REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 117 – Noviembre / Diciembre de 2007
LA VISIÓN DE ESPAÑA A TRAVÉS DEL QUIJOTE EN ORTEGA Y GASSET Moisés Simancas Tejedor *
En las Meditaciones del Quijote, primer libro publicado por José Ortega y Gasset [1], están presentes cuatro órdenes básicos de preocupaciones: Filosofía, Cultura, Novela y España, a los que la visión de El Quijote sirve de pretexto y de aglutinante [2]. Por otra parte, la división de la obra en una introducción dirigida al «Lector...» (Madrid, julio de 1914), una «Meditación preliminar» y la «Meditación primera», con la que finaliza, no nos parece especialmente significativa, si no es para poner de manifiesto el carácter incoativo de este proyecto, que constituye una sugestiva anticipación de temas y problemas que van a estar después presentes en toda la reflexión orteguiana.
Para empezar nuestra exposición sobre el tema de «España y el Quijote», señalemos el profundo simbolismo que encierra el hecho de que estas reflexiones sobre el Quijote de Cervantes las sitúe Ortega en «La Herrería», junto al Monasterio del El Escorial, tumba de Felipe II.
Ya al comienzo de su ensayo Ortega muestra su preocupación por el problema de España, utilizando para su diagnóstico a Nietzsche. Así, frente al «odio» y la «aniquilación de los valores», Ortega pretende tallar en el alma española «nuevas facetas de sensibilidad ideal»:
Yo sospecho que, merced a causas desconocidas, la morada íntima de los españoles fue tomada tiempo hace por el odio, que permanece allí artillado, moviendo guerra al mundo. Ahora bien; el odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores. [...] De esta suerte se ha convertido para el español el universo en una cosa rígida, seca, sórdida y desierta. Y cruzan nuestras almas por la vida, haciéndole una agria mueca, suspicaces y fugitivas como largos canes hambrientos [3].
Para Ortega, la moral dogmática y la intolerancia incrustadas en el alma española no serían sino una «ficción de heroísmo» y síntomas de rencor y debilidad:
Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil. Y he observado que, por lo menos, a nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias de la veracidad. [...] Diríase que abrazamos el imperativo moral como un arma para simplificarnos la vida aniquilando porciones inmensas del orbe. Con aguda mirada, ya había Nietzsche descubierto en ciertas actitudes morales formas y productos del rencor. […]
Esta lucha con un enemigo a quien se comprende, es la verdadera tolerancia, la actitud propia de toda alma robusta. ¿Por qué en nuestra raza tan poco frecuente? [4].
De manera que, si el vitalismo (Nietzsche) es utilizado como diagnóstico, la cura parece estar en la filosofía como «amor intelectual», es decir, buscar la conexión y el sentido de lo que nos rodea (Platón) [5]; lo que supone «salvar» la «circunstancia» española [6].
Otro elemento de diagnóstico lo encuentra Ortega a propósito de una observación de Kant en la Antropología, caracterizando a España como «Tierra de los antepasados»:
¡Tierra de los antepasados...! Por lo tanto, no nuestra, no libre propiedad de los españoles actuales. Los que antes pasaron siguen gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte, que nos oprime. [...]
Esta influencia del pasado sobre nuestra raza es de las más delicadas. Al través de ella descubriremos la mecánica psicológica del reaccionarismo español. [...]
Toléreseme, a beneficio de conclusión, una fórmula paradójica: la muerte de lo muerto es la vida. [...] Esto es lo que no puede el reaccionario: tratar el pasado como un modo de la vida. Lo arranca de la esfera de vitalidad, y, bien muerto, lo sienta en su trono para que rija las almas. [...]
Esta incapacidad de mantener vivo el pasado es el rasgo verdaderamente reaccionario [7].
Por otra parte, y en relación con el Quijote, Ortega contrapone el personaje de Don Quijote, como imagen de nuestro dolor, al libro y el estilo de Cervantes, como posibilidad de «negación de la España caduca» y «experimentos de nueva España»:
Don Quijote puede significar dos cosas muy distintas: Don Quijote es un libro y Don Quijote es un personaje de ese libro. Generalmente, lo que en bueno o mal sentido se entiende por «quijotismo», es el quijotismo del personaje. Estos ensayos, en cambio, investigan el quijotismo del libro.
