REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
ESPAÑA Y EUROPA
Por Enrique Hermana [1]
La preocupación por el destino de España es un tema habitual en nuestro
entorno. Es consecuencia de la tensión separatista de una parte de los
españoles, saturados de locura histórica y resentimientos artificiosos, y de la
resistencia del resto, convencidos de que se está frivolizando sobre un tema muy
serio: la interpretación de nuestra historia y la creación de nuestro futuro.
Esa inquietud coexiste con la incertidumbre acerca de la Europa que se está
construyendo. Se trata de algo que nos afecta cada año más intensamente, pero no
disponemos de respuestas claras para interrogantes que nos inquietan. Si está
claro que hasta el momento estamos beneficiándonos de ayudas económicas
importantes, no lo está, en cambio, si la cesión progresiva de soberanía
nacional nos puede perjudicar a largo plazo, en beneficio de las naciones más
poderosas que constituyen la Unión. El viejo dicho de que Una misma ley para
el buey y para el león es injusta para alguno de los dos es una realidad
permanente. El dato de que la población española lidera el entusiasmo europeo
entre las diferentes naciones de la Unión no sirve necesariamente para
tranquilizar esa inquietud. Una desigualdad de poder (no medible simplemente
como diferencia en renta per cápita) puede originar avasallamiento de alguna
nación por otra.
A esto se puede objetar inicialmente que en una comunidad se progresa
comunitariamente, aunque algunas partes lo hagan más que otras, pero, aún
admitiéndolo, parece evidente que siempre hay peligro de que los conflictos
interzonales se resuelvan a favor de la zona más poderosa, dentro de la
Comunidad. Independientemente de que existan procedimientos establecidos,
legales, para que los más débiles puedan defender sus derechos. Además de que
hay facetas culturales nacionales que no defenderá la Comunidad con el mismo
interés que los propios interesados. La consagración de las Naciones radica en
la creación de una ilusión colectiva en la que esos temores particulares quedan
superados o dominados por el convencimiento de que el destino común merece la
pena.
No sé si preocupado por tal posible inferioridad o ilusionado positivamente,
Aznar manifestaba hace años, en el cierre de un Congreso regional del PP, su
propósito de convertir España en una de las Naciones importantes en la creación
del futuro. Es bueno tener al menos un propósito ambicioso. Porque ello supone
no conformarse con defenderse para sobrevivir, algo que ha ocupado durante
demasiado tiempo la mente del colectivo español. Y porque implica una voluntad
de imponer nuestro propio criterio, esforzándonos en lograr las transformaciones
precisas para conseguir la fuerza suficiente para ello. Unas transformaciones
que implican un esfuerzo superior al que realicen los vecinos. Pues sólo así se
puede conseguir el potencial de cambio necesario, o eficacia superior, para la
misma cuantía de esfuerzo aplicado. Que Aznar lo intentó está en la memoria de
todos. Y que logró colocar a nuestra Nación en un plano de atención mundial, por
su crecimiento económico y su seriedad presupuestaria, es evidente para
cualquiera que se haya asomado a la prensa extranjera en los últimos dos años.
El cambio de Gobierno ha desbaratado ese prestigio en pocos meses, pero lo
logrado demuestra nuestra capacidad para conseguir lo que procuremos en el
ámbito internacional.
Pero ¿qué queremos procurar los españoles? ¿Cuál es el criterio que
querríamos imponer? Se trata de una pregunta inevitable, tras décadas o siglos
en los que sólo hemos pretendido hacernos perdonar los pecados de los que las
naciones rivales nos acusaban, y que acabamos asumiendo con vergüenza. Una
vergüenza impuesta por nuestra clase dirigente, sumisa a las directrices
intelectuales extranjeras e incapaz, no ya de generar la réplica adecuada, sino
ni siquiera de protesta y rebeldía. Y acatada por nuestra sociedad, inculta
respecto a su propia historia. Hoy, doblegados por esa subordinación podemos
decir, esquemáticamente, que estamos homologados con el resto de Europa, y que
nuestra particular idiosincrasia diferencial se limita a poco más que las
corridas de toros. O, al menos, esa es la opinión dominante.
¿En qué faceta, entonces, podemos pretender ser superiores a nuestros vecinos
europeos e imponerles nuestro criterio? Aparte de lo fácilmente cuantificable,
de índole económica, tal como renta per cápita, productividad, índices de
posesión de productos, etc, indispensables para la vida competitiva, ¿qué tipo
de áreas o campos nos atraen como españoles?
No es una pregunta fácil de responder. Por ejemplo, pese a declaraciones
múltiples, a todo nivel, nuestra voluntad de liderar innovaciones parece escasa.
