Altar Mayor - Nº 97 (34)
Fecha Monday, 17 January a las 21:57:41
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

LOS NACIONALISMOS: BABEL SIGLO XXI
Por Manuel Parra Celaya [1]

Introducción

Cuando se me pidió que interviniera en esta Universidad de Verano con el tema de «Los nacionalismos», no tuve más remedio que aceptar la invitación por un deber se camaradería y de servicio, pero me quedé sumido en un mar de dudas: ¿qué era lo que se me pedía exactamente?

Como siempre, empecé por la fase de «caos mental», para luego llegar a la de «aglomeración de ideas» y a la de «saturación de fuentes»: salían libros, apuntes, recortes de prensa, notas, de todos los lugares inimaginables de mis archivos. Pero seguía con 1a pregunta: ¿qué se pretendía que dijera?

¿Una historia «en bruto» de los nacionalismos europeos? ¿Un análisis político de la España y de la Europa de hoy? ¿Un análisis ideológico del nacionalismo y de sus efectos?

La duda persiste, para qué lo vamos a negar. Por lo que he de confesar, en primer lugar, son mis malas cualidades políticas y mis inexistentes cualidades como vidente.

Por ello, mis palabras de esta tarde van a consistir en una especie de batiburrillo (espero que algo ordenado y lógico) de análisis de evidencias, por una parte, de interpretación ideológica de dichas evidencias, por la otra, y, por último, de una serie de reflexiones y preguntas al viento, por si tenemos la oportunidad de contestarlas entre todos. Por lo tanto, no quiero ocupar un papel magistral en esta sesión, sino de participante en esta búsqueda de la luz, entre las tinieblas que parece que nos rodean en estos primeros años del siglo XXI.
 

Primera evidencia

Como dice el profesor Luis Buceta, vivimos en una sociedad contradictoria: esta mañana me despedía de mi familia en Barcelona y, ahora, pocas horas después, me encuentro con vosotros hablando en Segovia; igualmente, podría dictar una conferencia en Buenos Aires, con un poco más de tiempo de vuelo, o conseguir que llegara mi voz y mi imagen a cualquier otro lugar del mundo, de forma, simultánea, mediante sistemas informáticos que desgraciadamente se me escapan. No hay límites para la comunicación internacional y casi no hay fronteras.

Sin embargo, hace pocos días en Cataluña, con ocasión de la «Diaria nacional», que teóricamente conmemora una derrota de 1714, mi presidente autonómico lanzaba una proclama inequívocamente separatista; este presidente, de la clase dirigente catalana y quizás por ello socialista, está aliado a un partido amigo de los terroristas de ETA (ERC) y, mientras espera el momento de resucitar la medieval Corona de Aragón, chantajea a su simpático amigo «ZP». Y el Sr. Ibarreche, presidente de otra Comunidad Autónoma, quiere imitar algo así como el status de Puerto Rico con respecto a EE.UU., con sus «ciudadanos y ciudadanas» reclamando el derecho a «conservar su identidad» y a «autodeterminarse». Estos dos «proyectos estrella» son la punta de lanza de otros, algunos tan claramente disgregadores como el del Sr. Bieras y otros a la zaga, ansiando reclamar el título de «comunidades históricas», que debe ser algo así como las «autonomías pata negra». Es decir, mientras Europa y el mundo se unen, para bien o para mal, en España estamos sometidos a tensiones disgregadoras cuyo origen debe buscarse en el lejano siglo XIX.

Claro que esto no es nuevo, porque el ser humano siempre ha sentido, a lo largo de su vida, la doble tentación: permanecer o avanzar, regresar o progresar; y las sociedades también, pues estas tensiones representan un debate entre ir adelante o retroceder, entre el retorno o el progreso.

Es evidente que no somos los únicos («mal de muchos...»). Hace unos años, basta con remontarnos a 1991, los mapas que habíamos estudiado no nos servían para nada: la antigua URSS se descompuso (ésta es la palabra) en estados soberanos; la propia Rusia, cabeza de aquella Unión, en once estados independientes. Yugoeslavia pasó a la historia, con su partición violenta en ocho estados, en un proceso que nos avergonzó como europeos, con matanzas, limpiezas étnicas y una guerra sin cuartel que, en algunos lugares, sólo es impedida aún ahora por la fuerza disuasoria de terceros.

Si observamos con detalle estas divisiones de la Europa Oriental, obtendremos la evidencia de que en ellas han tenido arte y parte «agentes exteriores», sean de tipo político, económico o ideológico. ¿Es siempre igual? Dejemos la pregunta para el final...

En la Europa Occidental, más estable históricamente, por lo menos desde la última matanza entre vecinos (1939-1945), persisten también tensiones de división, que, a veces, adoptan situaciones cuasi-bélicas (Irlanda del Norte), agitación y terrorismo (Córcega) o, por lo menos, existencia de focos particularistas, reconocidos y suavizados por la acción de Estados (Escocia, País de Gales) o extirpados de raíz por otros (Bretaña); a veces, parecen adoptar la forma de caricatura (Liga Norte de Italia), pero no debemos reírnos porque tenemos casos abundantes en nuestra propia España.

Excepto el caso de Irlanda, más de incorporación a Eire que de separación, los separatismos europeos tienen un carácter claro de morbo, de enfermedad regresiva, y así son reconocidos por los Estados Nacionales y por la mayoría de la sociedad. Sólo España es una excepción.

¿Cuáles son las causas de esta situación? ¿Tenemos una extraña maldición sobre nuestras cabezas?

¿Basta con acudir al tópico del individualismo hispano? ¿Basta con explicaciones de móvil económico?

Para responder a estas preguntas hemos de profundizar en los conceptos que sirven de apoyatura ideológica a estos separatismos.