La figura de Don Quijote, plantada en medio de la obra como una antena que recoge todas las alusiones, ha atraído la atención exclusivamente, en perjuicio del resto de ella, y, en consecuencia, del personaje mismo. [...] Porque en cierto modo es Don Quijote la parodia triste de un cristo más divino y sereno: él es un cristo gótico, macerado en angustias modernas; un cristo ridículo de nuestro barrio, creado por una imaginación dolorida que perdió su inocencia y su voluntad y anda buscando otras nuevas. Cuando se reúnen unos cuantos españoles sensibilizados por la miseria ideal de su pasado, la sordidez de su presente y la acre hostilidad de su porvenir, desciende entre ellos Don Quijote y el calor fundente de su fisonomía disparatada compagina aquellos corazones dispersos, los ensarta como en un hilo espiritual, los nacionaliza, poniendo tras sus amarguras un comunal dolor étnico [8].
Y, más delante, podemos leer:
El lector descubrirá, si no me equivoco, hasta en los últimos rincones de estos ensayos, los latidos de la preocupación patriótica [...], se originaron espiritualmente en la negación de la España caduca. [...]
Habiendo negado una España, nos encontramos en el paso honroso de hallar otra. Esta empresa de honor no nos deja vivir. Por eso, si se penetra hasta las más íntimas y personales meditaciones nuestras, se nos sorprenderá haciendo con los más humildes rayicos de nuestra alma experimentos de nueva España [9].
Siguiendo una metáfora sobre el bosque, utilizada en otro momento de esta obra [10], Ortega califica el Quijote como «selva ideal» y le atribuye la dimensión profundidad; frente a la incapacidad para valorarlo adecuadamente demostrada, a su juicio, en la época de la Restauración. La Restauración es interpretada por Ortega como una etapa de ausencia de dinamismo y «perversión de los instintos valoradotes»; y de ahí el error de perspectiva para lo profundo y los valores máximos, como el Quijote:
Ha habido una época de la vida española en que no se quería reconocer la profundidad del Quijote. Esta época queda recogida en la historia con el nombre de Restauración. Durante ella llegó el corazón de España a dar el menor número de latidos por minuto. […]
La Restauración significa la detención de la vida nacional. No había habido en los españoles durante los primeros cincuenta años del siglo XIX complejidad, reflexión, plenitud de intelecto, pero había habido coraje, esfuerzo, dinamismo. [...]
Hacia el año 1854 –que es donde en lo soterraño se inicia la Restauración– comienzan a apagarse sobre este haz triste de España los resplandores de aquel incendio de energías; los dinamismos van viniendo luego a tierra como proyectiles que han cumplido su parábola; la vida española se repliega sobre sí misma, se hace hueco de sí misma. Este vivir el hueco de la propia vida fue la Restauración. [...]
Vida española, digámoslo lealmente, vida española, hasta ahora, ha sido posible sólo como dinamismo.
Cuando nuestra nación deja de ser dinámica, cae de golpe en un hondísimo letargo y no ejerce más función vital que soñar que vive. [...]
La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Canovas el gran empresario de la fantasmagoría [11].
¿Cómo es posible, cómo es posible que se contente todo un pueblo con semejantes valores falsos? [...] Sólo comparándolas con lo más estimable quedan justamente estimadas las cosas. Conforme se van suprimiendo en la perspectiva de los valores los verdaderamente más altos, se alzan con esa dignidad los que les siguen. El corazón del hombre no tolera el vacío de lo excelente y supremo. [...]
Perdiose en la Restauración la sensibilidad para todo lo verdaderamente fuerte, excelso, plenario y profundo. [...] Fue, como Nietzsche diría, una etapa de perversión de los instintos valoradores [12].
Así, pues, la medicina que parece proponer Ortega para los males de España no sería otra cosa que inteligencia (razón) y esfuerzo (vitalismo), es decir, raciovitalismo. Más aún, cabe preguntarse por qué, según Ortega, la vida española sólo ha sido posible, en el mejor de los casos, como «dinamismo»; lo que guarda relación con la distinción entre culturas «mediterránea» y «germánica», paralela a la distinción entre dos «castas de hombres»: los «meditadores» y los «sensuales» [13].
España sería el prototipo de cultura mediterránea, «impresionista» (discontinua y fronteriza), frente a la cultura germánica –continuadora de Grecia–, «conceptualista» (progresiva y segura):
Sólo cuando algo ha sido pensado cae debajo de nuestro poder. Y sólo cuando están sometidas las cosas elementales, podemos adelantarnos hacia las más complejas. [...]
