REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)
BREVE MANUAL DE HISTORIA DE LAS VASCONIAS
Por Rafael Ibáñez Hernández - Historiador
«Este pueblo puede elegir formar o no parte del Estado
español, o formar parte del Estado español de una manera federal, o
confederal, o como estado asociado».
Xavier Arzallus (ABC [Madrid], 3 de octubre de 1994)
La presentación del Plan Ibarretxe para la secesión del País Vasco —dejémonos
de eufemismos, que ya va siendo hora— ha puesto sobre la mesa por enésima vez la
cuestión de la antigua existencia de una nación vasca o de al menos un pueblo
vasco diferenciado, con unos orígenes y una historia propios y sólo parcialmente
comunes —por otra parte, de manera forzada, según el parecer de los
nacionalistas— a la del resto de los pueblos del Estado español, como ellos
dicen. Tanto se han repetido estas milongas que hoy resulta difícil desentrañar
en la maraña de hábiles mentiras cuanto haya de verdad en esta cuestión.
Los problemas historiográficos planteados por el nacionalismo vasco para su
propia autojustificación giran en torno a la supuesta existencia pretérita del
País Vasco como una nacionalidad independiente de otras posibles en la Península
Ibérica, el carácter forzado de su innegable vinculación con la monarquía
castellana y su autonomía legislativa. Sin ánimo doctoral —numerosos son los
maestros que sin duda podrían mejor enseñarnos—, trazaremos unas líneas
suficientes para conocer el pasado de las Vasconias al margen de manipulaciones
y mitos.
Los mitos del nacionalismo vasco
Vaya por delante que no deseamos desdeñar el papel de los mitos en la
construcción de una conciencia nacional. Por reconocer algunos ejemplos que
puedan sernos familiares, recordemos cuanto leímos sobre la presencia de
Hércules en la Península Ibérica o la intervención de Santiago en la batalla de
Clavijo. Los historiadores no nos atreveríamos a sostener hoy la certeza de
tales mitos, no traspasaríamos la línea trazada por el reconocimiento de su
valor para el fortalecimiento de la conciencia nacional española.
El componente romántico del nacionalismo vasco revigorizó el recurso a la
mitología —práctica decaída en el siglo XVI— en defensa de la particularidad
vasca, adecuando sus elementos a las necesidades impuestas por su propio
discurso político. Así, partiendo de Flavio Josefo, tomará a los vascos como
descendientes de Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, en una errónea
identificación de éste —quien, según la tradición hebrea, sería responsable de
la repoblación de la Iberia Oriental, es decir, Georgia— con Túbal-Caín, hijo de
Lamek, impulsor según se dice en el Génesis de la industria metalífera.
Esta tradición sobre el origen de la primitiva población íbera, que fue recogida
por San Isidoro de Sevilla, Ximénez de Rada y el propio Alfonso X, ligará a los
vascos —supuestos únicos supervivientes de la raza ibera— al pueblo de Dios,
privilegio que se vería confirmado por su presunta resistencia a la romanización
—con lo que ésta debía suponer de paganización— y la pronta cristianización de
sus lugares como lógica consecuencia de la alianza con Dios, llegando a defender
los impulsores de esta tradición que el propio Noé —a la vez que otorgaba los
primitivos fueros vizcaínos— instruyó en la religión monoteísta en Vizcaya a sus
descendientes, quienes incluso darían culto a la cruz. Tal origen bíblico del
pueblo vasco, por otra parte, justificará la hidalguía universal de la que los
vizcaínos harán gala y que sentará las bases para el supremacismo racial del
moderno nacionalismo vasco. Además, con este mito se corroborará el valor del
euskera, que llegará a ser considerado como creación divina, lengua hablada en
el Paraíso, rescatada de la confusión de Babel y traída a la península por los
descendientes de Noé.
La supuesta insumisión al poder romano de los vascos —cuya principal prueba
hallan los tratadistas afines a esta corriente en la supervivencia del euskera—
dará forma al vascocantabrismo. Se trata de la tradición acaso más vigorosa
durante el Antiguo Régimen, que vinculaba la identidad de cántabros y vascos, de
forma que estos asumían como propia la indómita tradición de aquellos.
Considerado Túbal antepasado común de todos los españoles en una tradición
claramente monogenista, el aventurero vascofrancés Joseph Augustin Chao
formulará un nuevo origen para el pueblo vasco, desligándolo de sus supuestas
raíces semitas. Así nacerá el mito de Aitor, patriarca ario que sobrevivió a
diversos cataclismos —entre ellos, el Diluvio Universal— para llegar a
instalarse en la Península, donde instauró modelos de calendario y dio solar a
la primitiva religión natural, fácilmente asimilable por otros autores al
monoteísmo primitivo. Evidentemente, este mito —que mantiene cierta relación con
el que otorga la paternidad del pueblo vasco a un caudillo de origen atlante—
mantiene de forma muy patente sus componentes políticos doctrinarios, pero al
mismo tiempo contará con una apariencia científica que le proporcionará cierto
valor a partir de determinados datos mal interpretados.
Con todo, el peligro de la invención de la tradición vasca no está tanto en
los mitos mismos como en la incorporación acrítica a la historia de las viejas
leyendas medievales e incluso la manipulación o falsificación de fuentes. Entre
estas últimas cabe señalar la pretendida Crónica de Vizcaya de 1404,
según la cual las Guerras Cántabras tendrían su fin en un tratado de paz
justificado por la imbatibilidad de los vascos, o el Cantar de los cántabros,
que narraría la resistencia vascocántabra ante los romanos bajo la dirección de
los supuestos caudillos Lekobide y Uchín Tamayo.
Sobre las fábulas legendarias que vinculan la conversión al cristianismo de
los vascones con la supuesta jura de los viejos fueros por el rey Suintila
(621-631), la presunción indómita de los vascones hallará un perfecto caldo de
cultivo para su desarrollo legendario en la Reconquista. Así, aunque la
Chanson de Roland y otras crónicas atribuyen a adversarios sarracenos la
derrota de la retaguardia franca en el paso pirenaico de Roncesvalles durante el
verano de 778, numerosas relaciones coetáneas identifican a los atacantes con
combatientes vascones, que actuarían en venganza con el ataque previo de las
tropas carolingias a Pamplona. Pese a que la tradición oral vasca no conserva
memoria del suceso, en 1835 se hará público el apócrifo Altabizcarreco Cantua
[Cantar de Altabizkar], que narraría esta gesta desde el punto de vista
vascón. Más tarde, en el día de la festividad de San Andrés de 870, tendría
lugar la legendaria batalla de Arrigorriaga, cuyo nombre —pedregal rojo
en castellano— mudaría el del antiguo paraje de Padura por la cantidad de sangre
enemiga que tiñó aquel solar, explicación legendaria para una apariencia que se
debe al carácter ferruginoso de las rocas. El origen del combate estaría en la
supuesta invasión astur-leonesa del territorio vizcaíno bajo el mando de un
conde Munio —según unos autores— o del infante Ordoño, hijo de Alfonso III el
Magno, en todo caso muerto en la batalla. Dejando a un lado la verosimilitud de
más de un conflicto de frontera en aquella época y lugar, resulta imposible que
el tal infante muriese en aquella ocasión —y hasta se le sepulcró en la iglesia
del lugar— dado que ni siquiera había nacido, y aún después alcanzó los tronos
de Galicia, de Portugal y de León, matrimoniando con Sancha, hija del rey
navarro Sancho Garcés I. Pero la importancia de esta leyenda se justifica por su
relación con el reconocimiento de la primitiva existencia la primera entidad
política vasca: en agradecimiento a sus servicios, los vizcaínos, que
recurrieron al caudillaje de un príncipe británico —hijo de un íncubo y una
princesa céltica, nombrado Lope Fortún pero al que se conoce como Jaun Zuria
[Señor Blanco] por la claridad de su piel, ojos y cabello—, pondrían en sus
manos el Señorío en virtud de un pacto, proporcionando así un origen fabuloso a
los históricos señores de Vizcaya y el régimen foral.
