REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
LOS NACIONALISMOS: BABEL SIGLO XXI
Por Manuel Parra Celaya [1]
Introducción
Cuando se me pidió que interviniera en esta Universidad de Verano con el tema
de «Los nacionalismos», no tuve más remedio que aceptar la invitación por un
deber se camaradería y de servicio, pero me quedé sumido en un mar de dudas:
¿qué era lo que se me pedía exactamente?
Como siempre, empecé por la fase de «caos mental», para luego llegar a la de
«aglomeración de ideas» y a la de «saturación de fuentes»: salían libros,
apuntes, recortes de prensa, notas, de todos los lugares inimaginables de mis
archivos. Pero seguía con 1a pregunta: ¿qué se pretendía que dijera?
¿Una historia «en bruto» de los nacionalismos europeos? ¿Un análisis político
de la España y de la Europa de hoy? ¿Un análisis ideológico del nacionalismo y
de sus efectos?
La duda persiste, para qué lo vamos a negar. Por lo que he de confesar, en
primer lugar, son mis malas cualidades políticas y mis inexistentes cualidades
como vidente.
Por ello, mis palabras de esta tarde van a consistir en una especie de
batiburrillo (espero que algo ordenado y lógico) de análisis de evidencias, por
una parte, de interpretación ideológica de dichas evidencias, por la otra, y,
por último, de una serie de reflexiones y preguntas al viento, por si tenemos la
oportunidad de contestarlas entre todos. Por lo tanto, no quiero ocupar un papel
magistral en esta sesión, sino de participante en esta búsqueda de la luz, entre
las tinieblas que parece que nos rodean en estos primeros años del siglo XXI.
Primera evidencia
Como dice el profesor Luis Buceta, vivimos en una sociedad contradictoria:
esta mañana me despedía de mi familia en Barcelona y, ahora, pocas horas
después, me encuentro con vosotros hablando en Segovia; igualmente, podría
dictar una conferencia en Buenos Aires, con un poco más de tiempo de vuelo, o
conseguir que llegara mi voz y mi imagen a cualquier otro lugar del mundo, de
forma, simultánea, mediante sistemas informáticos que desgraciadamente se me
escapan. No hay límites para la comunicación internacional y casi no hay
fronteras.
Sin embargo, hace pocos días en Cataluña, con ocasión de la «Diaria
nacional», que teóricamente conmemora una derrota de 1714, mi presidente
autonómico lanzaba una proclama inequívocamente separatista; este presidente, de
la clase dirigente catalana y quizás por ello socialista, está aliado a un
partido amigo de los terroristas de ETA (ERC) y, mientras espera el momento de
resucitar la medieval Corona de Aragón, chantajea a su simpático amigo «ZP». Y
el Sr. Ibarreche, presidente de otra Comunidad Autónoma, quiere imitar algo así
como el status de Puerto Rico con respecto a EE.UU., con sus «ciudadanos y
ciudadanas» reclamando el derecho a «conservar su identidad» y a
«autodeterminarse». Estos dos «proyectos estrella» son la punta de lanza de
otros, algunos tan claramente disgregadores como el del Sr. Bieras y otros a la
zaga, ansiando reclamar el título de «comunidades históricas», que debe ser algo
así como las «autonomías pata negra». Es decir, mientras Europa y el mundo se
unen, para bien o para mal, en España estamos sometidos a tensiones
disgregadoras cuyo origen debe buscarse en el lejano siglo XIX.
Claro que esto no es nuevo, porque el ser humano siempre ha sentido, a lo
largo de su vida, la doble tentación: permanecer o avanzar, regresar o
progresar; y las sociedades también, pues estas tensiones representan un debate
entre ir adelante o retroceder, entre el retorno o el progreso.
Es evidente que no somos los únicos («mal de muchos...»). Hace unos años,
basta con remontarnos a 1991, los mapas que habíamos estudiado no nos servían
para nada: la antigua URSS se descompuso (ésta es la palabra) en estados
soberanos; la propia Rusia, cabeza de aquella Unión, en once estados
independientes. Yugoeslavia pasó a la historia, con su partición violenta en
ocho estados, en un proceso que nos avergonzó como europeos, con matanzas,
limpiezas étnicas y una guerra sin cuartel que, en algunos lugares, sólo es
impedida aún ahora por la fuerza disuasoria de terceros.
Si observamos con detalle estas divisiones de la Europa Oriental, obtendremos
la evidencia de que en ellas han tenido arte y parte «agentes exteriores», sean
de tipo político, económico o ideológico. ¿Es siempre igual? Dejemos la pregunta
para el final...
En la Europa Occidental, más estable históricamente, por lo menos desde la
última matanza entre vecinos (1939-1945), persisten también tensiones de
división, que, a veces, adoptan situaciones cuasi-bélicas (Irlanda del Norte),
agitación y terrorismo (Córcega) o, por lo menos, existencia de focos
particularistas, reconocidos y suavizados por la acción de Estados (Escocia,
País de Gales) o extirpados de raíz por otros (Bretaña); a veces, parecen
adoptar la forma de caricatura (Liga Norte de Italia), pero no debemos reírnos
porque tenemos casos abundantes en nuestra propia España.
Excepto el caso de Irlanda, más de incorporación a Eire que de separación,
los separatismos europeos tienen un carácter claro de morbo, de enfermedad
regresiva, y así son reconocidos por los Estados Nacionales y por la mayoría de
la sociedad. Sólo España es una excepción.
¿Cuáles son las causas de esta situación? ¿Tenemos una extraña maldición
sobre nuestras cabezas?
¿Basta con acudir al tópico del individualismo hispano? ¿Basta con
explicaciones de móvil económico?
Para responder a estas preguntas hemos de profundizar en los conceptos que
sirven de apoyatura ideológica a estos separatismos.