(Aprovecho para decir que soy poco dado al lenguaje «políticamente correcto»; así, «nacionalismos identitarios», «segregacionismos», «autodeterminación», «independentismos», etc., pueden ser reducidos al término normal y corriente de «separatismos». Emplearé normalmente este término, y los demás, para evitar la repetición, como sinónimos).
 

El concepto de identidad

Uno de estos eufemismos para designar a los separatismos es el de «nacionalismos identitarios». El concepto de identidad es, como otros muchos, confuso, y en esta confusión o neblina se mueven precisamente los nacionalismos (para no desmerecer su origen romántico).

«Identidad» se refiere, en primer lugar, al individuo, y aparece definido como «Unidad e invariabilidad, en su ser, de una misma realidad» (diccionario de Psicología de Dorsch, 1976. Citado por Buceta, 2003); la palabra «unidad» de la definición ya nos extraña en un concepto que se emplea para desunir...

La RAE nos ofrece en su Diccionario dos entradas, una de carácter objetivo y otra de ámbito subjetivo, que nos servirán para estudiar el problema:

«Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que la caracterizan frente a los demás».

Y la subjetiva es:

«Conciencia que una persona (o colectividad, añadiría yo) tiene de ser ella misma distinta a las demás».

En la dimensión social del concepto de «identidad», podemos obtener la evidencia de que puede representar, a la vez, una fuerza centrípeta (identidad española o europea) o centrífuga (bretona, catalana, vasca).

Si se me permite la comparación -y seguro que me lo vais a permitir porque está implícita y explícita en José Antonio- la «identidad» actúa como fuerza centrifuga cuando el ser humano se encierra en su egoísmo, en su individualismo, y desde allí, desde su superioridad, mira por encima del hombro a sus semejantes; por el contrario, actúa como fuerza centrípeta cuando ese individuo es «persona», esto es, ser-entre-los-demás seres, y su relación social rompe con su caparazón egoísta. El Derecho transforma al individuo en persona, la Historia transforma al pueblo en nación.

Unido al contradictorio término de «identidad» estaría el de «identificación», que consiste en «llegar a tener las mismas creencias, propósitos o deseos» (RAE). Aplicado a lo social, la «identicación» la buscan las colectividades que codician las «señas de identidad» que convierten en «hechos diferenciales», en esa versión individualista que es el nacionalismo.

Podríamos profundizar algo más, en una dirección insospechada para este estudio: el Psicoanálisis. El Diccionario de Arnold, Eysenek y Meili, 1979, citado por Buceta, nos dice que la «identidad» sirve para «reducir el estado de ansiedad o la regresión temporal causada por una frustración motivacional». La búsqueda de la identidad sería un «proceso psíquico inconsciente que se manifiesta en forma de vínculo emotivo» (Warren. Diccionario de Psicología, 1960): el individuo tiene conciencia de que pertenece a un «grupo» y eso le hace valorar los objetivos y principios por los que se mueve ese grupo y le lleva al sentimiento emocional de identificación y de pertenencia.

Las regiones, los grupos, actúan como los individuos: cuando existe un «estado de ansiedad» o una «frustración histórica», no es extraño que busquen afanosamente la identificación con sus «iguales», adquiriendo conciencia de que se pertenece a un único cuerpo social, con valoración excepcional de sus fundamentos.

Este mecanismo psicológico puede servir para integrar en un campo social amplio, cuando éste (España, Europa) tiene unos objetivos que cumplir («proyecto», «misión»); entonces, los subgrupos que lo integran (regiones o Comunidades Autónomas, en el caso de España, Naciones-Estado, en el de Europa) se identifican emotivamente con él. «Sentirse» español fue fácil cuando existía un proyecto que hacía de España una «Patria»; un día -ojalá- «sentirse» europeo también lo será, cuando exista un proyecto harto diferente al que nos ofrece el Sr. Giscard d'Esteing.

Hoy por hoy, priva «sentirse» catalán, vasco, castellano, aragonés o canario, antes que español, porque no existe un proyecto atractivo de España. Por ello, el mecanismo psicológico es el de identificación para disgregar.

El problema (Buceta 2003) no es, pues, el pluralismo o la variedad. regional, sino la generación, en el seno de una Comunidad Autónoma, de rasgos de identidad exc1uyentes, tratando de monopolizar la pertenencia a esa Comunidad.

Existirán diversos tipos de agentes de la disgregación, ya que no se debe silenciar el proceso de creación y de difusión de esas señas o hechos diferenciadores.

Juan R. Lodares (Lengua y Patria, 2002) señala el muy importante del «paisanismo», es decir, la tendencia a cerrar la comunidad y dar ventajas a los naturales, mientras que los «forasteros» quedan reducidos a ámbitos sin poder de decisión.

Este «paisanismo» adopta muchas veces una dimensión económica y social, como defensa de relaciones económicas, de propiedad o de rango social (Amando de Miguel, Gregorio Salvador y muchos otros). El nacionalismo es, así, una suerte de caciquismo o, si se prefiere, de «especulación de la burguesía con los sentimientos populares» (José Antonio). En Cataluña y en el País Vasco no es extraño también la existencia de un factor religioso, o pseudoreligioso mejor, presente en los dislates de «pueblo elegido» de Sabino Arana, o en este texto mucho más moderno de los obispos de Tarragona, Solsona y Vic en 1990:

«No sólo hemos de saber dar razón de nuestra fe, sino también de nuestra catalanidad. Y los hermanos inmigrantes, por ello, si son cristianos, lo han de comprender y se han de convertir [2] en agradecimiento, si no por otra cosa, al gesto de haberlos acogido en casa».


