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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 106 – Marzo / Abril de 2006
ORÍGENES DEL PENSAMIENTO PROGRE
Por Pablo Molina
[1]
1. La revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo
Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional
Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a
partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta
del poder por la clase proletaria.
En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los
izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas),
adoptan la tesis contraria. Es necesario primero transformar radicalmente el
alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del
propio Gramsci, «como fruta madura». El gusto por la contracultura, el
antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y,
en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos
del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de
principios del siglo pasado.
A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban
que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado,
cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando
como resultado el triunfo de la revolución socialista.
En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones
económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una
mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el
hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus
profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la
dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la
revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.
Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo
contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de «ayudar» a la
historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su «gimnasia
revolucionaria», que las masas debían ir practicando para que el advenimiento
marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más
clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema
capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas
«contradicciones internas»); por el contrario, según Lenin, era necesario
colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las
dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del
poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.
Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial
empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la
oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el
continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de
forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías
dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La
tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental
capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución.
La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era
suficientemente explícita al respecto: «En caso de que la guerra llegase a
estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar
inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y
política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares
más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista».
Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un
completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia
organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los
socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron
mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes
para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes -al igual que
sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos-
votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra,
aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en
sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto
bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron
alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus
intereses de clase) dejando «la revolución» para otro momento. Los dirigentes
marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis
materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo
proletario.
Ni siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para
que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una
vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de
ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la
ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma
irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos
paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata
Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia).
Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la
«gimnasia» que ella misma pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue
precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada
a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más
tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente
aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para
acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de
organizar la revolución marxista en su nombre.
Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica
marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el
fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento
inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el
contrario.
Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición
violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las
circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba
en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los
medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta
que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura.
2. Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg
Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que
comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura
de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del «terrorismo cultural» según su propia
definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de
los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg,
principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se
encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas
para la subversión.
El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que
el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis,
percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como
sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo
regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia
política.
Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el
fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica
habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña
de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios
similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones
soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas
y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una
huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).
Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un
fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a
la que fue ajeno el resto de «tontos útiles» (Lenin dixit), que volvían de sus
visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –«la libertad
de crítica en la URSS es total», proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de
sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible
aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin
fin que provocaba entre la población.
Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber
perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en
la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el
alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La
propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de
organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida,
impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos
del marxismo.
Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y
horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder–
Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista
Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder
comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.
En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el
recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa
intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de
subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible
para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era
requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al
mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los
sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas
cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente.
Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para
comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de
este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a
través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras «quaderni» y
el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo
páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por
la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que,
dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.
Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario,
llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs,
además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve
dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la
cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs
–¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su
proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los
colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y
los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la
familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del
goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la
generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por
el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.
Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los
objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva,
modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo
que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos
fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas),
éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos
decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI,
y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución
acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas
universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos
precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara.
Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como
propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de
vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que
propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.
Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la
forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de
propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional
Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi
Münzenberg.
Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la
revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético
le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a
«racionalizar» las ideas revolucionarias– y Félix Dzerzhinsky –creador de la
Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror
revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de
propaganda en occidente.
Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy
sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En
esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda
naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético
sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas;
mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una
mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo
especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg
contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de
escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o
publicistas, de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy
Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a
esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que
el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que
empleaba en privado para definirlos: «El club de los inocentes».
Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer «multimedia» de la
Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio
o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión
del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la
estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por
parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder
socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos, cuya condición
empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular
empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de
la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los
que se nutre diariamente su parroquia.
Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la «agencia de noticias»,
que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa
como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de
espionaje en los países anfitriones.
Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de
Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán,
estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión
cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló
huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta
troupe de intelectuales concienciados.
3. El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse
A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros
compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación
Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los
sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una
escolástica marxista con la que emprender «el largo camino a través de las
instituciones».
Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer,
bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de
pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich
Fromm, y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse.
Todos ellos arribaron a EEUU huyendo del nazismo, encontrando calurosa acogida
en la Universidad de Columbia, Estado de Nueva York.
A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de
Francfort es el desarrollo de lo que se llamó «La Teoría Crítica». La crítica a
la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad
occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente
oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada
por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación. Los
medios producen una falsa cultura, con el objeto de apaciguar, reprimir y
entontecer a las masas, mediante la imposición de aberraciones conceptuales
tales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la
jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el
conservadurismo o la continencia sexual.
Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer
innumerables pecados: toda clase de genocidios contra el resto de las
civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje); mantener sojuzgados a
sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales,
etc.); y fomentar en los niños y adolescentes el nacimiento y desarrollo de todo
tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que
pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de
ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió
Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal
abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia
psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de
la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.
Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la
publicación del libro de Herbert Marcuse La tolerancia represiva, que
muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos.
Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a EEUU junto con los demás integrantes de
la escuela, pero a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a
ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos
ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre
los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la
rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el
amor y no la guerra».
En La tolerancia represiva, Marcuse construye su terrible acta de
acusación formal contra la burguesía. La considera no sólo como un crisol de
conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión
fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la
clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró
culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases
medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus
estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales
eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala
de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales, o
en general, los autotitulados conservadores.
Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del
arsenal progre, como el concepto mismo de «tolerancia represiva». Según el
mismo, aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo
llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma
escogida de represión. Por otra parte, Marcuse definió su particular concepto de
la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de
izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las
manifestaciones de matiz conservador.
Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en España
recientemente. En el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la
manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono
fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas de un grupo de ciudadanos
contra la presencia de un ministro del PSOE, fueron calificadas como cruel
agresión y acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las
violencias muy reales y en algunos casos con riesgo físico que en los últimos
años ha padecido el sector conservador, como el destrozo de las sedes de PP o
las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con
fotografías incluidas, para que no hubiera duda), sólo han merecido comprensión
y argumentos exculpatorios de los custodios de la ortodoxia democrática. «Más
daño hacen las bombas de Irak». La circunstancia de que el autor de la palinodia
más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico -publicada a raíz del
suceso- acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso
inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los
regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la
izquierda cuando se pone a pontificar.
En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos
comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus
cuadros con esta consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las
organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a
nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes
hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después
de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de
la gente».
Esta técnica dialéctica ha sido diligentemente adoptada por la progresía
contemporánea. Cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se
hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de
fascista a su contradictor. Sigue plenamente vigente 60 años después. Este es el
origen de lo que se llama «políticamente correcto» -marxismo cultural sería la
definición más apropiada en términos históricos-, especie de estricnina
intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de
su particular cosmovisión. Desemboca con éxito arrollador en la imposición de
todos los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y
moral de la izquierda.
Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de
la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de sus
principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la
infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada, y en general cualquier
conducta contraria a la esencia y valores de la familia tradicional, es ofrecida
a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones
altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en
beneficio de un «interés público», la masiva intervención estatal en asuntos
privados como la enseñanza y el mal llamado Estado del Bienestar, son
considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las
sociedades. Por el contrario, la religión -«Cómo cocinar un Cristo para dos
personas»-, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo, elementos
imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de
organización social, y la observancia de un código moral transmitido durante
generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del
progreso, con carácter permanente.
Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural
configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de
reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.
Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas
expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos
típicos de la agenda progre: la justicia social, el ambiente, el
«multiculturalismo», la redistribución internacional de la riqueza y el
tercermundismo anticapitalista.
Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos
son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos
casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las
generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda
como los riesgos de la contaminación, la lucha contra la opresión capitalista,
la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo y
el relativismo ético.
El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos
como el de Michael Walzer. En el número de invierno de 1996 del órgano marxista
Dissent, Walzer enumeraba las siguientes conquistas: «el visible impacto del
feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los
derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de
comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida
familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de
roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su
representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la
expulsión de la religión en general y del cristianismo en particular de la
esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, lapsos de vacaciones,
etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto y los
éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de
fuego».
Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas
esas conquistas han sido impuestas por las elites progresistas, sin que
respondan a la presión de movimientos de masas.
Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación
generalizada de la agenda política completa de la izquierda. Hasta los partidos
«de la derecha» conjugan con total despreocupación términos como desarrollo
sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, y defienden
sin reservas la educación pública, el estado del bienestar, etc. Es quizás la
última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su
día por Gramsci con dimensiones proféticas.
Y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió: «un estado
totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las elites controlan a una
población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama
esta servidumbre».
4. El desfonde de la posmodernidad
Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez
unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de
disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre
característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo
una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz
de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo
como patrón de conducta.
La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan
el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre
comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades
que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como
un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se
despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón.
Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las
afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter
autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede
conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le
proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte
en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena
esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.
En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la
existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece
la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de
los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una
herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar
la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación,
las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados,
drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de
conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de «nuestro director
de cine más internacional») o, en el mejor de los casos, como representantes del
alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión
en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier
mente sana.
Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera
iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo
grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el
pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples
posibilidades.
Durante la II Guerra Mundial, no fue infrecuente el suicidio entre los
voluntarios rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la
izquierda política de nuestro tiempo cuáles son los ideales que debe defender
occidente, la respuesta será un tal brebaje de generalidades grandilocuentes
sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la
legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo
sostenible. Ni un insecto se dejaría matar por ellos.
Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a
este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente
abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la
intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro
de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia
humana.
En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el
extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las
doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su
principal expresión. Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez
intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de
inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues
ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la
esquizofrenia postmoderna había dispersado.
El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural),
cuyo origen se localiza en la costa oeste de EEUU durante los ’60. Se basa en
una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más
disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una
antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo
ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de
imposible digestión. La renuncia y abdicación intelectual de sus practicantes es
tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño
encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de
Hollywood cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse
fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.
En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los
ideólogos de la guerra contracultural. Porque su mística, al contrario que la
judeocristiana, no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en
la disolución total con un evanescente «todo cósmico». Este carácter decadente
de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural
como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de
la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos
eficaces contra su propaganda anticapitalista.
Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al
individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven,
recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende
del dictado arbitrario de unos pocos, sino de la aceptación de una mayoría
libre.
No nos engañemos: nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este
ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como todo lo humano),
sino por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas
hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura no es su amor al comunismo o
su pasión por la «liberación del tercer mundo oprimido», sino su odio visceral
hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide
admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina;
por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo. Y por
extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación
injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que
defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas
totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los
que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides
de la libertad y el progreso.
Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que
desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la
tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos
en amplias capas de la población.
El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente
las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social
y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a
nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos
esperaran a que el vecino afirme públicamente que el «rey va desnudo» para
sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya,
ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a
rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre
la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha
demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.
En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del
poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención
del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e
intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la
agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas.
Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún
así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias.
¿Y Usted...?
[1]
Pablo Molina es escritor y periodista. El presente trabajo ha sido
tomado de LibertadDigital.com
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