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Altar Mayor Nº - 133 (3)
Friday, 12 March a las 16:54:19

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 133  - Febrero de 2010

 

ANTE LOS 200 AÑOS DE LA INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA
José Antonio Navarro Gisbert*



 
 
¿Son las naciones de habla hispana de América, desgajadas del Imperio español a través de un proceso iniciado hace ahora doscientos años, una invención al socaire de los nuevos aires que soplaban por aquellas calendas, o hunden sus raíces en lo profundo de Occidente a través de la nación descubridora del Nuevo Mundo?

Hay respuestas, alguna sin excesivos fundamentos, para todos los gustos, pero es innegable que cuando, con plenitud o sin ella, iniciaron la andadura sin tutelas españolas, lo hicieron al amparo de instituciones creadas a lo largo de tres siglos de colonia. Prueba de ello sería que las actuales naciones hispanoamericanas, con alguna excepción como Bolivia, segregada por estrategias de la guerra emancipadora del Alto Perú por Simón Bolívar, corresponden a las delimitaciones políticas, territoriales y administrativas que imperaban hace doscientos años.

El caso de Venezuela es uno de los ejemplos más significativos: su existencia política es prácticamente una creación de Carlos III en 1777, como se desprende de la lectura de la Constitución de Venezuela cuando al fijar sus límites establece: «El territorio y demás espacios geográficos de la República son los que correspondían a la Capitanía General de Venezuela antes de la transformación política iniciada el 19 de abril de 1810…». Es significativo, además, porque fue Venezuela el foco principal del movimiento emancipador, con la curiosa paradoja de que aquella creación política reciente, soportó la carga más pesada en las jornadas que culminaron mediada la década de los veinte del siglo XIX en la independencia, con excepción de Cuba y Puerto Rico, del Imperio español en América.

La conmemoración de este segundo centenario es ocasión propicia para recordar algunas interpretaciones que se han producido al respecto. Ángel Bernardo Viso, en un ensayo histórico, Venezuela: identidad y ruptura, que subtitula «La historia como estado de conciencia, el pasado como introspección y vivencia colectiva», al analizar la situación actual, producto del proceso iniciado a principios del siglo XIX, dice que «vemos en nuestro continente agitarse formas confusas y caóticas de vida colectiva, que nos hacen mirar nuestro presente como la expiación de una culpa». Interpretación a la que agrega que percibe «nuestra historia, salvo algunos momentos afortunados, como una sucesión de vías sin salida, y que invariablemente han conducido a nuevos atolladeros».

¿Latinoamérica o Hispanoamérica?

Como punto previo para entrar en cualquier disquisición alentada por la circunstancia bicentenaria conviene abordar el tema de la definición adecuada al referirnos al antiguo Nuevo Mundo, valga el oxímoron. Nos referimos a la debatida cuestión acerca de cuál es la denominación más apropiada: ¿Latinoamérica o Hispanoamérica?

Aun cuando el término «Iberoamérica» se hace de uso obligado al referirnos a las naciones situadas en los dos hemisferios de América para incluir a Brasil, ese coloso aislado lingüísticamente de su entorno, el cual, para vencer el riesgo de incomunicación impone el español como idioma de obligado estudio, la cuestión a debatir se centra en la utilización de la palabra que con mayor rigor se incline por Latinoamérica o Hispanoamérica. Ya opinó al respecto Unamuno, cuando dejó en el aire la pregunta: «¿Latinoamericanos por qué, acaso hablan latín?». Quería significar don Miguel aquello de que somos lo que hablamos, argumento que de entrada es irrebatible. Sin embargo, la polémica está envuelta en sutilezas, intencionalidades y fines interesados en opacar la presencia española desde los albores del descubrimiento hasta nuestros días, y a fe que lo han logrado. Si en la propia España actual, el término «Latinoamérica» ha adquirido carta de ciudadanía, relegando «Hispanoamérica» al ámbito patrimonial del régimen extinguido con el fallecimiento de Franco, y arrinconando la palabra prácticamente al menosprecio, huelga hacer oposición en el resto del mundo.

Pero lo cierto es que el uso de «Latinoamérica» que se ha impuesto permitió al escritor venezolano Carlos Rangel, en su obra Del buen salvaje al buen revolucionario, curiosamente un éxito de librería después de treinta años de su aparición, terciar en el caso: «Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser». Y al referirse a la América cuya denominación a reivindicar sería Hispanoamérica, se extiende: «Esa diferenciación de la América española procede, evidentemente del sello que dieron sus conquistadores, colonizadores y evangelizadores. Se trata de uno de los prodigios más asombrosos de la historia, pero está a la vista, es irrefutable. Hay controversia sobre el número exacto de los “viajeros de Indias”. Pero en todo caso fueron apenas un puñado de hombres, entre marinos, guerreros y frailes. Y esos pocos hombres, en menos de sesenta años, antes de 1550, habían explorado el territorio, habían vencido dos imperios, habían fundado casi todos los sitios urbanos que hoy todavía existen (más otros que luego desaparecieron), habían propagado la fe católica y la lengua y la cultura castellana en forma no sólo perdurable sino, para bien o para mal, indeleble».

De esto puede deducirse que española y no latina es esa América fundada en el aporte español iniciador de la portentosa aventura genésica creadora del mestizaje. América Latina o Latinoamérica es invención de franceses o de anglosajones, que aunque se ha implantado, constituye un caso de flagrante despistaje histórico.

