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Altar Mayor Nº - 135 (12)
Monday, 17 May a las 14:15:24

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 135  - mayo de 2010

 

PARA ENTENDER LA INSTITUCIÓN POLÍTICA DE MÁS SIGLOS
José Antonio Navarro Gisbert*



  
1. La Monarquía sin tópicos ni perjuicios

En De Monarchia hispanica discursus, aparecida en 1601, Tommaso Campanella, describió un Estado teocrático universal basado en principios comunitarios de igualdad. Eran tiempos que coincidían con la expansión imperial de España en el Nuevo Mundo, años en que después del discurso pronunciado en Roma por el Emperador Carlos V, «Dios se había hecho español», según el decir de la época entre blasfemo y laudatorio. Era la hora unitaria hispana de la que ha dejado testimonio Benedetto Croce en su España en la vida italiana del Renacimiento, cuando dice que «España había vencido y, a juicio de los políticos italianos, Maquiavello y Guicciardini, había sabido vencer».

Al referirse a este punto cenital de España, Balzac ha elaborado una curiosa teoría, publicada como epílogo en una edición de Fisiología del gusto de Brillat Savarin, según la cual el chocolate llevado por los españoles a Europa, fue la «causa de la decadencia de la raza española, justamente en el momento que estaba resucitando el Imperio Romano».

Valga este exordio para intentar actualizar la presencia y actualidad de una Institución, que con excepción de setenta y cuatro meses, apenas seis años entre dos paréntesis republicanos, ha estado presente, con altibajos, en la Historia de España por espacio de más de mil años.

Perdone el lector la inclusión entrometida de algún rasgo personal lindando con el tema.

Rebasadas las bodas de oro de mi permanencia en la América de habla española, me permito algunas reflexiones acerca de la posición del idioma de Cervantes hablado hasta el día de hoy, porque va en aumento, tanto por el crecimiento demográfico como por la necesidad de uso práctico fuera del ámbito estricto de la comunidad hispánica, por más de cuatrocientos millones de personas. La reflexión me lleva inevitablemente a la consideración del papel que ha tenido la Institución de la Corona española, ahora precisamente que a través de alguna encuesta se revela la «indiferencia» de los españoles a la hora de declarar su preferencia entre Monarquía o República.

Mi dilatada presencia en América, sin que sea causa de distanciamiento físico de España, en prueba de lo cual puedo aducir mis ciento cinco cruces del charco, me ha permitido en ocasiones, sin que sirva de pretexto para alguna manifestación de nostalgia colonial, afirmar que mi prolongada estadía en el Nuevo Continente se debe a una visita a las antiguas posesiones de Su Majestad, el imbécil narizotas cara de pastel de Fernando VII. Observará el lector que a los adjetivos poco enaltecedores del monarca felón, uno el respeto a su alta investidura como heredero del trono de San Fernando, lo cual conduce a sostener que no siempre ha corrido pareja la calidad de la Institución con el personaje que en determinados momentos la ha encarnado.

Dentro de dos o trescientos años, si por obra humana no se ha producido un big bang a la inversa que nos devuelva a ninguna parte, los idiomas italiano, francés o alemán, por poner un ejemplo de hablas occidentales, serán idiomas referenciales de importantísimas culturas con manifestaciones artísticas, literarias, filosóficas, etc., que en el transcurso de la Historia se han desarrollado en sus respectivos espacios físicos. Al decir referenciales quiere decirse que su ámbito de uso, en lo que respecta al mundo occidental, irá muy a la zaga de los idiomas inglés y español en cuanto al número de personas que tienen esos idiomas como primera lengua de uso.

¿Cuál ha sido la causa de esa presencia actual y futura del español en el mundo? Para entenderlo es necesario situarse en el punto de arranque histórico que supone el descubrimiento del Nuevo Mundo y posterior conquista, evangelización, colonización y consecuente asentamiento en sucesivas oleadas de castellanoparlantes. Pero un hecho de singular importancia hizo posible el mantenimiento de la unidad de vastos territorios. Este hecho está representado por la Corona.

Hay que tomar en cuenta que apenas asentados en la vastedad de las Indias recién descubiertas, las pugnas entre los conquistadores pusieron en apuros la unidad de acción y el proyecto de incorporar pueblos y tierras a la Corona. Valgan como ejemplo las discrepancias entre Velázquez y Hernán Cortés; los enconados enfrentamientos entre los Pizarro y otros compañeros de conquista, la aventura equinoccial y sangrienta de Lope de Aguirre, magistralmente novelada por Ramón J. Sender. En la carta que el Tirano le enviara a Felipe II, le apeaba a éste de excesivas reverencias y le increpaba en tono dramático: «Mira, mira Rey español, que no seas cruel a tus vasallos ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de España sin ninguna sosobra, te han dado tus vasallos a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes, y mira rey y señor, que no puedes llevar con título de rey justo ningún interés destas partes donde no adventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado y sudado sean gratificados».

