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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
Clausura
EL ORDEN MORAL
Por Luis Suárez Fernández [1]
Clausuramos las «XI Conversaciones en el Valle», una continuación de una
tarea que a esta institución se encomendó hace ya muchos años. Fue una histórica
visita la que realizó, por aquel tiempo, el Cardenal Roncali, que regresaba de
París después de haber desempeñado la Nunciatura de aquella república y de haber
cometido algunos errores en relación con España, con el régimen entonces
imperante. Vino aquí, cuando todavía el Valle no era otra cosa que una obra en
construcción. Aún no se había tomado la decisión definitiva de instalar una
Comunidad de Benedictinos. Y le acompañaban dos personas de una enorme
importancia: Don ángel Herrera Oria, el fundador del CEU, a la sazón Obispo de
Málaga, y D. Alberto Martín Artajo, Ministro de Asuntos Exteriores. Y se produjo
entonces, para alegría nuestra, lo que podríamos llamar el proceso de
conversión: Roncali se dio cuenta de que por primera vez en la Historia de
Europa había un monumento que no era a los vencedores, sino a las dos partes que
habían tomado protagonismo en la Guerra Civil.
Fue entonces cuando nació una preocupación que ha estado presente en estas «XI
Conversaciones» como ha estado en las anteriores. ¿Qué podemos hacer?, nos
preguntamos constantemente. No es mucho, cierto, pero algo sí es posible. Lo que
podemos es poner por escrito y dar fundamento a las consecuencias de aquello que
constituye el pensamiento cristiano. Así como nació, dentro del Valle de los
Caídos, una de las instituciones que en la transición ha sido prácticamente
extinguida, pero de la que quedan dos aspectos fundamentales; una, cuando
Roncali se convierte en Papa Juan XXIII no olvida la lección aprendida en estas
breñas y envía aquí una reliquia de la Cruz de Cristo y una Bula que otorga,
singularmente en España, la indulgencia plenaria que se lucra el día de Vieres
Santo y que hasta hoy sigue siendo uno de los elementos fundamentales; del otro
elemento queda lo que aquí en estos armarios vemos: el testimonio escrito de las
conversaciones que se tuvieron ya entonces en el Valle. Y aquí viene la pregunta
dramática: ¿por qué esto permanece en silencio, como en un catafalco, como si no
tuviera nada que ver con la sociedad?
Yo no tengo más remedio que mostrarme muy duro. Agradezco a Milagrosa Romero
que nos haya traído una visión de optimismo, pero ella tiene que perdonar que a
mis ochenta años no tenga esa misma visión.
Por aquellos años sesenta, posteriores al Concilio, la Iglesia católica tomó
una decisión que se venía gestando, por influencia francesa, desde mucho tiempo
atrás. Tan tiempo atrás, que sectores importantes del catolicismo francés
estuvieron a favor de la España roja y en contra de la España nacional, como si
los mártires producidos en aquella contienda no tuvieran nada que ver con la
Iglesia católica y sí, en cambio, lo que ellos llamaban el espíritu de libertad.
Fue renunciar a lo que la Iglesia había venido defendiendo desde la época de
Constantino hasta prácticamente el siglo XX: una relación estrecha entre Iglesia
y Estado que no puede negarse nunca porque a fin de cuentas los católicos somos
también súbditos de cada uno de los Estados. Y la libertad consiste en que
podamos seguir siendo católicos cuando si se procede de distinta manera no lo
podremos ser. En este momento no existe para nosotros esa libertad. Basta ver
cómo se está presentando la Feria del Libro de Madrid o cualquier otro
acontecimiento. El libo importante es el mayor insulto que se ha hecho a la
figura de Cristo en la literatura universal hasta hoy: El Código Da Vinci,
en donde se dice que San Juan es el hijo de Jesucristo y de María Magdalena en
una unión prácticamente incestuosa o por lo menos fornicaría desde el punto de
vista de la ley judía. Con eso está dicho todo. Y a la infanta que acompaña a su
padre en la inauguración lo que le regalan es un libro de estampas de «La mala
educación» del señor Almodóvar que es el gran injuriador de todo cuanto nosotros
pensamos. Y este es un hecho que hay que aceptar.
¿Por qué la Iglesia llegó a ser grande? ¿Por qué el cristianismo llegó a
identificarse con Europa? Porque en un determinado momento lo que se había
establecido como norma fundamental es el sometimiento del Estado al orden moral.
Ahora, al separar ambas cosas, al invertir los términos, el Estado independiente
crea su propio orden moral y declara que los niños no tienen derecho a ser
defendidos contra unos homosexuales que les adopten cuando ellos no tienen
capacidad todavía de elección. Y les condena a muerte moral porque van a ser en
el futuro los hijos de una pareja de homosexuales. Y crea además esa otra norma
moral que consiste en manipular la esencia biológica del ser humano para llegar
con pretextos a una manipulación que no sabemos hasta qué punto nos puede
llevar.