Algunas de estas leyendas que pergeñaron una supuesta tradición vasca
penetraron en el moderno imaginario del nacionalismo a través de su
reelaboración literaria a modo de novela histórica con evidentes pulsos
románticos. De todos los títulos que la imprenta dio a las librerías, acaso sea
Amaya o Los vascos en el siglo VIII de Francisco Navarro Villoslada el
más representativo de todos, híbrido de leyendas sin apenas sustento histórico
en el que se observan trazas de ruralismo, supremacismo racial con elementos
antijudaicos, providencialismo... En definitiva, mimbres del nacionalismo
sabiniano de finales del siglo XIX.
En las edades oscuras
Las excavaciones arqueológicas efectuadas en Santimamiñe, Urtiaga e Isturitz
parecen probar la existencia de una cultura cromañona, llamada por algunos
autores franco-cantábrica y éuscara por otros, cuyo asentamiento en los
diferentes valles de las cordilleras pirenaica y cantábrica forzó la división en
tribus y aun etnias diversas. Entre éstas surgieron los barskunes montañeses,
principalmente cazadores y ganaderos, que a medida que descendieron y se
asentaron en la cuenca del Ebro se iniciaron en la agricultura, asumiendo no
pocas prácticas celtíberas: culto animista, elección de un jefe de guerra de
entre los miembros de las castas superiores, gobierno por un consejo de
ancianos...
El reconocimiento de las lindes del territorio controlado por estos vascones
es una tarea ardua y compleja, tanto por la supuesta movilidad expansiva de sus
grupos humanos como por la laxitud con que tradicionalmente se han considerado
vascones unos u otros pueblos en virtud de determinados intereses. Así, llegará
a señalarse presencia vascona en el Rosellón, el Valle de Arán, diversas
comarcas zaragozanas y sorianas, La Rioja, La Bureba burgalesa y el extremo
oriental cántabro, amén de las Aquitanias. La necesidad de recurrir a meros
estudios toponímicos y epigráficos o a fuentes historiográficas ajenas —como las
romanas— no facilita la tarea, y toda línea fronteriza que se trace entre las
tribus del norte peninsular ha de ser acogida con suma precaución. Conforme las
fuentes clásicas y apoyándose en datos de carácter lingüístico —al parecer
puntualmente confirmados por los antiguos límites de los obispados—, Sánchez
Albornoz trazó un mapa de la zona que atribuía casi toda Navarra, el extremo nor-oriental
de Guipúzcoa, la Baja Rioja, el Alto Aragón y otras comarcas allende los
Pirineos a los vascones, que de esta forma estaban en contacto por el suroeste
con los berones, que controlaban el resto de la Rioja, y los várdulos, asentados
en la mayor parte de Guipúzcoa, el extremo oriental de Navarra y el oriente de
Álava. Más al oeste, los caristios se desplegaban ante el mar entre el Deva y el
Nervión y ocupaban el resto del territorio alavés, con la excepción poblada por
los autrigones, que llegarían hasta las márgenes mismas del río Arlanzón. Al
oeste del Asón se hallaría el territorio de los cántabros, pueblo aparentemente
ajeno al antes señalado origen barskún. ¿Significa esto que los demás pueblos
mencionados guardaban algún tipo de relación étnica o cultural con los vascones?
Múltiples y variadas han sido las respuestas a esta cuestión, desde la de
quienes han negado la pertenencia de autrigones, caristios y várdulos a la
familia vascona —vinculándolos a los cántabros— hasta la de aquellos que han
señalado —al menos para los dos últimos casos— un común origen barskún. Las
señaladas como pervivencias de la primitiva lengua vascona en estos territorios
puede tener diferentes causas, entre las que pueden señalarse la lógica
confusión en una misma lengua de lo que sólo son restos de lenguas diferentes
pertenecientes a un mismo tronco proto-euskera o diferentes ocupaciones de
territorios situados al occidente de su solar original por los vascones. También
cabe tener presente una posterior generalización del gentilicio «bacón» para
todas las tribus de común etnia, en detrimento de los términos específicos
propios para los autrigones, caristios y, en cierta medida, várdulos. En todo
caso, estas tesis no son exclusivistas, sino conciliables si entendemos la
vasconización como la recuperación de las raíces culturales de estos pueblos
tras el desplome romano y aún durante los primeros siglos de la Reconquista.
La romanización de Vasconia
En el centro de este debate se encuentra, desde luego, el problema de la
romanización de los vascones. Es habitual entre los nacionalistas creer que los
vascones fueron un pueblo indómito, capaz de sobrevivir al margen de la presión
romana, haciendo de esta forma vasca la resistencia cántabra. Sin embargo, las
pruebas contra esta leyenda les han llevado a sostener en las últimas décadas la
pacífica convivencia entre los romanos y las tribus vascas en régimen de
colaboración, como si fuera ésta una práctica excepcional en la política
imperial romana. Con todo, existen numerosas pruebas de la indudable
romanización de los vascones, sin duda alguna favorecida por el dominio romano
de la Galia —Craso sometería finalmente Aquitania el año 58 a.C.— y la victoria
sobre los cántabros (quienes, sin embargo, no serían culturalmente romanizados
hasta que los hispanogodos se replegaron ante la invasión árabe), obteniendo
entonces las poblaciones vascas estatuto jurídico romano, como prueba la
acuñación de monedas en caracteres ibéricos. Combatientes vascones lucharon, por
ejemplo, bajo el águila en las guerras sertorianas y sirvieron en Britania,
Mauritania, Tingitania y Panonia. Incluso cabe la posibilidad de que Quintiliano
y Prudencio —nacidos en Calagurris [Calahorra]—fueran vascones.
Debe tenerse en cuenta que la romanización fue más consecuencia de los
atractivos de la cultura romana que de la presión formal sobre los indígenas. De
ahí que la cuenca vascona del Ebro —donde los antiguos legionarios, que habían
obtenido por ello la ciudadanía romana, asentaron sus villas— padeciera una
romanización absoluta, mientras que en las llanuras situadas más al norte
convivieron indígenas con colonos romanos que aportaron a la población esclavos
de origen cántabro, mesetario o aún más lejano, empleados en las explotaciones
agrarias allí explotadas. Por el contrario, los romanos no mostraron especial
interés en la explotación de las tierras montañosas, que apenas aportaba algunos
recursos mineros, de manera que la forma de vida tradicional vascona perduró
dentro de las fronteras del Imperio.
