|
REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
LA RESPONSABILIDAD DEL EUROPA
Por Mario Caponnetto [1]
Eres responsable de tu rosa
Saint Exupéry
Introducción
Las relaciones de Europa con América -y me refiero particularmente a las de
España con Hispanoamérica- suelen no ser bien entendidas. Aquende y allende la
Mar. Allá campea, por lo general, un desconocimiento de la realidad americana
cuando no, sencillamente, una indiferencia casi completa por cuanto sucedió y
sucede en esta parte del mundo. Aquí, ciertos arrebatos «americanistas» se
empeñan en separar lo que la Historia ha unido en afanosa búsqueda de una
«identidad latinoamericana» que no existe. Dejo expresamente fuera de
consideración los absurdos indigenistas (que tanto se han dejado oír en estos
días, en los que escribo esta nota, de mediados de octubre, cercanos al
aniversario del Descubrimiento) pues no la merecen porque no son sino eso,
absurdos cuando no meras ideologías promovidas por los agentes de la destrucción
de estas desdichadas naciones nuestras.
Por cierto que los americanos esperamos siempre algo de Europa, en
menor o mayor medida, en sentidos a veces diversos y aún opuestos. Europa, por
su parte, no parece estar dispuesta, al día de hoy, a atender y a responder las
expectativas americanas. Por fortuna, en la «otra orilla», los espíritus más
lúcidos han captado esta falta de disposición de Europa y, en consecuencia,
reclaman que ella asuma su responsabilidad. La Iglesia está a la vanguardia en
este punto. La Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa ya advierte la
necesidad de reconquistar el espíritu misionero que otrora caracterizó al Viejo
Mundo [2]. Pero, con ser lo más importante,
esta responsabilidad misional no agota la total responsabilidad de
Europa; antes bien, ella es el presupuesto remoto de otras
responsabilidades más próximas y que aparecen como las más exigibles. Las cosas,
empero, no son nada fáciles y se impone, en consecuencia, alguna reflexión. Este
es el propósito de las líneas que siguen aunque he de advertir que puesto que no
soy ni historiador, ni sociólogo, ni experto en política internacional sino tan
sólo un modesto aprendiz de filósofo, mi perspectiva será, más bien, filosófica,
es decir, intentará apuntar a las razones últimas de la responsabilidad de
Europa frente a América.
Un lazo religioso
Es evidente que si nos proponemos señalar alguna responsabilidad de
Europa respecto de América, en el futuro inmediato, resulta necesario,
previamente, un intento de comprensión de las relaciones o mejor, del lazo
invisible y firme que las une, pues esa responsabilidad no puede sino
inscribirse en el contexto de ese gran marco relacional. Esto significa, lo
primero, sortear una serie de dificultades que, de modo recurrente, han
entorpecido el camino de una verdadera comprensión. Estas dificultades, en
realidad, se resumen en una sola, a saber, un cierto espíritu -ayer
iluminista, hoy inmanentista y secularizante- que en la medida que se expande va
como oscureciendo la conciencia histórica de europeos y americanos y desviando
los caminos que conducen al futuro. Lo grave es que ese espíritu está logrando
la construcción de un Orden que, mirado sub especie aeternitatis, no es
sino la última expresión del viejo Regnum Hominis en su perpetua
enemistad contra la Civitas Dei. Y aquí está, como veremos, la clave de
nuestro problema.
¿Cuál es el vínculo, el lazo, que une a Europa y América? Sin duda, un
lazo histórico. Por cierto, no hay en América historia propiamente dicha
anterior a la llegada de Europa. América, antes del Descubrimiento, es muda y
nuda; es sólo el gran escenario vacío donde Europa va a inaugurar el tiempo
histórico [3]. Por su parte, el
Descubrimiento y la Conquista de América no son sino la gran expansión de la
historia europea y, en cierto modo, significan para ella la plenitud de los
tiempos.
