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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 114 – Mayo / Junio de 2007
LO QUE SIGNIFICA NAVARRA (1)
Luís Suárez Fernández
*
Antecedentes
Pamplona recuerda entre nosotros el nombre de Pompeyo y la tarea asumida por
Roma de incorporar las tribus, con predominio de pastores que formaban los altos
valles del Pirineo. Este espacio se vio pronto amenazado por los gascones (wascos)
que aprovechaban el declive romano para su expansión. Lograron instalarse en
tierras cántabras pero aquí fueron contenidos. En vísperas de la invasión
musulmana Rodrigo hace todavía una campaña contra los wascones. El 711, cuando
se produce la pérdida de España, los valles pasan a ser algo sin dueño. Sólo el
730 los musulmanes deciden establecer una guarnición en Pamplona, que iba a ser
una de las etapas fundamentales en el camino occidental para penetrar en
Francia. Sucede, sin embargo, que dos años más tarde, la batalla de Poitiers
detiene el avance e inicia un reflujo. Los valles cuentan con dos linajes
principales, Iñigo y Jimeno, para organizar su administración y su convivencia.
730 es el año de la muerte de Pelayo a quien el fuero de Navarra considerará
como su fundador invocando la memoria de Covadonga. Sucede que en el momento en
que Alfonso I unifica las tierras cántabras poniendo las primeras raíces para un
reino, los musulmanes deciden pasar a la defensiva, fijando la Frontera en el
sistema central. La futura Navarra se engloba dentro de la que llaman Frontera
Superior, que se gobierna desde Zaragoza, contando con el apoyo de los antiguos
habitantes del país, como ese descendiente de Casio, emparentado con la familia
Iñigo, que crea la dinastía muladí de los Banu Qasi. El 755 Abd al-Rahman funda
el emirato independiente de al-Andalus; asesta golpes sobre las tierras
cántabras pero no pretende modificar la Frontera. Pamplona es un bastión
islámico tanto contra los francos que el 768 alcanzan la línea del Pirineo, como
de los descendientes de Pelayo, que dominan ya toda la franja litoral
cantábrica.
Desde el 768 los francos alcanzan las cumbres del Pirineo y tratan de
consolidar cabezas de puente al sur de la cordillera. Es entonces la primera vez
que aparece el término navarros, aplicado a los no wascones, que dominan el
territorio, aunque Pamplona continúe siendo un bastión defensivo musulmán. Pero
en estos territorios extremos, tanto dentro de la población muladí como la que
sigue siendo cristiana alienta un sentimiento de lograr la separación de
Córdoba, a la que se considera como un poder opresor, sobre todo desde el punto
de vista económico. El 777 el gobernador de Zaragoza desencadena la insurrección
y pide a Carlomagno que envíe un ejército en su auxilio. Esta expedición, el
778, contempla la destrucción de las murallas de Pamplona a fin de convertirla
en ciudad abierta, y un fracaso. Suleyman comprende que se trata de ampliar el
dominio franco hasta el Duero y rompe el pacto. Los habitantes del país
sorprenden en Rocesvalles a la retaguardia carlovingia y la derrota. Carlos, que
estaba consiguiendo crear la Marca Hispánica (Cataluña) no tuvo el mismo éxito
en Occidente.
Los Omeyas, que seguían considerando a Navarra como parte de su emirato,
realizaron los años 781 y 782 expediciones que no significaban una ocupación
permanente sino tan solo recaudación de los tributos a que los cristianos
estaban obligados, diferentes de los de los musulmanes. Este es el momento en
que los Banu Qasi, instalados en Tudela, y unidos a los Iñigo por lazos de
matrimonio, conciben la doble idea: establecer dos núcleos, uno muladí sobre el
Ebro, y otro cristiano en torno a Pamplona y a Sangüesa pero igualmente
obedecientes a las autoridades de Córdoba: una especie de independencia bajo
vasallaje. Pero Luis el Piadoso, a quien su padre había otorgado el gobierno de
Aquitania, recibe órdenes expresas para no consentir que los valles del Pirineo
escapen al control del Imperio franco. Desde Toulouse se elabora un plan para
ordenar Ribagorza, Aragón y Navarra como provincias francas. Aprovecha este plan
la actitud de los moradores de Pamplona y su comarca que el 799 rechazan a Iñigo
Arista y su plan. La rebelión será fácilmente dominada pero gracias al apoyo
militar de los Banu Qasi.
Prácticamente los Iñigo y los Casio forman una misma dinastía, pero las
diferencias de religión acaban separándolos y de una manera muy radical. Iñigo
Arista intenta un golpe supremo, apoderarse de Tudela y unir los dos trozos de
la reserva navarra en uno solo bajo su gobierno. Fracasa, y tiene lugar como
consecuencia una ruptura. Estamos en el año 803, es decir después de la
restauración del Imperio de Occidente. A Iñigo Arista no queda otro remedio que
romper sus relaciones con los musulmanes y tratar de integrarse, como Jaca,
Ribagorza y Pallars, en ese nuevo mundo, Europa, que se identifica ya con la
Cristiandad. El 806 hay una especie de sumisión en la que participan los demás.
Recordemos que en este momento también el reino de Asturias, refundado por
Alfonso II, se considera en cierto modo integrado en el gran espacio
carlovingio.
Pero Luis el Piadoso entiende las cosas de una manera muy diferente a la de
Arista. Aquellos territorios son una parte política del Imperio y, por
consiguiente, él tiene derecho a disponer cómo deben ser gobernados. El año 812
hace un viaje hasta Pamplona cuyas defensas trata de restaurar y dibuja un
ordenamiento administrativo semejante al de las otras provincias francas al sur
del Pirineo. Prescinde de Iñigo Arista y escoge uno de los nobles del país que
sospechosamente usa el nombre de Velasco y le designa conde de Navarra. En
cierto modo es un paso adelante hacia la consolidación del territorio. La muerte
de Carlomagno y las discordias entre sus nietos, y entre los nobles de los
distintos territorios, hacen el resto.
Iñigo Arista no acepta la nueva situación y entonces da un giro: acercarse a
Asturias y a cuanto ésta significa, reivindicando la condición española de todo
lo que está al sur del Pirineo. Es precisamente en esta zona en donde
encontraremos por primera vez el término espanyoles para designar a los que no
se sienten francos. Iñigo Arista recobra Pamplona y expulsa al conde Velasco.
Probablemente confiaba en lograr la unidad de todos los territorios pirenaicos
hasta el límite mismo de la Marca Hispánica. En cuanto que sus moradores eran
cristianos, pedían considerarse integrados en la antigua Hispania. Esto no le
impedía reanudar sus relaciones de familia con Musa ben Musa, el banu Qasi que
abrigaba un proyecto parecido sobre el curso medio del Ebro. Rivales y aliados
eran al mismo tiempo.
Estaban llegando, como en el incipiente reino de León, fugitivos procedentes
de la persecución islámica, lo que permitía un incremento de población
reforzándola. El principal obstáculo venía ahora del lado francés, que no
parecía dispuesto a renunciar a tales provincias. El año 824 Luis el Piadoso
envió un ejército que entró por tierras aragonesas ordenando a los condes Eblo y
Aznar Galindo, que se titulaba entonces conde de Urgel, que recobraran Pamplona
y con ella también todo el territorio navarro. Pero esta vez, Iñigo Arista, que
contaba con auxilios musulmanes, pudo alcanzar la victoria, haciendo prisioneros
a los dos condes: Eblo fue enviado a Córdoba como prisionero y señal de
vasallaje, mientras que Aznar Galindo pudo pagar su rescate y volver a Ribagorza.
Ahora los dos bloques, el cristiano y el muladí parecían consolidados. Iñigo
Arista y Musa II trataron de sacudirse el vasallaje de Abd al-Rahman II pero
sólo consiguieron desencadenar una campaña de castigo que saqueó Pamplona y
otros lugares. De momento no era posible prescindir del protectorado musulmán.
Cuando Galindo Iñiguez sucede a su padre Arista, se apresura a enviar sus
mensajeros a Córdoba para garantizar al emir esa sumisión. Pero ya no hubo una
rectificación a fondo de las actitudes adoptadas a partir del 821: Navarra era
una parte de Hispania, un dominio cristiano y si pagaba parias era únicamente
porque no podía hacer otra cosa. Podemos decir que en la primera mitad del siglo
IX la conciencia de que existe una entidad, Navarra, se ha consolidado de un
modo suficiente.
