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Altar Mayor Nº - 134 (7)
Tuesday, 16 March a las 17:58:15

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 134  - Marzo - Abril de 2010

 

LOS CAMPOS DE TRABAJO DEL SIM
César Alcalá*



 
 
Los campos de trabajo comenzaron a instalarse en Cataluña durante la primavera de 1938. Por ellos pasaron muchos prisioneros que enfermaron, murieron o fueron asesinados.

¿Qué eran?

Podemos simplificar la respuesta diciendo que fueron instrumentos de represión del SIM. Aun cuando aprobaran su fundación los anarquistas, y en particular el ministerio presidido por Juan García Oliver, no fue hasta la llegada de los comunistas que se pusieron en marcha. Al menos en Cataluña. El primer campo de concentración ideado por García Oliver se instauró en Murcia en diciembre de 1936.

Los campos se llenaron de presos que estaban encerrados en diferentes prisiones catalanas. En el mes de enero de 1938 funcionaban en Cataluña los preventorios judiciales de: Barcelona, Girona, Tarragona, Reus, Tortosa, Manresa, Lleida, Seo d’Urgell, Sabadell, Terrassa, Puigcerdá, Olot, Sant Feliu de Llobregat y El Vendrell. En todos ellos había un total de 2.345 presos preventivos. Además funcionaban correccionales en: Figueres, Mataró, Cerdañola, Vic y Barcelona.

Rafael Tasis, director general del Servicio Correccional de la Generalitat de Catalunya, escribe:

Un día recibí la visita de un capitán, miembro de la Secretaría del ministro de la Gobernación, que venía con unas pretensiones concretas: le habían encargado fortificar, dentro de Cataluña, unos determinados puntos estratégicos, que no me mencionó, pero que más tarde supe que eran el Coll de Balaguer, el Montsant, la sierra de Prades y la cordillera que va de Montblanc a Cervera. Para realizar estas obras necesitaba mano de obra y había pensado en los reclusos de las prisiones de Cataluña. Lo llevé a ver al consejero de Justicia y, juntos, estudiamos el problema. Este tenía varios aspectos, y la propuesta del capitán Garcés, que así se llamaba el secretario del ministro, nos interesaba en parte. Una consideración que él hacía me sorprendió cuando consideraba el estado de la población penal. Era esta: ¿si en el frente estaban todas las quitas movilizadas, corriendo todos los riesgos y las incomodidades de la guerra, era justo que los enemigos o los presuntos enemigos de la República estuvieran en los Preventorios y en los Correccionales, alejados del peligro y del esfuerzo que era obligación común de todos los jóvenes de su edad? Si todas las prisiones hubieran estado habilitadas para el trabajo, como lo estaba la de Mataró, ésta habría tenido una excusa relativa; pero la gran mayoría de la población penal de Cataluña estaba ociosa. Por eso aquella injusticia se hacía más patente. Aquella gente tenía que ayudar. Si con un fusil en la mano podían ser útiles, al no ser dignos de confianza, con un pico y una pala podían contribuir al esfuerzo de todos. En las prisiones de Valencia, nos dijo el capitán Garcés, este sistema ya se aplicaba. Los presos destacados en los campos de trabajo que ya funcionaban, aseguraba al hombre un buen trato. Eso sí, con una disciplina rígida, muy militar. Él estaba dispuesto a llevarse a todos los presos que quisiéramos darle, fueran penados o simplemente detenidos preventivos. Cuando la instrucción del sumario o el juicio los reclamaran ya los devolvería a tiempo. Por si vacilábamos, el capitán añadió que, como aquello era una necesidad, si no llegábamos a un acuerdo con él, el ministro se vería obligado seguramente a tomar decisiones en el asunto. Accedimos. Testigos presenciales nos aseguraron haber visto las brigadas de presos que hacían las fortificaciones del Coll de Balaguer, las cuales estaban bien encuadradas y organizadas y parecían satisfechas de su situación. En el pensamiento del consejero y sobre todo en el mío había la idea un poco egoísta de desprendernos de la eterna preocupación de los anarquistas que era la Modelo. Aquella situación, sin ir dirigida especialmente contra ellos, resolvería su constante inquietud y no podría tildarse de arbitraria, porque la inmensa mayoría de los que protestaban eran jóvenes que tenían que estar en el frente.