No ya por el reducido porcentaje de nuestra renta gastado en investigación y
desarrollo, sino por la timidez ante nuevas posiciones que domina a la sociedad
española, a todos los niveles. Proliferan las actitudes de que lo prueben
primero otros, o la actitud de recelo ante cualquier propósito innovador
autóctono. Carecemos de la imprescindible confianza e ilusión en nuestras
capacidades propias, incluso desconociendo la realidad en la que estamos, pues
nuestra buena productividad actual se debe en gran parte a la aplicación
generalizada de la capacidad de innovación soterrada. Sin embargo, la
superestructura social lo ignora y se adhiere al escepticismo antes mencionado.
No se trata del desprecio implícito en la famosa frase atribuida a Unamuno, sino
de timidez y falta de confianza en esa capacidad propia. Existen diversos
ejemplos de autoridades políticas españolas, que son, o han sido responsables de
la innovación, que advierten de que sólo debemos aspirar a posiciones
secundarias. Es decir, los encargados de promover esa innovación no creen en
nuestra capacidad para lograr un puesto de vanguardia en ese campo. No, no es
una aspiración de hegemonía detectable en la España actual.
Tampoco cabe decir que se procure una superioridad espiritual, pues la
sociedad española actual casi presume de ser la más «libre» de Europa en temas
de sexo, estupefacientes y libertinaje. Es muy posible que la realidad sea
diferente a lo que indica esa presunción. Es posible (hay datos para ello, no
disponibles aquí) que nuestros índices de madres solteras, abortos, ancianos
abandonados, difusión de la droga, etc, sean aún inferiores a las medias
europeas. Pero sin argumentación en contra, tal como es la situación actual,
tarde o temprano se habrá llegado o superado el mismo índice de degradación (o
liberación, como emplean los propulsores de ese tipo de progreso).
No parece haber, desgraciadamente, indicios de que España vaya a liderar Europa
en el campo moral o espiritual. La famosa Reserva espiritual de Occidente
pudo ser definida en momentos en que España vivía la resaca de una época
heroica, con martirios y sacrificios memorables, pero no tiene validez desde
hace años. Es posible que la mayor solidez del sentimiento familiar español, o
mediterráneo, frente a la Europa septentrional, permita una resistencia mayor de
los valores espirituales, pero me temo que por ahora no se vislumbra una
reacción de reconquista. Pero un Gobierno como el actual, dedicado a destruir
esa solidez familiar con muy diversas iniciativas, permite abrigar pocas
esperanzas.
Es decir, volviendo a la pretensión de Aznar, antes mencionada, de que
lleguemos a ser uno de las Naciones punteras en Europa, ¿cómo lo vamos a
procurar? Para imaginar una respuesta hay que empezar por plantearse qué va a
ser Europa y qué queremos ser los españoles dentro de ella. Empezando por la
cuestión clave de hasta qué grado queremos, o vamos a querer, mantener nuestra
distinción como españoles dentro de la misma Unión.
Supongo que esto último es inevitable. Pese al deplorable panorama nacional
actual, querremos ser nosotros, y diferenciados del resto. Y se reforzará el
autoconocimiento que permita reforzar positivamente esa identificación, no en el
sentido exclusivista, xenófobo y narcisista que personifican los nacionalismos
periféricos actuales, sino con el propósito de superar en calidad a quien sea de
nuestro entorno. Pero nada de ello será posible si no se plantea como
procuración ilusionada de un ideal común. El bienestar económico no basta,
aunque las etapas intermedias, superadoras de diferencias, sean aún
suficientemente absorbentes de ilusión. Se precisa una ambición mayor, de
hegemonía cultural sobre el resto del Mundo, que habrá de manifestarse en áreas
específicas. Si Occidente procuró crear el Mundo a su imagen, a partir del Siglo
XVI, ¿qué meta puede procurar la Unión Europea hoy? Compitiendo con el sentido
mesiánico americano de tutelar lo que ellos consideran Libertad en todo el Mundo
y su ambición de ser los creadores tecnológicos del mundo futuro, y con la
fuerza pujante del Islamismo determinado a superar espiritualmente un
Cristianismo que considera decadente.
Acabo con las mismas preguntas con que empecé, sin ser capaz de imaginar cuál
va a ser el papel que España procure en este panorama. Quizás esa falta de
imaginación, esa tendencia a renunciar a nuestra esencia cristiana, detectable
hoy en Europa, sea el problema mayor con que nos enfrentamos los europeos en
general. Y los españoles en particular.
[1] Enrique Hermana es doctor en Ciencias
Químicas.