En las guerras civiles que asolaron el Perú recién conquistado, los bandos de los Pizarro y de los Almagro, la ola de sangre que envolvió al futuro virreinato en lucha por obtener poder y fortuna, propiciaba el pasmo con que la turba contemplaba la ferocidad de los contendientes y ante el vencedor utilizaban una expresión de la época: «¡Viva el Rey, que ya es muerto el tirano!». Valórese la expresión como el sentimiento de que por encima de las miserias humanas, la invocación de la figura del Rey ponía con su sola mención orden en los desaguisados de sus súbditos.

Sólo el respeto, y en ocasiones el temor que la figura del Rey inspiraba, tuvo como consecuencia el mantenimiento de los territorios de ultramar dentro de la unidad de los sucesivos virreinatos y capitanías generales bajo el amparo de la Institución monárquica. De no haber sido así es presumible que la voraz competencia y el recelo que inspiraba la España imperial, hubiera sido objeto del acecho de las potencias celosas del predominio español, tales como Inglaterra, Francia y Holanda, con el consiguiente fraccionamiento que, entre otras cosas, hubiera afectado a la presencia del idioma español. Sin hipérbole, la unidad bajo la Corona fue una de las causas principales del afianzamiento de la lengua con cuatrocientos millones de parlantes actuales. Es decir, que dentro de los próximos siglos, la presencia del español está garantizada como idioma de primera línea porque en los momentos iniciales de la conquista de América, una Institución permitió e incluso forzó la unidad.

Y no solamente en lo que atañe a la lengua. El primoroso orden impuesto por las instituciones de creación española, hicieron posible que en el momento de la emancipación de las antiguas posesiones de la Corona, lo hicieron basándose en las delimitaciones territoriales, políticas y administrativas heredadas de ésta. Sólo dos rectificaciones cabe mencionar: la segregación que Simón Bolivar hizo del Alto Perú para dar nacimiento a la actual Bolivia, y la separación del antiguo virreinato de Nueva Granada del Panamá actual, en otros tiempos territorio colombiano.

Las actuales naciones hispanoamericanas corresponden en sus territorios, salvo insignificantes rectificaciones, a los establecidos bajo la Monarquía española.

Al juzgar a la Monarquía no es aventurado sostener que pesa más positivamente el valor de la Institución como tal que el de los personajes que la han representado, no siempre a la altura que se requería de ellos. La felonía, la frivolidad, la casquivanía y otras hierbas, ha corrido pareja con la grandeza de miras, el alto sentido de Estado y de la responsabilidad ante el pueblo.

2. De Alcolea (1868) a Cartagena (1931)

La batalla librada en el puente de Alcolea el 28 de septiembre de 1868 con el resultado de la victoria de los insurrectos, acaudillados por los generales Prim, Topete y Serrano, obligó a la retirada del ejército que defendía a Isabel II y propició la huida hacia el exilio de la reina. Se iniciaba el Sexenio Revolucionario.

La rebelión había tenido su origen en un prolongado descontento contra Isabel II extendido a los ambientes populares, políticos y militares que hicieron de la soberana blanco de las críticas acerca de problemas de toda índole que amenazaban a España.

La conducta de la Reina estuvo siempre en el punto de mira de un amplio sector que objetaba su conducta en algunos aspectos entre castiza y casquivana. La extendida voz popular exponía a Isabel a chanzas, algunas de ellas con basamento real.

Ya con motivo del casamiento con Francisco de Asís de Borbón, hijo de Francisco de Paula, benjamín de los hijos de Carlos IV, a quien las Cortes de Cádiz retirarían el título de Infante por considerarlo hijo de Godoy y de María Luisa y no de Carlos IV, voces interesadas en la futura sucesión en el trono español se habían pronunciado claramente.

Pedro de Répide, en Isabel II, reina de España, da cuenta de que Inglaterra, dando por perdida su oposición al enlace con el candidato propuesto por los intrigantes Orleáns, «hizo constar en un documento diplomático estas palabras que demostraban la clarividencia de lord Palmerston, con quien no tardó en estar de acuerdo la propia Isabel II: “Inglaterra jamás dará su apoyo al enlace de Su Majestad con el Infante don Francisco de Asís, porque este príncipe está imposibilitado física y moralmente para hacer la felicidad privada de Su Majestad y la de la nación española”».

El mismo Pedro de Répide, en la citada obra, refiere la confesión que la propia Isabel II hará a su embajador en París: «¿Que te diré de un hombre que la noche de nuestras bodas vi que llevaba más puntillas que yo?».

En unas Memorias del conde Paul Vasil, según Melchor de Almagro San Martín, su autor sostiene que la reina repetía con frecuencia: «Ninguna mujer en el mundo ha sido más engañada que yo en su matrimonio. Yo busqué un hombre y sólo encontré un infante».