Ordoño I, que contaba también con buenos recursos humanos, inició la
ocupación de tierras que le conducían al Duero. Castilla especialmente se
fortaleció en estas tierras demasiado próximas a la Rioja y a Navarra. García
Iñiguez busca un acercamiento al monarca asturiano. Esto provocó la alarma
musulmana. El 860 una fuerte expedición militar alcanza Pamplona. Se restablecen
las parias y como rehén, un hijo de García Iñiguez es trasladado con su familia
a Córdoba: se trata de Fortun quien llamaban «el Tuerto». Una hija de éste
llamada Onneca, ingresa en el harem de un hijo del emir, llamado Abd Allah: es
la abuela de Abd al-Rahman III, que heredará de sus antepasados navarros
el pelo rojo y los ojos azules. Un hecho que se repetirá.
Alfonso III, que es el verdadero creador de la Monarquía leonesa,
incrementando poderosamente su fuerza política y su plataforma religiosa, decide
que es imprescindible contar con Navarra para un restablecimiento de la antigua
base wisigótica con que sueñan algunos de sus cronistas. Pero no cuenta con los
Iñigo sino con el otro linaje, casándose con Jimena de cuya familia se considera
miembro. Continúa, sin embargo, manteniendo las relaciones de amistad con García
Iñiguez pues todas las relaciones son necesarias ahora que se produce la
supresión de los banu Qasi en un esfuerzo del khalifa para consolidar el dominio
del Ebro. En consecuencia García Iñiguez casa con una hija de Alfonso III
llamada Leodegunda y los dos linajes navarros adquieren de este modo
vinculaciones recíprocas.
Todo esto se consolida cuando el 880 muere García Iñiguez sin hijos. Su
heredero es precisamente el hermano Fortun el Tuerto que se halla en Córdoba
como rehén. Los musulmanes deciden permitirle el regreso a Pamplona y tomar
posesión del patrimonio. También Onneca recibe permiso para abandonar el harén
de Abd Allah dejando con éste a los hijos que de él hubiera y retornando al
cristianismo que probablemente nunca había abandonado del todo. En Navarra
contrae nuevo matrimonio con Aznar Sánchez de Larraon, aragonés, de quien nace
la futura reina Toda. Como Fortun carece de descendientes varones hay un acuerdo
para que Sancho, el hijo de García Jiménez, hermano de la reina de León, pueda
convertirse en su heredero.
Vivimos, hasta el 905, un breve período de paz, que significa sin embargo una
fuerte consolidación de Navarra especialmente en el aspecto religioso. Monjes
que siguen la regla isidoriana pero que están perseguidos en al-Andalus, cruzan
la frontera y vienen a instalarse en la que consideran tierra libre. Así nace
Leire, que pronto se convierte en famoso centro intelectual por su brillante
biblioteca. Por allí pasó durante cierto tiempo san Eulogio de Córdoba, el
mártir. Pero Navarra impone también un cambio decisivo en la mentalidad de estos
religiosos, pues a Leire llega la Regla benedictina, reformada por San Benito de
Aniano (en realidad un godo de nombre Witiza) y a ella se incorporan los nuevos
monjes. Pero el benedictismo es el signo claro de la europeidad.
El 905 hay un acuerdo entre Sancho Garcés y Fortun que significa un cambio de
dinastía. Fortun se retira a Leire empleando sus últimos años en una vida de
dedicación religiosa mientras que Sancho se instala en Pamplona y toma el título
de rey. Nace, pues, el reino de Navarra. Su próximo pariente, Alfonso III,
acepta el cambio de titulación aunque tomando una especie de cautela: asume el
imperium, lo que le coloca en el escalón más alto. Sancho era un gran
militar, pero sobre todo un político consumado. Comprende muy bien que Navarra
es en realidad la suma de tres regiones y, para completarla, necesita sustituir
a los banu Qasi, ahora despojados, apoderándose de Rioja ya que en una sociedad
eminentemente campesina, ésta significa el desarrollo económico.
Esta decisión exigía el recurso a la guerra. El 907 Lope ben Muhammad es
derrotado y muerto cerca de Pamplona. El suegro de Lope Muhammad, wali en
Huesca, acude para tomar venganza pero sus tropas, el 908, se dispersan ante el
temor que les infunden los fuertes soldados navarros que vienen a su encuentro.
De modo que esta fecha del 908 puede considerarse como esencial en su historia:
reconocida como reino y asentada sobre la dinastía Jimena, rechaza la solución
muladí que antes propiciaran los Iñiguez y se inserta en Hispania como una parte
de Europa.
Alfonso el Magno, cuyos cronistas le presentan como próximo rey de «toda
España», imagina un procedimiento para conservar la unidad perdida el 711: él
será el único en ejercer el «imperium», herencia romana, compatibilizando esta
autoridad suprema con la potestad que pueden ejercer los reyes, entre los que
incluye también a sus hijos. La Monarquía, sin embargo, ha recobrado un carácter
patrimonial de origen germánico de modo que a su muerte todos los hijos
recibirán su parte, aunque sin duda bajo la condición de que el mayor de ellos
conserve esa soberanía suprema respecto a la cual también Navarra debe
considerarse bajo la tutela del vasallaje. Es unión en la autoridad, lo que se
refleja en el derecho común y luego en la lengua con muy escasas variaciones
respecto al castellano que está naciendo, y diversidad en el ejercicio del
poder.
Esa especie de recobro de unidad sirve a los intereses de Navarra que se
siente en condiciones de seguir la misma política expansiva que estaban
realizando los leoneses, aumentando su penetración en esa especie de tierra de
nadie sobre la que el emirato de Córdoba no había conseguido establecer su
poder. En consecuencia, cuando los musulmanes reorganizan la Frontera Superior y
eliminan definitivamente a los banu Qasi, Sancho Garcés decide cruzar el Ebro
reivindicando para sí lo que ahora llamamos Rioja: se apodera de Calahorra y de
Valtierra penetrando hasta Arnedo. Son las tierras fértiles en donde florece
sobre todo el viñedo y los productos agrícolas que requieren altas dosis de
humedad. Esto da origen a una lucha enconada pues Abd al-Rahman entiende que esa
ocupación constituye un robo de su propio suelo y el 920 monta la «campaña de
Pamplona». León vuelve a la guerra con Ordoño II en ayuda de su pariente, pero
sufre la derrota de Valdejunquera y de este modo Sancho Garcés, que logra
sostenerse en Arnedo, pierde una gran parte del territorio riojano. Sin embargo,
como los musulmanes no pueden hacer un relevo de la población, el 922 el rey de
Navarra volverá a instalarse en Rioja tratando de hacer de Viguera una gran
fortaleza.
Las perspectivas se tornaban extraordinariamente favorables. Sancho refuerza
su posición casando a su heredero, García Sánchez, con Andregoto Galíndez, que
era la titular de la sucesión en el pequeño condado de Aragón. Un alineamiento
al sur del Pirineo, que completa los esfuerzos leoneses en el Duero y
preocupaban en consecuencia a Abd al-Rahman III, que por primera vez tiene
conciencia de que la serie de reinos cristianos del norte se traducen en un
peligro. El año 924 monta una segunda «campaña de Pamplona», con efectos
demoledores como el saqueo de Sangüesa y de la propia Pamplona, pero sin que los
musulmanes estén en condiciones de instalar guarniciones permanentes para
sostenimiento del territorio. Abd al Rahman necesita tiempo y fuerzas para
consolidar su poder de al-Andalus. De modo que sus campañas son duras y fuertes,
simples razzias para quebrantar al enemigo tratando de mantenerle encerrado en
su casa.
Llegamos al año 925, muerte de Sancho Garcés. Su viuda Toda tiene que hacerse
cargo de la regencia de un niño, García Sánchez. Duda entre acudir a su primo el
emir o a sus otros parientes de León. Al principio la opción parece dar
preferencia a Córdoba. El año 931 Abd al-Rahman se desplaza hasta Pamplona, pero
no va como enemigo sino como protector a fin de restablecer el orden forzando a
la nobleza navarra a someterse al dominio de una mujer. Navarra podía ser una
contrapartida frente a Fernán González que se afirma en estos días como conde de
Castilla y Álava. Los castellanos se están acercando ahora peligrosamente a la
línea del sistema Central lo que constituye una franca amenaza para la Frontera
de en medio. Los navarros temen también un excesivo encumbramiento castellano.
Ramiro II de León, que ha conseguido restablecer en gran medida la unidad de
poder en todos los reinos occidentales, casa con una infanta de Navarra, Urraca
(934) buscando con ello un compromiso militar recíproco en el momento en que el
Califa intenta desencadenar la campaña decisiva que destruya a los poderes
cristianos: la «omnipotencia». Pero las cosas discurren de otro modo. Unidas
todas las fuerzas cristianas, y en ellas destacan especialmente las navarras,
logran el 939 las dos victorias consecutivas de Simancas y Alhandega, que
implican el comienzo de un declive para el Islam en España. Un cronista alemán
recogerá noticia de esta batalla precisamente en vísperas de que se restablezca
el Santo Romano Imperio de Oton y sus descendientes. Sin embargo los vencedores
no extraen las consecuencias debidas. Fernán González, que teme que todo se
traduzca en una afirmación del poder leonés, preconiza una abierta ruptura y se
declara independiente en Castilla. Ahora Navarra teme un fortalecimiento del
poder castellano porque éste también pretende llevar su dominio hasta la orilla
misma del Ebro, cerrando a los navarros el camino.
