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Altar Mayor Nº - 136 |
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Tuesday, 29 June a las 14:58:24 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 136 – Julio / Agosto de 2010
SUMARIO
- Democracia, libertad, libre albedrío, Emilio Álvarez Frías
- La tiranía del consenso, Dalmacio Negro
- Mercedes Fórmica; «una voz en el silencio, José Mª García de Tuñón Aza
- Democracia directa y democracia de partidos: Una propuesta de Reforma, Luis Miguel González de la Garza
- Sufrimiento y vida humana. Esbozos de una antropología en la Obra de Viktor Frankl, Sebastián Contreras
- Cuatro tópicos (y una cita apócrifa) sobre la democracia, Tomás Salas
- Esclavitud, terrorismo e Islam, Peter Hammond
- Literatura, progresismo y negocio, Rodrigo Agulló
- Los indicios del cristianismo valenciano, Gonzalo Fernández
- La lista masónica, César Alcalá
- ¿Podemos decir quién vive y quién muere?, Carlos Martínez-Cava Arenas
- Francisco Franco ante la Historia: vencer después de morir, Joaquín García Blázquez
- El cambio social y personal, de costumbres y estructuras, en el documento de Aparecida, Umberto Mauro Marsich
- 1960-2010: Cincuenta años de la Organización Juvenil Española, Manuel Parra Celaya
- Un semanario testimonio de un tiempo, Antonio Brea
- Manuel Granero y la profecía de Mahoma, Joaquín Albaicín
- Así fue prohibida en el año 1951 la lengua vasca en España
- Caperucito rojo, Emilio Adán García
- Libros
- Sobre la tierra, Luys Santa Marina
- Romance del Camino
| En la edición digital de Altar Mayor no figuran ni la bibliografía ni las notas a pie de página de cada uno de los artículos y que constan en la edición impresa de la revista. Los interesados en disponer de esta información pueden solicitar la revista impresa a través de la página web, haciendo constar la dirección postal del interesado. |
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Altar Mayor Nº - 135 |
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Monday, 17 May a las 18:25:38 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 135 – mayo de 2010
SUMARIO
- Hablan demasiado, Emilio Álvarez Frías
- La deriva totalitaria de la democracia liberal, José Martín Brocos Fernández
- En busca del alma secreta de la ciudad, Antonio Martínez Belchi
- Victoria Kent, la diputada que se opuso al voto femenino, José Mª García de Tuñón Aza
- El estado Iberoamericano entre 1810 a 1850, Alberto Buela
- Karl Schmitt: tema y problema español, Jerónimo Molina Cano
- España de nuevo bajo la oligarquía y el caciquismo, Mateo Requesens
- El nuevo orden mundial y la seguridad demográfica, Michel Schooyans
- Racismo nazi, racismo judío y linaje cristiano, Nimio de Anquín
- Divorcio=ruina social: soluciones, Pablo Sagarra Renedo
- De la quinta a la sexta columna: El enfrentamiento interno en el bando Republicano, Manuel Aguilera Povedano
- Para entender la institución política de más siglos, José Antonio Navarro Gisbert
- Género: el nuevo nombre del marxismo, Álvaro Fernández
- Historiadores castellanos y leoneses de los siglos XIII, XIV y XV, Gonzalo Fernández
- Diálogo con la historia en busca del rostro de Jesucristo, Ángel David Martín Rubio
- El «salvamento» de las obras del Museo del Prado, Armando Marchante Gil
- El último manifiesto, José María San Román
- Historia de fidelidad y servicio: sacerdotes de película, Peio Sánchez
- Sacar a Dios de las aulas, Jorge Valdés-Hevia y Villa
- Libros
- Laurel, Demetrio Castro Villacañas
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Altar Mayor Nº - 125 |
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Monday, 26 January a las 17:37:35 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 125 – Extraordinario - Enero de 2009
SUMARIO
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- Presentación. Emilio Álvarez Frías
- Reconciliación bajo la Cruz. Anselmo Álvarez Navarrete
- Precedente Histórico. Luis Suárez Fernández
- Consenso constitucional, autonomías y cosmopolitismo europeo. Luis González Seara
- La defensa de la nación. Armando Marchante Gil
- Unidad y pluralidad en una nueva forma de estado. José Luis Orella
- Lo aconsejable en el momento actual. Luis Eugenio Togores
- Circunloquios de párvulos alrededor de un paisaje. Valentín Arteaga
- Si se margina a Dios en la sociedad, ¿qué esperanza tiene?. José Delicado
- La deriva autonómica. Alejandro Muñoz Alonso
- Nacionalismos periféricos. Luis Buceta Facorro
- La deseable reforma de la Constitución y del modo de aplicarla. Carlos Robles Piquer
- Las autonomías: un grave problema político-constitucional. Licinio de la Fuente
- Una sociedad particularista. Manuel Parra Celaya
- Unidad retórica. Juan Luis Calleja
- La «deconstrucción» de España. Alfredo Amestoy
- Una crítica a la partitocracia. Jesús Neira
- La gaita y la lira. José Antonio Primo de Rivera
- Panorama lingüístico. Severino Arranz
- Las multinacionales contra la nación. Gustavo Morales
- Una olvidada homilía, Fernando Suárez González
- De la Ilustración al estado social y democrático de derecho. Moisés Simancas Tejedor
- La estructura del estado español. Ángel David Martín Rubio
- El euskera, ahora toca. Francisco Rodríguez Adrados
- El escándalo Ibarretxe. Adolfo Careaga Fontecha
- El bable en Asturias. José María García de Tuñón Aza
- Fueros, rivalidad, ideología y anexionismo. Jesús Laínz Fernández
- Crisis de una forma de estado. Carlos Martínez-Cava Arenas
- La política cultural en Cataluña o la dimisión del estado. Francisco Caballero Leonarte
- Las bienaventuranzas camino de amor y libertad para el hombre. Antonio Cañizares Llovera
- Las relaciones Iglesia y Estado. Perspectivas actuales. Antonio María Rouco Varela
- Unidad de España, cuestión moral. Teófilo González Vila
- Ortega, Marías y la nación. Francisco Javier Salgado Arribas
- El nacionalismo vasco en su jungla de patio trasero. José Antonio Navarro Gisbert
- De los Fueros a la Constitución de 1812. José Manuel Rodríguez Pardo
- Antropología y metafísica en de Anquín. Alberto Buela
- El estado son ellos, pero después del diluvio y a oscuras. Arturo Robsy
- Diálogo sobre la libertad religiosa. José Guerra Campos
- La antorcha de la civilización. Aquilino Duque
- España y sus regiones en las olimpiadas de Beijing. Julio A. Gonzálo
- La memoria de ZP. Emilio Adán García
- La crisis inmobiliaria revela las crisis económica, política y ética. Alfonso Vázquez Fraile
- Notas sobre el big crunch. Luis María Bandieri
- Taifas ibéricas. Jesús Casla
- La sabiduría humano-divina de Santo Tomás frente a la «dictadura del relativismo». Hugo Alberto Verdera
- La población elemento fundametal de la nación. José María Adán García
- Nájera en la historia de España. Manuel Brants Reyes
- Independencia. Julián Marías
- Papel de la iglesia durante las invasiones inglesas. Cecilia González Espul
- Algo sobre la lealtad. José María Abad Buil
- Crisis económica, crisis energética, crisis de valores. Alberto Miguel Arruti
- Hasta la madurez de la pintura. María del Mar Botella Mora
- ¿El hombre y el alpinismo, fuente de la bondad?. César Pérez de Tudela
- La ciudadanía del cristiano. Fr. Emilio Alonso de Prado OFM
- Están entre nosotros, generación «friki», ¿el hombre del futuro?. Rodrigo Agulló
- Soberanía y supremacía doscientos años después: Jovellanos y España. Silverio Sánchez Corredera
- La singularidad del ser humano frente al proyecto gran simio. Nicolás Jouve de la Barreda
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Altar Mayor Nº - 121 |
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Friday, 27 June a las 18:16:13 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 121 – Abril / Mayo de 2008
SUMARIO
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Altar Mayor - Nº 118 |
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Monday, 21 January a las 20:15:32 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS Nº 118 – Extraordinario - Enero de 2008
SUMARIO
- Presentación, Emilio Álvarez Frías
- Porqué las «Conversaciones», Luis Suárez Fernández
- El laicismo no es un humanismo, José Francisco Serrano Oceja
- La educación y la cultura, Juan Velarde Fuertes
- El neomarxismo, Ángel David Martín Rubio
- La Iglesia en el contexto del laicismo actual, José Luis Restán
- Estado y laicismo, Dalmacio Negro Pavón
- Salvar el amor, Luis Suárez Fernández
- Laicismo, palabra ambigua, José Delicado
- La laicidad y las laicidades, Benedicto XVI
- El modernismo filosófico y la encíclica Pascendi, Mario Caponnetto
- Cristianismo y secularización, retos para la Iglesia y para Europa, Antonio Cañizares Llovera
- El derecho a la educación y sus titulares: ¿De nuevo en la incertidumbre histórica?, Antonio María Rouco Varela
- Situación actual de la Iglesia, algunas orientaciones prácticas, Fernando Sebastián Aguilar
- El laico triple, Juan Luis Calleja
- El laicismo en España. Una obsesión recurrente, Adolfo Iranzo
- En busca de los valores perdidos, Alfredo Amestoy
- ¿Sociedad laica?, Luis Buceta Facorro
- El laicismo en perspectiva, Julio A. Gonzalo González
- Reflexiones sobre juventud y laicismo, Manuel Parra Celaya
- Laicidad y laicismo, aquí y ahora, Teófilo González Vila
- El Estado sin centro de gravedad, Arturo Robsy
- Se buscan educadores, Severino Arranz Martín
- Pederastia y pedagogía, Aquilino Duque
- Sobre la «Eudemonía» o felicidad humana, Isaías Díez del Río
- Progresismo y violencia de género, Miguel Ángel Loma
- Las campanas rotas de Westmister, Luis Martínez Viqueira
- Progresismo, relativismo, laicismo, Armando Marchante Gil
- Libertad de la persona y libertad política en la sociedad, José María Abad Buil
- Familia y sociedad en las enseñanzas de la Iglesia, Enrique Colom
- Circunstancias históricas de la crisis modernista: hechos y personajes, Hugo Alberto Verdera
- Laicismo obligatorio, José María Adán García
- El laicismo en la II República, José María García de Tuñón Aza
- De sistemas y perversiones, Miguel Argaya
- Relación entre Derechos Humanos y Justicia, Alberto Buela
- Violencia, la siniestra carrera de nuestro tiempo, Emilio Alonso de Prado
- Lo peligros del laicismo, Tarcisio Bertone
- Apuntes sobre el laicismo, L. Fernando de la Sota
- La Educación para la Ciudadanía, Juan Alonso Beighau
- La guerra religiosa, Aníbal D’Ángelo Rodríguez
- La desaparición del pensamiento liberal en la educación, Alicia Delibes
- Verdades, dogmas y tópicos sobre el medio ambiente, Francisco José Olmo Reyes
- El desafío de la prensa en una sociedad en crisis, Fernando Rayón
- Cine, al servicio del despotismo ilustrado, Juan Orellana
- Las «Conversaciones en el Valle», atalaya de la Hermandad, Carlos Pérez Martínez
- El laberinto español, Alberto Miguel Arruti
- Antonio Gramsci y su influencia en la revolución cultural de nuestro tiempo, Alejandro Izateko
- Westfalia, el cambio definitivo del destino de occidente, Álvaro Maortua
- Paz no es rendirse ante el mal, Thomas Becket
- Los niños y los medios de comunicación social: un reto educativo para todos, Comisión Medios Comunicación Social de la CEE
- Canto a la unidad de España, Daniel Pato Movilla
- Beatos en el Valle de los Caídos
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Altar Mayor - Nº 117 |
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Sunday, 13 January a las 21:37:23 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 117 – Noviembre / Diciembre de 2007
SUMARIO
- Del amor de Dios,
Emilio Álvarez Frías
- El pontificado de los siglos XIX
y XX (2), Luis Suárez Fernández
- Navidad en la Tarahumara,
Rafael Sandoval Sandoval
- Separados por las ideas, unidos
en el Padre, Anselmo Álvarez Navarrete
- Seis poetas y sus poemas a la
Virgen, José Mª García de Tuñón Aza
- Tríptico de marzo,
José Javier Manzanera
- La visión de España a través del
Quijote en Ortega y Gasset, Moisés Simancas Tejedor
- Tocqueville, los obispos y
educación para la ciudadanía, José Francisco serrano Oceja
- Valores y perspectivas para la
Europa de mañana, Benedicto XVI
- Obras Completas de José Antonio,
Enrique de Aguinaga
- Sobre las «Obras completas» de
José Antonio, Jaime Suárez
- Notas sobre griegos y cristianos,
Alberto Buela
- El mito de la superioridad
cultural musulmana, Mateo Requesens
- Pregunto por Lulio,
Javier Ayora
- «Marchan las nuevas juventudes…»
(1), José Luis Riudavest González
- Libros
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Altar Mayor - Nº 116 |
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Wednesday, 26 September a las 12:45:09 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
SUMARIO
- ¿Dónde estamos?,
Emilio Álvarez Frías
- El pontificado de los siglos XIX
y XX (1), Luis Suárez Fernández
- Un sueño, Valentín
Arteaga
- Sobre el concepto de «Hispanidad»,
Manuel Brants Reyes
- Las obras truncadas de José
Antonio, Aquilino Duque
- Testimonios sobre José Antonio
Primo de Rivera, José Mª García de Tuñón
- La familia: padres e hijos en la
España actual (y 2), Isaías Díez del Río, OSA
- ¿Es que no tenéis sangre en las
venas?, José Javier Esparza
- Isabel la Católica y la
evangelización de América, Nicolás de Jesús López Rodríguez
- Apuntaciones,
Antonio Castro Villacañas
- El «Kiosco» de periódicos, entre
el voceador y la prensa gratuita, Alfredo Amestoy
- Un museo condenado,
Jesús Flores Thies
- Filosofía, individuo y
homogeneización, Alberto Buela
- Cajal: un científico creacionista,
Alfonso V. Carrascosa
- Dios y la belleza,
Mario Tecglen
- 498 nuevos beatos,
José María San Román
- Una vieja foto,
Joaquín Albaicín
- La palabra camarada,
Francisco Caballero Leonarte
- Entrevista a don Adolfo Prego,
Susana Ariza
- Consilencia, Luis
Antonio Vacas Rodríguez
- La desilusión atea,
John Flynn
- Libros
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Altar Mayor - Nº 116 (05) |
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Wednesday, 26 September a las 12:31:25 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
LAS OBRAS TRUNCADAS DE JOSÉ ANTONIO
Aquilino Duque *
Con un Cristo muerto llegarían a comparar el barbudo cadáver del Che Guevara
en Bolivia muchos de sus admiradores. No creo que la vida del Che fuera un
modelo de imitación de Cristo; nada más lejos de sus propósitos. Quién sabe si
un punto de contrición, como dijo el poeta, dio al muerto desnudo cierto aire al
Crucificado. Grande e insondable es la divina misericordia.
También los admiradores de José Antonio, entre los que me cuento, han llegado
a pensar más de una vez en la analogía cristiana de sus tres años de vida
pública y su muerte a la edad de treinta y tres, pero también en este caso la
imitación de Cristo fue involuntaria, por más que aquí la fe fuera la brújula de
una vida tan breve y a la víctima se le hubiera dado la oportunidad de preparase
a bien morir, de enfrentarse a tan doloroso trance con una «decorosa
conformidad».
Lo que esa muerte y las circunstancias que la rodearon tuvieran de ejemplo no
era nada nuevo en nuestra raza y se ajustaba en todos sus extremos a las pautas
de conducta que García Morente atribuiría al «caballero cristiano». Para no ir
más lejos, no es posible leer el episodio nacional Montes de Oca sin
recorrer con asombro y con treinta y seis años de antelación el relato
galdosiano de las últimas horas de José Antonio Primo de Rivera, prefiguradas en
las horas pasadas en capilla por el caballeroso rebelde isabelino.
La ley: forma y contenido
Esa muerte y los tres años de vida pública que la precedieron hicieron de
José Antonio un símbolo y un mito, y es justamente para dar una idea de la
condición humana subyacente en ese mito y ese símbolo para lo que se ha
acometido la publicación de unas Obras Completas que más bien son Obras
truncadas, como la vida del que las llevó a cabo. Él mismo, por activa y por
pasiva, dejó constancia de su escasa afición a la política, en la que entró por
motivos de lealtad filial, pero ya dijo Juan Bautista Vico, que el hombre acaba
por hacer lo contrario de lo que se propone y, si no lo contrario, algo muy
distinto, y una vez dado aquel primer paso que creía transitorio, la política lo
arrastró en un torbellino del que sólo la muerte lo pudo liberar. Y es que en
aquel «cerebro privilegiado», como dijo Unamuno, había muchas luces, eclipsadas
por la gran llamarada de la lucha política. De su maestro Ortega decía Corpus
Barga que había querido ser muchas cosas; algo de eso le pasaba a José Antonio,
que, si hemos de juzgar por muchos de los escritos que se exhuman ahora y otros
que más o menos se conocían, quiso ser novelista, dramaturgo, poeta, diplomático
y tratadista jurídico. La política, ya digo, cegó con sus fuegos muchos de esos
anhelos, pero no deja de ser prodigioso que habiendo muerto tan joven hubiera
dejado tanto empezado y sin acabar.
Tanto en su correspondencia como en sus escritos jurídicos, que es lo único
que no tiene carácter fragmentario, hay ideas y juicios de gran envergadura.
Cierto que muchas de esas ideas las desarrollaría en artículos y discursos, y
hay una en particular de gran importancia en la que establece la diferencia que
existe entre la forma y el contenido de la ley. La ley era para Santo Tomás la
ordenación de la razón al bien común por aquél que tiene a su cargo el cuidado
de la comunidad; para Rousseau en cambio era la expresión de la voluntad
general, es decir de la voluntad de la mayoría triunfante a la que se ha de
someter la minoría derrotada. Para éstos, es decir, los demócratas, lo
importante de la ley no es la ley en sí, sino el procedimiento por el que se
promulga; para los otros, desde los tomistas a positivistas como Ihering, lo
importante de la ley es el bien de la comunidad, que raras veces se reduce a los
voceros de la «voluntad general». Huelga decir de qué lado se inclinaba José
Antonio. El sueño de Rousseau fue como el del aguafuerte de Goya, un sueño que
produce monstruos, y de esa teratología onírica no se libran los regímenes del
color que sea que dan la espalda al derecho natural y a los valores humanos, que
son los de la persona, distintos muchas veces y aun opuestos a los derechos «del
hombre», también llamados en su día «del ciudadano». Un ejemplo, aplicable tanto
a regímenes totalitarios como parlamentarios, es aquél de que el derecho al
aborto puede ser un derecho humano que choca con un derecho natural por
excelencia: el derecho a nacer.
Actualidad de su pensamiento
Al conmemorarse el centenario de José Antonio, yo hablé en público de la
actualidad de su pensamiento, es decir, de la crítica que le merecía una
coyuntura política en la que el sistema actual ha vuelto a sumir a nuestra
patria, y esas críticas ante la degeneración republicana eran tan válidas como
las de los hombres del 98, otros fantasmas incómodos para la situación actual,
ante la decadencia de la Restauración. En esta coyuntura se disputan el poder
dos facciones vueltas al pasado: una, a los «años bobos» (que dijo Galdós) del
«zurcido canovista» (que decía Laín); otra, a los años lilas del desgarrón
republicano. Ambas facciones tienen que habérselas con un tercero en discordia,
auténtica bisagra del sistema, que es el separatismo. Para hacer aceptable a
este último en sociedad democrática, la clase política lo denomina con el
eufemismo de «independentismo» aun cuando muestre los colmillos, pero cuando
saca las garras, lo llama «terrorismo».
Llamamos terrorismo a la violencia cuando la ejercen nuestros enemigos, pero
cuando la ejercen nuestros amigos lo llamamos protesta armada, resistencia,
lucha callejera, guerra de partidas o simplemente guerrilla. La guerrilla, la
guerra de guerrillas, es un invento español del que no estoy muy seguro del que
debamos estar muy orgullosos, por mucho que naciera al calor del alzamiento
nacional contra Napoleón, y es que la guerrilla es la guerra del débil y del
cobarde, del que carece de fuerzas para hacer la guerra y recurre a la
emboscada, a la sorpresa, al puro y simple bandolerismo. Esa guerrilla siempre
ha gozado de buena prensa y buen cine, desde la segunda guerra mundial a las
guerras descolonizadoras y revolucionarias de Argelia, Indochina y demás. Yo no
veo la diferencia entre los actos de piratería antiespañola o de sabotaje
antialemán que nos contaba Hollywood o las proezas de argelinos y vietnamitas, y
lo que ahora pasa en Kabul, en Jerusalén, en Bagdad o en cualquier lugar de
España cuando la llamada «izquierda abertzale» decide pasar a la acción. De
todos modos, por mucho que la democracia llame terrorismo a estas acciones, lo
que más castiga no es la violencia en sí, sino la reacción ante la violencia, y
me remito al Cono Sur del continente americano. Por otra parte, los demócratas
no distinguen entre «terrorismo» y «fascismo», de suerte que califican sin
inmutarse de fascistas a los que ejercen la violencia en nombre precisamente del
antifascismo, del mismo modo que llaman «terrorismo» a lo que cuando les
conviene llaman «resistencia».
Fascismo y socialismo
Nadie mejor que José Antonio nos puede aclarar las ideas a este respecto, y
pie para ello le dio tanto un liberal como Juan Ignacio Luca de Tena como un
socialista como Indalecio Prieto. José Antonio le escribe a Luca de Tena en
marzo de 1933: «El fascismo no es una táctica –la violencia–. Es una idea –la
unidad–. Frente al marxismo, que afirma como dogma la lucha de clases, y frente
al liberalismo, que sostiene como mecánica la lucha de partidos, el fascismo
sostiene que hay algo sobre los partidos y sobre las clases, algo de naturaleza
permanente, trascendente, suprema: la unidad histórica llamada Patria». A Prieto
se dirige en un discurso parlamentario de julio de 1934: «…la gente, poco
propicia a hacer distinciones delicadas, nos echa encima todos los atributos del
fascismo, sin ver que nosotros sólo hemos asumido del fascismo aquellas esencias
de valor permanente que también habéis asumido vosotros, los que llaman los
hombres del bienio; porque lo que caracteriza al período de vuestro Gobierno es
que, en vez de tomar la actitud liberal bobalicona de que al Estado le da todo
lo mismo, de que el Estado puede estar con los brazos cruzados en todos los
momentos a ver cuál trepa mejor a la cucaña y se lleva el premio contra el
Estado mismo; vosotros tenéis un sentido del Estado que imponéis enérgicamente.
Ese sentido del Estado, ese sentido de creer que el Estado tiene algo que hacer
y algo que creer, es lo que tiene de contenido permanente el fascismo, y eso
puede muy bien desligarse de todos los alifafes, de todos los accidentes y de
todas las galanuras del fascismo, en el cual hay unos que me gustan y otros que
no me gustan nada».
A primera vista, cabría pensar que fascismo y socialismo son intercambiables,
pero no es así, pues aunque tuvieran en común el sentido del Estado, los
enfrentaba la idea de la Patria, sobre todo en unos tiempos de predominio de las
Internacionales. Y esa idea de la Patria como unidad histórica era una idea que
José Antonio tenía muy clara y que definió en más de una ocasión, una de ellas
en la carta citada al marqués de Luca de Tena en la que decía: «La Patria […] no
es meramente el territorio donde se despedazan –aunque sólo sea con las armas de
la injuria– varios partidos rivales ganosos todos del Poder. Ni el campo
indiferente en que se desarrolla la eterna pugna entre la burguesía, que trata
de explotar a un proletariado, y un proletariado, que trata de tiranizar a una
burguesía. Sino la unidad de todos al servicio de una misión histórica, de un
supremo destino común, que asigna a cada cual su tarea, sus derechos y sus
sacrificios».
Ahora que por desgracia contemplamos los estragos que hace en nuestra Patria
el desarrollo «sin traumas» del «espíritu de la Transición», desde la pachanga
de las autonomías hasta el vilipendio de lo más sagrado y la exaltación de lo
más abyecto, nadie que conserve un adarme de decoro puede dudar del acierto con
que describe José Antonio al Estado liberal: «El Estado liberal no cree en nada,
ni siquiera en sí propio. Asiste con los brazos cruzados a todo género de
experimentos, incluso a los encaminados a la destrucción del Estado mismo. Le
basta con que todo se desarrolle según ciertos trámites reglamentarios. Por
ejemplo, para un criterio liberal, puede predicarse la inmoralidad, el
antipatriotismo, la rebelión […]. Un Estado para el que nada es verdad sólo
erige en absoluta, indiscutible verdad, esa posición de duda. Hace dogma del
antidogma. De ahí que los liberales estén dispuestos a dejarse matar por
sostener que ninguna idea vale la pena de que los hombres se maten».
