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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 115 – Julio / Agosto de 2007
LO QUE SIGNIFICA NAVARRA (y 2)
Luis Suárez Fernández
*
Tiempo de influencia francesa
Tres factores negativos operaban sobre Navarra en esta fecha de 1274 cuando
el poder angevino parece desarrollarse incontrastable sobre todo el Occidente
mediterráneo: la poderosa influencia francesa que ha llegado a convertirse en
hegemónica sobre la Cristiandad; el hecho de que se disponga sólo de una
dinastía no española; y que el poder quede en manos de una mujer, Blanca, y una
niña, Juana. La alta nobleza reconoce en Blanca una regente pero reclama para
ella el poder y, de hecho, Pedro Sánchez de Monteagudo, señor de Cascante, pasa
a ejercerlo. Los burgos de francos que jalonan el camino mercantil de Santiago
se muestran inclinados en favor de Francia. Los infanzones de Ovando insisten en
su identidad nacional hispánica. Alfonso X reclama nuevamente sus supuestos
derechos. Jaime I presenta el 29 de junio de 1274 una reclamación aludiendo al
prohijamiento que conviniera con Sancho VII y encarga a su hijo Pedro, futuro
rey, una negociación con el obispo de Pamplona y Pedro Sánchez de Monteagudo,
con el compromiso de que, incorporada a la Corona de Aragón, Navarra no perderá
su calidad de reino ni sus libertades.
La reina Blanca, con su hija, temen verse envueltas en esta situación y
decide hallar refugio en la Corte de Felipe III de Francia su pariente,
reclamando de él una solución enteramente francesa. Mientras tanto el futuro
Pedro III se instala en Tarazona y emprende negociaciones directas con las
Cortes reunidas entonces en Puente la Reina (3 de octubre de 1274). Para
Monteagudo y el obispo de Pamplona es una sorpresa pues no se trata de confirmar
el poder que ellos venían ejerciendo. Pedro propone el matrimonio de la niña
Juana con su hijo Alfonso proclamando a ambos reyes de Navarra; volver a las
costumbres del reino y ser levantado sobre el pavés; comprometerse a no gobernar
sino de acuerdo y colaboración con la Corte, e incrementar las asignaciones que
los nobles tenían por el servicio militar.
No es la paz sino la guerra. Monteagudo y el obispo acuden a Alfonso X en
petición de ayuda, reconociéndole en sus pretendidos derechos. El monarca
castellano, en noviembre de 1274, hace renuncia de todos estos derechos en su
hijo Fernando, a quien llaman De la Cerda, y que puede contar con amplias
apoyaturas también fuera de España. Contando con un partido navarro que
acaudilla el linaje de los Almoravit, Fernando decide invadir el reino. Es
entonces cuando el obispo de Pamplona y Pedro Sánchez de Monteagudo, deciden
cambiar de bando: Fernando y Pedro son herederos de la corona en sus respectivos
reinos y la victoria de cualquiera de ellos significaría la desaparición de la
independencia de Navarra. La nobleza, reunida en Estella toma la iniciativa de
proclamar reina a Juana, buscando para ella un marido francés que no tenga estos
inconvenientes. La mayor parte de la nobleza y de las ciudades se adhiere a este
punto de vista enviando a Blanca una carta que le reconoce plenos poderes como
regentes. Ella busca el apoyo de Felipe III de Francia y casa a su hija con uno
de sus hijos, Felipe, que en aquel momento no ostentaba la condición de
heredero. Las Cortes de Olite, guiadas por Monteagudo, confirman esta decisión.
Francia puede obtener un gran beneficio: sus fronteras se adelantan hasta el
Ebro.
Circunstancias coyunturales influyeron de modo decisivo en estos
acontecimientos. En primer término la muerte de Fernando de la Cerda, cuyos
hijos, excluidos de la herencia por Sancho IV, acuden a Francia logrando apoyo
de este país y renunciando a cualquier intención sobre Navarra. Blanca cede a su
consuegro Felipe III el ejercicio de la regencia, y éste, en 1275 nombra
gobernador general de Navarra a Eustaquio de Bellemarche, senescal de Toulouse.
Es ya un verdadero territorio francés. Eustaquio se instala en Pamplona y
comienza a recibir el juramento de fidelidad de los nobles. En nombre de Sancho
de Castilla, que se proclama ya heredero de Alfonso X acuden a Pamplona Lope
Díaz de Haro y Simón Ruiz, señor de los Cameros y, con garantías sobre la
inmovilidad de las fronteras y las pretensiones de los infantes de la Cerda,
afirman todo su apoyo al gobierno de Eustaquio (tratado de Los Arcos, 2 de abril
de 1276). También la Casa de Lara, como la alta nobleza de Navarra, se colocan
al lado del lugarteniente francés.
Profunda decepción para muchos en Navarra. Los dos antiguos rivales,
Almoravit y Monteagudo, hasta ahora rivales, coinciden en un pensamiento; esto
no es otra cosa que la incorporación de Navarra a la Corona de Francia. Para
defender la independencia del reino es imprescindible acudir a las armas y con
apoyo de los infanzones promueven un levantamiento del barrio llamado de la
Navarrería bloqueando en la vieja Pamplona a Eustaquio de Bellemarche. Los
rebeldes no consiguen ayuda de Pedro III, más interesado por las cuestiones
sicilianas, aunque sí de Alfonso X a quien empuja su reconocido heredero Sancho,
ya que ambos ven cómo Francia apoya a los infantes de la Cerda en un afán de
debilitar y quebrantar a Castilla. Algunas tropas castellanas, insuficientes,
acudirán en socorro de los rebeldes de la Navarrería. La alta nobleza navarra
estaba en contra de los franceses pero los burgos enteramente a su favor. Con un
fuerte ejército Roberto de Artois invade Navarra, alcanza Pamplona y destruye la
resistencia de la Navarrería que es sometida a saqueo. Luego el propio Roberto
de Artois viaja hasta Vitoria para entrevistarse con Alfonso X y firmar con él
los acuerdos del 7 de noviembre de 1276: aunque el monarca castellano no hacía
renuncia expresa a sus derechos, aceptaba retirar sus tropas de aquel territorio
y resolver mediante negociación el problema de los infantes de la Cerda que
Francia consideraba como suyo.
La muerte de otros hijos de Felipe III hizo del marido de Juana, Felipe, un
heredero de la Corona. En el momento de las Vísperas y del enfrentamiento con la
monarquía aragonesa, un solo rey, desde 1284, manda en París y en Pamplona. No
puede dudarse sin embargo de que la obra de Felipe III en Navarra había
revestido una gran importancia, ante todo al alcanzar, mediante sumisión, la
pacificación interna. Los métodos han sido duros: Pedro Sánchez de Monteagudo
fue asesinado y los miembros de la alta nobleza tuvieron que someterse uno a
uno. Se otorgaron cartas de privilegio a los barrios pamplonicas de San Cernín y
de San Nicolás, con lo que la Navarrería quedaba castigada. También el obispo
hubo de pagar costas: se redujeron a la mitad las rentas que cobraba en aquella
ciudad. Poco a poco se irían destapando los descontentos al comprobarse que la
opción francesa conducía precisamente a lo contrario de lo que en principio se
esperara. Todos los oficios importantes eran ocupados por franceses; de esta
nación eran las tropas y también la moneda. En definitiva con un rey común,
Navarra pasaba a ser una mera provincia de Francia.
Son precisamente los años en que comienza para Europa la gran recesión que,
entre otras cosas, acentúa las corrientes del antijudaísmo. Antes de fin de
siglo Inglaterra tomará la iniciativa de su expulsión, una estrategia que muchos
también defienden en Francia. Navarra se contagia también de estos odios que
acabarán provocando violencias y asaltos en los barrios judíos. Indirectamente
Navarra se había beneficiado durante un siglo de la expansión mercantil por la
amistad francesa, si bien ahora necesita pagar elevados peajes al utilizar los
puertos castellanos del Cantábrico y las comunicaciones con Aragón.
En 1281, cuando todavía no había ceñido la corona de Francia, Felipe IV,
marido de Juana, había abierto un proceso de información: se trataba de
modificar la constitución del reino de Navarra a fin de acomodarlo al modelo
francés, más sumiso a la Corona. Pero entonces la Junta de Infanzones de Obando
y la de las Buenas Villas, se unen en un solo frente (reuniones de 1289 y 1291)
y acuerdan asumir una defensa de su identidad. Ni el Fuero ni los usos y
costumbres del Reino pueden ser alterados. Todo esto es lo que se eleva a
posición del reino en la gran Asamblea que se reúne en Pamplona en 1298, a la
cual asiste el obispo, sentado en la presidencia y garantizando el apoyo de la
Iglesia. Ante esta unanimidad, definitoria de lo que constituye la navarreidad,
el propio lugarteniente general Alfonso de Rouvray tuvo que ceder. De este modo
en agosto de 1299 pueden reunirse las Cortes de Estella para afirmar la calidad
de reino hispánico para Navarra: acuerdo fundamental, el Fuero Viejo puede ser «amejorado»
pero en modo alguno modificado o sustituido. Es la condición precisa de la
libertad que se extiende a todos, excepto a judíos o musulmanes porque el
bautismo es condición inexcusable para formar parte de la comunidad llamada
reino.