El caso es que a pesar de la división en 18 naciones, que como queda dicho tiene su origen en el propio desarrollo de la colonia, la América española tiene corporeidad, haciendo caso omiso de su fraccionamiento. Lo que confiere significación especial a este hecho se debe a la circunstancia de que los primeros españoles que llegaron al Nuevo Mundo no se encontraron con un vasto territorio unido por lazos culturales o por civilizaciones, sino disperso, variado, e incluso dentro de sus especificidades, mundos en pugnas de exterminio. Fueron las instituciones españolas y fundamentalmente la Corona, el factor aglutinante. Las culturas de los por error llamados indios, acabaron perdiendo su pasividad unitaria para integrarse en las sociedades hispánicas cimentadas progresivamente durante el desarrollo del proceso de conquista, colonización y evangelización. Otro factor aglutinador lo constituye la adquisición de la conciencia de su derrota frente al conquistador con las secuelas de exterminio por doble motivo: enfrentamiento y enfermedades importadas; y acaso el más importante de todos: el mestizaje.

Incluso el indigenismo tan en boga actualmente adquiere un carácter que lo hace presentable en bloque alimentado por el cordón umbilical que transmite a todas las naciones la unidad lingüística, la religión, practicada o yacente, y una serie de usos y costumbres, heredadas de un tronco común que imprimió, como los sacramentos, carácter.

Cualquiera que sea la denominación que se quiera aplicar a la comunidad que se da en las naciones que dieron sus primeros vagidos en el claustro fetal de la conquista, colonización y mestizaje, y que nacieron con la Independencia, constituyen junto con España una realidad que prevalece por encima de cualquier pretensión caprichosa que se proponga negarla o destruirla.

Preocupación legalista en la conquista

Desde los albores de la humanidad una de las primeras actividades del hombre consistió en apropiarse de lo ajeno y para ello se hizo necesario conquistar para ejercer un dominio sobre los demás. En casi todas las conquistas se trató de justificar esa acción como un derecho. Sin embargo, en el caso de España una de las preocupaciones fundamentales consistió en la explicación jurídica y moral impregnada de graves problemas de conciencia con respecto a la actuación de sus protagonistas.

España fue la primera gran nación que produjo en su seno escrupulosos juicios y críticas a su obra magna: la conquista del Nuevo Mundo, realizada por sus hombres. La preocupación legalista no estuvo presente sólo en Hernán Cortés a la hora de justificarla o censurarla. Los españoles de su tiempo, fray Francisco de Vitoria y fray Bartolomé de las Casas, no se sintieron satisfechos con la argumentación de Cortés, que en una de sus Cartas de Relación a Carlos V, le informaba que había advertido a los pobladores de las nuevas tierras «diciéndoles cómo todas estas partes y otras muy mayores tierras y señoríos, eran de vuestra alteza, y que los que quisiesen ser sus vasallos serían honrados y favorecidos, y, por el contrario, los que fuesen rebeldes serían castigados con arreglo a justicia».

Vitoria consideró esta afirmación como la pretensión de simplificar un tema de tanta sutileza teológica, y no le satisfizo en absoluto. Por su parte, Bartolomé de las Casas, menos aún se avino a tal razonamiento, aunque a pesar de las discrepancias que sostuvo con Cortés, se da en ambos la coincidencia de que, en realidad, se trata de dos conquistadores conquistados. Una fría y sutil observación podría llevarnos a la conclusión de que se trata de un caso de división de trabajo.

Vitoria, en su obra De Indis sostuvo que los indios no son seres inferiores, sino poseedores de iguales derechos que cualquier ser humano y son propietarios de sus tierras y bienes. Con este planteamiento nació el Derecho de Gentes, el Derecho Internacional moderno, que pasó a definir las relaciones entre los imperios europeos y los pueblos del llamado Nuevo Mundo. Tanto las ideas de Francisco de Vitoria como las de Bartolomé de las Casas fueron atendidas en las Cortes de Castilla y en 1542 se promulgaron las Leyes Nuevas de Indias, un corpus que ponía a los indios bajo la protección de la Corona. Se culminaba así la recriminación que Isabel la Católica había hecho a Colón cuando a la presentación de aborígenes de las tierras recién descubiertas como esclavos, le increpó: ¿Y quién es el almirante para hacer esclavos de mis vasallos?

Lo curioso de las Casas es que el buenismo natural de fraile, al defender a los indios, según él «de natural indolente», para que no sufrieran los rigores de los trabajos impuestos por los conquistadores, condenó a los negros a trata y servidumbre alejados de sus tierras.

Las Casas recibió de los conquistadores duras críticas por lo que consideraban exageradas denuncias por el trato dado a los indios Lo cierto es que aunque resulten molestas sus críticas, tienen los españoles motivo de orgullo al contar entre sus connacionales a una figura de indudable valor humanista. Entre los detractores del autor de la Breve relación de la destrucción de las Indias figura don Ramón Menéndez Pidal que puso en tela de juicio al fraile protector de los indios y lo calificó de demente.

En cualquier caso, resulta esclarecedora la opinión de Arturo Uslar Pietri sobre el particular: «Los conflictos de conciencia que atormentaron a España en el proceso de conquista no eran hipocresía, eran problemas reales, y lo eran por esta razón fundamental: porque los que gobernaban a España, los Reyes y sus consejeros, eran espíritus profundamente religiosos y para ellos no se trataba de infringir o de no infringir una ley escrita sino de algo mucho más grave, como era salvarse o condenarse. Para un descreído este problema no se plantea, incluso podría pensar que era pura hipocresía el que aquella gente pretendiera ocuparse de ello, pero para un Fernando el Católico, para sus cronistas y sus teólogos que discutían estos temas, era la cosa más importante que podía ocurrirles porque si resultaba que la conquista de América no estaba justificada de un modo claro, y si no podían dar cuenta satisfactoria ante Dios de ese hecho, estaban perdiendo lo más importante que había para ellos que era la salvación de su alma. No debemos perder de vista este aspecto para juzgar cómo y por qué actuaron esos hombres».

En efecto, desde el año siguiente al descubrimiento, en 1493, la preocupación por este asunto, movió a los Reyes Católicos a solicitar lo más parecido a una autorización para la conquista. Fueron la causa de las Bulas de Donación expedidas por el papa Alejandro VI, solicitadas, entre otras, por estas dos razones: una política con la que se buscaba un título que esgrimir particularmente frente al Rey de Portugal, empeñado como España en nuevos descubrimientos; la otra de orden jurídico y moral.