Rafael Tasis es claro en sus afirmaciones. Los campos de trabajo sirvieron, principalmente, por sacarse de encima a personajes incómodos. Lo mismo se hizo en los campos de concentración nazis. Todos aquellos contrarios al führer eran deportados allí. Recordemos el caso de Canaris. Pues no hace falta ir tanto lejos. Aquí se llevó a cabo la misma práctica. Aquel que molestaba o era incómodo era deportado a los campos de trabajo.

El trato en los campos de trabajo era inhumano, se practicaban asesinados y se vivía en un clima de terror.

Si bien todo el mundo sabía que existían las checas y dónde estaban, no pasaba lo mismo con los campos de trabajo. Su desconocimiento era absoluto. Sólo las autoridades sabían las brutalidades que allí se llevaban a término.

¿Estar en un campo de trabajo redimía la pena?

El 26 de diciembre de 1936 el Ministerio de Justicia, bajo el mandato del anarquista Juan García Oliver, reformó el sistema penitenciario español. Se tenía que vincular al nuevo ideario que regía los destinos del país. Es decir, introducir prácticas aún desconocidas en España para conseguir la victoria final. O dicho de otra manera:

unificar el régimen penitenciario vigente y coordinar adecuadamente la defensa del Estado y la humanización de las penas, mediante el trabajo de utilidad social y como método el más aconsejable para regenerar al delincuente y transformando así la población penal ociosa en legión de trabajadores que compense con su propio esfuerzo el daño producido a la colectividad y dé a ésta, con la perseverancia y disciplina en el trabajo, las garantías de arrepentimiento que permitan a los penados reintegrarse a la vida ciudadana sin riesgo social alguno.

Así, de esta manera tan sutil, García Oliver establecía los campos de trabajo en España para que los presos, con su esfuerzo y trabajo, se arrepintieran de todos sus males y la sociedad los aceptara de nuevo. En otras palabras, las personas que no pensaban como ellos tenían que purgar –hoy diríamos lavarles el cerebro– y, de sobrevivir, serían readmitidas en la sociedad. En dicho decreto se disponía lo siguiente:

Artículo primero: Cuando por la Sala sexta del Tribunal Supremo, los Consejos de Guerra, los Tribunales Especiales Populares o los jurados de Guardia se hubieren de aplicar leyes penales del Ejército o de la Armada, se entenderán sustituidas las penas de reclusión militar perpetua, reclusión militar temporal, prisión militar mayor, prisión militar correccional de más de seis meses y un día, por la de internamiento en campos de trabajo de igual duración que la establecida para aquellas penas por el Código de Justicia Militar y el Código Penal de la Marina de Guerra.

Artículo segundo: Los militares, marinos o paisanos sancionados con pena de internamiento en campos de trabajo, la cumplirán en los lugares y con sujeción al régimen penitenciario general establecido por el Ministerio de Justicia para la efectividad de dicha pena.

Artículo tercero: Las penas militares mencionadas en el artículo primero de este Decreto, que se hubieran impuesto con anterioridad a la fecha de su publicación en la Gaceta de la República, se entenderán sustituidas de oficio por la de internamiento en campos de trabajo, de igual duración que aquellas, y la parte de las mismas que no hayan cumplido los reos, la cumplirán en la forma que determina el artículo anterior.

Artículo cuarto: Quedan derogados los artículos seiscientos cuarenta y uno y seiscientos cuarenta y dos del Código de Justicia Militar, los demás de este Código y del Código Penal de la Marina de Guerra y cuantas disposiciones legales o reglamentarias se opongan a lo establecido en este Decreto, que comenzarán a regir desde su publicación en la Gaceta de la República.

Artículo quinto. El Gobierno dará cuenta en su día a las Cortes del presente Decreto.