El 1 de abril de 1305 muere la reina Juana. Las Cortes de Navarra recuerdan
que, conformes con el Fuero, los derechos de ésta no pasan al marido sino al
hijo, Luis, a quien llamaban Hutin. De acuerdo con las Cortes a él corresponde
la corona. Las villas acuerdan celebrar reuniones cada cuatro meses a fin de
defender sus libertades y la nobleza pide a Luis que venga a tomar posesión a
Pamplona jurando al mismo tiempo dos cosas: que defendería y cumpliría el Fuero,
signo de identidad y que se mantendría en el futuro la separación respecto a la
Corona de Francia, de la que Luis es heredero.
Lo mismo que estaba sucediendo en los demás reinos hispánicos, Navarra
reconocía en las mujeres la legitimidad de origen, aunque se inclinaba del lado
aragonés, que obligaba a transmitir al varón más próximo la de ejercicio. Los
nuevos gobernantes franceses estaban tratando de vencer las resistencias pero
era ya demasiado tarde. Navarra se había consolidado como una fuerte comunidad
política en la que se advertían dos zonas económicas igualmente prósperas, la
Montaña preferentemente ganadera, y la Ribera, agrícola y mercantil. Crece la
importancia del Ebro que es ahora la gran vía de comunicación que relaciona la
esfera mercantil del Cantábrico con el Mediterráneo. La ausencia de guerras
permite mantener la corona con rentas ordinarias. Y el comercio garantiza además
para ella ingresos indirectos que acaban constituyendo poderosa reserva.
En estos años que corresponden al reinado de Luis I se va consolidando una
especie de unidad interna, acaudillada desde luego por la alta nobleza, cuyos
dos principales miembros, Fortuño de Almoravit y Martín Jiménez de Aybar se
ponen de acuerdo para reunir Cortes en Olite (28 de abril de 1307) un poco al
margen de la autoridad del monarca para tomar dos decisiones: se confirman las
Cartas de Hermandad como pretenden las villas aforadas y se debe pedir al rey
que fije su residencia en Pamplona porque el reino debe ser gobernado desde su
interior. La voluntad política es tan fuerte que en París se teme que vaya a
producirse un golpe de Estado, proclamando rey a uno de estos nobles. Por eso se
decide que Luis Hutin viaje a Pamplona, pero a la cabeza de un ejército bastante
fuerte como para destruir cualquier resistencia. En su séquito viajan también
jueces expertos en legislación cuyo cometido será acomodar los usos y costumbres
al modelo francés. El sometimiento de Navarra fue esta vez efectivo; en todas
partes guarniciones francesas se encargaban de sostener a los nuevos
gobernantes, también franceses. Almoravit y Jiménez, prisioneros, fueron
conducidos a Francia. La Junta de Obanos suprimida sin más.
Luis muere en 1316 siendo ya rey de Francia, dejando una hija, Juana, que de
acuerdo con las costumbres navarras podía ser reconocida reina; desde 1318 ha
contraído matrimonio con un primo del rey, Felipe de Evreux. En este momento la
fuerza de ocupación es tan poderosa que los navarros no pueden proclamar a Juana
y su marido como reyes. Felipe V de Francia reina en Navarra hasta 1320, pero
fallece también sin hijos. Su hermano Carlos IV le sucede y, de este modo la
anexión a Francia se prolonga hasta 1328.
Un año clave. Para impedir reclamaciones que vienen de Inglaterra, en Francia
se esgrime la ley sálica que impide a las mujeres incluso transmitir derechos y
se proclama a Felipe VI. Va a comenzar la guerra de los Cien Años. El 13 de
marzo de este año, en Puente la Reina, se reúnen en Asamblea dos estamentos,
nobleza y ciudadanos y acuerda reivindicar la costumbre navarra que reconoce los
derechos femeninos. El lugarteniente general Pere Ramón de Rabastens es
destituido y dos grandes navarros, Juan Martínez de Medrano, el Mayor, y Juan
Corbarán de Lehet, asumen el gobierno en nombre de Juana y de su marido Felipe
de Evreux, que son proclamados reyes. Navarra pues recobra su independencia. De
todas formas Felipe de Evreux supo gobernar correctamente dejando tras de sí una
buena memoria. Devuelve a los judíos a la protección regia, compensando los
daños que sufriera esta comunidad dos años antes por un movimiento de violencia.
Las Cortes, el 10 de septiembre de 1331, aprueban un «amejoramiento» que
significa sobre todo que el Fuero es reconocido como ley fundamental
inconmovible. A partir de este momento puede decirse que el poder de las Cortes
se consolida, y los reyes no tienen más remedio que someterse a sus acuerdos y
cumplirlos.
En 1350 Carlos II, siendo todavía muy joven, sucede a su padre. Su principal
preocupación está, sin embargo, en Francia; sostiene que a no ser por la
malhadada ley sálica, él, nieto de Felipe IV tenía más derechos a sucederle que
los colaterales parientes de la línea de Anjou. Tomó una muy clara decisión:
invirtiendo los términos hacer de Navarra la plataforma de poder que le
permitiera recobrar tales derechos o, al menos, incrementar sus ya extensos
señoríos en Francia. Convoca las Cortes en Estella, jura los Fueros, adquiere
todos los compromisos necesarios y a cambio obtiene una ayuda extraordinaria y
el consentimiento para alterar el valor de la moneda logrando de este modo
amontonar recursos. No dudó en aplicar medidas rigurosas para ahogar la
resistencia inicial y estableció contacto con los bandos oñacinos de Guipúzcoa a
fin de reclutar aquí mercenarios. Coincide con el comienzo del reinado de Pedro
I en Castilla y con el cambio de postura de este reino que se aproxima a la
alianza inglesa.
En agosto de 1351 Carlos II vuelve a Francia como lugarteniente en Languedoc,
tratando de afirmar su poderoso señorío de Normandia. Su hermano Luis permaneció
en Pamplona haciéndose cargo del gobierno de Navarra. Desde 1354 Carlos pasa a
la alianza inglesa participando en la guerra y en las revueltas del vecino país.
En 1356 cae prisionero de los franceses que le retendrán en esta condición. Pero
Luis, que asume todo el poder, hace suya la política de paz. No hay guerra con
Francia, ni tampoco conflicto con Castilla: por medio de Juan Fernández de
Hinestrosa establece un acuerdo de plenas garantías respecto a la frontera entre
los dos países. Navarra no se mezclará en la contienda nobiliaria, pero cierto
número de sus nobles se inscribe en las mesnadas de Enrique de Trastámara y
conseguirá medrar incorporándose luego, como los Stuñiga a la nobleza
castellana. Luis consigue una gran popularidad merced a este cuidado en evitar
la guerra. Se margina cuando estallan los terribles conflictos entre Castilla y
Aragón.
La paz de Brettigny devuelve a Carlos II su libertad recobrando señoríos en
Evreux y Normandía. De modo que cuando en 1362 vuelve a Navarra, nada ha
cambiado de sus planes. El 27 de mayo de 1362 él firma con Pedro I y con Eduardo
III de Inglaterra el pacto de Estella, dirigido contra Aragón y Francia y, en
definitiva contra los trastamaristas. De este modo la guerra de los Cien Años
llega a España. Un compromiso que sólo muy indirectamente afecta a sus planes y
que constituye para Navarra un evidente perjuicio. Carlos II se entrevista en
Soria con Pedro I, a quien proporciona mercenarios previo pago de su importe y
luego rompe las hostilidades por la frontera de Sos. La campaña del 63, en que
tropas navarras figuran entre los invasores castellanos, permite a Enrique de
Trastámara asentarse firmemente en Aragón. Inevitablemente Carlos II tenía que
descubrir el error que estaba cometiendo al dejarse arrastrar por la insania del
rey Cruel. Cuando el Papa envía como legado al abad de Fécampo, el monarca
navarro cambia de postura y se ofrece como mediador, buscando siempre recursos
para su política de largo alcance.
Esta mediación permite alcanzar la paz de Murviedro (1363) que es sin duda un
muy serio perjuicio para Pedro IV de Aragón. Enrique de Trastámara, con sus
mercenarios, es obligado a regresar a Francia. Pero Carlos II no tiene más
remedio que meditar hondamente: ¿que suerte aguarda a su Navarra en el caso de
que el castellano consiga imponer su hegemonía sobre toda la península? Navarra
no alcanza los 100.000 habitantes, sumando en ellos la poderosa comunidad judía.
Un poder insignificante al lado de los copiosos recursos castellanos. Hay que
cambiar. Primero dentro, haciendo la recepción del Derecho romano como los otros
reinos peninsulares y luego hacia fuera buscando resortes de fortalecimiento. La
Corona de Aragón es la única alternativa posible de seguridad.