Por esto una cultura impresionista está condenada a no ser una cultura progresiva. Vivirá de modo discontinuo, podrá ofrecer grandes figuras y obras aisladas a lo largo del tiempo, pero todas retenidas en el mismo plano. Cada genial impresionista vuelve a tomar el mundo de la nada, allí donde otro genial antecesor lo dejó.
¿No es ésta la historia de la cultura española? [...]
Nuestros grandes hombres se caracterizan por una psicología de adanes. Goya es Adán –un primer hombre–. [...] Hombre sin edad, ni historia, Goya representa –como acaso España– una forma paradójica de la cultura: la cultura salvaje, la cultura sin ayer, sin progresión, sin seguridad; la cultura en perpetua lucha con lo elemental, disputando todos los días la posesión del terreno que ocupan sus plantas. En suma, cultura fronteriza. [...]
En cambio, la preocupación que, como un nuevo temblor, comienza a levantarse en los pechos de Grecia para extenderse luego sobre las gentes del continente europeo, es la preocupación por la seguridad, por la firmeza [...]. Cultura no es la vida toda, sino sólo el momento de seguridad, de firmeza, de claridad. E inventan el concepto como instrumento, no para sustituir la espontaneidad vital, sino para asegurarla [14].
Se trataría, entonces, de realizar en España una integración, en forma de colaboración y jerarquía, entre los rasgos propios de la cultura mediterránea (superficie-impresión-sensualismo), y germánica (profundidad-concepto-meditación):
¿Por qué el español se obstina en vivir anacrónicamente consigo mismo? ¿Por qué se olvida de su herencia germánica? Sin ella –no hay duda– padecerá un destino equívoco. Detrás de las facciones mediterráneas parece esconderse el gesto asiático o africano, y en éste [...] yace como sólo adormecida la bestia infrahumana, presta a invadir la entera fisonomía. [...]
No me obliguéis a ser sólo español, si español sólo significa para vosotros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas guerras civiles; no azucéis al ibero que va en mí con sus ásperas, hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental. Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración.
Para esto es necesario una jerarquía. Y entre las dos claridades [la de «impresión» y la de «meditación»] es menester que hagamos la una eminente [15].
Y, abundando más en el tema, añade Ortega:
Representamos en el mapa moral de Europa el extremo predomino de la impresión. El concepto no ha sido nunca nuestro elemento. No hay duda de que seríamos infieles a nuestro destino si abandonáramos la enérgica afirmación de impresionismo yacente en nuestro pasado. Yo no propongo ningún abandono, sino todo lo contrario: una integración.
Tradición castiza no puede significar, en su mejor sentido, otra cosa que lugar de apoyo a las vacilaciones individuales –una tierra firme para el espíritu–. Esto es lo que no podrá ser nunca nuestra cultura si no afirma y organiza su sensualismo en el cultivo de la meditación [16].
Y nosotros nos preguntamos: Esta integración entre lo que ha sido tradición en la cultura española y el progreso, ¿no está acaso ejemplificado en la propia obra de Ortega y Gasset, literaria (espontaneidad vital) y filosófica (poder de reflexión) a un tiempo?
El caso del Quijote –prosigue Ortega– es, en éste como en todo orden, verdaderamente representativo. [...] Las breves iluminaciones que sobre él han caído proceden de almas extranjeras: Schelling, Heine, Turgeniev... [...] Para estos hombres era el Quijote una divina curiosidad: no era, como para nosotros, el problema de su destino. [...]
Lejos, sola en la abierta llanada manchega la larga figura de Don Quijote se encorva como un signo de interrogación: y es como un guardián del secreto español, del equívoco de la cultura española. [...]
Razón de más para que concentremos en el Quijote la magna pregunta: Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental? [...]
¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!
El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera [17].