Cuadro nº 1 
 

En el gráfico nº 1, a la doble posibilidad disgregadora o integradora de la «identidad» se la denomina con los símbolos de «Roma» o «Babel» (Eugenio d’Ors). Se puede ver que he hecho un juego de palabras, simple pero significativo. En la posibilidad integradora (Naciones-Estado, construcción de Europa), los rasgos sirven para caracterizar entre los demás y se tiene conciencia de pertenecer a un grupo; en la posibilidad disgregadora (nacionalismos), los rasgos colocan a una colectividad frente a los demás, y se adquiere conciencia de ser distinto.
 

El concepto de integración

Muy unido a lo anterior está el concepto de integración. Echando mano al María Moliner, diríamos que es «hacer un todo o conjunto con partes diversas»; dicho de otra manera y aplicado al campo histórico y social, hacer que distintos grupos sociales compongan una totalidad diferente de las partes que la forman.

¿Por qué «diferente a las partes que la forman»? Desde la teoría de la escuela, de La Gestalt sabemos que «la totalidad es un fenómeno complejo, en el que no sólo hay elementos o partes, sino también la cualidad de la forma». Así, la totalidad es siempre diferente y superior  a las partes unificadas que la componen, ya que resulta de un factor unificante, totalizador.

La formación de España (y de cualquier nación-estado europeo) no es la simple suma de «reinos» o «regiones», sino la integración de éstos con un «proyecto» que los aglutinó en un momento dado. La formación de Europa no será la suma de naciones, sino la integración de éstas en y por un proyecto europeo sugestivo.

Pero la integración no es un infantil «todo o nada» (ésta sería la postura centralizadora-anuladora): el español histórico se sentía naturalmente catalán, aragonés, vasco, andaluz o castellano, y, a la vez, español. Incluso en épocas de división política (Edad Media), persistía la conciencia de ser español, aunque fuera una referencia histórica y territorial («Catalunya, lo millor regne d'Espanya», dice Jaime I el Conquistador). El europeo del futuro se sentirá tal, pero no dejará de sentirse británico, francés, italiano o español.

El motivo es que la integración se realiza en función de factores que aúnan (empresa colectiva) y no de diversidades que diferencian (lengua, por ejemplo).

No obstante, la integración histórica implica una serie de elementos subjetivos, personales, propios de los individuos que componen esas colectividades que dan el paso de la integración; por ello, habrá que tener en cuenta el aspecto externo, la conducta observable (el «estar integrado») y el sentido interno, el sentimiento profundo (el «sentirse integrado»).

¿Cuántos españoles, o ingleses o franceses «están integrados en la UE? Todos. ¿Cuántos «se sienten europeos»? Quizás, de momento, pocos. El paso del «estar» al «sentirse» dependerá de la sugestividad de lo que se ofrezca en la integración.

Y, del mismo modo que el vocablo «identidad», podemos asignar a la palabra «integración» un carácter dual o contradictorio: los separatistas o particularistas hablarán de «integrar» en su Taifa, en su grupo exclusivo y excluyente, y para ello echarán mano de factores estáticos, que ya tienen al alcance de la mano (lengua = raza). Los que deseen llegar a integraciones  más amplias buscarán los elementos integradores en factores dinámicos, que tengan capacidad de aglutinar salvando las diferencias (proyecto).

Y siempre ha sido así en la Historia: los pueblos no se han unido por el hecho de «estar» juntos, sino por «hacer» algo juntos (Ortega).

Observemos, junto al esquema de la palabra integración (cuadro nº 2), otro del proceso histórico habitual (cuadro nº 3) que siempre ha sido progresivo e integrador, con etapas de regresión.


Cuadros nº 2 y 3
 

Desde las primeras agrupaciones humanas en función de necesidades inmediatas (lazos de sangre-lanes familiares) se llegó a la aglutinación en que privaban lazos más ajenos, pero igualmente necesarios (lugares de caza-tribus), hasta desembocar en el momento histórico moderno, en el que los Estados-Nación hicieron la historia. Hoy en día se han quedado pequeños y deben ir cediendo elementos de su soberanía en unidades integradoras supranacionales.

Del mismo modo que cada vuelta de la espiral no puede negar lo más primitivo (la tribu no anula los lazos de sangre, el Estado Nacional no anula la región o antiguo «reino»), las unidades supranacionales no ahogarán la afinidad cultural, religiosa, histórica, el «estilo» de una Nación.

Mas la tentación regresiva siempre persiste, y vuelvo al ejemplo del individuo: cada momento de la vida del hombre exige nuevos retos (afectivos, sociales, económicos...); ante esos «retos» caben dos posibilidades: o avanzar o permanecer, que es equivalente a retroceder. Hoy en día se habla mucho de «prolongación de la adolescencia»; ¿por qué? Porque el joven no se atreve a dar el salto de madurez que requiere la vida adulta; 1e falta seguridad en sí mismo y en lo que va a encontrar: tiene miedo de dar el paso adelante.

Así, los grupos humanos tienen miedo de integrarse, son «inmaduros» históricamente; ese es el nacionalismo particularista: un movimiento de regresión hacia «seguridades» más «naturales» (tierra, raza, lengua, tradición), donde se sienten como pez en el agua, sin más retos que «defender» su identidad. Los nacionalismos, en realidad, son el reflejo histórico y social de esa «prolongación de la adolescencia», de esa inmadurez ante lo que implicaba en su día la integración en el Estado Nacional y, actualmente, ante las dificultades, dudas y temores del mundo cambiante.
 

El concepto de «nación»

La palabra «nación» es otra de esas palabras que pueden llevar a confusión por su polisemia original. Su uso, por parte de nacionalistas-separatistas o no nacionalistas, es distinto para un español, francés o norteamericano; «nación» es, respectivamente, España, Francia o los Estados Unidos de América. Para un nacionalista, «naciones» serían Córcega, Euskadi, Galicia, Cataluña o Bretaña.