Como una consecuencia de este cambio radical, Carlos II y Pedro IV celebran
una larga entrevista en Uncastillo, de la que sólo podemos tener un conocimiento
parcial. Se trataba fundamentalmente de acabar con el peligrosísimo Pedro I de
Castilla y de hacer una revisión en las fronteras que hiciera más equilibrada la
extensión territorial de cada uno de los reinos hispanos. Aragón adelantaba una
gruesa suma a Carlos a fin de que éste movilizara sus mercenarios. Pero Carlos
tomó el dinero, convocó a sus soldados y lo que hizo fue intentar la
recuperación de Normandía. El 16 de mayo de 1364 sufrió una derrota decisiva en
Cocherel. Perdió entonces todo su crédito. Pero en Uncastilla se había tratado
de otra cosa, reconocer a Enrique de Trastámara como rey de Castilla,
aprovechando su matrimonio con Juana Manuel, en quien recaían los derechos de
los infantes de la Cerda. Carlos y el Ceremonioso vuelven a entrevistarse entre
Sangüesa y Sos los días que median entre el 13 de febrero y el 2 de marzo de
1365, y aquí acuerdan reconocer a Enrique II, que, a su vez, se compromete a
ciertas importantes revisiones territoriales.
Aunque no se dijera expresamente, estos nuevos acuerdos invalidaban la
política de colaboración con Inglaterra que el monarca navarro venía practicando
desde 1352. Enrique de Trastámara, que cuenta con el decisivo apoyo de Francia,
el Papa y las más eficaces compañías de veteranos de la guerra europea, vuelve a
la península y en Almudebar celebra un encuentro con Pedro IV y Carlos II. El
será el rey: sus enemigos posibles como Bernat Cabrera, deben ser eliminados.
Los suyos tendrán libre paso por Aragón y también por Navarra. A cambio de esto
promete que, una vez haya ascendido al trono, reconocerá la legitimidad del
Testamento de Sancho III, iniciando negociaciones para el ajuste de las
fronteras. Este aire de conspiración contribuye a que los cronistas franceses y
muchos de sus propios súbditos, al referirse a Carlos le apoden «el Malo». Pero
aquí malos eran todos. Vuelto a Pamplona, Carlos ensaya de nuevo el juego a dos
bandas y negocia con el Cruel que le promete dar a Navarra dos puertos,
Fuenterrabía y Oyarzun y una flota de diez galeras para una nueva campaña en
Normandia (19 de octubre de 1364). Al mismo tiempo negocia cautelosamente con
Francia y llega a firmar una alianza con Carlos V el 6 de marzo de 1365.
En definitiva todo queda sobre el papel sin que lleguen a producirse acciones
importantes. Pero para Enrique de Trastámara tiene un significado concreto: no
es necesario tener en cuenta los compromisos adquiridos ni reconocer el
testamento de Sancho III. Cuando sus partidarios y las Compañías inician la
invasión, Carlos II se vale de uno de los caballeros navarros al servicio de
Enrique, Juan Ramírez de Arellano, para obtener garantías de que su reino no va
a ser mezclado en la contienda. Sin embargo los trastamaristas pasarán por
Tudela sin hallar resistencia aunque causando daños muy serios en la comunidad
judía. Parece que la victoria sonríe a Enrique II, libre definitivamente de
compromisos. Pedro el Cruel acaba huyendo con sus hijas, Constanza y Catalina, y
acude a Libourne para solicitar la ayuda del príncipe de Gales, Eduardo,
heredero de Inglaterra.
A Libourne acude también Carlos «el Malo». Aquí ofrece una colaboración a los
soldados ingleses que podrán utilizar Navarra como base de partida. En los
acuerdos que se firman el 13 de septiembre de 1366, Pedro I ofrece amplias
compensaciones territoriales: Vizcaya para el príncipe de Gales, y 200.000
florines de oro más el reconocimiento de los derechos navarros sobre Guipúzcoa,
Álava, Logroño, Nájera y Navarrete, que es en definitiva el Testamento de Sancho
III. No hace falta decir que Pedro no tenía ya entonces ninguna intención de
cumplir este compromiso. Carlos tampoco; en enero de 1367 fue a entrevistarse
muy en secreto, con Enrique para garantizarle que no daría paso a los
británicos. Una peculiaridad de su conducta cuando el príncipe de Gales pasa por
Pamplona, él finge que es un prisionero de los franceses de modo que nada puede
hacer en un sentido u otro. En Nájera Enrique es derrotado; tiene buen cuidado
de no pasar por Navarra sino por Aragón, camino de Francia donde reconstruirá su
ejército. También Pedro IV, creyendo liquidada la contienda, pacta con los
ingleses.
Aún no había concluido el año 1367 cuando Enrique II estaba de nuevo en
Calahorra. Esta vez la guerra va a ser más larga porque se enfrentan en Castilla
dos bandos y uno y otro cuentan con fuerzas considerables. Pero la victoria es
para Enrique que en 1369 asesina a su hermano y se encuentra ya sin
competidores. Sin embargo los azares de la guerra han permitido a Carlos II
avanzar en Rioja y Álava tomando posesión incluso de ciudades tan importantes
como Vitoria y Logroño. Para defender estas conquistas y garantizarse su futuro,
Carlos no duda en incluirse en una alianza en que entran Portugal, Aragón e
Inglaterra que aspiran a cumplir el segundo de los objetivos, la revisión
territorial que reduzca la potencialidad castellana (enero de 1370). Enrique II
cuenta sin embargo con un amplio respaldo interior, en su propio reino, con
Francia y con el Papa, en definitiva buenos recursos que le permiten vencer a
Portugal y obligar a Pedro IV de Aragón y a Carlos II a desistir de sus
proyectos.
El Papa envía al cardenal Guido de Bolonia como legado con la misión de
procurar la paz en la península. Enrique II aprovecha esta oportunidad para
formular una política de gran futuro: la paz depende de que todos los reinos
compartan conciencia de unidad dentro de la nación española y el medio mejor de
conseguirlo es que los matrimonios de príncipes e infantes se contraigan dentro
del espacio hispano. De este modo llegará a formarse una sola dinastía con
varias ramas pero manteniendo en lo intimo la familiaridad. En este sentido se
pacta un acuerdo con Carlos en el que su heredero, del mismo nombre, casa con
Leonor hija de Enrique II (1373). Hay una reciproca restitución de territorios y
se reconoce que San Vicente, Laguardia, Buradon y luego Fitero y Tudejen son
navarras. Al mismo tiempo hay tropas castellanas que garantizan la neutralidad y
la paz del reino pirenaico. No olvidemos que lo mismo se ha hecho con Portugal y
con Aragón. De modo que se refuerza la conciencia de la nación española.
Ahora el joven heredero Carlos fija preferentemente su residencia en
Castilla, estrechando relaciones con su cuñado Juan I, a quien apoyará.
Preconiza un cambio radical en la política de su padre, a fin de reducir gastos
y asegurar la prosperidad. Navarra, que ha sufrido violencia contra los judíos,
atraviesa serias dificultades económicas y también pérdidas considerables de
vidas humanas a causa de varias oleadas de epidemia. Las últimas investigaciones
fijan en 80.000 el número de habitantes del reino. No queda otra esperanza que,
manteniendo abierta la comunicación con Francia, cerrar estrechamente las
relaciones con Castilla beneficiándose del desarrollo que alcanza ahora el
comercio en este reino. Algo que, hasta su muerte Carlos II rechaza. Para él
Navarra no es otra cosa que una especie de propiedad privada que debe darle
dinero a fin de seguir manteniendo sus aspiraciones feudales en Francia.
Las treguas de Brujas que garantizarán este comercio y una especie de paz en
las comunicaciones marítimas, concluyen en 1377. Para Inglaterra han constituido
una experiencia negativa; su comercio ha disminuido. Por eso el duque de
Lancaster, que ejerce el gobierno en nombre de su sobrino Ricardo II, y ha
contraído matrimonio con una hija de Pedro I, piensa que es necesario volver a
la guerra haciendo que Castilla cambie de bando. Para esto necesita a Navarra.
Tienen lugar negociaciones muy secretas con Carlos II a quien, a cambio de la
participación se le ofrece el gobierno de Burdeos y de Bayona, salida al mar
para los productos navarros. Carlos trató entonces de engañar al rey de Francia,
enviando un embajador, Jacques de Rue, con instrucciones y papeles secretos, y
en su compañía a su heredero el joven Carlos, para disimular que lo que
verdaderamente se pretendía era negociar con los ingleses en Caláis.
Los emisarios fueron descubiertos y detenidos. Uno de los miembros de la
embajada, Pierre du Trerte, cuando ya se disponía de las pruebas escritas, fue
sometido a tormento y allí reveló un acuerdo secreto entre el rey y Pedro
Manrique que ofrecía entregar Logroño a cambio de 20.000 florines. Enrique II
estuvo a punto de apoderarse de Carlos II, pero en cambio medió para que se
garantizase y devolviese libertad a su yerno. Luego, mediante operaciones
militares, impone el tratado de Briones (31 de marzo de 1379) que somete a
Navarra a un eficiente protectorado castellano: Viana, Tudela y Estella contarán
en adelante con guarniciones de esta naturaleza a fin de evitar nuevos peligros.
Carlos II es el gran vencido y hasta su muerte en 1387, abandonará las
veleidades antiguas. Al menos se mantiene firme en un punto: cuando estalla el
Cisma de Occidente se mantiene neutral: no está dispuesto a reconocer a Clemente
VII, pariente del rey de Francia. Pero tampoco Urbano VI era una solución.