La muerte de Ramiro II es la señal de un enfrentamiento entre dos candidatos,
Sancho el Craso, a quien correspondía la herencia pero que se siente
incapacitado por su obesidad y Ordoño el Malo. Toda brinda acogida a su pariente
Sancho mientras Fernán González trata de imponer a Ordoño con sus tropas.
Toda acude a su pariente el califa que envía a Pamplona a su propio médico
judío, a fin de curar la enfermedad de Sancho, y promete tropas para sostenerle
siempre bajo la condición de que tanto Navarra como León estén dispuestos a
reconocer una especie de vasallaje respecto a Córdoba. Es de este modo como
Sancho logra imponerse mediante un ejército que enarbola las banderas navarras.
Ahora bien, estos acontecimientos constituyen un revés para los cristianos que
no tienen más remedio que reconocer la superioridad del poder musulmán.
Emisarios de todos los príncipes del norte se dan cita en el palacio de al-Hakam
II cuando éste sucede en Córdoba a su padre. Hay ciertas ventajas económicas que
acompañan al cese de las operaciones, pero también un sometimiento que parece
dar nuevas fuerzas al Califato que cuenta también con apoyos en el norte de
África.
El 970 coinciden dos acontecimientos: Sancho II Abarca sucede en Pamplona a
su padre García; Abu Amir, que llegaría a titularse Almanzor, inicia su carrera
política en Córdoba. El relevo en el Califato y las escasas dotes del nuevo
titular Hisham, hicieron creer a los jóvenes reyes y conde de Castilla que
estaban en condiciones de recurrir con éxito a las armas. Gran error. Almanzor
está reclutando un gran ejército de profesionales, en gran medida no andaluces y
con él está en condiciones de asestar golpes decisivos. Castilla sufre una
derrota en Langa mientras Sancho de Navarra es vencido en Estercuel (975). A
toda prisa, sin prescindir de sus alianzas con León y Castilla, Sancho Abarca
viaja a Córdoba, busca una conciliación y entrega una de sus hijas para el harem
del amirí. Será la madre de Abd al Rahman, a quien llamaran «Sanchuelo» por su
abuelo. El pacifismo sumiso de Navarra dura hasta el 994 en que muere Sancho
Abarca.
El nuevo rey, García II Sánchez llegá a la conclusión de que el sometimiento
no trae ventajas. Se repiten los golpes de mano musulmanes y las condiciones
económicas operan hacia un empeoramiento, de modo que, como sus aliados
occidentales, decide que hay que volver a practicar una política de resistencia.
Un hermano de García II, Ramiro, se hace cargo del gobierno de Aragón aunque
esto no es considerado como un paso a la independencia. Ahora Almanzor despliega
sus fuerzas. Todas las capitales cristianas, excepto Oviedo y Burgos, van a
conocer la fuerza de sus soldados. Los años 998 y 999 tropas islamies están en
Pamplona, imponiendo condiciones humillantes. Los monjes tienen que huir de sus
monasterios ahora amenazados y buscan refugio en Cluny en donde se incorporan a
la reforma que allí se practica. De modo que García II muere el año 1000 en
medio de un ambiente pesimista. Silvestre II es ahora Papa; guarda consigo
preciosos manuscritos que ha obtenido en San Juan de la Peña.
Sancho III, que sucede a su padre, era un niño del que cuidan su madre y su
abuela. Su reinado coincide con el comienzo del segundo milenio de la Era
cristiana y se abre con un suceso trascendental, la muerte de Almanzor en
Medinaceli, a quien intentará suceder este hijo Abd al Rahman Sanchuelo que es
primo hermano de nuevo rey de Navarra. Como Aragón, Sobrarbe y Ribagorza recaen
sobre él, sigue conservando su entidad administrativa, Sancho va a convertirse
en un poderoso monarca. Ribagorza ha llegado a sus manos porque Isarro, su
conde, murió sin hijos en 1033 y su hermana Toda y el sobrino de ésta Guillermo
fallecen también pronto. De modo que en 1025 llegará a ser reconocido no sólo
como el que ejerce la potestad sino como titular del señorío. Sancho, que había
casado con la castellana Muniadonna, al enviudar contraerá matrimonio con una
hermana del conde de Barcelona, Ramón Berenguer. Es la vía por donde Oliba, el
abad de Ripoll, que pertenece también a la dinastía, llega a intervenir en los
asuntos navarros.
Durante once años de 1024 a 1035, que coinciden también con la dispersión que
padece al-Andalus al constituirse los taifas, Sancho desarrolla una gran
política tendente a conseguir la unidad entre todos los reinos cristianos, lo
que puede considerarse como una reconstrucción de la antigua Hispania. Hijo de
castellana y casado también con castellana y con ribagorzana no puede
considerarse a sí mismo como estrictamente navarro, sino como español, sin
limites. Debemos comenzar con la reforma religiosa. La influencia de Oliba
coincide con el retorno de los monjes que habían vivido en Cluny asociándose a
esta nueva realidad del benedictismo. No debemos olvidar la influencia que San
Odilón de Cluny y antes Silvestre II ejercieran, pues el cluniacismo es un signo
de europeidad, difusión de los movimientos de paz y tregua de Dios y renovación
de las conciencias y los estudios. Los monjes regresados se instalaron en San
Juan de la Peña conducidos por Paterno, que pronto recobró su antiguo papel.
Luego vienen Oña, Albelda e Irache. De este modo el monacato cobraba unidad e
influencia. Y la Monarquía experimentaba un avance sobre los principios de
autoridad y de defensa de la ley de Dios.
Al mismo tiempo la influencia de Sancho III, a quien van a calificar de
grande sus contemporáneos, se extiende a Castilla y a León. En Castilla aparece
como el protector de su pariente el conde García Sánchez. Cuando muere Alfonso
IV de León, que había hecho reformas muy valiosas en su reino, la viuda, Urraca,
navarra, pide a Sancho que intervenga como protector de su hijo Bermudo III, un
niño, que teme los excesos de influencia de la nobleza. En su viaje a tierras
leonesas, Sancho pondrá los cimientos de la nueva catedral de Palencia: la
cripta de este edificio es el más antiguo monumento románico en España. La
conciencia de unidad entre todos los reinos hace que sus titulares se consideren
miembros de una misma dinastía y compartan la misma conciencia jurídica y
cultural.
Para dar sentido sólido a esta unidad, Sancho III organiza la boda de su
sobrina Sancha de León, hermana de Bermudo III con el conde de Castilla, García,
«el infante de las manos blancas» según los poetas. Se trata sin embargo de una
boda política que busca una especie de reajuste territorial, fijando las
fronteras, con beneficio desde luego para Navarra que trata de asentarse
firmemente al otro lado del Ebro. Pero los Vela, miembros de una familia alavesa
que se considera perjudicada por los condes castellanos, acude a la venganza y
el 13 de mayo de 1029 asesinan a don García, precisamente cuando salía de la
iglesia tras contraer matrimonio. Sancho III recoge el cadáver, castiga a los
asesinos y asume el título de conde de Castilla invocando los derechos que
correspondían a su mujer Muniadonna. No intentaba anexionar a Navarra el
territorio castellano sino de conservar el condado: sus derechos, en este caso,
se transmiten a su segundo hijo Fernando. La minoridad de Bermudo III permite a
Sancho el Mayor gobernar todos los reinos occidentales
La muerte de don García había dejado inconcluso el reajuste territorial al
que Sancho el Mayor otorgaba la principal importancia y muy especialmente porque
pensaba decidir –como así lo hará en su Testamento– ciertas comarcas hasta ahora
castellanas como si fueran parte del reino de Navarra. Al llegar Bermudo III a
la mayoría de edad el conflicto se replantea. Sancho proponer una repetición de
la formula de 1029: la viuda prematura de García, Sancha, casará con Fernando,
será condesa de Castilla como estaba previsto y se procederá a una fijación de
fronteras. Los años 1033 y 1034 encontramos a Sancho con sus tropas por tierras
de Zamora, Astorga y León, apoyando a Bermudo, permitiéndole en suma afirmar su
poder frente a los nobles. Es este el momento elegido para elevar la iglesia de
Palencia a sede episcopal.