Un significado antiguo es el de carácter etimológico, «tierra donde se ha nacido». Como leemos en los clásicos: «era sevillano (o vizcaíno...) de nación». En este caso, carecía de significado político.

Otras veces adoptaba sentido etnológico, equivalente a «raza» o costumbres ancestrales. Así, «nación sioux», oíamos en las películas del Oeste; «nación gitana», leemos en Cervantes. De este sentido deriva el que le quieren dar los separatistas.

Como término moderno y con cierto sentido político, dataría del período que va del siglo XV al XIX. Leamos lo que dice al respecto Julián Marías (1978):

«España ha sido la primera “nación” que ha existido, en el sentido moderno de esta palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política hace poco más de quinientos años [...]. Antes no había habido naciones: ni en la Antigüedad ni en la Edad Media habían existido, ni dentro ni fuera de Europa. Ciudades, imperios, reinos, condados, señoríos, califatos; naciones, no. Poco después de que España llegara a serlo lo fueron Portugal, Francia, Inglaterra; con España, la primera “promoción”; más adelante, Holanda, Suecia, Prusia; en un sentido peculiar, Austria, y desde finales del siglo XVIII empieza a germinar algo así como una nación dentro de Rusia. Italia y Alemania no llegan a ser naciones hasta hace un siglo [...]».

Con todo, su uso se entremezcla con el etimológico, y, como dirá José Antonio Primo de Rivera, los tiempos clásicos prefirieron emplear las palabras «imperio» o «servicio al rey», dando prioridad a la empresa común, más que al sustrato físico.

Sebastián de Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de 1611) define «nación» como: «Del latín natio, nationes, vale reyno o provincia extendida, como la nación española».

Nos vamos dando cuenta de la polisemia del término y de los problemas que da el uso entremezclado de concepciones distintas... Para, colmo, desde el punto de vista literario, Azorín habla de las «naciones de España», y así, sucesivamente, veríamos usos diversos.

Pero hay más. El francés Renán (1882) sostiene que «la existencia de una nación... es un plebiscito cotidiano», ya que «una nación es un alma, un principio espiritual», que exige «la voluntad de vivir juntos». Ese «espíritu» de Renán se identifica con el «volkgeist» romántico, pero, además, exige «voluntariedad» (plebiscito = contrato). Frente a esta teoría «contractual», José Antonio propone la «fundacional» las naciones son como fundaciones, no pueden ser objeto de revisión por una generación determinada, cuestionando la obra de otras muchas anteriores y la de las posteriores.

Quizás nos quedaría por comentar la teoría marxista: la nación como instrumento de poder de la burguesía; pero, como una contradicción más de la praxis marxista-leninista, en el siglo XX Stalin utiliza la «nación» como leit motiv ante la invasión alemana, y, más modernamente, el comunismo exalta el nacionalismo reivindicativo y antiimperialista como arma contra Occidente, en sus antiguas colonias y en la misma Europa; una síntesis de este planteamiento marxista-leninista y de la teoría etnológica sería el nacionalismo de la «izquierda abetzale» y de ETA...

Hoy en día, todas estas teorías pueden quedar refundidas en dos, si exceptuamos la marxista-leninista devaluada: una visión clásica, la del Estado-Nación, y una visión romántica. En el primer caso, la Nación aparece definida por un Proyecto de integración que se realiza con el instrumento del Estado; en el segundo, la nación está concretada por elementos de homogeneización (raza, lengua, tradición o costumbres) que sirven para «hechos diferenciales». La otra «nación», la clásica, es opresora, como se puede ver en el siguiente texto actual (J. Borja y M. Castells, Local y Global. Taurus 2002. Citado por Buceta):

«Los estados nacionales son aún elementos de cohesión social e integración cultural en muchos países. Sin embargo, a menudo los estados nacionales se han construido históricamente sobre la represión de culturas regionales o nacionales que aún constituyen el principal referente de identidad de la mayoría de la población en determinados territorios».

Obsérvese el doble uso de «nacionales» (polisemia aludida). Los autores citan, en un revoltijo, a Cataluña y Euskadi, Escocia, Gales e Irlanda, Bélgica y Suiza, el «caso perdido» de Francia y los movimientos de descolonización del Tercer Mundo, así como a la URSS y a Yugoeslavia: la confusión pro-separatista está servida...
 

Los nacionalismos en España

a) Una mirada a la Historia:

Creo que nuestra historia es bien conocida por todos, de forma que no nos detendremos mucho en este repaso. De entrada, constatemos dos evidencias: la tentación de separarse (sin que pueda llamársele «nacionalismo») ha surgido en momentos en que el poder central era incapaz de proporcionar una tarea colectiva con la que sentirse identificado; es el caso del siglo XVII, en el que Portugal, Cataluña, Andalucía y Aragón, por medio de sus clases dirigentes, protagonizan iniciativas «particularistas»; sin embargo, es curioso que, en el siglo XVIII, en el que surge un nuevo proyecto, el de los Ilustrados, la tentación no existe.

La segunda evidencia es que el nacionalismo moderno hay que fecharlo -como se ha dicho- con la aparición del Romanticismo, del que procede. Aquel atractivo de lo «natural», aquel «retorno a la naturaleza», junto al exotismo artístico de lo folclórico y el triunfo del individualismo frente a la norma, propiciaron el sentimiento nacionalista. A ello se unía la falta del proyecto aglutinador en el siglo XIX. Lo define muy bien Ramón Menéndez Pidal (Los españoles en la historia), cuando nos dice:

«Federalismo, cantonalismo y nacionalismo modernos vienen ellos por sí a destruir la unidad multisecular y no logran estabilizarse; lejos de representar la España auténtica, no responden sino a un momento anormal y transitorio, desmayo de las fuerzas vitales que no puede prolongarse sin grave peligro. Aparecen como una enfermedad, cuando las fuerzas de la nación se apocan extremadamente [...]».