Importancia de la nación española en la prosperidad de Navarra
Un nuevo tiempo se inicia el 26 de julio de 1381, cuando Juan I reina ya en
Castilla. Carlos, a quien van a apellidar «el Noble», recobra la libertad y
también su condición de noble francés con los señoríos de Evreux y algunos menos
importante. Decide fijar su residencia en Castilla donde su esposa Leonor
también posee señoríos importantes, especialmente el de Sepúlveda. Su
castellanismo obedece no a un sentimiento sino a una convicción: sólo dentro de
la nación española puede Navarra prosperar. Basta pues de aventuras feudales en
Francia. No consiguió convencer a su padre pero apoyó todas las gestiones. En el
momento de Aljubarrota, el joven Carlos, como un noble más, contribuye a la
defensa de Castilla. En este momento, 1386, don Pedro de Luna viaja a Navarra y
se entrevista con Carlos II en Estella (16 de enero). El compromiso es poner las
guarniciones castellanas a las órdenes del príncipe Carlos a cambio de que
Navarra reconozca la autoridad de Avignon. Antes de que puedan ejecutarse estas
condiciones muere Carlos II (1 de enero de 1387).
De modo que Carlos III, el mejor recordado de los monarcas navarros desde
Sancho el Mayor, es proclamado rey con el ritual del pavés, en Peñafiel, la gran
fortaleza castellana. Marido y mujer viajan inmediatamente a Pamplona para
ejercer el gobierno. La firma de las treguas generales en Leulingham (1388) que
parecen poner fin a la guerra entre Francia e Inglaterra, son una bendición para
Navarra, cuyos moradores son equiparados jurídicamente a los castellanos en los
grandes mercados de Occidente. La nueva generación, Juan y su hijo Enrique en
Castilla, Juan y su hermano Martín, en Aragón, y Carlos III, actúan ya como
miembros de una misma familia. Un percance está a punto de quebrarlo todo.
Carlos el Noble tiene una amante. Su esposa Leonor le abandona y vuelve a
Castilla pidiendo amparo: cuenta una historia espeluznante, que el marido ha
contratado los servicios de un medico judío para envenenarla. Carlos no toma
medidas drásticas: simplemente solicita que se la haga volver. Durante las
querellas de la minoridad de Enrique III, Leonor participa como uno más entre
los nobles parientes del rey y cuando estos son vencidos ella es devuelta a
Navarra donde reanudará sus relaciones de las que nacerán únicamente hijas. De
nuevo la cuestión de los derechos femeninos cobra protagonismo.
El reinado de Carlos III puede considerarse de plenitud para Navarra. Muy
largo, se extiende hasta 1425, pero en ningún momento registramos cambios en su
política. Lo esencial era enjugar las deudas que dejara su antecesor y
transformar la economía interior haciéndola expansiva. Dispuso, en principio, de
las rentas que le proporcionaban sus señoríos franceses y también las
fructíferas rentas de su esposa en Madrigal, Arévalo y Sepúlveda. De nuevo se
volvió a otorgar protección a los judíos. Tres productos para la exportación,
vino de la Ribera que son hoy los riojanos, aceite y azafrán. También la
explotación de minas. Y se fomentó una limitada inmigración para crear industria
textil. El resultado es un beneficio continuado que hace de Carlos un monarca
rico; puede permitirse incluso hacer préstamos lucrativos. Lo importante, como
explicaba a Muhammad VII de Granada en una carta secreta, estaba en mantener la
paz, impidiendo los afanes expansivos que podían despertarse en Castilla. Lo
mismo que su cuñado Juan I, introduce el nuevo sistema de gobierno, con
separación entre las funciones administrativas que lleva el Consejo y las
judiciales que se atribuyen a la Corte. Crea en Pamplona la Cámara de Comptos
que debe ocuparse de los asuntos fiscales. Y como en Castilla, sitúa a sus
parientes en la cabeza de la jerarquía nobiliaria. El heredero será príncipe de
Viana. Los cinco linajes de parientes son: Luis de Beamont conde de Lerin, el
bastardo Godofredo en Cortes, Beltrán de Ezpeleta en Valederro, Felipe de
Navarra en Val de Izarbe, y Juan de Borne en la baronía de Beorlegui. A ellos
corresponde el control moral de la nobleza, el ejemplo que se debe seguir.
Ya no basta Pamplona. Construye entonces el castillo de Olite, la gran
residencia real que su nieto Carlos convertirá en un nuevo Camelot de acuerdo
con las fantasías caballerescas. Tiene que situar a sus hijas y también a los
descendientes que tuviera con su amante María Miguel de Esparza, todos navarros,
aprovechando esta oportunidad para establecer en su reino el mismo sistema que
había dado buenos resultados en Castilla. Tras el retorno de Leonor se reanudan
las relaciones conyugales y nacen cuatro hijas, pero ningún varón.
Es entonces, en la primera década del siglo XV cuando concibe un nuevo plan
que gira en torno a una cuestión capital, el crecimiento de Castilla y de su
dinastía, que puede convertirse en un peligro para su señorío de Navarra que, en
repetidas ocasiones, había reconocido la calidad de vasallaje castellano. La
fórmula adecuada, ahora que ha llegado a convertirse en hombre rico, es un
retorno a los proyectos de la Casa de Champagne de la que en definitiva es el
sucesor: hacer del reino una parte de un vasto conjunto de señoríos que,
moviéndose dentro de Francia, equilibre el predominio castellano. Inglaterra le
devuelve Cherburgo y entonces comienza a negociar con los consejeros de Carlos
VII logrando cambiar pequeños señoríos dispersos por un gran ducado, Nemours,
que junto con Evreux le equipara con los grandes duques franceses parientes del
rey. Su primogénita, Juana es casada con Juan de Foix, que de este modo ve la
perspectiva de establecerse, con Navarra, Foix, Nemours, Sepúlveda, Madrigal y
Arévalo, entre los grandes de Europa. Las hermanas de Juana se destinan a
matrimonios de cobertura: Blanca con Martín el Joven, hijo de Martín el Humano,
Beatriz con el conde de La Marche, e Isabel con un hijo de Fernando de
Antequera; todavía le queda una bastarda para Jean de Beaumont que se eleva así
a una especie de pináculo de la nobleza navarra.
Pero este plan conoce pronto un fallo: Juana no consigue hijos en su
matrimonio y fallece además en 1413 dejando los derechos de herencia a su
hermana Blanca. Desde 1407 Fernando, hermano de Enrique III y regente ahora de
Castilla, que cuenta con numerosa prole, ha comenzado su carrera ascendente que
tiende a consolidar los lazos entre los diversos reinos de España. Blanca queda
viuda por muerte inesperada de Martín el Joven, y el rey de Aragón, el Humano,
fallece también sin descendencia. El Papa Benedicto XIII, que cuenta con el
reconocimiento de todos los reinos de España, mueve los hilos y consigue, en
Caspe, que Fernando sea reconocido como rey de la Corona de Aragón. Es una
especie de fulgor de unidad entre junio de 1412 y 1419. Los Foix alegaron
también algunos derechos sobre Aragón pero no fueron tomados en cuenta en Caspe.
Blanca, viuda, permanece en Sicilia, el reino que gobernara su marido.
Fernando hace una propuesta golosa: su segundo hijo, Juan, que es ya duque de
Peñafiel y será uno de los grandes en Aragón y Castilla, podría casarse con
Blanca, reteniendo la corona de Sicilia e incrementando así el gran patrimonio
que Carlos había logrado reunir. Antes sería necesario negociar con Juana II de
Nápoles, la heredera angevina, porque se trata en el fondo de asegurar el
dominio del Mediterráneo. Muere Fernando de Aragón antes de que se haya
negociado el matrimonio y Blanca regresa a Navarra para asumir las funciones de
heredera. El nuevo rey, Alfonso V, rechaza la idea de desprenderse de Sicilia ya
que aspira a ser una especie de emperador del Mediterráneo: Juan debe
conformarse con ser cabeza de la nobleza castellana, omnipotente al lado de su
primo Juan II, y luego rey de Navarra. En 1419 tienen lugar intensas
negociaciones. Se trata, ante todo, de garantizar la independencia del reino
pirenaico aplicando en todos sus puntos el Fuero, de tal modo que si Blanca, de
más edad que su futuro esposo, falleciera antes, los derechos no podían ser
reclamados por el marido sino por el hijo o pariente más cercano en línea de la
dinastía. Este acuerdo es confirmado el 18 de febrero de 1420 por el Consejo
Real de Castilla que, de este modo, reconoce la integridad territorial del reino
vecino.
La boda de Blanca y el infante don Juan se celebra solemnemente en Pamplona
el 10 de julio de 1420. Parece que la esposa, de muy notable altura moral,
sintió especial afecto hacia su marido al que dio tres hijos, Carlos, que seria
príncipe de Viana, Blanca y Leonor. Pero la ausencia temporal del infante había
servido para que su hermano Enrique se hiciera dueño del poder en Castilla
(golpe de Tordesillas), casándose además con una de las infantas castellanas. El
enfrentamiento entre ambos hermanos que permite el ascenso de don Álvaro de
Luna, aleja durante años a Juan del escenario navarro. Lo que parece importarle
más es conseguir crecimiento para sus señoríos castellanos y ejercer el gobierno
de este reino, primero con la colaboración de don Álvaro, después desde la
enemistad. Cuando el 7 de septiembre de 1425 muere Carlos II es su hija Blanca
quien de hecho ejerce las funciones de gobierno, ayudando cuanto puede a su
marido. Las garantías para Navarra dentro de una creciente opinión hispánica, se
mantienen.