He ahí la primera lección indudable que se desprende de lo que ya se habló el
primer día: el orden constitucional europeo. Ese empeño que el señor Giscard
d'Esteing -grado treinta y tres de la masonería- tiene de que no figure la menor
mención al cristianismo, opción que ha triunfado gracias a que los cobardes
españoles han entregado el poder al señor Zapatero. Porque si una Constitución
nace, como quiere el señor Borrel, declarándose laica, no se está declarando
neutral, no nos confundamos, se está declarando beligerante en contra de los
valores trascendentales y de dignidad humana que lleva consigo el cristianismo.
Es indudable que hemos ido aumentando esta sensación de peligro. Quedó claro,
en la intervención del General marchante, que hemos renunciado también no sólo
al principio de la autoridad moral sometiendo el Estado al orden de valores
éticos, objetivos que constituye la esencia de la naturaleza, sino que hemos
renunciado también a nuestra propia defensa. Al retirar vergonzosa y
cobardemente las tropas de Iraq, no con banderas desplegadas, como se hacia
entonces -ya no estamos en Breda-, sino ocultamente, a escondidas para que el
pueblo español se entere cuando ya están de vuelta, hemos prescindido de la
barbacana que nos defendía de uno de los grandes peligros fundamentales que es
el Islam. No cabe duda. ¿Qué pactos secretos ha llegado a adquirir el Gobierno
con el Emir de Marruecos, Mohamed VI [2]
(yo nunca le llamo rey porque no lo es. La monarquía, la realeza es una
institución típicamente europea y no tenemos porqué armar confusión). No sabemos
qué tipo de pactos hay. Pero es indudable, a través de todas las intervenciones,
que ha quedado aquí bien claro que hay un indudable peligro hispánico. Porque
¿dónde está la fuerza del Islam? Mientras nosotros hemos renunciado
absolutamente a que la autoridad tenga algo que ver con la religión y el Estado
cree su propia religión agnóstica, el Islam no ha renunciado a eso sino que lo
ha reforzado. Ahí está el gran peligro islámico, al cual, como ha sucedido en
otras ocasiones de la historia, poderes políticos repartidos por diversos
lugares ofrecen su colaboración porque piensan que a través de ella pueden
obtener también sus propias victorias. El 11 de Marzo quedará como una de las
fechas más importantes en la historia de Europa porque presenció un vuelco que
se puede dar en una complicidad entre el Islam y lo que constituye hoy la
izquierda. Es sumamente significativo que uno de los más relevantes comunistas
españoles, Ignacio González, se haya convertido al Islam y esté reclamando ahora
una absoluta igualdad de trato entre la Iglesia católica que abarca todavía doce
o catorce millones de españoles, y el Islam que está representado por unos
cuantos extranjeros y menos de cien mil de naturaleza española. Hemos afrontado,
por consiguiente, todo este problema con mucho detenimiento.
Pero hemos afrontado también gracias a Milagrosa Romero el problema que el
vacío cultural está provocando. Ella me ha dado dos ideas clave aunque no tienen
una relación estrecha con lo que estaba explicando, pero me han servido como
sugerencia: un nuevo 98.
¿Cuántos 98 ha vivido España? Antes hablábamos únicamente de 1898, la pérdida
de las provincias ultramarinas (nunca fueron colonias, ya no eran reinos, los
reinos se habían independizado, eran simplemente provincias). Mas no nos damos
cuenta de que hay un proceso paulatino de desintegración de aquello que
significaba España. Comenzó por una gran desgracia: 1498 muere Isabel, la reina
de Portugal, la madre de Miguel, que no tardará en ir al sepulcro. Es el primer
98 triste. Se había conseguido algo fundamental: la coincidencia entre la
monarquía católica española y la nación española, porque Portugal forma parte de
la nación española, no es una nación aparte; hablar de una nación portuguesa no
tiene sentido desde el punto de vista del historiador. Hay un Estado portugués,
una estructura política portuguesa, pero eso no tiene nada que ver con el
concepto de nación. Murió Isabel y se produjo el primer gran fenómeno negativo
que don José Ortega y Gasset llamaba la desvertebración de España, la
incorporación de España a programas que no eran nuestros. Nosotros somos la vía
entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África, y nada más, pero no
el imperio, no los Países Bajos. Sin embargo este efecto no fue tan duro como al
principio se podía pensar, porque hubo un proceso de hispanización por parte de
Carlos V y sobre todo por parte de Felipe II que no pudo lógicamente completar
del todo.
viene el segundo 98, 1598, la muerte de Felipe II. A partir de ese momento
empieza el primer retazo de ruptura dentro de lo que era la monarquía católica
española.
Luego viene el tercer 98, 1698, la desaparición de los posibles herederos
dentro de la casa de Habsburgo, con un rey enfermo que agoniza en El Escorial. y
la corona pasa a la Casa de Borbón. Pero la Casa de Borbón era la descendiente
de aquel Enrique IV que fuera quien más odio concibiera contra España.
Recientemente hemos publicado el último libro de Gregorio Marañón sobre la
expulsión de los moriscos que durante mucho tiempo hubo temor a publicar porque
el Dr. Marañón defiende en él que la decisión de optar por la Casa de Borbón fue
una de las medidas políticas más desacertadas que pudieron tomarse entonces.
