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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 133 - Febrero de 2010
EL ABOGADO DEL TERROR Joaquín Albaicín*
Al lector de periódicos españoles le resulta sobradamente popular la efigie, polémica de una pieza, de Jacques Vergès, abogado defensor de apestados políticos varios, criminales de altísima nota, terroristas de desecho… Y que también cuenta –o ha contado– entre sus clientes con tan inofensivo personaje como Muguette Baudal, madre del suboficial Tornay, que supuestamente dio muerte al jefe de la Guardia Suiza papal y su esposa antes de suicidarse. Vergès sólo planta el pie allá donde la pisada levanta mucho polvo. Él mismo se ha ocupado de alimentar con las precisas dosis de calculada ambigüedad las zonas en sombra de una biografía cuyos años perdidos o páginas en blanco (1970-1978) son enmarcados por la rumorología y las «fuentes bien informadas» a la discreta vera de tan bizarro ingeniero de lo social como Pol Pot.
Su libro Estrategia judicial en los procesos políticos apareció en Francia en 1968 y, dos años después, por iniciativa de Anagrama, en España. La cabeza visible de la editorial detalla en un posfacio las circunstancias de su nueva salida a la luz, este año, en castellano, motivada seguramente por el reciente estreno de un documental sobre la vida de Vergès que hemos tardado en poder ver, porque no sólo duró en las pantallas madrileñas algo así como quince minutos, sino también porque no parece estar habitualmente disponible en las secciones de DVD de las tiendas. Sí, ya nos hacemos cargo de que Jacques Vergès no es Harry Potter, pero la verdad es que merece la pena asomarse a ese documental dirigido por Barbet Schroeder, que viene a revivir en formato virtual buena parte de un mundo de vidas violentas inasible ya fuera de las hemerotecas, el mundo de Boumedian, Wadi Haddad, Ali Hassan Salameh (activista palestino implicado en la masacre de Munich y casado con una Miss Universo), el banquero nazi François Genoud, la Stasi de Mielke y Markus Wolff, Patrice Lumumba, la Baader-Meinhoff, Arafat… Una cinta de lo más inquietante, por cuanto su visionado permite entrever los siniestros trasfondos del terrorismo y, lo que es más importante, cómo los hilos que los manejan se entrecruzan a menudo con los movidos entre bastidores por los titiriteros de la alta política, es decir, de la política etiquetada como «respetable». De la mano de Schroeder y de la de un Vergès que parece oficiar como auténtico maestro de ceremonias de la obra, se asoman a la pantalla para dar su testimonio compañeros de bufete del abogado, colaboradores de Carlos El Chacal, agentes secretos franceses, líderes del FLN argelino…
La película conforma, en rigor, un extraño combinado. Por una parte, uno se siente absolutamente de acuerdo con la reivindicación de Vergés. ¿Por qué, en efecto, los millones de víctimas imputables al nazismo y el comunismo constituyen un crimen contra la humanidad, pero no se otorga la misma consideración al genocidio contra los pieles rojas o el tráfico de esclavos sobre los que se apoyó la fundación de los Estados Unidos, o a las innumerables masacres cometidas por los occidentales en sus antiguas colonias? ¿Por qué, en fin, los vencidos son automáticamente declarados criminales, en tanto los vencedores no son más que meros causantes de «daños colaterales»? Hasta aquí, todo bien. Pero, por otra parte, uno no puede sino considerar de dudoso gusto ese aparente intento del realizador o de quienquiera que haya inspirado la cinta por investir de una suerte de halo glamouroso al terrorismo. No encuentro, la verdad, el menor glamour en las mutilaciones de inocentes, por mucho que a los asesinos de la Fracción del Ejército Rojo les encantaran el champán y el jamón de Westfalia o a su abogado los buenos habanos y los muebles caros.
Una vez despojada de toda esa jerga jurídica francamente coñazo con que él la despliega, la tesis expuesta en su ahora reeditado ensayo por el «abogado del terror», señalado por algunos como probable contacto o agente de enlace entre el Estado francés y ciertas bandas terroristas, es bien sencilla, e idéntica a la formulada de viva voz en el documental: ganar la guerra no significa que los crímenes cometidos por el vencedor estuvieran moral o jurídicamente justificados, y mucho menos que jamás hayan sido cometidos. Puesto que, en determinadas circunstancias, el Estado y su aparato jurídico no persiguen sino la anteposición de la razón de Estado al principio que estipula tratar a todos los acusados con un mismo rasero, a estos últimos no les queda a veces otra opción que adoptar una estrategia de ruptura, contestando la legitimidad del tribunal para juzgarles, en vez de refugiarse tras la tradicional estrategia de connivencia que viene a apoyarse sobre el principio de sumisión a las leyes por encima de cualquier otra consideración.