(Aprovecho para decir que soy poco dado al lenguaje «políticamente correcto»;
así, «nacionalismos identitarios», «segregacionismos», «autodeterminación»,
«independentismos», etc., pueden ser reducidos al término normal y corriente de
«separatismos». Emplearé normalmente este término, y los demás, para evitar la
repetición, como sinónimos).
El concepto de identidad
Uno de estos eufemismos para designar a los separatismos es el de
«nacionalismos identitarios». El concepto de identidad es, como otros muchos,
confuso, y en esta confusión o neblina se mueven precisamente los nacionalismos
(para no desmerecer su origen romántico).
«Identidad» se refiere, en primer lugar, al individuo, y aparece definido
como «Unidad e invariabilidad, en su ser, de una misma realidad» (diccionario de
Psicología de Dorsch, 1976. Citado por Buceta, 2003); la palabra «unidad» de la
definición ya nos extraña en un concepto que se emplea para desunir...
La RAE nos ofrece en su Diccionario dos entradas, una de carácter objetivo y
otra de ámbito subjetivo, que nos servirán para estudiar el problema:
«Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que la
caracterizan frente a los demás».
Y la subjetiva es:
«Conciencia que una persona (o colectividad, añadiría yo) tiene de ser ella
misma distinta a las demás».
En la dimensión social del concepto de «identidad», podemos obtener la
evidencia de que puede representar, a la vez, una fuerza centrípeta (identidad
española o europea) o centrífuga (bretona, catalana, vasca).
Si se me permite la comparación -y seguro que me lo vais a permitir porque
está implícita y explícita en José Antonio- la «identidad» actúa como fuerza
centrifuga cuando el ser humano se encierra en su egoísmo, en su individualismo,
y desde allí, desde su superioridad, mira por encima del hombro a sus
semejantes; por el contrario, actúa como fuerza centrípeta cuando ese individuo
es «persona», esto es, ser-entre-los-demás seres, y su relación social rompe con
su caparazón egoísta. El Derecho transforma al individuo en persona, la Historia
transforma al pueblo en nación.
Unido al contradictorio término de «identidad» estaría el de
«identificación», que consiste en «llegar a tener las mismas creencias,
propósitos o deseos» (RAE). Aplicado a lo social, la «identicación» la buscan
las colectividades que codician las «señas de identidad» que convierten en
«hechos diferenciales», en esa versión individualista que es el nacionalismo.
Podríamos profundizar algo más, en una dirección insospechada para este
estudio: el Psicoanálisis. El Diccionario de Arnold, Eysenek y Meili, 1979,
citado por Buceta, nos dice que la «identidad» sirve para «reducir el estado de
ansiedad o la regresión temporal causada por una frustración motivacional». La
búsqueda de la identidad sería un «proceso psíquico inconsciente que se
manifiesta en forma de vínculo emotivo» (Warren. Diccionario de Psicología,
1960): el individuo tiene conciencia de que pertenece a un «grupo» y eso le hace
valorar los objetivos y principios por los que se mueve ese grupo y le lleva al
sentimiento emocional de identificación y de pertenencia.
Las regiones, los grupos, actúan como los individuos: cuando existe un
«estado de ansiedad» o una «frustración histórica», no es extraño que busquen
afanosamente la identificación con sus «iguales», adquiriendo conciencia de que
se pertenece a un único cuerpo social, con valoración excepcional de sus
fundamentos.
Este mecanismo psicológico puede servir para integrar en un campo social
amplio, cuando éste (España, Europa) tiene unos objetivos que cumplir
(«proyecto», «misión»); entonces, los subgrupos que lo integran (regiones o
Comunidades Autónomas, en el caso de España, Naciones-Estado, en el de Europa)
se identifican emotivamente con él. «Sentirse» español fue fácil cuando existía
un proyecto que hacía de España una «Patria»; un día -ojalá- «sentirse» europeo
también lo será, cuando exista un proyecto harto diferente al que nos ofrece el
Sr. Giscard d'Esteing.
Hoy por hoy, priva «sentirse» catalán, vasco, castellano, aragonés o canario,
antes que español, porque no existe un proyecto atractivo de España. Por ello,
el mecanismo psicológico es el de identificación para disgregar.
El problema (Buceta 2003) no es, pues, el pluralismo o la variedad. regional,
sino la generación, en el seno de una Comunidad Autónoma, de rasgos de identidad
exc1uyentes, tratando de monopolizar la pertenencia a esa Comunidad.
Existirán diversos tipos de agentes de la disgregación, ya que no se debe
silenciar el proceso de creación y de difusión de esas señas o hechos
diferenciadores.
Juan R. Lodares (Lengua y Patria, 2002) señala el muy importante del
«paisanismo», es decir, la tendencia a cerrar la comunidad y dar ventajas a los
naturales, mientras que los «forasteros» quedan reducidos a ámbitos sin poder de
decisión.
Este «paisanismo» adopta muchas veces una dimensión económica y social, como
defensa de relaciones económicas, de propiedad o de rango social (Amando de
Miguel, Gregorio Salvador y muchos otros). El nacionalismo es, así, una suerte
de caciquismo o, si se prefiere, de «especulación de la burguesía con los
sentimientos populares» (José Antonio). En Cataluña y en el País Vasco no es
extraño también la existencia de un factor religioso, o pseudoreligioso mejor,
presente en los dislates de «pueblo elegido» de Sabino Arana, o en este texto
mucho más moderno de los obispos de Tarragona, Solsona y Vic en 1990:
«No sólo hemos de saber dar razón de nuestra fe, sino también de nuestra
catalanidad. Y los hermanos inmigrantes, por ello, si son cristianos, lo han
de comprender y se han de convertir [2]
en agradecimiento, si no por otra cosa, al gesto de haberlos acogido en casa».
Cuadro nº 1
En el gráfico nº 1, a la doble posibilidad disgregadora o integradora de la
«identidad» se la denomina con los símbolos de «Roma» o «Babel» (Eugenio d’Ors).