Desde el inicio de la presencia española en el Nuevo Mundo se plantearon discrepancias entre las exigencias de orden militar y material y el escrúpulo de basarse tanto jurídica como teológicamente. Llegado este conflicto a la Corte, los Reyes Católicos lo asumieron como suficientemente grave y para que resolvieran conforme a derecho y principios cristianos, convocaron a las gentes más capacitadas en la materia que eran los teólogos y los canonistas.

Lo que los encomenderos hicieron es otro tema. Hubo mucho de «se acata pero no se cumple», pero las leyes que partían de la Corona, de obligado cumplimiento, en virtud de la práctica imposibilidad de vigilar su estricta ejecución, marcaron desde un principio una tendencia a emanciparse de la rigidez legalista, embrión que en su gota a gota contumaz fue creando en los españoles de América, los criollos, la idea que se concretaría con la independencia. Se ha sostenido con cierta base que la conquista de América la hicieron las indias y la independencia los españoles.

La leyenda negra y la dorada

Aquella portentosa aventura de la conquista de América, uno de los acontecimientos de mayor envergadura que haya producido el hombre, abrió la puerta a uno de los más importantes procesos de cambio histórico, conflictos culturales y desarrollo social y económico conocido hasta entonces por la humanidad.

El choque, acerca del cual se ha debatido si debe considerarse descubrimiento o encuentro, debido a la trascendencia emocional que supuso, fue el punto de partida, al margen del rigor histórico que merece, de dos leyendas: una negra y otra dorada.

La leyenda negra tuvo su origen en el rechazo hacia los españoles producto de su hegemonía en la Europa de los siglos XVI y XVII y del hecho de ser el brazo armado de la Contrarreforma. Entre las obras de falsificación histórica, la del abate Reynal se cuenta entre las que con mayor énfasis presentó como negativa la obra de los españoles en el Nuevo Mundo.

Frente a esta leyenda negra, como reacción al tétrico cuadro pintado por ésta, otra leyenda dorada, ensalzó la obra de España realizada en los tres siglos del Imperio Español de América. Tanto la negra como la dorada no corresponden a la realidad. Lo ocurrido desde que los españoles avistaron las primeras tierras de América hasta el fin de su presencia, producto de la independencia que ahora se conmemora, es más complejo que la simple conclusión de declararlo un crimen o absolverlo, concluyendo que esa época fue un paradigma de perfección y bondad. En ese horno fue cociéndose la conciencia hispanoamericana.

Es comprensible la campaña de difamación de que fue objeto España por parte de los protestantes, que tanto como posiciones religiosas albergaban motivaciones políticas frente a la hegemonía española en Europa, que conllevaba procedimientos que dieron base a diversas interpretaciones y fueron la causa de campañas para desacreditar a la primera potencia europea del siglo XVI. Sin embargo, en lo que se refiere a la obra de España en América era más difícil tergiversar la evidencia de los hechos: había descubierto un mundo al que trasladó todos los elementos de su propia cultura; había levantado ciudades y organizado reinos; la legislación en lo que concierne al trato a los indígenas supuso una innovación impregnada de humanismo cristiano; dio a conocer al mundo un descomunal espacio geográfico al que rescató del primitivismo; y no sólo utilizó las minas como fuente de riqueza sino que desarrolló una industria y una agricultura superior incluso a las de la metrópoli.

La otra cara de la moneda ofrece algunos aspectos menos ejemplares de los primeros cuarenta años de la conquista, de cualquier forma contrarrestados por la labor de misioneros y juristas, virreyes, capitanes y funcionarios de la Corona a quienes se debe la puesta en marcha de una inmensa creación política, cultural y económica.

Lo notable del caso es que, como ya hemos apuntado, fuera un español, el padre Las Casas, el propulsor de la campaña de descrédito, tan hábil y inescrupulosamente utilizada por los enemigos ocasionales de España para desprestigiarla en su conjunto. Inevitable se hace recordar las cáusticas palabras de Quevedo: «¡Oh, desdichada España! Revuelto he mil veces en la memoria tus antigüedades y anales y no he hallado por qué causas seas digna de tan porfiada persecución. Sólo cuando veo que eres madre de tales hijos, me parece que ellos, porque los criaste, y los extraños porque ven que los consientes, tienen razón de decir mal de ti…».

Paradojas de la historia: la indudable, aunque exagerada, denuncia de Las Casas, impregnada de plausibles intenciones humanitarias, fue la semilla que cayó en un surco dispuesto a recibirla, cuyo fruto fue la campaña sistemática de quienes encomendaron a sus piratas la arremetida contra los establecimientos fundados por los españoles un siglo antes de que otras potencias europeas pisaran el Nuevo Mundo, donde ya existían todos los progresos de la época, imprenta y universidades incluidas.

De aquellos días y circunstancias proceden los hispanoamericanos que ahora celebran sus dos siglos de independencia.

Hispanistas norteamericanos enjuician a España

Conversando con el profesor Stanley Payne, en relación con el generoso prólogo con que presentó mi obra ¿Por qué fracasó la II República?, le manifesté mi interés por conocer cuál fue el motivo que le llevó a sentir curiosidad por la historia de España. Obtuve la respuesta en Madrid cuando Payne declaró que en los balbuceos de su pubertad le llamó la atención en su Texas natal la mayoritaria abundancia de topónimos españoles. Llevado por esa curiosidad, tras una prolongada y profunda inmersión en temas que tenían a España por sujeto activo, ha llegado a ser uno de los ilustres hispanistas norteamericanos que han hecho de los problemas de nuestra historia objeto de su actividad profesional.

Vino el profesor Payne a sumarse a prestigiosos antecesores que en los Estados Unidos se entregaron en sucesivas oleadas al conocimiento, difusión e incluso exaltación de valores que en la propia España, muchos de sus hijos han persistido en poner en tela de juicio.