Entre 1425 y 1441 el gobierno de Navarra es ejercido por Blanca, que pone
mucho cuidado en mencionar siempre a su marido. El primogénito Carlos, un niño,
es educado en Navarra y usa persistentemente el título de príncipe de Viana. El
testamento de Carlos III había insistido en la condición señalada por el Fuero:
cuando la reina falleciera, su hijo y no su marido debía ceñir la corona. Al
principio no parece que Juan haya sentido la menor preocupación por esta
circunstancia: parte de las rentas que le corresponden le son puntualmente
abonadas y él las emplea en su principal programa: luchar contra don Álvaro de
Luna, que ha conseguido despojar a los infantes de Aragón de sus señoríos.
Aunque el tratado de Toledo de 1436 había asignado a éstos una fuerte
indemnización por dicha pérdida, ésta nunca le fue abonada. Cada vez más Juan
acaba comprendiendo que su poder y toda su fuerza política procede y depende de
Navarra. Aprovechando aquellos momentos en que parece posible desmontar a don
Álvaro –hay una alternancia de partidos nobiliarios en el poder– don Juan trata
de asegurar un futuro para sus hijos: el príncipe de Viana es prometido a una
sobrina del duque de Borgoña, Inés de Cleves, Blanca se concierta con su primo
Enrique, príncipe de Asturias, y Leonor ve concertado su enlace con Gastón de
Foix, el heredero de este título. Siempre parece que nos movemos dentro de unas
coordenadas, buscar apoyo para la legitimidad navarra en fuertes señoríos y
poderes más allá de las fronteras.
La joven Blanca iba a ser un elemento esencial dentro de aquella política ya
que debía convertirse, con el tiempo, en la reina de Castilla. Aunque sus
desposorios con Enrique –primos carnales se hallaban afectados por múltiples
lazos de parentesco– se celebraron solemnemente en Alfaro el 12 de marzo de
1437, la excesiva juventud de los contrayentes obligó a retrasar el matrimonio
hasta el 15 de septiembre de 1440: muy pronto se hizo común la noticia de que
Enrique no era capaz de consumar la penetración de su esposa lo que dejaba la
unión en el aire. Y así durante más de un decenio. No era la primera vez que un
matrimonio se veía privado de descendencia. Había que buscar soluciones
políticas de otro signo.
Tras la batalla de Olmedo (1445), fallecidos sus hermanos, Juana es la única
cabeza que tienen los infantes de Aragón. Su yerno Enrique ha combatido en el
otro lado, junto a don Álvaro de Luna. Por otra parte el alejamiento de Alfonso
V de su esposa y de su tierra, hace que recaigan sobre él los derechos de
herencia sobre la Corona de Aragón e incluso el ejercicio del poder. Así pues el
príncipe de Viana, si un serio percance no lo interrumpe, podrá en su día
consumar la incorporación de Navarra a esa singular Unión de Reinos que
constituye la Corona del Casal d'Aragó. En Cataluña, donde son muchos los que
miran con desconfianza al infante, empieza a crecer un partido favorable a
Carlos, que hace de Olite el escenario de un sueño caballeresco. Es ahora cuando
Juan Pacheco, marques de Villena, valido del príncipe de Asturias y aspirante a
sustituir en el gobierno a don Álvaro de Luna, piensa que es imprescindible
deshacer el matrimonio de Enrique y Blanca, para impedir un retorno de la
antigua estirpe y de sus derechos señoriales.
En 1441 haba muerto la reina Blanca. De acuerdo con los usos navarros y con
el testamento de Carlos III la corona debía pasar directamente a su hijo el
príncipe de Viana. Pero la difunta, en su última disposición había recomendado
al hijo que obedeciera en todo a su padre. Al principio no hubo problema. Don
Juan estaba ausente, mezclado en sus asuntos castellanos y la administración de
Navarra continuó como hasta entonces. Luis de Beaumont y su linaje se mostraron
fieles al joven Carlos. Pero mientras tanto Juan había recibido poderes de su
hermano Alfonso V como lugarteniente de la Corona de Aragón y trataba de ejercer
en Navarra funciones como rey. En 1444, antes de la batalla de Olmedo convocó y
presidió Cortes reclamando ayuda extraordinaria. El príncipe llamó a sus
notarios y redactó un acta de protesta, que haría valer más adelante declarando
que su padre no tenía derecho a reunir Cortes.
Las cosas se precipitaron después de Olmedo. Juan contrajo nuevo matrimonio
con Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla y la llevó a Pamplona
haciendo que la tratasen como si fuera
una verdadera reina titular. Juan II ejerció de manera directa y en nombre de su
hijo la lugartenencia real. Hacia 1448 Carlos de Viana, que contaba con apoyos
en el interior del reino, decidió acudir a don Álvaro de Luna buscando un
posible apoyo militar. También Cataluña contaba con partidarios; aquí se
responsabilizaba a don Juan de las presiones económicas que, desde Nápoles,
Alfonso V se veía obligado a ejercer. Juan recorrió en 1449 el territorio
navarro, tratando de poner en pie un partido, cuya cabeza ostentaron el mariscal
Felipe de Navarra y su esposa Juana de Peralta a quienes se unieron también los
Ezpeleta y los Agramunt. Es el que lleva el nombre de agramonteses. Los
Beaumont, Luis y Juan apoyan al príncipe de Viana. La consigna de los
beamonteses era muy clara: se precisaba mantener a Navarra dentro de la nación
española, asegurando de este modo sus libertades. De aquí la castellanofilia que
practicarán con don Álvaro y más tarde con Enrique IV.
La revuelta se inició cuando Carlos pasó a Guipúzcoa y reclamó su derecho a
titularse rey. Las tropas castellanas invadieron Navarra consiguiendo que en
algunas merindades como Buradon, Mendavia y Larraga, Carlos fuese reconocido
como el IV de este nombre. Pero la caída de don Álvaro de Luna y la resurrección
en Castilla de un partido que quería deshacer cuanto lograra el condestable,
perjudicaron la causa de Carlos. El reino estaba dividido: predominaban los
beamonteses en las tierras altas mientras los agramonteses lo hacían en Rioja,
más ligada a Aragón por las circunstancias económicas. En el verano de 1451
Carlos se vio obligado a un acuerdo con su padre, renunciando al título de rey y
tomando otra vez el de príncipe, el cual también le correspondía en la Corona de
Aragón, y así lo estaba reconociendo Alfonso V. Los catalanes eran partidarios
de que Carlos de Viana asumiese las funciones de lugarteniente.
El acuerdo no se cumplió: es difícil saber a quién correspondía una mayor
responsabilidad en la ruptura ya que las querellas entre los partidos daban
origen a litigios y venganzas. El 23 de octubre de 1451 en Aybar el Príncipe de
Viana fue derrotado y preso siendo llevado a Zaragoza junto con Juan de Beaumont.
Juan II, que necesitaba ocuparse directamente del gobierno aragonés, nombró a su
esposa Juana Enríquez gobernadora. Estaba a punto la reina de tener un hijo y no
quiso que éste naciera en Navarra por lo que viajó apresuradamente hasta Sos;
nos estamos refiriendo a Fernando, el futuro Rey Católico.
En Zaragoza, donde la prisión no podía ejercerse con gran rigor, Carlos de
Viana descubre que cuenta con muy numerosos partidarios ya que le corresponde la
legitimidad de origen. Por eso puede negociar con su padre que, de algún modo,
necesita garantizar el futuro también de sus hijos no navarros, y el 24 de mayo
de 1453 logra un nuevo acuerdo, la libertad e incluso la lugartenencia sobre una
parte del reino, incluida Pamplona donde puede reunir Cortes. Durante un corto
tiempo Carlos de Viana podrá vivir su sueño caballeresco en Olite, un buen
escenario para el recuerdo de los caballeros de la Mesa Redonda. Con él se reúne
su hermana Blanca, despedida alevosamente de Castilla mediante una sentencia
pronunciada por un simple arcediano, provisor de la iglesia vacante de Segovia.
Juan II de Aragón y de Navarra, como a sí mismo se considera, piensa que el
marqués de Villena y los que con él gobiernan en Castilla, pueden ayudarle en un
proyecto que acaricia cuidadosamente y que consiste en privar a Carlos y Blanca,
sus hijos rebeldes, de todos sus derechos, en cuyo caso la corona de Navarra
pasaría a Leonor y, en definitiva, a la Casa de Foix, cerrando las puertas a su
españolidad, y la de Aragón al hijo de pocos años que custodia Juana Enríquez,
es decir, Fernando el Católico. En 1455 se entrevista en Agreda con Pacheco, que
también está dispuesto a traicionar los proyectos de su rey Enrique IV; el
valido garantiza una retirada de las ayudas que desde Castilla se vienen
proponiendo a los beamonteses. Esta noticia mueve a Enrique IV a buscar
consejeros en otra parte y provoca en Cataluña un verdadero levantamiento:
Carlos debe ser reconocido como lugarteniente del Principado, puesto que así lo
reclaman las costumbres de Cataluña.