Se puede ver que he hecho un juego de palabras, simple pero significativo. En la
posibilidad integradora (Naciones-Estado, construcción de Europa), los rasgos
sirven para caracterizar entre los demás y se tiene conciencia de pertenecer a
un grupo; en la posibilidad disgregadora (nacionalismos), los rasgos colocan a
una colectividad frente a los demás, y se adquiere conciencia de ser distinto.
El concepto de integración
Muy unido a lo anterior está el concepto de integración. Echando mano al
María Moliner, diríamos que es «hacer un todo o conjunto con partes diversas»;
dicho de otra manera y aplicado al campo histórico y social, hacer que distintos
grupos sociales compongan una totalidad diferente de las partes que la forman.
¿Por qué «diferente a las partes que la forman»? Desde la teoría de la
escuela, de La Gestalt sabemos que «la totalidad es un fenómeno complejo, en el
que no sólo hay elementos o partes, sino también la cualidad de la forma». Así,
la totalidad es siempre diferente y superior a las partes unificadas que
la componen, ya que resulta de un factor unificante, totalizador.
La formación de España (y de cualquier nación-estado europeo) no es la simple
suma de «reinos» o «regiones», sino la integración de éstos con un «proyecto»
que los aglutinó en un momento dado. La formación de Europa no será la suma de
naciones, sino la integración de éstas en y por un proyecto europeo sugestivo.
Pero la integración no es un infantil «todo o nada» (ésta sería la postura
centralizadora-anuladora): el español histórico se sentía naturalmente catalán,
aragonés, vasco, andaluz o castellano, y, a la vez, español. Incluso en épocas
de división política (Edad Media), persistía la conciencia de ser español,
aunque fuera una referencia histórica y territorial («Catalunya, lo millor regne
d'Espanya», dice Jaime I el Conquistador). El europeo del futuro se sentirá tal,
pero no dejará de sentirse británico, francés, italiano o español.
El motivo es que la integración se realiza en función de factores que aúnan
(empresa colectiva) y no de diversidades que diferencian (lengua, por ejemplo).
No obstante, la integración histórica implica una serie de elementos
subjetivos, personales, propios de los individuos que componen esas
colectividades que dan el paso de la integración; por ello, habrá que tener en
cuenta el aspecto externo, la conducta observable (el «estar integrado») y el
sentido interno, el sentimiento profundo (el «sentirse integrado»).
¿Cuántos españoles, o ingleses o franceses «están integrados en la UE? Todos.
¿Cuántos «se sienten europeos»? Quizás, de momento, pocos. El paso del «estar»
al «sentirse» dependerá de la sugestividad de lo que se ofrezca en la
integración.
Y, del mismo modo que el vocablo «identidad», podemos asignar a la palabra
«integración» un carácter dual o contradictorio: los separatistas o
particularistas hablarán de «integrar» en su Taifa, en su grupo exclusivo y
excluyente, y para ello echarán mano de factores estáticos, que ya tienen al
alcance de la mano (lengua = raza). Los que deseen llegar a integraciones
más amplias buscarán los elementos integradores en factores dinámicos, que
tengan capacidad de aglutinar salvando las diferencias (proyecto).
Y siempre ha sido así en la Historia: los pueblos no se han unido por el
hecho de «estar» juntos, sino por «hacer» algo juntos (Ortega).
Observemos, junto al esquema de la palabra integración (cuadro nº 2),
otro del proceso histórico habitual (cuadro nº 3) que siempre ha sido progresivo
e integrador, con etapas de regresión.
Cuadros nº 2 y 3
Desde las primeras agrupaciones humanas en función de necesidades inmediatas
(lazos de sangre-lanes familiares) se llegó a la aglutinación en que privaban
lazos más ajenos, pero igualmente necesarios (lugares de caza-tribus), hasta
desembocar en el momento histórico moderno, en el que los Estados-Nación
hicieron la historia. Hoy en día se han quedado pequeños y deben ir cediendo
elementos de su soberanía en unidades integradoras supranacionales.
Del mismo modo que cada vuelta de la espiral no puede negar lo más primitivo
(la tribu no anula los lazos de sangre, el Estado Nacional no anula la región o
antiguo «reino»), las unidades supranacionales no ahogarán la afinidad cultural,
religiosa, histórica, el «estilo» de una Nación.
Mas la tentación regresiva siempre persiste, y vuelvo al ejemplo del
individuo: cada momento de la vida del hombre exige nuevos retos (afectivos,
sociales, económicos...); ante esos «retos» caben dos posibilidades: o avanzar o
permanecer, que es equivalente a retroceder. Hoy en día se habla mucho de
«prolongación de la adolescencia»; ¿por qué? Porque el joven no se atreve a dar
el salto de madurez que requiere la vida adulta; 1e falta seguridad en sí mismo
y en lo que va a encontrar: tiene miedo de dar el paso adelante.
Así, los grupos humanos tienen miedo de integrarse, son «inmaduros»
históricamente; ese es el nacionalismo particularista: un movimiento de
regresión hacia «seguridades» más «naturales» (tierra, raza, lengua, tradición),
donde se sienten como pez en el agua, sin más retos que «defender» su identidad.
Los nacionalismos, en realidad, son el reflejo histórico y social de esa
«prolongación de la adolescencia», de esa inmadurez ante lo que implicaba en su
día la integración en el Estado Nacional y, actualmente, ante las dificultades,
dudas y temores del mundo cambiante.
El concepto de «nación»
La palabra «nación» es otra de esas palabras que pueden llevar a confusión
por su polisemia original. Su uso, por parte de nacionalistas-separatistas o no
nacionalistas, es distinto para un español, francés o norteamericano; «nación»
es, respectivamente, España, Francia o los Estados Unidos de América. Para un
nacionalista, «naciones» serían Córcega, Euskadi, Galicia, Cataluña o Bretaña.
Un significado antiguo es el de carácter etimológico, «tierra donde se ha
nacido». Como leemos en los clásicos: «era sevillano (o vizcaíno...) de nación».