Viene después 1798, cuando Godoy se entrega a Napoleón, y de ahí toda la
consecuencia que viene después: la guerra civil, la destrucción, la
independencia de América, la desintegración del Imperio, la reducción de España
a unos límites sumamente estrechos.
Y llega el consabido 1898 y la pérdida de las provincias ultramarinas.
Y ya en nuestro tiempo nos encontramos con 1998, dicho por aproximación, con
la desintegración de España que vuelve otra vez a vivir una época de taifas.
No cabe duda, esta perspectiva refleja pesimismo, lo siento en el alma. Sin
embargo, aquí, a través de las «Conversaciones», nos hemos dado cuenta también
de que hay motivos profundos para el optimismo. Pero entiéndase bien, para un
optimismo en condiciones limitadas.
Porque la segunda idea que Milagrosa Romero me sugirió fue al hablar de
antisemitismo. Sí, es verdad, estamos viviendo una nueva etapa de antisemitismo.
Un fenómeno que poca gente ha podido percibir es el que se produjo con el
retorno del pueblo de Israel a su tierra, apoyado por toda la izquierda europea,
apoyado por lo que podríamos llamar el laicismo judío, que es el sionismo. Daba
la impresión de que iba a surgir un nuevo estado, una nueva forma de vida, en
donde la colectividad comunitaria, el kibbutz, fuese el elemento fundamental.
Pero a los judíos que volvían les ocurrió prácticamente lo mismo que les ocurre
a los cristianos cuando pisamos aquella tierra. Lo voy a decir con palabras que
me dijo un buen amigo judíos: «Yo aquí he encontrado a Dios». Ese es el gran
problema que hoy se está planteando: Israel no tiene una Constitución, Israel
está abandonando poco a poco los kibbutz, Israel está prescindiendo de la gran
fuerza que el socialismo representaba en los primeros años de su existencia para
entrar en lo que el judaísmo es. Y se revela ante la izquierda que al principio
tanto favoreció la creación del Estado de Israel, como un posible peligro no
menor que el peligro que significa el cristianismo, porque afirma el
sometimiento de la razón humana al orden ético de valores. En definitiva, lo que
hoy viene a presentar como gran aportación hacia la cultura occidental es
Maimónides y Martín Buber, me da igual, el siglo XII o el siglo XX, pero
pensando ambos de una misma manera.
¿Qué podemos hacer? En un sistema como el que estamos viviendo tal vez no nos
quede otro recurso que el de seguir afirmando nuestras ideas, seguir defendiendo
la Verdad, que no es una construcción humana sino una revelación que Dios a
través de Cristo nos ha servido, y que es lo único que nos puede hacer libres.
No lo olvidemos. La mentira, que es lo que ahora está dominando, esclaviza; la
verdad libera. Libertad no es independencia, libertad es cumplimiento del deber,
libertad es, como juraban nuestros reyes medievales al comenzar su reinado,
defensa de las leyes, fueros, cartas, privilegios, buenos usos, buenas
costumbres, que son las libertades del reino. Porque fuera de eso no hay ninguna
otra cosa. Lo estamos haciendo, al menos podemos tener la conciencia tranquila
cuando llegue el momento de rendir cuentas supremas de que no hemos desmayado en
este camino. Y con las escasas fuerzas de que disponemos.
Pero ¿qué deberíamos hacer? Para mí no cabe la menor duda: habría que llegar,
para que las cosas cambiasen a fondo, para que el pesimismo fuera sustituido por
el optimismo, a un restablecimiento de la situación como fue la España de los
Reyes Católicos, es decir, aquella que somete todas las dimensiones políticas al
poder moral. Y en eso es en lo que las personas de responsabilidad tienen la
obligación de trabajar. A mí me produce no sólo escándalo, sino desánimo, cuando
personas que son radicalmente católicas, al ocupar un puesto de poder, dejan a
un lado las obligaciones morales y apelan a disculpas porque hay que mantener la
Institución. ¿Mantener? Ni mantienen la Institución ni se mantienen ellos
mismos. Ganan un plazo durante el cual están trabajando para crear los recurso
patrimoniales que los que vienen después van a poder utilizar con abundancia. No
hizo falta mucho, bastaron veinticuatro horas para que el Ejército español fuera
cobardemente desmantelado; había sido quebrantado previamente, a lo largo de
muchos años, y ya no era ni siquiera una sombra de lo que fue en tiempos
pasados.
Es posible que la persecución abierta que ahora comienza permita una reacción
positiva. Al menos la estamos viendo a través de la Conferencia Episcopal. Y
termino recordando una frase del Corán que podemos hacer nuestra: «Dios arrienda
el mundo a los valientes».
[1] Luis Suárez Fernández es Presidente de la
Hermandad del Valle de los Caídos
[2] El titulo que Mohamed VI emplea en sus documentos es
«jefe de los creyentes», que es lo que verdaderamente a él le importa.
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