Muestra de cuanto decimos es el índice de urbanización del territorio. Con
propósitos casi exclusivamente militares Pompeyo fundó Pompælo [Pamplona], que
—al igual que Veleia, un puesto militar levantado en la llanura alavesa— fue
conocida por los indígenas como Iruña —esto es, la ciudad—, término genérico que
indica su carácter excepcional. Más al norte, apenas merecen mención Lapurdum
[Bayona] y las factorías marítimas de Flaviobriga —que algunos autores asocian a
Castro-Urdiales—, Portus Amanum y la que sin duda existiera junto a las minas de
Oiarso [Oyarzun]. Sin embargo, cuanto más desplazamos nuestra mirada hacia el
sur, más abundantes son los asentamientos urbanos de los que encontramos
noticias: Aracelli [Huarte-Araquil], Vareia [Varea] —cerca de Logroño—, Tritium
Megallum —en las proximidades de Nájera—, Libia [Leiba] —junto al río Tirón—,
Alba [Albizu o Albéniz], Tullonium [Alegría], Suessatio [Zuazo]... Incluso,
algunos autores sostienen que Calagurris [Calahorra] fue fundada por los romanos
para controlar a los indígenas, poblándose con colonos vascones, lo que probaría
su fidelidad a Roma.
Ofrece la organización administrativa romana de estos territorios, además,
algunas explicaciones para el futuro de Vasconia. Mientras el convento
cesaraugustano acogía a los vascones con otros pueblos celtas, de Clunia
dependerían várdulos y caristios —amén de los autrigones—, mientras que los
aquitanos ni siquiera serían acogidos en la provincia Tarraconense, a la que
pertenecerían los otros dos conventos mencionados. Según el parecer de Menéndez
Pidal, para quien las divisiones administrativas romanas tenían como plantilla
la segmentación gentilicia de los distintos pueblos, tal dispersión de las
tribus de origen barskún significaría el reconocimiento por parte de la superior
autoridad romana de unas acentuadas peculiaridades que primaban sobre el común
parentesco. Sea como fuere, encontraremos aquí un remoto origen administrativo
de la identificación de la antigua Vasconia con la futura Navarra, al margen de
los territorios luego vascongados al norte de los Pirineos y al oeste del río
Orio.
La decadencia del Imperio se manifestó muy pronto en estos territorios. Las
clases pudientes del campo se replegaron a los centros urbanos en busca de
seguridad personal, económica y social. Mas la paulatina reducción del control
romano sobre aquellos lugares produjo tres fenómenos vinculados entre sí: una
progresiva desertización de las ciudades, de la que nos informa san Paulino de
Nola a finales del siglo IV; el crecimiento de las bandas de bagaudas, partidas
de campesinos y esclavos fugitivos que llegaron a poner en ciertas dificultades
al ejército regular; y una indudable barbarización, que en determinados casos
pudiera entenderse como revasconización, con un evidente retroceso de la
incipiente cristianización y del empleo de la lengua latina. A pesar de todo, la
fidelidad vascona al Imperio parece acreditada hasta el final por Paulo Orosio,
quien nos ofrece la imagen de la exitosa defensa de los pasos pirenaicos contra
la presión de los bárbaros por indígenas de las inmediaciones, esto es,
vascones.
Entre bárbaros y visigodos
Acaso fue la sustitución de las tropas regulares o indígenas al mando de
generales romanos por tropas visigóticas —un pueblo-ejército al que se otorgaba
dos terceras partes de la tierra de los lugares donde se asentaba en defensa de
los intereses de Roma— lo que provocó el fin de la presencia del Imperio de
Occidente en estos territorios, lo que está muy lejos de significar un dominio
visigótico efectivo sobre Vasconia. De hecho, el debilitamiento romano durante
todo el siglo V y las guerras entre los diferentes pueblos bárbaros en el
territorio peninsular durante gran parte del siguiente otorgaron a los vascones
un grado de independencia que no habían buscado pero que supieron aprovechar.
Suevos, vándalos y alanos atravesaron el territorio poblado por los vascones en
su avance hacia el interior sin plantearles especiales problemas. Pero fue, sin
duda, en estos tiempos de gran inestabilidad cuando —en sus correrías defensivas
ante la presión bárbara— los vascones ocuparon el solar propio de várdulos y
caristios y autrigones, entrando de esta forma en contacto con los cántabros y
pasando a dominar lo que hoy conocemos como País Vasco. Por otra parte, su
movimiento defensivo contra la presión franca —noticias existen de que los
francos llegaron hasta Zaragoza en el año 540— les hizo atravesar los Pirineos y
ocupar la Novempopulania en Aquitania. El forzado contacto entre poblaciones que
estos movimientos produjeron confirmarán de esta manera definitiva un fenómeno
que algunos autores han querido reconocer incluso para tiempos pretéritos: el
carácter poliétnico de los vascones, cuyo término irá con el tiempo denominando
a poblaciones más o menos insumisas de las montañas antes que a una tribu o
pueblo determinado.
Pese a la ocupación de Pamplona —entonces un simple villorrio fortificado de
interés estratégico por su ubicación ante el Summus Pirenaeus [Roncesvalles]— en
el año 472, no será hasta que Leovigildo asiente el reino visigodo cuando los
vascones se conviertan en un objetivo militar prioritario, en plena guerra civil
por el levantamiento de San Hermenegildo. La fundación en 581 de la ciudad de
Victoriacum —Vitoria para unos, mera repoblación de Veleia para otros— marcará
como un hito las relaciones entre visigodos y vascones, que pueden considerarse
como de guerra endémica. Acaso el propósito de dominación de las tierras
controladas por los vascones tuviese su razón de ser más en el enfrentamiento
con los francos, que aspiraban a instalarse a este lado de los Pirineos. Con el
fin de vincular a los vascones cispirenaicos con sus propósitos, la monarquía
franca creó en el año 602 el ducado de Vasconia [Gascuña], que no obstante
mantuvo una relativa y conflictiva independencia, hasta que en el año 766
presentaran por vez primera su sumisión ante un rey franco, sin que en modo
alguno pueda señalarse ni como antecedente de un posible estado vasco. En la
memoria histórica han quedado rastros de las acciones de Chindasvinto,
Recesvinto y Wamba contra los vascones, que debían responder a ataques previos
de los pobladores del norte, de una u otra forma presionados desde el otro lado
de los Pirineos. La inestabilidad política de los visigodos fue también
aprovechada en algunas ocasiones por los vascones, que —por ejemplo— combatieron
en apoyo del rebelde Froia frente a Recesvinto. Mas, cualquiera que fuese el
verdadero motivo, lo cierto es que no fueron pocos los monarcas visigodos que
combatieron contra los vascones, hasta el punto de haberse forjado al respecto
una falsa tradición según la cual todos los cronicones de los reyes godos
incluirían la solemne proclamación domuit vascones. Símbolo de la
reiterada subyugación vascona para unos y de la permanente rebeldía de aquellos
para otros, lo cierto es que tal expresión no aparece en lugar alguno de los
mencionados entre otras cosas porque no existe rastro de tales cronicones.