En este caso, carecía de significado político.
Otras veces adoptaba sentido etnológico, equivalente a «raza» o costumbres
ancestrales. Así, «nación sioux», oíamos en las películas del Oeste; «nación
gitana», leemos en Cervantes. De este sentido deriva el que le quieren dar los
separatistas.
Como término moderno y con cierto sentido político, dataría del período que
va del siglo XV al XIX. Leamos lo que dice al respecto Julián Marías (1978):
«España ha sido la primera “nación” que ha existido, en el sentido moderno
de esta palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y
de estructura política hace poco más de quinientos años [...]. Antes no había
habido naciones: ni en la Antigüedad ni en la Edad Media habían existido, ni
dentro ni fuera de Europa. Ciudades, imperios, reinos, condados, señoríos,
califatos; naciones, no. Poco después de que España llegara a serlo lo fueron
Portugal, Francia, Inglaterra; con España, la primera “promoción”; más
adelante, Holanda, Suecia, Prusia; en un sentido peculiar, Austria, y desde
finales del siglo XVIII empieza a germinar algo así como una nación dentro de
Rusia. Italia y Alemania no llegan a ser naciones hasta hace un siglo [...]».
Con todo, su uso se entremezcla con el etimológico, y, como dirá José Antonio
Primo de Rivera, los tiempos clásicos prefirieron emplear las palabras «imperio»
o «servicio al rey», dando prioridad a la empresa común, más que al sustrato
físico.
Sebastián de Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castellana o Española,
de 1611) define «nación» como: «Del latín natio, nationes, vale reyno o
provincia extendida, como la nación española».
Nos vamos dando cuenta de la polisemia del término y de los problemas que da
el uso entremezclado de concepciones distintas... Para, colmo, desde el punto de
vista literario, Azorín habla de las «naciones de España», y así, sucesivamente,
veríamos usos diversos.
Pero hay más. El francés Renán (1882) sostiene que «la existencia de una
nación... es un plebiscito cotidiano», ya que «una nación es un alma, un
principio espiritual», que exige «la voluntad de vivir juntos». Ese «espíritu»
de Renán se identifica con el «volkgeist» romántico, pero, además, exige
«voluntariedad» (plebiscito = contrato). Frente a esta teoría «contractual»,
José Antonio propone la «fundacional» las naciones son como fundaciones, no
pueden ser objeto de revisión por una generación determinada, cuestionando la
obra de otras muchas anteriores y la de las posteriores.
Quizás nos quedaría por comentar la teoría marxista: la nación como
instrumento de poder de la burguesía; pero, como una contradicción más de la
praxis marxista-leninista, en el siglo XX Stalin utiliza la «nación» como leit
motiv ante la invasión alemana, y, más modernamente, el comunismo exalta el
nacionalismo reivindicativo y antiimperialista como arma contra Occidente, en
sus antiguas colonias y en la misma Europa; una síntesis de este planteamiento
marxista-leninista y de la teoría etnológica sería el nacionalismo de la
«izquierda abetzale» y de ETA...
Hoy en día, todas estas teorías pueden quedar refundidas en dos, si
exceptuamos la marxista-leninista devaluada: una visión clásica, la del
Estado-Nación, y una visión romántica. En el primer caso, la Nación aparece
definida por un Proyecto de integración que se realiza con el instrumento del
Estado; en el segundo, la nación está concretada por elementos de
homogeneización (raza, lengua, tradición o costumbres) que sirven para «hechos
diferenciales». La otra «nación», la clásica, es opresora, como se puede ver en
el siguiente texto actual (J. Borja y M. Castells, Local y Global. Taurus
2002. Citado por Buceta):
«Los estados nacionales son aún elementos de cohesión social e integración
cultural en muchos países. Sin embargo, a menudo los estados nacionales se han
construido históricamente sobre la represión de culturas regionales o
nacionales que aún constituyen el principal referente de identidad de la
mayoría de la población en determinados territorios».
Obsérvese el doble uso de «nacionales» (polisemia aludida). Los autores
citan, en un revoltijo, a Cataluña y Euskadi, Escocia, Gales e Irlanda, Bélgica
y Suiza, el «caso perdido» de Francia y los movimientos de descolonización del
Tercer Mundo, así como a la URSS y a Yugoeslavia: la confusión pro-separatista
está servida...
Los nacionalismos en España
a) Una mirada a la Historia:
Creo que nuestra historia es bien conocida por todos, de forma que no nos
detendremos mucho en este repaso. De entrada, constatemos dos evidencias: la
tentación de separarse (sin que pueda llamársele «nacionalismo») ha surgido en
momentos en que el poder central era incapaz de proporcionar una tarea colectiva
con la que sentirse identificado; es el caso del siglo XVII, en el que Portugal,
Cataluña, Andalucía y Aragón, por medio de sus clases dirigentes, protagonizan
iniciativas «particularistas»; sin embargo, es curioso que, en el siglo XVIII,
en el que surge un nuevo proyecto, el de los Ilustrados, la tentación no existe.
La segunda evidencia es que el nacionalismo moderno hay que fecharlo -como se
ha dicho- con la aparición del Romanticismo, del que procede. Aquel atractivo de
lo «natural», aquel «retorno a la naturaleza», junto al exotismo artístico de lo
folclórico y el triunfo del individualismo frente a la norma, propiciaron el
sentimiento nacionalista. A ello se unía la falta del proyecto aglutinador en el
siglo XIX. Lo define muy bien Ramón Menéndez Pidal (Los españoles en la
historia), cuando nos dice:
«Federalismo, cantonalismo y nacionalismo modernos vienen ellos por sí a
destruir la unidad multisecular y no logran estabilizarse; lejos de
representar la España auténtica, no responden sino a un momento anormal y
transitorio, desmayo de las fuerzas vitales que no puede prolongarse sin grave
peligro. Aparecen como una enfermedad, cuando las fuerzas de la nación se
apocan extremadamente [...]».