La inconstitucionalidad del decreto es claro, pues vulneraba el principio de la no retroactividad de las leyes penales. Los presos debían cumplir íntegramente la pena y ésta no se reducía por estar en un campo de trabajo. En definitiva, eran sólo un sustituto de las cárceles convencionales.

¿Cuántos campos de trabajo hubo en Catalunya?

En Cataluña se construyeron seis que se distribuyeron así:

El campo de trabajo número 1 estaba situado al Pueblo Español de Montjuïch (Barcelona). No era un campo como los otros. Era más una prisión que un campo de trabajo. Se puede decir que era el centro principal desde donde se distribuían los prisioneros a los otros campos. Además del Pueblo Español se usó el edificio del ex seminario diocesano y el Palacio de las Misiones. Este campo sirvió fundamentalmente: de lugar de tránsito y de reagrupamiento de presos; de prisión urbana; de lugar de interrogatorio; centro de todos los campos distribuidos por Catalunya.

El campo de trabajo número 2 estaba situado en el Hospitalet de l’Infant (Tarragona). Estaba situado junto a la playa y de la carretera nacional. Fue inaugurado en la primavera de 1938. Este campo tuvo un accesorio en Tivissa, concretamente en el Coll de Balaguer.

El campo de trabajo número 3 estaba situado en Omells de Na Gaia (Lleida). Fue inaugurado en la primavera de 1938. En este campo fueron prisioneros muy diversos: curas; miembros del POUM, CNT, FAI, Juventudes Libertarias; homosexuales; desertores; prófugos; abogados; médicos; farmacéuticos; empleados de banca; labradores; artistas; obreros industrial; entre otros.

El campo de trabajo número 4 estaba situado en Concabella (Lleida). Fue inaugurado en la primavera de 1938. En este campo hubo hasta 1.300 prisioneros. Había militares; presos políticos; prisioneros de guerra; curas; militantes de la CNT y FAI; miembros de las Brigadas Internacionales; y delincuentes comunes.

El campo de trabajo número 5 estaba situado en Ogern (Lleida). Fue inaugurado en el verano de 1938. A él fue una amalgama muy diversa de prisioneros. Había de los barcos-prisión Argentina, Vila de Madrid y Uruguay; de prisiones madrileñas y valencianas; y de las prisiones de Figueres y Tarragona.

El campo de trabajo número 6 estaba situado en Falset (Tarragona). Se inauguró en el mes de mayo de 1938. El número de presos fue muy reducido y se dedicaron a realizar obras de fortificación. Tenía campos accesorios en Cabassers, La Figuera, Porrera y Gratallops.

¿Cómo se vivía en estos campos?

Para saberlo de primera mano transcribimos dos testimonios. Los de Lluís Anglada Font y Mateu Mensión.

Lluís Anglada Font, era natural de Mataró, estuvo encerrado en la Prisión Modelo de Barcelona, en la galería número 3, denominada de los condenados. Allí vio desaparecer a Fernando Pascual Elías, que había ido con sus hermanos Jorge y José Oriol al cuartel del Regimiento de Caballería de Montesa la noche del 18 al 19 de julio de 1936.

De ahí lo trasladaron a la prisión de Mataró. Allí conoció a otros miembros del requeté catalán cómo: Ricardo Anglada –su padre, Salvador Anglada Llongueras, fundó el Centro Carlista de Sants y fue regidor del Ayuntamiento de Barcelona, muriendo asesinado el 19 de agosto de 1936 en Casa Antúnez–; José María Rossell Calbó, que estuvo en el cuartel del Parque de Artillería de Sant Andreu; Juan Camps, panadero de Sants; Ricardo Civit Santvicente, que también estuvo en el cuartel de Montesa junto a sus hermanos Carlos y Antonio; José Oriol Pascual Elías; Ricardo Cavero Sallares, también estuvo en el cuartel de Montesa; y Juan Bautista Marlés Bacardit –sus padres eran los dueños del Restaurante Can Culleretes de Barcelona–.