Acaso la única conclusión a la que puede llagarse al respecto sea la desigual
integración de los territorios controlados por los vascones en la monarquía
visigoda, algo por otro lado muy lógico si lo mismo había ocurrido con el
Imperio romano, sin duda alguna mucho más y poderoso. Así, el sur de la Vasconia
quedó fácilmente integrado en la monarquía visigoda —incluso, antes que otros
lugares—, como lo prueba la abundancia de eremitorios rupestres en el país. Más
inseguro fue el dominio de la región media, según denota la irregular presencia
de obispos de Pamplona en los sucesivos concilios, acaso por el afán
independiente de los comes que debían asegurar el control de los lugares. Sólo
del norte cantábrico puede decirse que permaneció al margen del poder visigodo
efectivo, aun cuando los reyes de Toledo manifestaran su soberanía.
De Vasconia a Navarra
A la ocupación islámica de la Península Ibérica no serán ajenos los vascones.
Los rebeldes pertenecientes al clan del fallecido rey Witiza no aceptaron la
elección de Rodrigo —posiblemente, duque de la Bética— para ocupar el trono de
Toledo, de modo que buscaron aliados al sur del Estrecho. Tras una breve
incursión el año anterior, mientras Rodrigo se halla en campaña contra los
levantiscos vascones, Tariq desembarca en las playas próximas a Gibraltar. El
tiempo que el monarca tardó en atravesar el reino será suficiente para que las
tropas islámicas superasen el nada despreciable volumen de diez mil
combatientes, lo que —junto con la premeditada desprotección de los flancos por
parte de los traidores del partido witizano en las márgenes del Guadalete
durante la batalla que tuvo lugar algún día de julio de 711— provocó la derrota
de las huestes visigodas —vinculadas a un régimen en aguda crisis— y la
irrupción de un nuevo poder en la Península.
Mientras Tariq ocupaba Toledo —autores hay que señalan su avance incluso
hasta las estribaciones de la cordillera cántabra, si bien se replegaría hacia
el sur al llegar el invierno—, parte de su ejército consolidó el control de las
comarcas orientales andaluzas. Al año siguiente, Musa ben Nusayr —conquistador
de Marruecos para el Califato— se apoderó de Medina-Sidonia, Sevilla y Mérida,
tras lo cual asumiría en Toledo el poder hasta entonces encarnado en Tariq. En
pocos años —a pesar de las rivalidades existentes entre las tribus musulmanas y
los conflictos con el Califa— la ocupación árabe se expandió hacia el norte,
sólo frenada en 732 por los soldados de Carlos Martel a las puertas de Poitiers.
Mientras, la dominación se confirmaba mediante una doble política definida por
un entramado de pactos con la población hispano-romana —los visigodos— que les
garantizaba el disfrute de sus propiedades y la práctica de su fe cristiana —no
en vano, era la suya una religión del Libro Revelado—, aunque la confiscación de
bienes y la esclavitud castigaba sin piedad a los insumisos. En los montes del
norte se refugiarían los godos fugitivos que finalmente plantaron cara con
cierto éxito al invasor. Con el apoyo de Pedro, duque de Cantabria, Pelayo
—fugitivo de Córdoba— convirtió Cangas de Onís en el núcleo más cohesionado de
la resistencia hispanogoda, después de que en el año 722 lograse una señalada
victoria sobre las tropas de Alqama, a la que no debió ser ajeno un
desprendimiento de tierra en las laderas de lebaniegas.
Durante su avance hacia el norte, los musulmanes contaron con el apoyo del
conde Casio y su hijo Fortún, cuya conversión al Islam los hizo en clientes del
Califa, quien les encomendó el gobierno de Tudela. Desde esta plaza abrieron la
ruta hacia Pamplona, que conquistaron antes del año 718. Se instalaron así en la
principal población del territorio vascón los Banu-Qasi, familia mozárabe que
será el germen de la primera entidad política independiente de Vasconia.
Las tierras navarras, sin embargo, no alcanzaron así la paz. Durante las
décadas siguientes, Pamplona fue atacada en diferentes ocasiones. Cuando la
ciudad se resistió a cumplir las condiciones capitulares —posiblemente, el pago
de tributos—, los emires debieron marchar sobre Pamplona, que también sufriría
el saqueo de Carlomagno —aún no era emperador— cuando retornaba a su solar tras
el infructuoso intento de conquistar Zaragoza, esto es, de establecer los
límites francos en el Ebro. En su enfrentamiento con el emir Abd al-Rahman I,
los Banu-Qasi recurrieron a Íñigo Ximénez Arista [el Fuerte], hijo de un
caudillo vascón —y a quien algunos autores hacen además nieto del duque de
Gascuña— , quien al hacerse con el control de la ciudad estableció las bases del
naciente reino de Pamplona. No obstante, en sus inicios este reino mantuvo
cordiales relaciones con los muladíes del valle del Ebro —no en balde la
dinastía de los Arista estaba emparentada con los Musás— y posteriormente con
los poderosos cordobeses, hasta el punto de que el futuro Abd al-Rahman III será
nieto de una princesa Arista. Esta dinastía apenas se mantuvo en el trono
pamplonés hasta que sobre éste se alzó Sancho Garcés I, primer monarca de la
dinastía de los Jimeno —cuyo solar estaba en Sangüesa—, que extendió su dominio
sobre territorio fuera de los límites del señorío de Pamplona. Su hijo García
Sánchez I participó en las guerras civiles de León a causa de sus vinculaciones
familiares y se mantuvo en paz con el Califa tras ser derrotado por éste en
Calahorra.
El máximo apogeo del reino de Navarra llegaría en tiempos de Sancho Garcés
III el Mayor —Rex Hispaniorum según algunas fuentes e Imperator
tras ocupar el trono de leonés de Vermudo III, fundador del primer Estado vasco
para los nacionalistas—, quien anexionó el condado de Ribagorza y el territorio
de Sobrarbe, así como el condado de Castilla, que se sumaban así a otros como
los condados de Gascuña y Barcelona. Pero por su concepto patrimonial de la
monarquía —nada excepcional entonces, que le llevó a otorgar el vizcondado de
Lapurdi a su primo Lobo Sancho y la región de Zuberoa al vizconde Guillermo el
Fuerte— fragmentó sus posesiones, quedando el reino de Navarra —con territorios
separados del condado de Castilla desde Santander hasta cerca de Burgos— para su
primogénito García Sánchez III el de Nájera, mientras la posesión del condado de
Castilla —compensado con las tierras conquistadas a León hasta el Cea— le fue
otorgada a Fernando, la tenencia de los condados de Sobrarbe y Ribagorza a
Gonzalo, y la del condado de Aragón a su hijo natural Ramiro. Tal reparto
planteó una grave disputa por los territorios castellanos anexionados a Navarra
—Álava, Vizcaya, Castilla la Vieja, la Bureba y los Montes de Oca, entre otros—,
que retornaron a manos de Castilla —ya proclamado reino, gobernado por Fernando
I— tras la batalla de Atapuerca (1054) —en la que murió García Sánchez III de
Navarra— y posteriores campañas contra su sucesor Sancho Garcés IV, aliado con
su tío Ramiro I de Aragón. Muerto el rey navarro como consecuencia de luchas
intestinas y familiares a manos de sus hermanos Ramón y Ermesinda en Peñalén el
año 1076, el reino se fracturó en dos bandos, lo que traería como consecuencia
que Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, la Bureba y la Rioja pasaran definitivamente a
manos de Alfonso VI de Castilla, mientras que los territorios de la antigua
Vasconia reconocieron como soberano a Sancho Ramírez I de Aragón.
