Altar Mayor - Nº 97 (23)
Fecha Tuesday, 18 January a las 12:11:10
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

ESPAÑA EN LA EUROPA DE LOS 25. ALGUNAS IMPLICACIONES ECONÓMICAS
Por
José Manuel Cansino [1]

1.- Del Tratado de Roma a la Constitución Europea

Sabido es que la actual Unión Europea (UE) nace de la voluntad política de sus impulsores por superar los conflictos bélicos en el viejo continente sobre la cooperación económica entre potencias brutalmente enfrentadas en el pasado reciente.

Sobre la lista fundacional en 1957 de la Comunidad Económica Europea (CEE) se han ido añadiendo socios de manera irregular en el tiempo. Las posibles adhesiones han ido acompañadas siempre por largos debates sobre la conveniencia de profundizar en la cooperación económica entre los ya miembros antes de más ampliaciones, o proceder a la ampliación.

Lo que sí parece constatarse es que las fases de ampliación han coincidido con fases de expansión económica y se han detenido en etapas de crisis; las relaciones económicas no sólo han estado en la base fundacional de la UE sino también en su ensanchamiento.

La CEE fue, hasta 1993, una unión aduanera. Los países miembros mantenían entre sí sus fronteras comerciales y fiscales y establecían frente al exterior un tratamiento arancelario común (la tarifa exterior común) con la única excepción del tratamiento de nación favorecida que Gran Bretaña conservaba en el comercio con sus excolonias en el ámbito de la «Common wealth».

En 1993, la unión aduanera da paso a un área común de mercado entre los países firmantes del «Acta Única Europea». Consecuencia directa de este nuevo marco legal fue la supresión de las fronteras comerciales y fiscales entre los países miembros y la libertad de circulación de personas y factores productivos dentro de un mismo mercado común.

El paso siguiente en la vertebración de la UE lo da el Tratado de Maastricht (y sus revisiones posteriores) con el que se inicia la fase final de un largo proceso hacia la unión monetaria entre los países miembros.

La construcción de Europa a partir de una misma moneda era una idea conocida; así en 1950 J. Rueff sentenció que «L’Europe se fera par la monnaie ou ne se fera pas». Entre 1988 y 1989 el Informe Delors dio el impulso definitivo al programa de moneda única concebido por Werner veinte años antes. El Proyecto Delors tuvo su fundamento teórico en el Informe Emerson (1990) que si bien no pudo incorporar la experiencia de la unificación alemana, sí pudo tomar nota de otras experiencias históricas suficientemente ilustrativas, por ejemplo, EE.UU.

La entrada en vigor de la Unión Económica y Monetaria (UEM) incorporó un fuerte rasgo de entidad supranacional; la moneda única.

Aunque técnicamente una unión monetaria sólo exige un sistema de tipos de cambio fijos e irreversibles, la UEM impuso la desaparición de las monedas nacionales (un signo de clara identidad nacional) a favor de una moneda única: el euro.

Pero el Tratado de Maastricht o sus sucesivas revisiones hasta llegar al Tratado de Ámsterdam (TA) supuso, para los países firmantes, mucho más que un acuerdo internacional económicamente relevante. El TA sitúa a la política monetaria en el centro de la política económica al tiempo que obliga a las altas partes contratantes (los estados soberanos) a ceder su soberanía en el diseño de esta política que pasa a estar bajo el control del Banco Central Europeo.

En el fondo de esta cesión de soberanía hay argumentos técnicos dados por la literatura de las áreas monetarias óptimas, y argumentos más discutibles consecuencia del triunfo del pensamiento monetarista en la elaboración de la política económica de un área que, en la segunda mitad de los 90 del s. XX, era ya una potencia económica mundial.

Para concluir este apartado importa resaltar que el TA es, igual que sus predecesores, un acuerdo de naturaleza económica. La elaboración de la Constitución Europea supone, sin embargo, la edición de un acuerdo internacional que por vez primera se separa de su raíz económica esencial bien que sobre la base de otros desarrollos paralelos que el derecho positivo comunitario ha ido consolidando.
 