También nos avisa de que:

«El localismo coexistió siempre al unitarismo, y en esos momentos de debilidad patológica, no sólo se exacerbaba el uno, sino también el otro [...]. Por otra parte, en el Estado Unitario falta a menudo la apreciación conveniente del problema localista; falta la forma de justicia coordinadora [...]; unas veces se hacen concesiones pródigas a las comarcas autonomistas; otras veces se acude a la más intransigente represión de legítimas aspiraciones [...]».

Tomemos nota...

En el siglo XIX encontramos los primeros avisos de lo que se avecina. Ya en 1822, la Junta de Comercio de Barcelona manifestaba a la Diputación Provincial que «la separación de América ha influido mucho en las exportaciones (catalanas) y por lo tanto [...] es necesario que se busque en la Península (el mercado). En 1934, la «Comisión de Fábricas» (patronal) pedía «el mercado doméstico exclusivo». Al final del siglo, con la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, se repite el planteamiento con más alarma todavía. Por ello dirá José Antonio:

"El catalanismo nace políticamente cuando España pierde sus colonias; es decir, cuando los fabricantes barceloneses pierden sus mercados. No se oculta entonces a su pausada agudeza que es urgente conquistar el mercado interior. Tampoco se nos oculta que sus productos no pueden defenderse en una competencia puramente económica. Hay que imponerlos políticamente al resto de España. Y nada mejor para imponerlos que blandir un instrumento de amenaza al mismo tiempo que de negociación. Este instrumento fue el catalanismo [...]. El catalanismo es una especulación de alta burguesía catalanista con la sentimentalidad de un pueblo».

Esta sentimentalidad del pueblo catalán se pone a prueba con los resortes románticos. Puede señalarse la «Oda a la Patria» de Buenaventura Carles Aribau (1833) como la primera chispa; pero el nacionalismo -aun el incipiente que nos ocupa- está hecho de mitos, y éste es uno de ellos, puesto que el Sr. Carles Aribau es el fundador, junto con Manuel Ribaneyra, de la «Biblioteca de Autores Castellanos», en 70 volúmenes de gran venta... en castellano.

Otro padre del nacionalismo catalán fue Valentí Almirall (1886), quien sienta sus bases teóricas con la afirmación de que en la Península Ibérica coexisten dos razas: la centro-meridional o semita y la de tipo anglosajón o catalana, a quien corresponden las mejores cualidades. Pompeyo Gener (1903) reafirma esta teoría, pero ya se trata de «semitas» y de «arios», tal como suena. Pere Mártir Rosell (1917) propondrá el destierro de Cataluña de la «raza intrusa». No olvidemos, en el plano de los disparates, al Dr. Bartolomé Robert, alcalde de Barcelona en 1800, quien justificaba científicamente la superioridad craneal de los catalanes. Este fue el caldo de cultivo que encontró Sabino Arana, antiguo carlista frustrado, ya que de Cataluña tomó las bases de su racismo, impregnado de dimensiones religiosas de «pueblo elegido».

Lo que ocurre es que, a diferencia del aranismo vasco, en Cataluña se derivó pronto desde la insostenible teoría racista pura a la más práctica del idioma (identificación bíblica lengua-raza-nación, mito de Babel), y, así, Prat de la Riba, Pedro Montanyola y Pompeu Fabra van recomponiendo un catalán moderno, a veces sin más propósito que el que se parezca lo menos posible al castellano. Pero basta con raspar en la superficie para reencontrar el poso racista explícito, como Mosén Griera, que, en los años 20, afirma sin sonrojo que el catalán está entroncado a la raza ario-gala y ha recibido sus efluvios cultos del francés, mientras que el castellano es un idioma íbero-romano, muy arabizado por sus hablantes semitas. Se dan casos sintomáticos de manipulación del idioma, como la introducción desaforada de la «ç» (abandonada por el castellano) y la conjunción «i» frente a la «y», sin razones lingüísticas que lo justifiquen (al modo que el uso de la «k» y de la «tx» en el eusquera «normalizado» de hoy).

De estos orígenes económicos, literarios, raciales y filológicos se llega a concreciones políticas, y a la imitación de la misma en el País Vasco y Galicia; la época republicana ya contiene, de forma evidente, una clara estrategia de disgregación, como se anunciaba en el Pacto de San Sebastián.

El 12 de abril de 1931 Macià declara «la República Catalana, como Estado integrante de le Federación Ibérica» y, en 1934, Companys declara el «Estado Catalán». El Estatuto de Nuria consagrará (más tímidamente que el vigente y, por supuesto, que el del proyecto del Tripartito) la vía de separación; los proyectos vasco y gallego le seguirán, aunque se ven frenados por los acontecimientos.

En su memorable discurso en las Cortes Constituyentes de la II República (Diario de Sesiones de la legislatura 1931/1932, tomo 9, págs. 3574 a 3782), Ortega y Gasset trata del nacionalismo catalán. En su brillante pieza oratoria el maestro sostiene, de forma pesimista, que el caso catalán no se resolverá nunca, por lo que propone una actitud de «conllevancia»; reclama, eso sí, para España la «unidad de soberanía» y de «ciudadanía», conceptos que entiende como básicos para frenar el proceso disgregador; afirma que el problema del nacionalismo particularista catalán requiere un «alto tratamiento histórico», esto es, una empresa común sugestiva, que él todavía confiaba que pudiera ser llevada a la práctica por una «República alegre y constructiva». Poco tiempo después vendría el «no es esto, no es esto...».