También nos avisa de que:
«El localismo coexistió siempre al unitarismo, y en esos momentos de
debilidad patológica, no sólo se exacerbaba el uno, sino también el otro
[...]. Por otra parte, en el Estado Unitario falta a menudo la apreciación
conveniente del problema localista; falta la forma de justicia coordinadora
[...]; unas veces se hacen concesiones pródigas a las comarcas autonomistas;
otras veces se acude a la más intransigente represión de legítimas
aspiraciones [...]».
Tomemos nota...
En el siglo XIX encontramos los primeros avisos de lo que se avecina. Ya en
1822, la Junta de Comercio de Barcelona manifestaba a la Diputación Provincial
que «la separación de América ha influido mucho en las exportaciones (catalanas)
y por lo tanto [...] es necesario que se busque en la Península (el mercado). En
1934, la «Comisión de Fábricas» (patronal) pedía «el mercado doméstico
exclusivo». Al final del siglo, con la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico,
se repite el planteamiento con más alarma todavía. Por ello dirá José Antonio:
"El catalanismo nace políticamente cuando España pierde sus colonias; es
decir, cuando los fabricantes barceloneses pierden sus mercados. No se oculta
entonces a su pausada agudeza que es urgente conquistar el mercado interior.
Tampoco se nos oculta que sus productos no pueden defenderse en una
competencia puramente económica. Hay que imponerlos políticamente al resto de
España. Y nada mejor para imponerlos que blandir un instrumento de amenaza al
mismo tiempo que de negociación. Este instrumento fue el catalanismo [...]. El
catalanismo es una especulación de alta burguesía catalanista con la
sentimentalidad de un pueblo».
Esta sentimentalidad del pueblo catalán se pone a prueba con los resortes
románticos. Puede señalarse la «Oda a la Patria» de Buenaventura Carles Aribau
(1833) como la primera chispa; pero el nacionalismo -aun el incipiente que nos
ocupa- está hecho de mitos, y éste es uno de ellos, puesto que el Sr. Carles
Aribau es el fundador, junto con Manuel Ribaneyra, de la «Biblioteca de Autores
Castellanos», en 70 volúmenes de gran venta... en castellano.
Otro padre del nacionalismo catalán fue Valentí Almirall (1886), quien sienta
sus bases teóricas con la afirmación de que en la Península Ibérica coexisten
dos razas: la centro-meridional o semita y la de tipo anglosajón o catalana, a
quien corresponden las mejores cualidades. Pompeyo Gener (1903) reafirma esta
teoría, pero ya se trata de «semitas» y de «arios», tal como suena. Pere Mártir
Rosell (1917) propondrá el destierro de Cataluña de la «raza intrusa». No
olvidemos, en el plano de los disparates, al Dr. Bartolomé Robert, alcalde de
Barcelona en 1800, quien justificaba científicamente la superioridad craneal de
los catalanes. Este fue el caldo de cultivo que encontró Sabino Arana, antiguo
carlista frustrado, ya que de Cataluña tomó las bases de su racismo, impregnado
de dimensiones religiosas de «pueblo elegido».
Lo que ocurre es que, a diferencia del aranismo vasco, en Cataluña se derivó
pronto desde la insostenible teoría racista pura a la más práctica del idioma
(identificación bíblica lengua-raza-nación, mito de Babel), y, así, Prat de la
Riba, Pedro Montanyola y Pompeu Fabra van recomponiendo un catalán moderno, a
veces sin más propósito que el que se parezca lo menos posible al castellano.
Pero basta con raspar en la superficie para reencontrar el poso racista
explícito, como Mosén Griera, que, en los años 20, afirma sin sonrojo que el
catalán está entroncado a la raza ario-gala y ha recibido sus efluvios cultos
del francés, mientras que el castellano es un idioma íbero-romano, muy arabizado
por sus hablantes semitas. Se dan casos sintomáticos de manipulación del idioma,
como la introducción desaforada de la «ç» (abandonada por el castellano) y la
conjunción «i» frente a la «y», sin razones lingüísticas que lo justifiquen (al
modo que el uso de la «k» y de la «tx» en el eusquera «normalizado» de hoy).
De estos orígenes económicos, literarios, raciales y filológicos se llega a
concreciones políticas, y a la imitación de la misma en el País Vasco y Galicia;
la época republicana ya contiene, de forma evidente, una clara estrategia de
disgregación, como se anunciaba en el Pacto de San Sebastián.
El 12 de abril de 1931 Macià declara «la República Catalana, como Estado
integrante de le Federación Ibérica» y, en 1934, Companys declara el «Estado
Catalán». El Estatuto de Nuria consagrará (más tímidamente que el vigente y, por
supuesto, que el del proyecto del Tripartito) la vía de separación; los
proyectos vasco y gallego le seguirán, aunque se ven frenados por los
acontecimientos.
En su memorable discurso en las Cortes Constituyentes de la II República
(Diario de Sesiones de la legislatura 1931/1932, tomo 9, págs. 3574 a 3782),
Ortega y Gasset trata del nacionalismo catalán. En su brillante pieza oratoria
el maestro sostiene, de forma pesimista, que el caso catalán no se resolverá
nunca, por lo que propone una actitud de «conllevancia»; reclama, eso sí, para
España la «unidad de soberanía» y de «ciudadanía», conceptos que entiende como
básicos para frenar el proceso disgregador; afirma que el problema del
nacionalismo particularista catalán requiere un «alto tratamiento histórico»,
esto es, una empresa común sugestiva, que él todavía confiaba que pudiera ser
llevada a la práctica por una «República alegre y constructiva». Poco tiempo
después vendría el «no es esto, no es esto...».
