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Altar Mayor Nº - 135 (06)
Monday, 17 May a las 14:55:49

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 135  - mayo de 2010

 

CARL SCHMITT: TEMA Y PROBLEMA ESPAÑOL
Jerónimo Molina Cano*



 
En La fea burguesía, una novela sincopada de Miguel Espinosa, publicada póstumamente en 1990, se retrata, con enorme resentimiento, el supuesto cursus honorum de un catedrático de Derecho político («Castillejo») formado en la Escuela de Javier Conde e incorporado a la Minerva murciana a finales de los años 50, después de unas reñidas oposiciones. Espinosa, bien instruido en las minucias de la vida académica por su maestro y mentor, el profesor Tierno Galván, antecesor de «Castillejo» en la cátedra de la que hablo, escribía:

Teoría y sistema de las formas políticas, de F. J. Conde; El Estado totalitario como forma de organización de las Grandes potencias, del mismo; Representación política y régimen español, del mismo; Sociología de la sociología, del mismo; Der Nomos der Erde in Völkerrecht des Jus Publicum Europaeum, de Carl Schmitt; El concepto de la política, del mismo; El concepto de imperio en el Derecho internacional, del mismo. Tales eran las lecturas de un ilustrado estatal de la época.

Se refería Espinosa, sin mencionarle, a Rodrigo Fernández-Carvajal, para mí muy querido maestro ex lectione. Fernández-Carvajal, que había meditado hondamente sobre la doctrina schmittiana de lo político, consideraba a Don Carlos, ante todo, «un gran ingenioso». Sin embargo, algo de razón llevaba el novelista al dejar establecida, con grueso trazo, la genealogía intelectual de Fernández-Carvajal. Por eso no debe sorprender a nadie que en su libro El lugar de la Ciencia política, de sabor tomista, la política venga

…definida por la extremosidad y singularidad atribuida a las situaciones, no por la región o ámbito de la realidad social donde emerjan. La política no tiene, en rigor, sustancia propia.

No conozco, en la vasta bibliografía internacional sobre Schmitt coleccionada minuciosamente por Alain de Benoist y que muy pronto será publicada en Viena, más referencias literarias que las del caletre hispano: además de la ya mencionada, la de José María Beneyto: Los elementos del mundo, una novela histórica política sobre el espíritu alemán, derrotado dos veces, en 1919 y 1945, y en la que el personaje del Profesor, sometido a la Entnazifizierung, es el trasunto (biográficamente infiel, todo hay que decirlo) de Carl Schmitt. Y «La fiesta sagrada de Don Carlos», de Manuel Rivas, una recreación de la investidura de Carl Schmitt como miembro de honor del Instituto de Estudios Políticos el 21 de marzo de 1962. Una recreación tendenciosa pero, sin duda, literariamente muy eficaz y efectista, publicada en El País del 2 de abril de 2006. Texto que con algunos retoques, en los que se aprecia que Rivas se tomó la molestia de consultar, entre otros, algún ensayo del autor del libro que hoy presentamos, fue incluido en un volumen titulado Los libros arden mal.
De modo que en España la polarización política de Carl Schmitt ha irradiado también sobre la literatura. Incluso sobre la crítica literaria. No hablo a humo de pajas. Justo Navarro, un escritor apasionado por la novela negra, escribía en El País del 24 de enero de 2009: 

…la actual facción dominante de la literatura policíaca trata de asesinos bestiales, más allá de toda razón […] Dan mucho miedo. Atacan inesperadamente en Miami o París. Si Wittgenstein sintonizaba con las viejas novelas de Conan Doyle y Dashiell Hammett, el patrón ideológico de las nuevas fábulas criminales ha surgido de la escuela del alemán Carl Schmitt, especialista en Derecho Internacional y Filosofía Política, que, después de estar a punto de ser juzgado en Nurenberg, hoy emociona a admiradores poderosos. La virtud política esencial es saber distinguir al enemigo, separar tajantemente entre buenos y malos, y los asesinos en serie, como los terroristas, son ejemplos inapelables del mal absoluto. El Enemigo, en sentido diabólico, no merece ni derecho ni piedad, y el Estado Total no es fragmentario: funde el poder ejecutivo con el poder judicial.

¡Así se ve a Schmitt («patrón de las nuevas fábulas criminales») en un artículo de crítica literaria, «Corrientes criminales», en el que el autor opinaba sobre las novelas de Jeff Lindsay, los serial killers y la rica tipología literaria de homicidas psicóticos!

Todo esto, que no deja de ser extraño tratándose de un pensador dedicado fundamentalmente al Derecho político, constituye uno de los aspectos más superficiales de la biografía de un hombre de letras, un jurista político o de Estado, favorecido y golpeado por la fortuna casi en las mismas calendas, a quien con gran exactitud histórica han llamado, entre otros Günter Maschke, editor de su obra y opinión muy autorizada, «el Maquiavelo de Alemania».

En Carl Schmitt, al menos desde el inicio de la emigración política alemana, poco después de llegar Hitler a la cancillería, pesa la leyenda tanto como el realismo de su doctrina. En perjuicio de su fama, Schmitt, como otros escritores de la estirpe del realismo político, desde el Kautilya a Raymond Aron, escribió con honestidad sobre la deshonestidad de la política. Una buena prueba de lo que digo es el subgénero científico, muy nutrido a estas alturas, de la damnatio memoriae. Repudiar y descalificar moralmente a Schmitt, con independencia de todo lo demás, a veces, como en el caso de Zarka y Predieri, dos conocidos odiadores del solitario del Derecho político, con independencia de la verdad o de los hechos, puede ser hasta un buen negocio académico. Pero tiene también Schmitt sus adeptos: De Benoist en París, Maschke en Frankfurt y Antonio Caracciolo en Roma.

