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Altar Mayor - Nº 97 (07)
Tuesday, 18 January a las 13:10:00

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

Clausura
EL ORDEN MORAL
Por Luis Suárez Fernández [1]

Clausuramos las «XI Conversaciones en el Valle», una continuación de una tarea que a esta institución se encomendó hace ya muchos años. Fue una histórica visita la que realizó, por aquel tiempo, el Cardenal Roncali, que regresaba de París después de haber desempeñado la Nunciatura de aquella república y de haber cometido algunos errores en relación con España, con el régimen entonces imperante. Vino aquí, cuando todavía el Valle no era otra cosa que una obra en construcción. Aún no se había tomado la decisión definitiva de instalar una Comunidad de Benedictinos. Y le acompañaban dos personas de una enorme importancia: Don ángel Herrera Oria, el fundador del CEU, a la sazón Obispo de Málaga, y D. Alberto Martín Artajo, Ministro de Asuntos Exteriores. Y se produjo entonces, para alegría nuestra, lo que podríamos llamar el proceso de conversión: Roncali se dio cuenta de que por primera vez en la Historia de Europa había un monumento que no era a los vencedores, sino a las dos partes que habían tomado protagonismo en la Guerra Civil.

Fue entonces cuando nació una preocupación que ha estado presente en estas «XI Conversaciones» como ha estado en las anteriores. ¿Qué podemos hacer?, nos preguntamos constantemente. No es mucho, cierto, pero algo sí es posible. Lo que podemos es poner por escrito y dar fundamento a las consecuencias de aquello que constituye el pensamiento cristiano. Así como nació, dentro del Valle de los Caídos, una de las instituciones que en la transición ha sido prácticamente extinguida, pero de la que quedan dos aspectos fundamentales; una, cuando Roncali se convierte en Papa Juan XXIII no olvida la lección aprendida en estas breñas y envía aquí una reliquia de la Cruz de Cristo y una Bula que otorga, singularmente en España, la indulgencia plenaria que se lucra el día de Vieres Santo y que hasta hoy sigue siendo uno de los elementos fundamentales; del otro elemento queda lo que aquí en estos armarios vemos: el testimonio escrito de las conversaciones que se tuvieron ya entonces en el Valle. Y aquí viene la pregunta dramática: ¿por qué esto permanece en silencio, como en un catafalco, como si no tuviera nada que ver con la sociedad?

Yo no tengo más remedio que mostrarme muy duro. Agradezco a Milagrosa Romero que nos haya traído una visión de optimismo, pero ella tiene que perdonar que a mis ochenta años no tenga esa misma visión.

Por aquellos años sesenta, posteriores al Concilio, la Iglesia católica tomó una decisión que se venía gestando, por influencia francesa, desde mucho tiempo atrás. Tan tiempo atrás, que sectores importantes del catolicismo francés estuvieron a favor de la España roja y en contra de la España nacional, como si los mártires producidos en aquella contienda no tuvieran nada que ver con la Iglesia católica y sí, en cambio, lo que ellos llamaban el espíritu de libertad. Fue renunciar a lo que la Iglesia había venido defendiendo desde la época de Constantino hasta prácticamente el siglo XX: una relación estrecha entre Iglesia y Estado que no puede negarse nunca porque a fin de cuentas los católicos somos también súbditos de cada uno de los Estados. Y la libertad consiste en que podamos seguir siendo católicos cuando si se procede de distinta manera no lo podremos ser. En este momento no existe para nosotros esa libertad. Basta ver cómo se está presentando la Feria del Libro de Madrid o cualquier otro acontecimiento. El libo importante es el mayor insulto que se ha hecho a la figura de Cristo en la literatura universal hasta hoy: El Código Da Vinci, en donde se dice que San Juan es el hijo de Jesucristo y de María Magdalena en una unión prácticamente incestuosa o por lo menos fornicaría desde el punto de vista de la ley judía. Con eso está dicho todo. Y a la infanta que acompaña a su padre en la inauguración lo que le regalan es un libro de estampas de «La mala educación» del señor Almodóvar que es el gran injuriador de todo cuanto nosotros pensamos. Y este es un hecho que hay que aceptar.

¿Por qué la Iglesia llegó a ser grande? ¿Por qué el cristianismo llegó a identificarse con Europa? Porque en un determinado momento lo que se había establecido como norma fundamental es el sometimiento del Estado al orden moral. Ahora, al separar ambas cosas, al invertir los términos, el Estado independiente crea su propio orden moral y declara que los niños no tienen derecho a ser defendidos contra unos homosexuales que les adopten cuando ellos no tienen capacidad todavía de elección. Y les condena a muerte moral porque van a ser en el futuro los hijos de una pareja de homosexuales. Y crea además esa otra norma moral que consiste en manipular la esencia biológica del ser humano para llegar con pretextos a una manipulación que no sabemos hasta qué punto nos puede llevar.