2.- España en la UE-25

2.1.- Introducción

La quinta y última ampliación de la UE ha sido la mayor de las que se han llevado a cabo hasta el momento, al incrementarse:

  • Un 23’1 % la superficie.
  • Un 19’6 % la población.
  • Sólo un 4,8 % el PIB de la UE.

Los datos anteriores explican la caída de la renta p.c. comunitaria en torno al 12 %.

Este proceso de ampliación comenzó con la quiebra del sistema comunista y la firma de los Acuerdos Europeos a comienzos de la década de los noventa.

De los países interesados en la adhesión, tan sólo Rumania y Bulgaria no se incorporaron al no concluir todos los capítulos de la negociación. Su entrada se ha pospuesto hasta 2007.

Consideremos algunas variables macroeconómicas relevantes.
 

2.2.- Renta per cápita (rpc)

Como señalan Turrión y Velázquez (2004), en 2002, la renta pc (PIB por hab) de estos países representaba el 47 % de la media comunitaria, si bien con notables diferencias entre ellos. Así, Chipre, Malta y Eslovenia tenían una rpc del 70 % de la media comunitaria (una situación equivalente a la de Grecia). Los países Bálticos y Polonia alcanzaban el 40 % de la media comunitaria mientras que Rumania y Bulgaria (finalmente no adheridos) mostraban sólo el 25 % de la media de la UE.
 

2.3.- Crecimiento económico

En la década 1993-2003, el conjunto de nuevos socios ha mostrado un comportamiento excelente en crecimiento, alcanzando el 3,8 % de media anual, frente al 2,4 % que obtuvo la UE-15, e incluso por encima de España que en todo el periodo alcanzó el 3,2 %. De seguirse este ritmo de crecimiento, estos países alcanzarían la media comunitaria en el año 2058.
 

2.4.- Capital físico privado por empleado

El capital físico privado productivo por empleado en estos países muestra una notable carencia, representando sólo el 30’4 % frente al 97,7 % que posee España.

El capital tecnológico medio por ocupado, se encuentra todavía a una gran distancia. El conjunto de nuevos socios tienen el 11 % del capital tecnológico de la media europea, algo menos de un tercio del que posee España que también padece un retraso importantísimo en relación al promedio comunitario.

En el capital humano, medido como el número medio de años que presenta en promedio la población en edad de trabajar, estos países muestran unos resultados muy notables. El nivel promedio alcanza los 11,6 años y se sitúa ligeramente por encima de la media comunitaria -11,2 años- y muy por encima del que presentan algunos de los antiguos socios más atrasados de la UE, como es el caso de España -9,5 años-. Este es uno de los principales factores de atracción de inversiones extranjeras.

El capital público por habitante, igual que el capital físico privado, muestra una notable insuficiencia en los nuevos socios al situarse en el 32,1 % de la media de la UE-15. En consecuencia, los gobiernos de estos países, con el apoyo de la política de cohesión europea, deberán realizar importantes esfuerzos para intentar corregir estas abultadas diferencias e intentar acercarse a los estándares europeos. FEDER
 

3.- Efectos económicos de la ampliación. Flujos comerciales, inversión extranjera directa y presupuesto comunitario

3.1.- Impacto de la ampliación en los flujos comerciales de España

Las perspectivas futuras de un mercado europeo mucho más amplio y cercano estimularon a los países comunitarios, sobre todo a los más cercanos, a adquirir productos del Centro y Este de Europa, posiblemente ocasionado por sus menores precios derivados de sus inferiores costes de producción, dejando de lado a los productos elaborados en países más periféricos.

El fuerte avance de los productos del Centro y Este de Europa en el mercado comunitario tiene como protagonistas, fundamentalmente a tres países:

  • Polonia.
  • República Checa.
  • Hungría

Sólo estos tres países han sido los causantes del crecimiento de la cuota de los candidatos en un 68 %.