Estas actividades políticas vienen a ser una cobertura de la principal tarea
de Sancho, la creación de un reino como comunidad social. Para incrementar la
población, escasa, abre las puertas a los mozárabes que empiezan a sufrir
persecuciones como consecuencia del hundimiento del Califato. Un pueblo en
armas, desde luego, obligado a defenderse. Pero sólo los hombres libres pueden
hacer uso de las armas; de ahí que, como ya estaba sucediendo en el vecino León,
se suprimiesen las trabas de servidumbre. Algunos documentos mencionan todavía a
los coloni, antiguos siervos pero su número disminuye de modo radical. No
encontramos testimonios de lengua euskérica aunque no cabe duda de que se
empleaba en algunos de los valles más aislados, como una reminiscencia que los
que penetraron como wascones, en los momentos clave del siglo VIII y IX. La
nobleza de propietarios de la tierra tiende a reforzarse. Tampoco hay diferencia
con el reino de León en cuanto a la estructura política. Aunque se ha avanzado
mucho en el reconocimiento de las comunidades políticas que resultan
indivisibles, se mantenía aún fuerte el concepto patrimonial. Los reinos eran
propiedad de los reyes que disponían de ellos, ajustándose al principio de la
sucesión hereditaria masculina. El rey, en Navarra, conservando viejas raíces,
no era coronado ni consagrado: se le elevaba tres veces sobre el pavés
pronunciando su nombre en voz alta. Las ciudades y villas importantes comenzaban
a recibir cartas o fueros.
La época de Sancho III, comienzo del segundo milenio, contempló un refuerzo
de la conciencia de unidad entre los hispani, herederos del sistema wisigodo y
rigiéndose en consecuencia por las leyes que éstos tomaran de Roma. El rey, sin
embargo, no concebía, por razones coyunturales, que todos sus dominios debieran
fundirse. A Fernando le asignó los derechos de Castilla como dijimos y a Ramiro
entregó las tierras de Aragón pese a no ser legítimo.
Aprovechó sin embargo aquella oportunidad para asegurar a Navarra un
crecimiento que pudiese hacer de ella el más importante de los reinos
cristianos, asignándole Rioja con Álava, Vizcaya y Guipúzcoa que eran por su
origen territorios castellanos. Oca estaba destinado a ser el gran monasterio
rector de la vida espiritual. Trató de compensar el golpe asestado a Castilla
asignando a ésta, junto con el titulo de rey, la Tierra de Campos arrebatada a
León. Así pues, García III Sánchez recibe de su padre, en 1035, un reino muy
crecido cuyos límites cantábricos estaban muy cerca de Santander, abriéndose una
amplia fachada en el momento en que el cese de las expediciones normandas
permite a Europa entrar en un desarrollo de su comercio naval. Escogió para sí
el título de rey de Pamplona, Trasmiera y Rioja, con Nájera y Castilla Vieja.
Título demasiado largo. Fernando no pudo al principio protestar porque
necesitaba del auxilio de las tropas navarras para poder instalarse solidamente
en Castilla. Esta es la causa de que en 1045 tropas castellanas ayuden a García
a apoderarse de Calahorra, que tanta importancia militar y económica revestiría
en el futuro. García muda al monasterio de San Millán de arriba (suso) a la
parte baja (yuso) y le convierte en centro de saber. En otro extremo establece
el monasterio de Santa Marta del Puerto (que es la actual Santoña).
Cuando Fernando sucede a su cuñado Bermudo como rey de León y reúne la que
podríamos considerar como herencia patrimonial de Alfonso el Magno, reclama la
devolución de los territorios arrebatados a Castilla. En Mena, Ayala y
Somorrostro estalla una fuerte rebelión porque sus moradores no quieren ser
navarros sino castellanos. Esto significa una guerra entre ambos hermanos o
mejor entre ambos pueblos en un momento de suma importancia cuando la disolución
de al-Andalus abre las puertas a una posible reconquista del territorio hispano.
Santo Domingo de Silos y San Ignacio de Oña intervinen como mediadores pero no
logran la paz aunque sí un cierto límite al enfrentamiento. En la única batalla
de Atapuerca (1054) García III es derrotado y pierde su vida. Su hijo Sancho IV
es reconocido como rey, pero entregando a Castilla aquellos territorios que
forman parte antigua del condado, incluyendo Rioja, lo que aísla a Navarra de
los territorios musulmanes que son objeto de reconquista.
Durante dos decenios, el rey de Navarra va a poder retener Álava, Guipúzcoa y
Vizcaya, cumpliéndose así el objetivo que los actuales independentistas vascos
consideran dimensión esencial para la garantía de un sostenimiento, aunque a la
inversa pues las tierras vascas quedaban bajo el dominio navarro. De todas
formas cuando a los reinos cristianos se ofrece la oportunidad de ir destruyendo
los taifas para anexionar su territorio, Navarra, fuera de la línea de combate
no puede participar en la operación. La intervención del Cid en favor de
Muqtadir de Zaragoza sirve para frenar las aspiraciones aragonesas pero también
las navarras. En 1069, el taifa zaragozano acude también a Sancho IV para, a
cambio de dinero, lograr los servicios de tropas navarras que le permiten
alargar el tiempo de independencia.
Castilla y León se han hecho grandes con Fernando I, pero el sentido
patrimonial incita a éste (†1065) a dividir los reinos entre sus hijos, Sancho
en Castilla, Alfonso en León, García en Galicia, lo que proporciona un respiro a
Navarra. Sancho reclama nuevos territorios según él usurpados lo que da origen a
un riepto en que el Cid lleva las armas de Castilla (Pazuengos), obtiene la
victoria y consigue de este modo restablecer la unidad de la diócesis de Oña.
Eliminado García y asesinado Sancho, Alfonso VI restaurará en 1072 la unidad que
siete años antes se perdiera. Para Navarra llega un momento de peligro pues
Alfonso reclama los tres territorios vascongados de los que no duda en declarar
que forman parte de su reino.
En este momento estalla en el interior de Navarra una terrible crisis,
causada por el mal gobierno que los nobles atribuyen a Sancho IV. El año 1076 el
rey muere despeñado (será conocido por esta causa como «el de Peñalén») dejando
sólo hijos menores y dos hermanos, Ramón y Ermesinda, a los que se considera
parte de la conjura que acabara con la gran tragedia. Sancho Ramírez de Aragón,
sobrino del Mayor, es reconocido como rey por una parte sustantiva de la nobleza
navarra mientras que las provincias sujetas reivindican su condición de
castellanas. Alfonso VII va a reconocer a Sancho Ramírez, pero bajo dos
condiciones: un acto de vasallaje, que somete tanto a Aragón como a Navarra
dentro de la órbita de autoridad leonesa, continuadora de la Hispania goda, y la
restitución de aquellas provincias como Nájera, Calahorra, Álava, Guipúzcoa y
Vizcaya que se sienten castellanas y han negado su obediencia al nuevo rey.
Alfonso, para fortalecer sus fronteras establece dos grandes mandos: uno para la
Casa de Haro en las provincias vascongadas y el otro para García Ordóñez en
Calahorra y Rioja. Esto, naturalmente, perjudica al Cid que ha caído en
desgracia.
Hacia el año 1086 se tiene la impresión de que Alfonso VI, dueño ya de
Toledo, está en condiciones de reconstruir la unidad hispánica y así se titula
«imperator toletanus». Navarra, Aragón e incluso Cataluña aparecen supeditados a
ese nuevo poder. El acuerdo que en 1087 Alfonso VI firma con Sancho Ramírez es
una consolidación de las recíprocas fronteras, con gran ventaja para Castilla, y
un cierre para Navarra que muy difícilmente puede acceder a comunicaciones
marítimas. Sancho Ramírez tampoco hace definitiva esa unión de Navarra con
Aragón. Delimita a la primera con rango de condado como si fuera la suma de
siete comarcas que se administrarán por medio de un delegado: Pamplona, Aubar,
Falces, Tafalla, Leguin, Monjardin y Erro. Al frente de dicho condado coloca a
un Sancho Sánchez, que es sobrino del de Peñalén aunque por línea ilegítima. El
conde Sancho toma precauciones defensivas que significan el reconocimiento de
una situación: contrae matrimonio con una hija del conde de Nájera, García
Ordóñez, el rival del Cid, pero su hijo Ramiro contrae matrimonio con una hija
del de Vivar de nombre Cristina. De este segundo matrimonio nacerá García
Ramírez que llega a convertirse en el Restaurador. Coincide este acontecimiento
con la derrota de los castellanos a manos de los almorávides y con la
reconciliación del Cid Campeador con su rey.