Pero José Antonio va más allá cuando dice: «Para encender una fe, no de
derecha (que en el fondo aspira a conservarlo todo, hasta lo injusto), ni de
izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo, hasta lo bueno), sino una
fe colectiva, integradora, nacional, ha nacido el fascismo». De hecho, una de
las interpretaciones negativas del fascismo propiamente dicho, que es el
italiano, consiste en decir que es el inveramento, la culminación de todo lo que
arrastraba el Risorgimento. El Risorgimento arrastraba toda la escoria del
romanticismo político, de la masonería liberal, pero también satisfizo el anhelo
de los italianos de tener un Estado y una Patria común.
Si esto es fascismo, y desde luego lo era según José Antonio, nuestra inane e
inculta clase política y periodística tributa un inmerecido homenaje a la
barbarie separatista, que lucha por romper una gran nación, cada vez que la
acusa de «fascista».
No quisiera yo, sin embargo, incurrir en la simplificación de despachar a
José Antonio con la etiqueta de «fascista», pues haría en primer lugar un flaco
servicio a los recopiladores de estas Obras Completas, que han querido
en lo posible abstraer al hombre de su circunstancia. Pero esta circunstancia
pesa demasiado en el debe o el haber, según se mire, de una vida tan breve y en
la que quedaron truncadas muchas ambiciones y muchos propósitos suyos que muy
poco tenían que ver con la vida política. Si es cierto, como decía su amigo
Ridruejo, que la Falange empezaba y terminaba en él, hay que concluir que la
Falange tuvo poco de fascista o bien que lo que de tal tuviera empezaba y
acababa en José Antonio. El hecho es que la muerte fue su supremo acto de
servicio, pues suministró al régimen que sobrevino una retórica, una dialéctica
y una doctrina social. Todo esto se esfumó también con el tramonto de ese
régimen, pero lo que no pudo ni podrá disiparse es la lección moral, la agudeza
crítica, la pasión histórica, la voluntad de estilo, el ejemplo humano de que
estos escritos incompletos son testimonio fehaciente
*
Aquilino Duque es escritor. Palabras pronunciadas en la presentación de
las Obras Completas de José Antonio en Sevilla.
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Altar Mayor - Nº 116 (06) |
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Wednesday, 26 September a las 12:29:18 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
TESTIMONIOS SOBRE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
José Mª García de Tuñón Aza
Cuando hace algún tiempo me puse ante el televisor para ver por Telemadrid el
espacio cultural Las Noches Blancas, dirigido por Sánchez Dragó y, en
esta ocasión, dedicado a José Antonio Primo de Rivera
[1], en el 70
aniversario de su fusilamiento, quedó en mi retina, por encima de todas las
demás, la intervención de mi buen amigo José Antonio Martín Otín, autor de uno
de los mejores libros que he leído sobre el fundador de Falange, titulado El
hombre al que Kipling dijo sí. Recuerdo que Martín Otín mencionó una serie
de nombres de aquella Segunda República que, en diversos escritos o alocuciones,
dejaron patente su respeto por el que había sido su oponente político, José
Antonio Primo de Rivera; al revés ahora de muchos políticos y demás ralea que no
lo conocieron ni trataron, y que, sin embargo, se permiten encasillarlo como
simple «fascista», porque sus conocimientos no les da para más. Recuerdo también
que, una vez finalizado el programa, me puse en contacto con Martín Otín y
después de felicitarle por su intervención, le dije: «A la lista que diste de
gente que han hablado bien de José Antonio, que no participaron en sus ideas
políticas, se podían añadir otros tantos, por lo menos». También podíamos añadir
hoy otros nombres que no vivieron aquellos años pero que, sin embargo, han
querido ver en el fundador de Falange algo positivo y no, como decía, de
tacharlo simplemente y porque sí, de “fascista”, sin tener en cuenta la opinión
de otras personas que lo conocieron, como Francisco Ayala, que dijo que para él
José Antonio “no era hombre de temperamento fascista”»
[2] . Pues
bien, dicho todo esto, en este escrito es lo que me propongo: recoger una serie
de testimonios de personas de afiliación izquierdista y de derechas que no
compartían ni comparten los postulados, en materia política, del fundador de
Falange, pero que han dejado patente que para ellos José Antonio nunca fue ese
hombre que hoy, 70 años después de su muerte, algunos dedicados a la política, a
la historia o al periodismo, nos quieren hacer ver falsificando su verdadero
talante político tan distinto. Un José Antonio que además, sin que tampoco le
quieran reconocer esta faceta, era culto y «conocedor de la historia de España»
[3], y
del que el académico republicano Salvador de Madariaga llegó a decir que «fue un
poeta» [4].
Uno de los que más lo recuerda es Indalecio Prieto, el socialista que además
de ver en él a «un hombre de corazón» le dedica varias páginas en el primer tomo
de Convulsiones de España, donde comienza recordando cuando en junio de
1934 el Congreso aprobó el suplicatorio del Tribunal Supremo para procesar a
José Antonio Primo de Rivera y al también socialista Juan Lozano, ambos por el
delito de tenencia ilícita de armas. En el salón de sesiones fue Prieto el que
se encargó de impugnar el dictamen referido defendiendo a los dos por igual: «Me
pareció que el rasero debía ser el mismo para amigos y adversarios y defendí con
igual vehemencia al fundador de Falange. Éste, terminada la votación, que le fue
favorable, atravesó los bancos de los diputados de la Ceda, dirigiendo duras
frases a quienes de éstos votaron en contra, y llegando a mi escaño me tendió la
mano y me dio las gracias muy conmovido»
[5]. Reproduce
varios párrafos de su testamento, hace referencia al proyectado Gobierno
nacional, al conocido discurso de Cuenca, y a otros escritos de José Antonio. En
una carta que escribe a su amigo Agustín Mora, le cuenta su intervención
decisiva para evitar que el fundador de Falange, su hermano y su cuñada, fuesen
matados, sin juicio previo.
«El presidente de la República, don Manuel Azaña, y el jefe del gobierno, don
José Giral, luchaban de modo inútil a fin de evitarlo. El gobernador se veía
impotente para complacerles. Sus esfuerzos eran nulos […]. Entonces, aunque yo
no formaba parte del Gobierno, se apeló a mí. Llamé por teléfono a Antonio
Cañizares, prestigioso líder proletario […] y le pedí que hiciese lo posible por
ahorrar a la República semejante bochorno. Cañizares, echando sobre los
componentes del comité toda la fuerza de su limpia historia política y sindical,
logró persuadirles que no debían interponerse en la acción de la justicia. Si no
la vida de José Antonio Primo de Rivera, ejecutado luego en cumplimiento de
fallo legal, se salvó la de su hermano Miguel y la de su cuñada Margot»
[6]. Y Prieto
termina preguntando: «¿Conocieron los falangistas aquella gestión mía»
[7]. Por
último, recuerda una afirmación filosófica en el sentido de que en todas las
ideas hay algo de verdad, cuando le vinieron a la memoria «los manuscritos que
José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no
hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las
coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias,
probablemente secundarias, a fin de apreciar si ésas valían la pena de
ventilarlas en el campo de batalla»
[8].
El que fue presidente del Gobierno en el exilio, Félix Gordón Ordás, cree que
fue posible lograr una cooperación de José Antonio
«con la República de izquierda si, con la acción y la retórica que amaba por
igual, se le hubiera sabido atraer a nuestro régimen, pues yo no he olvidado que
delante de mí le dijo un día a don Indalecio Prieto, por quien sentía afecto y
admiración, que él se inscribiría en el partido socialista si éste se declaraba
nacional. El nacionalismo exacerbado de aquel muchacho inteligente, reflexivo y
audaz, a pesar de su aparente frivolidad señoritil, y su fiero antimonarquismo,
engendrado por la ingratitud de Alfonso XIII para el general don Miguel, se
habrían podido atraer y aprovechar si en los momentos en que la República era
todavía una gran ilusión nacional hubiese habido alguien con perspicacia y
autoridad suficientes para haber comprendido lo que en su cerebro encerraba José
Antonio de positivo y la utilidad que de ello podía haber obtenido el nuevo
régimen, necesitado de todas las cooperaciones españolistas inquietas por el
porvenir para afianzarse, sin grandes resistencias, en el alma de todos los
españoles progresivos
[9].
Años después, el abogado Francisco Pérez Verdú que como tal siguió ejerciendo
en Valencia cuando Valencia fue capital de España durante la Guerra Civil,
recuerda el episodio de Prieto y su oposición al procesamiento de José Antonio,
al mismo tiempo que se hace estas preguntas:
¿Qué sucedería si en las actuales Cortes se debatiera un fenómeno semejante,
para decidir sobre el suplicatorio de un único diputado ultra derechista, como
ahora se llamaría a Primo de Rivera? ¿Saldría del seno de la minoría socialista
una voz tan noble y tan templada como la del señor Prieto? ¿Votarían las
derechas actuales el procesamiento?»
[10]. Es
difícil contestar a esta pregunta, pero es casi seguro que hunos y
hotros, que diría Unamuno, votarían por el procesamiento olvidando lo que
muchos han reconocido como un sacerdote vasco, encarcelado durante la guerra y
después exiliado, que escribió: «José Antonio, poco inclinado por temperamento a
hacer correr sangre. Tenía, además, el jefe de Falange la debilidad de admirar a
los hombres de izquierda, especialmente a Azaña y a Prieto. Tanto que cuando en
las cortes pronunciaba un discurso del que personalmente quedaba satisfecho,
preguntaba a Paco Eliseda, amigo y también diputado: ¿Te has fijado si le ha
gustado a Azaña?»
[11].
Otro socialista, Julián Zugazagoitia, periodista y político bilbaino,
director de El Socialista de Madrid, diputado a Cortes, ministro de
Gobernación en el primer gabinete presidido por Juan Negrín y, tras su cese,
secretario general del Ministerio de Defensa. Al finalizar la guerra se refugió
en Francia, donde fue detenido por la Gestapo alemana y conducido a España para
ser entregado a las autoridades franquistas. Juzgado en Madrid por un consejo de
guerra en 1940 fue condenado a muerte y ejecutado. Zugazagoita, que dejó escrito
uno de los testimonios más valiosos sobre la Guerra Civil, cita varias veces a
José Antonio Primo de Rivera y reproduce íntegro su testamento. Antes,
escribe: «Es ahora cuando se puede medir la torpeza en que se incurrió al
consentir el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, cuya muerte no ha
sido oficialmente publicada por sus camaradas. Es el Ausente, adjetivo
que expresa una duda esperanzada. Esperanza condenada a rápida extinción. Primo
de Rivera acabó sus días el 19 (sic) de noviembre de 1936. Su
testamento tiene fecha anterior. Es un documento sobrio y sereno, que no carece
de sincera emoción. Aquella que le da el trance en que ha sido escrito. Juzgue
el lector de la parte humana y política»
[12]. A
continuación reproduce el testamento, y más adelante recoge la escena
que relató su hermano Miguel.
¿Por qué vais a querer que yo muera?
Los milicianos le escuchaban en silencio –escribe Zugazagoitia–. Las palabras
del reo se les meten dentro y se miran unos a otros. Tratando de resolver una
incertidumbre. ¿Se habrán equivocado los jueces? ¿Y si se han equivocado, pueden
ellos reparar un error negándose a cumplir lo que les está ordenado? El silencio
persiste. Primo de Rivera, con la acuidad de la muerte, lee en la conciencia de
los milicianos e insiste, calentando sus palabras, en una acción catequista que
es toda su esperanza de seguir viviendo. ¿Quién sabe, piensa, cómo lo ha
dispuesto el Señor? Ya su vida está contada por minutos, pero con un solo
segundo es suficiente para salvarla. ¿Cuántas resoluciones, humanas o crueles,
caben en tan pequeña medida de tiempo? En principio fue el verbo… Busca en las
palabras entrañables aquella que puede ir derecha, certera, como una saeta, al
corazón de sus verdugos […]. Todo está dicho. El reo no tiene qué esperar. La
ley de obediencia se ha interpuesto entre el verbo del reo y el corazón de los
verdugos. Uno y otros tienen que llegar hasta el fin. No son enemigos. Son
personajes de un drama inmenso, protagonistas que lo sufren. Si la ley de
obediencia no se impusiera, se reconciliarían fácilmente; pero se frustraría la
tragedia» [13].
Juan-Simeón Vidarte estudió Derecho en la Universidad Central de Madrid, como
alumno de la Residencia de Estudiantes (Institución Libre de Enseñanza). En
1920, con 18 años, ingresa en las Juventudes Socialistas, más tarde en el
Partido Socialista y en la francmasonería en 1923. Fue diputado a Cortes y
secretario de las mismas. Fiscal del Tribunal de Cuentas y ayudante de la
cátedra de Derecho Penal de la Universidad Central. Ejerció la abogacía y, en
más de una ocasión, se encontró con «José Antonio como defensor. Y también nos
veíamos en los casos contrarios, cuando yo actuaba de defensor y él de acusador
privado» [14].
El trato profesional les permitía cambiar impresiones, pero generalmente
hablaban de política. Un día Vidarte preguntó a José Antonio si la Falange se
aliaría con los monárquicos para luchar por la restauración. Le contestó que él
era republicano y sólo guardaba malos recuerdos de quien, injustamente, dejó
caer o hizo caer a su padre, sin estimar sus servicios y sus muchos méritos, y
después no permitió que el pueblo rindiera homenaje al cadáver, cuando le
trajeron de París.
Además –prosiguió José Antonio–, don Alfonso me hirió una vez tan
profundamente, que nunca podré perdonarle. Fue el día en que Abd-el Krim se
entregó al ejército francés. Yo estaba en su despacho cuando él recibió un
telegrama con la noticia. Nos la comunicó a todos los allí presentes y luego, en
son de burla, me dijo a mí: Qué suerte tiene el cochino de tu padre. Y
es por esto, aunque las chulerías fuesen en él habituales, por lo que no puedo
perdonarle [15].
Y Vidarte escribe:
Creo sinceramente que José Antonio no tenía respeto ni consideración alguna
por el monarca destronado. Recuerdo que en una intervención parlamentaria, en
los primeros días de agosto (sic), después de elogiar las obras
realizadas durante los años de dictadura, elogios que no nos pudieron extrañar
en un hijo tan devoto de la memoria de su padre, y echar la culpa del fracaso de
éste a los intelectuales que lejos de ayudarle le volvieron la espalda,
pronunció las palabras siguientes
[16].
Aquí Vidarte recoge, entre otras, las pronunciadas por José Antonio en el
Parlamento el 6 de junio
[17] de
1934 y que decían:
El día en que el Partido Socialista asumiera un destino nacional, como el día
en que la República que quiere ser nacional, recogiera el contenido socialista,
ese día no tendríamos que salir de nuestras casas y levantar el brazo ni
exponernos a que nos apedreen y, lo que es más grave, a que nos entiendan mal;
el día en que eso sucediera, el día en que España recobrara la misión de estas
dos cosas juntas, podéis creer que la mayoría de nosotros nos reintegraríamos
pacíficamente a nuestras vocaciones.
Al parecer:
Sorprendió mucho a las derechas esta apelación de José Antonio a los
socialistas. Realmente su posición, difícil y ambigua –sigue diciendo Vidarte–,
no había cristalizado en un programa definido. Lo seguían personas de formación
y creencias muy heterogéneas. Su amigo de más confianza, el marqués de Eliseda
[18],
monárquico y fanático religioso, no aceptaba el criterio, a veces tolerante y
liberal, que él exponía en sus contradictorios discursos. Sí, estaba rodeado de
aristócratas y de jóvenes que carecían de formación intelectual y política. Los
militares del grupo que dirigían Ansaldo y Ruiz de Alda eran monárquicos, y los
pocos obreros que habían logrado encuadrar Hedilla en Santander y Onésimo
Redondo en Valladolid, como los que pudieron reclutar en el resto de España,
eran de origen anarquista. No son, pues, de extrañar sus vacilaciones acerca de
alianzas circunstanciales con otros partidos o al expresar su ideario
[19].
El que fue llamado Lenin español, Francisco Largo Caballero,
político y dirigente obrero, que siendo muy joven ingresó en la UGT y en el
PSOE, de cuyas organizaciones llegaría a ser uno de sus más cualificados
representantes, que colaboró con la dictadura de Primo de Rivera como consejero
de Estado, y que más tarde sería uno de los máximos responsables de la
Revolución de Asturias, siendo por ello procesado y reducido a prisión donde al
parecer leyó por primera vez a Carlos Marx. Antes de las elecciones de febrero
de 1936, se lanzó con toda vehemencia a predicar la revolución, amenazando a sus
adversarios políticos con sacar sus huestes a la calle y a la lucha armada si no
conseguía votos suficientes. En septiembre de 1936 accedió a presidir un
gabinete en el que, además de la jefatura, se reservó la cartera de Guerra,
hasta que a mediados de 1937 se vio obligado a presentar la dimisión siendo
sustituido por el filo comunista Juan Negrín. Sobre José Antonio dejó escrito lo
siguiente:
Alguien hizo circular la especie de que se había propuesto el canje de mi
hijo por el jefe falangista Primo de Rivera; que el general Queipo de Llano lo
había rechazado y que por esta causa se fusiló en nuestra zona a Primo de
Rivera. La especie era absolutamente falsa. El fusilamiento de Primo de Rivera
fue motivo de profundo disgusto para mí, y creo que para todos los ministros del
gabinete. Como en todos los casos de condena a muerte por los Consejos de Guerra
–y Primo de Rivera fue sometido y juzgado por uno de estos Consejos– la
sentencia pasó al Consejo Supremo; éste la confirmó, y cumplido este trámite
debería pasar al Consejo de Ministros para ser o no aprobada, costumbre
establecida por mi Gobierno. Estábamos en sesión con el expediente sobre la
mesa, cuando se recibió un telegrama comunicando haber sido fusilado Primo de
Rivera en Alicante. El Consejo no quiso tratar una cosa ya ejecutada, y yo me
negué a firmar el enterado para no legalizar un hecho realizado a falta de un
trámite impuesto por mí a fin de evitar fusilamientos ejecutados por la pasión
política. En Alicante sospechaban que el Consejo le conmutaría la pena. Acaso
hubiera sido así, pero no hubo lugar. Esta es la estricta verdad respecto a este
episodio, tan lamentable y que tan malas consecuencias ha tenido»
[20].
Sin embargo, a la buena voluntad, incluso arrepentimiento, que parecen
expresar las palabras de Largo Caballero por «este episodio tan lamentable»,
tenemos que recoger lo que sobre el particular dejó escrito otro hombre que
estuvo presente en aquel Consejo. El anarcosindicalista Juan García Oliver,
ministro de Justicia, escribió:
«Cuando llegó a la consideración del Consejo de ministros la causa de José
Antonio Primo de Rivera y la pena de muerte que le impuso el Tribunal popular de
Alicante, como de costumbre, Largo Caballero, con la gravedad del caso, nos
dijo: Queden ustedes enterados. Si hay alguna objeción, háganla ahora.
Se produjo un silencio de plomo. –Entonces damos el enterado– concluyó
Largo Caballero
[21].
Teodomiro Menéndez, diputado socialista y uno de los responsables de la
Revolución de Asturias, decía en una ocasión:
José Antonio y yo nos sentábamos juntos en la Cámara y pronto nos hicimos
amigos. Comentábamos los debates del día, hablábamos de cualquier cosa. Recuerdo
que siempre me decía: Teodomiro, si no fuese por sus ideas religiosas, qué
cerca estaríamos usted y yo en política. En el fondo todos queremos lo mismo.
Y era cierto
[22].
Sobre este mismo personaje, el doctor Francisco Vega Díaz
[23]
escribió más tarde:
Durante la estancia de Teodomiro Menéndez en el Penal del Dueso
[24] hubo
dos personas cuyo noble comportamiento Menéndez no olvidó: José Antonio Primo de
Rivera, que le envió una caja de botellas de Jerez en Navidad con una carta
emocionante, y el P. Gafo
[25], que
le hizo dos o tres remesas de libros y le mandó un cesto de manzanas de su
pueblo. Menéndez, aunque ya no conservaba las cartas, porque todo se lo quitaron
después de la contienda hispana, recordaba esos datos con detalle y comentaba
con cariñosa ironía algunas frases de la correspondencia de ambos, que
contrastaba con el silencio de casi todos sus correligionarios
[26].
El que fue ministro de Justicia en el Gobierno de Juan Negrín, Mariano Ansó,
en su libro Yo fui ministro de Negrín, hace una cita de José Antonio
Primo de Rivera, apenas conocida, y que, sin embargo, tiene interés histórico
para los estudiosos del fundador de Falange. Escribe que cierto día encontró a
Juan Negrín muy preocupado cuando los dos paseaban:
Anduvimos bastante tiempo antes de que el silencio se rompiese. Fui yo
quien le interpeló, seguro de que pasaba algo grave y anormal:
–¿Qué? ¿Malas noticias de la guerra?
–¡Peor! –me contestó desabridamente: De nuevo se hizo el silencio, y esta
vez fue él quien lo rompió–: Tengo necesidad de hablarle de algo que me
angustia, pero necesito su promesa de silencio absoluto sobre lo que le voy a
decir. ¡Han fusilado a José Antonio Primo de Rivera!
Después, en medio de la oscuridad, los dos siguieron caminando despacio.
Apenas podían verse las caras, pero Ansó estaba seguro de que ambos estaban
perturbados por el crimen cometido en la persona del fundador de Falange. Juan
Negrín «prosiguió hablando aceleradamente, movido por un doble sentimiento de
pena y de indignación, por lo que consideraba un error de gobierno inexplicable»
[27].
Por otro lado, el comunista Santiago Álvarez, biógrafo de Negrín, escribe:
«Tampoco estuvo de acuerdo [Negrín] con el fusilamiento de J. Antonio Primo de
Rivera, preso en la cárcel de Alicante»
[28].
Podíamos añadir también el testimonio de otro de sus biógrafos, cuando dice:
Juan Negrín, Indalecio Prieto o Julián Besteiro podían haberse entendido
perfectamente con José Antonio Primo de Rivera, antes que con un Joaquín Maurín,
un García Oliver o con Andrés Nin. Las simpatías de Negrín y Prieto hacia José
Antonio eran innegables a pesar de que no compartían su ideario, pero sí el amor
a España por encima de toda contingencia política
[29].
Este mismo biógrafo, también de Buenaventura Durruti, escribe en otra ocasión
sobre los contactos habidos entre José Antonio y Ángel Pestaña recogiendo cuando
el primero se lamentaba
…de que los obreros no afiliados al naciente movimiento falangista, se
resistieran a seguirle en sus propósitos de justicia social, actitud que le
dolía al jefe de la Falange, pues aspiraba a arrastrar tras de sí, algún día, a
las grandes masas obreras, y le preguntó a Pestaña los motivos, a lo que el
dirigente de los Treinta, respondió, suavizando en lo posible las
palabras: Porque los obreros ven en ti a un señorito y no a uno de ellos»
[30].
(A continuación el biógrafo reproduce algunos párrafos del discurso que José
Antonio pronunció en el Frontón Betis de Sevilla el 22 de diciembre de 1935).
El anarquista Diego Abad de Santillán se hace eco también de esa fallida
relación política entre Pestaña y Primo de Rivera:
…pudo haber y no lo hubo, un diálogo del anarquismo y del falangismo en su
primera hora. Pero consciente de los vínculos ideológicos entre sus aspiraciones
y las del sindicalismo libertario español, Primo de Rivera tuvo entrevistas con
Ángel Pestaña pocas semanas después de la fundación de Falange, en el curso de
una visita a Barcelona, y no pudo establecerse ningún acuerdo, en parte por la
distancia que había entre uno que había nacido en cuna pobre y se había
desarrollado en el trabajo constante, y el que había nacido en cuna dorada y no
había tenido ningún inconveniente en su carrera por la vida, con el pan de cada
día seguro. Se hicieron otros intentos de acercamiento a través de Ruiz de Alda
y de Luys Santa Marina, pero Pestaña no tuvo confianza en la posibilidad de una
cooperación con ese sector nuevo y juvenil de la vida políticasocial española
[31].
Pero no es la única vez que Abad de Santillán cita a José Antonio. Lo hace en
otro momento de forma amplia y que reproducimos en toda su extensión dado el
interés que nos merece el texto:
A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco
espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en
busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936
diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la Policía de
la República no había descubierto cuál era nuestra función en la FAI, lo supo
Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange Española. No
hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros,
ninguna clase de relaciones. Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a
la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su
pensamiento, asegurándonos que podía ser base para una acción conjunta a favor
de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fue condenado a muerte y
ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que este
hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las
relaciones tirantes que manteníamos con el Gobierno central, pero hemos pensado
entonces y seguimos pensando que fue un error de parte de la República el
fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas
como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los
que reivindican a España y sostienen lo español, aun desde los campos opuestos,
elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas.
¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros
hubiese sido tácitamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!
[32].
Y sin salirnos de lo que algunos anarquistas hicieron para salvar la vida a
José Antonio, la biógrafa de la emblemática Federica Montseny que fue ministra
de Sanidad y Asistencia Social en los gobiernos de Largo Caballero, Antonina
Rodrigo, dice que los ministros anarquistas se opusieron al fusilamiento de José
Antonio [33].
Quien llegó a organizar la Juventud Comunista de Alicante y que más tarde
llegaría a intervenir como fiscal en la misma ciudad, José María Sánchez
Bohórques, aunque no llegó a intervenir en la causa contra José Antonio, y al
que le reconoce «su indiscutible inteligencia» y habilidad que hicieron
prodigios para conseguir «si no la simpatía al menos una cierta condescendencia
de sus carceleros» y que reconocía también «su ejecución precipitada» y «su
preocupación, e incluso sufrimiento» que parecía aumentar a medida que la guerra
se prolongaba y que a diferencia de su hermano Miguel que parecía tratar siempre
a sus carceleros como un señorito, José Antonio «sin llamarles
camaradas (designación habitual tanto entre comunistas como entre
falangistas) o compañeros (designación corriente entre cenetistas o
anarquistas) les había hablado siempre de una manera afable y dándoles la
impresión de tratarles de igual a igual»
[34]. Años
después, la revista falangista Nosotros recogía, por mediación de uno
de su colaboradores, las palabras que en su residencia de París había
pronunciado Sánchez Bohórques refiriéndose a José Antonio: «Nosotros hemos
reconocido haber sido injustos, mejor dicho, fueron los demás injustos con él,
porque no se merecía lo que pasó»
[35].
El que en política ostentó los cargos de diputado, embajador, ministro de
Estado y presidente del Gobierno Republicano en el exilio, el historiador
Claudio Sánchez-Albornoz, recuerda a José Antonio cuando éste pronunció un
discurso en las Cortes de la República sobre la Reforma Agraria. Al terminar y
al volver a su escaño, Sánchez-Albornoz, que se encontraba sentado en un escaño
vecino al de José Antonio, le dice a éste:
Si continúa por el camino en que le he visto avanzar esta tarde va a
desilusionar a las derechas españolas que le siguen. Albornoz –me
replica– lo sé y hasta he podido comprobarlo. Desde que he girado hacia la
izquierda me han suprimido la subvención con que antes me favorecían mis
camaradas. Doy fe de la autenticidad de este diálogo y de estas palabras de
José Antonio
[36].
El andaluz y Gran Maestro Supremo del Gran Oriente Español Diego Martínez
Barrio, que ostentó la jefatura del Gobierno para llevar a cabo las elecciones
de 1933, que presidió las Cortes de la II República, que se hizo cargo
interinamente de la Presidencia de la República y que terminaría siendo nombrado
presidente de la República en el exilio en 1939 y 1945, reprodujo en sus
memorias una carta que el 28 de junio de 1936 José Antonio escribe a su
amigo Miguel Maura, que había sido ministro de Gobernación en el Gobierno
Provisional, donde aquél «poeta que llevaba dentro»
[37] (en
palabras de Miguel Maura sobre José Antonio) termina diciéndole: «Pero ya verás:
ya verás cómo la terrible incultura, o mejor aún, la pereza mental de nuestro
pueblo (en todas su capas) acaba por darnos o un ensayo de bolchevismo cruel y
sucio o una representación flatulenta de patriotería alicorta a cargo de algún
figurón de la derecha. Que Dios nos libre de lo uno y de lo otro»
[38]. Y,
por su parte, Maura, en su contestación, termina la misiva con estas palabras:
«Conozco bien tu patriotismo, tu desinterés y tu valía y sé, porque las he
pasado, todas las amarguras que sufres»
[39]. En
una conferencia que Martínez Barrio pronunció en el Centro Español de México el
23 de abril de 1941, se refirió ampliamente a José Antonio y a un escrito que
éste le había dirigido cuando estaba preso en Alicante:
«Una tarde llevaron al Gobierno civil una carta dirigida a mi nombre. La
firmaba el organizador e iniciador de la Falange Española, José Antonio Primo de
Rivera. José Antonio Primo de Rivera estaba por aquel tiempo, preso en la cárcel
de Alicante. Esta carta decía lo que voy a leer, y que en el primer momento me
produjo perplejidad:
Alicante, 9 de agosto de 1936
Excmo Sr. Don Diego Martínez Barrio
Presidente de las Cortes
Respetado señor Presidente:
Después de una detenida deliberación en conciencia y con la mira en el
servicio de la España de todos, tan gravemente amenazada en los presentes días,
me decido a solicitar una audiencia de usted. No sería difícil llevarla a cabo;
podría trasladárseme una noche al Gobierno civil, como si fuera a ser
interrogado por el gobernador y allí ser recibido por usted sin que se enterase
nadie. La audiencia podría quizás ser útil y en ningún caso sería perjudicial.
De todas maneras usted será quien decida; yo creo que he cumplido con mi deber
al escribirle estos renglones.
Le da las gracias anticipadas por la atención que le preste, su
respetuoso s.s. y amigo q.e.s.m.
José Antonio Primo de Rivera
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Altar Mayor - Nº 116 (07) |
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Wednesday, 26 September a las 12:19:19 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
LA FAMILIA: PADRES E HIJOS EN LA ESPAÑA ACTUAL (y 2)
Isaías Díez del Río, OSA
*
5. FAMILIA Y JUVENTUD
Y ¿qué papel han jugado en todo este proceso de cambio familiar las
generaciones jóvenes? El calificativo más adecuado es el de destacado y hasta
decisivo. Es cierto que el cambio en la juventud viene principalmente
determinado por los cambios estructurales de la economía, la política, la
cultura, la educación y la familia. Sin embargo, también la juventud es agente
activo del cambio social, no solamente porque los jóvenes son agentes
innovadores de los valores y las normas, sino también, y principalmente, porque
son los que primero sienten, asumen, encarnan y protagonizan los nuevos valores
y normas emergentes.
Dejando aparte la actual deserción socializadora de la familia, de la escuela
y de la Iglesia en los valores tradicionales, desde hace ya varias décadas la
juventud viene socializándose cada día más fuera del grupo familiar y más dentro
del grupo de iguales. Los jóvenes se han creado su propio universo, al margen
del mundo de los adultos. La importancia del «grupo de iguales» supera
actualmente a la familia en la función socializadora en no pocas dimensiones de
la personalidad. Esta progresiva suplantación de la familia por el grupo de
iguales arranca de la década de los setenta, como puede apreciarse de los datos
siguientes:
Frecuencia con que hablan los jóvenes con sus padres y amigos
de algunos problemas
(Instituto de la Juventud 1977)
| |
Padre % |
Madre % |
Amigos % |
| Actualidad política |
34 |
23 |
67 |
| Profesión, estudios |
54 |
59 |
72 |
| Sexo |
10 |
20 |
72 |
| Amigos/as |
30 |
47 |
77 |
| Empleo del tiempo libre |
26 |
39 |
79 |
| Religión |
14 |
20 |
31 |
Fuente: BARDÓN FERNÁNDEZ, E.: «Indicadores de la crisis
juvenil», en Revista de Juventud, nº l, 1980, p. 74.
Actualmente, los jóvenes se socializan entre sí desde la experimentación
grupal. Ellos «construyen sus propios esquemas y modelos de comprensión de la
realidad social en la que viven y con la que se hacen» (J. Elzo). Y los valores
que los amigos comparten y transmiten les son proporcionados por la «cultura
juvenil», esa cultura formada por los valores, normas y actitudes que encarnan y
promueven los propios jóvenes. A la cultura juvenil, a su vez, se los sirve «la
calle» y, fundamentalmente, «los medios de comunicación social». Los «medios» se
han convertido en los maestros decisivos de los jóvenes para las cosas de la
vida. Ellos «dan el ser» a las cosas, a las personas y a los acontecimientos ¿Y
qué valores transmiten hoy la «calle» y los «medios de comunicación social»?
Salvo contadas excepciones, valores innovadores o desviacionistas respecto de
los valores y modelos tradicionales. La televisión, por ejemplo, es hoy el
principal agente transmisor de «todo lo nuevo» en detrimento de «todo lo viejo»,
esto es, de «lo tradicional».
La juventud no sólo asume y promueve, sino también impulsa y potencia el
cambio social y familiar, al convertirse en modelo a imitar por los adultos,
fenómeno conocido como «juvenilización» de la sociedad. Nunca como ahora se han
impuesto, como imperativo categórico para todas las generaciones, los valores
juveniles. Hoy «lo joven» es la expresión de «lo nuevo», de «lo válido». No
resulta difícil de entender, por otra parte, la centralidad de lo joven en una
sociedad posmoderna, consumista y hedonista, como la nuestra, en la que el
«principio de convicción» ha sido sustituido por el «principio de seducción» en
todas las dimensiones y manifestaciones de la vida.
Como afirma Finkielkraut, la juventud se ha convertido en un imperativo
categórico para todas las generaciones, pues el «proceso de conversión al
hedonismo del consumo emprendido por las sociedades industriales occidentales
culmina hoy con la idolatría de los valores juveniles»
[26]. Se da
hoy, de esta forma, el fenómeno nuevo y desconcertante de que, así como hasta
épocas recientes el adulto representaba el horizonte identitario del joven, en
la actualidad es el adulto el que está erigiendo el «ser-joven» en modelo propio
de identidad. Así sucede que, según el sondeo del Instituto de la Juventud (INJUVE)
realizado a la juventud en el 2004, cuatro de cada diez jóvenes (41%) declara no
tener personas en su entorno cercano o social a quien imitar o parecerse.
Quienes declaran tener referentes de vida (58%) siguen mirando hacia la familia,
concretamente a la figura del padre.
La revaloración de lo joven se refuerza por el auge e impacto que en esta
sociedad –la sociedad adulta– tienen los medios de comunicación social. Los
actuales medios de comunicación social, que son los lugares donde hoy se crean y
se transmiten los nuevos valores sociales, llevan todos un marcado marchamo de
referencia juvenil. Tanto sus mensajes y mensajeros, como sus modelos, están
reemplazando en la actualidad a los héroes de la mitología y a los santos de la
religión. Son, por ello, la nueva escuela que no sólo conforma la mentalidad de
las nuevas generaciones, sino también marca las pautas del comportamiento
social.
La juventud por ley de vida se convierte en generación portadora y, por
consiguiente –llegado el momento de convertirse estos jóvenes en progenitores–,
también transmisora del cambio que ella encarna a las generaciones que le
siguen. Esto hace que –como ya ha sido aquí anteriormente indicado– las
generaciones vayan constantemente acercándose en simpatía ideológica y
normativa, aumentando, de ese modo, la armonía familiar. Este es un fenómeno ya
constatado y analizado en los estudios más recientes sobre la juventud. Así, se
ha escrito: «se produce un singular fenómeno entre jóvenes y mayores al juzgar
el grado de coincidencia normativa. Aumentan ininterrumpidamente las actitudes
que se comparten con los padres: actitudes sociales; normas morales; actitudes
hacia la religión; opiniones políticas y actitudes sexuales. En todos los casos
los jóvenes muestran, en 1994, mayor grado de acuerdo que durante la década de
los ochenta» [27].
Datos estadísticos posteriores confirman esa tendencia hacia la «convergencia
intergeneracional en cosmovisiones, cultura y valores»
[28], que no
ocurría en épocas anteriores. Esta convergencia intergeneracional no quiere
decir que lo sea en «cosmovisiones, cultura y valores» tradicionales, sino, más
bien, coincidencia en ideas progresistas caracterizadas por el signo de la
novedad.
Aunque existen distintas tipologías o modelos de jóvenes, siempre hay un
perfil generacional que recoge los rasgos más significativos que definen a cada
generación. A sabiendas de que van a ser reiterados no pocos de los datos que, a
lo largo de este discurso, ya han sido o serán aquí utilizados, vamos a ofrecer
seguidamente una visión global de los rasgos más relevantes de la última
generación de jóvenes sobre el tema que nos ocupa.
A juzgar por los datos del estudio Jóvenes españoles 2005 de la
Fundación Santa María, los jóvenes españoles se van perfilando como una
generación cada día más descreída, tolerante, laxista y permisiva. En la última
década se ha acelerado de forma sorprendente el descenso de la creencia y del
grado de confianza en la Iglesia. De un 77% de los jóvenes que hace 10 años se
autocalificaban de católicos, hoy no superan el 50%. La Iglesia es la
institución que más desconfianza suscita entre ellos. La familia, sin embargo,
sigue manteniéndose como la institución más valorada por la mayoría de los
jóvenes. Pero las pautas siguen cambiando. Estos jóvenes se muestran muy
abiertos, tolerantes y permisivos con otros modelos de familia, que, a su
juicio, resultan igual de válidos que el modelo tradicional, aceptando, en
consecuencia, mayoritariamente como familia auténtica cualquier tipo de unión o
agrupamiento entre hombre y mujer. En general, la forma elegida mayoritariamente
por los jóvenes (57%) es el casamiento, bien por la Iglesia (43%) o por lo civil
(22%) [29].
Vivir definitivamente en pareja, sin casarse, apenas convence (14%), aunque se
la considere, incluso entre los católicos, como forma transitoria y previa de
llegar al matrimonio (43%). Prácticamente nadie quiere quedarse soltero (1%).
Valoran el matrimonio, pero lo retardan, porque quieren formar una familia con
empleo estable y piso en propiedad; valoran los hijos, pero quieren tener muy
pocos (1,2 hijos por mujer) y en edad tardía. En general, se caracterizan por
ser más permisivos que sus coetáneos europeos en la justificación de los
comportamientos de carácter privado, como el divorcio, el aborto, la adopción
por parte de parejas homosexuales, las relaciones sexuales entre menores, etc.,
y más exigentes en comportamientos públicos como el terrorismo, el pago de
impuestos, la violencia doméstica y la pena de muerte.
Aunque sean datos que no se refieren al tema de nuestra reflexión, para no
dejar incompleto el cuadro, no pueden omitirse otros rasgos que, aunque de
distinto rango, contribuyen a completar el perfil de esta generación. Estos
jóvenes se autodefinen como «consumistas» (60%), «rebeldes» (54%), «presentistas»
(38%), «independientes» (34%), «egoístas» (31%), «con poco sentido del deber»
(27%). Entre los rasgos positivos que se atribuyen, aunque algunos en
porcentajes irrisorios, apuntan: «leales en la amistad», «solidarios»,
«tolerantes», «trabajadores», «maduros», «sacrificados». A diferencia de sus
predecesores, tienen una baja «autoestima» de sí mismos
[30], rasgo
que no parece compaginarse con el «alto grado» de optimismo y felicidad que
respiran los jóvenes del Informe Juventud en España 2004 (INJUVE, enero
2005). En todos los casos, el «ocio» y «tiempo libre» siguen siendo máximas
valoraciones vitales de estos jóvenes (92%). En el ocio buscan su realización
personal. Su concreción, la noche. De ahí el eslogan: «La noche es joven».
Aunque no se corresponda exactamente con la juventud de la «Encuesta 2005»,
no resistimos a la tentación de consignar aquí algunos de los rasgos con que
Eduardo Verdú describe el perfil de su generación, que es muy cercana y, por
tanto, no muy distinta de esta del 2005:
Para la actual generación joven sólo existe el presente (el hoy), sin
referencias hacia atrás (el ayer) ni hacia delante (el mañana) (p. 12). Su
consigna de vida es «no hay pasado, no hay futuro, disfrutemos, pues, del
presente». Bien entendido que «hoy es únicamente hoy, no es el día después de
ayer ni la víspera de mañana» (48). «Despojados de ideales de cara al futuro,
ajenos a las glorias del porvenir, vacunados contra los valores antiguos, nos
hemos hecho materialistas: buscamos el bienestar inmediato, tangible,
instantáneo e individual» (42). El «presentismo» nos hace más «individualistas»,
egoístas quizá (56). «Lo que de verdad cuenta es uno mismo» (125). «Somos
jóvenes individualistas que no deseamos sacrificarnos por nuestra generación,
nuestra patria o por Dios. Sólo creemos en la única y valiosa vida de que
disponemos. Todo por nosotros» (142). El relativismo moral, la tolerancia, y la
permisividad de esta juventud sobrepasa la media europea. «La individualidad y
el egocentrismo de los jóvenes de nuestra generación demanda, por lógica, un
gobierno absoluto de nuestro destino, de nuestro cuerpo y de nuestra moral.
Somos nuestros propios jueces, para bien o para mal» (172-73)
[31].
6. familia, religión y política
En todo este asunto que nos ocupa es ineludible destacar la estrecha relación
que la variable religiosa guarda con la moral sexual y el modelo familiar,
cuestiones ambas, a su vez, estrechamente relacionadas. Aunque sólo fuese por la
incidencia de esta variable –también lo es por otras–, hay que hablar
necesariamente de «pluralismo», tanto familiar como juvenil. Es decir, que hay
pluralidad de modelos familiares, como también hay pluralidad de tipologías
juveniles diferentes. En España puede hablarse incluso de un pluralismo familiar
inducido por el poder político, en el sentido de que no pocas de las distintas
modalidades de poder articular la vida familiar en la sociedad han recibido
cobertura legal entre nosotros antes de existir previamente una demanda social
realmente significativa. En esta actual querencia estatal por legislar en la
esfera de lo privado, algunos quieren vislumbrar una nueva sacralización del
Estado, una invasión por lo político de lo sagrado.
Todos los datos de encuesta confirman que a medida que aumenta la
religiosidad, en la misma medida se acentúan las posiciones identificadas con el
rigor moral y con la familia convencional. Sin embargo, aunque la valoración que
hacen de la familia como institución social los jóvenes creyentes y no creyentes
es claramente divergente, en la actualidad ya se nota cierta tendencia hacia la
homogeneización. Como se constata y confirma en el último Informe Jóvenes
españoles 2005 de la Fundación Santa María, «La variable religiosa,
operativizada como el nivel de autoidentificación religiosa, es casi la única
que introduce diferencias significativas en todo lo que se refiere a la familia,
aunque algunas formas de entender lo familiar, los tipos de uniones, las pautas
de comportamiento sexual, las relaciones prematrimoniales y las opciones
reproductivas, poco o nada compatibles con las enseñanzas y directrices de la
Iglesia Católica, están ya siendo también seguidas por porcentajes
significativos de jóvenes que se autoidentifican como católicos»
[32].
Todo parece indicar que esta tendencia hacia la convergencia va a seguir
incrementándose a juzgar por el creciente abandono de la religión y, sobre todo,
de la Iglesia, por parte de nuestros jóvenes. Porque, hay que hacer notar que si
extensa e intensa es hoy la secularización entre los españoles de todas las
edades, lo es mucho más acentuada entre los jóvenes, de quienes puede afirmarse
que han abandonado masivamente la religión institucionalizada y la moral a ella
vinculada. He aquí una visión panorámica:
Evolución de la autoidentificación religiosa de los jóvenes
españoles en edades comprendidas entre los 15 y los 24 años
| Autoidentificación religiosa |
1960 |
1970 |
1975 |
1982 |
1984 |
1989 |
1994 |
1999 |
2002 |
2005 |
| Muy buen católico |
6,7 |
5,1 |
2,0 |
- |
3,0 |
2,0 |
2,0 |
1,6 |
2,5 |
1,6 |
| Católico practicante |
68,7 |
27,4 |
17,0 |
- |
16,0 |
17,0 |
16,0 |
11,2 |
9,6 |
7,8 |
| Católico no muy practic |
15,8 |
29,4 |
26,0 |
- |
26,0 |
26,0 |
27,0 |
21,8 |
22,3 |
39,0 |
| Católico no practicante |
7,7 |
18,3 |
23,0 |
45,0 |
29,0 |
29,0 |
32,0 |
31,9 |
29,3 |
- |
| Indiferente |
- |
19,7 |
21,0 |
11,7 |
19,0 |
18,0 |
11,0 |
14,9 |
16,8 |
18,4 |
| Agnóstico |
- |
- |
- |
- |
- |
- |
4,0 |
6,1 |
7,0 |
6,7 |
| Ateo |
- |
- |
8,0 |
5,2 |
6,0 |
6,0 |
7,0 |
10,6 |
10,3 |
21,3 |
| Otra religión |
0,1 |
0,1 |
2,0 |
1,0 |
1,0 |
1,0 |
1,0 |
1,5 |
2,1 |
1,9 |
| No contesta |
1,0 |
- |
1,0 |
3,1 |
- |
- |
- |
0,3 |
- |
3,2 |
| N= |
1.316 |
3.347 |
3.268 |
3.654 |
3.343 |
4.548 |
2.028 |
3.853 |
935 |
4.000 |
Fuente: Jóvenes españoles 2005, Fundación Santa
María, p. 92.
En la tabla siguiente, donde los jóvenes se definen en comparación con los
mayores de 65 años, puede apreciarse claramente la brecha que separa a ambas
generaciones en materia de creencia:
| Creencia |
Jóvenes |
Mayores de 65 años |
| Católicos |
2.878.500 |
60,6 % |
6.601.000 |
94,3 % |
| Creyentes de otra religión |
80.750 |
1,7 % |
28.000 |
0,4 % |
| No creyentes |
1.249.250 |
26,3 % |
245.000 |
3,5 % |
| Ateos |
513.000 |
10,8 % |
84.000 |
1,2 % |
Fuente: Barómetro del CIS de diciembre de 2004
El abandono de la creencia y de la práctica religiosa van acompañadas del
abandono de la moral tradicional, siendo, por eso, ambos valores –la creencia y
la moral tradicionales– los valores que marcan la mayor brecha generacional
entre los adultos y los jóvenes. Hoy, por ejemplo, la juventud se pronuncia
masiva y mayoritariamente a favor de los anticonceptivos, las relaciones
prematrimoniales, la cohabitación, el matrimonio civil, las uniones
homosexuales, el aborto, el divorcio, la eutanasia, la selección genética de
embriones con fines terapéuticos, etc. Por dar unos datos, del estudio de INJUVE,
Actitudes Políticas de la Juventud en España (1991), se desprende que
existe acuerdo general entre los jóvenes en la «legalización del divorcio»
(92%), las «relaciones prematrimoniales» (89%), «legalización del aborto» (68%),
libertad para las «relaciones homosexuales» (85%), la «despenalización de la
eutanasia» (71%)
[33].
Desde la década de los ochenta, la institución religiosa, llamada Iglesia,
ocupa los últimos puestos entre las valoraciones y grado de confianza de los
jóvenes. Muy por encima de ella están la salud, la familia, los amigos, el ocio,
el trabajo, el dinero, la satisfacción sexual, los estudios y formación..., y
muchas instituciones. Su mensaje no les dice nada a los jóvenes de hoy, porque
prácticamente no lo oyen. Esto significa que esta institución ha perdido
completamente su fuerza socializadora sobre nuestros jóvenes, lo que significa y
conlleva la pérdida de los valores y del orden moral tradicionales por ella
defendidos. A juicio del catedrático de Sociología de la Universidad
Complutense, Andrés Canteras, esta «deseclesialización» del mundo joven implica
«una ruptura importante con nuestro pasado histórico reciente, respecto al
proceso de configuración del sentido moral y ético de nuestros jóvenes»
[34].
Evidentemente, desaparecida en su horizonte vital la única moral existente en la
sociedad –que era la católica–, no les queda otro recurso a estos jóvenes que la
instalación de su vida en la anomia. Los jóvenes españoles, siguiendo las pautas
de la sociedad en la que viven inmersos, han ido evolucionando en el sentido de
ir mostrando y demostrando cada día mayores cotas de tolerancia y permisividad,
hasta el punto de singularizarse «por ser de los más permisivos, en comparación
con sus coetáneos europeos»
[35].