Se ha corroborado que los nuevos socios de la UE están compitiendo con España en sectores con un contenido tecnológico medio y, cada vez más, están incrementando su peso en sectores con una intensidad tecnológica mayor, mientras que España está dirigiendo su producción y, por tanto, su exportación hacia productos con una intensidad tecnológica menor. Se comprueba que esta especialización en sectores más avanzados tecnológicamente se ha producido fundamentalmente a partir de la segunda mitad de la década de los noventa, cuando el proceso de ampliación se hizo más creíble.

Los datos aportados permiten identificar dos hechos de cierta claridad. El primero es que el incremento de las cuotas de las importaciones de los nuevos miembros de la UE en el mercado comunitario se ha realizado en detrimento de algunos de los actuales socios, entre ellos, España. El segundo es que esa pérdida de cuota por parte de España se debe a la aproximación de las estructuras productivas y comerciales con los PECO, lo que evidentemente deteriora el comercio español dadas las inherentes ventajas de coste de mano de obra y localización geográfica de que gozan los países candidatos. De estos hechos parece intuirse que el reajuste geográfico de actividad y comercio está siendo ocasionado por las estrategias de las multinacionales.
 

3.2.- Efectos de la ampliación sobre la inversión extranjera directa (IED) recibida por España

Los países de la UE-15 tienen ventajas de propiedad con respecto a los países recién incorporados. Además, los nuevos socios disponen de una mano de obra relativamente barata y cualificada y su localización geográfica es muy próxima al centro económico de Europa. El conjunto de estos factores, junto con el dinamismo de sus mercados, hace que las empresas multinacionales vean a estos países como posibles localizaciones.

La inversión extranjera directa se está concentrando en el centro de Europa con un grupo claro de «ganadores» conformado por Bélgica, Luxemburgo, Alemania, la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Suecia, Finlandia y las Repúblicas Bálticas. En el lado opuesto, se encuentra un grupo de claros «perdedores» situados todos ellos en la periferia de Europa: Reino Unido, Portugal, España, Francia, Italia y Grecia. Excepcional resulta el caso de Irlanda.

La evidencia parece apuntar a que las empresas europeas están concentrando su inversión extranjera directa en los países centrales de Europa, ya sean antiguos o nuevos socios, lo que las está llevando a abastecer desde allí al resto de Europa, sobre todo en sectores de bienes de tecnología media y alta.

En definitiva, la ampliación a 25 de la UE agravará los procesos de deslocalización y desinversión empresarial que se registran en España desde 1999. Un proceso del que ya se está resintiendo el tejido industrial español.

Frente a las empresas radicadas en España, las empresas emplazadas en los países del Este disfrutan de una mayor proximidad a los grandes mercados de consumo. Estos grandes mercados son, por una parte, el alemán y, por otra, el emergente mercado ruso cuya economía está creciendo a un 7 %, con el añadido de ser un importante mercado suministrador de factores productivos.

A esa ventaja geo-estratégica se añaden otras de entre las cuales no es la menos importante el que su coste laboral medio sea el 16 por ciento del español; un argumento que –sin ir más lejos- ha esgrimido Samsung para trasladarse a Eslovaquia. Además, el número medio de años de escolarización de estos países es superior a la media española y europea; su cualificación profesional tiene poco que envidiar a la nuestra.

Subrayando lo que ya se ha dicho, debe tenerse en cuenta que las empresas que están desinvirtiendo en España pertenecen mayoritariamente a la industria avanzada. Sobre este aspecto concreto añadamos que casi toda la tecnología media y alta utilizada en España es importada. Apenas hay tecnología de creación propia, algo que avala el dato de que el gasto en I+D+i español no supera el 0,9 % del PIB. Todo lo anterior puede explicar que desde 1995 los nuevos socios del Este reciben más inversión directa que España a pesar de que el PIB español, en paridad de poder adquisitivo, es equivalente a la suma del PIB de todos estos países.