La leyenda de Schmitt, de don Carlos, es la del intelectual arrastrado por la política hasta abrasarse en ella. Esa es toda la historia, su particular «vía del dolor». Todo lo demás, es decir, la reductio ad hitlerum de su compromiso político, no deja de ser accidental. Tal vez dentro de un siglo no se le dé la importancia que hoy se le atribuye al hecho, repetido como un mantra tibetano, de que un viejo que murió casi centenario en 1985 militara durante tres años en el Partido Nacionalsocialista: exactamente entre 1933 y 1936. ¿Quién como Eugenio d’Ors para recordar, en una glosa publicada en el Arriba en la primavera de 1937, que «los vientos del favor nazi [soplaban ya entonces] con menos benevolencia sobre él».

Como explica Carmelo Jiménez Segado en su libro Contrarrevolución o resistencia, editado por Tecnos en 2009, Schmitt, un hombre de todas las horas y para todas las horas políticas, es una presencia constante en España desde finales de los años 20. Sus obras se tradujeron tempranamente. Sus viajes académicos a distintas universidades españolas fueron para él una costumbre ya desde sus jornadas académicas de 1943 y 1944. Subió a la cátedra para ser escuchado en Madrid, Salamanca, Barcelona, Santiago de Compostela, Zaragoza, Granada, Murcia y Pamplona. Aunque sus correspondientes españoles fueron, sobre todo, cultivadores de las más diversas disciplinas jurídicas (romanistas y penalistas, constitucionalistas, filósofos del derecho, civilistas), se cuentan también entre ellos psiquiatras, hombres de negocios, médicos, filólogos, etc. Creo que casi todo el mundo sabe, por último, que sus nietos son gallegos y españoles.

Si se tiene en cuenta que las referencias académicas y políticas a su obra menudean en nuestro país desde la Dictadura de Primo de Rivera, siendo éstas a veces sorprendentemente exhaustivas y prolijas, a nadie debería extrañar que en España, tanto o más que en otras naciones europeas, «Carl Schmitt», como tema y problema, tenga la magnitud de un verdadero mito político. De una forma u otra, no hay monografía o libro español sobre Schmitt que, en última instancia, no quede absorbido o sugestionado por el mito o acuciado por «tomas de posición» a favor o en contra del jurista alemán. Por esta razón hay que prestar una atención especial al libro Contrarrevolución o resistencia: desde luego, no se trata de un libro favorable o proclive al autor a quien el profesor Jiménez Segado ha dedicado varios años de estudio. Pero tampoco es una obra adversa o escrita con animosidad. ¿Acaso tienen algún sentido científico o jurídico estas apreciaciones subjetivas o ideológicas?

En realidad, Jiménez Segado ha escrito un libro contra el mito de Carl Schmitt, que es algo muy diferente. Hay en estas páginas opiniones que a mí me parecen muy severas, incluso discutibles, sobre la relación de Schmitt con el nazismo o el antisemitismo oportunista de algunos de sus escritos. Pero el profesor Jiménez Segado no recurre en ningún caso al cómodo y rentable expediente de hacer una moralina, «moralidad inoportuna, superficial o hipócrita» según el Diccionario de María Moliner. La política, escribía Salazar en Como se levanta un Estado, es una ocupación muy seria. La política, decía también Schmitt, está en la seriedad de la vida. Tal vez por eso resaltan mucho más, contra su fondo de gravedad, las flaquezas humanas. ¿Quién negará entonces que el Benito Cereno es la amarga lección de la política, en vez de una vulgar palinodia?

El autor ha hecho suyo un lema de Manuel García-Pelayo: «ni demonizarlo ni beatificarlo» (página 260). En este sentido, me gustaría que el libro de Jiménez Segado fuese el primero de los que han de escribirse sobre Schmitt, sine ira ac studio, en los próximos años. Incluso si esto tiene como contrapartida el reconocimiento general de que el mito de Carl Schmitt casi nunca estuvo a la altura de lo que de él se esperaba.

Un ejemplo de lo decepcionante que puede resultar la leyenda schmittiana es la controversia sobre las posibles razones de la traducción de Der Hüter der Verfassung, a todas luces inexacta, como La defensa de la constitución. Casi todos los que en algún momento nos hemos dedicado a estudiar la obra de Schmitt hemos dado siempre por buena la tesis que resume Jiménez Segado: supuestamente, la filológicamente inexacta solución del traductor, Manuel Sánchez Sarto, evitaría la «intencionalidad de la versión (alemana) con el fin de evitar cualquier connotación que hiciera pensar en soluciones de tipo personalista para garantizar el naciente orden constitucional después de la dictadura» (página 243). En realidad, la solución es mucho menos retorcida: prosaica y seguramente decepcionante. Sánchez Sarto la desvela en una carta que dirigió a Schmitt del 1º de septiembre de 1931 acompañando el envío de un ejemplar del libro español: el traductor había evitado cuidadosamente la traducción más fiel (El defensor de la constitución) porque creía que esa fórmula confundiría al lector español con los nombres de ciertos periódicos y boletines profesionales. Abundaban en efecto en aquellos años series como El auxiliar del farmacéutico, El soldador, El consultor de la propiedad y otros similares.


* Jerónimo Molina Cano es doctor en Derecho y Profesor Titular de Política Social en la Universidad de Murcia.

 
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