Cuando se debatían los diversos proyectos de Estatutos autonómicos
republicanos, es curioso comprobar cómo las mayores resistencias estaban de
parte de los sectores liberales y aun de los ámbitos obreristas, porque se veía
en aquellas concesiones cuotas de poder opresor a los sectores reaccionarios y a
las burguesías localistas. En este «jacobinismo» coincidieron, paradójicamente,
con el Régimen de Franco, pero por distintas razones (las burguesías localistas,
en su mayoría, se apresuraron a mostrarse «adictas» al Régimen del 18 de julio,
para seguir en el candelero).
La guerra civil acabó con las perspectivas de disgregación, que sí fueron un
hecho durante la contienda; basta con repasar los Diarios de Azaña o las
Memorias de Largo Caballero, para enterarse de las «guerras particulares» que
vasquistas y catalanistas pretendían, a espaldas del gobierno republicano.
El Franquismo suprimió de un plumazo los Estatutos y sus secuelas, pero no
llegó, como en tantas otras cosas, a la raíz del problema; incluso exacerbó
sentimientos de forma innecesaria, sobre todo en los primeros tiempos en los
que, para seguir la metáfora orsiana, casi «secó las fuentes» para evitar verse
«arrastrado por los torrentes».
Como se ha dicho, la burguesía catalanista y vasquista colaboró ampliamente
con Franco, pero se mantuvo una resistencia soterrada, ininterrumpida e
intocable en amplios-sectores-del clero. Al llegar a este punto, hay que
recordar que el apego a lo diferencial estuvo siempre del lado «conservador» en
el siglo XIX y XX, mientras que el «progresista» preconizaba lo uniformador,
centralista e igualador: recuérdense las guerras carlistas.
Juan Ramón Lodares (Lengua y Patria) nos dice:
[En Cataluña] «La Iglesia mantuvo siempre la llama del catalán a través de
una estupenda red de movimientos semiconfesionales ligados al nacionalismo
católico. Así, fue transmitida la «angustia de la lengua» a muchos sectores
que no la sentían como tal, sea el caso de los estudiantes universitarios [En
el País Vasco]. Gran parte de la contestación al franquismo entre la Iglesia
vasca más militante provenía de aquellos grupos que pugnaban por una Iglesia
“pobre e indígena” que denuncia la represión de 1a “etnia vasca” y -ligada a
ella- del eusquera, completándose así la trilogía, bíblica
lengua-raza-nación».
A este respecto, no hace falta recordar el origen de la ETA...
La «apertura» hacia las lenguas regionales, a partir de los años 1950 y 1960,
no alivió la tensión, aún minoritaria, que se fue incrementando conforme el
Régimen se descomponía y pasaban los años. Con todo, el mito de una «resistencia
catalanista» o «vasca» no pasó de ser tal mito, casi pura anécdota la mayor
parte de las veces; los «socios» del Movimiento que se movilizaban
entusiásticamente cuando Franco visitaba Cataluña nutrieron después las filas de
Convergencia y Unión...
b) El Estado de las Autonomías
El nuevo régimen nacido a la muerte de Franco representa, de hecho y casi de
derecho, el inicio del actual proyecto desmembrador de España. Al parecer, el
mapa de las 17 autonomías ya había aparecido en un libro (Las nacionalidades
españolas, Anselmo Carretero Jiménez, México, 1949) de clara influencia
masónica, pero no tengo más noticia que ésta y así lo comento. Lo cierto es que
los «padres de la Constitución del 78» abrieron un camino cuyo final, aparatoso
o feliz, no aparece muy claro en el momento actual, veintiséis años después.
Desde un punto de vista legal y literal, la espoleta de acción retardada, con
todo, no fue el planteamiento autonómico generalizado (aquel «café para todos»
que ya Ortega preconizaba en el discurso mencionado en las Cortes Republicanas
para sacudir la modorra de la sociedad española), sino la inclusión de la
palabra «nacionalidades» en el texto. O bien, si se prefiere, la sutil y nunca
matizada diferenciación entre «nacionalidades» y «regiones».
Hubo quien argumentó la tradición del término en Pi i Margall, pero aquel
presidente republicano nunca llamó «nacionalidades» a Cataluña o al País Vasco,
sino que habló de «nacionalidad» española, o francesa, o suiza, norteamericana,
etc. A las naciones llamó «naciones», y a las regiones, «provincias».
A la polisemia que hemos analizado de la palabra «nación», se añadió en el
texto constitucional un neologismo para designar una unidad territorial o
histórica. El disparate tenía una intención clara: sin asustar, de momento, con
el nombre de «nación», se proponía un sucedáneo igualmente aplicable en el
tiempo para la exigencia de un Estado, según el vetusto «principio de las
nacionalidades» del XIX. El «pastel» se han encargado de abrirlo en nuestro días
Ibarreche y Maragall (de momento, sólo ellos dos).
Julián Marías, por aquellas calendas, criticó en unos geniales artículos,
este uso de la palabra «nacionalidad», que no corresponde a ninguna agrupación
social o política, sino que es «un nombre abstracto que significa propiedad,
afección o condición».
Y, en efecto, si consultamos el Diccionario de la RAE (ediciones de 1970 y de
1984. que son las que tengo a mano), leeremos: «1. Condición y carácter peculiar
de los pueblos y habitantes de una nación. 2. Estado propio de la persona nacida
o naturalizada en una nación».
Claro que los académicos hicieron suyo aquel dicho de Adolfo Suárez de que
«hay que legalizar lo que está en la calle», y ampliaron la definición con dos
entradas más, que respondieran a lo «políticamente correcto»: «3. Esp. Comunidad
autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad
histórica y cultural (obsérvese otra vez la palabra «identidad» en juego). 4.
Denominación oficial de algunas comunidades autónomas españolas». Esto consta en
la edición, por lo menos, de 2001.
Sólo resta, por lo tanto, invocar el «principio de las nacionalidades» y
reclamar la condición de «Estado Libre Asociado» (Ibarreche) o, más
retorcidamente, aludir al «federalismo asimétrico» (Maragall).