Es la guerra civil, ahora abiertamente en Navarra y en Cataluña a la que Juan
II responde con una decisión absolutamente ilegitima privando a sus hijos,
Carlos y Blanca, de los derechos sucesorios (3 de octubre de 1455) y otorgando a
Leonor y a Gastón de Foix el reino. Un monarca consorte, que nunca debió ejercer
funciones de rey de acuerdo con el Fuero y el Testamento de Carlos III, sin la
participación de las Cortes carecía de cualquier clase de legitimidad. Para
Juana Enríquez es, sin embargo, una buena noticia ya que de este modo su hijo
Fernando heredará la Corona de Aragón. La unión de Navarra a esta corona, que el
matrimonio de Blanca, la madre, asegurara, también se destruía y, contra la
opinión de los beamonteses, dejaba de ser un reino hispánico para englobarse de
nuevo en un vasto señorío feudal francés. Todo este razonamiento acabará pesando
sobre la conciencia de Fernando cuando, de hecho, suceda a su padre, y nos
explica la enmienda del error por él procurada en 1512.
Pacheco, los agramonteses y, desde luego, Luis XI, que se frota las manos,
deciden apoyar este plan. Carlos de Viana consigue viajar a Nápoles para
conseguir que Alfonso V, que sigue siendo titular de la Corona de Aragón,
enmiende el disparate. Pero mientras tanto los soldados de Juan II ocupan
Navarra –resisten algunos núcleos beamonteses– y se reúnen unas Cortes en
Estella para proclamar a Leonor y su marido príncipes de Viana. Los beamonteses
responden convocando a su vez Cortes en Pamplona y proclaman rey a Carlos IV (16
de marzo de 1457). Enrique IV parece dispuesto a rectificar; ofrece al nuevo rey
un matrimonio con su hermana Isabel, aunque ya antes se había mencionado una
posible unión con Fernando, meras palabras. Carlos, en Nápoles, se gana el apoyo
de su tío Alfonso V, que envía dos embajadores a España, Luis Despuig maestre de
Montesa y Juan de Hijar con órdenes muy claras: esencial resulta la conservación
de las líneas de libertad de origen. Antes de marzo de 1458 los enviados
consiguen un principio de acuerdo reconociéndose al Príncipe de Viana como
heredero.
La muerte de Alfonso V, en este preciso momento, y la elevación de Juan II al
trono aragonés impiden que el mencionado acuerdo se cumpla. Pero las Cortes de
Cataluña y las de Sicilia, con empeño, gran parte de la nobleza de la Corona de
Aragón como la de Navarra, se muestran imperturbables: el Príncipe de Viana,
sucesor reconocido, debe ostentar la lugartenencia. Juan II parece ceder y llama
Carlos a Barcelona para firmar con él una reconciliación el 26 de enero de 1460.
Será reconocido como heredero y se devuelven a Blanca sus derechos como hija de
reina titular. Son los años en que, con ayuda de los Mendoza, la reina de
Castilla, Juana de Portugal, prima por parte de su madre de Carlos de Viana,
trata de sacudirse la tutela de Pacheco y su Liga de nobles que han reducido a
Enrique IV a un papel poco más que nominal. El Príncipe, que se guía por los
consejos de los beamonteses, sabe que necesita el apoyo de Castilla y el
mantenimiento de Navarra dentro de la nación española para poder convertir en
efectivo el acuerdo de enero de 1460. Hay negociaciones secretas con los nuevos
consejeros de Enrique y de nuevo se habla de matrimonio con Isabel que ahora
cumple ocho años y vive con su madre en el silencio de Arévalo.
Villena pasa todas sus noticias al almirante que puede advertir a su hija
Juana Enríquez. Todo se interpreta como si se tratara de una siniestra
conspiración destinada a acaban con el reinado de Juan II, elevando a su hijo.
El 2 de diciembre de 1460 Juan II ordena el aprisionamiento de su hijo y los dos
principales consejeros de éste, Juan de Beaumont y Carlos Miravet. Los
beamonteses llaman a las armas en Navarra y ahora los castellanos envían tropas
con las que es posible instalar fuertes guarniciones en Los Arcos, La Guardia y
Viana. Mientras tanto las Cortes catalanas se encrespan y amenazan también con
un alzamiento militar y una destitución. Juan II se ve obligado nuevamente a
ceder y el 25 de febrero de 1461 Carlos recobra la libertad, aunque permanece en
Cataluña dejando que sus colaboradores beamonteses administren Navarra. La salud
está ya muy quebrantada. Podemos suponer, por los datos documentales de que
disponemos, que se trataba de tuberculosis. Aparentemente es una hora de
triunfo.
Conviene no olvidar que en el programa político de los beamonteses, el futuro
político de Navarra y la conservación de sus usos y libertades, parecía ligado
al reconocimiento de que dicho reino es una parte de la nación española. De ahí
que la formula de matrimonio con la infanta Isabel llegara a revestir tanta
importancia. Enrique IV felicita a los catalanes y les promete su apoyo,
mientras, al frente de sus tropas, cruza la frontera y se instala dentro de
Navarra donde le acogen los beamonteses como a su propio rey. La causa de los
beamonteses es la promesa de liberación para el reino.
Todo parecía depender ahora de que Enrique IV, fuertemente apoyado por el
clan de los Mendoza en que se había integrado don Beltrán de la Cueva, se
mantuviera firme. Pero en el verano de 1461 su esposa, la reina Juana, anunció
que esperaba un hijo. Marido y mujer habían estado separados en los meses clave
y así se proporcionaba a la Liga un argumento: aquel impotente no era capaz de
engendrar un hijo. Enrique, sin embargo, estaba profundamente interesado en
mantener ese vástago, seguridad en sucesión para la corona y se rindió a los
requerimientos de Juan Pacheco y el 26 de agosto ordenó suspender las
hostilidades, sometiendo la cuestión navarra a un arbitraje que Villena y sus
aliados deberían formular. Carlos de Viana comprendió la violencia del golpe,
rompió las negociaciones para el matrimonio con la infanta Isabel y trató de
abrir otras para un posible enlace con Magdalena de Francia hermana de Luis XI.
Pero el tiempo se acabó para él. Murió el 23 de septiembre de 1461 víctima de su
enfermedad aunque saltaron voces que hablaban de un asesinato. Villena, cuando a
finales de febrero de 1462 nace una niña, a quien llaman Juana como a su madre,
ordenó levantar acta notarial que guardó, rechazando la idea de que fuese
legítima; otros nobles tuvieron copia de este documento, arma poderosa.
Influencia de los Reyes Católicos
¿Qué hacer con Navarra? De acuerdo con las leyes del reino los derechos deben
pasar a Blanca. Leonor y Gastón de Foix acuden a París para recabar el apoyo de
Luis XI. Ahora ya no se permiten dudas; Blanca debe ser eliminada y, de este
modo el reino, integrado en los vastos dominios señoriales de la Casa de Foix se
convertirá de hecho en un feudo de Francia. Los condes conciertan el matrimonio
de su primogénito heredero, también llamado Gastón, con esa Magdalena, hermana
de Luis XI, a la que hemos aludido. Los beamonteses, ahora débiles, reconocen
sin embargo a Blanca como legítima reina. Juan II entra en la conjura y
establece con su yerno el acuerdo secreto de Olite (12 de abril de 1462): se
colocará a Blanca, divorciada y virgen, ante una disyuntiva: renunciar a sus
derechos profesando en un monasterio o pasar a la custodia de su hermana. El 30
de abril la desdichada princesa, que sabe lo que le espera, firma un documento
en que cede sus derechos sobre Navarra al ex-marido, Enrique IV. Desaparece de
nuestra vista, asesinada por su propia hermana. Navarra cuenta con su particular
torre de Londres, aunque no haya rosas de colores.
Tanto los beamonteses como el parlamento de Cataluña aceptan la renuncia de
Blanca y le proclaman rey. Las Cortes castellanas han jurado como reina a la
recién nacida Juana y Enrique IV parece recobrar por un instante su energía,
aceptando el nombramiento (13 de noviembre de 1462); de modo que, por unas
semanas, Navarra estuvo ya incorporada a la corona de Castilla: mercenarios
pagados con dinero castellano y militando bajo sus banderas, marchan hacia
Cataluña a las órdenes de Jean de Beaumont. Pero entonces Villena y los suyos
hacen estallar el escándalo: ¿cómo puede admitirse la sucesión de Juana,
ilegítima y mujer? Alzan sus pendones por el único hermano varón de Enrique y
obligan a este a ceder haciéndole creer que un laudo arbitral de Luis XI puede
devolver la paz a todos los reinos peninsulares. En Bayona (23 de abril de 1463)
se pronuncia el laudo. Navarra, todavía en manos de Juan II, pasará a ser
francesa; nadie queda para reivindicar los derechos de los antiguos reyes.