En el mes de abril o mayo de 1938 volvió de nuevo a la Prisión Modelo de Barcelona. En ella estuvo únicamente 15 días. De Barcelona lo trasladaron, con otros compañeros, al campo de trabajo número 4, situado en Concabella.

Al llegar al campo de trabajo número 4, según Lluís Anglada Font, habían entre 800 y 1.000 prisioneros. En el momento de ser cerrado el campo sólo quedaban unos 200. La gente moría por agotamiento, desnutrición y enfermedades. Algunos prisioneros murieron como consecuencia de las llagas que les provocaba la exposición al sol durante tantas horas. Al estar tan delgados éstas acababan con la vida de los presos. La alimentación era mínima: un trozo de pan, un puñado de guisantes o lentejas y agua. Trabajaban de sol a sol cavando zanjas que después no servirían para nada. Con referencia al agua explica el procedimiento para podérsela beber. Antes de echarla en el vaso ponían un pañuelo a manera de filtro. Cuando el agua lo traspasaba dejaba sobre la superficie los gusanos que había en el interior del recipiente. De esta manera podían beberse en unas condiciones, entre comillas, potables. Dormían en porches, donde las pulgas, literalmente, se los comían vivos.

Del campo de trabajo número 4, los que sobrevivieron fueron trasladados a Bellpuig. El éxodo no terminó allí. Posteriormente los llevaron a la Sierra de Rialp. Allí durmieron, cuando el ejército republicano ya estaba de retirada, en el convento de Santa Cecilia. Del convento a Manresa. Después a Sant Hilari Sacalm. Los carceleros no sabían qué hacer con ellos. Eran más una carga que otra cosa. De Sant Hilari a Santa Coloma de Farners. Aquella noche les comunicaron que sus carceleros los habían abandonado. Es de suponer que, al verse acorralados por el ejército nacional, según Lluís Anglada, corrieron más rápido que las ratas para poder salvar la vida. Era la noche del 2 al 3 de febrero de 1939. El pensamiento de los presos fue sálvese quien pueda. Hicieron varios grupos. Unos decidieron ir a Barcelona. Otros hacia la frontera. Otros emprendieron el camino para poder cruzar la línea nacional y, de esta forma ponerse fuera de peligro.

Lluís Anglada Font consiguió cruzar la frontera. Se dirigió a Saint Jean-de-Luz (Francia). El viaje no fue mucho más cómodo que el anterior. De Saint Jean-de-Luz sus pasos lo condujeron a San Sebastián. Comenta que cuando llegó escuchó habla más catalán que en Barcelona. De San Sebastián a Burgos y allí fue quintado para ir a Melilla. No tuvieron en cuenta sus años de servicio en el frente. Las nuevas leyes impuestas por el ejército nacional eran éstas y, en Melilla faltaba gente.

El segundo testigo es el de Mateu Mensión. Sobre los campos de trabajo escribió este relato en tercera persona pues, a pesar de los años pasados, aún tenía miedo a posibles represalias:

Conducidos a la prisión Modelo, durante una estancia de seis meses y desde allí al campo de trabajo número 3 en Omells de Na Gaia, viaje efectuado en tren. Salieron de la estación del Norte en la que ya asesinaron a uno de los detenidos porque se atrevió a sacar la cabeza por la ventana del vagón. Cervera como final del trayecto. Allí los instalaron en la Iglesia Mayor, donde permanecieron tres días sin comida, amontonados dentro de la nave, ni que decir tiene sin ninguna facilidad por llevar a término sus necesidades fisiológicas, con todos los inconvenientes repugnantes de la mínima realidad antihigiénica. Desde allí, a pie, se dirigieron al Moli d’Omells, situado a unos treinta kilómetros en línea recta, donde se produjo una de las etapas más lacerantes de los episodios que estamos describiendo. El contingente total de los castigados pasaba de los ochocientos, de los cuales unos trescientos fueron desapareciendo despacio y por siempre jamás, especialmente por la crudeza del trato al que eran sometidos. Desde un principio el que actuaba de director hizo un llamamiento para separar a los que se atrevieron a alegar problemas de salud, puesto que los habían invitado que así lo hicieran, con un resultado total de unos treinta disminuidos, enfermos y viejos, que quedaron convenientemente apartados, incluyeron también un médico, que por sarcasmo en lugar de sanador, sirvió para aumentar en uno más el grupo antes mencionado. Su destino, contemplado por todo el contingente de prisioneros, talmente como si fueran reos peligrosos, fue el fusilamiento de todos ellos. Sencillamente, previendo que no podrían sacar ningún provecho ni rendimiento, optaron por el procedimiento más expeditivo, suprimirlos y fuera estorbos. Entre los asesinados un notario, excelente persona y conocido de nuestro protagonista, además un joven de su edad y residente en su mismo pueblo, Badalona. Su muerte la describimos a continuación: había pedido permiso para realizar sus necesidades, lo mataron a tiros, por la espalda, al iniciar el desplazamiento concedido, con la excusa que intentaba escaparse. Era una estratagema a menudo empleada para esconder sus malos instintos.

El trabajo en el campo estaba organizado a base de parejas, uno con pico y el otro con la pala, para construir trincheras, nuestro protagonista tuvo la suerte de emparejarse con un compañero de campo, que trabajaba de pastelero en la ciudad, un chico muy fuerte, firme y bueno, que benévolamente se ofreció y lo hacía, realizando la tarea engorrosa que sobrepasaba las facultades de nuestro protagonista. A remarcar también que cuando el batallón efectuaba desplazamientos, para ir y venir de la tarea, la formación era a base de ringleras de cinco personas, seriamente alertadas y así sucedía, que en caso de algún intento de fuga, cosa muy difícil puesto que el número de guardianes era superior al de los castigados, pasaban por las armas a todas los restantes cuatro de la fila, junto con todos los componentes de la fila de delante y la de la última, o sea un total de catorce. Era uno de los tantos detalles «deliciosos» que acompañaba el sobrevivir de unos desgraciados tratados peor que las bestias.

Durante los tres meses que estuvo en este campo tuvo lugar el juicio tendencioso y criminal, donde estaban implicados diez personas y un coronel. El abogado defensor comunicó a su familia que le habían conmutado la pena de muerte por la de treinta años de prisión.

Una vez acabado el juicio devolvieron a nuestro protagonista a la prisión Modelo, ingresando en la sexta Galería y de allí lo pasaron al campo de prisioneros número 6 en Cabassers, cerca del Ebro. Había estallado la batalla del Ebro. Encarcelados dentro la Iglesia y vigilados por guardias aragoneses fugitivos de la derrota cuando los nacionales llegaron a Lleida. Era gente de muy pocos sentimientos, de los que nuestro protagonista y otros compañeros, unos setecientos, debían soportar castigos –no dejaban nunca el bastón– y sufrimientos de toda clase. De los mencionados prisioneros un centenar fue emplazado en Arbeca. En cuanto a la comida tenían suerte de algunas personas del pueblo que convenientemente escondidos procuraban ayudarlos aunque en poca cantidad.

Allí se encontró con conocidos y amigos de su pueblo que por varios motivos estaban amnistiados y dispuestos a volver al frente, si bien, convenientemente marcados y vigilados y que a la más mínima eran considerados bajas mortales en la lucha, si bien la realidad era el asesinato por la espalda.

Puestos de acuerdo con uno guardas energúmenos consiguieron que en los desplazamientos fueran los últimos de las formaciones y así tenían ocasión de robar uvas, frutas, nabos, algarrobas, para llenar unos estómagos completamente vacíos de los alimentos más elementales.

Un buen día del mes de noviembre del 38, incomprensiblemente se presentó un camión con un emisario para reclamarlo, cosa que todos dedujeron que había llegado el último momento de su calvario, un sacerdote recluido lo atendió espiritualmente en aquellos momentos y lo condujeron a la checa de Vallmajor, donde estuvo desde el 23 de noviembre hasta el 23 de diciembre. La incógnita de este cambio ha quedado inexplicable por siempre jamás.