He ahí la primera lección indudable que se desprende de lo que ya se habló el primer día: el orden constitucional europeo. Ese empeño que el señor Giscard d'Esteing -grado treinta y tres de la masonería- tiene de que no figure la menor mención al cristianismo, opción que ha triunfado gracias a que los cobardes españoles han entregado el poder al señor Zapatero. Porque si una Constitución nace, como quiere el señor Borrel, declarándose laica, no se está declarando neutral, no nos confundamos, se está declarando beligerante en contra de los valores trascendentales y de dignidad humana que lleva consigo el cristianismo.

Es indudable que hemos ido aumentando esta sensación de peligro. Quedó claro, en la intervención del General marchante, que hemos renunciado también no sólo al principio de la autoridad moral sometiendo el Estado al orden de valores éticos, objetivos que constituye la esencia de la naturaleza, sino que hemos renunciado también a nuestra propia defensa. Al retirar vergonzosa y cobardemente las tropas de Iraq, no con banderas desplegadas, como se hacia entonces -ya no estamos en Breda-, sino ocultamente, a escondidas para que el pueblo español se entere cuando ya están de vuelta, hemos prescindido de la barbacana que nos defendía de uno de los grandes peligros fundamentales que es el Islam. No cabe duda. ¿Qué pactos secretos ha llegado a adquirir el Gobierno con el Emir de Marruecos, Mohamed VI [2] (yo nunca le llamo rey porque no lo es. La monarquía, la realeza es una institución típicamente europea y no tenemos porqué armar confusión). No sabemos qué tipo de pactos hay. Pero es indudable, a través de todas las intervenciones, que ha quedado aquí bien claro que hay un indudable peligro hispánico. Porque ¿dónde está la fuerza del Islam? Mientras nosotros hemos renunciado absolutamente a que la autoridad tenga algo que ver con la religión y el Estado cree su propia religión agnóstica, el Islam no ha renunciado a eso sino que lo ha reforzado. Ahí está el gran peligro islámico, al cual, como ha sucedido en otras ocasiones de la historia, poderes políticos repartidos por diversos lugares ofrecen su colaboración porque piensan que a través de ella pueden obtener también sus propias victorias. El 11 de Marzo quedará como una de las fechas más importantes en la historia de Europa porque presenció un vuelco que se puede dar en una complicidad entre el Islam y lo que constituye hoy la izquierda. Es sumamente significativo que uno de los más relevantes comunistas españoles, Ignacio González, se haya convertido al Islam y esté reclamando ahora una absoluta igualdad de trato entre la Iglesia católica que abarca todavía doce o catorce millones de españoles, y el Islam que está representado por unos cuantos extranjeros y menos de cien mil de naturaleza española. Hemos afrontado, por consiguiente, todo este problema con mucho detenimiento.

Pero hemos afrontado también gracias a Milagrosa Romero el problema que el vacío cultural está provocando. Ella me ha dado dos ideas clave aunque no tienen una relación estrecha con lo que estaba explicando, pero me han servido como sugerencia: un nuevo 98.

¿Cuántos 98 ha vivido España? Antes hablábamos únicamente de 1898, la pérdida de las provincias ultramarinas (nunca fueron colonias, ya no eran reinos, los reinos se habían independizado, eran simplemente provincias). Mas no nos damos cuenta de que hay un proceso paulatino de desintegración de aquello que significaba España. Comenzó por una gran desgracia: 1498 muere Isabel, la reina de Portugal, la madre de Miguel, que no tardará en ir al sepulcro. Es el primer 98 triste. Se había conseguido algo fundamental: la coincidencia entre la monarquía católica española y la nación española, porque Portugal forma parte de la nación española, no es una nación aparte; hablar de una nación portuguesa no tiene sentido desde el punto de vista del historiador. Hay un Estado portugués, una estructura política portuguesa, pero eso no tiene nada que ver con el concepto de nación. Murió Isabel y se produjo el primer gran fenómeno negativo que don José Ortega y Gasset llamaba la desvertebración de España, la incorporación de España a programas que no eran nuestros. Nosotros somos la vía entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África, y nada más, pero no el imperio, no los Países Bajos. Sin embargo este efecto no fue tan duro como al principio se podía pensar, porque hubo un proceso de hispanización por parte de Carlos V y sobre todo por parte de Felipe II que no pudo lógicamente completar del todo.

viene el segundo 98, 1598, la muerte de Felipe II. A partir de ese momento empieza el primer retazo de ruptura dentro de lo que era la monarquía católica española.

Luego viene el tercer 98, 1698, la desaparición de los posibles herederos dentro de la casa de Habsburgo, con un rey enfermo que agoniza en El Escorial. y la corona pasa a la Casa de Borbón. Pero la Casa de Borbón era la descendiente de aquel Enrique IV que fuera quien más odio concibiera contra España. Recientemente hemos publicado el último libro de Gregorio Marañón sobre la expulsión de los moriscos que durante mucho tiempo hubo temor a publicar porque el Dr. Marañón defiende en él que la decisión de optar por la Casa de Borbón fue una de las medidas políticas más desacertadas que pudieron tomarse entonces.