Blanca fue envenenada el 2 de diciembre de 1464.
Turbia y terrible historia la que marca el último medio siglo del reino
soberano de Navarra. Mientras en Castilla se iniciaba una larga guerra con
alternativas que llevaría al entronizamiento de Isabel y de Fernando, Navarra se
dividía en dos pedazos que se odiaban recíprocamente y en donde las venganzas y
represalias entre los linajes alimentaban la política. Los Foix no veían otro
modo de asegurarse en sus pretensiones que la vinculación con Francia, mientras
las Cortes catalanas, olvidando su pasado, acababan reconociendo a un príncipe
francés: «traició al geni de la terra» lo calificó Jaime Vicens Vives. Pero
debemos centrar nuestra atención exclusivamente en Navarra si queremos entender
las vías y razones que explican su definitiva reincorporación a la corona
española. Juan II ejerce ahora completas funciones de rey aunque no es obedecido
más que en los territorios dominados por los agramonteses a quienes acaudilla el
mariscal Pierres de Peralta.
La muerte de Carlos convertía a Fernando, el hijo de Juana Enríquez, en
futuro rey de Aragón, pero no puede alegar derechos sobre Navarra. Desde 1464
Leonor había logrado el reconocimiento como reina por parte de Castilla y de
Francia aunque prefiere admitir que su padre siga ejerciendo las funciones.
Peralta viaja a Castilla con plenos poderes de su rey para organizar un
matrimonio para Fernando; se jugó durante algún tiempo con el señuelo de que una
hija del marques de Villena pudiera casarse con el futuro rey, pero Pacheco no
mordió el anzuelo. Tras la muerte de Alfonso, Isabel proclamada heredera y
reconocida como tal incluso por Enrique IV –que luego tratará de deshacer el
compromiso– no duda: ella casará con Fernando y no con otro alguno. De este modo
Castilla se incorpora a la Unión de reinos que forma la Corona de Aragón.
En principio los futuros Reyes Católicos no dudan: la legitimidad de origen
corresponde a Leonor y a sus descendientes. Pero es preciso conseguir que
Navarra salga del espacio francés y vuelva al español, al que pertenece. El
conde de Lerin, Beaumont, casa con una hermana ilegitima de Fernando y entra de
este modo en el número de sus estrechos colaboradores. La prematura muerte de
Gastón de Foix deja a Leonor sola, custodia solamente de un nieto de muy corta
edad, Francisco, apodado Febo por su belleza, pero cuya madre es Magdalena de
Francia. Luis XI tiene cierta seguridad: podrá seguir dominando en Navarra.
El 13 de agosto de 1476, cuando tiene sobre sus espaldas la victoria de Toro,
Fernando se entrevista con su padre y con dura seguridad le hace ver los graves
errores que hasta entonces había cometido y que es preciso enmendar: el peligro
viene de Francia; en modo alguno abandonará a sus partidarios beamonteses ni a
los que permanecen fieles a la memoria de Carlos, de modo que reconociendo los
derechos de su hermana Leonor hay que imponerle nueva línea de conducta pues
Navarra tiene que retornar al buen redil de su dependencia hispana o, para
decirlo de otro modo, castellana. Y Leonor, desde luego, se muestra dispuesta a
obedecer. Juan II viaja a Pamplona y asegura, el 3 de octubre de este mismo año,
una reconciliación entre agramonteses y beamonteses. Reparando los errores
pasados y evitando que Navarra pueda ser cabeza de puente para Francia,
guarniciones castellanas vuelven a instalarse en algunas de sus más relevantes
fortalezas. Se afirma, en las Cortes la vigencia del Fuero, de las libertades y
de las estructuras administrativas; los mercaderes navarros podrán operar con
plenas garantías tanto en Castilla como en la Corona de Aragón. En este momento
Francia está en guerra con los castellanos, y Fernando no duda en reclamar la
restitución de los condados pirenaicos que fueran depósito para una deuda pero
no, todavía, vehiculo de anexión.
Magdalena, madre de Francisco, cuyos derechos de sucesión acaban de ser
reconocidos, protesta: Navarra no es otra cosa que uno de los señoríos que
forman el amplio patrimonio de la Casa de Foix. Pero la derrota francesa en
Fuenterrabía y las repercusiones en otros lugares, acallan su voz. Desde enero
de 1477 hay negociaciones que conducen al tratado de San Juan de Luz (19 de
octubre de 1478) por el cual Francia renuncia a cualquier pretensión sobre
Navarra, mientras que Castilla insiste en la exigencia de una especie de
protectorado sobre este reino. Naturalmente Navarra se beneficia económicamente
de la nueva situación; tiene abierto el acceso a los puertos del Cantábrico y
dispone libremente de la capital comunicación con el Ebro. Lo que Carlos III
empezara ahora se completa. Son fuertes las reservas monetarias.
Para los nuevos monarcas españoles el procedimiento a aplicar es el mismo que
se venía aplicando a los otros reinos peninsulares: un matrimonio conveniente
que extienda a las tierras navarras el tejido dinástico que tan bien practican
los Trastámara. Muere Juan II y su hija Leonor reina pero sólo durante
veinticinco días († 12 febrero de 1479). Fernando explica que nada debe
cambiarse, desde el punto de vista de los usos y costumbres de Navarra pero
invitó a Magdalena a una breve estancia en Zaragoza (agosto de 1479) en su
calidad de tutora de Francisco de Foix, a fin de confirmar con ella los acuerdos
de Vitoria, consolidar las ventajas del protectorado y garantizar la paz.
Demasiado niño, el posible matrimonio de Francisco era, sin duda, uno de los
puntos clave. A partir de este momento, garantizada la paz con Portugal,
Fernando estaba desarrollando ya una política de acuerdos con Inglaterra,
Borgoña y los Habsburgos que, rodeando a Francia, la invite a ser más prudente,
acudiendo a negociaciones.
Magdalena teme que los parientes de su marido, los Foix, usen de los
tribunales franceses para separar las dos partes de la herencia, aplicando a los
dominios feudales la ley francesa. Magdalena reclama para su hijo la totalidad
del patrimonio, para lo que procura el apoyo español. Son de hecho las tropas
castellanas las que escoltan a Francisco a Pamplona donde debe proclamarse rey
de acuerdo con la costumbre (3 de noviembre de 1481). Desde este momento y
durante todo el reinado de Isabel, la política española atiende a dos
alternativas: un matrimonio que permita devolver a los reyes de Navarra a la
dinastía plural hispánica, y el refuerzo del protectorado que a muchos navarros,
en especial beamonteses, complace. Francisco muere sin embargo el 29 de enero de
1483 antes de que pueda tratarse de su matrimonio.
Ahora los derechos recaen en una hija, Catalina. Es la primera oportunidad
que se brinda a un proyecto de anexión por la vía que hiciera la unidad
española. Magdalena reclama para esta hija todo el patrimonio y en este empeño
el cardenal Pedro de Foix y el otro hermano, Jaime, ofrecen su apoyo. Pero el
vizconde de Narbona que encabeza la otra rama de los Foix, y cree poder contar
con el turbio apoyo de Luis XI, reclama los señoríos franceses. El cardenal
Pedro convoca Cortes en Pamplona y hace que proclamen reina a Catalina (6 de
febrero de 1483). Los Reyes Católicos la apoyan, porque ha llegado para ellos la
oportunidad de la gran jugada: si Catalina se casa con el príncipe de Asturias,
Juan, Navarra quedará incorporada a la corona de Castilla sin necesidad de
perder su condición de reino ni sus usos y costumbres. Magdalena, aparte de ser
hermana del rey de Francia, teme que, por esta vía, su hija pierda el señorío de
los Foix, que son vasallos de Luis XI.
Los dos bandos, beamonteses y agramonteses se ponen ahora de acuerdo: lo que
importa es conservar la entidad de Navarra y sus libertades. El conde de Lerin
toma la iniciativa: su parentesco estrecho con Fernando le permite ser más
exigente a la hora de establecer garantías. Las Cortes se reúnen en Puente la
Reina, sobre el camino de Santiago, y usando de su soberanía acuerdan aprobar el
matrimonio de Catalina con Juan. Una comisión, en la que figura Juan de Jasu,
padre de San Francisco Javier, viaja a Pau para comunicar a la reina esta
decisión. Pero Magdalena responde que el matrimonio de la heredera de la Casa de
Foix debe contar únicamente con la aprobación de su señor, el rey de Francia. De
este modo, quizás sin comprenderlo demasiado, planteaba el tema de fondo: había
que elegir entre las dos opciones, España, a la que pertenece Navarra, o
Francia, de donde procedía la dinastía. Magdalena y sus descendientes no
dudarían: entre ambas era preciso aceptar la francesa, aunque se hiciesen
esfuerzos para conservar, también, el rico patrimonio que significa Navarra.
Luis XI muere en 1484 pero las cosas no cambian; su hija, casada con un Borbón,
Ana de Beaujeu, regente en nombre de su hermano Carlos VIII se muestra más
decidida, ni Navarra ni los condados pirenaicos van a ser restituidos. Este es
el desafío a que Fernando el Católico tendrá que hacer frente.