En notable contraste con el actual heredero de la corona española, la educación de Isabel II, siguiendo a Almagro San Martín, «es inferior a la de cualquier muchacho no digamos de la aristocracia, sino ni siquiera de la clase media de hoy, que influirá ya siempre en los errores de su vida privada y pública […]; era desordenada, coqueta, caprichosa, dada a regodeos, despilfarradora, y tan inculta que ni siquiera sabía la más elemental ortografía».

La secuencia de amigos y amantes atribuidos a Isabel II tuvo su colofón en Carlos Marfori, que la acompañó al exilio.

Al contemplar la frialdad con que el pueblo veía partir a su reina, pudo afirmar ésta: «Creí tener más raíces en esta país». Antes de cruzar la frontera con Francia, en la creencia de que su marcha sería pasajera, al oír la Marcha Real, lejos de sonarle a fúnebre, le propició valor para decir: «Todavía soy la reina de España y no abdicaré jamás».

No era ésta la opinión de los artífices de la Gloriosa, pomposo nombre con que se calificó al triunfante pronunciamiento que culminó en el puente de Alcolea. Uno de sus más conspicuos personajes, el general Prim, tras pronunciar un sonoro «Abajo los Borbones», redondeó posteriormente su grito con el célebre: «Borbones nunca jamás».

Se abría así una etapa para resolver la situación planteada. A Prim le correspondería el papel preponderante en la búsqueda de un candidato apropiado para una restauración monárquica en persona desvinculada de la dinastía reinante en España desde la proclamación como rey del nieto de Luis XIV, Felipe V.

21. El advenimiento de Amadeo de Saboya

El general Serrano, en su condición de regente, nombró a Prim jefe de gobierno desde cuya posición se entregó a la ingrata tarea de encontrar entre las casas reales europeas un candidato que resolviera el problema de instaurar una dinastía en España. Mientras un sector proponía al trono a Fernando de Coburgo, padre del rey Luis de Portugal, otro se inclinaba por el duque de Montpensier. La primera de las candidaturas no fue viable por el matrimonio morganático de Fernando con una bailarina, así como por la oposición a que pudieran unirse las coronas de España y Portugal. La de Montpensier encontró la férrea oposición de Prim a que regresara alguna de las ramas borbónicas.

En la búsqueda itinerante de Prim, éste ofreció la corona al duque de Aosta, hijo del rey de Italia y a Leopoldo de Hohenzollern. Ante el rechazo de ambos, Prim se inclinó por un sobrino del rey de Italia, el duque de Génova, cuya candidatura obtuvo la aprobación en Cortes, aunque finalmente el duque rechazó la oferta. Finalmente Prim ofreció nuevamente la corona al duque de Aosta, que para evitar un enfrentamiento con las potencias europeas exigió la conformidad de éstas, y así, el 26 de noviembre de 1870 era elegido en Cortes como rey Amadeo de Saboya. Un mes más tarde partió hacia España, justamente el mismo día que el general Prim caía en Madrid asesinado por manos misteriosas. Mal augurio para la nueva monarquía: esta aciaga circunstancia privó a Amadeo I de su brazo protector.

Las dificultades inherentes al enraizamiento de Amadeo en España le obligaron a abdicar en 1873. La Primera República que le sucedió, en el escaso periodo de once meses tuvo cuatro presidentes, hasta que el pronunciamiento del general Pavía dio paso a la Dictadura de Serrano, prolegómeno de la proclamación de Alfonso XII, hijo de Isabel II, en precipitada acción con otro general, Martínez Campos, aunque el artífice de esta Restauración fue Cánovas del Castillo. Junto a Sagasta se turnarían en el poder inaugurando un régimen de cierta estabilidad.

22. Se inicia la Restauración

La Constitución de 1876, sexta en lo que iba de siglo, fue la única que se perpetuó durante medio siglo, y aunque suspendida en 1923 por el golpe de Estado de Primo de Rivera, su abolición formal no se produjo hasta 1932 después de aprobada la Constitución republicana a finales de 1931.

Existe un criterio generalizado que juzga este periodo con la mancha del lastre del caciquismo, auspiciado por los dos partidos alternantes en la gobernación del Estado. Sin embargo, Gerald Brenan, en El Laberinto español, al enjuiciar la actitud de Cánovas es explícito: «Hombre político, Cánovas vio claro que España debería ser gobernada durante cierto tiempo por las clases altas del país, que eran desde luego, las únicas con las que se podía contar como apoyo y sostén del nuevo régimen. [...] Por esta razón hasta que la Monarquía ganase en fuerza y en prestigio, las elecciones deberían ser cuidadosamente controladas».

Apenas consolidadas las bases políticas de la Restauración, once años después de la entronización de Alfonso XII, moría éste, y conscientes de la necesidad de establecer la estabilidad que las circunstancias demandaban, Cánovas y Sagasta firmaron en El Pardo el pacto del mismo nombre en virtud del cual se establecía definitivamente la práctica de alternancia de los partidos conservador y liberal en el poder.