Si hasta el momento Ortega había abordado el problema de España en relación con la Filosofía, ahora lo va a hacer desde la Biología; aunque en uno y otro caso la visión del Quijote sirva, como señalamos al principio, de aglutinante y de pretexto para estas meditaciones:
Olvidamos que es, en definitiva, cada raza un ensayo de una nueva manera de vivir, de una nueva sensibilidad. Cuando la raza consigue desenvolver plenamente sus energías peculiares, el orbe se enriquece de un modo incalculable: la nueva sensibilidad suscita nuevos usos e instituciones, nueva arquitectura y nueva poesía, nuevas ciencias y nuevas aspiraciones, nuevos sentimientos y nueva religión. [...] Un pueblo es un estilo de vida, y, como tal, consiste en cierta modulación simple y diferencial que va organizando la materia en torno [18]. Causas exteriores desvían a lo mejor de su ideal trayectoria este movimiento de organización creadora en que se va desarrollando el estilo de un pueblo, y el resultado es el más lamentable y monstruoso que cabe imaginar. [...]
Como éste es el caso de España, tiene que parecernos perverso un patriotismo sin perspectiva, sin jerarquías, que acepta como español cuanto ha tenido a bien producirse en nuestras tierras, confundiendo las más ineptas degeneraciones con lo que es a España esencial.
¿No es un cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de descarriado vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición! La realidad tradicional de España ha consistido precisamente en el aniquilamiento progresivo de la posibilidad de España. [...] De entre los escombros tradicionales, nos urge salvar la primaria substancia de la raza, el módulo hispánico, aquel simple temblor español ante el caos. Lo que suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso [19].
La propuesta primera de Ortega pasaba por la integración de sensualismo y meditación, elementos mediterráneo y germano de nuestra raza y cultura; ahora, pasa por la crítica a la tradición para encontrar la «sensibilidad» primaria de nuestra raza y su «intención original», de la que la fatalidad histórica nos desvió. Pero, ¿cómo se articula el paso de la Biología a la Historia y –como veremos a continuación– de lo biológico a lo literario?
Para ello será necesario que nos libertemos de la superstición del pasado, que no nos dejemos seducir por él como si España estuviese inscrita en su pretérito. [...] Así, los que amen hoy las posibilidades españolas tiene que cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos.
Una de estas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la mayor. He aquí una plenitud española. [...] Si supiéramos con evidencia en qué consiste el estilo de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en estas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad y un estilo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertásemos a nueva vida. Entonces, si hay entre nosotros coraje y genio, cabría hacer con toda pureza el nuevo ensayo español [20].
Y, ligada a la posibilidad de este nuevo ensayo español, una de las enseñanzas que Ortega extrae de libro de Cervantes es la de Don Quijote como arquetipo del héroe moderno. Y no se trata, como nos advierte el propio Ortega, de caer en el error de considerar aisladamente la figura de Don Quijote: «Unos, con encantadora previsión, nos proponen que no seamos quijotes; y otros, según la moda más reciente, nos invitan a una existencia absurda, llena de ademanes congestionados» [21]; es decir, no se trata de vivir «alucinados» o «desilusionados» [22].
Por el contrario, en este ensayo el héroe encarna en Ortega la dialéctica entre el individuo y la circunstancia; además de tener una significación positiva como trasunto del superhombre de Nietzsche, y de anticipar, al contraponerlo a la figura del villano, el tema de la relación entre «minoría» (hombre excelente) y «masa» (hombre vulgar) [23].
Más aún, se trata de recuperar una visión trágica del mundo, en la línea del pensamiento nietzscheano, de la mano de lo trágico (la voluntad del héroe) y lo sublime (el querer ser), frente a un siglo XIX burgués, democrático y positivista, inclinado con exceso hacia la comedia sobre la tierra:
Mas en torno al héroe muñón que dentro conducimos, se agita una caterva de instintos plebeyos. En virtud de razones, sin duda suficientes, solemos abrigar una grande desconfianza hacia todo el que quiere hacer usos nuevos. No pedimos justificación al que no se afana en rebasar la línea vulgar, pero la exigimos perentoriamente al esforzado que intenta trascenderla. [...] De aquí que el héroe ande siempre a dos dedos de caer, no en la desgracia, que esto sería subir a ella, sino de caer en el ridículo. El aforismo «de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso» formula este peligro que amenaza genuinamente al héroe. ¡Ay del que no justifique con exuberancia de grandeza, con sobra de calidades, su pretensión de no ser como los demás, «como son las cosas»! El reformador, el que ensaya nuevo arte, nueva ciencia, nueva política, atraviesa, mientras vive, un medio hostil, corrosivo, que supone en él un fatuo, cuando no un mixtificador. Tiene en contra suya aquello por negar lo cual él es un héroe: la tradición, lo recibido, lo habitual, los usos de nuestros padres, las costumbres nacionales, lo castizo, la inercia omnímoda, en fin. [...] El instinto de inercia y de conservación no lo puede tolerar y se venga. Envía contra él al realismo, y lo envuelve en una comedia [24].