Viene después 1798, cuando Godoy se entrega a Napoleón, y de ahí toda la consecuencia que viene después: la guerra civil, la destrucción, la independencia de América, la desintegración del Imperio, la reducción de España a unos límites sumamente estrechos.

Y llega el consabido 1898 y la pérdida de las provincias ultramarinas.

Y ya en nuestro tiempo nos encontramos con 1998, dicho por aproximación, con la desintegración de España que vuelve otra vez a vivir una época de taifas.

No cabe duda, esta perspectiva refleja pesimismo, lo siento en el alma. Sin embargo, aquí, a través de las «Conversaciones», nos hemos dado cuenta también de que hay motivos profundos para el optimismo. Pero entiéndase bien, para un optimismo en condiciones limitadas.

Porque la segunda idea que Milagrosa Romero me sugirió fue al hablar de antisemitismo. Sí, es verdad, estamos viviendo una nueva etapa de antisemitismo. Un fenómeno que poca gente ha podido percibir es el que se produjo con el retorno del pueblo de Israel a su tierra, apoyado por toda la izquierda europea, apoyado por lo que podríamos llamar el laicismo judío, que es el sionismo. Daba la impresión de que iba a surgir un nuevo estado, una nueva forma de vida, en donde la colectividad comunitaria, el kibbutz, fuese el elemento fundamental. Pero a los judíos que volvían les ocurrió prácticamente lo mismo que les ocurre a los cristianos cuando pisamos aquella tierra. Lo voy a decir con palabras que me dijo un buen amigo judíos: «Yo aquí he encontrado a Dios». Ese es el gran problema que hoy se está planteando: Israel no tiene una Constitución, Israel está abandonando poco a poco los kibbutz, Israel está prescindiendo de la gran fuerza que el socialismo representaba en los primeros años de su existencia para entrar en lo que el judaísmo es. Y se revela ante la izquierda que al principio tanto favoreció la creación del Estado de Israel, como un posible peligro no menor que el peligro que significa el cristianismo, porque afirma el sometimiento de la razón humana al orden ético de valores. En definitiva, lo que hoy viene a presentar como gran aportación hacia la cultura occidental es Maimónides y Martín Buber, me da igual, el siglo XII o el siglo XX, pero pensando ambos de una misma manera.

¿Qué podemos hacer? En un sistema como el que estamos viviendo tal vez no nos quede otro recurso que el de seguir afirmando nuestras ideas, seguir defendiendo la Verdad, que no es una construcción humana sino una revelación que Dios a través de Cristo nos ha servido, y que es lo único que nos puede hacer libres. No lo olvidemos. La mentira, que es lo que ahora está dominando, esclaviza; la verdad libera. Libertad no es independencia, libertad es cumplimiento del deber, libertad es, como juraban nuestros reyes medievales al comenzar su reinado, defensa de las leyes, fueros, cartas, privilegios, buenos usos, buenas costumbres, que son las libertades del reino. Porque fuera de eso no hay ninguna otra cosa. Lo estamos haciendo, al menos podemos tener la conciencia tranquila cuando llegue el momento de rendir cuentas supremas de que no hemos desmayado en este camino. Y con las escasas fuerzas de que disponemos.

Pero ¿qué deberíamos hacer? Para mí no cabe la menor duda: habría que llegar, para que las cosas cambiasen a fondo, para que el pesimismo fuera sustituido por el optimismo, a un restablecimiento de la situación como fue la España de los Reyes Católicos, es decir, aquella que somete todas las dimensiones políticas al poder moral. Y en eso es en lo que las personas de responsabilidad tienen la obligación de trabajar. A mí me produce no sólo escándalo, sino desánimo, cuando personas que son radicalmente católicas, al ocupar un puesto de poder, dejan a un lado las obligaciones morales y apelan a disculpas porque hay que mantener la Institución. ¿Mantener? Ni mantienen la Institución ni se mantienen ellos mismos. Ganan un plazo durante el cual están trabajando para crear los recurso patrimoniales que los que vienen después van a poder utilizar con abundancia. No hizo falta mucho, bastaron veinticuatro horas para que el Ejército español fuera cobardemente desmantelado; había sido quebrantado previamente, a lo largo de muchos años, y ya no era ni siquiera una sombra de lo que fue en tiempos pasados.

Es posible que la persecución abierta que ahora comienza permita una reacción positiva. Al menos la estamos viendo a través de la Conferencia Episcopal. Y termino recordando una frase del Corán que podemos hacer nuestra: «Dios arrienda el mundo a los valientes».



[1] Luis Suárez Fernández es Presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos

[2] El titulo que Mohamed VI emplea en sus documentos es «jefe de los creyentes», que es lo que verdaderamente a él le importa.


 
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