Sin embargo, el logro estabilizador de los dos prohombres de la Restauración tiene su contrapartida negativa en la pintoresca presencia del cacicato con verdaderos rasgos de institución. En la práctica sistemática de irregularidades sufragistas, una figura destaca con luz propia: el gran elector, Romero Robledo. Un juicio de Melchor Fernández Almagro dice de él que «sabía ganar difíciles batallas, sin doctrina, sin votos ni, muchas veces, con razón expuesta a cuerpo limpio, con limpieza de ingenio y de palabra». Como para figurar en cimera posición en los anales de la picaresca española.

Fruto de la alternabilidad de los dos partidos, en los diez años del reinado de Alfonso XII seis gobiernos se turnaron en el poder, y ocho en el transcurso de la regencia de María Cristina, viuda del Borbón restaurado, que se prolongó por diecisiete años, hasta la proclamación de Alfonso XIII como Rey.

El asesinato de Cánovas y la muerte de Sagasta supuso una atomización de las tendencias imperantes en sus dos partidos.

23. Alfonso XIII, rey de España

El 17 de mayo de 1902, día de su decimosexto cumpleaños, Alfonso XIII fue proclamado Rey de España. Desde las primeras andaduras de su reinado, destacó por su tendencia a participar en decisiones políticas que lo apartaban de lo que en puridad debería ser una Monarquía Constitucional en la que el Rey reina pero no gobierna.

El mismo día de su coronación convocó a los ministros en Palacio donde cumplieron éstos con la formalidad de presentar su dimisión, y después de cumplido el trámite y tras ser confirmados en sus cargos, Don Alfonso leyó el caso octavo del artículo 54 de la Constitución y declaró: «Como ustedes acaban de oír, la Constitución me confiere la concesión de honores, títulos y grandezas; por eso les advierto de que el uso de este derecho me lo reservo por completo». A lo que uno de los ministros, el duque de Veragua, respondió leyendo el párrafo segundo del artículo 49 de la Constitución: «Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si no está refrendado por un ministro».

Si bien la materia era de relativa importancia, el breve diálogo suscitado encerraba toda una lección de derecho constitucional, que el soberano se pondría por montera en más de una ocasión.

Madariaga ofrece una pincelada de Alfonso XIII: «Por desgracia, no guiaba a la voluntad real una inteligencia preparada para sus tremendas responsabilidades; viva inteligencia, sin duda, pero su visión no iba más allá de un sincero y ardiente patriotismo; y en lugar de principios generales y de cultura mental y moral, el nuevo rey no aportaba al gobierno del Estado más que un modo de prejuicios formados en una tradición antidemocrática y antiparlamentaria».

Romanones, cuya fidelidad a Alfonso XIII le llevaría a ser un factor decisivo en el final de su reinado, abordando el lema de la instrucción que el soberano había recibido para afrontar los asuntos de Estado, dirá: «Lástima que no se aprovecharon los últimos meses de la regencia para que el Monarca viajara por el extranjero y conociera, sobre todo, aquellas naciones maestras en la práctica parlamentaria. [...] El cariño de la madre se impuso, y la reina no tuvo arrestos para separarse de su hijo».

Sin embargo, la interferencia que Alfonso XIII ejerció en la política puede justificarse por el desamparo en que quedó tras la desaparición de los dos parteros de la Restauración: Cánovas y Sagasta. Desamparado por éstos fue víctima de una camarilla palaciega que por su propio interés no fue capaz de evitar la interferencia real al margen de las posibilidades constitucionales. Ni Maura, ni Silvela, ni Canalejas, ni Dato…, a pesar de su valía personal y política, fueron capaces de enderezar una situación caracterizada por la inestabilidad crónica. Téngase en cuenta el dato elocuente de que un gobierno de Maura, que apenas llegó a cumplir dos años, se le llamó el «gobierno largo».

Por agotamiento de los partidos políticos, y otras graves circunstancias que culminaron con el desastre de Annual, se llegó a la situación crítica que se resolvió, con el beneplácito del Rey y la generalizada aceptación de los españoles, con el golpe de Estado del general Primo de Rivera el 13 de septiembre de 1923. La Dictadura, que se prolongaría hasta enero de 1930, hay que interpretarla como un antes y un después en la trayectoria de la Monarquía y de España.

Sirva como epitafio de aquella Monarquía, que con la Dictadura firmó una letra de vencimiento incierto pero seguro, la descripción de Madariaga: «Así terminó la Constitución que Cánovas y Sagasta habían construido para su padre, y bajo la cual le salvó su madre la corona durante la regencia más larga que España ha conocido. Con valor evidente, el Rey destruyó los cimientos de la Restauración. Católico creyente, hizo el sacrificio de su juramento sobre los evangelios; rey, violó la palabra real. Contra tales rehenes entregados a la fortuna, ¿cuáles eran sus esperanzas y sus ambiciones? “Ya que nací Rey, quiero gobernar”, cuentan que dijo. El Rey quería gobernar».

