Altar Mayor - Nº 97 (37)
Fecha Monday, 17 January a las 21:40:27
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

ESPAÑA Y EUROPA
Por
Enrique Hermana [1]

La preocupación por el destino de España es un tema habitual en nuestro entorno. Es consecuencia de la tensión separatista de una parte de los españoles, saturados de locura histórica y resentimientos artificiosos, y de la resistencia del resto, convencidos de que se está frivolizando sobre un tema muy serio: la interpretación de nuestra historia y la creación de nuestro futuro.

Esa inquietud coexiste con la incertidumbre acerca de la Europa que se está construyendo. Se trata de algo que nos afecta cada año más intensamente, pero no disponemos de respuestas claras para interrogantes que nos inquietan. Si está claro que hasta el momento estamos beneficiándonos de ayudas económicas importantes, no lo está, en cambio, si la cesión progresiva de soberanía nacional nos puede perjudicar a largo plazo, en beneficio de las naciones más poderosas que constituyen la Unión. El viejo dicho de que Una misma ley para el buey y para el león es injusta para alguno de los dos es una realidad permanente. El dato de que la población española lidera el entusiasmo europeo entre las diferentes naciones de la Unión no sirve necesariamente para tranquilizar esa inquietud. Una desigualdad de poder (no medible simplemente como diferencia en renta per cápita) puede originar avasallamiento de alguna nación por otra.

A esto se puede objetar inicialmente que en una comunidad se progresa comunitariamente, aunque algunas partes lo hagan más que otras, pero, aún admitiéndolo, parece evidente que siempre hay peligro de que los conflictos interzonales se resuelvan a favor de la zona más poderosa, dentro de la Comunidad. Independientemente de que existan procedimientos establecidos, legales, para que los más débiles puedan defender sus derechos. Además de que hay facetas culturales nacionales que no defenderá la Comunidad con el mismo interés que los propios interesados. La consagración de las Naciones radica en la creación de una ilusión colectiva en la que esos temores particulares quedan superados o dominados por el convencimiento de que el destino común merece la pena.

No sé si preocupado por tal posible inferioridad o ilusionado positivamente, Aznar manifestaba hace años, en el cierre de un Congreso regional del PP, su propósito de convertir España en una de las Naciones importantes en la creación del futuro. Es bueno tener al menos un propósito ambicioso. Porque ello supone no conformarse con defenderse para sobrevivir, algo que ha ocupado durante demasiado tiempo la mente del colectivo español. Y porque implica una voluntad de imponer nuestro propio criterio, esforzándonos en lograr las transformaciones precisas para conseguir la fuerza suficiente para ello. Unas transformaciones que implican un esfuerzo superior al que realicen los vecinos. Pues sólo así se puede conseguir el potencial de cambio necesario, o eficacia superior, para la misma cuantía de esfuerzo aplicado. Que Aznar lo intentó está en la memoria de todos. Y que logró colocar a nuestra Nación en un plano de atención mundial, por su crecimiento económico y su seriedad presupuestaria, es evidente para cualquiera que se haya asomado a la prensa extranjera en los últimos dos años. El cambio de Gobierno ha desbaratado ese prestigio en pocos meses, pero lo logrado demuestra nuestra capacidad para conseguir lo que procuremos en el ámbito internacional.

Pero ¿qué queremos procurar los españoles? ¿Cuál es el criterio que querríamos imponer? Se trata de una pregunta inevitable, tras décadas o siglos en los que sólo hemos pretendido hacernos perdonar los pecados de los que las naciones rivales nos acusaban, y que acabamos asumiendo con vergüenza. Una vergüenza impuesta por nuestra clase dirigente, sumisa a las directrices intelectuales extranjeras e incapaz, no ya de generar la réplica adecuada, sino ni siquiera de protesta y rebeldía. Y acatada por nuestra sociedad, inculta respecto a su propia historia. Hoy, doblegados por esa subordinación podemos decir, esquemáticamente, que estamos homologados con el resto de Europa, y que nuestra particular idiosincrasia diferencial se limita a poco más que las corridas de toros. O, al menos, esa es la opinión dominante.

¿En qué faceta, entonces, podemos pretender ser superiores a nuestros vecinos europeos e imponerles nuestro criterio? Aparte de lo fácilmente cuantificable, de índole económica, tal como renta per cápita, productividad, índices de posesión de productos, etc, indispensables para la vida competitiva, ¿qué tipo de áreas o campos nos atraen como españoles?