Las disposiciones testamentarias de Alfonso I el Batallador de Aragón, que
dejaba la corona en manos de las órdenes militares, se revelaron impracticables,
estallando el conflicto entre los partidarios del infante Ramiro —monje en San
Pedro de Thomières y obispo electo de Burgos— y los del infante García Ramírez,
descendiente del señor de Monzón y del Cid. Tras diversas negociaciones, fue
proclamado rey Ramiro II el Monje. Pero los navarros no lo reconocieron como su
soberano, quienes proclamaron en Pamplona rey de Navarra a García Ramírez el
Restaurador, descendiente directo de aquel Sancho el Mayor. Pese al Pacto de
Vadoluengo (¿1133-1135?), en el que se establecía una curiosa fórmula para
compartir reino y corona que hacía de Ramiro II rey del pueblo y a García
Ramírez rey de señores y caballeros, la doblez del navarro impidió su
ratificación, rompiéndose finalmente así la vinculación de los reinos de Aragón
y Navarra.
Conflictos entre las Vasconias
Mientras, como consecuencia del enfrentamiento aludido, el señor de Vizcaya
Lope Iñiguez ofreció su vasallaje —en cumplimiento de las normas feudales— al
rey de Castilla, quedando sólo el pasillo litoral de San Sebastián y Hernani en
manos del de Navarra. A la muerte del monarca castellano, y en medio de los
intentos por fusionar esa corona con la de Aragón casando a su hija Urraca con
Alfonso I de Aragón, el conde Lope Iñiguez de Vizcaya prestó nuevo vasallaje al
monarca de Aragón, quien ejerció la potestad regia sobre Vizcaya y Álava pese al
fracaso del matrimonio. Será tras la muerte sin hijos de Alfonso I cuando el
conde de Vizcaya ofrezca vasallaje al nuevo rey de Castilla Alfonso VII —hijo de
Urraca y Raimundo de Borgoña—, gesto en el que le siguieron Álava y Guipúzcoa.
Ante la pujanza de los Plantagenet a ambas orillas del Canal de la Mancha —el
vizconde de Lapurdi Guillermo Raimundo llegará a ceder en 1193 sus derechos al
duque de Aquitania, que no era entonces otro que el rey Enrique II de
Inglaterra—, Alfonso VII de Castilla entregó la villa de Haro en 1151 a Lope
Díaz, señor de Vizcaya, con el fin de fortalecer su vinculación a Castilla.
Surge así, frente al linaje de la casa de Lara, otro de los más importantes del
reino, el de la casa de Haro. Por otra parte, esta medida estará vinculada al
reconocimiento que por parte de Sancho VI el Sabio de Navarra recibió Alfonso
VII de Castilla como emperador en Calahorra, acaso frente a las amenazas de
Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y rey efectivo de Aragón por renuncia de
su suegro, el monje Ramiro II.
La sucesiva muerte del citado rey de Castilla y su heredero Sancho III
pusieron la corona en las sienes de un menor de tres años —Alfonso VIII de
Castilla—, lo que dio al monarca navarro la oportunidad de desdecirse de su
homenaje y reclamar la nueva Vasconia y la Rioja como dominios propios. La Paz
de Fitero puso Rioja, Álava y Guipúzcoa en poder de Sancho VI, pero la Vizcaya
defendida por Lope Díaz de Haro permaneció vinculada a la corona de Castilla.
Esta división de los tres territorios vascongados resultaba ya —transcurridos
los decenios— fuertemente antinatural y contraria a toda lógica, provocando una
tensa situación que se complicaba con la existencia de un doble irredentismo: de
una parte, el castellano, que se remontaba a la estructura territorial de la
antigua monarquía asturleonesa; de otra, el navarro, que se fundamentaba en la
voluntad de Sancho Garcés III.
Casado Alfonso VIII de Castilla con Leonor de Aquitania, forzó un laudo
arbitral dictado por el rey de Inglaterra que —lógicamente— fue favorable a los
propósitos del monarca castellano. De esta forma, en 1179 Sancho VI de Navarra
declararía en documento público Vizcaya, Álava, Guipúzcoa y Rioja como partes
integrantes de derecho en el reino de Castilla, así como nulo el testamento de
Sancho III al disponer de territorios que no le eran propios. Sin embargo, las
dificultades a las que tuvo que hacer frente Alfonso VIII de Castilla en la
frontera con León y frente a los almohades le impidieron defender la ejecución
efectiva del nuevo status, de modo que el monarca navarro no acató realmente la
sentencia. Como acto de fuerza, sobre la antigua Gasteiz fundará una nueva
ciudad —a la que significativamente dio el nombre de Vitoria—, una fortaleza
orientada a defender sus intereses en la ruta entre los mercados de Miranda de
Ebro y Vizcaya. Con la sanción moral del papa Inocencio III y el apoyo de Pedro
II de Aragón, en 1198 —mientras el monarca navarro buscaba aliados en tierras
almohades— se decidió Alfonso VIII a resolver el pleito castellano-navarro por
las armas, en una victoria que se saldó con la conquista de Vitoria dos años más
tarde. Se establecieron así definitivamente las fronteras con Navarra, al tiempo
que se abría un contacto por tierra con Aquitania, solar de la esposa del
castellano sobre el que no pudo ejercer control alguno. Alcanzaba la corona de
Castilla su fachada entre el Nervión y el Bidasoa, permitiéndose el desarrollo
de puertos como los de Bermeo, Lequeitio, Guetaria, Zumaya, San Sebastián y
Fuenterrabía. Para estimular el crecimiento de las villas, Alfonso VIII
comenzará una auténtica política foral, si bien premió la decisiva intervención
del señor de Vizcaya, Diego López de Haro, con el gobierno de Álava y Guipúzcoa.
La muerte sin descendencia directa de Sancho VII el Fuerte de Navarra en 1234
provocó la entronización de la dinastía Champaña en Teobaldo I, lo que fraguó la
separación entre el antiguo solar vascón y la nueva Vasconia y supuso un vuelco
de Navarra hacia la Gascuña cispirenaica, hasta que el vizconde Auger cediese
sus derechos al rey de Inglaterra, retirándose a Navarra en 1307. A lo largo de
tres siglos, en el trono pamplonés se sucederán la citada casa de Champaña, la
Capeta —o de Francia— y la de Evreux en un devenir histórico absolutamente ajeno
a la Reconquista y más ligado al de la futura Francia, pese a que los reyes de
la última de las mencionadas se esforzaron por desvincular el reino de la corona
francesa. A la muerte de Carlos III de Navarra (1425) le sucedió su hija Blanca,
quien —en virtud de la legislación aplicable al caso— debió reinar en
colaboración con su esposo, Juan II de Aragón. Éste se mantuvo en el trono al
enviudar, postergando así los derechos de su hijo, el príncipe Carlos de Viana.