El epílogo de la Monarquía restaurada en 1874 se produjo cuando, tras unas elecciones municipales en las cuales los candidatos monárquicos obtuvieron más de veintidós mil concejales frente a cinco mil republicanos, escasos de luces y de responsabilidades históricas, se dio paso a una República que, en la paradójica situación de una derrota convertida en triunfo, llevaba el germen de su propia futura destrucción.
Entre el triunfo de la revolución gloriosa de 1868 en el puente de Alcolea, preludio de unos años revueltos que culminaron con la Restauración de Alfonso XII, y la precipitada salida hacia el destierro incierto de Alfonso XIII desde Cartagena el 14 de abril de 1931, tienen los españoles un periodo del que sacar conclusiones. La más importante de ellas es, sin duda, la apertura del espacio cubierto por la Segunda República, impulsada no tanto por su propia dinámica cuanto que por una descomposición nacional que le tocó contemplar al cabeza de una Monarquía milenaria.

3. Renacer de las cenizas

En la España que se había acostado monárquica y despertado republicana se produjo un desconcierto, tanto para los que festejaban con júbilo la caída de la institución milenaria, como para los que, pasmados por lo sorpresivo del acontecimiento, atisbaban nuevos tiempos de replanteamientos acerca de cómo encarar el futuro.

Dos sectores se perfilaron como sustentadores de diferentes corrientes de opinión: unos partidarios, por activa o por pasiva, de la tesis de acomodamiento con la República, y otros que desde un principio, optaron claramente por considerar doctrinalmente, por el momento, inútil cualquier intento de aceptar el régimen surgido el 14 de abril de 1931.

Entre los primeros, donde se agrupaba la inmensa mayoría de la burguesía española, se ha de situar a la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que a los pocos meses de proclamada la República se convertiría en la organización representativa por excelencia del centro-derecha español, inclinada, en muchos casos venciendo escrúpulos de difícil superación, a aceptar el régimen que el pueblo se había dado, sin más consideración acerca de la legitimidad originaria viciada por el hecho archiconocido de que una minoría se impusiera a una mayoría para ocasionar un vuelco histórico de la envergadura del producido con la caída sin gloria de la Monarquía.

Para situarnos en aquellos días nos podemos remontar a los años precedentes relativamente cercanos. Durante el siglo XIX la pugna política estuvo caracterizada por la actividad de liberales y conservadores, progresistas y moderados, alfonsinos y carlistas. Sin embargo, existía entre todas estas parcialidades un nexo común, amparado por la misma bandera y señaladas coincidencias. Al margen de discrepancias de forma todos se definían como católicos, patriotas y monárquicos.

En la medida en que fue avanzando el período republicano, a partir de la promulgación de la Constitución por unas constituyentes con una mayoría coyuntural, tan coyuntural que con apenas dos años de andadura, se produjo un cambio copernicano en la voluntad de los españoles, que en limpias elecciones instauró un ciclo de gobiernos de marcada tendencia centro-derecha, se operó en España una ruptura total, definida en las postrimerías de la República por el líder de la CEDA, como la «media España que no se resigna a morir».

¿Cómo se produjo el proceso de adaptación al nuevo régimen, o de su repulsa, de los monárquicos?

Para un sector de éstos, el que en definitiva marcaría el rumbo a seguir, la Monarquía fenecida el 14 de abril era una Monarquía desfigurada sin un contenido doctrinal que la sustentara. A la tarea de vertebrar una futura aunque imprecisa restauración, se entregaron destacados monárquicos, empeñados en marcar las sustanciales diferencias entre la Monarquía liberal con la tradicional. Desde un principio fueron enfáticos en marcar las diferencias que les separaban de los viejos monárquicos, que carentes de responsabilidades históricas, propiciaron la caída de Alfonso XIII y que, en su criterio, claudicaron ante la República, aunque fuera con la simple aceptación tácita.

31. Acción Española

Coincidiendo con las discusiones finales de las Cortes Constituyentes, encargadas de la elaboración de una Constitución, a finales de 1931 se fundó Acción Española, revista doctrinal católica y monárquica. Los tres personajes más destacados en el inicio editorial fueron Ramiro de Maeztu, Eugenio Vegas Latapié y Fernando Gallego de Chaves Calleja, marqués de Quintanar. Uno de sus socios fundadores, José Ignacio Escobar, marqués de Valdeiglesias, junto a Juan Vigón, se destacaron desde otras páginas, las de La Época, en la defensa de idénticos principios.