Magdalena y Ana se ponen de acuerdo para escoger un marido que dé la
sensación de cierta independencia: Juan de Albret, hijo de Alain, que había sido
uno de los protagonistas de la «guerra loca» contra Luis XI. Con los Albret el
patrimonio Foix incrementa y mucho su parcela francesa. Los tribunales pueden
custodiar en sus archivos las demandas del vizconde de Narbona que es uno de los
hombres de confianza de Carlos VIII. La boda se celebra el 14 de junio: contaba
con la aprobación de los Estados generales de Foix y de Bearne pero las Cortes
de Navarra ni siquiera fueron avisadas. De modo que, de acuerdo con los usos y
costumbres del reino, la opción castellana era la única, y la última, que
contaba con su respaldo. Los derechos de los Albret pueden ser cuestionados en
cualquier momento pues carecen de la legitimidad que sólo las Cortes, en nombre
del reino, pueden otorgar.
Mientras viva Isabel, Fernando tendrá que moderar la respuesta y seguir
aceptando esa forma de legalidad. Por otra parte Alain de Albret, pese a la
ganancia que supone el matrimonio de su hijo, no modifica su postura política al
lado de los grandes y de Borgoña y Bretaña, que discuten las amplias
prerrogativas asumidas por Luis XI. Desde el 5 de febrero de 1485, reconciliado
con los beamonteses y manteniendo un acuerdo suficiente con el Rey Católico,
puede asumir la lugartenencia de Navarra en nombre de sus hijos. Viaja a
Valencia para firmar un acuerdo con los monarcas castellanos, reasumiendo los
anteriores de Vitoria y Zaragoza que obtienen de Isabel y Fernando el
reconocimiento de Juan de Albret como titular, aunque manteniendo las
condiciones mínimas de un protectorado.
De modo que los proyectos del matrimonio Borbón, Pedro y Ana, en el momento
en que Carlos VIII asume el gobierno en París, parecen experimentar una merma y
muy seria. Es verdad que los Albert conservan Navarra como una parte de su
patrimonio, pero reconociendo cierta dependencia con Castilla. Fernando da un
primer paso cuando comienzan las guerra de Italia, duro golpe para el
supuestamente invencible ejército francés. Envía a Pedro de Hontañón a Pamplona
con una advertencia muy seria: Castilla, que retiene aún guarniciones, no
tolerará que ni un solo soldado francés pise suelo navarro. Contaba de nuevo con
el conde de Lerin y sus partidarios, todos los cuales reprochan a Magdalena de
haber incurrido en ilegitimidad de ejercicio al no atenerse a los acuerdos de
las Cortes, que significan el reino. Este argumento de la ilegitimidad no puede
ser olvidado. Más ahora, que empiezan a llegar desde Italia noticias alarmantes
para Francia.
Los Albret, aunque se sigan considerando primordialmente franceses, no tienen
más remedio que hacer concesiones: la opinión pública en Navarra no les es, en
modo alguno, favorable. De modo que el 19 de enero de 1494 firman un documento
plegándose a los designios de Fernando: su hija heredera, Ana, casaría con hijo
o nieto de los Reyes Católicos garantizando la unidad de la dinastía; Navarra
continuaría bajo el protectorado castellano admitiendo en su suelo las
guarniciones; no se consentirá el paso de tropas extranjeras por el suelo de
Navarra. Los Albret deben permanecer neutrales en el caso de que estalle un
conflicto. El 24 de enero muere Magdalena de Francia y con ello desaparece el
vínculo con la Casa reinante en París.
Hasta entonces Margarita, instalada en Pau, había mantenido un cierto control
sobre la corona navarra. Alain de Albret proyecta una especie de golpe de
Estado; con la ayuda de tropas francesas y quebrantando sus compromisos,
pretende adueñarse del poder sustituyendo a su difunta consuegra. El conde de
Lerin se lo impide: moviliza a los suyos y se apodera de Olite, que convierte en
el bastión principal, y hace fracasar el golpe. Los Albret se ven obligados a
firmar el tratado de 4 de marzo de 1495 que restablece el compromiso anterior y
reconoce de modo oficial el protectorado castellano. Para que no haya nuevas
tergiversaciones, la niña Ana es enviada a la Corte castellana para ser educada
allí y preparada para el correcto matrimonio español. Los compromisos se firman
y ejecutan en Madrid mientras saltan por el aire las armas en la campaña de
Nápoles.
Los Albret no tienen más remedio que mostrarse cuidadosamente sumisos a
Fernando el Católico; cualquier indecisión por su parte puede hacer añicos aquel
vasto patrimonio que se sitúa a caballo del Pirineo. Vencido, Carlos VIII se ve
obligado a entrar en negociaciones. Por primera vez hace una propuesta que
Fernando dejará sin respuesta pero sin oponer tajante negativa: si los monarcas
españoles reconocen su derecho sobre el trono de Nápoles, él aceptará que
Navarra sea anexionada a Castilla de la que en cierto modo ya forma parte de
acuerdo con los tratados vigentes. Se abre paso, pues, una tercera dimensión en
la alternativa antes señalada: reconocer que Navarra debe formar parte de la
corona española. Muy en secreto, durante el verano de 1497 –faltan cinco años–
se negocia entre Francia, que parece bastante decidida a dividir los dominios de
los Foix-Albret, a fin de garantizar su permanencia, y España. El duque de
Orleans, futuro Luis XII, ya tiene Milán y Génova; entonces Navarra puede ser
ofrecida como compensación a una retirada parcial o total de Nápoles.
Catalina y su marido rompen entonces los acuerdos firmados y se instalan en
Pamplona pero con tropas francesas, reclamando la devolución de su hija y el
término del protectorado. Y entonces Carlos VIII hace su última propuesta:
dividir Nápoles pasando Calabria a poder de Fernando, pero pudiendo en cualquier
momento cambiarla por Navarra más una renta de 30.000 ducados. Se trata de
palabras: Navarra está sometida a una doble ocupación, castellana y francesa. La
muerte de Carlos VIII no modifica esta situación: cuando Luis XII y Fernando
firman el tratado de Marcoussis dividiendo Nápoles ninguna mención se hace de
Navarra. La muerte sucesiva de los herederos de los Reyes Católicos, Juan,
Isabel y Miguel, lo que convierte a Felipe el Hermoso en posible heredero, hace
renacer las esperanzas de los Albret de sacudirse el yugo castellano. La guerra
que vuelve a estallar en Nápoles y que conduce a Ceriñola y Garellano y la
enfermedad irreversible de Isabel la Católica, brindan el escenario para la
última etapa.
Buscar amigos e interesados aliados. Felipe puede ser uno de ellos pues las
malas relaciones con su suegro son del dominio público. Cesar Borja, que quiere
volver al estado laical, es otro: casa con Carlota de Albret y se convierte en
duque de Valentinois. Parece que el Papa también puede entrar en el juego.
Saltan sin embargo por el aire las luminarias de Ceriñola. Luis XII piensa en
lanzar una ofensiva en gran escala por los dos extremos del Pirineo. Alain de
Albret es nombrado lugarteniente de Gascuña con el encargo de emplear Navarra en
la invasión. Fernando el Católico envía a Pedro de Hontañón con una advertencia:
si Navarra es utilizada para la guerra será invadida y anexionada: al detalle da
cuenta de las ofertas que Francia ha hecho, demostrando así su reconocimiento de
que el reino es español.
Fallece Isabel en 1504. Ya no existen los obstáculos a una acción directa que
la reina recusaba, celosa de la paz interior. Felipe el Hermoso viene a Castilla
dispuesto a expulsar a Fernando y al pasar establece una alianza con los Albret.
Pero entonces el Rey Católico da un paso decisivo: Casa con Germana de Foix, que
es la heredera de los derechos de la otra rama de la dinastía, la del vizconde
de Narbona. Muere Felipe, Fernando retorna y la guerra con Francia vuelve a
empezar.
En 1512 los Albret tienen que elegir: permanecer bajo el protectorado
castellano arriesgándose a perder sus feudos franceses, o colocarse al lado de
Francia corriendo con las consecuencias. La decisión es lógica. El 18 de julio
de 1512 Juan firma con Luis XII la estrecha alianza. Fernando no tiene más que
dar la orden. Los estamentos de Navarra envían sus procuradores al duque de Alba
y firman el acuerdo mediante el cual el reino, sin perder su condición de tal,
se incorpora a la Corona de Castilla. Las Cortes navarras y castellanas
confirman la decisión. Navarra seguirá siendo un reino pero la Corona de
Castilla proporcionará el rey.
Tal es la situación definitiva. Hasta nuestros días el reino de Navarra, sin
perder sus condiciones forales, será una parte integrante de España. Cuando se
producen movimientos en Cataluña u otros lugares contra esa unidad, Navarra
permanece y por ello sus condiciones no se alteran. Felipe V no aplica el
Decreto de Nueva Planta y el sistema tributario se mantiene con formas muy
peculiares hasta incorporarse mediante la Constitución de 1978 al esquema de las
autonomías, con rigurosa personalidad propia que es lo que ahora, rompiendo
siglos de Historia, se trata de quebrar.
* Luis
Suárez Fernández es Catedrático y miembro de la real Academia de la
Historia.
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