Por jerarquía cronológica podemos citar a Washington Irving (1783-1859); Willian Prescott (1796-1859); William Thomas Walsh (1891-1949); Charles Fletcher Lummis (1859-1928); Archer Milton Huntington (1870-1955); Lewis Hanke (1905-1993); el propio Payne; todos ellos y sobre todo el fruto de la siembra que han depositado en el campo de la historiografía española e hispanoamericana que dará su cosecha en el futuro.

Washinston Irving, después de una peripecia en la que alternó las experiencias empresariales con las literarias, inició una carrera diplomática que le llevaría a desempeñar la embajada de su país en España. A distancia del numeroso grupo de diplomáticos entregados a matar el tedio de alguno de sus destinos en frivolidades que sólo alcanzan notoriedad en el puro chismorreo de una vida social ociosa, su paso por España fue fructífero: su Historia de la vida y viajes de Cristobal Colón; la Crónica de la conquista de Granada; y los Cuentos de la Alhambra, contribuyeron a difundir el interés por España en momentos en que gravitaba sobre ella el peso de una interpretación deliberadamente tendenciosa acerca de su papel en el mundo occidental. Su obra más destacada, la que mayor difusión alcanzó hasta nuestros días, Cuentos de la Alhambra, contribuyó a fijar una visión exótica y orientalista de España, muy a tenor con los dictados románticos de la época.

Willian Hickling Prescott, producto de la amistad con otro hispanista norteamericano, George Ticknor, que con el tiempo se convertiría en su biógrafo, devino su interés por la Historia de España e Hispanoamérica. Su primera obra en este campo fue Historia del reinado de los Reyes Católicos, que en 1837 constituyó todo un éxito editorial. Dos clásicos le consagrarían en su actividad: Historia de la conquista de México, de 1843, e Historia de la conquista de Perú, de 1847. Afectado por problemas de salud, que le llevarían a la pérdida casi total de la visión, y una apoplejía que sufrió un año antes de su muerte en 1859, dejó inconclusa una biografía de Felipe II.

Seguramente recogiendo el testigo de Prescott, Willian Thomas Walsh, nos ha dejado una de las mejores biografías del rey prudente así como de Isabel la Católica. En el Felipe II, cuya primera edición apareció en España en 1942, una advertencia preliminar de Gregorio Marañón asegura que «no es un libro de actualidad, sino un libro permanentemente actual», y haciendo referencia al rigor demoledor con que algunos de sus compatriotas se han referido a las más controvertidas páginas de nuestra historia, el ilustre prologuista de la obra de Walsh se extiende: «Lo que ha habido –y no ha sido poco– de ignorancia, de injusticia y sobre todo de frivolidad en las historias del gran monarca español que casi hasta nuestros tiempos circulaban como verdades intangibles, ha ido poco a poco rectificándose. Y hay que decir que, aunque beneméritos investigadores españoles han tenido mucha parte en esta obra reparadora, la gran revisión apologética de Felipe II ha venido del extranjero: de los mismos países y, en parte, de los mismos climas religiosos donde siglos atrás se tejió la red de calumnias y exageraciones antifilipistas». Lo dicho en referencia a Felipe II aplíquese a tantos personajes y acontecimientos que constituyen el tejido histórico español.

Charles Fletcher Lummis es otro de los fervientes relatores de la colonización española. Se le debe considerar como el protagonista de una esforzada vida de explorador cultural. Tanto como escribir la historia, la vivió, recorriendo el vasto escenario hispanoamericano de «unos dos millones de millas». De su obra Los exploradores españoles del siglo XVI, dice el propio Lummis: «Porque creo que todo joven sajonamericano ama la justicia y admira el heroísmo tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es sencillamente porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo». Su vindicación de la acción colonizadora española en América corre en paralelo a su propia epopeya: afectado de parálisis vivió durante cuatro años entre indígenas, que aprovechó para aprender sus idiomas. Lummis describió el gran viaje de España hacia América y la peregrinación fundadora de sus héroes.

Archer Milton Huntington puede figurar como el más grande hispanista del mundo. Movido por su interés por lo español recorrió España en toda su extensión a lomos de mula a principios del siglo XX y seis años después de la guerra hispano-norteamericana, que culminó con la pérdida de los últimos vestigios del Imperio Español en América y Asia, fundó en Nueva York la Hispanic Society of América, antes de la preconizada política gubernamental estadounidense del «buen vecino». Nadie como Huntington ha hecho más por divulgar el testimonio cultural de lo español. Una curiosa circunstancia se da en el hecho de que todos los miembros del equipo de este hispanista fueron mujeres; y ante la petición de que ayudara a los sordomudos, alegando su oposición a la limosna, les ofreció trabajo, y así la tercera parte de las empleadas de la Fundación eran sordomudas que para entenderse con las demás utilizaban su peculiar lenguaje. Por disposición testamentaria dejó fondos para el sostenimiento de su obra. En la Biblioteca del Congreso de Washington existe una sala dedicada a la América Española, y la Hispanic American Historical Review es una de las primeras publicaciones que se consagran al tema. Fue notable coleccionista de pinturas de El Greco, Zurbarán, Ribera, Alonso Cano, Velázquez, Goya, Fortuny, Casas, Rusiñol, Nonell y Zuloaga. Pero su gran colección es la que reúne acaso la mayor muestra de la obra de Sorolla.

Lewis Hanke es autor de La lucha Española por la Justicia en la Conquista de América. En síntesis, la idea de este historiador norteamericano puede resumirse en el hecho de que no todas las colonizaciones han sido objeto de crítica tan rigurosa y firme como la ejercida por el Padre de Las Casas; otras colonizaciones distintas de la española no habrían tolerado las censuras de un religioso entusiasta defensor de los indígenas y sus derechos como las que soportó la obra española. Aunque Hanke acepta que en la Destrucción de las Indias abundan las exageraciones, se inclina decididamente a aceptar al controvertido fraile como el punto de contraste con otros colonizadores de otras naciones, guiados por simples motivos mercantiles.