En uno de los números de Acción Española, a través de un editorial, se definía todo un cuerpo doctrinal: «El retorno a la tradición cristiana es en el Occidente la vuelta a la Iglesia de Santiago, como para Oriente lo sería la Iglesia de San Juan. Nosotros lo simbolizamos en el caballero que va a defenderse bajo la cruz del Apóstol e invocando su nombre. Porque ser es defenderse. Todo lo que vale: la fe, la patria, la tradición, la cultura, el amor, la amistad, tiene que ser defendido, para seguir siendo. No hay vacaciones posibles ante la necesidad de la defensa. Esas islas afortunadas donde los hombres pueden dormir a pierna suelta, sin preocuparse del mañana, no son más que un sueño de pereza. Ser es defenderse y los maestros de la defensa son los caballeros. Esa es su función y su razón de ser».

Entre otros colaboradores Acción Española acogió en sus páginas a José María Pemán, Antonio Vallejo Nájera, César González Ruano, Ramiro Ledesma, José Antonio Primo de Rivera, acerca del cual se publicó, bajo el título de Una bandera que se alza, un comentario sobre el discurso fundacional de la Falange.

32. Calvo Sotelo

Sin embargo, el personaje que en el terreno político llegaría a liderar a los monárquicos fue, sin duda alguna, Calvo Sotelo, que preguntándose ¿qué Estado queremos?, no vacilaba en responder: «Uno capaz [...] de salvar la civilización cristiana». Partía Calvo de que las distancias entre las diversas ideologías que prevalecían en España eran astronómicas. Y al plantearse la cuestión disputada acerca de Monarquía o República, definía: «No se trata de saber, primero, qué necesita ahora el Estado español, y después lo que puede darle de eso una República o una Monarquía, bien entendido que la República, para sus progenitores, es una religión, una doctrina, no una forma. Que patina inevitablemente a la izquierda, porque no quiere enemigos a la izquierda y carece de un freno histórico permanente que la equilibre».

Llegaba Calvo Sotelo a la conclusión de que el Estado español necesitaba cuatro cosas: ser garante de la unidad de España, ejercicio de la autoridad, espiritualidad cristiana y propiciar la paz social. Frente a estos requerimientos no dudaba en sostener que «la Constitución de 1931 es incompatible con esas esencias».

Receloso Calvo Sotelo del ambiente del que era conocedor directo, que predominó en el campo monárquico durante el reinado de Alfonso XIII, se propuso sentar las bases afirmativas de una futura Monarquía, por aquellos días tan hipotética como difícil de instaurar o restaurar. Términos éstos, que en un futuro no muy lejano, serían de uso polémico. Sirva para definir una idea de la Monarquía en la creencia de Calvo, lo que expresó en Barcelona en días anteriores a las elecciones de febrero de 1936, que con el triunfo del Frente Popular llevarían a España al plano inclinado que la condujo a la guerra civil: «No basta para ser monárquico en la vida pública española la adhesión personal a uno u otro rey, a una u otra persona augusta; no basta ya eso. El que es monárquico por amistad a un rey, no es monárquico, es amigo del rey, cosa muy distinta. El que es monárquico por afecto a la persona real, si no siente la Monarquía, incurre en servilismo, como incurre en indignidad el que siendo monárquico abandona la idea por desafecto a la persona que la puede encarnar».

El colofón de su idea acerca de la Monarquía era: «Lo que importa es conservar el Trono y la Corona, que con una corona y un trono, y aún sin el Rey, muchas veces pueden regirse los pueblos».

¿Tendría Franco en un futuro en cuenta estas palabras que podrían enmarcarse en el camino recorrido en la larga marcha hacia lo que, envuelto en las palabras que se quiera, no fue sino otra restauración? Pero no nos adelantemos en el tiempo.

33. Don Juan

El que con el tiempo, tras la obtención por parte de Alfonso XIII de la renuncia a la Corona de sus hijos, don Alfonso y don Jaime, por razones de minusvalía, sería su heredero, don Juan de Borbón y Batemberg, no fue ajeno a la turbulencia de los años republicanos, limitado a un papel de espectador. No obstante, por su privilegiada condición, fue blanco del grupo de Acción Española, que se fijó el objetivo de influir en la formación intelectual de don Juan. Fue el marqués de Quintanar el encargado de hacerle llegar tanto la revista como libros y artículos de periódicos, fundamentalmente de ABC, La Nación y La Época.

Según uno de los primeros biógrafos de don Juan, Francisco Bonmatí de Codecido, «aprendió mucho el Príncipe, estudiando españolismo en Acción Española, esencia, valor y estilo de una España auténtica y tradicional».

Aunque por aquellas fechas Eugenio Vegas no conocía a don Juan tenía la esperanza, en lo que coincidía con otros de que podría encarnar la figura del monarca tradicional. De ahí que se propusieran ejercer influencia en su formación, y aducía Vegas: «La educación de su padre, rey desde el momento en que nació, había sido deplorable. Aún cuando la reina María Cristina pretendió darle una educación religiosa, los políticos y cortesanos liberales que lo rodearon frustraron sus deseos».