Cuando se debatían los diversos proyectos de Estatutos autonómicos republicanos, es curioso comprobar cómo las mayores resistencias estaban de parte de los sectores liberales y aun de los ámbitos obreristas, porque se veía en aquellas concesiones cuotas de poder opresor a los sectores reaccionarios y a las burguesías localistas. En este «jacobinismo» coincidieron, paradójicamente, con el Régimen de Franco, pero por distintas razones (las burguesías localistas, en su mayoría, se apresuraron a mostrarse «adictas» al Régimen del 18 de julio, para seguir en el candelero).

La guerra civil acabó con las perspectivas de disgregación, que sí fueron un hecho durante la contienda; basta con repasar los Diarios de Azaña o las Memorias de Largo Caballero, para enterarse de las «guerras particulares» que vasquistas y catalanistas pretendían, a espaldas del gobierno republicano.

El Franquismo suprimió de un plumazo los Estatutos y sus secuelas, pero no llegó, como en tantas otras cosas, a la raíz del problema; incluso exacerbó sentimientos de forma innecesaria, sobre todo en los primeros tiempos en los que, para seguir la metáfora orsiana, casi «secó las fuentes» para evitar verse «arrastrado por los torrentes».

Como se ha dicho, la burguesía catalanista y vasquista colaboró ampliamente con Franco, pero se mantuvo una resistencia soterrada, ininterrumpida e intocable en amplios-sectores-del clero. Al llegar a este punto, hay que recordar que el apego a lo diferencial estuvo siempre del lado «conservador» en el siglo XIX y XX, mientras que el «progresista» preconizaba lo uniformador, centralista e igualador: recuérdense las guerras carlistas.

Juan Ramón Lodares (Lengua y Patria) nos dice:

[En Cataluña] «La Iglesia mantuvo siempre la llama del catalán a través de una estupenda red de movimientos semiconfesionales ligados al nacionalismo católico. Así, fue transmitida la «angustia de la lengua» a muchos sectores que no la sentían como tal, sea el caso de los estudiantes universitarios [En el País Vasco]. Gran parte de la contestación al franquismo entre la Iglesia vasca más militante provenía de aquellos grupos que pugnaban por una Iglesia “pobre e indígena” que denuncia la represión de 1a “etnia vasca” y -ligada a ella- del eusquera, completándose así la trilogía, bíblica lengua-raza-nación».

A este respecto, no hace falta recordar el origen de la ETA...

La «apertura» hacia las lenguas regionales, a partir de los años 1950 y 1960, no alivió la tensión, aún minoritaria, que se fue incrementando conforme el Régimen se descomponía y pasaban los años. Con todo, el mito de una «resistencia catalanista» o «vasca» no pasó de ser tal mito, casi pura anécdota la mayor parte de las veces; los «socios» del Movimiento que se movilizaban entusiásticamente cuando Franco visitaba Cataluña nutrieron después las filas de Convergencia y Unión...

b) El Estado de las Autonomías

El nuevo régimen nacido a la muerte de Franco representa, de hecho y casi de derecho, el inicio del actual proyecto desmembrador de España. Al parecer, el mapa de las 17 autonomías ya había aparecido en un libro (Las nacionalidades españolas, Anselmo Carretero Jiménez, México, 1949) de clara influencia masónica, pero no tengo más noticia que ésta y así lo comento. Lo cierto es que los «padres de la Constitución del 78» abrieron un camino cuyo final, aparatoso o feliz, no aparece muy claro en el momento actual, veintiséis años después.

Desde un punto de vista legal y literal, la espoleta de acción retardada, con todo, no fue el planteamiento autonómico generalizado (aquel «café para todos» que ya Ortega preconizaba en el discurso mencionado en las Cortes Republicanas para sacudir la modorra de la sociedad española), sino la inclusión de la palabra «nacionalidades» en el texto. O bien, si se prefiere, la sutil y nunca matizada diferenciación entre «nacionalidades» y «regiones».

Hubo quien argumentó la tradición del término en Pi i Margall, pero aquel presidente republicano nunca llamó «nacionalidades» a Cataluña o al País Vasco, sino que habló de «nacionalidad» española, o francesa, o suiza, norteamericana, etc. A las naciones llamó «naciones», y a las regiones, «provincias».

A la polisemia que hemos analizado de la palabra «nación», se añadió en el texto constitucional un neologismo para designar una unidad territorial o histórica. El disparate tenía una intención clara: sin asustar, de momento, con el nombre de «nación», se proponía un sucedáneo igualmente aplicable en el tiempo para la exigencia de un Estado, según el vetusto «principio de las nacionalidades» del XIX. El «pastel» se han encargado de abrirlo en nuestro días Ibarreche y Maragall (de momento, sólo ellos dos).

Julián Marías, por aquellas calendas, criticó en unos geniales artículos, este uso de la palabra «nacionalidad», que no corresponde a ninguna agrupación social o política, sino que es «un nombre abstracto que significa propiedad, afección o condición».

Y, en efecto, si consultamos el Diccionario de la RAE (ediciones de 1970 y de 1984. que son las que tengo a mano), leeremos: «1. Condición y carácter peculiar de los pueblos y habitantes de una nación. 2. Estado propio de la persona nacida o naturalizada en una nación».

Claro que los académicos hicieron suyo aquel dicho de Adolfo Suárez de que «hay que legalizar lo que está en la calle», y ampliaron la definición con dos entradas más, que respondieran a lo «políticamente correcto»: «3. Esp. Comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural (obsérvese otra vez la palabra «identidad» en juego). 4. Denominación oficial de algunas comunidades autónomas españolas». Esto consta en la edición, por lo menos, de 2001.

Sólo resta, por lo tanto, invocar el «principio de las nacionalidades» y reclamar la condición de «Estado Libre Asociado» (Ibarreche) o, más retorcidamente, aludir al «federalismo asimétrico» (Maragall).