¿Qué hace distinta a la colonización española en América?

La comparación obliga a establecer las diferencias fundamentales con Inglaterra, aunque cabe añadir por extensión a Holanda, Francia, Alemania (la de los Welser hanseáticos) o Bélgica.

Con respecto a Inglaterra llama la atención el contraste entre la heterogeneidad de lo que con el tiempo constituiría la Commonwealth, modélica en muchos aspectos, desde el punto de vista geográfico e incluso histórico, y la unidad física y espiritual del, llámese como se quiera, mundo colonizado por España.

Existe una similitud entre ambos modelos: tanto los españoles como los ingleses se creían en posesión de la verdad, y verdad en aquellos tiempos de predominio teocrático, tenía una sola referencia: la religiosa. La diferencia estriba en que mientras los españoles intentaron e incluso impusieron su verdad a los conquistados como medio para lograr su salvación eterna, los ingleses se reservaron esa posesión de la verdad para ellos. Como corolario, los españoles se igualaron con los conquistados, mientras que los ingleses, al no transmitir su verdad marcaron diferencias que se tradujeron en hegemonía.

Pregonada y practicada esta igualdad, el mestizaje del español con los pueblos indígenas configuró un mundo diametralmente opuesto al obtenido por los ingleses, que utilizaron su evidente superioridad para guardar distancias.

Inglaterra estableció una barrera insalvable entre el indígena y el colonizador metropolitano y se relacionó casi sin excepción sólo con la gente de su color: la evidente superioridad produjo el efecto de que los nativos se sintieron atraídos por las instituciones británicas. La Universidad de Oxford llegó a constituir un imán que atraía a los notables indostánicos, birmanos y musulmanes. No era inusual que un beduino árabe, que había llegado a fundar un reino con artes de salteador, ambicionara que su hijo obtuviera titulaciones en los posos de sabiduría de las instituciones educativas inglesas. Los centros de educación superior de la metrópoli llegaron a ser un preciado galardón para los herederos de comerciantes, políticos, soldados, piratas o malhechores, a condición de que fueran leales.

Sin embargo, la admisión de los conquistados nunca fue plena. Mientras que desde los inicios de la presencia española en los territorios recién incorporados no se pusieron trabas a la fusión con los indígenas, los ingleses cuando enviaban personal como funcionarios de cualquier rango para trabajar en sus colonias, tenían prohibido casarse en los lugares de destino con gentes que no fueran ingleses. Tan estrictos eran en este punto que dieciseisavo de sangre indígena en la hipotética novia constituía un obstáculo insalvable para la formalización del matrimonio. Esta barrera de contención al mestizaje preservaba a Inglaterra de trasladar a las colonias ideas y sobre todo una religión que imponía igualdad.

Si bien es cierto que los países integrantes de la Commonwealth gozan de los niveles de bienestar característicos del mundo desarrollado occidental, en contraste con las bolsas de pobreza que amenazan la estabilidad de muchas naciones hispanoamericanas pasto del populismo, no lo es menos que muchas zonas del planeta, antaño dominio o territorios de influencia británicos, constituyen hoy los focos de conflictos que amenazan la siempre precaria paz mundial: Palestina, Afganistán e Irán, por ejemplo, son muestra de ello.

Al margen de conflictos de baja intensidad, que a lo largo de su vida independiente han propiciado enfrentamientos entre algunas naciones hispanoamericanas, no existen problemas de fondo que permitan vaticinar situaciones fuera de control. En realidad el hilo conductor de su origen común hispano, forjado en el mestizaje integrador es garantía de un futuro en comunidad.

Aunque no es descartable algún amago de desestabilización propiciado por el conflicto constitucional de Honduras, que radicaliza apoyos a las posiciones enfrentadas, es de esperar que las aguas vuelvan a su cauce. Como ocurrió en la década de los ochenta, cuando el mismo negociador que ahora trata de mediar en el diferendo Zelaya-Micheletti, puso de acuerdo a nicaragüenses, guatemaltecos y salvadoreños empeñados en resolver a tiros sus diferencias.

En el Imperio empieza a atardecer

En la emancipación de las actuales naciones hispanoamericanas intervienen simultáneamente dos factores: la evidente fatiga de materiales de España inocultables a partir de mediados del siglo XVIII y la constatación por parte de las sociedades de ultramar de que se estaba vislumbrando una realidad con basamentos culturales y económicos que las diferencian de la metrópoli.

¿Qué eran los pobladores de las colonias españolas que constituían el amasijo que había producido el mestizaje? La preocupación que ha predominado en la mente de los hispanoamericanos, que llega hasta nuestros días, ha tenido que ver con la definición de la propia identidad, la búsqueda de sus propiedades trascendentales. En esa indagación, conspicuos representantes de Hispanoamérica pretenden candorosamente, en ocasiones, ser lo que no era más que una ilusión sin fundamentos o con fundamentos cogidos por los cabellos. En sucesivas oleadas, y a veces coincidiendo, el rastreo identitario, tuvo su inicio en la creencia de ser hidalgos castellanos, seguida por la convicción de sentirse europeos enfrentados con el primitivo poblador nativo. La indagación de paternidad cultural, algunas veces, llevó a muchos a chocar con el dictado de la realidad y sentirse, o parecerse, aunque chirriaran los goznes de las puertas que les abrían a una identidad forzada, franceses, ingleses o norteamericanos. No faltaron los que haciendo caso omiso o pretendiendo hacerlo, del aporte hispano, que ellos mismos representaban, se ensalzaron en una filiación exclusivamente indígena, abruptamente interrumpida por la presencia del conquistador. Para completar el cuadro, en determinadas zonas receptoras del contingente humano llegado como una página borgiana de la Historia Universal de la infamia, la presencia de la negritud clamaba y clama por la reivindicación de un ancestro africano. Como hecho novedoso y extraordinario a la vez, no eran europeos, como tampoco eran indios o africanos, aunque se mezclaban todas esas sangres en abigarrado crisol.