El conflicto se resolvió a favor del partido de los beaumonteses —que apoyaba al
de Aragón— al ser proclamada reina de Navarra Leonor, casada con el conde de
Foix. Será por vía de esta casa —que arrebató Zuberoa a los ingleses un año
antes de que por el Tratado de Aiherre (1450) Lapurdi se pusiera bajo la
autoridad del rey de Francia— por la que la familia Bearn herede, no sin
conflictos, el reino de Navarra. La firma por parte de Catalina de Foix del
Tratado de Blois con la corona de Francia y su matrimonio con el vizconde de
Tartas Juan de Albret —rechazando así las ofertas castellanas y trasladando el
gobierno de la corona navarra a Pau— ofreció a Fernando el Católico la
oportunidad de intervenir para cerrar el paso a las injerencias francesas. Con
el apoyo de los beaumonteses, el duque de Alba obtendría la rendición de
Pamplona el 25 de julio de 1512, incorporándose en las Cortes celebradas en
Burgos en 1515 el reino navarro a la corona de Castilla, si bien mantendrían
ambas monarquías sus propias peculiaridades. Todavía en 1530, el titulado rey de
Navarra Enrique II recuperará la Baja Navarra —en la vertiente francesa de los
Pirineos—, en 1589 Enrique III de Navarra subirá al trono de Francia y,
finalmente, en 1620 Luis XIII unirá definitivamente el reino de la Baja Navarra
a la corona francesa. Tras el intento del Tratado de Elizondo (1765), la
frontera hispano-francesa en territorio navarro quedará definitivamente trazada
en 1856.
Castilla y la nueva Vasconia
La incorporación de Vasconia al propósito restaurador de la monarquía
visigótica —que no otra cosa fue la Reconquista— tuvo lugar tras el matrimonio
de Fruela I con la vascona Munia, de quien nacería el futuro Alfonso II de
Asturias. Asesinado su padre, el joven Alfonso se refugió entre los parientes de
su madre, desde cuyo solar partió para recuperar la corona, restaurando
definitivamente el orden visigótico en torno a lo que será la corte de Oviedo.
El asentamiento de la monarquía asturiana a lo largo del litoral, harto
escabroso, obligó a conservar la pluralidad de los núcleos originarios. Así
surgirían Vizcaya, Álava y Bardulia [Castilla]. Con el tiempo, las distinciones
entre los tres territorios fueron acentuándose, especialmente desde el momento
en que Alfonso III reconoció el condado de Castilla. Cuando el conde castellano
Fernán González —perteneciente al círculo familiar de los Lara— quiso consolidar
su poder frente al rey Ramiro II de León buscó el apoyo navarro matrimoniando
con Sancha, hermana del rey García Sánchez I. De esta forma surgió una
asociación de Vasconia con Castilla que dejó aquella a cubierto de las
acometidas de los invasores. Será esta vinculación la que justificó tiempo más
tarde el dominio de Sancho Garcés III de Navarra sobre el condado castellano,
traduciéndose su muerte en la efectiva independencia del territorio y su
constitución en reino de manos de Fernando I.
Aquellas singularidades existentes entre los territorios de la nueva Vasconia
dieron paso durante el siglo XIII a tres entidades jurídicas y administrativas
—aparte del reino de Castilla— diferentes. De una parte, los documentos hablan
de la hermandad de Álava, cuyo territorio se agrupaba en torno a una ciudad
aforada y su alfoz —amén de algunos señoríos— y la provincia de Guipúzcoa, con
categoría de realengo. El señorío de Vizcaya, la entidad más importante, basaba
su cohesión en el poder político de la casa de Haro, que ejercía de forma
permanente y directa las funciones correspondientes al monarca. Pese a la
división de su territorio en cuatro mayordomías —las merindades de Guernica,
Bermeo, Marquina y Durango—, la unidad del Señorío quedaba garantizada por el
Fuero Viejo de Vizcaya, que —por ejemplo— expresamente prohibiría la recepción
de los obispos calagurritanos, a cuya diócesis había incorporado Alfonso VI los
territorios vascongados.
Salvo en la costa, estos territorios se administraban por anteiglesias
rurales —reuniones de buenos hombres— y por concejos. La ausencia de ciudades
realengas y el peso de la jurisdicción señorial impidieron su incorporación a
las reuniones de las Cortes de Castilla. Tal carencia comenzó a ser suplida por
la celebración de juntas para Guipúzcoa, Vizcaya —reunidas siempre en Guernica—
y Álava —que lo hacían en Arriaga—. Ésta última decidió en 1332 no reconocer más
señor de la tierra que el rey, equiparándose así en su vinculación a la corona
con Guipúzcoa, acto que fue considerado como de liberación.
Mientras, las relaciones entre la corona castellana y el señorío de Vizcaya
continuaban siendo tormentosas. Los servicios prestados a la Corona de Castilla
—participación en la vanguardia castellana durante la batalla de las Navas de
Tolosa, defensa de la causa de Fernando III frente a los leoneses, su actuación
en la reconquista de Andalucía— llevaron a los señores de Vizcaya a la cabeza de
los ricos hombres castellanos. Desde esta posición de supremacía, Lope Díaz de
Haro reclamó a Alfonso X el Sabio —defensor de un principio unitario y romanista
de la Monarquía— las consolidación de los señoríos mediante la confirmación de
los fueros, privilegios y cartas como leyes fundamentales del reino,
prohibiéndose la interferencia de jueces y merinos en la jurisdicción señorial y
suspendiéndose los beneficios que se otorgaban a los campesinos en Andalucía,
con el propósito de impedir el despoblamiento. Ante la negativa real, Lope Díaz
de Haro optó por apoyar el alzamiento del futuro Sancho IV contra su padre en
1282. Sus servicios e intrigas fueron recompensadas con la delegación de poderes
para todo el reino, privanza confirmada más tarde al confiársele el
apoderamiento de todas las fortalezas castellanas. La soberbia política del de
Haro le hizo enemistarse con nobles y caballeros. Fue la gota que colmó el vaso
el Ordenamiento de 1287 por el que se arrendaban las rentas y tributos al judío
catalán Abraham, fórmula por la que el valido pasaba a controlar todos los
recursos del reino. El clamor de la protesta enturbió las relaciones del conde
con el rey, quien daría muerte por su propia mano a Lope Díaz de Haro en Alfaro
en junio de 1288, al calor de una disputa. Huido, el hermano y heredero del
señor Diego López de Haro no regresó al señorío hasta la muerte de Sancho IV en
1295.