El «café para todos», que supongo bienintencionado («el infierno está empedrado, etc. etc.») o aquella petición de conceder la autonomía a todas las comarcas y regiones de Ortega, se ha transformado en un formidable grito de dispersión de todas las regiones españolas, encabezadas por las llamadas «nacionalidades históricas» (Cataluña, País Vasco y Galicia) y seguidas por las «nacionalidades mendicantes», caso del Sr. Chaves. Que yo sepa, sólo ha tenido la gallardía -hasta. ahora- el Sr. Rodríguez Ibarra de reclamar para Extremadura el título de «región española».

¿Cómo se ha producido esta situación? Y no me refiero tanto al empeño de la sociedad política en profundizar en el «invento», sino a la complacencia de la sociedad civil en apoyarlo.

Según el profesor Luis Buceta (2003) los puntos de actuación que han conducido a la situación actual de España son, de forma resumida, los siguientes:

1º) La presión constante de las llamadas «comunidades históricas», basándose en pretensiones históricas inexistentes, usando los medios del Estado democrático o el terrorismo, en comunión de objetivos finales.

2º) La reducción al silencio de los adversarios; el papel manipulador del idioma y la dictadura de los medios de difusión han conseguido que las palabras que signifiquen una identificación de lo español sean silenciadas o se sustituyan por eufemismos o circunloquios (España = Estado español, unidad = solidaridad / «integración», «país» = nación...).

3°) Utilización de lo lingüístico como elemento de «identidad» y como barrera. A tal efecto, Juan R. Lodares dice: «El integrismo lingüístico se presenta como un eficaz elemento nacionalizador, basándose en la idea de que la comunidad de lengua es trasunto de la comunidad racial o de la comunidad de ideas, creencias, sentimientos...».

4º) Se ha contado con un principalísimo elemento a favor: la titularidad de la Enseñanza en manos nacionalistas desde la Transición. Los efectos de esta «formación del espíritu nacionalista» lo podemos ver, no sólo en la «kale borroka», con el banderín de enganche en las ikastolas, sino en los votos del señor Carod-Rovira, procedentes de la «siembra» de 20 años del Sr. Pujol.

5º) La presión de la ETA (se preguntaba ucrónicamente el Sr. Francisco Vázquez que a dónde hubiera podido llegar España sin tener que preocuparse del terrorismo desde el cambio de régimen).

6º) La pasividad (o complicidad, añado yo) de los partidos de ámbito nacional, PSOE y PP.

Por su parte, los «nacionalistas identitarios» -«históricos» o advenedizos- han aprendido bien la lección, y hacen uso de todos los medios a su alcance. Existe una estrategia de la manipulación, con material abundante y costoso, que suele seguir unos patrones que, no por burdos, siempre consiguen calar en la sociedad, especialmente en la juventud sometida a su influjo; esta manipulación parte «de una búsqueda histórica sabiendo de antemano lo que hay que encontrar», lo que a todas luces no tiene nada de científico. Esta búsqueda utiliza unos recursos sencillos de identificar: a) análisis anacrónico de los hechos históricos para forzar un resultado establecido a priori; b) exclusión de los elementos que no interesan; y c) tergiversación de los hechos históricos. Se puede tomar cualquier ejemplo, como la reciente celebración del 11 de septiembre en Cataluña.
 

Ultima evidencia

Cada día es más difícil de «conllevar» el fenómeno nacionalista en España: que se lo pregunten a ese largo 50% de vascos («y vascas», que diría Ibarrreche) que viven su exilio interior día a día.

En Cataluña la presión es más sutil, pero no por ello desdeñable; así, por ejemplo y sobre todo, con una «inmersión lingüística» que no sólo afecta a la lengua vehicular en la Enseñanza, en la Administración, en la Política, sino especialmente a los contenidos que se vierten a su través: se trata de erradicar cualquier asomo de conciencia de españolidad, que estos asomos se vean como algo foráneo, extraño, hasta conseguir que no entren en las redes mentales del ciudadano (como aquel «Están locos estos romanos», que dice el bueno de Obelix cuando algo no entra en su cabeza). Ya dijimos que la siembra de Pujol la ha recogido Carod...

El «Plan Ibarreche» cada día va a encontrar menos escollos por parte del Estado complaciente, indefenso y entreguista; en Cataluña, el Tripartito consiste, sencillamente, en una cadena de chantajes: el de ERC al PSC en precario, el del PSC al PSOE gobernante y no menos en precario. Entretanto, son constantes los «gestos simbólicos» (ausencia de la bandera española el 11 de septiembre, por ejemplo) y los chulescos para conseguir más parcela de poder.

Pero, en mi opinión, lo peor estriba en lo que ocurre en el resto de España, que se encoge de hombros ante esta situación; nuestra sociedad está profundamente troquelada y adormecida por los medios de difusión del Sistema; su «pacifismo» a ultranza no sólo se refiere a los conflictos bélicos, sino a cualquier asomo de confrontación dialéctica, interna; la propaganda y la «educación democráticas» son sistemáticas (ríanse ustedes de «Crónicas de un pueblo»...); tan sólo se ejerce el derecho al pataleo cuando las reclamaciones son materiales y están dentro de lo «políticamente correcto».

Claro que en ese resto de España también entonan sus cantos los genios de la dispersión que se esconden en cada aldea: «Aragón ye nazió», «Canarias libre», «León sin Castilla», «Bierzo libre»...; tan sólo falta el «Viva Cartagena, muera Murcia» de la II República... Todo esto se considera natural y normal.

La palabra es indiferencia: los españoles han perdido cualquier asomo de «identificación» nacional, son españoles mientras no se les diga lo contrario, y en ese momento tampoco pasará nada: es «normal».