En realidad, nuestros jóvenes no hacen otra cosa que acelerar los pasos que
les marca la sociedad en la que viven. Hace ya más de una década que, al
comparar los valores morales vigentes entre distintas sociedades europeas, los
analistas sociales descubrieron que «las normas morales están más alejadas entre
nosotros, nos ubicamos más dentro de un relativismo moral... Los juicios de
valor morales ceden paso a una ética, digamos, de corte existencialista, o “situacionista”,
todo lo contrario de un código o lenguaje “prescriptito”. No gustan las reglas o
líneas directrices»
[36]. El
mismo estudio empírico sobre los valores de los europeos, realizado en 2003
[37], ha
vuelto a verificar la misma conclusión: España es la sociedad de Europa de
cambio social más acelerado. Lo cual significa que es la sociedad que más
rápidamente está abandonando las viejas certidumbres que proporcionaba la
creencia y la moral católicas. Tan acelerado quiere llevar el paso en el cambio
que un prestigioso historiador, Stanley G. Payne, llega a afirmar que «España
puede ser el primer país en deconstruirse en Occidente»
[38]. El
papel que en este asunto desempeñan los jóvenes es acelerar y aumentar más la
ruptura axiológica con el pasado. Lamentablemente, ha contribuido no poco a este
desmoronamiento de la moral tradicional la misma situación de la Iglesia
católica, cuya etapa anterior a los años ochenta, ha podido ser definida por su
«muy alto grado de anomia»
[39]. Lo
más llamativo y alarmante de la situación religiosa en la hora actual es que,
como recientemente ha escrito J. M. Laboa, «los jóvenes, sin historia detrás,
desdeñan y abominan de la Iglesia con una animosidad desconcertante. Se trata de
algo reciente y no creo que se dé algo parecido en otros países europeos. Lo
digno de tenerse en cuenta es el alejamiento agresivo, la repulsa resentida de
gente que no ha tenido contacto directo con la Iglesia ni, en general, motivos
personales de resentimiento, tanto en jóvenes como en adultos»
[40].
Hasta no hace mucho, las tres agencias socializadoras por excelencia en
España eran la familia, la escuela y la Iglesia. Y lo que transmitían todas
ellas eran los valores tradicionales. La pérdida de la función socializadora de
la Iglesia, junto al desertar de la joven familia española de inculcar en sus
hijos valores sociales, morales y religiosos, de que nos hablan las estadísticas
–bien para evitar el conflicto familiar, bien porque en ella tampoco se viven ya
esos valores–, están acrecentando la fuerza socializante de las restantes
agencias socializadoras de la juventud, alcanzando su mayor incidencia en los
campos o ámbitos de socialización que aquéllas han abandonado. Esto se nota
especialmente en el ámbito religioso. El lugar por excelencia de la
socialización religiosa en España, siempre ha sido la familia. Aún hoy mismo
podía seguir manteniendo esa capacidad socializadora, si la ejercitara, pues no
hay que olvidar que nueve de cada diez adolescentes españoles entre los 15 y 24
años (el 92,5%) siguen viviendo con sus padres. Por eso, la dejación actual –por
la razón que sea– de esta función, nos proporciona una de las claves
fundamentales para explicar el actual masivo alejamiento de los jóvenes
españoles de la religión. En el supuesto de ejercer la labor socializadora,
parece estar comprobado que «una familia es tanto más socializadora cuanta más
familia sea» (J. Elzo). La época de la profunda laización de la sociedad
española, como de la europea, gira en torno a los años 60, cuando la generación
de mujeres, que habían sido siempre las principales transmisoras de la religión
en los niños, dejaron de cumplir ese papel, recibiendo, por su relevante
contribución en la aparición y afianzamiento del fenómeno, el nombre de «madres
de la secularización»
[41].
Además de la religión, introduce también diferencias en los tipos y las
relaciones familiares la variable política, en el sentido de que, según se pasa
de un posicionamiento de derechas a otro de izquierdas, así, en la misma medida,
se opta por valores más innovadores o desviacionistas del modelo familiar
convencional. «E1 factor ideológico, político y religioso –afirma E Andrés Orizo–
provoca unas diferencias sensibles. En la escala política, a medida que se pasa
de la izquierda a las autoposiciones de derecha, se van incrementando también
las proporciones de jóvenes que comparten con sus padres normas, opiniones y
actitudes. Asimismo, son los católicos practicantes los que más comparten;
indiferentes y ateos, los que menos. Lo destacable es que la variable política y
la religiosa discriminan tanto la participación en normas religiosas y morales
como en las sociales y políticas. Se comparten más cosas en la derecha que en la
izquierda. La normativa sexual –quizá por compartirse tan minoritariamente– es
la única que no cuadra exactamente en este marco de influencias ideológicas»
[42].
Sabido es, por otra parte, la correlación estadística existente «entre
posicionamiento de derechas y práctica religiosa, así como entre posicionamiento
de izquierdas y no creencia religiosa»
[43]. Lo
que, en nuestro caso, significa que los que mantienen ideologías de izquierdas,
los menos o nada creyentes, agnósticos, ateos e indiferentes, son los que
muestran una mentalidad más abierta y proclive a la acogida y defensa de los
nuevos comportamientos sociales y los nuevos modelos familiares.
No se presienten vientos favorables para la familia tradicional en el
contexto occidental, ni siquiera en su formulación moderna. Los factores
adversos que se prevén, algunos ya presentes, no son pocos ni menores que los ya
existentes. Aparte otros hostiles retos externos, a los que tiene que hacer
frente la institución para sobrevivir, el deterioro y decrecimiento de la
familia clásica cristiana, en concreto, no parecen poder detenerse hasta que la
religión, llámase Iglesia, no opte por revisar y cambiar su moral sexual en
*
Isaías Díez del Río es agustino y licenciado en Lenguas Clásicas.
[26]
FINKIELKRAUT, A.: La derrota del pensamiento. Anagrama, 1987, p. 135;
Cf. Et G. LIPOVETSKI: La era del vacío. Anagrama, Barcelona 2002,
p.109.
[27] IGLESIAS
DE USSEL, J.: loc. cit., p. 15.
[28] ANDRÉS
ORIZO, F.: «Jóvenes: Sociedad e Instituciones», en Jóvenes españoles 99,
p. 100; Cfr et. ibidem, p. 315.
[29] Cfr. MEIL,
G.: «Pareja y familia en el horizonte vital de las nuevas generaciones», en
Revista de Juventud, 67 (2004) 39-54.
[30] Cfr. ELZO,
J.: Los jóvenes y la felicidad, PPC, Madrid 2006.
[31] VERDú,
E.: Adultescentes, autorretrato de una juventud invisible, Temas de
hoy, Madrid 2001.
[32] GONZÁLEZ
BLASCO, P.: «Familia y jóvenes», en Jóvenes españoles 2005, Fundación
Santa María, Madrid 2006, p. 236.
[33] INJUVE:
Actitudes Políticas de la Juventud en España. Madrid 1991, p. 76; Cfr.
et. INJUVE: Percepción generacional, valores y actitudes, calidad de vida y
felicidad, Madrid 2006.
[34] Cfr.
ABC: sábado 5 de julio de 2003.
[35] ELZo
IMAZ, J.: «Valores e identidades en los jóvenes», en Jóvenes españoles 2005,
p.94.
[36] ANDRÉS
ORIZO, F.: Los nuevos valores de los españoles. España en la Encuesta
Europea de Valores, Fundación Santa María, Madrid 1991, p. 94.
[37]
INGLEHART, R.: Human Values and Social Change: Findings from the World
Values Surveys. E. J. Brill, Groningen 2003.
[38] Cfr.
La Razón, 04/07/2006, p. 47.
[39] Cfr.
GONZÁLEZ-ANLEO, J.: «Identidad de los católicos españoles», en AA.VV.:
Catolicismo en España, Instituto de Sociología Aplicada de Madrid, Madrid
1985, pp. 89119; Id.: «Anomia religiosa y euforia colectiva», en
Comentario Sociológico, nn. 39-40, julio-diciembre 1982.
[40] LABOR,
J. M.: «¿Por qué nos odian?», en Vida Nueva, n.º 2539 (20/10/2006), p.
13.
[41] Cfr.
DIEZ DEL Río, I.: «Familia, escuela y creencia», en Religión y Cultura,
33 (1987) 331-363; Id.: «La juventud española ante la religión», en
Religión y Cultura, 30 (1984) 577-631.
[42] ANDRÉS
ORIZO, F.: «El papel de la familia», en Juventud española 1984,
Fundación Santa María, Madrid 1985, p. 135.
[43] ELzo
IMAZ, J.: «Valores e identidades en los jóvenes», en Jóvenes españoles 2005,
p.100.
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Altar Mayor - Nº 116 (08) |
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Wednesday, 26 September a las 12:12:20 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
¿ES QUE NO TENÉIS SANGRE EN LAS VENAS? (REPROCHE PARA
CATÓLICOS)
José Javier Esparza *
La apostilla entre paréntesis de su título bien se puede extender a todo
individuo que considere que su conciencia es un bastión inexpugnable que no
podemos dejar vulnerar impunemente a ningún poder temporal sopena de relegarnos
a un nivel infrarracional.
Es por lo de la Educación para la Ciudadanía, claro. ¿Por qué iba a ser, si
no? Es el mayor atentado que se ha tramado en decenios contra la autonomía moral
de la gente. Es la mayor intromisión imaginable en la libertad de verdad, que es
la libertad interior. Y sin embargo, aquí apenas se mueven cuatro gatos. La
prensa disidente hace circular titulares de impacto: «Ya hay 3.500 objetores en
el mes de junio». Gran cosa, ¿eh? Tres mil quinientos en todo el país. En un
vagón del Metro caben doscientas personas. Echad la cuenta. Es verdad que en las
Termópilas bastaron trescientos. Pero esto es otra cosa. Esto es peor.
¿Dónde os habéis metido? ¿Debajo de las piedras? ¿Es que nadie os ha
explicado lo que os estáis jugando? ¿O es que no lo queréis ver para no
fatigaros, tal vez, o para no meteros «en líos»?
A vuestros hijos van a enseñarles que nada es verdad ni mentira, sino que
todo depende del color con que se mira –y que ese color, mayormente, tira a
bermellón–. Van a enseñarles que no existe una forma recta de ser y de estar,
sino que todas valen lo mismo –es decir que lo malo es bueno, porque lo bueno no
es tal–. Van a enseñarles que ETA es un grupo vasco armado que fue torturado
alevosamente por la democracia española. Van a enseñarles que la guerra civil no
ha terminado y que la reconciliación fue un error, porque no hizo justicia. Van
a enseñarles que papá y mamá son conceptos vacíos e intercambiables por otros.
Van a enseñarles todo eso, no con materiales teóricos mínimamente contrastables,
sino con una buena porción de bazofia que, por otro lado, jamás fue escrita para
educar a nadie, sino, deliberadamente, para todo lo contrario. Y lo más
importante: os están diciendo, no a vuestros hijos, sino a vosotros, que la
formación moral de los críos ya no es cosa vuestra, sino que ahora el Estado se
hace cargo. Y vosotros, a descansar. Mamá-Estado se ocupa. Qué bien.
Aquí hay dos cosas atroces. Una: que el Estado invada la competencia de la
familia en el ámbito moral, extirpe la libertad de educar conforme a los propios
principios e imponga a las personas una determinada concepción de las cosas.
Esto es algo que sólo cabe en una democracia corrompida, cuando una clase
política aupada al poder se atribuye una potestad que nadie le ha concedido. Es
también curioso que el Estado venga a clavarnos esta zarpa justo cuando más
debilitado está: el Estado ya apenas nos protege, ha dejado de dominar su propia
moneda, ha subordinado la Defensa a grandes organizaciones internacionales, las
empresas han de recurrir a guardias privados porque la policía no basta, los
ciudadanos han de pagarse la sanidad por su cuenta si quieren ser bien
atendidos, hemos de suscribir planes de pensiones con los bancos porque la
jubilación no nos llegará… Y es este Estado, decrépito e impotente, el que se
permite ahora secuestrar la soberanía moral de las personas singulares. Repito:
no de la Iglesia, ni de la Conferencia Episcopal ni del PP, sino la soberanía
moral de las personas singulares, de la gente de la calle, tu soberanía y la
mía.
La segunda cosa atroz es esta otra: la invasión del espacio moral viene bajo
las banderas de una visión absolutamente sectaria de las cosas, una visión que
se ha construido en el último cuarto de siglo bajo los escombros de dogmas
ideológicos derrumbados, una visión expresamente contraria a la cultura
mayoritaria de la sociedad, a los fundamentos tradicionales de nuestra
civilización, a los principios objetivos de lo que centenares de generaciones de
europeos han considerado natural. No estamos ante un movimiento de «progreso»;
estamos ante un movimiento de simple inversión. El propósito de los invasores no
es otro que darle la vuelta a todo. ¿Y pueden hacerlo? Moralmente, no. Pero si
nadie se opone, ¿por qué no? Y aquí es donde se echa de menos un poco más de
nervio ciudadano.
Por ahí, en la plaza, uno oye de todo. Que si no llegará la sangre al río.
Que si ya lo arreglarán las comunidades autónomas. Que si no será tan fiero el
león como lo pintan. Que si, después de todo, sólo es una asignatura, que dejará
tan poca huella en los alumnos como las demás (¿?). Que, al fin y al cabo, eso
que se enseña en Educación para la Ciudadanía es lo que se ve en la calle, y que
los niños tienen que ir haciéndose a esas cosas. Excusas de mal pagador. Sobre
todo, excusas ciegas, expedientes para escurrir el bulto y no querer afrontar lo
esencial, a saber: que no se trata de que se enseñe tal o cual cosa, sino de que
pretenden robarnos una porción importantísima de libertad personal.
Es la libertad.
Veréis: uno puede tolerar que el mundo sea una cueva de ladrones, que la
televisión se haya convertido en territorio canalla, que los políticos abusen de
las esperanzas de la gente (y los banqueros, de sus ilusiones), que los
periódicos y la publicidad impongan una forma de ser y pensar decididamente
absurda… Uno puede soportar todo eso porque, al fin y al cabo, ante la avalancha
siempre es posible clavarse en la puerta de casa, coger el hacha y gritar «no
pasarán». Pero lo que uno no puede tolerar es que cojan a tus hijos y les laven
el coco al progresista modo. Por ahí no se puede pasar. Porque se trata de
vuestros hijos. Y sin embargo, hermanos, lo estáis tolerando. ¿Qué os pasa? ¿Es
que no tenéis sangre en las venas?
A los medios de la derecha religiosa, que admiran el ejemplo norteamericano,
les gusta entregarse a ensoñaciones de regeneración, incluso de cruzada. Sueño
vano. ¿Sabéis por qué en las sociedades con mayoría católica es impensable, hoy
por hoy, un proceso semejante al norteamericano? Porque en los Estados Unidos la
mayoría religiosa avanza sobre la base de asociaciones civiles, grupos de
ciudadanos, comunidades con una voluntad de presencia política y social; pero
aquí, en la Europa cristiana, y más especialmente católica, sólo una minoría
exigua de ciudadanos actúa en la sociedad como creyente, el tejido asociativo
civil es mínimo o inexistente, su capacidad de presencia social y política es
reducidísima, muchos creyentes tienen alergia a la política o carecen de
formación, la inmensa mayoría de los ciudadanos opta por la pasividad pública y
prefiere delegarlo todo –en parte por tradición, en parte por pereza– en las
espaldas de la jerarquía. «Los obispos sabrán qué hay que hacer» es una frase
extraordinariamente socorrida. Y los obispos lo saben, claro que sí, pero el
problema es que no son ellos quienes pueden hacer, sino los ciudadanos, las
personas, y para eso hace falta un grado de compromiso que se diría
completamente inalcanzable.
Por supuesto: este reproche va dirigido a unos católicos que parecen haber
perdido por completo el sentido de la libertad personal, pero al menos aquí,
entre la grey de los fieles, ha habido voces dispuestas a jugarse el pecho.
Mucho peor es la situación ahí fuera, en la llamada «sociedad», donde una
muchedumbre infinita de almas grises se muestra dispuesta a tragarlo todo con
tal de no someter a agitación su adiposa conciencia. La reacción de los
católicos ante la asignatura de Educación para la Ciudadanía es tibia hasta la
depresión, pero la actitud general de la sociedad es indiferente hasta la
náusea. Hemos llegado a un punto tal de sumisión –al sistema, al dinero, a la
comodidad burguesa, a lo «políticamente correcto»– que cuesta un mundo hacer ver
a la gente que lo que está en juego es su libertad. Esa es la imagen del tirano
de nuestro tiempo: ya no un déspota que te roba la cartera mientras te amenaza
con la porra, sino un simpático cacicón que, mientras te rasca la barriga, te
roba el alma. Y tú aún vas y te ríes.
Hay que presentar la objeción de conciencia contra esta asignatura. Es vital.
Habría que hacerlo incluso si uno estuviera de acuerdo con los planteamientos
doctrinales del Gobierno, porque ni siquiera en ese caso estaría justificado que
el Estado se arrogue el derecho a imponerlos por ley. Jünger decía en alguna
parte que la verdadera libertad es la que reside en el propio pecho. Esta gente
nos quiere abrir el pecho y sacarnos la libertad como se sacaba el corazón en
los viejos sacrificios humanos. No. No pasarán. Objeta. Mañana. Ya.
* José
Javier Esparza es un autor polifacético, que ha publicado
extraordinarios ensayos sobre filosofía contemporánea, análisis social y
metapolítico. Carta del director de «elmanifiesto.com»
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Altar Mayor - Nº 116 (09) |
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Wednesday, 26 September a las 12:10:07 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
ISABEL LA CATÓLICA Y LA EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA
Nicolás de Jesús López Rodríguez*
Como Arzobispo de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América, me
llena de satisfacción dirigirme a este ilustre auditorio y conversar con ustedes
sobre la figura egregia de Isabel La Católica, tratando de hacer honor y
justicia a la gran soberana.
La isla, llamada por el Almirante, al descubrirla, La Hispaniola (La
Española), compartida hoy por la República de Haití, cuya capital es Puerto
Príncipe, y por la República Dominicana, con Santo Domingo como capital, no sólo
fue la tierra amada de Cristóbal Colón, donde según su testamento quería que
descansasen sus restos mortales, sino que fue también la tierra de los amores y
desvelos de Isabel la Católica desde su toma de posesión en 1474 hasta su muerte
acaecida en 1504, cuando sólo unos pequeños puntos de la tierra firme habían
sido descubiertos y no se había aún iniciado la conquista de los Imperios Maya,
Azteca e Incaico.
Uno de los próceres de nuestra intelectualidad, a quien su protagonismo en la
política nacional no le alejó del mundo de la Historia y de las Letras, no dudó
en proclamar lo siguiente en la revelación de una estatua de Isabel la Católica
en la ciudad de Santo Domingo: «Muchas figuras del Descubrimiento pueden ser
analizadas en las apasionantes controversias de la crítica histórica, y no pocas
de ellas pueden salir disminuidas en sus proporciones universales, pero la de
Isabel la Católica, resplandeciente como la de una torre bruñida por el sol,
[...] ancha y venerable como las llanuras de Castilla, se impone, sin
discrepancia, a la reverencia unánime de las generaciones. [...] Sea cual sea la
actitud de la crítica ante Isabel la Católica, lo cierto es que su figura es
para América digna de los altares. La Soberana, en efecto, que armó en la
Península el brazo de la Inquisición y que no se detuvo ante los extremos más
temerarios de los antagonismos confesionales, veló constantemente en América por
la suerte de la raza indígena y la evangelización de sus pueblos idólatras» (Dr.
Joaquín Balaguer: Discursos, Temas Históricos y Literarios. Sto. Dgo.,
1973).
La compleja aventura de España en América fue fruto de la evolución de un
proyecto inicial muy simple de abrir una nueva ruta marítima a Oriente, al
Paraíso de las «especias», perdiéndole miedo y respeto al Mare Tenebrosum.
Fue lo que Colón vendió a los Reyes Católicos y lo que los Reyes Católicos
inicialmente patrocinaron. Sus muchas lecturas y elucubraciones llevaron al
Almirante a concebir tal empresa.
Sin embargo, todo un continente desconocido le salió al encuentro. El creyó
siempre que eran tierras adelantadas de la India, e Indias Occidentales fueron
llamadas, e indios coherentemente sus habitantes.
A los doce años del descubrimiento, en 1504, Américo Vespucio, el florentino
a las órdenes de la Corona de Castilla escribe una larga carta a su paisano
Piero Sanderini y en ella le informa que se ha descubierto un nuevo mundo que no
es Europa ni Asia ni África. Basado en este documento, Martín Waldseemüller
publica una nueva Cosmografía y en ella llama a este nuevo Continente «Americi
terra», es decir, Tierra de Américo o América. El nombre se populariza y el
nuevo mundo descubierto empieza a llamarse «América».
El nombre, pues, de América se debe a Américo Vespucio y más directamente a
Martín Waldseemüller, cosmógrafo alemán (¿1475-1521?). La población autóctona
del Continente descubierto ignoró esos nombres y prefirió seguir llamándose
multiformemente según la etnia a la que pertenecían los diversos grupos
autóctonos.
En ese proyecto inicial colombino, aceptado y patrocinado por los Reyes
Católicos, muy especialmente por la Reina Isabel, no es justo olvidar el famoso
secreto de Colón.
De ese secreto escribe Fray Bartolomé de las Casas que estaba tan seguro como
si debajo de llave en un arca lo tuviera. Tal secreto, sin duda revelado a
Isabel la Católica, explica no sólo que el proyecto de Colón no era tan
sencillo, sino la razón de su aceptación por parte de la Reina y los términos de
las famosas Capitulaciones de Santa Fe.
Cuando, en efecto, uno repasa hoy las Capitulaciones de Santa Fe, la
admiración es grande ante las exorbitantes demandas de Colón y su concesión por
los Reyes Católicos.
Las increíbles concesiones de Santa Fe son:
1) otorgamiento del título de «Almirante sobre todas las Islas y tierras
firmes» que «por su mano e industria se descubrieran o ganaran»;
2) otorgamiento del título de «Virrey y Gobernador General en las dichas
Islas y tierras firmes», con la facultad de poder proponer en terna a los Reyes
personas destinadas al gobierno de tales tierras. De los tres, los Reyes
escogerían uno;
3) retención para sí (para Colón) de la décima parte de todo el oro, plata,
perlas y gemas y demás mercancías producidas o adquiridas mediante el trueque o
extraídas, dentro de los confines de aquellos dominios, libre de todo impuesto;
4) enjuiciamiento y fallo por él o por uno de sus representantes, en su
calidad de Almirante, de cualquier controversia o pleito surgido en torno a esas
mercancías o productos;
5) facultad de contribuir con la octava parte en la armazón de navíos que
fueran a tratar o negociar a las tierras descubiertas. Recibiría a cambio una
octava parte de las ganancias que se obtuvieren.
No contento con esto, días más tarde (el 30 de abril) los Reyes Católicos
tuvieron que concederle que también el título de Virrey y Gobernador fuese
vitalicio, hereditario y perpetuo, como el de Almirante, y que pudiese usar el
tratamiento de «Don».
La deducción es obvia. Algo muy determinante debió mediar para que los Reyes
Católicos pasasen tan rápidamente del rechazo absoluto del plan colombino a su
aceptación; para que en las Capitulaciones se hablase claramente no de una
simple ruta marítima nueva a la tierra de las especias, a la India, sino de
Islas y tierras firmes, y se hablase de oro, plata, perlas, gemas y mercancías
producidas; y para que le fuesen concedidas a Colón tan desmesurados premios y
honores.
Ese algo no fue otro que la revelación a Isabel la Católica por parte de
Colón de su secreto, celosamente guardado hasta ese momento. Ese secreto era la
seguridad de que existían las tierras de las que él hablaba. Era segura la ruta
y eran seguras las inmensas riquezas que estaba ofreciendo. Más que proponerle
propiciar una aventura, lo que Colón estaba haciendo era «convidar» a la Corona
de Castilla y a Aragón a participar en un fabuloso negocio. Esto supuesto se
entiende perfectamente ahora una frase significativa en las Capitulaciones. Tal
frase dice que los Reyes de Castilla y Aragón hacen todas esas concesiones «en
alguna satisfacción de lo que él ha descubierto en los mares océanos y del viaje
que agora, con ayuda de Dios ha de hacer en servicio de las Altezas».
Fray Bartolomé de las Casas apuntó sagazmente que Colón hablaba de aquellas
tierras por descubrir como si hubiese estado en ellas. ¿Qué hay sobre todo esto?
Entre 1480 y 1482 Colón vive en la Isla Madeira y sabemos por su hijo Hernando
que la suegra de Colón le entregó unas escrituras y cartas de navegar que habían
quedado de su marido, con lo cual el Almirante se acaloró más y se informó de
otros viajes y navegaciones que hacían entonces los portugueses a la Mina y por
la costa de Guinea y le gustaba tratar con los que navegaban a aquellas partes.
Alessandro Geraldini, primer Obispo que residió en la Sede de Santo Domingo,
amigo íntimo y protector de Colón ante la Corte, de camino a Santo Domingo
escribió una especie de diario de su viaje que intituló «Itinerario por las
regiones subequinociales». En él escribe textualmente: Dicen que Colón había
oído en Cluvio, ciudad de Galicia, que ciertos navegantes traídos y llevados de
acá para allá largo tiempo por estos mares habían visto monstruos naturales y
que cierta clase de hombres habían visto tierra por estas latitudes. Dicen
también que algunos, zarandeados por una fuerte tempestad cerca de las Islas
afortunadas habían visto árboles desconocidos y que habían dicho a Colón que
cerca existían algunos pueblos.
