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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 135 - mayo de 2010
EL ÚLTIMO MANIFIESTO José María San Román
En el epistolario de José Antonio publicado en sus Obras Completas, no hay una sola carta dirigida a Julio Ruiz de Alda; sin embargo en su defensa en Alicante, explicaba: «Me pasaba el día escribiendo a mi gente, a Julio Ruiz de Alda, segundo del Movimiento le decía: no tengo noticias, no tengo casi información, ¿qué va a pasar?». Y me contestaba: «Tampoco tengo información, pero tengo la convicción de que las derechas, con la imbecilidad de siempre, están maquinando». Y José Antonio no se cansaba de repetir: «…esos fueron mis trabajos desde aquí. cartas y más cartas, circulares, consignas, para evitar que esto ocurriera. Quizá dentro de un año hubiera habido Revolución Nacional-Sindicalista y que la hubiera capitaneado yo, pero sin esta incomunicación de mi encierro, no hubiera habido lo de ahora...».
No obstante, fechado el 17 de julio, las Obras Completas recogen un texto, no publicado hasta los años cincuenta y que muchos autores, según dice Rafael Ibáñez en una nota a pie de página en la edición textual dirigida por él, dudan de la literalidad de lo que posteriormente trascribió Francisco Bravo. Como los lectores conocen, aquel manifiesto comenzaba con estas palabras:
Un grupo de españoles, soldados unos y otros hombres civiles, no quiere asistir a la total disolución de la Patria. Se alza hoy contra el Gobierno traidor, inepto, cruel e injusto que la conduce a la ruina.
Llevamos soportando cinco meses de oprobio. Una especie de banda facciosa se ha adueñado del Poder. Desde su advenimiento no hay una hora tranquila, ni hogar respetable, ni trabajo seguro, ni vida resguardada. Mientras una colección de energúmenos vocifera –incapaz de trabajar en el Congreso–, las casas son profanadas por la Policía (cuando no incendiadas por las turbas), las iglesias entregadas al saqueo, las gentes de bien encarceladas a capricho por tiempo ilimitado; la ley usa dos pesos desiguales: uno para los del Frente Popular, otro para quienes no militan en él; el Ejército, la Armada, la Policía, son minados por agentes de Moscú, enemigos jurados de la civilización española...
Ximénez de Sandoval, muchos años más tarde, en la revista En Pie de julio de 1975, número 349, escribe este largo comentario:
En las páginas 243-45 del libro de Francisco Bravo José Antonio: el hombre, el jefe,el camarada (Madrid, Ediciones Españolas, S.A., 1939), y bajo el título de El último manifiesto de José Antonio, apareció por vez primera un documento, desconocido hasta entonces, aunque aludido por el propio Bravo en un artículo publicado en septiembre de 1937 en la revista Fotos y reproducido en el citado libro. Cuyo autor presentaba el sensacional documento inédito con estas palabras: «Terminada ya la composición de este libro, el autor recibió una copia del original del último manifiesto de José Antonio, fechado el 17 de julio en la cárcel de Alicante, y que no pudo ser distribuido públicamente ante el estallido de la guerra civil. Por su interés histórico lo reproducimos. Dicho documento, del que se suponía no quedaba ningún ejemplar, fue conservado por un camarada que sobrevivió en Madrid a la persecución roja, y decía así...».
Al contrario de lo ocurrido a raíz de aparecer el testamento de José Antonio, que por las razones más contrapuestas fue considerado apócrifo por muchos falangistas y por muchos antifalangistas cuando se publicó en la prensa nacional, no obstante la innegable autenticidad de su estilo, se llegó incluso a rechazar y atribuir a superchería la reproducción fotográfica de las cuartillas autógrafas, justificando la sospecha de su falsedad en la inverosímil precisión mental y en la inalterabilidad del pulso de un condenado a muerte para trazar sin altibajos la rectitud de sus renglones, sin empañar con una tachadura o una enmienda la tersura de su prosa y nadie –que yo recuerde al menos– trató de identificar a aquel innominado camarada superviviente del Madrid rojo, que entregó el documento a Bravo. Tampoco puso nadie en duda la paternidad de tal manifiesto, por lo que yo lo reproduje –citando la fuente y comentando su acento añejo, tal vez buscado deliberadamente por su redactor por razones de oportunidad política–, en mi Biografía apasionada (Primera edición, Barcelona 1941, págs. 579-481 y Sexta edición, Madrid 1974, págs. 512-13). Lo mismo hicieron, sin el menor comentario acerca de su autenticidad, Agustín del Río Cisneros y Enrique Pavón Pereyra, en las Obras Completas de José Antonio, editadas por la Dirección General de Propaganda (Madrid, 1949, págs. 465-66).
Sólo muy posteriormente, según dice Antonio Gibello en su José Antonio, apuntes para una biografía polémica (Primera edición, Madrid 1974, pág. 364), el señor Cierva apunta que es uno de los dos documentos enigmas, que despiertan desconfianza en los historiadores, algunos de los cuales –Manuel Aznar y Stanley G. Payne, que recoge la tesis del embajador español– lo rechazan abiertamente. Sin embargo, ni el crédito más o menos sincero o entusiasta dado por algunos a ese texto –no ardorosamente falangista por cierto– ni de rotunda incredulidad manifestada por otros, ni siquiera una tercera postura dubitativa en la que parecen flotar otros, permiten sostener una actitud firme ante ese supuesto texto de un documento, que indudablemente existió, según las manifestaciones hechas a Bravo por el siempre fidelísimo y veraz Mariano García, en el mencionado artículo de Fotos en 1937.