Pese a que Diego López de Haro trató de subrayar su poderío creando en 1300
una nueva villa señorial al resguardo de la ría del Nervión, lo cierto es que la
crisis abierta significaría el declive de la casa. Ante su debilidad, las villas
marineras y Vitoria conformaron —junto con villas cántabras como Castro, Laredo
y San Vicente— la hermandad de la Marisma que, so capa de facilitar las
relaciones comerciales con los puertos de Southampton y Brujas, trataría de
marcar distancias con los intereses propios del señor de Vizcaya. Por otro lado,
la rigidez sucesoria de la casa de Haro —uno de sus pilares fundamentales—
comenzó a tambalearse al pasar los derechos sucesivamente a Diego López de Haro,
su sobrina María Díaz de Haro y después a Juan Núñez de Lara, hijo de Fernando
de la Cerda. Era por tanto este último señor de los citados miembro de la casa
contrincante y pariente del infante designado en su momento por Alfonso X para
sucederle en detrimento de quien fuera finalmente el rey Sancho IV, siendo así
señalado como un peligro para la corona, que ya descansaba sobre las sienes de
Alfonso XI.
El hijo de este monarca, el rey Pedro I, mostró especial interés en la
incorporación del señorío de Vizcaya al realengo. Surgió la oportunidad al
declararse la vacante, para la que optaron dos candidatos: Tello, hijo bastardo
de Alfonso XI —el gemelo del futuro Enrique II de Trastamara—, casado con Juana
Núñez de Lara, y el infante don Juan de Aragón. Con el propósito de hacerse con
el señorío, el rey de Castilla reconoció al primero como señor efectivo de
Vizcaya, pero Tello logró huir en 1358, cuando estaba a punto de ser capturado
por engaño. En el enfrentamiento con su hermano Enrique, Pedro I de Castilla
pactó con Carlos II el Malo de Navarra, el señor de Albret y los condes de Foix
y Armagnac, ofreciendo el señorío de Vizcaya al futuro Eduardo III de
Inglaterra, entonces príncipe de Gales. Lógicamente, Tello permaneció junto al
partido de su hermano, quien confirmó sus derechos al hacerse con la corona de
Castilla en 1369. Sin embargo, muerto el señor en extrañas circunstancias al año
siguiente, Enrique II hizo valer los derechos de las casas de Haro, Lara y Cerda
que convergían en su esposa la reina Juana Manuel —hija del infante Juan Manuel
y Blanca de la Cerda y Lara—, otorgando el señorío a su hijo y heredero Juan.
Asumido el trono, Juan I de Castilla vinculará de forma definitiva el señorío a
la Corona.
Trascendencia del señorío de Vizcaya
Y es que el control del Señorío resultaba vital desde tiempo atrás, dado el
peso de los transportistas vizcaínos en Inglaterra y Flandes. En 1344 se
estableció el primer acuerdo para regular las comunicaciones con Flandes, y el 4
de noviembre de 1348 se concedieron importantes privilegios en Brujas a la
nación española, verdadera colonia mercantil vasca en la que participaban
algunos otros súbditos castellanos. Tras el triunfo contra la armada inglesa en
La Rochela (1372) de la escuadra castellana —al mando del merino mayor de
Guipúzcoa, Ruy Díaz de Rojas—, los puertos vascongados obtuvieron el
reconocimiento de su derecho a navegar sin obstáculos por el golfo
significativamente llamado de Vizcaya, dominio que con el tiempo se extendió a
toda la costa. Tras una larga guerra (1418-1435), los marinos vascongados
obtendrían —frente a las pretensiones hanseáticas— la hegemonía de la navegación
al sur de Bretaña, garantizada mediante acuerdos con Inglaterra y Francia.
El dominio vizcaíno sobre la nación española en Brujas fue entonces
puesto en entredicho por los comerciantes burgaleses, quienes contaban con una
Universidad de Mercaderes para la defensa de sus intereses en el interior del
reino. La disputa sobre el establecimiento de los fletes se prolongaría durante
años hasta que Fernando el Católico —como regente de Castilla— otorgase el
Consulado a Bilbao, de modo que los vascongados ostentarían la representación
comercial en el exterior.
La trascendencia del señorío vinculada a la importancia de la actividad
comercial —que se materializaba en los diezmos del mar—, junto a la complejidad
de su estructura social, explican la multiplicidad de querellas entre linajes
por el dominio de los territorios vascongados. Entre estos destacaron de un lado
los Velasco, dueños de Mena, Frías y Haro —que extendían su poderío por las
Encartaciones hasta Valmaseda—, y de otro los Manrique, condes de Treviño. En
1470 Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, emprendió la conquista de
Vizcaya bajo el amparo de Enrique IV de Castilla. Por su parte, el conde de
Treviño, Pedro Manrique, acudió en defensa de los vizcaínos, que resultaron
victoriosos en la batalla de Munguía (1471). Situándose frente al rey, Vizcaya
reconoció junto con Guipúzcoa los derechos de Isabel al trono, defendiendo con
su armas a los Católicos en la guerra civil de 1475. Su triunfo fue saldado con
la firma de un acuerdo con el conde de Treviño —donde se sitúa el origen
histórico de las actuales disputas en torno al condado—, la vinculación al
señorío de la ciudad de Orduña y la jura de los fueros por parte de Fernando el
Católico en Guernica.
De los fueros al nacionalismo
Durante los siglos XVI y XVII fue acentuándose la vinculación de los
territorios vascongados a la corona, al tiempo que la carencia de señor
interpuesto reforzó su autosuficiencia administrativa sobre las bases de las
juntas y los fueros. Sobre este régimen se construirá más tarde el mito de la
democracia vasca, basada en una sociedad patriarcal y rural idealizada en la
que se compartirían el sentimiento aristocrático colectivo con un igualitarismo
de raíces religiosas. Pero en realidad, tal régimen sólo aseguraba el predominio
de los notables, que incluso pretendió institucionalizarse en el siglo XVIII,
situación que justificará las repetidas revueltas de los campesinos de las
tierras llanas contra los señores o la incipiente burguesía urbana. La
consolidación de los fueros significó el establecimiento de una zona económica
franca hacia el exterior. Los perjuicios que causara la apertura de la monarquía
hacia el Imperio —que se concretaban en la importación de hierro sueco, de mejor
calidad que el vizcaíno— fue en cierto modo corregida por el emperador Carlos al
designar Bilbao y San Sebastián entre los puertos autorizados al comercio
americano en 1529. Sin embargo, la concentración de este comercio en la Casa de
Contratación de Sevilla en 1573 por Felipe II y las revueltas de Flandes —que
significaron la ruina de Burgos y el desplazamiento del eje económico hacia el
sur— provocaron la ruralización de las provincias vascongadas, que se cerraron
sobre sí mismas aunque mantuvieron una mínima conexión exterior a través de
Francia.
