, un 0’8%; Holanda, un 0’9%, y Bélgica, un 2%. En
la misma fecha el crecimiento del PIB norteamericano es de un 4’8%. En el
Compromiso de Lisboa se hicieron enfáticas declaraciones sobre el desarrollo
tecnológico, la productividad y el crecimiento que se aprestaba a tener el mundo
comunitario, encabezado por este conjunto centroeuropeo, que se iba a convertir
en el año 2010 en el más competitivo del mundo. El fracaso ya es visible.
El segundo lado del triángulo europeo es el del equilibrio macroeconómico. El
incumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento es palpable. Según prevé
la OCDE, este año 2004 se saldará con un déficit presupuestario francés, del
3’8%, con uno alemán del 3’7%, con uno italiano del 3’1%, y con uno británico
del 2’9%. Si los grandes incumplen de este escandaloso modo las normas
comunitarias, derivadas nada menos que de los viejos Acuerdos de Maastricht,
¿qué queda de este componente del triángulo básico comunitario?
En cambio, el tercer lado, el de la cohesión social sí funciona bien. El
Estado de Bienestar es uno de los orgullos del mundo comunitario. Sin embargo
conviene no tirar cohetes con rapidez. En sus recientes declaraciones a
Capital de julio de 2004, Xavier Sala i Martin, al que acaba de concedérsele
el Premio Rey Juan Carlos I de Economía, señala sobre este Estado de Bienestar
europeo: «Tenemos hospitales y escuelas gratis... pagados a través de impuestos
y no de precios. El problema es que eso es insostenible. Por lo tanto pronto va
a venir la derrota en ese campo, porque no vamos a poder pagar ese gran Estado
de Bienestar».
Las ratificaciones a esto son continuas. Sin ir más lejos, echo mano del
periódico galo de negocios Les Echos de 9/10 de julio de 2003. Se lee en
él que en Francia, en el Senado, durante el debate de orientación del
presupuesto, Nicolás Sarkozy acaba de admitir que «piénsese lo que se piense, no
tenemos medios para financiar la jornada de 35 horas». En el mismo ejemplar, y
sobre el creciente gasto del seguro de enfermedad galo, Xavier Bertrand,
secretario de Estado del Seguro de Enfermedad, se ha referido a una «oleada de
gastos que amenaza con la implosión del sistema». Simultáneamente en el tiempo,
Michael Rogowski, el presidente de la BDI –la CEOE alemana, para entendernos-
acaba de afirmar que, para evitar una fuerte deslocalización industrial en
Alemania, es preciso seguir los pasos del acuerdo de Siemens, que ha aumentado
la semana laboral de las 35 horas logradas desde 1995 por la potente central
sindical IG Metall, a las 40 horas sin que se incremente el salario y, añade, en
unas declaraciones a la Neue Osnabrücker Zeintung que «no sería
intolerable que los alemanes, en adelante, tengan cinco semanas de vacaciones
pagadas por año, en vez de las seis actuales». Compárese a los 12 días de
vacaciones en Norteamérica.
Ese triángulo fundamental que hace agua por todas partes se complementa con
otras tensiones importantes. Por una parte, la Unión Europea, en solitario, se
ha adentrado en el muy discutible terreno del cumplimiento del Protocolo de
Kioto. Dejemos a un lado sus endebles fundamentos científicos, pero al quedarse
la Unión Europea sin ningún acompañamiento en este asunto, es difícil que nos
podamos olvidar lo que Álvaro Nieto expone bajo el título de La patronal
europea vaticina un desastre económico si se aplica Kioto en La Gaceta de
los Negocios de 9 de julio de 2004. Ahí se informa lo que señaló el 8 de
julio de 2004 en Bruselas Jürgen Strube, presidente de la Unice, la patronal
comunitaria: «Si la Unión Europea aplica Kioto de forma unilateral, las tan
temidas deslocalizaciones se multiplicarán porque, ante las dificultades para
producir en suelo comunitario, las factorías se trasladarán a donde sea más
barato contaminar».
Además, la Unión Europea no ofrece claridad por lo que se refiere a su
expansión futura, una vez alcanzada la cifra de 27 miembros, al incorporarse
Rumanía y Bulgaria. Por una parte se encuentra la Marcha hacia el Este. ¿Qué va
a suceder con la Federación de Rusia y sus satélites, con Ucrania, con
Bielorrusia? Esto supondrá poner sobre el tapete que la UE pasaría a ser
fronteriza de China y que se asomaría al Pacífico. Asimismo, ¿qué va a ocurrir
con Turquía y con Israel, que parecen tener voluntad de incorporación al mundo
comunitario? Esto significa que la Unión Europea se zambulle de pleno en los
problemas del Oriente Medio. ¿Qué política mediterránea y con el norte de
África, de Marruecos a Egipto, se va a practicar en estos momentos delicadísimos
de auge del fundamentalismo musulmán? ¿Y qué hacer en el Atlántico? Más de una
vez se ha hablado de la necesidad de un acuerdo de libre comercio entre los
países del Tratado de Libre Comercio (TLC) –el encabezado por Estados Unidos,
México y Canadá, que tiende a prolongarse por la región iberoamericana-, y la
Unión Europea. Todo esto, automáticamente, repercutirá en la conformación y
eficacia de la OTAN. ¿Qué va a acontecer con los restos –encabezados por Noruega
y Suiza- de la vieja Asociación Europea de Comercio Libre (EFTA)? ¿Y qué con los
pueblos APC, esto es, los de África, Caribe y Pacífico vinculados a la Unión
Europea por los sucesivos Acuerdos de Lomé? ¿Y se va a plantear algo, al margen
del TLC, con Iberoamérica? Y, en relación con todo esto, ¿cuál será el futuro de
la Política Agrícola Común (PAC)?
Como fondo se encuentra una cuestión doble. Es la primera, la de quién manda
en Europa, si sola Alemania, si sola Francia, si ambas en una diarquía, o si
existe otro grupo especialmente influyente al que pudiera adherirse España. Y la
segunda es qué Europa se pretende construir. La pregunta es congruente. Los
viejos padres fundadores –Adenauer, Schuman y De Gasperi, democristianos, y
Spaak, socialdemócrata- le dieron a la Europa comunitaria una orientación básica
que no parece ser la actual. El debate sobre la alusión al cristianismo en el
Acuerdo Constitucional, hubiera sido conducido de un modo diferente hace ahora
medio siglo. La influencia de España, unida a algunos de los nuevos llegados,
puede ser muy importante en estos momentos. Pero, última interrogación, ¿lo va a
intentar siquiera? Si no se comienza a soñar otra Europa, y en España fueron
adelantados en este sueño Ortega y Gasset y Unamuno, y si nuestros políticos
pasan a sentirse cómodos con una simple postura de satélites de los que
actualmente dirigen la Unión Europea, veremos cómo Europa, como empresa, se
esfuma para nuestros compatriotas. No será esto sin daño colectivo.
[1] Juan Velarde Fuertes es catedrático, académico
de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Premio Príncipe de España
de Economía.
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