Gracias a esta unión Aragón crece convirtiéndose en verdadero reino. Primero
se defiende brillantemente de los almorávides y luego inicia su expansión
apoderándose de Huesca. Cuando Alfonso I el Batallador sucede en el trono de
ambos reinos atribuye todas sus conquistas al patrimonio aragonés, aislando
Navarra que queda estrictamente cercada. Consigue apoderarse de Zaragoza y
penetrar por la cuenca del Jalón. Cuando en 1127 Alfonso VII y Alfonso I –que
era el segundo marido de la madre de aquél, Urraca– se reúne en Támara para
acordar paces definitivas, se señalan las reservas de territorio andalusí que a
cada reino corresponden; no se menciona para nada a Navarra que parece excluida
de la reconquista.
Pero Alfonso I muere sin descendencia en 1134 y no son tenidos en cuenta los
posibles derechos de los condes de Navarra. Un monje, hermano de Alfonso, de
nombre Ramiro, logra las oportunas dispensas y ciñe la corona pasando a contraer
matrimonio con la joven Inés que proporcionará una hija heredera, Petronila. La
nobleza navarra rechaza esta proclamación y acude a García Ramírez que es el
nieto del Cid que ya hemos mencionado. Navarra recobra su independencia pero
afirmando claramente su vasallaje en relación con Alfonso VII que se titula
emperador de toda Hispania. Petronila casa con Ramón Berenguer IV a quien cede
su potestad estableciendo así un principio peculiarmente aragonés de que las
mujeres pueden transmitir derechos pero no ejercer el poder. El catalán y el
emperador se reúnen sin embargo en Carrión, el año 1140, para decidir qué debe
hacerse con Navarra. Indudablemente Ramón Berenguer sigue pensando en que este
reino debe formar parte del patrimonio que ha llegado a sus manos por medio de
su esposa, mientras que el emperador siente dudas acerca de si debe reconocerse
a Navarra entidad como reino.
García Ramírez hace entonces una diestra jugada, negociar directamente con el
emperador poniendo énfasis en las relaciones de su reino con Castilla y
ofreciendo el matrimonio de su heredera –todavía no ha llegado el hijo varón–
Blanca, con el primogénito de Alfonso VII, Sancho que, de acuerdo con las
disposiciones de éste deberá recibir la corona de Castilla. Para que no queden
dudas al respecto, García, al enviudar, casa con una bastarda de Alfonso,
llamada significativamente Urraca.
Este decenio, de 1140 a 1150, que cubre la segunda etapa del reinado de
García el Restaurador, es precisamente aquel en que, partiendo de las siete
comarcas mencionadas, se logra ya la definición y distribución del espacio.
Navarra será, ya para siempre, con repercusiones económicas, la suma de tres
geografías diferentes, la montaña donde predomina lógicamente la ganadería, la
llanura en que se erige Pamplona y se asientan los principales dominios
agrícolas, y la ribera, que se asoma al Duero, fomenta los cultivos regados y
abre un camino para la salida de sus productos al exterior. De modo que en 1150,
cuando muere García puede decirse que la comunidad política como ahora la
entendemos, estaba definida.
Sucede entonces un hijo de García y de su primer matrimonio, Sancho VI, a
quien llamarán los cronistas el Sabio por la obra cultural realizada y, sobre
todo por las reformas administrativas que permiten a Navarra consolidarse. Es
muy significativo el cambio en la titulación: en adelante no habrá reyes de
Pamplona sino de Navarra; el patrimonio se ha convertido en una comunidad
política. Nuevamente Ramón Berenguer IV se dirige a Alfonso VII para plantear la
cuestión: ¿conviene a uno y otro seguir reconociendo este reino como una parte
de Hispania? El 27 de enero de 1151 ambos se reúnen de nuevo en Tudején. Hay un
punto en el que no se ofrecen dudas: la reconquista incumbe únicamente a las dos
grandes monarquías que fijan nuevamente sus fronteras de futuro. En cuanto a
Navarra deciden que si el reino debe desaparecer será por medio de un reparto.
Lo que a Alfonso preocupaba de manera singular en estos momentos era asegurar el
dominio del país Vasco, fuertemente regido por Lope Díaz de Haro, y de la Rioja
que gobierna Gutiérre Fernández de Castro, señor de Calahorra.
Es un momento decisivo para el futuro de Navarra. Tres días después de la
entrevista de Tudején, el emperador está en Calahorra y allí recibe la visita de
Sancho VI que logra convencerle para una renovación de los acuerdos de diez años
atrás. Navarra puede y debe ser reconocida como reino ya que forma parte del
Imperio hispánico en calidad de vasallo. Se ejecuta ahora el matrimonio ya
propuesto de Sancho el futuro III de Castilla con Blanca, y se establece otro
del Sabio con una hija del emperador que repite el nombre de Sancha. Para
Alfonso VII este acuerdo de Calahorra que no invalida el de Tudején, debe
considerarse como remate de toda su obra política: Hispania es una unidad,
sujeta al imperium, aunque sus gobernantes puedan ostentar título de reyes, como
en otros lugares son condes o príncipes. Se mantiene aún la idea de que todos
los hijos tienen derecho a recibir una parte de la herencia en ese vasto
patrimonio. Varias entidades políticas, con papel de comunidades, dentro de una
sola nación que es herencia de Roma. En Navarra se usa la misma lengua que en
Castilla. No falta algún que otro modismo, pero carece de importancia.
Así, hasta 1157 en que se produce la muerte de Alfonso VII. Nubes oscuras se
perciben en el horizonte pues es el momento en que un islamismo africano más
radical, el de los almohades, se instala en al-Andalus dispuesto, al parecer, a
volcar sus considerables fuerzas sobre los cristianos. Castilla y León se
separan siendo Sancho III y Fernando II sus respectivos titulares. También
Alfonso Enríquez, en Portugal, aprovechará la oportunidad para ceñir una corona.
Se pasa, de acuerdo con la tesis de Menéndez Pidal, de un Imperio hispánico a
cinco reinos, uno de los cuales es Navarra. Pese a todo se tiene la sensación de
que se procura mantener una conciencia de unidad reconociendo en Castilla, reino
del primogénito, una especie de jefatura. Sancho VI viaja a Soria para renovar
su vasallaje y hacer efectiva además su boda con Sancha. También acude Ramón
Berenguer IV para rendir vasallaje y confirmar los términos pactados en Tudején,
aunque en esta oportunidad Navarra no es mencionada; se reconoce, en
consecuencia, su derecho a ser reino en el pleno sentido de la palabra.
Del matrimonio de Sancho III y Blanca nace pronto un heredero al que
significativamente se da nombre de Alfonso. Cuando en 1158 fallece
prematuramente Sancho, la viuda Blanca, custodia del niño, acude a su hermano
con la esperanza puesta en que el apoyo navarro le permita ejercer la regencia
sin más complicaciones. Un serio error: se revuelve la nobleza castellana, se
desatan las ambiciones del monarca leonés, y Sancho VI ve una oportunidad para
reclamar, en términos militares, el Testamento de su antepasado de igual nombre
en 1035. En 1159, aprovechando la debilidad de su sobrino, invade Rioja y logra
hacerse con un amplio territorio que incluye Logroño y Navarrete y se extiende
después hasta Miranda de Ebro y Briviesca. De nuevo terrenos que son arrancados
a Castilla contra voluntad de éste y que se suman a las tierras vasconas.
Hasta la muerte de Ramón Berenguer IV en 1162 la frontera oriental permanece
también inquieta. El conde-rey contaba con partidarios dentro de Navarra. Pero
su sucesor Alfonso II muestra menos interés por este tema ya que lo que busca es
consolidar la unión entre sus dos reinos y también la defensa y contraataque
frente a los almohades. Por su parte Alfonso VIII encuentra tan tremendas
dificultades en su propio reino que se decide a llegar a una negociación de paz
con Sancho VI en Fitero (1167). De este modo el Sabio puede retener una amplia
extensión con Logroño, Entrena, Navarrete, Ahúselo, Autol, Reza, Durango, Álava,
Grañón Cerezo y Briviesca, aparte de los que ya poseía. Además tanto el
castellano como el aragonés le reconocen el derecho a participar en la
reconquista reteniendo para sí los lugares de que fuera capaz de apoderarse. En
realidad lo que los navarros apuntaban era a Ibn Mardanish y el andalusismo
superviviente en las amplias cuencas del Jalón.