Para finalizar, hemos de retomar las críticas de Ortega a la segunda mitad del siglo XIX español y europeo.
Respecto a España, Ortega había calificado la Restauración como una época falta de vitalidad y de «perversión de los instintos valoradores», con el consiguiente error en la «perspectiva de los valores»; pues, bien, la infecundidad del patriotismo español, tal y como había sido entendido tradicionalmente, radicaría precisamente en la incapacidad para valorar y estudiar hechos grandes de nuestra cultura como el Quijote:
La infecundidad de lo que ha solido llamarse patriotismo en el pensamiento español se manifiesta en que los hechos españoles positivamente grandes no han sido bastante estudiados. El entusiasmo se gasta en alabanzas de lo que no es loable y no puede emplearse, con la energía suficiente, allí donde hace más falta.
Falta el libro donde se demuestre al detalle que la novela lleva dentro, como una íntima filigrana, el Quijote [...].
Madame Bovary es un Don Quijote con faldas y un mínimo de tragedia sobre el alma. Es la lectora de novelas románticas y representante de los ideales burgueses que se han cernido sobre Europa durante medio siglo. ¡Míseros ideales! ¡Democracia burguesa, romanticismo positivista! [25].
Y es que, junto a las peculiaridades de la circunstancia española, están las de la circunstancia europea del siglo XIX: en conexión con los ideales citados, están realismo y positivismo (el cómo –hechos–, no el porqué –idea–); con la consiguiente negación de lo ideal y del heroísmo, sustituidos por el pesimismo y el rencor.
Asimismo, de la mano del darwinismo en biología vendrán las ideas de determinismo y de adaptación al medio, lo que supone la negación de la voluntad, la libertad y la originalidad –atributos que, para Ortega, serían expresión de vitalidad–; a la par que, frente a la poética de lo trágico, con el triunfo de la novela realista y naturalista lo bello pasa a ser lo verosímil y lo verdadero el medio físico:
El ideal del siglo XIX era el realismo. [...] El cómo, no el porqué [26]; el hecho, no la idea –predica Augusto Comte–. Madame Bovary [...] respira una atmósfera comtista. [...]
La realidad es tan feroz que no tolera el ideal ni aun cuando ella misma es la idealizada. Y el siglo XIX, no satisfecho con levantar a forma heroica la negación de todo heroísmo, no contento con proclamar la idea de lo positivo, vuelve a hacer pasar este mismo afán bajo las horcas caudinas de la asperísima realidad. [...]
Estas generaciones de que inmediatamente procedemos habían tomado una postura fatal. Ya en el Quijote se vence el fiel de la balaza poética del lado de la amargura para no recobrarse jamás. Pero este siglo, nuestro padre, ha sentido una perversa fruición en el pesimismo [...] y ha comprimido el mundo de manera que nada levantado pueda quedar en pie. Sale de toda esta centuria hacia nosotros como una bocanada de rencor.
Las ciencias naturales basadas en el determinismo habían conquistado durante los primeros lustros el campo de la biología. Darwin cree haber conseguido aprisionar lo vital –nuestra última esperanza– dentro de la necesidad física. La vida desciende a no más que materia. La fisiología a mecánica.
El organismo, que parecía una unidad independiente, es inserto en el medio físico, como una figura en un tapiz. Ya no es él quien se mueve, sino el medio en él. Nuestras acciones no pasan de reacciones. Vivir es adaptarse; adaptarse es dejar que el contorno material penetre en nosotros, nos desaloje de nosotros mismos. Adaptación es sumisión y renuncia. Darwin barre los héroes de sobre el haz de la tierra. [...]
Pero como ahora el hombre no es sujeto de sus actos sino que es movido por el medio en que vive, la novela busca la representación del medio. El medio es el único protagonista.
Se habla de «producir el ambiente» [Zola]. Se somete al arte a una policía: la verosimilitud [...], según el positivismo: lo bello es lo verosímil y lo verdadero es sólo la física. La novela aspira a la fisiología.
Una noche en el Père Lachaise, Bouvard y Pécuchet entierran la poesía –en honor a la verosimilitud y al determinismo– [27].