Historiadores tan tempraneros del descubrimiento como Oviedo, Gómara,
Garcilaso el Inca, Orellana y, sobre todo, Hernando Colón y Pedro Mártir de
Anglería no dudan tampoco en admitir el predescubrimiento y de hablar de la
historia del marino desconocido que había llegado ya a la Española.
Como es natural, el vivo y sagaz Colón, hecha la gesta de la navegación,
tiene especial interés en no hablar de todo esto e insiste en sus documentos
oficiales en la elección divina de su persona para tal proeza. Es llamativa su
insistencia en esto y el modo místico de formularlo: «La Santísima Trinidad me
puso en memoria y después llegó a perfecta inteligencia que podría navegar e ir
a las Indias desde España, pasando el mar Océano a Poniente». «Un predestinado»
es la imagen, tal vez no objetiva, pero, sí, la que él quería vender.
Verdadero o falso el secreto de Colón, la Reina Isabel asumió la empresa de
Colón y, a pesar de las dificultades económicas por el alto costo de la
conquista de Granada, la patrocinó. Ella fue la que, después del primer
encuentro con el genovés en Alcalá de Henares en 1486, mantuvo vivas siempre sus
esperanzas. Ella la que avisó al Duque de Medinaceli para que lo trajese a la
Corte. Ella la que lo recibió en Jaén y le dio «esperanza cierta» de que
estudiaría a fondo su proyecto. Ella la que ordenó a Quintanilla se ocupase del
mantenimiento del genovés. Ella la que oyó al P. Juan Pérez y le pidió ordenase
a Colón que no se fuese de España. Con esto quiero decir que Isabel asumió como
propia la empresa de Colón con toda responsabilidad y que esto explica su
fidelidad a esa responsabilidad. Jamás dimitió de ella no obstante la evolución
que el proyecto inicial sufriría durante sus doce años y que dejaría su huella
en la evolución posterior en tierra firme bajo Carlos V, Felipe II y Felipe III.
Un proyecto inicial de exploración, se tornó un proyecto de «población» y de
evangelización; y un proyecto de población y evangelización se convirtió en un
proyecto complejísimo y vasto de conquista y sujeción y de forzada
inculturación. A Isabel la Católica le tocó el proyecto de la exploración y el
proyecto de población y evangelización de 1492 a 1504, año de su muerte. Nada de
lo que sucedió después le incumbe. Y todo lo que sucedió antes le honra y
enaltece.
Hay que resaltar que en la triple dimensión del proyecto americano bajo la
Reina Isabel la Católica, que incluía la anexión, población y evangelización de
las islas y tierras firmes descubiertas, la evangelización fue dimensión medular
de su proyecto político. Sorprende en todas sus cédulas reales la insistencia en
este punto.
Pero no fueron sólo palabras y buenos sentimientos. Fueron ante todo hechos.
Al fin, el 3 de agosto de 1492 las tres naves exploratorias (dos carabelas y una
nao) la Niña, la Pinta y la Santa María se hacían a la mar y comenzaba el sueño
de Colón. El Almirante apuntó en su Diario: Partimos viernes, tres días de
agosto de mil cuatrocientos noventa y dos años, de la barra de Saltes a las ocho
horas. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el sur sesenta
millas que son quince leguas; después al sudueste y al sur, cuarta del sudueste;
que era el camino para las Canarias. Siete meses después, el 15 de marzo de
1493, la Pinta y la Niña cruzaban de vuelta la barra de Saltes en Palos. De allí
habían salido y allá debían volver. La Santa María había encallado en la última
isla descubierta (Haití la llamaban sus pobladores y él la había llamado La
Hispaniola) y con su maderamen había construido un Fuerte dejando en él 39
hombres a las órdenes de Diego de Arana, Pedro Gutiérrez y Rodrigo de Escobedo.
El primer encuentro con los Taínos había sido extraordinariamente pacífico y
amistoso. Los cuarenta llevados por Colón para mostrarlos en la Corte fueron
recibidos y tratados con toda clase de honores. Los informes del Almirante a los
Reyes fueron optimistas e ingenuos. Poeta e imaginativo, creyó e informó que
había encontrado el Paraíso. Mejores seres humanos no podían darse sobre la
tierra.
En un prólogo brillante al Diario de Colón, el Dr. Gregorio Marañón escribe:
En aquel primer viaje al Paraíso, Colón y sus tripulantes no encontraron ni
animal ni hombres dañinos. No vieron fieras. Las sierpes que les salieron al
paso se dejaron fácilmente cazar. No ladraban los perros. El Diario lo repite
con justificada extrañeza. Y los hombres, que siempre son los peores, eran allí
dulces, tímidos, hermosos y tan honestos que el Almirante certificaba a los
Reyes Católicos que «en ninguna parte de Castilla hay tanta seguridad; y todo se
puede dejar sin temor a que falte una aguja».
La segunda fase del proyecto isabelino y colombino se imponía y era sencilla
y lógica: seguir descubriendo y anexionar aquellas tierras como reinos de
ultramar, teniendo a sus gentes como súbditas en paridad de derechos con sus
vasallos castellanos. Expandirse pacífica o bélicamente era ilusión y obsesión
de todos los Reyes en ese tiempo. Evidentemente que razones económicas también
pesaban, dado que las arcas de la Corona de Castilla no andaban sobradas y que,
de acuerdo a Colón, el oro abundaba en las nuevas tierras descubiertas y su
suelo exuberante y mágico era capaz de producir todo.
Pero esto no bastaba, careciendo aquellas gentes de la fe católica, para
Isabel la Católica (y así se lo subrayó una y otra vez a Colón) el objetivo
primordial de la presencia de España en el nuevo mundo descubierto debía ser
llevarles el Evangelio y hacerlas cristianas. Objetivo que en su mentalidad
–mentalidad de la época visceralmente antisecularista y antilaicista– era ya
suficiente, él solo, para justificar la ocupación.
Mientras, con la anuencia y bendición de los Reyes Católicos, Colón se
empleaba en preparar la segunda expedición, que zarparía de Cádiz el 25 de
septiembre de 1493. Los Reyes, la Reina Isabel, en una Cédula Real, fechada en
Barcelona el 29 de mayo, le decía, muy de acuerdo con su fe, al Almirante que,
deseando el aumento y acrecentamiento de la fe católica, le mandaban y
encargaban que, por todas las vías y maneras posibles, procurase y trabajase por
atraer a los moradores de aquellas islas a la fe católica y, para dar impulso
eficaz a la evangelización, enviaba con él al docto Fray Bernardo Boyl, ermitaño
de Montserrat, que habría de efectuar la instrucción religiosa de los nativos, y
le recomendaban que todos habrían de tratar amorosamente a los indígenas y
promover el contacto y familiaridad mutua entre españoles y nativos, y que
contra los que estorbasen esa amigable concordia el Almirante se habría de
mostrar severo en el castigo.
Por las diligencias de Juan Fonseca, «varón de noble alcurnia, Deán de
Sevilla, de gran ingenio y corazón», como dice Pedro de Anglería (Década I, Cáp.
V, Pág. 10), diez y siete naves (tres carracas, dos naos de porte mayor y 12
carabelas) –una escuadra de lujo– esperaban la salida del puerto de Cádiz rumbo
a la Española desde los primeros días de septiembre. El 25 sería la partida.
Unos 1.200 hombres se embarcarían.
Gracias a las instancias e insistencia de Isabel la Católica, entre esos
hombres sobresalían doce misioneros a las órdenes de un Delegado Apostólico,
Fray Bernardo Boyl. Esos misioneros eran: Fray Juan Infante, mercedario; Fray
Juan Solórzano, mercedario; Fray Ramos, trinitario; Fray Juan Pérez,
franciscano; Fray Rodrigo, franciscano; Fray Alonso, franciscano; Fray Juan el
Bermejo, franciscano; Fray Juan Tisín, franciscano; Fray Jorge, comendador de la
Orden de Santiago; Pedro Arenas, el abad de Lucena y Fray Ramón Pané, ermitaño
jerónimo. Los doce asistirían el 6 de enero del año 1494 a aquella primera misa
en el nuevo mundo que celebraría el Delegado apostólico en el primer
asentamiento oficial llamado significativamente La Isabela.
De aquella primera misa quedó una reliquia venerada por mucho tiempo. Esa
reliquia fueron los ornamentos sagrados que vistió el celebrante. Eran un regalo
de la Reina Católica que ella misma escogió de los que había en su capilla real.
Da fe de ello, con emoción no disimulada, Fray Bartolomé de las Casas, quien
escribió: Los Reyes mandaron proveer de ornamentos para las Iglesias, de
carmesí, muy ricos. Mayormente la Reina Isabel que dio entonces uno de su
capilla, que yo vi y duró muchos años, muy viejo que no se mudaba o renovaba,
por tenerlo casi como reliquia, por ser el primero y haberlo dado la Reina,
hasta que de viejo no se pudo sostener más (Tomo I, Cap. LXXXI).
Como regalo también de los Reyes Católicos, conservamos hasta el día de hoy
la pintura al óleo de la Virgen de la Antigua en la Catedral Primada de América
y la estatua de Nuestra Señora de la Merced, patrona nacional, en el Santuario
de su nombre en la ciudad de Santo Domingo.
Junto al grupo de misioneros, el grueso de la expedición era de pobladores:
oficiales de Estado, labradores, mercaderes, artesanos y apenas soldados y
capitanes. Las bodegas de los navíos iban atestadas de aperos, simientes,
plantas y animales. Una orden curiosa y significativa de la mentalidad de la
Reina le había sido dada por ella a Colón. Una orden, por otro lado, muy firme e
irrevocable. Colón debía llevar consigo de vuelta a la Española todos los indios
traídos en cautiverio y debía devolverles su plena libertad, y como ejemplo a
seguir, la Reina misma envió a Cádiz los que el Almirante había dejado a los
Reyes en Barcelona. Con tal orden estaba dicho todo.
Entre los expedicionarios estaba en primer lugar Diego Colón, el menor de los
Colones, que eran tres: Cristóbal, Bartolomé y él. Estaban también Antonio
Torres, hombre muy encumbrado en la Corte; Álvaro de Acosta, alguacil Mayor de
la Armada; Bernal Díaz de Piza, contador; Sebastián Olano, tesorero; Francisco
Peñaloso, criado fiel de la Reina Isabel; Juan de la Cosa, Piloto Mayor de la
Casa de la Contratación; Diego Álvarez Chanca, doctor astrólogo y físico; Juan
Ponce de León, caballero de blasón y renta; Pedro de Margarit, caballero
catalán; y Pedro de las Casas, padre de Fray Bartolomé.
Ninguno de los que se embarcaron pensaba en enfrentamientos ásperos. Nadie
tenía idea de lo que supone siempre el choque de culturas diferentes y
ancestrales y de las consecuencias que acarrea la subordinación de una cultura a
otra. La mayoría soñaba con una convivencia idílica y fraternal, en la que, por
supuesto, ellos serían la parte noble e hidalga. La sociedad de la que procedían
era profundamente clasista. A Colón no escapó en su primer viaje explorador que
la población taína era una sociedad amenazada por la crueldad de los indios
caribes. Crueldad agresiva e invasora que los mantenía temerosos y alerta. Los
españoles serían los aliados de los taínos y su presencia les traería seguridad,
protección y paz.
El viaje de aquella expedición fue un paseo marítimo. Los problemas, sin
embargo, surgieron nada más tocar tierra. Del grupo de españoles dejados en el
Fuerte de la Navidad ni uno solo estaba vivo. Habían surgido, primero,
conflictos entre ellos mismos y después con los nativos. El resultado había sido
la muerte de todos. Le costó bastante a Colón y a los suyos saber la verdad
completa, pero, una vez sabida, el cambio de opinión sobre los pobladores de la
Española fue radical.
El tiempo y la realidad hiriente fueron agravando la situación. Colón había
hablado de unos pobladores paradisíacos de las islas, nobles, ingenuos,
amigables y bondadosos. Había ponderado el clima, «primavera continua» y había
informado sobre montañas de oro, oro tan necesario para las arcas exhaustas de
la Corte y tan codiciado por todos.
La realidad era muy distinta. Los indígenas eran astutos, hábiles y
aguerridos y se mostraban reacios a la ocupación. El clima era devastador: no
pocos habían muerto y una buena parte estaba enferma. Para colmo de males el oro
no aparecía, al menos en las cantidades proclamadas y no era de fácil
extracción.
A todo esto se fue añadiendo la torpeza gubernativa del Almirante y los
suyos. Dios no le había dado al genovés el don de mando. Era demasiado soñador y
temperamental para ser buen gobernador. No era por otro lado vertical sino
errático: débil cuando debía ser fuerte y despóticamente fuerte cuando había que
ser hábil. Favorecedor injusto de sus amigos y tirano implacable con los que se
le oponían. A nativos y españoles irritó que pusiese a trabajar obligatoriamente
a ambos grupos. El Delegado Apostólico Boyl había tenido que enfrentársele con
toda su autoridad ante los castigos que quería imponer e imponía a díscolos y
rebeldes. Es interesante que uno de los misioneros escribiese a la Reina
calificando el gobierno de Colón como faraónico y suplicase que no regresase el
Almirante a la Isla si sus Altezas querían servir a Nuestro Señor y que la
conversión de las ánimas se hiciese.
Para colmo de males, a Colón se le ocurrió una desgraciada iniciativa que
disgustaría altamente a Isabel la Católica. Esa iniciativa era enviar, a falta
de oro y valiosas especias, remesas de esclavos. Ni corto ni perezoso, embarcó
en 1495 para España 500 indios esclavos para ser vendidos en Andalucía. Es justo
consignar que las costumbres de la época admitían que Reyes y Papas se regalasen
y usasen esclavos y que eran tenidos por esclavos legítimos aquellos que fuesen
hechos prisioneros en guerra. Había surgido ya en el siglo XIII la Orden
Religiosa de la Merced, cuyo carisma era la redención de cautivos.
La reacción de Isabel la Católica –escribe Fray Bartolomé de las Casas– fue
de gran enojo. Muy dolida exclamó que quién era Don Cristóbal Colón para hacer
esclavos a quienes eran sus vasallos y ordenó a Fonseca que hiciese suspender
inmediatamente toda venta de esclavos.
No se contentó con esto. Y, dado que los esclavos vendidos por Colón
pertenecían en derecho a sus poseedores que habían pagado un precio ante
escribano público que autorizó el contrato de compraventa, designó una persona
de su máxima confianza, Don Pedro de Torres, para que en el plazo de tiempo más
corto posible, fuese recogiendo, uno a uno, a todos los indios vendidos pagando
por ellos el precio justo a sus poseedores. Una vez recogidos y concentrados
como hombres libres en Sevilla, los embarcó en carabelas fletadas con este fin y
los devolvió sanos y salvos a su tierra de origen. Al mismo tiempo cursó una
orden tajante a Colón: «En adelante jamás habréis de traer más esclavos».
Isabel la Católica, con esta su actitud, se convertía así en una auténtica
Pionera de los Derechos Humanos. «Los mismos Dominicos, recién llegados a Santo
Domingo (1510) levantaron su más enérgica protesta contra quienes maltrataban o
maltratasen a los aborígenes» (21 Diciembre 1511).
Rafael Altamira, en nuestros días, aludiendo a estos hechos no ha dudado en
escribir: Fecha memorable para el mundo entero porque señala el primer
reconocimiento del respeto debido a la dignidad y libertad de todos los hombres
por incultos y primitivos que sean; principio que, hasta entonces, no se había
practicado en ningún país.
Resueltos, al fin, a poner orden en la Española, en marzo de 1499 los Reyes
Católicos envían a Santo Domingo al duro Francisco de Bobadilla, Comendador de
Calatrava, con toda la autoridad real para abrir una investigación de la
rebelión contra Colón. Al embarcarse le añaden el cargo de Gobernador de la
Española.
Al publicarse en Santo Domingo el nombramiento de Bobadilla, llueven las
acusaciones contra los Colones, y, hecho el debido expediente por orden de
Isabel la Católica, carga de cadenas a los tres Colones, Cristóbal, Bartolomé y
Diego, y los remite así a la Corte de Castilla.
Reo y encadenado llegó Colón a Cádiz el 20 de noviembre. Era muy Reina Isabel
la Católica para no saber acoger a Colón. Mandó quitarle los grillos, darle mil
ducados y que la fuese a visitar inmediatamente. El 17 de diciembre lo recibió,
lo escuchó y le comunicó que Bobadilla había sido depuesto, que el nuevo
Gobernador era Fray Nicolás de Ovando de la Orden de Alcántara y Comendador de
Lares, hombre firme y de honestidad a toda prueba y que respecto a él –Colón–
seguían en pie sus prerrogativas pero que por ahora le estaba prohibido ir a la
Española. No era la Reina mujer de debilidades.
A punto de salir para Santo Domingo Fray Nicolás de Ovando en 1502, la Reina
le instruye severamente que su misión es implantar un régimen que hoy
llamaríamos de defensa de los derechos humanos de los indígenas. En sucesivas
instrucciones, como dijimos, le hablaría de formación de poblados indios con su
gobierno, de levantar Iglesias, escuelas, casas-habitación, hospital para los
pobres, de promover el matrimonio canónico de los convertidos, de remunerar el
trabajo, de reprimir excesos y de castigar a los infractores.
Como complemento del respeto de los derechos fundamentales del ser humano, la
Reina ordena a Ovando que a la sombra de cada convento exista una escuela para
enseñar e instruir a los indígenas. En 1502 sabemos que los Franciscanos, recién
llegados a la Española, tenían ya abierta y funcionando una de estas escuelas y,
dado su éxito, en 1503 Ovando recibía una real orden de la Reina de construir en
cada pueblo que se funde, junto a la Iglesia, una casa para que allí el capellán
les muestre a los indígenas a leer y escribir e santiguarse. El indomable
Enriquillo, que se rebeló contra los abusos de los españoles, estudió con los
franciscanos y sorprendería a Carlos por su manejo de la lengua de Castilla.
La eficaz iniciativa de la Reina terminó siendo un modelo y sistema. Todas
las Órdenes religiosas venidas a América lo emplearon. Hubo en adelante tres
tipos de escuelas: primarias, secundarias y técnicas.
Lo pasmoso es que lo que se hacía en América no estaba vigente aún en España.
La primera legislación en España, obligando a que los niños pobres tengan
escuela, es del siglo XVIII. Es interesante –por otro lado– que la enseñanza se
impartiese muy pronto en español y en la lengua autóctona.
La instrucción, desde el primer momento, no se limitó a la enseñanza primaria
y a escuelas de artes y oficios, sino que incluyó la Universidad. España vivía
en el siglo XVI el esplendor de la Universidad de Salamanca y de la de Alcalá.
Seis Universidades se crearían durante el siglo XVI, dos de ellas en Santo
Domingo, y trece durante el siglo XVII en otras partes de América.
De ponerle hoy una etiqueta moderna al quehacer político y económico de
Isabel la Católica en la aventura americana de España hasta su muerte, ésta
sería la de «humanista integral» por su seria preocupación por el ser humano. Un
humanismo que exigía que el mundo económico y político estuviese subordinado al
ser humano y no viceversa. Es uno de sus mayores timbres de honor y gloria.
Respecto a la evangelización en La Española, en vida de ella se comenzó ya la
construcción del Convento y Templo de los franciscanos y del Hospital de San
Nicolás y, poco a poco, de acuerdo a su mente y directrices, en el reducido
espacio de nuestra ciudad colonial fueron construidos diecinueve templos y
capillas que son hoy orgullo nuestro: la Iglesia Catedral; Iglesia Parroquial de
Santa Bárbara; Conventual del Patriarca Santo Domingo; Conventual de la Madre de
Dios, Nuestra Señora de las Mercedes con imagen regalada por la Reina Isabel la
Católica; San Andrés, Iglesia del Hospital de San Andrés; Iglesia de Jesús (hoy
Panteón Nacional); Nuestra Señora del Carmen, capilla de Confradía; San Miguel
Arcángel; San Nicolás de Bari; Nuestra Señora de la Concepción; Nuestra Señora
de los Remedios; Conventual de Santa Ana; Conventual de Regina Angelorum;
Conventual del Patriarca San Francisco; San Antonio Abad, ermita pública;
Capilla pública de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, anexa a la
Iglesia conventual; y la capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la
Confradía «Escuela de Cristo», anexa a la conventual de la Madre de Dios,
Nuestra Señora de las Mercedes.
Puede decirse que un siglo antes de la Reforma Tridentina Isabel la Católica
se propuso y logró la reforma del Clero y órdenes religiosas en España que sería
clave para la evangelización del Continente Americano.
Tuvo la suerte de contar para ello con el austero Cardenal Francisco Jiménez
de Cisneros, confesor y director espiritual suyo. En él vio el hombre
providencial que buscaba para iniciar en España la reforma. Obtenido el debido
permiso del Papa Alejandro VI, le encomendó el empeño: No le tembló el pulso a
Cisneros, que inició con fortaleza su obra clausurando monasterios y expulsando
a contumaces.
Muy consecuente con este proyecto y queriendo la mejor evangelización para el
nuevo mundo descubierto, Isabel la Católica sólo permitió ir a América a
evangelizar a las Órdenes Reformadas: franciscanos, dominicos, mercedarios y
agustinos. Y aun para estos requirió cuidadosa selección. Debían ser jóvenes
pero no en demasía, dada la dureza de vida que les esperaba. Debían tener años
de vida religiosa, para que hubiera constancia de su virtud, y debían poseer
suficiente preparación intelectual.
Las primeras expediciones de religiosos misioneros fueron de lujo. Todavía en
vida de ella en 1500 con el Comendador Francisco de Bobadilla llegarían los
primeros cinco franciscanos a la Hispaniola e inmediatamente se adentrarían en
la Isla a evangelizar. Poco después, en 1502, desembarcarían con el Gobernador
Nicolás de Ovando otros 12 franciscanos más y, a poco de morir la Reina,
quedaría constituida ya la «Provincia franciscana de la Santa Cruz de las
Indias».
En 1510 llegarían por fin los dominicos y los mercedarios. Ambos comenzaron a
gestar, en vida de la Reina Isabel, su participación en la evangelización de los
nuevos territorios descubiertos.
A lo largo del siglo XVI, serían 214 las expediciones sólo de los
franciscanos hacia las Indias occidentales. Es interesante el espíritu que animó
a franciscanos y dominicos, como reformados ya.
América recién estrenada se les antojó tierra fértil para la fe: para vivirla
radicalmente como religiosos y para expandirla. Era allí, sin rémoras
paralizantes y sin condicionamientos inveterados, donde se podía re-estrenar el
carisma primigenio y realizar egregiamente la reforma anhelada y abrazada.
Uno lee con asombro hoy lo que el cronista conventual de la Hispaniola
escribe de esos primeros tiempos. «Vístense los frailes de una jerga muy gruesa.
Es el sayal muy tosco y las ropas cortas y angostas, por el orden que nuestras
Constituciones mandan. Ningún fraile tiene más que un solo vestido. No se
recompensa con el regalo de las celdas el rigor de los vestidos porque en la
cama no se usa más de una estera de indias hecha de juncia seca que los indios
llaman petal. La colación de los días de ayuno (que son siete meses al año sin
todos los viernes de él) es con solo un pedazo de pan, por que no haga mal el
agua. Y los días de ayuno de la Iglesia no hay más regalo en la mesa que un
jarro de agua que de ordinario está bien fría, sin pedazo de pan ni otra cosa
alguna».
Del Primer Capítulo de los dominicos celebrado en 1511 escribe Fray Bartolomé
de las Casas: «Acordaron de consentimiento de todos, con toda buena voluntad,
añadir ciertas ordenaciones y reglas sobre las viejas Constituciones de la Orden
(que no hace poco quien las guarda) para vivir con más rigor. Por manera que
ocupados en guardar las nuevas y añadidas reglas estuviesen ciertos que las
Constituciones antiguas, que los Santos Padres de la Orden ordenaron, estaban
inviolablemente en su fuerza y vigor. Y de una, entre otras, me acuerdo que
determinaron que no se pidiese limosna de pan ni de vino ni de aceite cuando
estuviesen sanos: pero si, sin pedirlo se lo enviasen, que lo comiesen, haciendo
gracias a Dios. Para los enfermos podíase por la ciudad pedir. Ordenaron que
cada domingo y fiestas de guardar, después de comer, predicase a los indios un
religioso, como el siervo de Dios Fray Pedro de Córdova en la Iglesia de la Vega
había principiado; y a mí, que esto escribo, me cupó algún tiempo este cuidado.