El encuentro

El referirse a la historia de las civilizaciones es hacerlo a la de los encuentros que se han producido a la largo de la presencia del hombre (y de la mujer, claro) sobre la tierra. Del encuentro de los descubridores europeos del Nuevo Mundo cabe destacar dos cosas: el asombro ante la magnitud del escenario geográfico que se abría ante sus ojos fascinados, y el contacto con los indígenas del vasto territorio descubierto. Estos dos factores, es decir, la irrupción de un medio natural seductor y el trato con los pobladores autóctonos fue de por sí suficiente para producir un cambio en las vidas de aquellos hombres, que los diferenciaría de los que no se embarcaron en la aventura de cruzar el proceloso, circunstancia ésta suficiente para establecer distinciones y disparidades de visión entre los que se quedaron y los que embarcaron en carabelas y galeones. Fue un germen de futuras discrepancias, hábilmente encubiertas por el primoroso tejido de un entramado jurídico que ponía cierto orden en las relaciones de la vida americana.

Lo que tomó corporeidad en la América de su primera andadura no fue ni el predominio del mundo indígena ni la implantación de una parte de Europa. Fue un acierto el hallazgo del término Nuevo Mundo para referirse a la consciente o inconsciente simbiosis que se estaba produciendo. El mestizaje fue un hecho natural que empezó por la lengua, la cocina y las costumbres: fusión de nuevas palabras, alimentos desconocidos para ambas partes y hábitos de vida rutinaria. Que el idioma castellano se impusiera, relegando las lenguas autóctonas, todavía practicadas, a un ámbito restringido, estaba en la naturaleza de las cosas.

Arquetipo de convergencia de diferencias fundidas en el crisol de la vida diaria nos lo ofrece Garcilaso de la Vega, asentado como capitán en el Cuzco apenas conquistado. La casa que ocupaba se dividía en dos estancias: una, que ocupaba el capitán con sus camaradas, frailes y escribanos, y otra en la que vivía la ya cristianada Isabel, elevada por imposición patronímica a rango de reina, con sus parientes incaicos. En un ala de la edificación, los españoles resolvían sus menudencias, como también sus sueños y delirios, en castellano; en la otra, los familiares de Isabel desgranaban en quechua lamentos nostálgicos de un glorioso pasado. De una a otra parte de la casa correteaba el que mezcla de capitán español y princesa inca daría esplendor a la lengua de España: el inca Garcilaso de la Vega.

En todo el ámbito de Indias dos formas de vida disímiles e incluso antagónicas, al contacto impuesto por las circunstancias, todo él sometido a alteraciones de distinta gradación: nada queda incólume o por lo menos idéntico tras el choque, a veces brutal, de dos civilizaciones. Cual había ocurrido en España, donde la mezquita de Córdoba se había erigido sobre un anterior lugar de culto cristiano y más tarde se levantaba una catedral sobre uno de los vestigios más célebres de la presencia musulmana, en muchos casos la Iglesia Católica se superpone a un templo indígena. Los aportes españoles modifican el trabajo artesanal y agrícola. El idioma de los nuevos pobladores se enriquece con la incorporación de voces y nombres, algunos de los cuales se han perpetuado en bellos arcaísmos. Al torrente circulatorio de la lengua española se incorpora todo lo representativo de la flora y fauna. De este mestizaje cultural surgirá el barroco de Indias que sedimentará a lo largo de tres siglos.

La mezcolanza evocadora de algunos rasgos del gótico, del románico y del plateresco, fueron absorbidos en la síntesis del barroco. Pál Kelemen, en Baroque and Rococo in Latin América lo ha expresado certeramente: «El arte colonial de la América Hispana está lejos de ser un nuevo trasplante de formas españolas en un nuevo mundo; se formó la unión de dos civilizaciones que en muchos aspectos eran antitéticas. Factores no europeos entraron en juego. Quedaron incorporadas las preferencias del indio, su característico sentido de la forma y el color, el peso de su herencia propia, que sirvieron para modular y matizar el estilo importado. Además, el escenario físico diferente contribuyó a una nueva expresión».

Tratando de manifestarse en una sola forma llegó a convivir el lacónico catecismo cristiano de los misioneros con las creencias de indios y negros que se expresaban, unos con palabras y cantos anteriores a la conquista, y otros con lo que en sus maltrechas alforjas llevaban los procedentes de África. Sin embargo, Hispanoamérica está todavía inmersa en el proceso de integración cultural a través del mestizaje, y en algunas interpretaciones pesimistas es vista como una señal de atraso e inferioridad. Frente a exégesis negativistas, Uslar Pietri sostuvo que «con todo lo que le llega del pasado y del presente, puede América Hispana definir un nuevo tiempo, un nuevo rumbo y un nuevo lenguaje para la expresión del hombre, sin forzar ni adulterar lo más constante y valioso de su ser colectivo que es su aptitud para el mestizaje viviente y creador».

Al calor de esa marmita se fue cociendo un hombre y una conciencia nueva, que a fuego intenso al principio y paulatinamente lento más tarde, maduró hasta que acontecimientos a finales del siglo XVIII culminaron con el fin de la tutela española. Sólo faltaba un hervor.

De la colonia a la secesión

Durante el tiempo transcurrido entre finales del siglo XV y el XVIII en las sociedades atlánticas se fue desarrollando, con diverso vigor y diferentes resultados, un sistema de producción que produjo su efecto de manera sustancial en el comportamiento de una sociedad que se fue estratificando, y una de las consecuencias más acusadas se manifestó en la paulatina irrupción de una tendencia liberalizadora con respecto a todo tipo de paternalismo exterior.