Debido a la poderosísima lógica interna que la distingue, la adopción de dicha táctica de ruptura es, de hecho, la única a la que cabe agarrarse cuando, en la sartén de la historia, cambia el lado sobre el que la tortilla se apoya. En la novela El puercoespín, de Julian Barnes (también en el catálogo de Anagrama), cuyo argumento gira en torno al juicio retransmitido por televisión de Stoyo Petkanov, el depuesto tirano de un país socialista, personaje claramente inspirado en la figura de Nicolae Ceausescu, se juega con el argumento, extraído de la pura realidad, de que, en este tipo de causa criminal, los acusadores y jueces suelen ser siempre ex colaboradores del propio acusado en los desmanes objeto de la misma, siendo el encausado mero chivo expiatorio en un proceso en el que el Delito con mayúsculas es condenado ferozmente por los mismos que, a su sombra, lo fomentaron, cometieron y aplaudieron. Contamos con un ejemplo muy próximo en el juicio –presidido por meros testaferros– contra Saddam Hussein.
Buen ejemplo del cinismo característico del hombre de Estado es la vaguedad con que, cuando escribimos estas líneas, el presidente Obama se refiere a los mandos de la CIA que han ordenado torturar a centenares de detenidos con el objetivo de arrancarles confesiones autoinculpatorias a cualquier precio. ¿Cómo se entiende que quienes, en flagrante violación tanto de las leyes internacionales como de las de su propio país, han ordenado y cometido torturas no sean procesados y todo se resuelva con un: «Miremos hacia delante, no hacia atrás»? Si yo secuestrara y aplicara la tortura de la bañera a una hija de Donald Rumsfeld, sospecho que nadie hablaría de pelillos a la mar, pedir perdón o mirar hacia delante, sino de aplicación rigurosísima del código penal.
Internet está, por otra parte, ahí, dotando de sólidas alas a las tesis de Vergès, si bien quizá el batir de plumas no apunte siempre en la dirección por él deseada. A un ritmo yo diría que regular, veo inundado mi buzón de correo electrónico por mensajes de Amnistía Internacional y otros organismos instándome a sumar mi firma a la de quienes quieren impedir la lapidación de no sé quién o el ahorcamiento de no sé cuál en Irán. Todavía, sin embargo, no he recibido ninguno de las mismas entidades animándome a exigir la detención inmediata de alguna de las numerosas ejecuciones que a ritmo nada ralentizado se celebran en Texas o Japón.
La estrategia vergèsiana de ruptura sólo, pues, cobraría verdadero sentido a partir de su aplicación indiscriminada y a granel, de una generalización de su uso tendente a quebrar el espinazo jurídico de los mismísimos fundamentos morales y orgánicos de toda la arquitectura política moderna, independientemente del color elegido por ésta para su vestimenta de cara a la galería. La realidad es que el capitalismo avanzado y el comunismo avanzado comparten, ya desde sus albores, el culto a lo cutre. En su esquema doctrinario común, el mediocre debe ser ensalzado y premiado y, el brillante, ninguneado e ignorado. Normal: sus padres ideológicos eran y son individuos de alma cutre, de mentalidad cutre, de gustos cutres, que duermen con mujeres cutres y tienen hijos cutres. El culto común conduce, más tarde o más temprano, a la utilización de «rituales» de muy similar factura, circunstancia sobre la que, ya lo hemos dicho, el documental de Schroeder resulta sumamente instructivo, y que justificaría el emerger de todo un ejército de abogados vergèsianos, si bien –preferiblemente– totalmente desvinculados de los propósitos ocultos, las motivaciones personales y los vínculos ideológicos del maestro.
Esto, claro, únicamente se hace evidente a aquellos que no pierden de vista la verdadera perspectiva de los tiempos. Poco antes de morir y a propósito de su nuevo libro, afirmó Norman Mailer en una entrevista que «Hitler violó las fronteras de la Ilustración» y que: «No hay nada de la sabiduría de la Ilustración que permita entender a Hitler». Esta es la creencia general, lo que se enseña en la escuela televisiva y académica, pero no deja de ser una creencia rotundamente falsa. La verdad es que Hitler fue la última –seguramente, antepenúltima– consecuencia, el desarrollo más avanzado de las ideas ilustradas, las mismas a que Vergès brinda su adhesión. El nacionalismo, el populismo, el biologismo y el cientifismo de que se alimentaban sus fobias y sus febriles discursos nacen con la Ilustración y es ella, la Diosa Razón de Robespierre, quien los impulsa. Antes de la Ilustración, Hitler no habría tenido la más remota probabilidad, no ya de alcanzar el poder en Alemania, sino de ser escuchado por nadie. Sólo en el mundo nacido de la Ilustración habría podido, pues, hacer de las suyas y disfrutar de la oportunidad de confiar su libertad y su cabeza a las mañosas artes de un abogado como Vergès, quien, en propias palabras, sólo habría puesto una condición para asumir su defensa legal: que se declarara culpable.
El problema, claro, es que… ¿Quién, de cuántos toman parte, de uno u otro lado, en cierta clase procesos, no lo es?
* Joaquín Albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras– En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo).
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