Y así era ordinario henchirse los domingos y las fiestas de los indios de los
que en casa de los españoles servían, lo que nunca en los tiempos de antes
habían visto».
Con su mente clara de eximia soberana, una de las obsesiones de la Reina en
la evangelización de las nuevas islas y tierras descubiertas fue la de
establecer firme y oficialmente la Iglesia y así tenemos que muy satisfechos de
cómo procedían las cosas en la Española, Fernando e Isabel no dudaron en 1503 en
solicitar del Papa la erección de tres Diócesis en la Isla.
El 15 de noviembre de 1504 firmaba el Sumo Pontífice la Bula Illius
fulciti praesidio, en virtud de la cual quedaban erigidas la Arquidiócesis
de Yaguate, in qua est portus Sancti Dominici, y las Diócesis de Maguá y Bainoa.
En la Bula nada se decía explícitamente del derecho del Patronato Real,
vigente en España sobre ellas, y no le gustó al Rey Fernando.
La Reina estaba muy grave y moriría el 26 de noviembre. Con un poco de
retraso por esa muerte y por los enredos internos de la Corte, que subsiguieron,
el Rey Fernando hizo saber a Roma: «Yo mandé ver las bulas que se expidieron
para la creación y provisión de arzobispado y obispados de la Española, en las
cuales no se nos concede el Patronazgo de los dichos arzobispados y obispados ni
de las dignidades y canonjías, raciones y beneficios con cura y sin cura que en
la dicha Isla Española se han de erigir. Es menester que Su Santidad conceda el
dicho patronazgo de todos ellos perpetuamente a mí y a los reyes que en estos
reinos de Castilla y León sucedieren ya que en las dichas bulas no ha sido hecha
mención de ello como se hizo en las del Reino de Granada».
El Papa accedió a los reclamos del Rey y en 1511 firmaba la Bula Romanus
Pontifex en la que, modificando la anterior, erigía solamente dos diócesis
en la Española –la de Santo Domingo y la de la Vega– y una en Puerto Rico,
estableciendo además que las tres fuesen sufragáneas de la Arquidiócesis de
Sevilla.
En su Brevísima relación de la destrucción de las Indias escribe Fray
Bartolomé de las Casas: «Y es de notar que la perdición de estas Islas y tierras
se comenzaron a perder y destruir desde que allá se supo la muerte de la
serenísima Reina, Doña Isabel. Porque la Reina, que haya santa gloria, tenía
grandísimo cuidado e admirable celo a la salvación y prosperidad de aquellas
gentes, como sabemos los que lo vimos y palpamos con nuestros ojos e manos los
ejemplos desto».
Es evidente que ese celo apostólico de la Reina Isabel, manifiesto y claro en
querer «traer y convertir a la Santa Fe Católica a todos los pueblos de las
Islas y tierras recientemente descubiertas y por descubrir», procedía de su fe,
una fe que era no solamente honda y sentida, sino ilustrada y vivida.
Subrayamos lo de «ilustrada». Recién estrenada la imprenta, sorprende la
magnífica biblioteca personal de Isabel la Católica. Gracias al inventario hecho
por Francisco Javier Sánchez Cantón sabemos que entre manuscritos e impresos
poseía unos cuatrocientos títulos. No faltaban tratados filosóficos y políticos
y obras de literatura, de historia, ética y música, pero predominaban los libros
de religión: múltiples ejemplares de las Sagradas Escrituras y exposiciones y
comentarios de las mismas, colecciones de los Santos Padres, Vidas de Santos,
tratados de Moral, de derecho canónico, Meditaciones, la Vita Christi
de Ludolfo de Sajonia, el cartujano, libros de Liturgia y diversos libros del
oficio divino que rezaba diariamente. Los libros de religión eran su delicia.
Su fe la vivió, por otro lado, intensamente, dando importancia especial a la
vivencia del año cristiano, siguiendo el calendario litúrgico. Celebraba con
devoción los tiempos fuertes: el Adviento, la Navidad, la Cuaresma, la Pascua de
Resurrección y Pentecostés. Fueron siempre fiestas preferidas de ella la
Navidad, Año Nuevo, Reyes, San Sebastián, la Virgen de marzo y San Jorge,
patrono de los Reinos de Aragón. En éstas repartía cuantiosas sumas de limosnas.
Jamás escatimó gastos para el esplendor de su Capilla real –famosa en las
cortes europeas– y para la magnificencia del culto. Marini la calificó de
«activa y dispendiosa» en esto y escribió: «Tenía gran número de sacerdotes,
elegidos entre los más distinguidos por su ciencia sagrada y por su cuidadosa
celebración de los actos de culto; también cantores y niños para el servicio de
la capilla con profesores competentes para su educación. Imposible contar los
gastos que hacía en ornamentos sagrados y necesidades de cultos».
Le hirió siempre la situación de los pobres y la conculcación de los derechos
fundamentales del ser humano, y se convirtió así en una adalid de esos derechos
y en una protectora de los pobres. Eran tantas las limosnas que oculta o
públicamente distribuía que para mayor eficiencia y funcionalidad de su largueza
creó oficialmente el cargo de Limosnero Mayor de su Alteza.
De acuerdo a todo esto, en sus doce años de soberanía sobre las Islas
descubiertas, sobre la Hispaniola, nada permitió que fuese contra la dignidad
humana de sus nuevos súbditos. Su gran preocupación era el imperio de la
justicia, el respeto a los derechos fundamentales del ser humano, la igualdad de
derechos sociales con sus súbditos de España, su promoción humana y su
evangelización. Todo ello perfectamente de acuerdo con su espíritu
insobornablemente justiciero, su hondo humanismo, su elevación de miras y su
maciza espiritualidad fundamentada en una fe madura y sentida.
Con la sinceridad que produce la proximidad cierta de la muerte, escribe así
en su Testamento: «Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa
Sede Apostólica las Islas y tierras firmes del mar océano descubiertas y por
descubrir, nuestra principal intención fue (al tiempo que lo suplicamos al Papa
Alejandro VI de buena memoria que nos hizo la dicha concesión), de procurar
inducir y traer los pueblos dellas a los convertir a nuestra Santa Fe Católica,
y enviar a las dichas islas e tierras del mar océano, prelados e religiosos e
clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios para instruir a los vecinos
y moradores de ellos en la fe Católica e les enseñen, e dotar, doctrinar buenas
costumbres y poner en ello la diligencia debida, según como más largamente en
las letras de la dicha concesión se contiene. Por ende suplico al Rey, mi Señor,
muy afectuosamente, e encargo y mando a la dicha Princesa e al dicho Príncipe,
su marido, que así lo hagan e cumplan e que éste sea su principal fin e que en
ello pongan mucha diligencia e no consientan ni den lugar que los indios y
moradores de las dichas islas e tierras firmes ganadas y por ganar, reciban
agravio alguno en sus personas e bienes, mas mando que sean bien e justamente
tratados. Y si algún agravio han recibido, lo remedien e provean, por manera que
no exceda cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión
nos es inyungido y mandado». Ante esto nada más ajeno a la verdad que la
afirmación que Isabel la Católica instrumentó la propagación de la fe para
legitimar la ocupación de las nuevas Islas y tierra firme descubiertas, y
obtener del Papa esta concesión. La raíz profunda de su empeño sostenido de
traer a sus nuevos súbditos a Dios y a la Iglesia no fue otra que su fe
cristiana sentida, cultivada y vivida.
Puede asegurarse que durante su soberanía sobre las Antillas, todas las
Cédulas Reales respondieron a los planteamientos hechos, al morir, en su
Testamento. Es más, la voluntad evangelizadora de la Reina y su fundamentación
teológica, tan explícita y urgida en el Testamento, marcó toda la legislación
posterior.
En 1681 Carlos II publicaba en cuatro tomos una Recopilación de las leyes de
los Reinos de las Indias. Dicha obra comienza con una profesión de fe de fuertes
resonancias isabelinas, eco de lo que pretendió y dejó consignado en su
Testamento. Esa profesión de fe dice así: «Dios Nuestro Señor por su infinita
misericordia y bondad, se ha servido de darnos sin merecimientos nuestros tan
gran parte en el Señorío de este mundo, que demás de juntar en nuestra Real
persona muchos y grandes Reinos, que nuestros gloriosos progenitores tuvieron,
siendo cada uno por si poderoso Rey y Señor, ha dilatado nuestra Real Corona en
grandes Provincias y tierras por Nos descubiertas y señoreadas hacia las partes
del Mediodía y Poniente de estos nuestros Reinos. Y teniéndonos por más obligado
que otro ningún príncipe del mundo a procurar su servicio y la gloria de su
Santo Nombre y emplear todas las fuerzas y poder, que nos ha dado, en trabajar
que sea conocido y adorado en todo el mundo como verdadero Dios, como lo es, y
Criador de todo lo visible e invisible. Y deseando esta gloria de nuestro Dios y
Señor, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica
Romana las innumerables Gentes y Naciones que habitan las Indias Occidentales,
Islas y tierra firme del Mar Océano y otras partes sujetas a nuestro Dominio. Y
para que todos universalmente gocen el admirable beneficio de la Redención por
la sangre de Cristo Nuestro Señor, rogamos y encargamos a los naturales de
nuestras Indias, que no hubieren recibido la Santa fe, pues nuestro fin en
prevenir y enviarles Maestros y Predicadores es el provecho de su conversión y
salvación, que los reciban y oigan benignamente y den entero crédito a su
doctrina. Y mandamos a los naturales y españoles y otros cualesquier cristianos
de diferentes Provincias o Naciones, estantes o habitantes en los dichos
nuestros Reinos y Señoríos, Islas y Tierra firme, que regenerados por el Santo
Sacramento del bautismo hubieren recibido la Santa Fe, que firmemente crean y
simplemente confiesen el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, los artículos
de la Santa Fe y todo lo que tiene, enseña y predica la Santa Madre Iglesia
Católica Romana» (Carlos II, Recopilación de leyes de los Reinos de las
Indias. Madrid 1681, Lib. 1, tít. 1).
Argumento y prueba de su sólida y sentida espiritualidad cristiana, de donde
fluyó esa actitud eminentemente cristiana y humanísima respecto a los pobladores
de las Islas descubiertas, es el largo y estremecedor testimonio de su fe en el
testamento. Uno no sabe qué admirar más en él, si su piedad sincera o su tino y
hondura teológica, cristológica. Dice así ese testimonio: «Primeramente
encomiendo mi espíritu en las manos de nuestro Señor Jesucristo, el cual de la
nada me crió e por su preciosísima sangre lo redimió, e, puesto por mí en la
cruz el suyo, encomendó en manos de su Eterno Padre, al cual confieso e cognosco
que me debo toda por los muchos e inmensos beneficios generales que a todo el
linaje humano e a mí como un pequeño individuo de él ha hecho; e por los muchos
e singulares beneficios particulares, que yo, indigna e pecadora, de su infinita
bondad e inefable largueza, por muchas maneras, en todo tiempo he recibido e
cada día recibo, los cuales sé que no basta mi lengua para contar ni mi flaca
fuerza para los agradecer, ni aun como el menor de ellos merece. Mas, suplico a
su Infinita Piedad que quiera recibir mi confesión de ellos e la buena voluntad
e por aquellas entrañas de su misericordia, en que nos visitó naciendo de lo
alto e por su muy santa Encarnación, Natividad e Pasión e Muerte e Resurrección
e Ascensión e Advenimiento del Espíritu Santo Paráclito e por todos los otros
sus muy santos misterios le plega no entrar en juicio con su sierva, mas haga
conmigo según aquella grande misericordia e ponga su Muerte e Pasión entre su
juicio e mi ánima: e si ninguno ante El se puede justificar, cuánto menos los
que de grandes reinos e estados avemos de dar cuenta; e intervengan por mí ante
su clemencia los muy excelsos méritos de su muy gloriosa Madre e de los otros
santos e santas, mis devotos e abogados, especialmente mis devotos e especiales
patronos y abogados santos arriba nombrados con el susodicho bienaventurado
Príncipe de la Caballería angelical, el Arcángel San Miguel, el cual quiera mi
ánima recibir e amparar e defender de aquella bestia cruel e antigua serpiente
que entonces me querrá tragar, e no la deje hasta que por la misericordia de
nuestro Señor sea colocada en aquella gloria para que fue criada».
Abrimos nuestra conferencia con una cita de un ilustre intelectual dominicano
de nuestros días, el Dr. Joaquín Balaguer. Con otra del mismo autor la vamos a
cerrar:
«En la empresa de Colón hay puntos débiles por donde se ha filtrado a menudo
la malicia y la animadversión de los historiadores, para muchos de los cuales no
han pasado inadvertidas ciertas flaquezas propias de aquel explorador
inigualable, y en las hazañas, aun en las más grandiosas, de los héroes que
participaron en la conquista de América, asoma con frecuencia alguna sombra que
empaña la luz que resplandece sobre la frente de esos semidioses, dignos todos
de la epopeya.
»A este capitán, bardado de bronce desde los pies a la cabeza, se le puede
hacer el cargo de haber violentado, con los hierros de la venganza o con los de
la codicia, las puertas de la gloria. A aquel otro, en cuya espada parece
hallarse suspendido el rayo de Júpiter, se le podría tildar de haber hecho
recaer con rigor excesivo las terribles necesidades de la conquista sobre las
tribus sojuzgadas. Y a aquel, de perfil rampante, para quien no existió
obstáculo capaz de detener los bríos de su caballo, se le podría acusar de haber
traído a América, junto con el ideal heroico de su raza, el fermento de
indisciplina o de anarquía que ha persistido después en nuestros pueblos y
malogrado muchas veces en ellos el equilibrio democrático y el progreso de las
Instituciones.
»A Isabel la Católica, en cambio, no puede hacérsele el menor reparo; no se
le puede dirigir la crítica más leve, porque todo lleva en ella, al menos en lo
que se refiere a las proyecciones de su genio sobre el destino de América, la
perfección propia de las cosas superiores.
»Todo americano tiene que ponerse espiritualmente de rodillas para pronunciar
el nombre de esta reina excelsa, que fue para los indios, en los días críticos
de la conquista, una especie de divinidad bienhechora» (Ibidem Págs. 8
y 9).
He dicho.
*
Nicolás de Jesús López Rodríguez es Arzobispo de la Arquidiócesis de
Santo Domingo, Primada de América. Conferencia pronunciada el 17 de noviembre de
2006.
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Altar Mayor - Nº 116 (10) |
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Wednesday, 26 September a las 12:07:39 |
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
APUNTACIONES
Antonio Castro Villacañas*
En torno a la República y la cultura de Estado
Los españoles «progres» aprovechan cualquier ocasión para propagar la especie
de que la II República fue un modelo de Estado, el no-va-más de las experiencias
políticas... En el caso que comento, se ha utilizado como pretexto la
publicación en la Biblioteca Fundamental de la Fundación «Banco
Santander-Central-Hispano» –compuesta en su práctica integridad por títulos muy
significativos– de una antología, cuidada por Francisca Montiel, de escritos del
periodista Esteban Salazar Chapela, cuya vida literaria y política estuvo
siempre unida a la de la República, desde antes de que fuera proclamada hasta
mucho después de que hubiera muerto, razón más que válida (a juicio de los
bibliotecarios de ese Banco) para resucitarle, pero con méritos literarios o
políticos inferiores a los de Ernesto jiménez Caballero, Rafael Sánchez Mazas,
Eugenio Montes, José María Pemán o Rafael García Serrano, por ejemplo, que no
figuran en dicha Biblioteca.
Salazar Chapela saludó a la II República por medio de un artículo, publicado
en el diario El Sol hace ahora 76 años, en el que expresaba la
esperanza de los jóvenes de entonces respecto de que por fin la literatura
española fuera a tener «vida nacional», cosa que –según él– ya sucedía en Rusia,
Alemania y Estados Unidos, países en ebullición, en marcha, o en ascenso... «No
se nacionaliza una literatura por voluntad colectiva», dice el autor, «ni
siquiera por voluntad de los propios escritores», sino «cuando la vida nacional
gana a los escritores».
Eso es, exaltan ahora los progres, lo que hizo la II República: realizar el
sueño y la exigencia de aquel Salazar Chapela, poner en marcha un recio
movimiento de Cultura de Estado... Y como prueba de todo ello resaltan la
creación de las Misiones Pedagógicas en mayo de 1931, nada más llegar Fernando
de los Ríos a ser ministro de Instrucción Pública, y la apertura de la
Universidad Internacional de Santander un año más tarde, en agosto de 1932...
Poco más pudo hacer aquella República, pues como se sabe murió en 1936, pero
entre sus méritos culturales sí debemos resaltar la creación de un buen número
de escuelas rurales y de Institutos de Enseñanza Media.
Como ello no es suficiente a la hora de proclamar que la República de Azaña
fue el mejor modelo posible de Estado cultural –Alcalá Zamora no existió como su
primer presidente, al menos en la memoria de los progres– estos asocian aquel
régimen con la notable Institución Libre de Enseñanza que Giner de los Ríos puso
en marcha cuarenta años antes, a finales del siglo XIX; la Junta para Ampliación
de Estudios (que cumple este año su centenario); la Residencia de Estudiantes y
de Señoritas (ambas creadas en 1910); y el Instituto-Escuela (que surgió ocho
años más tarde)... Los progres dicen que aquella siembra de entusiasmo, laicismo
y pedagogía auguraba un futuro mejor del que tuvo: la España constantiniana,
creación reaccionaria de la derecha que se apoderó del franquismo y supo
utilizarlo mientras le convino, para desprenderse de él cuando arrojarlo a la
basura significaba nuevas ventajas.
Yo no sé si soy progre o no, porque estoy de acuerdo con algunas de sus
afirmaciones y no con otras. Así, a título de ejemplo, me parece casi del todo
cierta la última que he citado, pues la tan alabada etapa de transición
impulsada por don Juan Carlos y puesta en práctica por Adolfo Suárez sólo fue
para mí una clara tra(ns)ición a los fundamentos ideológicos y las realizaciones
políticas de un Estado que habían jurado perfeccionar cuantos en él participaron
de modo libre y consciente. Entre esas realizaciones se encontraban, y todavía
subsisten, si bien bastante deterioradas, algunas anteriores a la República
junto con otras creadas por ella.
Entenderá muy mal el franquismo quien no lo vea como el continuo desarrollo
de una pugna entre dos formas diferentes de concebir y realizar el Estado: una,
la falangista, pretendía superar a la II República partiendo de ella; y otra, la
reaccionaria, buscaba el retorno a la II Restauración Borbónica y el turno
pacífico de partidos burgueses... La primera, para ceñirnos al tema de estas
apuntaciones, recogió en muy buena parte el espíritu de la Institución Libre de
Enseñanza y lo trasladó –en la medida de lo posible para aquellos tiempos– a sus
propios órganos de actuación escolar o juvenil. A ella se debe que la Junta de
Ampliación de Estudios subsistiera a través del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas; que las Residencias de Estudiantes persistieran de
algún modo por medio de los Colegios Mayores, hoy tan degradados; que las
Misiones Pedagógicas continuaran, con lógicas variaciones, a través de las
Cátedras «José Antonio» de la Sección Femenina o el Frente de Juventudes; y que
el valorado nacionalismo literario estatalista republicano, tan combatido por el
tenaz nacionalismo derechista que durante cuarenta años se amparó tras la figura
y el régimen de Franco, si de algún modo todavía alienta en nuestro alrededor,
en buena parte se lo debe a quienes en ese régimen y a lo largo de ese tiempo
nos mantuvimos fieles a la tesis de que para la nueva España era válido y útil
todo lo bueno que encontráramos, fueran cuales fueran sus orígenes y propósitos,
siempre que pudiera ser acoplado al proyecto de vida en común.
Un ejemplo práctico de ello lo encontramos en la sede arquitectónica de los
Nuevos Ministerios, proyectada y empezada a construir bajo el mando de Indalecio
Prieto –por eso su perspectiva aérea tenía hasta 1940 la forma del martillo y la
hoz, herramientas unidas por los respectivos mangos–, que durante la guerra fue
cuartel de distintos efectivos militares, y que tras ella superó la tesis de
quienes patrocinaron su destrucción, para convertirse mediante los adecuados
retoques en Ministerio de la Vivienda –lo que estaba destinado a ser Dirección
General de la Seguridad del Estado, con los pertinentes sótanos–, Ministerio del
Trabajo y Ministerio de Obras Públicas –en su inicio proyectada sede de la
Presidencia del Gobierno– y en simple plaza ajardinada –hoy vulgar aparcamiento–
la prevista como lugar de concentración de trabajadores de todas clases, a los
que enardecerían sagaces tipos políticos desde los arengarios establecidos al
efecto en la fachada principal de la edificación citada.
No se utilizó como Plaza Roja –ni como Plaza Azul– el gran espacio
arquitectónico impulsado por Prieto. No se convirtieron en celdas o checas los
distintos lugares previstos para una especie de GPU española, sino en salas y
despachos de normal trabajo en pro de una política de vivienda no realizada
hasta entonces y desde 1975 ni mejorada ni siquiera igualada. En el nuevo
Ministerio de Trabajo se forjaron por personas de ideas limpias, abiertas,
despejadas de prejuicios, los proyectos de unas nuevas Universidades, que en
principio se llamaron Laborales por estar destinadas a hijos de obreros, y que
fueron suprimidas –pocos años después de morir Franco– por ser símbolo y logro
de una política social y educativa muy diferente de la propia de una monarquía
tan en realidad clasista como en apariencia democrática...
La Segunda República española, mal que les pese a los progres, no tuvo tiempo
de hacer una verdadera política cultural nacional de Estado. La Tercera
Monarquía Borbónica no se ha propuesto nunca llevarla a cabo. Alguien tendrá,
pues, que realizarla.
Sobre democracia, pueblo, plebe, masa...
Soy profundamente demócrata. Creo que el gobierno del pueblo debe ejercerlo
el pueblo. Y aquí empiezan mis dudas, mis escrúpulos, mis distancias... Porque
el pueblo me aterra y me enamora, me repele y me atrae, según los momentos,
según el para qué, según el dónde y el cuándo... A veces, más de las que yo
quisiera, el pueblo me da asco. No el pueblo en general, pero sí el pueblo que
se concreta y concentra en espacios, o tiempos, o quehaceres, determinados. Por
ejemplo: con dificultad aguanto a esa clase de pueblo que se llama o le llaman «fans».
Me caen mal los hombres y las mujeres, jóvenes o maduros, que en los campos de
fútbol, en las plazas de toros, en los teatros, en las salas de música, en los
espacios deportivos, o en las plazas y las calles, se muestran incondicionales
partidarios de éste o aquél equipo, conjunto, grupo, colectivo, o como quiera
que se llame. Me caen mal porque en la mayoría de los casos, los fans aclaman a
sus ídolos mientras estos triunfan o quedan bien, pero se las hacen pasar
canutas cuando por cualquier causa están en horas bajas o comienzan a recorrer
los agrios, largos e inevitables senderos de esa triste etapa que llamamos
decadencia. Por eso, siempre que veo una pañolada admirativa y encorajinadora, a
la que por lo general me sumo, me aterra pensar que tras ella en demasiados
casos puede adivinarse la otra pañolada, injusta, cruel, temible, miserable, que
ese mismo grupo de fans dedicará a quienes ahora exalta, o a cualquiera de sus
rivales, acompañada de gritos, insultos, gestos y escupitajos, en cuanto perciba
que la sombra de la diosa Fortuna ya no les acompaña...
Y es que la palabra «pueblo» guarda en su interior demasiados misterios y
significados. Antes de empezar a escribir estas apuntaciones me he entretenido
unos momentos en explorar el terreno ideológico que dicha palabra aprovecha, y
he quedado asombrado. Si Dios me lo permite, volveré a él en otra ocasión,
porque esta no puede ser –y ya es bastante– mas que una almena o una avanzada.
La en principio correría y quizás más tarde expedición exploradora y hasta puede
que con suerte fuente de poder y dominio, me ha hecho ver que cuando hablamos de
«pueblo» nos podemos estar refiriendo a cinco cosas distintas aunque estén algo
emparentadas. Se hace preciso, por tanto, cuidar más de lo que hacemos la
precisión de nuestro lenguaje, para no dar gato por liebre y honrar con
inmerecidas atenciones lo que merece reproches y recelos.
El pueblo es, al menos debe ser, el sujeto activo de la democracia. Pero si
no se tiene cuidado, como sabe todo el que analice la realidad política
histórica y la cotidiana, el pueblo se convierte demasiadas veces en simple
público, o en plebe, masa, chusma o gente, o en dos o tres docenas de cosas más,
que a mí me parece –por eso soy un demócrata diferente a los que hoy presumen de
ser políticamente correctos– no tienen el mismo derecho a ser agentes y dueños
del poder y del gobierno.