Pero si no desentrañamos el sentido de la historia europea no estamos
diciendo nada. El lazo del que venimos hablando es, sobre todo y en esencia, un
hecho religioso. Resulta irrecusable, al menos que se tuerza malamente la
historia, que la Europa que descubrió y conquistó América es una Europa
cristiana, asomada a las puertas de la Modernidad, con su unidad religiosa
quebrada, todavía medieval en muchos aspectos de su existencia y, por ende,
ecuménica.
El drama religioso de la Europa del siglo XVI no sólo se trasladó a América:
la plasmó en su doble vertiente, la hispano católica y la anglosajona
protestante. Los conquistadores españoles trajeron la Fe renovada en Trento, los
ingleses la herejía calvinista. Unos plasmaron el Derecho de Gentes, los otros
la Gran Empresa del Destino Manifiesto. A fin de cuentas, lo que se discutió en
Trento, la doctrina de la predestinación, decidió el destino de América en uno u
otro sentido. Todavía hoy, la situación de conflicto político y económico entre
una y otra América responde, en definitiva, a esta matriz religiosa.
Vamos a esto: la Europa descubridora y conquistadora está animada de una
visión ecuménica y misiva. Es una Europa que se sale de sí misma. Como aquella
España de Carlos V que, al decir de Vives, exhibía al mundo de entonces «aparejo
de tal extensión y corpulencia, empeño de trascendencia tal y la sensación que
ocasiona tan profunda, que parece que España se arranca de su raigambre y de su
asiento» [4].
El contraste con la Europa de hoy no puede ser mayor.
Europa autista y desesperanzada
La Unión Europea es, sin lugar a dudas, un fenómeno único en la historia
contemporánea. Pero es un fenómeno dual pues mientras, por una parte, evidencia
una sorprendente vitalidad y una riquísima plasticidad, por otra, adviértense
signos inequívocos de un profundo cansancio, de un tedium vitae o
acedia como llamaban los clásicos a cierto estado del alma caracterizado por
una aguda tristeza frente a las cosas altas y aún divinas
[5].
Volvemos a la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa. Este notable
documento es la radiografía más exacta de la Europa de nuestros días que pueda
pedirse. El Papa pone el eje en la esperanza y tras recordar aquello de
Apocalipsis 1, 17 –18, No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que
vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo
las llaves de la Muerte y del Hades, escribe:
Esta palabra se dirige hoy también a las Iglesias en Europa,
afectadas a menudo por un oscurecimiento de la esperanza. En efecto, la
época que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo
desconcertante. Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin
esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay
numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio,
perturban el horizonte del Continente europeo que, «aun teniendo cuantiosos
signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más libre
y más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha
producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a menudo
desilusión (II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos,
Instrumentum laboris, n. 2: L'Osservatore Romano, 6 agosto 1999 -
Supl., pp. 2-3) [6].
Tras señalar este oscurecimiento de la esperanza, el Santo Padre sigue
hundiendo su escalpelo, sin concesiones. Enumera, así, como rasgos distintivos
de esta Europa en camino a su unidad política, económica, jurídica y cultural,
la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, acompañada de un
«agnosticismo práctico» y una indiferencia religiosa tal que da la impresión de
que muchos europeos viven una existencia «sin base espiritual» y se asemejan a
unos «herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la
historia»; un cierto miedo en afrontar el futuro por el que el porvenir
aparece vago e incierto y más se lo teme que se lo desea; una difusa
fragmentación de la existencia en la que prevalecen la soledad y las
divisiones; un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal con
grave daño para la amistad social que es el fundamento de toda convivencia
política [7].
Son signos muy graves. ¿Qué Europa podrá construirse si esta situación de
verdadero vaciamiento del alma europea no revierte? ¿Y qué responsabilidad podrá
asumir, frente a América y el mundo?