El «café para todos», que supongo bienintencionado («el infierno está
empedrado, etc. etc.») o aquella petición de conceder la autonomía a todas las
comarcas y regiones de Ortega, se ha transformado en un formidable grito de
dispersión de todas las regiones españolas, encabezadas por las llamadas
«nacionalidades históricas» (Cataluña, País Vasco y Galicia) y seguidas por las
«nacionalidades mendicantes», caso del Sr. Chaves. Que yo sepa, sólo ha tenido
la gallardía -hasta. ahora- el Sr. Rodríguez Ibarra de reclamar para Extremadura
el título de «región española».
¿Cómo se ha producido esta situación? Y no me refiero tanto al empeño de la
sociedad política en profundizar en el «invento», sino a la complacencia de la
sociedad civil en apoyarlo.
Según el profesor Luis Buceta (2003) los puntos de actuación que han
conducido a la situación actual de España son, de forma resumida, los
siguientes:
1º) La presión constante de las llamadas «comunidades históricas», basándose
en pretensiones históricas inexistentes, usando los medios del Estado
democrático o el terrorismo, en comunión de objetivos finales.
2º) La reducción al silencio de los adversarios; el papel manipulador del
idioma y la dictadura de los medios de difusión han conseguido que las palabras
que signifiquen una identificación de lo español sean silenciadas o se
sustituyan por eufemismos o circunloquios (España = Estado español, unidad =
solidaridad / «integración», «país» = nación...).
3°) Utilización de lo lingüístico como elemento de «identidad» y como
barrera. A tal efecto, Juan R. Lodares dice: «El integrismo lingüístico se
presenta como un eficaz elemento nacionalizador, basándose en la idea de que la
comunidad de lengua es trasunto de la comunidad racial o de la comunidad de
ideas, creencias, sentimientos...».
4º) Se ha contado con un principalísimo elemento a favor: la titularidad de
la Enseñanza en manos nacionalistas desde la Transición. Los efectos de esta
«formación del espíritu nacionalista» lo podemos ver, no sólo en la «kale
borroka», con el banderín de enganche en las ikastolas, sino en los votos del
señor Carod-Rovira, procedentes de la «siembra» de 20 años del Sr. Pujol.
5º) La presión de la ETA (se preguntaba ucrónicamente el Sr. Francisco
Vázquez que a dónde hubiera podido llegar España sin tener que preocuparse del
terrorismo desde el cambio de régimen).
6º) La pasividad (o complicidad, añado yo) de los partidos de ámbito
nacional, PSOE y PP.
Por su parte, los «nacionalistas identitarios» -«históricos» o advenedizos-
han aprendido bien la lección, y hacen uso de todos los medios a su alcance.
Existe una estrategia de la manipulación, con material abundante y costoso, que
suele seguir unos patrones que, no por burdos, siempre consiguen calar en la
sociedad, especialmente en la juventud sometida a su influjo; esta manipulación
parte «de una búsqueda histórica sabiendo de antemano lo que hay que encontrar»,
lo que a todas luces no tiene nada de científico. Esta búsqueda utiliza unos
recursos sencillos de identificar: a) análisis anacrónico de los hechos
históricos para forzar un resultado establecido a priori; b) exclusión de los
elementos que no interesan; y c) tergiversación de los hechos históricos. Se
puede tomar cualquier ejemplo, como la reciente celebración del 11 de septiembre
en Cataluña.
Ultima evidencia
Cada día es más difícil de «conllevar» el fenómeno nacionalista en España:
que se lo pregunten a ese largo 50% de vascos («y vascas», que diría Ibarrreche)
que viven su exilio interior día a día.
En Cataluña la presión es más sutil, pero no por ello desdeñable; así, por
ejemplo y sobre todo, con una «inmersión lingüística» que no sólo afecta a la
lengua vehicular en la Enseñanza, en la Administración, en la Política, sino
especialmente a los contenidos que se vierten a su través: se trata de erradicar
cualquier asomo de conciencia de españolidad, que estos asomos se vean como algo
foráneo, extraño, hasta conseguir que no entren en las redes mentales del
ciudadano (como aquel «Están locos estos romanos», que dice el bueno de Obelix
cuando algo no entra en su cabeza). Ya dijimos que la siembra de Pujol la ha
recogido Carod...
El «Plan Ibarreche» cada día va a encontrar menos escollos por parte del
Estado complaciente, indefenso y entreguista; en Cataluña, el Tripartito
consiste, sencillamente, en una cadena de chantajes: el de ERC al PSC en
precario, el del PSC al PSOE gobernante y no menos en precario. Entretanto, son
constantes los «gestos simbólicos» (ausencia de la bandera española el 11 de
septiembre, por ejemplo) y los chulescos para conseguir más parcela de poder.
Pero, en mi opinión, lo peor estriba en lo que ocurre en el resto de España,
que se encoge de hombros ante esta situación; nuestra sociedad está
profundamente troquelada y adormecida por los medios de difusión del Sistema; su
«pacifismo» a ultranza no sólo se refiere a los conflictos bélicos, sino a
cualquier asomo de confrontación dialéctica, interna; la propaganda y la
«educación democráticas» son sistemáticas (ríanse ustedes de «Crónicas de un
pueblo»...); tan sólo se ejerce el derecho al pataleo cuando las reclamaciones
son materiales y están dentro de lo «políticamente correcto».
Claro que en ese resto de España también entonan sus cantos los genios de la
dispersión que se esconden en cada aldea: «Aragón ye nazió», «Canarias libre»,
«León sin Castilla», «Bierzo libre»...; tan sólo falta el «Viva Cartagena, muera
Murcia» de la II República... Todo esto se considera natural y normal.
La palabra es indiferencia: los españoles han perdido cualquier asomo de
«identificación» nacional, son españoles mientras no se les diga lo contrario, y
en ese momento tampoco pasará nada: es «normal».