El público, por ejemplo, sobre todo el público de fútbol, es un monstruo de
mil cabezas que sólo quiere ganar, vivir victorias que de algún modo remedien o
al menos compensen sus complejos y sus frustraciones individuales o colectivos.
El público, que muchos califican de ejemplar si en principio aparece como
deportivo, es antojadizo, falso, infiel, sectario y voluble. Lo malo es que
todos esos adjetivos pueden servir para calificar muchas más veces de lo
deseable a la masa electoral que periódicamente determina el rumbo de nuestra
histórica travesía como pueblo. La práctica totalidad de los más activos
militantes de nuestros partidos políticos carecen de espíritu cívico y de
criterio ético. Como sus equivalentes deportivos, los fans partidistas sólo
quieren ganar, ganar y ganar...
Cuando un equipo ideológico o futbolero logra vencer a sus más directos o
habituales rivales, el público aplaude y exalta a los jugadores, el entrenador,
los directivos y hasta el árbitro... Si por el contrario resulta derrotado, ese
mismo público –sobre todo en contiendas finales o de especial trascendencia–
saca a relucir sus bajas pasiones y denigra lo más que puede a cuantos han
jugado en su nombre.
Demasiadas veces, por desgracia, el pueblo demuestra poseer mínimas dosis de
ciudadanía, ilustración y razón. Los demagogos halagan al pueblo cuando dicen
que siempre tiene razón. Mi idea de la democracia es que el pueblo desorganizado
acaba siendo una especie de monstruo necesitado de freno, dominio y educación.
Al pueblo, sostengo, hay que proporcionarle buenas maneras, rellenar su cabeza
de suficientes ilusiones y conocimientos, dotarle de un siempre mejorable modo
de ser, hacerle capaz de ponderar las personas y los acontecimientos.
Los demócratas tradicionales dicen que la mayoría del pueblo siempre tiene
razón, siempre tiene derecho a gobernar... Yo, que tengo un peculiar sentido de
lo que es y lo que debe ser una democracia, me permito dudarlo. La mayoría del
pueblo, pienso, tiene derecho a gobernar siempre que tenga en cuenta la
existencia y los derechos de las minorías. No se puede olvidar que siempre, pero
muy especialmente hoy, el pueblo ha sido y es un ente frágil, débil, cambiante,
influíble, contradictorio, apasionado... Lo saben de sobra los muchos poderes de
toda índole que lo condicionan y manejan a diario por medio de la prensa, la
radio, la televisión, la publicidad, el cine, el teatro... El modo de pensar y
de ser de los pueblos depende ahora mucho más de intereses económicos y
comerciales que de ideas y sentimientos propios.
No, no se puede ser demócrata simple. Hay que osar ser demócrata orgánico.
Sobre Joaquín Navarro Esteban, un juez político
La inesperada muerte de Joaquín Navarro Esteban –hay quien dice que se
suicidó en Almería el pasado sábado 28 de abril– me ha conmovido mucho a lo
largo de la última semana. No en balde fuimos amigos desde que lo conocí en
Granada, cuando comenzaban los años 60, hasta finales de los 70, época en que
partiendo de posturas políticas próximas elegimos el caminar por sendas
diferentes. A partir de entonces no volvimos a vernos, ni a dirigirnos una sola
palabra verbal o escrita, pero tengo constancia directa de que él me apreciaba
lo suficiente para no consentir que en su presencia se hablase mal de mí. Aunque
reprochara mi alejamiento de la escena política en 1977, respetaba mis criterios
y muy de tarde en tarde me hacía llegar el testimonio de su recuerdo y afecto.
Por el mismo método le devolvía yo análogos sentimientos, incluso cuando su
actividad pública merecía máximas censuras y reproches.
En la esquela anunciadora de su muerte no apareció el nombre de su mujer.
Tampoco el de sus hijos. Parece ser que desde hacía algún tiempo vivía solo,
aislado, deprimido, enfermo... No quiero entrar en esta clase de circunstancias,
a mi juicio de orden estrictamente personal, pero sí me permito señalar que algo
por el estilo le pasaba también en los ámbitos profesional y político. Ignoro
quién o quienes redactaron la citada esquela, pero asumo sus últimas frases,
pues para mí resulta totalmente cierto que siempre soñó con un mundo mejor para
todos, y que para lograrlo siempre puso en juego su espíritu indomable y
comprometido. Otra cosa es que, a mi juicio, tras la muerte de Franco sus
posiciones ideológicas y sus actitudes políticas se fueran radicalizando de un
modo tan extraño como extremado.
Apasionado y polémico era ya cuando estudiaba Derecho en Granada, y esas
mismas cualidades –o defectos– motivaron que fuera escogido para formar parte de
las células falangistas que en todas las universidades de España trataban en los
años 1950 y 1960 de orientar a la juventud y al Estado hacia un horizonte de
«nueva izquierda» completamente contrario al de «vieja derecha» propugnado por
las tradicionales fuerzas que –para desgracia de España– luego prevalecieron...
Las pocas y breves reseñas biográficas de Joaquín Navarro aparecidas tras su
muerte, callan, no sé si por ignorancia o mala intención, que el destacado juez
almeriense fue durante veinte largos años –desde 1950 hasta 1970– un notorio
falangista «crítico», en las aulas de Granada primero, luego –ya licenciado– en
las de Salamanca, y por último en las de Madrid, cuando ya preparaba su ingreso
en la carrera judicial y ejercía como profesor de la Academia de Mandos del
Frente de Juventudes y de la Escuela Sindical... Un libro suyo sobre política
social fue publicado en ese tiempo como texto oficial para la «formación del
espíritu nacional». Todo ello parece indicar que las jerarquías correspondientes
no lo consideraban nada heterodoxo. Otra cosa es que, como muchos falangistas de
su edad y algo más viejos, entre los cuales yo me incluyo, no hiciera cuanto
estuviera a su alcance para que el sueño de una España mejor y de un mejor orden
mundial no se fuera enterrando poco a poco en beneficio de una «restauración» de
fuerzas viejas y de la creación y expansión de otras nuevas líneas de acción
política marxista. Este «antifranquismo», como llegó a calificarse por quienes
no veían más allá de sus despachos, hizo que algunos tacharan a Navarro de
comunista, cuando –por lo que yo sé– su «desviación política» comenzó en las
filas de la organización «Justicia Democrática», en la Escuela Judicial, tras
aprobar las oposiciones de ingreso en el mundo de la judicatura.
Su evolución posterior es mucho más conocida. Tras la muerte de Franco, su
pasión política y el espíritu de la tra(ns)ición le llevaron a las filas del PSP,
y con Tierno Galván –a quien posiblemente conocía desde sus días de Salamanca–,
desembarcó en el PSOE, partido por el que fue diputado en Almería en las
elecciones de 1979. Su carácter crítico, indomable, y si se quiere en exceso
ambicioso o creído, le hizo dejar el escaño y el PSOE. Volvió a ser juez en
Madrid y en San Sebastián, y desde la prensa y la radio manifestó con brillantez
y exceso sus opiniones contrarias al felipismo. Por criticar a los magistrados
del Supremo y de la Audiencia Nacional fue sancionado. Todo ello, y su propio
carácter, le fueron radicalizando hasta el punto de que en San Sebastián adoptó
posiciones políticas cercanas a las de los nacionalistas vascos, católicos o
batasunos. Sus escritos en los diarios Deia, Egin y Gara
motivaron que llegara a ser considerado defensor de Otegui y sus muchachos, y
sus durísimas críticas al Rey, al Gobierno y al Consejo del Poder Judicial le
sometieron a diferentes y duros procesos administrativos y judiciales que
afectaron de modo notable a su carrera y a su personalidad. Eso influyó también
en su vida privada.
Durante veinte años, los de su juventud y mi primera madurez, hablé largo y
tendido muchas veces con ese hombre, a quien siempre tuve y consideré camarada y
compañero. Junto a otros muchos imaginamos para todos diferentes y nuevas
madrugadas. Cuando rodaron por el suelo ilusiones y esperanzas, cada cual siguió
su propio rumbo, el que le pareció más próximo al de antes o el que le prometía
mejor futuro. Yo no soy quién para juzgarles, sobre todo cuando la muerte ha
levantado ya su vuelo. Prefiero mirar hacia atrás, recordar las buenas horas de
antaño, y cargado con ellas decido ir hacia delante. Porque todavía y siempre
tenemos que hablar de muchas cosas –no sé dónde, no sé cuándo–, camaradas del
alma y el alba, compañeros...
Sobre la bandera y el himno
Los progres, en su afán de conseguir cuanto antes la vuelta al pretérito
perfecto, que como todo el mundo sabe es la República de 1936, dicen cuando les
viene bien que desde Isabel y Fernando no ha sucedido nada mejor en España que
el suicidio a lo bonzo de las Cortes franquistas y el subsiguiente despliegue
por todos los poros del Estado de las huestes democráticas, cristianas,
franquistas y monárquicas reclutadas por el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez para
mejorar sus respectivas situaciones personales, logradas a lo largo del régimen
de Franco por medio de inteligentes lametones al culo del Caudillo. Como es
natural, no dicen nada sobre el indiscutible hecho de que los Reyes Católicos
unieron territorios y pueblos, mientras que la Santa Tra(ns)ición, mientras
miraba de reojo al Ejército en cada minuto de los días que duró el proceso de
acoso y derribo del Estado vigente, tantas veces jurado y loado, sentaba las
bases de una progresiva desunión de culturas, pueblos y territorios.
En la construcción del nuevo régimen democrático monárquico tuvo mucha
influencia el miedo a las fuerzas armadas y a los restos del franquismo. Hoy,
treinta años después, creo que podemos dar por no existente cualquier clase de
recelo respecto del Ejército, por muy diversas causas que no deseo ahora
examinar... Pero todo el que observe con un mínimo cuidado la realidad política
española se dará cuenta de que siguen existiendo múltiples manifestaciones de
temor a un siempre posible nacimiento de algún tipo de acción política
«franquista» y «fascista», como les gusta decir a los progres.
Dicen quienes presumen de saber algo de estas cosas que la tra(ns)ición se
hizo mediante un cierto número de pactos secretos entre los Bellidos Dolfos que
movía un impulso soberano y aquellos españoles que dentro o fuera de nuestra
Patria encabezaban grupos de oposición al franquismo y a quien parecía iba a ser
su continuador a título de rey. Uno de esos pactos se acordó en Madrid el 27 de
febrero de 1977, tras ocho horas de conversaciones, bebidas, comidas e
intercambio de pitillos «Ducados» entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo,
reunidos al efecto en el más que aceptable chalet de José Mario Armero. El
todavía máximo representante del Movimiento Nacional creado por Franco ofreció
la inmediata legalización del PCE a cambio de que los comunistas aceptaran la
versión democrática y parlamentaria de la monarquía, lo más parecida posible a
una república, que se proponían instaurar los intrigantes cortesanos de Juan
Carlos.
Una muestra práctica de tal aceptación sería que el PCE respetara e incluso
en algún modo asumiera como símbolos patrios la bandera y el himno que eran los
oficiales el 14 de abril de 1931. Santiago Carrillo dilató cuanto pudo su
acatamiento al «nuevo orden» monárquico, y una de sus últimas sugerencias fue la
de que tales símbolos se entendieran sobre todo como propios y privativos del
Ejército tras liberarlos de cualquier concomitancia franquista...
La monarquía republicana es un hecho que alienta las esperanzas de cuantos
creemos preferible sustituirla por una república monárquica. La bandera bicolor
que figura en el primer documento constitucional sellada con el escudo del
águila de San Juan, fue pocos años después sustituida inconstitucionalmente por
la que hoy recoge a un escudo en esencia más dinástico y borbónico que nacional,
con lo que dejó de expresar la ambición común de que España fuera siempre una,
grande y libre, lema inequívocamente incompatible con las tendencias
separatistas y colaboracionistas de la monarquía republicana. Al himno nacional
se le quitó el texto redactado por José María Pemán, por lo que se privó a los
españoles la posibilidad de cantar con orgullo que su Patria fue la primera en
seguir sobre el azul del mar el caminar del sol, o que los yunques y las ruedas
deben forjar un nuevo mundo de amor, ya que con toda evidencia tales frases no
pueden ser tenidas como propias de una monarquía democrática y parlamentaria,
sino de un régimen totalitario; de modo y manera que los españoles estamos
obligados a tararear –chunda, chunda, tarata tata chunda–, eso sí, con orgullo,
las notas de nuestro himno, y a sentir sana envidia de los pueblos que pueden
cantar a plena voz las glorias de su pasado y la ambición de su futuro.
De hecho, el himno y la bandera se han convertido más en símbolos militares
que nacionales. Dígalo si no el restringido uso que de uno y otra se hace en la
mayor parte del territorio nacional y de los actos oficiales. De hecho, también
la mayor parte de los medios de información, partidos políticos y centros de
enseñanza conceden análoga importancia a las enseñas republicanas –pese a ser
éstas radicalmente anticonstitucionales– que a las honradas con el signo de «la
gallina» o «el aguilucho», como suelen decir para referirse a las que
sustancialmente han sido y seguirán siendo siempre legales, y por supuesto más
hermosas que las borbónicas.
Y, sin embargo... Poco a poco el pueblo reacciona. A pesar de la creciente
campaña en su contra; a pesar de la cobarde complacencia de quienes juraron una
bandera y hoy se conforman con otra; a pesar de todo lo que hacen en su contra
los enemigos y lo poco que a su favor hacen quienes debían ser sus amigos, los
símbolos de España están donde deben estar: en la calle y en los corazones de
los españoles.
*
Antonio Castro Villacañas es abogado y periodista.
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
EL «KIOSCO» DE PERIÓDICOS, ENTRE EL VOCEADOR Y LA
PRENSA GRATUITA
Alfredo Amestoy *
Uno de los muchos placeres que me proporcionan mis estancias en la villa
alavesa de Laguardia, además de beber buen vino, es el de ir a comprar la
Prensa. Como se vende en la panadería, puedo adquirir a la vez el pan y el
periódico, los dos mandados mañaneros que Paco Umbral hacía de joven, más que
por Dios… por España.
Pan y periódico –en el fondo, «pan y toros»– constituyen lo imprescindible.
El resto, huelga. Ambos proceden de la madre tierra. Al trigo y al árbol, para
fabricar el papel, les hermanan tanto que los Baroja tenían tahona e imprenta y
de los escritos de don Pío se decía que tenían «mucha miga».
Hace algún tiempo no hubiera sido de buen gusto, ni de buen olfato, mezclar
el saludable olor del pan, bendito, con el de la tinta, olor maldito, ya que las
linotipias, como las pistolas, las cargaba el diablo. Pero ya no hay linotipias,
ni diablo. Y la tinta es inodora; como la literatura insípida. Este artículo no
quiere ser insípido, pero tampoco me gustaría que supiera u oliera a nostálgico…
Cierto es que siempre me preocuparon tanto como los periódicos el lugar donde se
vendían y el primer premio periodístico que gané fue el que se me concedió en la
Escuela de Periodismo por un artículo que se titulaba «El kiosco» y que hasta se
publicó en el Arriba.
«El kiosco» era un elogio al lugar donde se vendían diarios y revistas y que,
en mi exaltación juvenil, creo que comparaba con un jardín florido y con el
estampado del vestido de una atractiva muchacha.
Titulé el «Kiosco», con «K», en vez de con «Q», a mi juicio más correcto y
por lo que me remordió la conciencia durante muchos años, hasta que supe que
lleva «K» la palabra «kush», de origen árabe o persa, que da nombre a los
templetes en que tocan los músicos o donde se venden flores o periódicos. Así
ocurre en las Ramblas de Barcelona donde los kioscos de gran tamaño y bella
factura modernista se dedican a uno u otro comercio.
En honor a la verdad hay que reconocer que los kioscos de flores –y de flores
y de pájaros–, han sido más fieles a su primer destino que los kioscos de
periódicos, cada vez más desvirtuados por la acumulación de tantos objetos
ajenos al papel impreso. A los kioscos les ocurre como a las oficinas bancarias,
que se han convertido en bazares abarrotados de vajillas, cuberterías,
televisores…, y donde los empleados, entre hipoteca e hipoteca, te pueden
enseñar a hacer un suflé en un microondas.
En los kioscos de periódicos ocurre lo mismo, y entre tanto DVD y tantas
colecciones de muñecas, soldaditos de plomo y tazas de té, los vendedores
ignoran el continente, y qué decir del contenido, de los periódicos.
En mi época de reportero, en Barcelona y en Madrid, recuerdo que los
vendedores de los kioscos que frecuentaba me comentaban lo que había publicado
aquel día, y no era raro verles hojear y ojear los periódicos. Y cuando fui
director de alguna publicación eran inestimables colaboradores advirtiéndome
aciertos, errores y dándome consejos valiosos a propósito de las opiniones de
los lectores.
Muchos vendedores de prensa son auténticos «profesores de periodismo». Los
hermanos Rey, primero Jesús y ahora Teófilo, que han regentado diferentes
kioscos en la Gran Vía de Madrid podrían explicar el devenir de un centenar de
periódicos y de otras tantas revistas, nacionales y de todo el mundo, a lo largo
de los últimos cuarenta años. Y eso que se han limitado a vender Prensa, nunca a
vocearla…
Creo haber oído en Bilbao, en l954 ó l955, a los últimos «voceadores»… No era
extraño que grandes empresarios y directores de famosos periódicos hubiesen
empezado sus carreras voceando noticias en la calle.
El vendedor de periódicos que voceaba las noticias no siempre pregonaba el
título de la publicación y la noticia de primera plana. Muchas veces su
perspicacia y sagacidad le llevaba a elegir otras noticias escondidas en página
par, pero que interesaban al barrio o a los usuarios del tren que acababa de
llegar a la estación.
La observación y el estudio de las reacciones del ciudadano ante una u otra
noticia convertían a aquellos muchachos en alevines de magníficos periodistas… o
sociólogos.
William Randolf Hearst, y aquí nuestro Antonio Asensio, por su culto al
«amarillismo» podían haber empezado sus carreras voceando periódicos. Pero como
me explicó, por escrito, el profesor de Historia del Periodismo, don Pedro Gómez
Aparicio, en una carta autógrafa que conservo: «el pregón del periódico era una
llamada al sensacionalismo sobre hechos que muy de tarde en tarde se producían.
Actualmente el periódico contiene en un día más noticias sensacionales que antes
en un mes. La consecuencia es que, por la abundancia de hechos importantes, el
sensacionalismo no necesita de ningún estímulo. Porque, de añadidura, la Radio y
la televisión, al anticipar todas esas noticias importantes, despiertan el
interés de las gentes sobre lo que después, más detalladamente han de hablar los
periódicos».
Este texto cobra más valor porque fue redactado hace cuarenta años por don
Pedro, a la sazón presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid.
Apenas había comenzado la Televisión y ya le concedió el papel de nuevo
«voceador» de noticias, casi «nuevo kiosco de periódicos», precursor de la
Prensa gratuita.
Por cierto, en homenaje a Gómez Aparicio, escribamos «Kiosko», tal y como
figura en su carta autógrafa, con dos «kas». Si a él le gustaba así, a nosotros
también. No es muy académico, pero si lo hacía el Presidente de la Asociación de
la Prensa, habrá que admitir que era, y es, «periodísticamente correcto».
*
Alfredo Amestoy es periodista y escritor.
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
UN MUSEO CONDENADO
Jesús Flores Thies
*
El Museo Militar de Montjuich será el segundo Museo Militar que va a sufrir
la acción de la parte más sectaria de la política de partidos, ante la
indiferencia, el dejar hacer o la cobardía de aquellos que, de alguna forma,
podrían impedir tal «museicidio».
El de Madrid fue condenado al exilio de la capital por una decisión de la que
fuera ministra de Cultura (sic) del PSOE, Carmen Albor que quería encontrar
espacio para una especie de macromuseo del Prado. Esta idea salió de la parte
menos cultural de su cerebro, allá por la mitad del año 1994. También entonces,
como ahora, hubo quienes consideraron esa propuesta como una nube de verano.
Aquellos que al conocer la triste noticia tratamos de informarnos y de escribir
a ministerios, personajes, secretarios, generales… para recabar información, se
nos trató de alarmistas. Hubo una ralentización del proyecto por la necesidad de
encontrarle un lugar adecuado, estudio de presupuestos, etc.
Cuando Aznar llegó a la Moncloa no perdió el tiempo con sutilezas y ordenó el
inmediato desalojo del Museo que debería ser trasladado a Toledo. Comiéndose los
plazos que las abundantes y bien remuneradas comisiones de esto y de lo otro,
habían recomendado, sería nuevamente el presiente del PP quien ordenaría
adelantar el desalojo de forma que, el cierre proyectado para el 2007, se
adelantaría en casi tres años. Es decir, que después de diez años de la
desgraciada idea de la ministra, el Museo del Ejército madrileño ha dejado de
existir. Todavía no ha encontrado acomodo para todos sus fondos debido a que el
Alcázar fue tomado por el señor Bono, y poco espacio ha dejado para Museos
Militares y otras tonterías inútiles.
El otro museo condenado, el instalado en el Castillo de Montjuich, empezó a
sufrir presiones nacionalistas casi a raíz de la muerte de Franco. Este Museo,
con el Castillo y su glácis, había sido cedido a la ciudad de Barcelona a
instancias del entonces Capitán General don Pablo Martín Alonso y del alcalde de
Barcelona señor Porcioles. Franco accedió de inmediato, y en uno de sus
numerosos viajes a Cataluña (1961), en un Consejo de Ministros celebrado en el
Palacio de Pedralbes, se hizo la cesión de modo oficial. Dos años después, en
1963, en otra visita a Cataluña, el Generalísimo inauguraba el Museo y el
Castillo recién reformado. Nosotros fuimos testigos de esa jornada histórica.
Ni la monarquía ni la república habían solucionado ese deseo de los
barceloneses de que el castillo pasara a la ciudad, dejando de ser un
establecimiento militar. Tuvo que ser Franco, pese a los que quieran modificar
la Historia, quien lo cediera. ¡Qué se le va a hacer!
Con la «Transición» empezaron las presiones para hacer desaparecer ciertos
símbolos, estatuas y objetos no gratos, no a los catalanes, sino a los
nacionalistas. Por esta presión, la estatua ecuestre del Generalísimo, obra del
escultor catalán José Viladomat, fue quitada del Patio de Armas y encerrada en
un almacén de los sótanos. También fue emporcada y semiborrada la leyenda que
había en un lugar próximo a los fosos, en la que se recordaba la cesión, la
fecha y sus protagonistas. Cuadros y recuerdos que de alguna forma tuvieran que
ver con la guerra civil fueron prudentemente escondidos… Pero el Museo, salvo
estas iniciales depredaciones, se mantuvo casi en su integridad primitiva.
Hacia los años 90 se iniciaban una serie de ataques periodísticos sectarios
contra la misma existencia del Museo Militar. Los Capitanes Generales, sortearon
estas tarascadas con mejor o peor fortuna.
En el desfile de las Fuerzas Amadas que se celebró en Barcelona en el año
1981, el presidente de la Generalidad, señor Pujol, regaló al Museo una gran
Bandera que con el escudo del águila de San Juan. Un día los «maulets», versión
catalana de los «jarraiz» separatistas vascos, entraron en la sala de las
banderas y se llevaron el regalo de su presidente, dato que ignoraban. Las
presiones contra el Castillo y el Museo abundaron, distinguiéndose el periódico
más subvencionado del mundo, El Avui, aunque otros, como El
Periódico y La Vanguardia, tampoco se quedaban muy atrás a la hora
de pedir cambios.
Se insiste en la prensa en el hecho del fusilamiento de Luis Companys en los
fosos del Castillo, pero se omite que fue el único «rojo» fusilado en esos
fosos, mientras que más de mil patriotas, muchos de ellos catalanes, fueron
fusilados, la mayor parte sin juicio, durante la terrible época en la que la
Generalidad tuvo como presidente a tal personaje.
Durante los años 90 fue Director del Museo y del Castillo el Coronel de
Caballería don Luis Montesino Espartero y Juliá que dio tal impulso al Museo,
que se convirtió durante años en una referencia cultural de Barcelona. Creó la
«Asociación de Amigos del Museo de Montjuich» y el Aula «General Prim». Al mismo
tiempo, recuperó la estatua del Generalísimo, la restauró y la instaló en una
sala lateral protegida por un cristal, y colgó una serie de retratos de
Capitanes Generales. Junto a la capilla, colgó unas lápidas, recuperadas en un
almacén de chatarra, de los caídos en los Cuarteles de San Andrés en el
sangriento 18 de Julio de 1936. Hizo reparar las dañinas goteras que ponían en
peligro las salas inferiores y aumentó los fondos de la excelente Biblioteca, la
cual informatizó. También organizó viajes por tierras catalanas y del entorno;
recordamos, entre otras, la realizada a Morella, ciudad que da nombre al
marquesado que posee el Coronel Montesino. También se dieron conciertos en la
Plaza de Armas…
Pero la inexorable apisonadora sectaria no paraba. Durante su época de
Director de Castillo y Museo, hubo de sufrir los ataques de la prensa sin que
ninguna autoridad militar hablara en su defensa. Existía en centros militares la
idea de que era mejor callar y dejar que se desinflaran los pelmazos de la
prensa y de los partidos nacionalistas y separatistas, y «no entrar en
polémica», actitud que en ciertos casos fue eficaz, más sólo de forma temporal.