Es decir: hubo un manifiesto firmado por José Antonio en Alicante en vísperas del Alzamiento, pues, así lo afirma el testimonio irrecusable de Mariano García. Manifiesto que desapareció por exigencias ineludibles, aunque luego, dos años más tarde, terminada la guerra y el libro de Bravo, alguien no identificado, hiciera llegar al jerarca salmantino una «copia» de aquel original que sólo habían visto en Madrid, en la imprenta en donde debía tirarse clandestinamente, el impresor y los camaradas Mariano García y Manuel Mateo. Esa copia, misteriosamente entregada a Bravo, lo mismo podía ser una transcripción literal de un texto autógrafo desaparecido, que una «versión» hecha de memoria por alguien que la había leído atentamente y se esforzaba en mantener la melodía y la armonía de la composición joseantoniana, o una mixtificación fraudulenta.
Ahora bien, si ese texto publicado por Bravo y rechazado por los historiadores no era auténtico, ¿a quién podía beneficiar una impostura tardía e inocua, ya que no contenía revelaciones indiscretas ni acusaciones violentas contra personas o actitudes? Acaso, en aquellos momentos en que según la frase de Agustín de Foxá «iba a estallar la paz», no fuera a los falangistas a quienes conviniese la aparición de un texto joseantoniano que suavizara sus intransigencias frente a posibles colaboradores del Movimiento, expresadas rotundamente en su Carta a los militares a los que advertía dos meses antes, de la inminencia de la invasión de los bárbaros y de los riesgos que amenazaban a los españoles, conocidos mejor que nadie por los falangistas perseguidos sañudamente porque el enemigo, operante abiertamente, sabía que estaban dispuestos «a cerrar el paso a la horda roja destinada a destruir España». Si quienes sospechan que ese manifiesto, tal como se publicó, es un fraude, deben explicar las razones de su escepticismo y justificar por qué suponen que ese manifiesto puede ser la «invención» tardía de un mixtificador…
Después de este testimonio, que no nos aclara mucho sobre el particular, existen otros como el de Manuel Aznar quien en su Historia militar, publicada en 1940, pone en duda su autenticidad, después se produce durante años un largo silencio sobre el particular, hasta que poco a poco van surgiendo voces, como Ricardo de la Cierva en Historia de la Guerra Civil Española que, sin más, niega haya sido escrito por José Antonio. Incluso Carlos Rojas cuenta que el falangista Agustín Aznar le comunicó por carta que no se atrevía a avalarlo. Por otra parte, Vicente de Cadenas y Vicent, que estaba al frente de la Jefatura Nacional de Prensa y Propaganda, en una carta que me remitía el 27 de septiembre de 1995, decía: «Siempre he tenido duda en relación a la existencia del manifiesto firmado por José Antonio y aparecido el 18 de julio, tantas veces comentado, pero ninguna documentado». Y añadía también: «...tampoco creo que pudiera ser, como algunos lo atribuyen, de su hermano Fernando, al que vi, muy pocos días antes de que fuese detenido y por medio de quien recibíamos los originales para el No Importa, que como es sabido lo hacíamos Mariano García, Vicente Gaceo y yo».
Cadenas y Sandoval, citan a Mariano García. El segundo escribe, para dar alguna veracidad al Manifiesto: «...el siempre fidelísimo y veraz Mariano García...», añadiendo casi a renglón seguido «...pues así lo afirma el testimonio irrecusable de Mariano García». Sin embargo, Vicente de Cadenas, que manifiesta trabajaban juntos para sacar el No Importa no pone en boca de Mariano García absolutamente nada, y eso que era el máximo responsable de la Propaganda y, por tanto, debía de estar informado de todo lo que pudiera saber aquél.
Ximénez de Sandoval sigue escribiendo que «quienes sospechen que ese manifiesto, tal y como se publicó, es un fraude, deben explicar las razones de su escepticismo...». Ciertamente, las razones pueden ser varias y todas difíciles de demostrar hasta este momento, pero hay algo en lo que nos apoyamos para ponernos al lado de los que dudan. Cuando en Alicante están juzgando a José Antonio y lo acusan de casi todo, no le culpan de ser el autor de ese Manifiesto que a él en nada le iba a beneficiar; pero no lo hacen porque el texto del mismo no obraba en poder del Tribunal que le juzgaba y es muy difícil creer que una copia de ese documento, no lo tuvieran. La explicación que nos da Sandoval de que «alguien no identificado hiciera llegar al jerarca salmantino una copia de aquel original…», cuesta trabajo que podamos creerle porque hemos visto que Vicente de Cadenas, que era el máximo responsable de aquella Imprenta como jefe de Prensa y Propaganda, tenía serias dudas de la autenticidad del Manifiesto.
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