El partido gobernante vuelve a hacer gala de que, para ellos, el concepto de
España es una entelequia que forma parte de una «superestructura». En el pasado,
no obstante, algunos de sus líderes (Prieto, Largo...) hicieron gala de
españolidad, aunque fuera cuando la cosa no tenía remedio; en el presente,
también hay voces dignas en la familia socialista (Redondo Terreros, Paco
Vázquez, Bono, Ibarra...), que nos hacen concebir esperanzas, si bien son
rápidamente acalladas.
El partido de la oposición sigue con su aire tímido, más preocupado de que no
le identifiquen con un pasado que de hacer frente a un futuro y de trabajar en
un presente; poca firmeza ha demostrado en sus dos legislaturas en el caso
catalán, y sólo en materia antiterrorista ha mantenido cierta coherencia y
firmeza. Como siempre ha hecho la derecha, en cualquier caso nunca ha querido
entrar a fondo en el problema.
Preguntas al viento...
Con este panorama en una nación comprometida en la UE y presente en un mundo
globalizado la contradicción es evidente.
Ahora bien, ¿se trata de una contradicción real, nacida de nuestros muchos
pecados, que da lugar a una sociedad enfrentada entre dos planteamientos
antagónicos? ¿Se trata de una estrategia exterior, que se apoya en realidades
históricas y sociales interiores? ¿Cómo se conjuga con la «globalización»? ¿Es
una oposición a ella? ¿Forma parte del juego?
Confieso que no tengo respuestas absolutas en ningún caso. Todo lo más, como
dije al principios puedo proponer reflexiones conjuntas.
· En noviembre de 2003, la prensa
española se hacía eco de comentarios aparecidos en periódicos alemanes,
alarmados por lo que denominaban «balcanización de España»
«Lo separatistas del País Vasco español quieren volver a levantar las
fronteras que está eliminando Europa; éste es un conflicto que alcanza a la
UE» (Handeslsblatt).
Peter Häberle, experto en Derecho Constitucional, afirmaba asimismo que «la
propuesta del Gobierno Vasco es que se balcanice España».
· Por otra parte, se habla de que
Alemania impulsa las propuestas del grupo parlamentario Alianza Libre
Europea-Los Verdes (forman parte de él PNV, EA, ERC, BNG) para configurar un
nuevo mapa de «La Europa de los Pueblos» (sospechosamente similar al mapa étnico
de la época de Hitler). La finalidad sería asegurar la hegemonía alemana en
Europa con la debilitación de otras naciones (España con sus nacionalismos,
Italia con la «Liga Norte»), del mismo modo que se exacerbaron las tensiones
étnicas en el Este de Europa propiciando su partición.
¿Es creíble este plan alemán? ¿Aceptaría el resto de Europa -incluida
Francia, aliada de Alemania- un plan que puede echar por tierra el delicado
encaje de bolillos de la UE para concertar 25 naciones heterogéneas (Matías
Cordón. El Risco de la Nava. Octubre 2003)?
· Se han levantado voces de alarma
en Europa ante el riesgo de este planteamiento etnicista, que contradice la
postura integradora. Así, el Parlamento de Estrasburgo, inspirado por el Foro de
Ermua, formuló una declaración en el 2002 en este sentido:
«El neonazismo está infiltrándose en aquellas minorías étnicas,
lingüísticas o territoriales de la UE inclinadas a formar sociedades
homogéneas no por agregación de partes, sino por segregación, uniformándolas
en la lengua y exaltando sus particularidades para evitar que se mezclen con
unidades mayores» (Fuente: Juan R. Lodares).
· El tema es ya antiguo. El
concepto de la «Europa de las Regiones», de Jean Monet, da prioridad a las
autonomías regionales para neutralizar a los Estados. Ya en 1974, Richard
Gardner (ex-embajador de USA en Roma y fundador de la Trilateral) afirmaba que
«llegaremos a poner fin a las soberanías nacionales, corroyéndolas pedazo a
pedazo».
Por otra parte, estos movimientos estratégicos de gran alcance son conocidos
en la historia: por ejemplo, el plan de Austria, Inglaterra y Holanda para
dividir España si caía bajo la hegemonía borbónica en los finales del XVII, o
las proclamas de los mariscales napoleónicos en el País Vasco para que se
integraran a la obediencia francesa y se separaran de España...
Todo este galimatías -difícil de conjeturar y de contestar- puede resumirse
en un doble planteamiento pan-europeísta, pero siempre paneuropeísta: o «Europa
de las Naciones» o «Europa de los Pueblos o Regiones». Parece que se quiere
avanzar en la primera dirección, y eso nos salva (hay pesimistas que dicen que,
de no haber entrado en la CE, España se hubiera partido en la Transición).
Ante el separatismo, ¿qid prodest? La vieja pregunta de la Criminología nos
sirve en este caso para aproximarnos al tema: ¿a quién interesa la partición de
España?
¿Existe un plan alemán o internacional para desmembrarnos? ¿Aceptaría, por el
contrario, Europa la desmembración, rompiendo el equilibrio interior europeo y
el exterior, con el problema islámico al otro lado de Gibraltar... y dentro de
las fronteras continentales?
Lo cierto es que la disyuntiva está, como en otros momentos de la Historia,
entre unidad -española y europea- y disgregación: «Roma» y «Babel» como
símbolos.
Recordemos, en todo caso, que «Babel no es el mito de la confusión de
lenguas. Es el mito de la separación de la gente»; las gentes se separan, no por
hablar lenguas distintas, sino que hablan lenguas distintas porque se han
separado antes, es decir, porque cada tribu se cree una unidad racial dura y
homogénea.
Y es entonces cuando llega el castigo divino.
[1] Manuel Parra Celaya es doctor. en Pedagogía y
profesor de EE.MM. Ponencia presentada en la VIII Universidad de Verano de la
Fundación José Antonio.
[2] Convertirse en catalanes, claro, no a la fe de
Cristo.