¿Qué eran los campos de trabajo?

En realidad reproducían los gulags soviéticos, o dicho de otra manera, eran campos de trabajos forzados donde las condiciones eran inhumanas para los presos, tanto por el trato cruel como por los asesinatos. Eran lugares donde se buscaba la rentabilidad y el desprecio por la vida era constante. Los gulags soviéticos y los campos de trabajo catalanes tenían en común: la ubicación, el alojamiento de los internos, la identificación numérica, y el régimen de trabajo. Es decir, eran copias de aquellos.

Hay un hecho sustancial. La gente condenada a ir a los campos de trabajo cumplía íntegramente la pena. No había reducciones por trabajo o buena conducta. Tampoco se podía asegurar que, una vez finalizada la condena, saliera del campo. El SIM decidía quién salía y quién se quedaba. Normalmente todos continuaban su condena.

¿Qué estructura tenían los campos?

No era muy numerosa. Había el director, y a veces un subdirector; el jefe de destacamento; el jefe de servicio interior; el jefe de servicio exterior; y los vigilantes. Por encima de ellos estaba el inspector general de los campos de trabajo.

El director del campo era designado por el ministro de Justicia y tenía grandes poderes como queda reflejado a la norma 20 del reglamento provisional:

Tendrá la mayor autoridad y la responsabilidad correspondiente a la confianza que ha de inspirar al Poder público, siendo sus facultades, a más de las indicadas especialmente en este Reglamento y en el Cuerpo de Vigilantes, las preceptuadas en la legislación penitenciaria.

Entre las atribuciones que tenía estaba la de representación; de vigilancia e inspección del campo y de sus eventuales destacamentos; poder disciplinario sobre el cuerpo de vigilantes; y control estricto sobre los funcionarios. En definitiva, el poder del director era tan grande que él era la ley y se hacía lo que quería sin dar cuentas a nadie.

El jefe de destacamento tenía la misión de garantizar el orden y la disciplina del campo, inspeccionaba la guardia exterior, organizaba y disponía el servicio de personal al exterior.

El jefe de servicio interior, según normativa...

Tendrá las atribuciones y deberes que la legislación de Prisiones preceptúa, siendo el Jefe del personal de Guardia interior y dependiendo directamente en el servicio del Director del establecimiento, a quien dará cuenta de las novedades que ocurran en el mismo.

El jefe de servicio exterior, según la normativa...

Es el encargado de cumplir y hacer cumplir las órdenes que regulen de un modo general el servicio de vigilancia exterior, así como los especiales sobre el mismo, pudiendo tomar por sí las medidas que considere oportunas; y en los casos en que no hubiese instrucciones, se entenderá y comunicará directamente con el Jefe del Destacamento.

Algunos de ellos eran miembros del cuerpos de seguridad, pero la mayor parte eran vigilantes ascendidos a jefes.

Los vigilantes se regían por la orden del Ministerio de Justicia de 11 de enero de 1937. Según esta orden la misión del cuerpo era:

La custodia y vigilancia de los penados internados en los campos de trabajo, tanto la de los edificios de alojamiento y del exterior en los puestos de trabajo como los del interior de los establecimientos.

Y la orden es más explícita cuando dice:

impidiendo evasiones y atendiéndose, al efectuarlo, a las instrucciones que reciban de sus jefes, llegando para impedir fugas, a hacer fuego sobre los que, al intentarla, no obedezcan la voz de alto; conducir y custodiar las cuadrillas de trabajo; hacer las guardias de retén y vigilancia en los destacamentos; prestar los auxilios que demande el Director del establecimiento o el funcionario que en cualquier momento lo sustituya, relativo a la vigilancia, orden y sometimiento a la disciplina de los recluidos, y prestar el servicio de vigilancia interior con arreglo a la legislación de prisiones y a la especial que se dicte para los Campos.

Entre los vigilantes había varias clases. Los de primera tenían asignadas ciertas funciones de mando...