* Moisés Simancas es doctor en Filosofía y Letras (Filosofía y ciencias de la Educación), profesor de Filosofía y Ética e investigador sobre la Historia del Pensamiento español.
[1] La primera edición (Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1914), iba dedicada a Ramiro de Maeztu. Nosotros seguimos la que se considera edición definitiva de las obras completas de Ortega: Ortega y Gasset, José: Meditaciones del Quijote, en Obras Completas. Tomo I.- 1902/1915, Madrid, Taurus (Santillana Ediciones Generales, S.L.) y Fundación José Ortega y Gasset, Madrid, 2004, pp. 747-825. [Edición Fundación José Ortega y Gasset: Centro de Estudios Orteguianos. Director del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset: Juan Pablo Fusi Aizpurúa.].
[2] Alfonso Moraleja Juárez, V. y Simancas Tejedor, Moisés: Unamuno, Ledesma Ramos y Ortega: tres visiones del Quijote, Madrid, VII Jornadas de Hispanismo Filosófico, 26, 27 y 28 de mayo de 2005.
[3] Ortega y Gasset, op. cit, p. 748.
[4] Ibíd.: op. cit, pp. 749-750.
[5] Ibíd.: op. cit., pp. 769, 782.
[6] Ibíd.: op. cit., pp. 756-757.
[7] Ibíd.: op. cit., pp. 758-759.
[8] Ibíd.: op. cit., p. 760.
[9] Ibíd.: op. cit., p. 762.
[10] A propósito del adagio «Los árboles no dejan ver el bosque» (V. Ortega y Gasset, op. cit., p. 764), que sintetiza una extensa metáfora sobre la que Ortega se explaya literariamente, podemos concretar diciendo que los árboles serían la superficie y lo patente; el bosque, como «suma de posibles actos nuestros» (Ortega y Gasset, op. cit., p. 765), la profundidad y lo latente; y que ambas dimensiones constituirían el mundo. Asimismo, Ortega se refiere al pensamiento como un «dialéctico fauno que persigue, como a una ninfa fugaz, la esencia del bosque» (Ortega y Gasset, op. cit., p. 767); pero no sólo es dialéctico el pensamiento que persigue la esencia, la idea, sino que también hay una dialéctica en la realidad entre la superficie, lo patente y las impresiones, de una parte, y lo profundo, lo latente y las estructuras, de otra (V. Ortega y Gasset, op. cit., p. 768).
[11] Ortega cita de Vieja y nueva política, conferencia dada en el teatro de La Comedia, el 23 de marzo de 1914 (1ª edic., Madrid, Renacimiento, 1914).
[12] Ortega y Gasset: op. cit., pp. 771-772.
[13] Ortega distingue ente dos «tipos de hombres»: el «sensual» (superficie-sentidos-impresión-materia) y el «meditador» (profundidad-concepto ‹orden, relación, estructura, límites, esquema, sentido›-forma). (V. Ortega y Gasset, op. cit., pp. 781-782). Por otra parte, Ortega distingue entre las culturas «mediterránea» y «germánica». La germánica sería la cultura de las «realidades profundas» (heredera de Grecia), frente a la mediterránea (heredera de Roma), la cultura de las «superficies». Europa sería, entonces, un precipitado de cultura mediterránea (Francia, Italia, España) y de «germanismo» (Germania). (V. Ortega y Gasset, op. cit., pp. 774-776).
[14] Ortega y Gasset: op. cit., pp. 785-786.
[15] Ibíd.: op. cit., p. 787.
[16] Ibíd.: op. cit., p.790.
[17] Ibíd.: op. cit., pp. 790-791.
[18] A propósito de estas ideas, Ortega señala, en nota a pie de página, que «han tenido un espléndido e independiente desarrollo» en la obra de Spengler La decadencia de Occidente, publicada en 1918, cuatro años después que las Meditaciones del Quijote.
[19] Ortega y Gasset: op. cit., pp. 792-793.
[20] Ibíd.: op. cit., p. 793.
[21] Ibíd.: op. cit., p. 760.
[22] Ibíd.: op. cit., p. 813.
[23] Ibíd.: op. cit., pp. 815 y ss.
[24] Ibíd.: op. cit., pp. 820-821.
[25] Ibíd.: op. cit., pp. 823-824.
[26] Subrayados en el original.
[27] Ortega y Gasset: op. cit., pp. 824-825.
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