La misión ad gentes
Es evidente que revertir la situación que se acaba de reseñar es condición
previa para que Europa sea capaz de asumir sus responsabilidades. Si ella no se
encuentra a sí misma no es posible imaginar, siquiera, una Europa a la altura de
su responsabilidad histórica.
En el plano estrictamente eclesial, la misma Exhortación, reivindica
la misión ecuménica de Europa, la missio ad gentes:
«Un anuncio de Jesucristo y de su Evangelio que se limitara sólo al contexto
europeo mostraría síntomas de una preocupante falta de esperanza. La obra de
evangelización está animada por verdadera esperanza cristiana cuando se abre a
horizontes universales, que llevan a ofrecer gratis a todos lo que se ha
recibido también como don. La misión ad gentes se convierte así en
expresión de una Iglesia forjada por el Evangelio de la esperanza, que se
renueva y rejuvenece continuamente» [8].
Pero esta visión ecuménica, centrada en el Evangelio, se extiende
necesariamente al plano puramente temporal, se hace secular (que no secularista).
Por eso, más adelante, es el mismo Documento el que sostiene:
«Decir “Europa” debe querer decir “apertura”. Lo exige su propia historia, a
pesar de no estar exenta de experiencias y signos opuestos: En realidad, Europa
no es un territorio cerrado o aislado; se ha construido yendo, más allá de los
mares, al encuentro de otros pueblos, otras culturas y otras civilizaciones» (Carta
a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo de las Conferencias
episcopales de Europa, 16 octubre 2000, 7: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española, 27 octubre 2000, p. 2). Por eso debe ser un
Continente abierto y acogedor, que siga realizando en la actual
globalización no sólo formas de cooperación económica, sino también social y
cultural [...]: «Europa no puede encerrarse en sí misma. No puede ni debe
desinteresarse del resto del mundo; por el contrario, debe ser plenamente
consciente de que otros países y otros continentes esperan de ella iniciativas
audaces, para ofrecer a los pueblos más pobres los medios para su desarrollo y
su organización social, y para construir un mundo más justo y más fraterno» (Ibíd)
[9].
Los hombres de América aguardamos esas «iniciativas audaces»; nuestros
pueblos las necesitan para construir su propio futuro
[10].
España: ¿Hispanidad versus Europa?
Consideración aparte merece el caso de España. Al igual que nosotros,
hispanoamericanos, los españoles suelen, a menudo, mirar hacia Europa como si
ellos mismos no fuesen europeos y con un cierto «complejo de inferioridad» como
decía López Ibor. En este contexto, para muchos españoles afianzar los vínculos
con los antiguos reinos de España en América equivale a desertar de Europa.
Hace más de medio siglo, aquel gran hispanista que fue Osvaldo Lira vio este
fenómeno. En un recordado artículo, publicado en Madrid, en 1948, bajo el título
Hispanidad versus Europa, apuntaba precisamente a esto:
«En varias ocasiones hemos oído afirmar a personas de cierta responsabilidad
que la obra de acercamiento entre España y los antiguos reinos españoles de
América, emprendida por ciertos sectores espirituales de una y otra orilla del
Atlántico, equivaldría a una verdadera deserción por parte de la nación española
para con Europa. Se insiste en que España está en Europa y no en América, y que,
por consiguiente, es en Europa y no en América donde residen y deben custodiarse
sus más caros intereses» [11].
A lo que respondía a continuación:
«Que, al acercarse España a América, deserta de Europa –dicen– ¡Pero de qué
Europa! Porque si es de aquella que brota de la Reforma y que recibe su
consagración legal, que no legítima, en Westfalia, lo primero que se le ocurre
pensar a todo el que tenga conciencia clara de los fenómenos históricos, es que
de semejante Europa lo mejor es desertar»
[12].
No soy tan drástico. Pero España ha de entender que ella es Europa; y
si bien la totalidad de su destino no está, desde luego, en América, sí lo está
la plenitud de ese destino.