Tres fases marcaron la evolución de las Indias: un primer periodo caracterizado por el impulso creador que culmina hacia 1650 con el asentamiento firme de la colonia; otro, marcado por el estancamiento rayano en la decadencia; y una tercera etapa que abre el camino de la secesión. Si bien este esquema tiene un basamento histórico, hay que distinguir la gradación en que se produjo. La vida política, social y económica del Nuevo Mundo supuso la práctica de una autonomía que permitió establecer diferencias con respecto a las oscilaciones que se producían en la metrópoli.

En contraste con la Península, en las Indias no llegaron a funcionar las Cortes de tan recia raigambre castellana, y en cambio, el ámbito municipal arraigó tempranamente: los Cabildos se convertirían en el reducto en que tuvieron manifestación los primeros pronunciamientos secesionistas. De esta institución, el Cabildo, puede afirmarse que fue el verdadero basamento de la sociedad colonial, «la célula viviente de los diferentes reinos del Imperio Español», como ha dicho el historiador peruano Víctor Andrés Belaunde.

Aunque parezca pretencioso enmendarle la plana a Ortega, que sostuvo que todo lo ocurrido después de 1580 estaba signado por la decadencia, lo cierto es que nuestro filósofo pecó de exceso de celo. La verdad, contrastada por los hechos, es que el Imperio Español después de la fecha a que hacemos referencia, fue desarrollando su capacidad creadora, y concretamente durante el siglo XVIII el progreso en muchas de sus partes fue notable, como lo demuestra el incremento de la riqueza. Por demás está decir que en los albores del siglo XIX ese Imperio era todavía importante en el mundo, en contraste con los vaivenes que en la metrópoli sometían a España a la humillante claudicación encabezada por dos monarcas de triste recuerdo.

Lo que está ocurriendo a finales del siglo XVIII no es un acontecer exclusivamente español. La Revolución Francesa es la culminación del amortiguamiento del concepto patrimonial y señorial que no establecía diferencias notables entre el Estado y la hacienda del soberano.

Cuanto está sucediendo en el periodo crítico del siglo de la Ilustración en Europa tiene su reflejo en ambas orillas del Atlántico y, según Madariaga «viene […] sólo a reforzar una corriente no menos potente de crítica castizamente española».

En cierta forma, en los umbrales del movimiento emancipador de Hispanoamérica se manifiesta el efecto de la crítica que desde los primeros días de la conquista habían planteado los juristas y teólogos en el sentido de que ningún pueblo tiene derecho a ejercer dominio sobre otro, sólo justificado temporalmente para llevarle al seno de la cristiandad. Este precepto se había cumplido. Si la escisión se produjo en el momento oportuno para beneficio de los escindidos es otro tema.

Entre la libertad y el caudillismo

Los hechos que culminaron con la emancipación de los territorios que constituyen las actuales naciones hispanoamericanas, se concretaron en diversos epicentros de la vasta geografía descubierta, conquistada y colonizada en nombre de la Corona española. Entre ellos, el de mayor relieve fue el que irradió desde la actual República Bolivariana de Venezuela, en aquellos momentos Capitanía General creada por Carlos III en las postrimerías del régimen colonial. Y tanto por los acontecimientos que se desarrollaron como por el factor hombre que encarnó Simón Bolívar por cuya ejecutoria se ha perpetuado con el título de Libertador. Enarbolando el pensamiento de éste, circunscrito a las circunstancias existentes a principios del siglo XIX, el actual presidente venezolano se afana en buscar la construcción de una sociedad mucho más compleja que la de aquellos días, expresada en el enunciado socialismo del siglo XXI. Las diferencias de lugar y tiempo, sin embargo, son notables.

¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!

Mediado el mes de julio de 1808 las noticias procedentes de la península daban cuenta de los acontecimientos que se estaban produciendo en España con motivo de la abdicación de Carlos IV y de Fernando VII a favor de Napoleón Bonaparte. El autoproclamado Emperador había impuesto como Rey de España y de las Indias a su hermano, José Bonaparte. Las primeras informaciones procedían de mensajeros franceses. En contraste con éstos, los emisarios ingleses divulgaban la noticia de que el pueblo español, movido por resortes patrióticos, se había alzado en armas contra el invasor francés iniciando la que se ha conocido como Guerra de la Independencia.

La confusión por el carácter contradictorio de las interesadas informaciones suministradas por franceses e ingleses impregnó el ambiente. Cuando los primeros anunciaron en Caracas la proclamación de José Bonaparte, la reacción de los asombrados receptores de la noticia fue congregarse en la Plaza Mayor y requerir de las autoridades la proclamación y jura de Fernando VII como el único Rey revestido de legitimidad.
La jura, rodeada de solemnidad, concluyó con las palabras del Alférez Real, Feliciano Palacios, tío de Simón Bolívar, con estas palabras: «Castilla-Castilla-Castilla y Caracas, por el señor Don Fernando VII y toda la descendencia de la Casa de Borbón».

La perturbación producida por la convulsionada metrópoli, llamó a capítulo a los más destacados caraqueños para plantearse la pregunta obligada: ¿Quién gobierna en España tras el cautiverio del Rey?; y para aclarar la situación: ¿En ausencia del Rey, en quién reside la soberanía? Sin vacilaciones la respuesta, corroborada en la vastedad del imperio fue tajante: en ausencia del Rey la soberanía correspondía al pueblo.

Un selecto grupo de notables caraqueños, criollos y peninsulares, redactaron un documento en el cual venían a expresar que ni la Audiencia, ni el Capitán General ni el Cabildo, gozaban de autoridad para solucionar el problema planteado, y tras su entrega al Capitán General, las autoridades encausaron a los firmantes, alguno de los cuales fue encarcelado y otros obligados a recluirse en sus posesiones fuera de Caracas. En defensa del documento, los firmantes manifestaban que se trataba de una declaración de lealtad a la Corona, en defensa del Rey, la religión y la integridad del imperio. Se desprendía, por tanto, que la esencia y finalidad eran idénticas a lo que había inspirado la constitución de las Juntas en España, y que, en consecuencia, ni existía delito alguno ni planteaba dudas acerca de la fidelidad a la Corona.