La de ser responsables y jefes de grupo de servicio exterior, distribuyendo los puestos y el turno de los Vigilantes segundos, según las órdenes recibidas y, en su defecto, a su buen criterio, de acuerdo con las circunstancias. Podrán ser destinados, cuando la conveniencia del servicio lo reclame, a efectuar servicio de guardia, lo mismo en el exterior que en el interior, de los establecimientos. También realizarán las funciones de jefes de grupo, área o departamento en el interior, siendo responsables de las faltas de sus subordinados que hubiesen ocurrido por no haber ejercido sobre ellos la debida vigilancia, no hacerles las advertencias que el servicio reclamaba o tenido tolerancias excesivas con ellos.

Los de segunda eran soldados rasos...

Será obedecer a sus Jefes, realizar los servicios de vigilancia, ateniéndose a la orden recibida que se llamará consigna cuando se refiera a la exterior, debiendo ser aquella lo más breve posible; no se dormirán en sus puestos, ni hablarán con nadie ni se distraerán, debiendo prestar atención principalmente hacia el interior del recinto o línea que alcance su vigilancia, sin dejar de estar atentos por ello a lo que pase a su alrededor.

¿Quién fue a los campos de trabajo?

La verdad es que cualquier ciudadano tenía todos los números para ir a parar a uno de los seis campos de trabajo distribuidos en Cataluña. Menos los miembros del SIM, nadie se salvaba. Ahora bien, para ser algo más concretos los presos se pueden clasificar de la siguiente manera: personas detenidas por los servicios policiales sin ninguna actuación judicial; personas detenidas y a la cual se le había iniciado alguna actuación judicial; personas ya enjuiciadas y que esperaban cumplir la sentencia; personas enjuiciadas con sentencia absolutoria o sobreseimiento de la causa; activistas contrarios a la República; desafectos a la República; militares, guardias civiles y guardias de asalto desafectos a la República; personas que habían intentado salir de la zona republicana; clérigos, curas y sacerdotes; activistas y militantes del POUM; militantes, activistas o simpatizantes de la CNT-FAI y Juventudes Libertarias; oficiales y prisioneros de guerra; personas civiles de zonas ocupadas; prófugos del ejército republicano; miembros de las Brigadas Internacionales; infractores normas sobre abastecimientos; infractores normas sobre transferencias de capitales; delincuentes comunes.

Cómo podemos ver, todo el mundo podía ir a los campos de trabajo. No había exclusión. Bien, no es del todo cierto. Las personas más grandes de 50 años no iban. Ahora bien, desde esta edad hacia bajo cualquiera era bien recibido en ellos.
¿En qué trabajaban los presos?

Como hemos visto antes, al leer el testimonio de Mateu Mensión, cavaban zanjas que no servían para nada. Las jornadas eran muy largas e iban más allá de las ocho horas que marcaba el reglamento. El ritmo de trabajo era variado desde la apertura y la profundización de trincheras, la construcción de nidos de ametralladoras, de minas, de carreteras, o la tala y transporte a mano de árboles.

No todos los presos hicieron las mismas tareas. Los que eran arquitectos, ingenieros o delineantes se encargaban de trazar las obras; los médicos se encargaban de la salud de sus compañeros y de las personas de los pueblos próximos al campo; pocos eran escogidos para trabajar en las oficinas del campo.

¿Cómo era la vida cotidiana?

Se levantaban muy pronto, cuando rompía el alba. Acto seguido se pasaba lista por saber si, durante la noche se había producido alguna fuga. Desayunaban un café y un panecillo. Acto seguido marchaban a trabajar. Sólo paraban para almorzar. Volvían al trabajo. Al atardecer regresaban. De nuevo pasaban lista, cenaban y a dormir. Este ritmo monótono se repetía cada día.

La incomunicación del prisionero era total. Desconocía por completo lo que pasaba fuera del campo y, desde luego, no podían recibir visitas. No hablar con nadie de fuera del campo y los vigilantes tenían prohibido dar cualquier tipo de información.