Esta situación poco duradera, permitió a algunos nobles navarros como Pedro
de Arazuri y su yerno Pedro Ruiz de Azagra, acudir en auxilio de las tropas de
ibn Mardanish y sucederle prácticamente creando un señorío de Albarracín que sin
embargo no incorporaron a Navarra sino a Castilla. Alfonso VIII había aceptado
la paz de Fitero como una desdicha impuesta por las circunstancias pero también
como un grave perjuicio para sus posesiones. En junio de 1170 se reúne con
Alfonso II en Sahagún; ambos cuentan con Enrique II de Inglaterra que, por
Aquitania tiene también reservas en relación con el crecimiento de Navarra. Una
hija de Enrique, Leonor vendrá a Castilla siendo niña para convertirse en esposa
de Alfonso VIII y reina. En Sahagún se niega a Navarra el derecho a existir o,
cuando menos, a retener algo que no hubiera formado parte de las siete comarcas
del antiguo reino de Pamplona. Se decide, pues, una guerra para hacer tornar las
cosas a su sitio. Se trata de una guerra dura, entre 1173 y 1176 que determina
la debilidad militar definitiva de Navarra; obligado a refugiarse en Pamplona,
sitiada, Sancho VI no tiene más remedio que capitular
El 25 de agosto de 1176, dejadas las armas, Alfonso VIII y Sancho VI se
entrevistan para negociar un acuerdo de paz y deciden someterse al laudo
arbitral que debería pronunciar Enrique II. Éste tardó prácticamente tres años
en pronunciarlo, hasta el 1179. El monarca británico declaraba que el Testamento
de Sancho III el Mayor debía considerarse inválido: nadie tiene derecho a
disponer de tierras que no forman parte de su patrimonio, de modo que Navarra
tendría que devolver todo lo que no fuera suyo pagando además una indemnización
de tres mil maravedis de oro. Naturalmente Enrique II se beneficiaba a sí mismo,
pues reducida Navarra al viejo espacio de Pamplona, se le negaba toda salida al
mar de modo que los comerciantes navarros tendrían que valerse de los puertos
gascones con ventaja económica para éstos.
Este mismo año Alfonso VIII y Alfonso II se reúnen en Cazorla y reconocen el
valor del laudo arbitral; se debe obligar a Sancho VI a cumplir el laudo
arbitral. Por otra parte convienen en dejar a Navarra al margen de la
Reconquista confirmando y revisando los límites que se señalan para el futuro en
esa división de Hispania. Sancho VI no tiene más remedio que acudir a Logroño y
parlamentar devolviendo el 15 de abril de este mismo año toda la Rioja con
inclusión de Logroño, Navarrete, Autol y Ausejo de modo que el Ebro forme
definitivamente la frontera. Pese a todo mantenía en su poder Álava y Guipúzcoa
que los castellanos consideraban suyas. A continuación Alfonso VIII y Alfonso II
llegan a un acuerdo sobre el señorío de Albarracín que regentan los Azagra:
parte del mismo seguirá siendo castellano pero Berdejo pasa a ser aragonés. Para
Navarra es el cierre definitivo: nada de cuanto los musulmanes conquistaran el
711 puede ser reivindicado para ella.
La muerte de Enrique II y las discordias entre sus hijos brindan a Sancho VI
una nueva oportunidad: incorporarse a la tercera Cruzada que dirige Ricardo
Corazón de León. Este busca dinero navarro, que parece abundante, y contrae
matrimonio con una hija de Sancho, al parecer muy bella, Berenguela, que le
acompaña en el viaje a Tierra Santa. El matrimonio es un fraude y naturalmente
no hay hijos; de todas formas la hermana de Ricardo, Leonor, reina en Castilla y
ejerce una gran influencia. Nada cambia para Navarra excepto la esperanza de un
crecimiento de los puertos guipuzcoanos que en estas últimas décadas del siglo
XII se están incorporando a las rutas que cruzan el golfo de Vizcaya. Sancho
convierte Gazteiz en Vitoria, un nombre significativo que revela aun el empeño
en favor del crecimiento.
En 1194 muere Sancho VI y le sucede su hijo del mismo nombre, VII apellidado
el Fuerte. Él sabe que la guerra no es el camino correcto; en cambio el
desarrollo agrícola y el puente tendido entre el Ebro y los puertos de Guipúzcoa
permiten un desarrollo económico que se refleja en las reservas que acumula la
corona; si hay pocos gastos, se puede ir acumulando un gran capital que permite
hacer muchas cosas. Sin embargo Alfonso VIII sigue protestando: no se han
cumplido ni el laudo arbitral de Enrique II ni las promesas que Sancho VI
hiciera en Logroño ya que Álava y Guipúzcoa continúan retenidas y da la
impresión de que el Fuerte procura su consolidación. La derrota que sufren las
castellanos en Alarcos el año 1195 (18 de julio) permite creer en un
debilitamiento castellano y da fuerzas a Sancho VII para seguir reteniendo esos
territorios que no son suyos.
El 20 de mayo de 1198 Alfonso VIII y Pedro II de Aragón se reúnen en
Calatayud. Aunque el tema fundamental es buscar una colaboración frente a la
amenaza almohade no olvidan el compromiso recíproco entre ambos reinos: Navarra
debe devolver cuanto no es suyo o enfrentarse con una guerra de invasión. De
hecho castellanos y aragoneses atacan; el monarca navarro llega a pedir auxilio
a los almohades lo que puede considerarse como una felonía al espíritu
cristiano. En 1199 los castellanos se apoderan de Vitoria y recuperan Guipúzcoa.
Definitivamente Vasconia va a ser dentro del reino de Castilla la suma de tres
elementos, un señorío, Vizcaya, que retienen los Haro, una provincia, Guipúzcoa,
directamente dependiente del rey aunque dotada de una junta eficaz, y una
Hermandad, Álava, con una ciudad clave, Vitoria y algunos señoríos que sirven de
raíz a futuros linajes de alta nobleza castellana. Navarra de nuevo encerrada
sobre sí misma, pierde cualquier salida al mar.
Sancho VII carece de hijos, de modo que el conde Teobaldo de Champagne,
casado con su hermana Blanca, puede considerarse heredero. Este matrimonio tiene
una específica significación ya que se trata de insertar el comercio de Navarra,
fuente de vida, con las ferias más importantes de Europa, que se celebran
precisamente en Champagne. Teobaldo muere en la Cruzada de modo que se abre
también un interrogante, aunque Blanca no está dispuesta a renunciar en la
transmisión de sus derechos. Ella intervine en las negociaciones entre su
hermano y Juan sin Tierra (Chinon 1201, Angulema 1202) que permiten abrir vías
hacia el Atlántico tan importantes.
Es indudable que con el reinado de Sancho VII alcanzamos no sólo el fin de
una dinastía sino también la plena madurez de un reino, al que se niegas las
perspectivas de expansión. Tiene que volverse hacia su interior, desarrollando
los medios económicos y tratando de obtener el mejor partido de ellos mediante
una buena relación con sus vecinos. Es uno de los cinco elementos políticos que
se aúnan para constituir España, la nación a la que todos pertenecen. Las buenas
relaciones son esenciales. Es entonces cuando surge Rodrigo Jiménez de Rada,
nacido en Puente la Reina, que llegará a ser arzobispo de Toledo, inspirador de
los trabajos de Lucas de Tuy y autor, él mismo, de una Crónica en que
trata de explicar qué cosa es España. En este mismo momento Diego López de Haro
intenta una revuelta contra Alfonso VIII arrastrando a ella a las comarcas
vascas y sufre una sorpresa: se niegan a secundarle porque se sienten
esencialmente castellanas, ya que esta Monarquía es la que garantiza sus fueros
que son, en definitiva, sus libertades.
Para Jiménez de Rada es preciso lograr un entendimiento en la unidad a fin de
que Hispania, terriblemente amenazada por el empujón almohade, pueda ser
plenamente reconstruida en lo que para ella es más esencial: el cristianismo que
es además custodio de la herencia romana. El 29 de octubre de 1207 logra la paz
definitiva que se firma en Guadalajara: las fronteras están fijas ya para
siempre, y así sucede. La Navarra de entonces es la de hoy. Lo importante es que
los súbditos de ambos reinos puedan moverse con libertad, tutelados por los
mismos impuestos y compromisos en su actividad económica. Esto permite
desarrollar recursos. Son precisamente estos recursos los que garantizan la paz
con Aragón (Monteagudo) que compromete a Pedro II.
Para Europa se acercaba un momento que podía resultar decisivo ya que el
Califa almohade, extremista islámico, estaba movilizando unas muy considerables
fuerzas. Jiménez de Rada logró del Papa que se predicara una cruzada con las
indulgencias y recursos acostumbrados, confiando así atraer caballeros de toda
Europa. Acudieron muchos pero regresaron antes del enfrentamiento porque no
descubrían las ventajas que de la empresa podían obtener. Sancho VII, en cambio,
permaneció con los suyos ostentando la vanguardia en el enfrentamiento que, en
julio de 1212, tuvo lugar no lejos de Úbeda, al que los cronistas españoles
llaman simplemente la Batalla. Rompió las defensas que rodeaban la tienda del
Califa e incorporó de este modo al escudo de Navarra las cadenas que aún figuran
en él. En pocos años la Reconquista terminó. Crecieron cuatro de los cinco
reinos al destruir al-Andalus (Castilla consintió la pervivencia de una reserva
islámica en su territorio junto a Granada) pero Navarra no. Las fronteras
estaban cerradas.