No plantearon tampoco conflicto político alguno a la monarquía. Aunque los
nacionalistas traten de disfrazar con tintes independentistas el levantamiento
vizcaíno de 1631, no fue éste sino una rebelión social de carácter económico
contra la orden que estancaba la sal del señorío para su venta por cuenta de la
Real Hacienda, un movimiento en nada comparable al de los comuneros castellanos,
las germanías valencianas o la secesión portuguesa. Por su parte, el antes
citado vínculo con Francia explicará el acatamiento de Felipe de Anjou como rey
de España pese al apego de estas provincias al Antiguo Régimen de los Austrias,
lo que fue premiado con el mantenimiento de sus peculiares instituciones —al
igual que Navarra— en contradicción con la política centralizadora del Borbón,
pasando a ser calificadas como Provincias Exentas. Esta situación de privilegio
se veía acrecentada por el acceso a las ventajas que el nuevo sistema procuraba,
como la renovación industrial o la reactivación del comercio americano. Así, en
1728 nació en San Sebastián la Compañía de Comercio de Caracas, que en 1785 dio
origen a la Compañía de Filipinas, estableciéndose así unas relaciones que
marcarían las sendas migratorias del siglo XIX.
Durante este tiempo tendrán lugar otros fenómenos que, a la larga, resultarán
trascendentales para la evolución social y política de aquellos territorios. De
un lado, la errónea apreciación de que el hecho singular de las Provincias
Vascongadas y Navarra se limitaba a la exención fiscal —minimizando la
importancia de la aplicación del derecho específico aún por la Real Chancillería
de Valladolid, la exención de quintas y aún de la cierta capacidad de
autogobierno, que en Navarra se extendía a la reunión de Cortes—, creencia
contra la que se alzará con todas sus armas el naciente liberalismo. Por otro
lado, la radicalización del sentimiento religioso a lo largo del siglo XVIII
será más que evidente.
El estallido de la Revolución Francesa supuso un violento seísmo social en
las provincias vascongadas, especialmente cuando Guipúzcoa se constituyó en
línea de frente en la Guerra contra la Convención. Los gritos de combate en que
se mezclaban Religión, Rey y Patria acompañaron a las tropas españolas que
durante 1793 avanzaron triunfantes por Hendaya y el Rosellón. Sin embargo, al
año siguiente las tropas francesas presionaron de tal forma que conquistaron San
Sebastián el 4 de agosto. La Junta celebrada en Guetaria por guipuzcoanos
partidarios de las ideas revolucionarias llegó a proponer la creación de una
república vasca independiente. Durante 1795 los franceses avanzaron hasta
Miranda de Ebro, pocos días antes de la firma de la Paz de Basilea. Esta guerra
supuso la materialización en el seno de la sociedad vasca de dos partidos: los
integristas antirrevolucionsarios y los segregacionistas.
Poco más tarde, en las Cortes de Cádiz aparecieron enfrentados dos conceptos
de Estado: frente a la Monarquía tradicional que reclamaba para la corona el
ejercicio absoluto de la soberanía propia de las entidades históricas
preexistentes con sus instituciones peculiares y leyes consuetudinarias se alzó
la Monarquía liberal, que reservaba para el rey sólo funciones arbitrales y
contemplaba el Estado como una unidad territorial dividida en provincias según
criterios exclusivamente administrativos. El avance del liberalismo supuso, por
lo tanto, para las provincias vascongadas una doble amenaza, política
(centralismo) y social (contra la religión y la Iglesia). El alzamiento carlista
de 1833 —en el cristalizó la querella dinástica entre Carlos María Isidro,
hermano de Fernando VII, y la hija de éste, Isabel II— tuvo inicialmente como
leit motiv la cuestión religiosa, aunque en el transcurso de los años fue
incrementándose la importancia de la defensa del foralismo para la causa
carlista.
Fracasado el levantamiento de Carlos VII de 1872 —que llegó a dar forma a un
Estado carlista propio, aunque efímero, sobre suelo navarro—, la Ley de 21 de
julio de 1876 puso fin al régimen foral, sustituyéndose al año siguiente sus
instituciones por diputaciones provinciales Poco después se produjo una cierta
rectificación al aceptarse una mínima autonomía económica provincial, según la
cual las contribuciones de cada provincia al poder central se fijarían mediante
concierto. Ya en el siglo XX, el último de estos conciertos —suscrito en 1925—
seguía vigente al comienzo de la Guerra Civil de 1936, como consecuencia de la
cual sólo conservará este privilegio la provincia de Álava.
Mientras que las ciudades —en las que se asentaban importantes guarniciones
militares— acogían las ideas liberales de la burguesía, el campo encontró en los
fueros y libertades antiguas la razón de su modo de vida. En este agitado caldo
de polarización social convergerán además los marinos retirados que se habían
dedicado al comercio ultramarino (Cuba, Filipinas...), en gran parte vinculados
a la Masonería y ganados por las ideas liberales, y los inmigrantes procedentes
del interior, generalmente hacinados en los puertos industriosos, con lo que tal
situación significaba entonces de insalubridad física y moral. Frente a la
presión de este proletariado urbano y la presencia de los marinos
contaminados se alzó la llamada al retorno a la supuestas fuentes primitivas
de Euskal Herría. Así nacería el nacionalismo sabiniano, no exento de una vena
romántica que prestó atención a las antiguas lengua y cultura vasconas, dando
origen a la Sociedad de Estudios Vascos o la Academia de la Lengua Vasca. Mas el
carácter forzado de este componente cultural del nacionalismo vasco resulta
innegable, toda vez que el antiguo idioma vascuence sobrevivió en las tierras
del interior —con graves mutaciones— merced al respeto de la Monarquía Católica
de los Austrias por los hábitos y costumbres locales, aunque su empleo se
limitaba al uso corriente, empleándose libremente el castellano para la
administración —hasta el punto de que el Fuero de Vizcaya estaba redactado en
castellano—, la enseñanza y la producción literaria.
Al cesto del nacionalismo vasco se sumaron otros mimbres como el integrismo
religioso y el antiliberalismo radical que Arana heredó de su padre, un
incipiente republicanismo y un etnicismo derivado en racismo que —en el colmo de
la incongruencia— habría impelido a los nacionalistas a considerar extraños a
los señores de la casa de Haro. Contó además el nacionalismo vasco con la
intervención de otros factores que no han de desdeñarse a la hora de comprender
su configuración final. Así, como factor social podemos señalar su evolución
desde un foralismo entroncado con la conservación del concierto económico hacia
un régimen autonómico que apuntase a la independencia. Para el nacionalismo, la
salud moral del pueblo vasco sólo se mantendría ofreciendo resistencia al
Gobierno liberal de Madrid, cuya política era tildada de profundamente
antirreligiosa. Y, además de este factor religioso, encontramos un tercero de
carácter étnico, según el cual la diferenciación racial de los vascos —hoy
destacada por la supuesta preponderancia de individuos con factor RH negativo—
quedaba subrayada por la pretendida diferenciación lingüística. La combinación
de todos estos elementos determinará los ideales de la vasconidad, a
partir de la cual Sabino Arana elaborará su propia tesis: Euzkadi es una nación
sometida por España y Francia que debe constituir su propio Estado.
Que Arana abjurara del radicalismo en los últimos años de su vida no
resultará significativo para los nacionalistas vascos, quienes pretenden crear
una Euskal-Herría independiente incluso pasando por encima de la tradición
histórica a la que tanto apelan.