Para conocer el estado con el que se encontraban los presos, tanto psicológica como físicamente, leamos los testimonios de Josep María Abelló y del monje benedictino Pere Ursèol Ferré.

Josep María Abelló estuvo encerrado en el campo de trabajo número 3 en Omells de Na Gaia. Su testimonio dice así:

La vida en las condiciones del campo número 3 llevaba a la deshumanización. Privaba el egoísmo y el deseo de salvar la vida, muchas veces a expensas de lo que fuera. Los presos no podían fiarse casi de nadie. La presencia de compañeros de ideología antagónica hacía aumentar la desconfianza. La carencia de comida, las enfermedades –hubo tifus y disentería–, la falta de fuerzas, la suciedad, la incomunicación, etc., llevaba a mucha gente hasta el límite de la desesperación. No se veía el final de aquel calvario y se presentía lo peor. Recuerdo que, en una ocasión, uno de los prisioneros, totalmente fuera de sí, injuriaba a su madre recriminándole que no le hubiera estrangulado en el momento de nacer.

El monje benedictino Pere Ursèol Ferré, que también estuvo internado en el campo de trabajo número 3, declaró lo siguiente:

Si a todo el malestar físico se añade el malestar moral, hace falta decir que el campo de trabajo número tres fue uno de los lugares inventados por los autores de las checas. Siempre hambrientos. Recuerdo haber pasado dos años con sensación continua de hambre, sucios, sin el menor asomo de privacidad, tratados con desprecio y a golpes de garrote, oyendo blasfemias, realmente blasfemias, y bien graves algunas, de día y por la noche, tanto de parte de los guardias como de los presos, viendo cómo la gente perdía los valores morales, incluso un sacerdote vi que robaba el pan de otro preso, y la situación de la guerra, de la cual no podíamos saber nada y que se iba alargando de una manera exasperada. Fueron días de mucha angustia. Y así esta vida duró y duró. Y parecía no acabarse nunca.

A manera de epílogo podemos decir que, a medida que avanzaba el ejército nacional, primero por Lleida y después por Tarragona, los campos de trabajo se fueron desmantelando. El último fue el del Pueblo Español de Montjuïch. Muchos de los presos volvieron a la prisión Modelo de Barcelona o a otras instaladas en lugares aún no ocupados por el ejército nacional. Muchos de los prisioneros sirvieron de escudo humano cuando el ejército republicano avanzó hacia Francia. Los campos de trabajo han sido un tema olvidado dentro de lo que se denomina hoy en día memoria histórica. Se practicaron, como hemos visto, mil y una atrocidades. Podemos resumir lo que fueron estos campos de trabajo con las palabras del anarquista Diego Abad de Santillana:

La guerra sirvió para esconder todas las infamias, todas las complicidades y todas las cobardías.

El SIM, bajo el amparo del gobierno republicano, instauró campos de trabajo, fuera de los núcleos poblados, para imponer su política represiva contra todos aquellos que no estaban de acuerdo con los postulados establecidos. A los que sobrevivieron no les consiguieron lavar el celebro y continuaron actuando como antes de la guerra. La realidad es que aquellos años en los campos de trabajo marcaron a los pocos que lograron sobrevivir y aquel infierno perduró inalterable hasta el fin de sus días.


* sar Alcalá es Historiador y escritor. Nuestro colaborador, experto fundamentalmente en los hechos acaecidos en Cataluña durante la Guerra Civil, circunscribe a estas provincias la aplicación de las disposiciones dictadas con relación a los campos de trabajo en el período 1936-1939. Con variantes de unos lugares a otros, dado que las decisiones eran aplicadas en función de los personajes que debían hacerlo, se puede entender que este régimen se extendía por toda la España «republicana». Quienes aviesamente sacan a relucir la utilización de presos en lugares como el Valle de los Caídos, bien debían incorporar a su memoria histórica lo que relata nuestro colaborador para hacer la comparación de la aplicación de las normas en uno y otro caso (N. de la R.)

 
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