Una benévola consideración del caso resolvió la absolución de los encausados y tan sólo se objetó la intención de constituir una Junta. En consecuencia Venezuela se mantuvo, por el momento, fiel a Fernando VII, lejos de toda pretensión de independencia.

Sin embargo, la propia dinámica de los acontecimientos llevaron el 19 de abril de 1810 a la constitución de una Junta en Caracas. Pero ahora el Cabildo se opuso al reconocimiento del Consejo de Regencia, siguiendo la línea argumental de aquella tras la disolución de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, el pueblo volvía a ser, en ausencia del Rey, el único depositario de la soberanía. Días cargados de tensión fueron la antesala de la proclamación de Venezuela independiente de España, que se produjo el 5 de julio de 1811. Se abría un proceso que con sus altibajos sería largo y cruento.

La guerra civil

Si el siglo XIX español se caracteriza por las guerras civiles recurrentes, que arrancan con la invasión napoleónica y la subsiguiente división que se produce ante ella y culmina con las sucesivas guerras carlistas, la guerra de la independencia en gran parte de Hispanoamérica, y sobremanera en Venezuela, fue más una contienda civil interna que un conflicto internacional o estrictamente ideológico. La aristocracia criolla movida, entre otras, por razones económicas, se alzó contra las autoridades españolas: eran los propietarios de las haciendas productoras de cacao (los «grandes cacaos») opuestos al mercantilismo representado por el intervencionismo económico que amparaba la Corona española. El ejemplo más notorio fue la concesión del monopolio del comercio del cacao otorgado a la Compañía Guipuzcoana de Caracas en el año 1728, que concitó la aversión y antagonismo de los productores y comerciantes criollos. Aunque debido a razonamientos expuestos ante la Corona desde Venezuela, la Compañía vio eliminados sus privilegios, había sembrado el germen, que en el clima de confusión vivido en tierras americanas desde la abdicación de Carlos IV y de Fernando VII, produjo la declaración de independencia.

El movimiento revolucionario empezó a desarrollarse dentro de límites pacíficos, pero en el marco de la sociedad que empezaba a romper los lazos del orden colonial se fue trocando éste en una anarquía latente. Pronto, el estallido inicial dio paso a la ruptura del equilibrio social existente y la violencia alcanzó límites extremos. Uno de los efectos fue la destrucción de la jerarquía social.

Antes de la declaración de independencia el 5 de julio de 1811, la mayoría del pueblo era realista. A partir de esa fecha, la quiebra de la sociedad colonial permitió que otros factores irrumpieran en el escenario de un precario equilibrio y las masas populares vieron con recelo la independencia propugnada por las clases altas, más cultas y detentadoras del poder económico.

Los líderes de la independencia no se vieron asistidos desde un principio por el pueblo, que siguió a los jefes realistas. La proclamación por parte de los primeros de «la libertad e igualdad social de los hombres libres», excluía a la inmensa mayoría del pueblo representada por esclavos. Esta circunstancia propició que los españoles ofrecieran la libertad a los esclavos, que no vacilaron en empuñar las armas contra los congresantes que en 1811 habían declarado la independencia. En este marco irrumpirá Boves, un grumete asturiano llegado a Venezuela, que por su condición de advenedizo (orillero) en el criterio de los criollos acomodados se vio privado de relacionarse con las clases altas y como respuesta encontró entre los zambos, mulatos, negros, mestizos e indios, a los esperanzados de redención social.

Sólo nos queda la independencia

A tal conclusión llegó Simón Bolívar, cuando en el laberinto de sus últimos días se entregó a reflexiones acerca del resultado de su epopeya.

El colosal esfuerzo que supone toda guerra dejó a las naciones emergentes exhaustas, aunque en diversos grados. En algunos permaneció casi inalterada la estructura social con estamentos jerárquicos que llegan hasta nuestros días. En otros, cual sería el caso de Venezuela, el esfuerzo bélico y la conflictividad entre las clases, el efecto sería devastador, y la falta de estabilidad de las formas de gobierno, común a las naciones hermanas, con alguna rara excepción, origen del caudillismo crónico, la represión y, como secuela, el flagelo de la corrupción.

En 1830, Simón Bolívar, liberado de la exigencia que él y sus circunstancias se había atribuido de infundir ánimos a sus seguidores en las horas de infortunio que corrieron parejas con las gloriosas, se entregaba a una profunda reflexión:

He mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1. La América (Latina) es ingobernable para nosotros; 2. el que sirve una revolución ara en el mar; 3. la única cosa que se puede hacer en América (Latina) es emigrar; 4. este país (la Gran Colombia, luego fragmentada entre Colombia, Venezuela y Ecuador) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; 5. devorados por todos crímenes y extinguida por la ferocidad, los europeos no se dignaran conquistarnos; 6. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América (Latina).

En este cuadro que pinta Bolívar en seis puntos se dibuja con pesimismo una profecía que el tiempo se encargaría de confirmar o desmentir.

Para corroborar el pesimismo, Carlos Fuentes, siglo y medio después de Bolívar ha advertido: «Existe (para América Latina) una perspectiva mucho más grave: a medida que se agiganta el foso entre el desarrollo geométrico del mundo tecnocrático y el desarrollo aritmético de nuestras sociedades ancilares, Latinoamérica se convierte en un mundo prescindible para el imperialismo. Tradicionalmente hemos sido países explotados. Pronto ni esto seremos: no será necesario explotarnos, porque la tecnología habrá podido –en gran medida puede ya– sustituir industrialmente nuestros ofrecimientos monoproductivos. ¿Seremos, entonces, un vasto continente de mendigos? ¿Será la nuestra una mano tendida en espera de los mendrugos de la caridad norteamericana, europea y soviética? ¿Seremos la India del hemisferio occidental? ¿Será nuestra economía una simple ficción mantenida por pura filantropía?».


* Tomado de El Manifiesto.

 
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