La construcción del futuro
De este modo tenemos que cerrar un primer capítulo de la Historia de Navarra,
cubriendo trescientos años. Ahora Sancho tenía que construir el futuro y aquí
entraban las dudas. De acuerdo con las normas del derecho patrimonial, la
herencia correspondía a su sobrino, hijo póstumo de Blanca y de Teobaldo de
Champagne a quien se había impuesto el mismo nombre que a su padre. Pero esto
significaba que Navarra iba a convertirse en una parte dentro del vasto
patrimonio de uno de los principales nobles franceses, sumándose a la lista de
feudos vasallos del rey de París. Por un momento el monarca navarro pensó que
era precisa otra solución más acorde con la españolidad de su reino y el 2 de
febrero de 1231 se reunió en Tudela con Jaime I de Aragón a fin de ejecutar con
él un acto de recíproco prohijamiento: dada la diferencia de edad significaba
que el Conquistador podría sumar Navarra a sus reinos de Aragón, Cataluña y
ahora Valencia. El pacto, sin embargo, no fue cumplido; había muchos recuerdos
negativos.
Cuando Sancho VII muere (7 de abril de 1234) sus súbditos, bien manejados por
Blanca que asumió la regencia, reconocieron a Teobaldo que ya se titulaba conde
de Champagne, y hablaba y vivía como un francés. Las Ferias significaban un
factor decisivo en la economía europea y, en consecuencia, esa unión también
podía considerarse ventajosa para muchos navarros. Teobaldo no pensaba
instalarse en Pamplona ni en convertirse en uno entre los cinco reyes de España
sino en dotar a Navarra de instrumentos de gobierno apoyándose decisivamente, de
acuerdo con su mentalidad, en la alta nobleza. Pamplona iba a ser gobernada por
el senescal Sancho Fernández de Monteagudo, que presidiría un consejo formado
por cinco nobles, los de más relieve del país. La alta nobleza quedó satisfecha
pues iban a ser sus linajes los que tomaran las decisiones. Para la pequeña
nobleza de infanzones esta situación constituía una velada amenaza. Sobre la
base de una defensa de la paz interior contra los bandoleros, formaron
hermandades semejantes a las castellanas, mediante las cuales pensaban defender
sus libertades. La más famosa fue la Cofradía de Miluce, base para las generales
que pronto se formalizarían.
Teobaldo, que se había comprometido a ir a la cruzada (1237), consiguió del
Papa Gregorio IX un decreto que, bajo pena de excomunión, declaraba nulas todas
las cofradías y ligas que se hubieran constituido. Fue entonces cuando los
infanzones constituyeron la gran hermandad de Obanos resistiendo la órden –se
acata pero no se cumple– y la ciudad de Tudela envió una reclamación al Papa
denunciando el engaño que en esta ocasión se había cometido. No era justo
disolver los instrumentos que garantizaban el orden ya que las hermandades no
iban contra la potestad real sino, al contrario, a favor de ella. Se llegó
finalmente a una solución. Teobaldo hizo el largo viaje hasta Estella en donde
se reunió con los procuradores de los infanzones y con las otras fuerzas
políticas del reino. El 25 de enero de 1238 se decidió crear una comisión capaz
de representar cabalmente al reino de Navarra: entraban en ella diez ricos
hombres, cuarenta caballeros y diez eclesiásticos, sumándose a todos ellos el
rey y el obispo de Pamplona cabezas de los dos poderes.
La tarea encomendada a esta comisión era precisamente la de poner por escrito
los usos y costumbres. De este modo nació el que llamamos Fuero Viejo de
Navarra. Se trataba de decir cómo estaba formado el reino y no de señalar la
forma en que había de constituirse. Deben ser señalados en este precioso
documento que sobreviviría al tiempo, algunos aspectos que constituyen la
esencia de la navarreidad. En primer lugar el completo predominio que en él se
atribuía a la baja nobleza de caballeros o infanzones, lo cual indicaba ya una
tendencia en las costumbres que ha llegado a incorporarse en varios sentidos al
carácter de ese pueblo. En este documento se decía que el reino había comenzado
precisamente con el gesto de Pelayo y Covadonga. De ahí que los reyes no fueran
coronados sino alzados sobre un pavés como los primeros caudillos de la
reconquista. Las leyes allí reunidas, que podrían experimentar «amejoramientos»
de acuerdo con las nuevas costumbres, no podían sin embargo ser modificadas por
un rey que fuera «hombre de otra tierra o de extraño país o de extraño
lenguaje». Lo que significaba que la españolidad de Navarra se consideraba como
fuente para el patrimonio que constituían aquellas libertades. Una raíz que
venía de Roma y se afirmaba en el cristianismo.
La Curia Regia pasaba a ser un verdadero Consejo de Estado con capacidad
incluso de dictar sentencias en aquellos conflictos que llegaran a producirse
entre el rey y su pueblo. Podía reunirse de forma ordinaria o plena, en cuyo
caso se usaría el término alternativo de Corte, que pasó a ser plural cuando se
unieron procuradores de las ciudades y villas. Aunque el oficio más alto seguía
siendo el de mayordomo, aunque desde el siglo XII ya se menciona un canciller
cuya importancia y poderes irán creciendo. Empezaban a establecerse señoríos
jurisdiccionales, como en Castilla o Francia, aunque en Navarra el nombre que se
prefería era el de honores. La población rural, absolutamente mayoritaria, era
libre pero en una condición de pecheros; el tributo que pagan en Navarra se
llamaba peyta y es un equivalente al pecho castellano, sometido también al
sistema de encabezamiento. La lengua usada era, como dijimos, el castellano, si
bien en los valles más arriscados del Pirineo se producen modismos que son en
todo semejantes y reflejos de los que encontramos en nuestros días. No es
posible hablar de una literatura específicamente navarra. Tampoco llegó a
establecer un Estudio General: los que querían recibir educación superior
viajaban a París o a las Universidades de los otros reinos españoles.
Pese a todo, es preciso reconocer que Navarra era cada vez más importante. El
desarrollo de su agricultura y el comercio, que atraía un buen número de judíos,
que iban a permanecer hasta el siglo XV, hacían que Castilla, ahora unida con
León y convertida en la primera de las Monarquías españolas, sintiese una cierta
preocupación. La presencia de una dinastía francesa, cuyos titulares demostraban
mayor preocupación por los dominios que poseían en aquel reino, podía
considerarse como renovación de una amenaza semejante a la que recordaba la
leyenda de Roncesvalles. Pero también la nobleza navarra mostraba preocupación:
temía ser sometida al poderío de los linajes galos.
En 1238 había muerto el obispo de Pamplona, Pedro Ramírez de Piedrola. Era la
máxima potestad espiritual, aunque no era exclusivamente Navarra, pues de esta
sede dependían Guipúzcoa y tres comarcas aragonesas, Sos, Sádaba y Uncastillo.
Por otra parte Tudela pertenecía a la sede de Tarazona mientras que San Juan de
Pie de Puerto dependía de Bayona. El cabildo se dividió de modo que se hicieron
dos propuestas de sucesión: Lope García, que contaba con el apoyo de la alta
nobleza, y el arcediano Guillermo de Oris que puede considerarse como partidario
del rey que estaba aun ausente de Pamplona a consecuencia de las cruzadas. El
Papa resolvió el conflicto de acuerdo con la costumbre, nombrando a un tercero,
Pedro Giménez de Gazolaz. Como es fácil suponer, aunque las partes se sometieron
a las órdenes del Papa, hubo disgusto en muy amplios sectores.
En 1243 Teobaldo regresó a Pamplona dispuesto a instalarse allí. Pero el
obispo gozaba de tan amplia jurisdicción, excepto en algunos lugares extremos,
que no era prudente instalar allí la Corte con sus dependencias. Reinaba en
Castilla Fernando III de modo que no fue nada difícil a Teobaldo llegar a la
firma de un acuerdo con este reino (1245) que fijaba definitivamente fronteras y
relaciones entre los moradores. No pasó mucho tiempo sin que por un detalle
mínimo, la jurisdicción del castillo de Monjardines estallase la contienda entre
el rey y el obispo (1248). había algo en el fondo que conocemos mal: Pedro
Giménez se instaló en territorio aragonés y presentó ante la Curia romana una
denuncia en regla contra Teobaldo que fue excomulgado por atentar contra las
libertades de la Iglesia. Obligado a pedir perdón puede hablarse de un
sometimiento de la Corona. Naturalmente la situación implicaba una afirmación de
las instituciones propias de Navarra.