Otro personaje, de singular relevancia en el futuro español, Francisco Franco, de cuyo monarquismo y adhesión a la rama alfonsina no es lícito dudar, y que con el tiempo mantendría con don Juan un vaivén de encuentros y desencuentros, como muestra de lealtad, con motivo del enlace matrimonial del heredero, celebrado en Roma en 1935, contribuyó con un regalo de trescientas pesetas, cuota única establecida para los gentilhombres, rango del general. Si el lector indaga la relación de aquella cantidad en términos actuales, apreciará que no era mezquino el regalo.

Don Juan, punto de confluencia de monárquicos durante la Segunda República, ha sido objeto de algunas interpretaciones que desvirtúan su línea de pensamiento por aquellas calendas. Otra cosa es que con el transcurso del tiempo, sus puntos de vista acerca de circunstancias políticas cambiantes, le indujeron a reconsiderar posiciones pasadas. Pero situados en aquellos días, aducir ideas democráticas en el conde de Barcelona, es pura ilusión. Aunque, justo es decirlo, demócratas, demócratas en aquella España republicana fueron escasos. No lo fueron los anarquistas, no lo fueron los socialistas, de los comunistas ríase. No lo fueron los propulsores de una Constitución sectaria impregnada de dogmatismo. No lo fueron los que sin tregua hostigaron con huelgas ajenas a exigencias reivindicativas. No lo fueron, por supuesto, los alzados el 10 de agosto de 1932, monárquicos de convicción. No lo fueron los socialistas sublevados en octubre de 1934 contra el Gobierno legal de la República. No lo fueron los carlistas ni los falangistas. La CEDA, que bajo la batuta de Gil Robles trató y estuvo integrada en la legalidad democrática, terminó en la primavera trágica de 1936 deslizándose, fundamentalmente sus juventudes, a respuestas violentas. Julián Besteiro, en solitario, podría representar un atisbo de demócrata y ya sabemos cómo el caballerismo lo convirtió en blanco de sus mofas.

Así que si don Juan no puede considerarse un cálido defensor a ideales democráticos por aquellos días, lo fue para no desentonar con el conjunto de los españoles.

Valga como muestra la opinión que don Juan emite contundentemente en los días subsiguientes a las elecciones de febrero: «Yo tengo el convencimiento absoluto de que la Falange en la calle, las minorías monárquicas en el Parlamento, acabarán con toda esa gentuza y con tanta farsa parlamentaria, elecciones y monsergas. Sin contar con que el Ejército no lo aguanta. Si no, al tiempo».

En efecto, llegó el tiempo. Para el alzamiento del 18 de julio la actividad de los monárquicos, y fundamentalmente el grupo juanista, fue decisiva. Sin embargo, aunque es incuestionable su participación en el aspecto operativo de la sublevación, sin otros apoyos civiles su triunfo hubiera sido dudoso, como cierto era que el sentimiento monárquico entre la generalidad de los españoles estaba apagado cuando no extinguido.

Cómo a través de una larga marcha llegó a restaurarse la Monarquía constituye una de las notas más relevantes de la España contemporánea.

4. Y la Monarquía fue restaurada

Dos incumplidas premoniciones de 1931, ambas de Manuel Azaña, pueden mostrarse como ejemplo de oxímoron al conjuntar la inteligencia con la torpeza. Una fue la bandera del laicismo, resumida en la afirmación de que «España ha dejado de ser católica», en aciaga confusión de los términos «Estado» y «España». La otra, fechada el 14 de septiembre de 1931, proclamaba urbi et orbe: «España ha entrado en la órbita de la República para siempre. Con bien o con mal, a gusto o a disgusto, la fórmula no es más que República de todos modos. Hay que advertir que una Monarquía en España es físicamente imposible». En La Codorniz de los años de postguerra esta rotunda afirmación hubiera podido incluirse en la sección «Tiemble después de haber leído».

La arrogante y desdeñosa torpeza con que Azaña echaba leña al fuego para atizar un laicismo heredero del más rancio anticlericalismo, fue matriz de conflictos de innecesaria enumeración.

La engreída afirmación de republicanismo perpetuo pronto vino a avivar sentimientos que, aunque casi apagados, permanecieron yacentes en algunos españoles que se entregaron al ímprobo trabajo de resucitar lo que, desde el 14 de abril de 1931, era un cadáver: la Monarquía, que desde esta fecha estaría vacante hasta casi cuarenta y cinco años después.

La vuelta de la Monarquía, tras una larga marcha por un camino empedrado de dificultades de diverso tipo, ya entronizada en la historia reciente de España, ha sido, sin asomo de duda, la operación política de mayor envergadura, sin parangón en todo el mundo occidental. Carece de precedentes tanto en España como el cualquier otro país.