Americanos: herederos, no imitadores
Pero dicho esto, ¿qué espera o puede esperar, en concreto, Hispanoamérica de
Europa y, en especial de España? Hispanoamérica es una extensa geografía
habitada por cuatrocientos millones de seres humanos. Está fragmentada en más de
veinte naciones, muchas de ellas inviables, sin serio fundamento histórico,
nacidas, en muchos casos, a partir de las constantes intrigas anglosajonas que
durante todo el siglo XIX y buena parte del XX fueron un factor determinante de
la historia de estos pueblos. Sus instituciones políticas son, por lo general,
de importación angloamericana; se rigen por un Derecho ajeno a su idiosincrasia;
exhiben niveles alarmantes de corrupción, marginalidad y pobreza; están
agobiadas por el fenómeno recurrente del imperialismo político, económico y,
ahora, biológico; se agotan en interminables luchas intestinas... ¿A qué seguir?
En este panorama resulta muy difícil plantear la posibilidad de un futuro.
Tal futuro pasa, ante todo, por una verdadera regeneración de los pueblos
americanos. Y aquí se hace manifiesto el papel que Europa puede cumplir. Sin
duda, necesitamos de ella asistencia económica y tecnológica. Pero, por sobre
todo, necesitamos la herencia de Europa. Los americanos debemos recobrar
el sentido profundo de nuestro ser y de nuestra razón de ser: somos los
herederos de Europa. Herederos, no imitadores. La diferencia está en que el
heredero crea a partir de lo heredado mientras el imitador está expuesto,
siempre, al fraude, más o menos ingenioso, que toda copia lleva consigo.
Nuestro mal reside en que hemos procurado «parecernos» a Europa. Pero
parecernos a Europa es tarea vana. Cuanto antes comencemos a hacer fructificar
la herencia recibida más prestamente iremos superando nuestras dificultades.
Esta es nuestra responsabilidad. La de Europa es ser ella misma y permanecer
fiel a su irrenunciable misión ecuménica.
[1] Mario Caponnetto es Dr. en Medicina por la
Universidad de Buenos Aires y Dr. en Filosofía por la Universidad de Navarra,
cardiólogo y profesor de Ética y Antropología en Buenos Aires.
[2] Cf. juan pablo ii, Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia in Europa, 28 de junio de 2003, n. 64.
[3] Cf. nuestro trabajo Europa desde América, en
Altar Mayor, n. 84, Tomo 1, enero de 2003, pp. 121-128.
[4] Vives, Juan Luis: De concordia et discordia in
humano genere, Dedicatoria a Carlos V, Augusto Rey de las Españas. Versión
española de Riber, Lorenzo: Obras Completas, Tomo II, Aguilar, Madrid
1948, p. 78.
[5] Cf. aquino, Tomás de: De malo, q. XI, a. 1,
corpus.
[6] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica ..., o. c.,
n. 7.
[7] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica ..., o. c.,
n. 7 y 8.
[8] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica ..., o.c.,
n. 64.
[9] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica ..., o. c.,
n. 111.
[10] Es interesante, al respecto, un artículo de Alain
Touraine, publicado en la revista digital [A] Hora. com.do, en su edición
del 6 de octubre de 2003, titulado, precisamente, La responsabilidad de
Europa. Hablando del problema iraquí dice: «De aquí a finales de año, la
reunión de los jefes de Estado y de Gobierno europeos nos habrá aportado una
respuesta a la pregunta que nos concierne más directamente: ¿estamos decididos
de una vez por todas a no hacer nada, a dejar que los estadounidenses lo decidan
todo y a contentarnos con manifestar nuestro descontento en la calle, pero
cuidándonos mucho de no sacar ninguna consecuencia política de las
manifestaciones de la opinión pública?»
[11] Lira, osvaldo: SS CC, Hispanidad versus Europa,
en Alférez, octubre de 1948, Año II, n. 21, Madrid, p. 8.
[12] Ibidem.
|
|