No es una pregunta fácil de responder. Por ejemplo, pese a declaraciones múltiples, a todo nivel, nuestra voluntad de liderar innovaciones parece escasa. No ya por el reducido porcentaje de nuestra renta gastado en investigación y desarrollo, sino por la timidez ante nuevas posiciones que domina a la sociedad española, a todos los niveles. Proliferan las actitudes de que lo prueben primero otros, o la actitud de recelo ante cualquier propósito innovador autóctono. Carecemos de la imprescindible confianza e ilusión en nuestras capacidades propias, incluso desconociendo la realidad en la que estamos, pues nuestra buena productividad actual se debe en gran parte a la aplicación generalizada de la capacidad de innovación soterrada. Sin embargo, la superestructura social lo ignora y se adhiere al escepticismo antes mencionado. No se trata del desprecio implícito en la famosa frase atribuida a Unamuno, sino de timidez y falta de confianza en esa capacidad propia. Existen diversos ejemplos de autoridades políticas españolas, que son, o han sido responsables de la innovación, que advierten de que sólo debemos aspirar a posiciones secundarias. Es decir, los encargados de promover esa innovación no creen en nuestra capacidad para lograr un puesto de vanguardia en ese campo. No, no es una aspiración de hegemonía detectable en la España actual.

Tampoco cabe decir que se procure una superioridad espiritual, pues la sociedad española actual casi presume de ser la más «libre» de Europa en temas de sexo, estupefacientes y libertinaje. Es muy posible que la realidad sea diferente a lo que indica esa presunción. Es posible (hay datos para ello, no disponibles aquí) que nuestros índices de madres solteras, abortos, ancianos abandonados, difusión de la droga, etc, sean aún inferiores a las medias europeas. Pero sin argumentación en contra, tal como es la situación actual, tarde o temprano se habrá llegado o superado el mismo índice de degradación (o liberación, como emplean los propulsores de ese tipo de progreso). No parece haber, desgraciadamente, indicios de que España vaya a liderar Europa en el campo moral o espiritual. La famosa Reserva espiritual de Occidente pudo ser definida en momentos en que España vivía la resaca de una época heroica, con martirios y sacrificios memorables, pero no tiene validez desde hace años. Es posible que la mayor solidez del sentimiento familiar español, o mediterráneo, frente a la Europa septentrional, permita una resistencia mayor de los valores espirituales, pero me temo que por ahora no se vislumbra una reacción de reconquista. Pero un Gobierno como el actual, dedicado a destruir esa solidez familiar con muy diversas iniciativas, permite abrigar pocas esperanzas.

Es decir, volviendo a la pretensión de Aznar, antes mencionada, de que lleguemos a ser uno de las Naciones punteras en Europa, ¿cómo lo vamos a procurar? Para imaginar una respuesta hay que empezar por plantearse qué va a ser Europa y qué queremos ser los españoles dentro de ella. Empezando por la cuestión clave de hasta qué grado queremos, o vamos a querer, mantener nuestra distinción como españoles dentro de la misma Unión.

Supongo que esto último es inevitable. Pese al deplorable panorama nacional actual, querremos ser nosotros, y diferenciados del resto. Y se reforzará el autoconocimiento que permita reforzar positivamente esa identificación, no en el sentido exclusivista, xenófobo y narcisista que personifican los nacionalismos periféricos actuales, sino con el propósito de superar en calidad a quien sea de nuestro entorno. Pero nada de ello será posible si no se plantea como procuración ilusionada de un ideal común. El bienestar económico no basta, aunque las etapas intermedias, superadoras de diferencias, sean aún suficientemente absorbentes de ilusión. Se precisa una ambición mayor, de hegemonía cultural sobre el resto del Mundo, que habrá de manifestarse en áreas específicas. Si Occidente procuró crear el Mundo a su imagen, a partir del Siglo XVI, ¿qué meta puede procurar la Unión Europea hoy? Compitiendo con el sentido mesiánico americano de tutelar lo que ellos consideran Libertad en todo el Mundo y su ambición de ser los creadores tecnológicos del mundo futuro, y con la fuerza pujante del Islamismo determinado a superar espiritualmente un Cristianismo que considera decadente.

Acabo con las mismas preguntas con que empecé, sin ser capaz de imaginar cuál va a ser el papel que España procure en este panorama. Quizás esa falta de imaginación, esa tendencia a renunciar a nuestra esencia cristiana, detectable hoy en Europa, sea el problema mayor con que nos enfrentamos los europeos en general. Y los españoles en particular.



[1] Enrique Hermana es doctor en Ciencias Químicas.









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