La Restauración de 1874, precedida por el destronamiento de Isabel II, la regencia de Serrano, el efímero reinado de Amadeo de Saboya, y la casi nonata I República, se realizó en la persona de Alfonso XII, hijo de la reina expulsada por la Gloriosa de 1868, mientras que Juan Carlos I accede al trono que abandonó su abuelo en vida de su padre, don Juan, conde de Barcelona, el hijo de Rey y padre de Rey que no llegó a reinar y que el destino le impuso relegarlo a un reinado en la sombra. Tras la jefatura vitalicia del Estado encarnada por Franco, el actual Rey de España era coronado, con los restos de su antecesor todavía insepultos.

Tanto para los observadores del momento como para los historiadores, el cómo se produjo la vuelta de la Monarquía constituye una llamativa singularidad. La nota más característica de este hecho radica en que no ocurrió como consecuencia de una revolución, de un conflicto bélico, ni de un golpe de Estado, sino que se trató de la culminación de un régimen ya de por sí singular como el del general Franco, fundamentado en su autoridad personal. Sin embargo, para llegar a la culminación del proceso restaurador, veintiocho años antes se promulgaron las normas previsoras de la sucesión en la jefatura del Estado, y con sólo seis años de antelación, basándose en esas normas, se designó la persona destinada a dar cima al lento recorrido.

En aquellos días del régimen anterior, las diversas familias que lo sustentaban discrepaban entre sí acerca de la futura sucesión, aunque coincidían en que la decisión de Franco prevalecería sobre cualquier otra. Algunos hablaban de los designios inescrutables del Caudillo, más por ganas de engañarse que por apreciar lo que estaba a la vista, que era sencillamente la nunca ocultada decisión del general de que, llegado el momento, su obra culminaría con la vuelta de la Institución milenaria. Faltaba la designación formal del sucesor.

Hay que tomar en cuenta que la variedad de fuerzas políticas y sociales que apoyaron el Alzamiento del 18 de julio no eran todas monárquicas, y que dentro de éstas se daban discrepancias entre carlistas y partidarios de don Juan. Además, entre los carlistas no todos coincidían en su preferencia por un pretendiente, mientras que en los otros fueron surgiendo partidarios de Estoril (residencia de don Juan) y de la Zarzuela (habitada por don Juan Carlos).

Las relaciones entre Franco y don Juan se caracterizaron por la cordialidad inicial, el deterioro posterior que presagiaba una ruptura que no llegó a materializarse, y sucesivos momentos de normalidad. Sin embargo, los hechos vinieron a demostrar que ambos sustentaban posiciones de difícil conciliación. Laureano López Rodó, uno de los artífices de la larga marcha hacia la Monarquía, testimonia que don Juan le confesó en una ocasión: «Yo no he sido antifranquista: he sido discrepante de Franco en muchas cosas».

Uno de los puntos de fricción entre el general y el conde de Barcelona hay que situarlo en los manifiestos que este último lanzó conminando a Franco a restaurar la Monarquía al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo el manifiesto de Lausana marcó un punto de no retorno en la relación de los dos personajes, habiendo servido para poner piedras en el camino que pudo llevarle a suceder en la jefatura del Estado.

Los Príncipes don Juan Carlos y doña Sofía, alejados de algunos consejeros que tuvo don Juan en Estoril, supieron ganarse el aprecio de Franco, y éste, previendo que entraba en la etapa final de su vida propuso la solución de 1969 nombrando sucesor a título de Rey.

Con la perspectiva que nos ofrece la distancia de los acontecimientos, es obligado destacar la perseverancia de Franco en conducir su régimen de excepción a una Restauración realizada en cumplimiento de una legalidad elaborada para ese fin.

Un hecho sorprendente. El torpedo disparado por el Partido Socialista, liderado por Largo Caballero, secundado por la inmensa mayoría de la izquierda, contra la línea de flotación de la legalidad republicana, pudo hundir la República si los que detentaban el poder en octubre de 1934, es decir, el centro-derecha, hubieran aprovechado la ocasión para efectuar un golpe de Estado que diera al traste con el régimen. Sin embargo, no fue así, y por lo menos en lo que se refiere al operativo militar que se enfrentó a la insurgencia, a un general Franco le correspondió parte decisiva en la defensa de la legalidad. Otro intento de resguardar la República, del acecho revolucionario tuvo asimismo por protagonista al general Franco, patente en la carta que le dirigió a Casares Quiroga, presidente del Gobierno, poniéndole en antecedentes del malestar reinante en el Ejército, producto de la violencia desatada en la primavera trágica de 1936, preludio de la guerra civil.

Paradojas de la Historia: al antecesor de don Juan Carlos en la jefatura del Estado le cabe ser considerado como salvador de la República y restaurador de la Monarquía.


* Tomado de El Manifiesto.

 
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