Hasta que un día, cansado, decepcionado y desengañado por la falta de apoyo y de
comunicación con el Capitán General, y después de un desafortunado incidente que
vejaba la propia autoridad del Coronel como Director del «Aula General Prim»,
presentó su renuncia irrevocable.
A partir de entonces las cosas se complicaron un poco. Muchos «Amigos del
Castillo» se dieron de baja, aunque continuaron las actividades en el «Aula» y
en el Museo, pero ya se había perdido el impulso y la fuerza anteriores. Pronto
llegó la orden de Capitanía para eliminar todo cuadro de Franco y del General
Primo de Rivera. No olvidemos que sería don Miguel quien urbanizaría la montaña
de Montjuich a raíz de la Exposición Universal de Barcelona, ajardinándola y
creando el primer Estadio Olímpico de España, que lógicamente no lleva su
nombre, sino el del conocido «deportista» llamado Lluis Companys… No fueron los
únicos cuadros descolgados, que otros siguieron su mala suerte. La estatua del
Generalísimo ha sido desmontada y tapiada en otro lugar de los sótanos, los
retratos de la Capitanes Generales han seguido su camino…
El presidente Zapatero, personaje cuya capacidad cerebral es uno de los
secretos mejor guardados de este hemisferio, decide «regalar» el Castillo a
Barcelona, «regalo» que ya se había hecho antes de que naciera tal prócer de la
política. A partir de entonces, la presión mediática y política se hace
sofocante. Pero en el Castillo se trabaja como si nada fuera a ocurrir, es
decir, lo mismo que se hizo en el Museo del Ejército de Madrid, hasta que
sonaron las campanas con el toque de Difuntos. Ni allí ni en ningún centro
oficial militar o civil dan informes sobre lo que se va a hacer. Por de pronto,
la Biblioteca ha sido trasladada, salvo contados volúmenes, al Cuartel del Bruch,
donde por falta de fondos, nadie sabe ni informa de cuándo y cómo se va a
instalar. De la hermosa biblioteca ha desaparecido, almacenado en algún sótano,
el mobiliario central que dividía la sala en dos zonas con magníficos pupitres
corridos. Han quedado, medio vacíos, los armarios que en otros días mejores
guardaron colecciones y libros muy valiosos.
Cuando en el Castillo hemos pretendido una información sobre su futuro y el
del Museo, hemos encontrado un cierto rechazo a nuestra curiosidad. Nos han
remitido al BOE que es el que dice lo que se va a hacer y lo que no se va
a hacer. Pues bien, hemos acudido al BOE, nº 107 en la sección Economía y
Hacienda (9158), y nos hemos quedado como estábamos, sin saber qué va a pasar.
Sueltan esta frase solemne y algo ectoplásmica: la creación de un «Centro de Paz
desde el que se difundirán la cultura de los derechos humanos y el diálogo en la
resolución de los conflictos». Y nos dice el BOE de que hay un plazo de tres
años para que se realicen estos cambios, es decir, que el Museo tiene de plazo
para el 2010, no se sabe si para estrecharse, para eliminar armamento exterior,
marcharse con viento freso… El BOE nada aclara. También nos enteramos de que el
antiguo «Patronato» cívico militar se ha convertido en un «Consorcio», donde ya
no hay dos sino tres, es decir, la Generalidad ya tiene su puesto que se ha
ganado a pulso. Y poco más, ya que el BOE habla del Castillo, y no del Museo,
pero al pretender meter una especie de Museo de la Paz (quieren que Cataluña se
convierta en un espacio mundial para la paz…), indudablemente afectará al Museo
que deberá reducir su espacio o marchar a otro lugar.
Es indudable que cuando se inicien las transformaciones necesarias para ese
Museo de la Paz, todo el armamento que se exhibe frente al Museo y en el Patio
de Armas, deberá desaparecer, y el que piense otra cosa será porque es un
ingenuo o porque no conoce a esta tropa nacionalista y separatista catalana.
Para no enconar más el tema, hemos querido pasar por alto la trascripción de
lo que aparece en los periódicos de Barcelona que no se recatan en hablar del
fin del Museo, de su traslado y de dejar el espacio libre «para la paz», pero
considerando que aquí tienen una gran fuerza los Carod, Saura, Raventós, Tardá y
demás glorias «democráticas», y que en Madrid hay en las Cortes una colla de
sectarios dirigidos por Joan Herrera y los de IU que completan el cerco
«institucional» contra la presencia militar en Montjuich, nos tememos que, ante
el silencio y el dejar hacer de quienes deberían defender un Museo excepcional,
éste tiene sus días contados. Porque el futuro de este Museo está muy claro: no
existe futuro.
En el peor de las casos, se podría hacer lo que ya se hizo con el de Madrid,
al que Aznar le dio la patada de Charlot enviándolo a Toledo, es decir,
trasladar el Museo, íntegramente, a otra ciudad española (en Cataluña no lo
querrían). Sin embargo, los problemas serían muchos y difíciles de resolver
debido a la diversidad de los orígenes de los fondos del Museo, que proceden,
casi todos, de cesiones de personas o entidades catalanas de muy diverso origen.
Pero es que, con esta tropa gobernante, nos da la impresión de que la Barcelona
actual no se merece este Museo, que sería aceptado con todo lujo de medios en
otra ciudad española.
Y para terminar, ya que hablamos de ectoplasmas, trascribimos parte de la
carta que nos envió el entonces Ministro de Defensa, señor Bono, ante una
petición de información sobre este Museo.
He leído con atención el relato histórico que me hace sobre el Castillo de
Montjuich y sus reflexiones sobre el Museo.
Tenga la certeza de que cualquier decisión que adopte el Gobierno relativa a
este importante recinto vendrá siempre dirigida a unir a los españoles y no a
dividirlos, y a promover el conocimiento de nuestra historia común.
Indudablemente el señor Bono no ha pisado el Castillo ni recorrido el Museo
ya que, cuando él era Ministro de nuestra indefensa Defensa, nada había en el
Museo ni en el Castillo que desuniera a nadie ni a nada. En definitiva, etérea
respuesta y a vivir que son dos días. Eso sí, se empeñó en que allí quedara la
bandera de España, la que ellos llaman constitucional, absurda pretensión por
dos razones: porque ya existe una ley sobre la exhibición de Banderas Españolas,
y porque esa ley se la saltan aquí y allá sin que, quien deba hacerlo,
reacciones.
Tres años quedan de plazo…
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Jesús Flores Thies es Coronel de Artillería-retirado.
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REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 116 – Septiembre / Octubre de 2007
FILOSOFÍA, INDIVIDUO Y HOMOGENEIZACIÓN
Alberto Buela *
Introducción
Los viejos filósofos, aquellos que con creces, sabían más que nosotros,
aconsejaban antes de cualquier exposición: distinguere ut iungere
(distinguir de entrada para después, si se puede, unir).
De modo tal que siempre convine comenzar aclarando qué se entiende por los
principales conceptos que se usarán en un artículo o estudio, para que el otro,
el lector o auditor, sepa a que atenerse.
Los términos de mundialización y globalización se suelen emplear en forma
indistinta por la mayoría de los usuarios, pero en nuestra opinión es pertinente
hacer una distinción.
Mundialización es un concepto más antiguo, básicamente político, que
significa la tendencia a la organización de un gobierno mundial único. El acento
se coloca en la dimensión política de la unificación del mundo. Es un ideario
que nace con los viejos iluministas como Kant, y pasando por toda la tradición
socialista llega a nuestros días.
Globalización es un concepto más reciente, básicamente económico, que
proclamado en 1991 por George Bush (p), postula la constitución de un one
world. El mundo es concebido como un gran supermercado en donde las reglas
las coloca la OMG, su parlamento es Davos y su gerente el FMI.
Ambos conceptos no son contradictorios no compiten entre sí, sino más bien se
complementan en la conformación de un pensamiento único y políticamente
correcto.
Tenemos un tercer concepto el de Aldea Global que pedimos aprestado a McLuhan
que indica la unidad, de facto, del mundo por el avance tecnológico aplicado
fundamentalmente a la especulación financiera –imperialismo desterritorializado–
y a los medios masivos de comunicación.
Estado, nación, pueblo y humanidad
Así como el Estado ofrece el marco jurídico a una nación, aun cuando aquél
sólo existe en sus aparatos y no «en sí», pues su ser está dado por la nación
que encarna, de la misma manera, la nación es la expresión del proyecto
político-cultural que un pueblo se da para existir en la historia política del
mundo. En tanto que un pueblo es un conjunto unido por una conciencia
étnico-cultural (léase: valores) de pertenencia, pero no necesariamente
política. Pues hay pueblos –los judíos ayer, los kurdos hoy– que no existen como
naciones.
Vemos pues cómo en la base se encuentra un núcleo de valores compartidos por
un conjunto de hombres que denominamos pueblo. Este pueblo puede o no inscribir
su existencia política en la historia si intenta instaurar su proyecto de
nación. Ésta existe formalmente si es reconocida; esto es, encarnada en un
Estado. De lo contrario queda en potencia, como sucede con la Gran Nación
Hispanoamericana, proyecto político de nuestros padres fundadores, San Martín y
Bolivar, todavía no plasmado.
Ahora bien, si al hombre para vivir le basta su pertenencia a un pueblo, y
para hacerlo políticamente le alcanza con una nación encarnada en un Estado. Nos
preguntamos ¿en qué lo afecta o no la existencia de la humanidad?
La idea de humanidad puede ser religiosa –los hombres todos descendemos de
Adán y Eva o constituimos el cuerpo místico de Cristo–. O puede ser filosófica
–el cosmopolitismo penetrado por el Alma Universal de los estoicos– como el caso
del griego Crisipo.
Pero lo que no puede ser la idea de humanidad es política. La humanidad
entendida como República Universal es una creación ideológica que desemboca en
un totalitarismo político. Este es el gravísimo error de Kant en política cuando
la postula en su opúsculo de La Paz Perpetua, pues al adversario, el
disidente de tal República no tiene a donde ir. Esto lo observó el filósofo del
derecho Carl Schmitt: «Al adversario no se llama ya enemigo (hostis)
pero en cambio se lo coloca hors la loi et hors l‘humanité»
[1].
Así, el Estado es negado al enajenar parte de su soberanía en un ente
supranacional. Que si nos atenemos a la historia del siglo XX vemos, como
acertadamente señala Thomas Molnar: «La creación de una organización
supraestatal –y la ONU nos sirve aquí de ejemplo por excelencia– no es nunca el
fruto de un consenso mundial, sino del interés que tienen las grandes potencias
de la época en imponer a las demás naciones ciertas fórmulas. Dichos intereses
están disimulados bajo una ideología mundialista, cuya encarnación es la
organización supraestatal»
[2].Así pues
las relaciones estrictamente políticas se establecen entre los Estados y nunca
con la humanidad.
Al respecto afirmaba premonitoriamente el filósofo francés Joseph de Maestre
(1753-1821) agobiado por la prédica que venía llevando a cabo el Iluminismo
liberal en favor del humanismo universal cosmopolita: «He visto polacos, rusos,
italianos; pero en cuanto al hombre, declaro no haberlo jamás encontrado».
Igual reacción encontramos en el filósofo danés Soren Kierkegaard
(1813-l855): «Desgraciados de esos filósofos que declaman acerca de la
humanidad, porque no se percatan que ésta no tiene manos ni pies. Sólo el hombre
concreto los tiene, y éste es el que debe interesarnos»
[3].
Apreciemos que han pasado casi dos siglos del enunciado de estos
pensamientos. En el ínterin muchos han sido los pensadores y hombres públicos
que se han opuesto abiertamente al ideario liberal-cosmopolita. Pero nada pudo
la oposición individual para torcer el brazo en la aplicación de la receta
liberal en el gobierno de las naciones y el manejo de los hombres.
Hubo también enfrentamientos sistemáticos que, en su momento, parecieron
triunfar: los diferentes nacionalismos y comunismos.
Pero los nacionalismos fueron vencidos uno a uno como los diez indiecitos de
la novela de Agatha Christie y el comunismo «por implosión» autosignó su partida
de defunción con la caída del Muro del Berlín en 1989, aún cuando se escuchan
algunos estertores en Cuba o Corea del Norte.
Individuo, homogeneización, multiculturalismo y derechos humanos
Libre de oposiciones, Bush (p) lanzó su idea del one world, del
nuevo orden mundial, de aplicación a la aldea global. Los gobiernos de las
naciones que integran esta gran aldea planetaria son concebidos como los agentes
de aplicación de las recetas propuestas por el scheriff planetario.
Tres son los medios fundamentales con que cuenta el poder mundial en su tarea
de persuasión y condicionamiento de respuestas en favor del nuevo orden: la
producción incontrolada de billetes dólar, la producción del sentido de las
cosas con el control de los mass media de alcance planetario y el incontrastable
poderío militar.
A la homogeneización del mundo, denunciada por nosotros aún antes de la caída
del Muro de Berlín, corresponde una única imagen de hombre, hoy paradigmática:
el homo oeconomicus dollaris.
Los íconos de este hombre son la droga, la imbecilización rockera
mundializada, el alcoholismo infantil, la pornografía visual antierótica; la
colección de baratijas, el baby talk, la moda clochard, los fast food de los Mac
Donalds, el autismo musical de los walkman, los productos light, la cultura del
zapping a control remoto como sucesión de imágenes truncas, etc.
Occidente, renunciando a su significado original (el lugar donde muere el
sol), se transformó en el metasistema que comprende ahora Filipinas, Taiwan,
Hong Cong, Corea del Sur, Japón, es decir, lo que geopolíticamente se denominó
Oriente, que ofrece, hoy día, los pliegues y las fisuras donde se desarrolla
compulsivamente la idea de aldea global mercantil.
Los dos principios que sustentan la noción de aldea global son el
multiculturalismo dentro de cada nación, que conduciría a la comprensión
recíproca y a la convivencia universal. Y la nueva teoría de los derechos
humanos, no ya como dogma liberal sino como la ideología del hombre universal.
El multiculturalismo entendido como derecho privilegiado de las minorías, por
el solo hecho de ser minorías y los derechos humanos no ya fundados en la
naturaleza humana sino en el consenso internacional, que como es sabido siempre
es de los poderosos.
La nación que no respetare estos dos principios se hará acreedora de los
cargos de racismo y totalitarismo, motivo por el cual el scheriff planetario
puede justificar su intervención en dicho país. Hoy se ha quebrado, de facto, el
principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados.
La finalidad de este proyecto mundialista es lograr la uniformidad, la
homogeneización del hombre a nivel global para transformar a los pueblos en
público consumidor.
La uniformidad del hombre se logra mediante el desarraigo de su tierra y su
tradición cultural. Estrictamente, lo que denominamos país. De donde provienen
los términos de paisaje y de paisano. Uno de sus medios ha sido la sugerida
inmigración masiva de los pueblos del tercer mundo hacia los países centrales
basada en la ingenua convicción que el multiculturalismo, el melting pot,
el crisol de razas, conduce a la comprehensión recíproca y a la grandeza de las
naciones, cuando en realidad lo único que ofrece es mano de obra barata para
realizar trabajos bastardos. Es que aquello a que han propendido es a una
inmigración sin integración. Hoy día esta inmigración llegó a su punto de
saturación; así, los países centrales (vgr. USA, Francia, Alemania) la rechazan
por peligrosa y está siendo derivada hacia sus países satélites. Es que la
parodia de la convivencia multicultural se ha hecho trizas, pues no puede haber
verdadera inmigración sin integración como ha gritado en su último trabajo el
afamado politólogo liberal Giovanni Sartori: «Reunir muchas culturas sobre un
mismo territorio es peligroso. Así, no deben entrar en un país aquellos que no
se encuentren listos para integrarse. Pues, la inmigración no seguida de la
integración conlleva la muerte del pluralismo y la democracia»
[4].
El invento político yugoslavo, las interminables guerras tribales del África
arbitrariamente dividida por las potencias coloniales son, entre otros, ejemplos
incontrastables.
Reiteramos nuestra idea, expuesta en varios de nuestros trabajos
[5]. El
pluralismo cultural es válido en el mundo únicamente a partir de las diversas
ecúmenes culturales (iberoamericana, anglosajona, arábiga, eslava, etc.). Es por
ello que nuestro universo es en realidad un pluriverso. Y es éste el argumento
más poderoso a la propuesta de homogeneización monocorde de todas las culturas
en una sola, como pretende el ideal del nuevo orden del one world, hijo
natural del cosmopolitismo iluminista del siglo de las Luces.
En cuanto al publicitado dogma de los derechos humanos su significación es
diferente según cada cultura. Acertadamente dice el pensador y embajador croata
Tomislav Sunic: «Si un hombre reside en Brooklyn, sus derechos humanos
probablemente tienen un significado diverso de aquel que asume si vive en
Borneo; si es un musulmán fundamentalista, su sentido del deber cívico será
percibido como algo diverso del que se conforma a los cánones católicos.
Encontrar un denominador común para una miríada de destinos étnicos parece
imposible. La ideología de los derechos humanos acompañada de la teología de la
aldea global, sugiere un hombre abstracto, un hombre en sí, cuando en su lugar,
en la vida real, encontramos mejicanos, árabes o vietnamitas de carne y hueso,
con los cuales no siempre compartimos las pasiones y los modos de actuar
políticos» [6].
Los derechos humanos se encuentran expuestos, hoy día, a la crítica
demoledora de los derechos de los pueblos que vienen a representar la
continuidad histórica de los mismos. Surgen de las memorias nacionales. De los
que fueron sus valores encarnados; esto es, de sus bienes. Comparten sus mitos
fundadores al decir de Mircea Eliade. Defienden sus identidades culturales en el
desarrollo histórico. Se oponen a la homogeneización del mundo. Defienden el
derecho a la diferencia. Son expresión de la especificidad de cada ecúmene
cultural y sostenedores de sus ideales. En nuestro caso, ante la organización
planetaria propuesta ya no caben nacionalismos parroquiales atrincherados en
vetustos esquemas de «países iberoamericanos como naciones completas». Ello es
políticamente estéril e ideológicamente reaccionario. Es necesario oponer al
nacionalismo de Patria chica el ideal de Patria Grande expresado en un
Nacionalismo Continental Hispanoamericano.
Observamos, entonces, cómo el mentado nuevo orden mundialista propone como
modelo la aldea global mercantil y los pueblos, exterminadas sus identidades
nacionales, uniformados bajo el concepto de público consumidor.
El scheriff planetario se reserva la exclusividad del poder en sus tres
aspectos –económico, cultural y militar– y sostiene como ideales, para el orden
interno de las naciones, el multiculturalismo y los derechos humanos e invocando
a los cuales, justifica su injerencia en el orden interno de cualquier nación
del planeta. ¿Cuál es, mientras tanto, la respuesta de los pueblos?
En unos casos el desmembramiento de repúblicas que fueron creaciones
ideológicas. Así tenemos el mencionado caso yugoslavo; la separación de
Eslovaquia de la república Checa; la de Moldavia de Rumania; las antiguas
repúblicas de la URSS.
En otros casos la lucha a muerte por existir en la história, como la de los
kurdos, los somalíes, los palestinos, y ya en las puertas, los zulúes y los
viejos boers.
En nuestra América tuvimos un aviso, con la aparición del Ejército zapatista
en Chiapas, o el caso de la entrañable Colombia partida en dos.
Estos datos fácticos muestran de suyo que las cosas no van sobre rieles para
los agentes de aplicación del modelo mundialista.
La isostenia cultural: patología del pensamiento único
Quisiéramos, en esta comunicación, dejar como aporte original el concepto de
isostenia cultural. El término que proviene del griego isoV igual, y stenoV
estrecho, que se traduce por similar consideración.
La noción quiere indicar la existencia de gustos, actitudes, normas,
estimaciones y expresiones artísticas, contradictorias entre sí, pero de igual
valoración cultural.
Ello hace imposible una valoración jerárquica de los productos culturales al
mismo tiempo que nivela todos por el mismo rasero. No se distingue lo bueno de
lo malo y se intentan borrar todas las diferencias entre la cursilería y la
maestría, lo lícito y lo ilícito, lo sagrado y lo profano, lo cotidiano y lo
festivo.
Así, la televisión basura está al mismo nivel que el más exquisito de los
pintores y los grandes textos literarios perdiendo su valor en sí, son sólo pre-textos
para otros textos.
El reinado de la mediocridad desea justificar su propia incapacidad nivelando
todo por lo bajo.
La imposición del concepto de isostenia, debido en primer lugar a los
antropólogos sociales noramericanos según los cuales no existe ninguna cultura
superior a otra, al ámbito reducido de las expresiones artísticas y culturales
personales logró en nuestra época postmoderna relativizar toda expresión
cultural en donde lo más vulgar, burdo y plebeyo es equiparado en valor a lo más
noble, fino y profundo que produce el hombre.
Pero no termina allí la funcionalidad de la isostenia, sino que llevado el
concepto a dominios más amplios que aquellos de la persona, ha reemplazado a las
culturas populares por la vulgaridad más chata y mercantil. Así, la denominada
bailanta –mezcla de cumbia, chebere, salsa y mal gusto– sustituyó la música
popular. Y no faltará el estulto que iguale y equipare lo popular con lo masivo,
lo popular con lo homogéneo, lo popular con la carencia de matices.
En realidad el concepto de isostenia cultural, que se aplica de igual manera
al arte, la filosofía, la literatura, la política, la historia, la música, la
arquitectura es producto de la razón calculadora de la modernidad en donde el
hombre aparece por primera vez definido como una res extensa, como una cosa
mensurable. Y si lo podemos medir, se preguntaron, lo podemos etiquetar y
encorsetar en un modelo único y de validez universal siguiendo el modelo de la
mathesis matemática.
La isostenia tiene su proyección en el campo político a través del concepto
de lo políticamente correcto en donde el consenso massmediático va reemplazando
a los partidos políticos. De allí que con agudeza se haya hecho notar que hoy,
el discurso político, que hemos caracterizado como «un compromiso que no
compromete», se encuentre dirigido no al pueblo sino a los mass media. Largas
horas pasan nuestros políticos hoy explicando en los medios sus propias
declaraciones a los medios, mientras que la realidad sigue su curso que no es,
casualmente, gobernada por ellos sino por los poderes indirectos que son a la
postre, entre otras cosas, los dueños de los medios. Hoy la instalación política
de cualquier candidato es antes que nada mediática y luego, pero lejos, se
resalta su capacidad de ejecución y gestión.
El concepto de isostenia cultural al sostener por principio el relativismo
cultural y el escepticismo filosófico limita la crítica a la esfera de la
reflexión, dejando de lado toda proyección de ésta (la mera crítica cultural) al
campo de la vida social y política. Es por ello que sus intelectuales orgánicos
pertenezcan a la izquierda progresista y sus variantes socialdemócratas.
La isostenia cultural rechaza de plano lo diferente y su expresión: el
disenso, porque significa y exige otra cosa distinta de lo vigente, de lo dado.
El disenso funda la alternativa real y exige de suyo un paso que va más allá
de la crítica meramente teórica, porque el disenso es ruptura con la opinión,
que en las sociedades de masas y de consumo es siempre y sólo opinión publicada,
y no ya más opinión pública.
La isostenia cultural es, en definitiva, la patología propia del pensamiento
único y políticamente correcto, que ha devenido en nuestros días la consecuencia
más evidente del fracaso por los errores filosóficos del liberalismo y del
marxismo en sus concepciones sobre el hombre, el mundo y sus problemas.
*
Alberto Buela es Es doctor en Filosofía y ha enseñado metafísica en
diversas universidades argentinas.
[1] Schmitt,
Carl: El concepto de la política, Bs.As., Ed. Struhart. p.139.
[2] Molnar,
Thomas: «Nation et humanité», revue Eléments, París, 2002.
[3]
Kierkeggard, Soren: Diario íntimo, Bs.As., Rueda, p.248.
[4] Sartori,
Giovanni: «Pluralismo, multiculturalismo e inmigración», en el periódico Il
Giorno, 15/9/2001.
[5] Cfr.
Metapolítica y filosofia, Ensayos de Disenso, Hispanoamérica contra Occidente,
etc.
[6] Sunic,
Tomislav: «La aldea global y el derecho de los pueblos», en revista Disenso,
Bs.As., 1995.
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