Teobaldo hubo de elaborar entonces una nueva política: buscar el acercamiento
a Francia y otorgar fueros y cartas de libertad a villas y ciudades, como
estaban haciendo los otros reyes españoles. Esto significaba favorecer a los
infanzones y también a la nueva clase social de ciudadanos frente a los ricos
hombres; un paso adelante hacia la modernidad. De todas formas el futuro de
Navarra, una vez abandonadas las querellas fronterizas dependía de las
actividades mercantiles en estrecha relación con las Ferias de Champagne. Es
bastante amplio el sector que se deja ganar por la francofilia. De hecho en la
segunda mitad del siglo XIII la presencia e influjo de Francia no hacen sino
crecer. El matrimonio de Teobaldo con Margarita de Borbón marca el comienzo de
una presencia de este linaje en relación con Francia.
De este matrimonio nace un niño, Teobaldo II, que se convierte en rey de
Navarra en 1253 a la muerte de su padre, siendo Margarita la que ejerce las
funciones de tutela, cosa que se acepta en Champagne pero que encuentra
dificultades en la propia Navarra. Alfonso X de Castilla declara nulas las
garantías dadas por su padre y reclama Navarra como una parte del patrimonio
castellano, alegando ciertas vías de parentesco. Los ricos hombres, que dominan
la Curia y pueden arrastrar en este caso a la pequeña nobleza, acuden a Jaime I
de Aragón (pacto de Tudela, 1 de agosto de 1253) que necesita disponer de la
libre circulación por el Ebro y se compromete en consecuencia a defender el
reino de la amenaza castellana. En estas condiciones la nobleza navarra acude a
Teobaldo II y acepta reconocerle como rey mediante tres condiciones: sería
jurado el Fuero con todas las cartas de libertades inherentes; la moneda no
podría quebrarse en un plazo de doce años; el poder en Navarra sería ejercido
por un Amo, natural del país, hasta que llegara el día en que el monarca
estuviese en condiciones de asumirlo.
Alfonso X preparaba sus tropas. Pero la situación interna de Castilla era muy
delicada. Jaime I tranquiliza a Teobaldo II: puede residir tranquilamente en
Champagne pues él se encargará de defender el reino, para lo cual cuenta también
con el malestar de la nobleza castellana que quiere impedir el fortalecimiento
de la potestad regia. Los principales nobles, Diego López de Haro, Ramiro
Rodríguez y hasta un hermano del rey, el infante don Enrique, se colocan al lado
de los aragoneses. Aunque Alfonso X no tendrá dificultades para someter este
primer amago de revuelta nobiliaria, comprende que es necesario cambiar de
política: una invasión de Navarra significaría una guerra con Francia y con
Aragón que no le conviene. Es el momento en que inicia sus contactos con los
ghibelinos que le reconocen como Rey de Romanos y heredero del linaje de los
Staufen. Modifica sus propuestas a Navarra: que ésta vuelva a suscribir un
acuerdo de vasallaje lo que vendría a significar solamente que los navarros
deben considerarse parte constitutiva de la nación española y no de la francesa.
Para Teobaldo II se trata de una lección de la que toma buena nota. No debe
ser Navarra el corazón de sus estados. El 6 de abril de 1255 contrae matrimonio
con una hija de San Luis e invierte el sentido de los títulos, se trata de un
conde de Champagne, titular de otros ricos señoríos, que posee también el reino
de Navarra como uno más. Se reconcilia aparatosamente con el obispo de Pamplona
y asegura a esta mitra la percepción de una parte considerable de las rentas de
la ciudad. A fin de cuentas en la aventura del Imperio, Alfonso X va a necesitar
también de su ayuda.
Acompañado por su madre, Teobaldo II se encuentra en Vitoria el 1 de enero de
1256 a fin de negociar directamente con Alfonso X una fórmula de convivencia.
Aquí es donde ejecuta el acto de vasallaje que constituye especialmente una
garantía de que el reino forma parte de Hispania y no podrá incluirse nunca
entre los señoríos franceses. Por este camino Teobaldo llega a convertirse en un
noble más, entre los grandes de la Corte castellana; en calidad de tal, Alfonso
X le confía a título vitalicio, el gobierno de San Sebastián y Fuenterrabía que
garantizaban el comercio marítimo.
Todo esto garantiza la estabilidad a sus vecinos peninsulares, ahora que,
terminada la reconquista, tienden a fijarse definitivamente las fronteras. Para
la Casa de Champagne Navarra es simplemente una propiedad señorial que debe ser
cuidada y explotada como fuente de rentas. No tiene prácticamente un rey ya que
en modo alguno estaba Teobaldo dispuesto a instalarse en Pamplona. Aquí se hace
representar por un lugarteniente que no es navarro, sino francés, primero
Godofredo de Bourlemont, luego Clemente de Launay; se trata, simplemente de
personas de confianza del señor. Nada tienen que ver con el reino. De este modo
la importancia de la Corte experimenta una disminución. De hecho el reino
expresa su voz a través de la Junta de Infanzones de Obanos. Y aquí tampoco hay
unanimidad. Vista desde Champagne, Navarra no es otra cosa que un señorío más,
de importancia, en el conjunto patrimonial. Pese a las promesas el sometimiento
a Francia es un hecho.
Pese a todo es evidente que Navarra ha progresado en esa línea del pactismo
que caracteriza a las Monarquías ibéricas. Gracias al Fuero se aseguran las
libertades y se establece la diferencia radical entre las dos legitimidades, de
origen, que pertenece a la dinastía, y de ejercicio que se adquiere al ser
alzado sobre el pavés y jurar las leyes. Pero en 1259, culminando con ello el
proceso de consolidación, Teobaldo consigue del Papa una bula que otorga al
obispo de Pamplona o a otro en su defecto, facultad para consagrar a los futuros
monarcas. De este modo se lograba la aproximación a Francia: la monarquía sería
en adelante sacralizada y no pactada. El modelo francés es evidente. Sin embargo
hay un pequeño escollo. Del matrimonio de Teobaldo con Isabel de Francia, la
hija de San Luis, no hay descendencia, de modo que la herencia corresponde al
hermano, Enrique de Champagne. Y éste, mientras se prepara para asumir sus
funciones, parece preparar un vuelco a la situación, contando en este caso con
el apoyo de la nobleza navarra. Tiene una amante navarra de la que nace un hijo
Juan Enríquez de Lacarra, al que reconoce, y anuncia su propósito de casarse con
ella, legitimando de este modo al vástago, que es navarro y no francés.
Intervienen entonces los miembros de la Casa de Anjou: no es posible tolerar
que Navarra se separe de los feudos franceses. Consiguen el destierro de Enrique
(1269) y le ponen ante una disyuntiva: la pérdida de todos sus derechos sobre la
Casa de Champagne, o la integración en la alta nobleza gala mediante el
matrimonio con Blanca de Francia, una hija de Roberto de Artois. En este momento
clave se dibuja la política del vecino reino. Navarra tiene que integrarse
dentro de los dominios que se controlan desde París. Enrique cede y casa con
Blanca; se le promete una consagración como rey. En estos momentos se produce
también una reordenación administrativa y económica de Navarra, siempre de
acuerdo con el modelo francés. El reino quedará constituido por cuatro
merindades, Pamplona, Estella, Sangüesa y la Ribera de Tudela y una castellanía
ultrapirenaica, la de San Juan del otro lado de los montes. El desarrollo
mercantil es uno de los factores con que cuentan los franceses para imponerse.
Las concesiones forzadas a Enrique de Champagne no hicieron cambiar de
opinión. Apenas unos meses más tarde llega la noticia de que Teobaldo II ha
muerto en Trapani (5 de diciembre de 1270) cuando regresaba de la cruzada de
Túnez que también costó la vida a San Luis. Enrique I cambia las cosas: sin
tener en cuenta la bula pontificia monta en Pamplona su proclamación de acuerdo
con los usos tradicionales: escudo y juramento del Fuero Viejo. No sólo esto.
Para él Navarra es la cabeza y Champagne el apéndice conveniente. Llega a un
acuerdo con Alfonso X que apunta a la hispanización de Navarra: su niño recién
nacido, al que llamaran Teobaldo, se compromete en matrimonio con una infanta
castellana, de modo que la nueva dinastía de Navarra apunte a la españolidad
–una idea que recogerá Carlos III un siglo más tarde– pues de ella depende
también el desarrollo económico hacia el Ebro y hacia el golfo de Vizcaya. Sin
embargo los acontecimientos se tuercen: el niño fallece en Estella el año 1273,
y el padre en 1274 cuando contaba únicamente 25 años de edad.
* Luis
Suárez Fernández es Catedrático y miembro de la real Academia de la
Historia.
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