El partido gobernante vuelve a hacer gala de que, para ellos, el concepto de España es una entelequia que forma parte de una «superestructura». En el pasado, no obstante, algunos de sus líderes (Prieto, Largo...) hicieron gala de españolidad, aunque fuera cuando la cosa no tenía remedio; en el presente, también hay voces dignas en la familia socialista (Redondo Terreros, Paco Vázquez, Bono, Ibarra...), que nos hacen concebir esperanzas, si bien son rápidamente acalladas.

El partido de la oposición sigue con su aire tímido, más preocupado de que no le identifiquen con un pasado que de hacer frente a un futuro y de trabajar en un presente; poca firmeza ha demostrado en sus dos legislaturas en el caso catalán, y sólo en materia antiterrorista ha mantenido cierta coherencia y firmeza. Como siempre ha hecho la derecha, en cualquier caso nunca ha querido entrar a fondo en el problema.
 

Preguntas al viento...

Con este panorama en una nación comprometida en la UE y presente en un mundo globalizado la contradicción es evidente.

Ahora bien, ¿se trata de una contradicción real, nacida de nuestros muchos pecados, que da lugar a una sociedad enfrentada entre dos planteamientos antagónicos? ¿Se trata de una estrategia exterior, que se apoya en realidades históricas y sociales interiores? ¿Cómo se conjuga con la «globalización»? ¿Es una oposición a ella? ¿Forma parte del juego?

Confieso que no tengo respuestas absolutas en ningún caso. Todo lo más, como dije al principios puedo proponer reflexiones conjuntas.

·        En noviembre de 2003, la prensa española se hacía eco de comentarios aparecidos en periódicos alemanes, alarmados por lo que denominaban «balcanización de España»

«Lo separatistas del País Vasco español quieren volver a levantar las fronteras que está eliminando Europa; éste es un conflicto que alcanza a la UE» (Handeslsblatt).

Peter Häberle, experto en Derecho Constitucional, afirmaba asimismo que «la propuesta del Gobierno Vasco es que se balcanice España».

·        Por otra parte, se habla de que Alemania impulsa las propuestas del grupo parlamentario Alianza Libre Europea-Los Verdes (forman parte de él PNV, EA, ERC, BNG) para configurar un nuevo mapa de «La Europa de los Pueblos» (sospechosamente similar al mapa étnico de la época de Hitler). La finalidad sería asegurar la hegemonía alemana en Europa con la debilitación de otras naciones (España con sus nacionalismos, Italia con la «Liga Norte»), del mismo modo que se exacerbaron las tensiones étnicas en el Este de Europa propiciando su partición.

¿Es creíble este plan alemán? ¿Aceptaría el resto de Europa -incluida Francia, aliada de Alemania- un plan que puede echar por tierra el delicado encaje de bolillos de la UE para concertar 25 naciones heterogéneas (Matías Cordón. El Risco de la Nava. Octubre 2003)?

·        Se han levantado voces de alarma en Europa ante el riesgo de este planteamiento etnicista, que contradice la postura integradora. Así, el Parlamento de Estrasburgo, inspirado por el Foro de Ermua, formuló una declaración en el 2002 en este sentido:

«El neonazismo está infiltrándose en aquellas minorías étnicas, lingüísticas o territoriales de la UE inclinadas a formar sociedades homogéneas no por agregación de partes, sino por segregación, uniformándolas en la lengua y exaltando sus particularidades para evitar que se mezclen con unidades mayores» (Fuente: Juan R. Lodares).

·        El tema es ya antiguo. El concepto de la «Europa de las Regiones», de Jean Monet, da prioridad a las autonomías regionales para neutralizar a los Estados. Ya en 1974, Richard Gardner (ex-embajador de USA en Roma y fundador de la Trilateral) afirmaba que «llegaremos a poner fin a las soberanías nacionales, corroyéndolas pedazo a pedazo».

Por otra parte, estos movimientos estratégicos de gran alcance son conocidos en la historia: por ejemplo, el plan de Austria, Inglaterra y Holanda para dividir España si caía bajo la hegemonía borbónica en los finales del XVII, o las proclamas de los mariscales napoleónicos en el País Vasco para que se integraran a la obediencia francesa y se separaran de España...

Todo este galimatías -difícil de conjeturar y de contestar- puede resumirse en un doble planteamiento pan-europeísta, pero siempre paneuropeísta: o «Europa de las Naciones» o «Europa de los Pueblos o Regiones». Parece que se quiere avanzar en la primera dirección, y eso nos salva (hay pesimistas que dicen que, de no haber entrado en la CE, España se hubiera partido en la Transición).

Ante el separatismo, ¿qid prodest? La vieja pregunta de la Criminología nos sirve en este caso para aproximarnos al tema: ¿a quién interesa la partición de España?

¿Existe un plan alemán o internacional para desmembrarnos? ¿Aceptaría, por el contrario, Europa la desmembración, rompiendo el equilibrio interior europeo y el exterior, con el problema islámico al otro lado de Gibraltar... y dentro de las fronteras continentales?

Lo cierto es que la disyuntiva está, como en otros momentos de la Historia, entre unidad -española y europea- y disgregación: «Roma» y «Babel» como símbolos.

Recordemos, en todo caso, que «Babel no es el mito de la confusión de lenguas. Es el mito de la separación de la gente»; las gentes se separan, no por hablar lenguas distintas, sino que hablan lenguas distintas porque se han separado antes, es decir, porque cada tribu se cree una unidad racial dura y homogénea.

Y es entonces cuando llega el castigo divino.



[1] Manuel Parra Celaya es doctor. en Pedagogía y profesor de EE.MM. Ponencia presentada en la VIII Universidad de Verano de la Fundación José Antonio.

[2] Convertirse en catalanes, claro, no a la fe de Cristo.









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