Frente a estas amenazas al tejido empresarial español, deben señalarse una serie de fortalezas a las que conviene prestar particular atención. En primer lugar, más importante que el coste de los factores productivos (por ejemplo, el laboral) resulta la productividad de los mismos y en esto la productividad española es superior en 2 ó 2,5 veces la de estos países (a excepción de Chequia). Esto no impide que siga siendo inferior a la de otros países europeos y así, Gillette llevó parte de su producción desde Sevilla al Reino Unido buscando una mayor productividad.

En segundo lugar, la estabilidad de las instituciones españolas es superior a la de muchos de estos países lo que supone un atractivo importante a los inversores potenciales. A sensu contrario, es significativa la llamada que ha hecho a Ucrania el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo sobre la necesidad de poner en marcha «políticas de vecindad».

En tercer y último lugar, España cuenta con más y mejores infraestructuras de transporte que pueden compensar la mayor distancia a los principales mercados de consumo.
 

3.3.- El impacto sobre el presupuesto comunitario

La ampliación de la UE supone un reajuste presupuestario importante. Ante el nuevo escenario son pocas las alternativas para que el presupuesto asuma la ampliación. Una de las alternativas consistiría en hacer recaer el impacto de la ampliación sobre los actuales países receptores de fondos estructurales.

En cifras absolutas, España es el principal beneficiario neto del presupuesto comunitario. En términos per cápita y con datos de 2002, España era el tercer país que más se beneficiaba del presupuesto de la Unión, lo que se traduce en una transferencia por habitante de unos 375 euros, cifra lejana de los 655 euros que corresponden a cada irlandés (principal socio beneficiario en términos per cápita).

Esta realidad presupuestaria tiene su contrapartida principal en los casos de Alemania, Reino Unido, Italia, Países Bajos y Francia, países que resultan los principales contribuyentes netos al presupuesto de la UE.

Este reparto presupuestario se mantendrá a grandes rasgos hasta 2007, momento en el que se reajustarán profundamente el sentido de los flujos financieros. De hecho, la Comisión Europea presentó el 14 de Julio sus propuestas sobre las perspectivas financieras 2007-2013 y en ellas se propone un techo presupuestario del 1,14 % del PIB europeo. Un techo que los países contribuyente netos quieren reducir al 1 %.

Una parte importante de los fondos estructurales de los que España se beneficia están vinculados a nuestro nivel de renta per cápita, inferior, como es sabido, a la media comunitaria (UE-15). Naturalmente el papel de receptor de fondos estructurales es una cuestión dinámica sujeta a los cambios que registre la relación entre la renta per cápita española y comunitaria.

Como se ha señalado, la ampliación de la UE hacia el Este supone una reducción de la renta media comunitaria. A modo de referencia gruesa baste señalar que el PIB por habitante español duplica al PIB por habitante de cada uno de los nuevos socios. Esta revisión a la baja de la renta media europea modificará sustancialmente el actual estatus español de país beneficiario neto.
 

4.- Agotamiento de los FF.EE. y las amenazas a la cohesión económica nacional

Centrándonos en el caso español, de las siete regiones que en el próximo periodo presupuestario recibirán FF.EE. por el Objetivo 1, se quedarían en cinco con la ampliación a 25 miembros y tan sólo recibirían dos de ellas fondos si se produjera la ampliación a 27. España se situaría como segundo país damnificado, después de Grecia.

En clave de política interna, subrayemos que parte considerable de los fondos estructurales se utilizan para financiar políticas públicas que pretenden mejorar el bienestar social conjunto habida cuenta que se desarrollan en las regiones más desfavorecidas económicamente. Reducida o agotada en un futuro la vía de financiación europea, sólo los recursos públicos nacionales podrán financiar estas políticas de «solidaridad interterritorial». Dos amenazas se ciernen sobre este futuro escenario.

La primera –de carácter político- permite aventurar que un progresivo desgaste de la Nación española (y de la solidaridad consustancial que lleva implícita) a manos del nacionalismo periférico, hará muy difícil la financiación pública de políticas de solidaridad entre regiones, máxime a partir de determinadas lecturas de los informes sobre «balanzas fiscales» que acaban de publicar la Fundación BBVA y Funcas.

La segunda –de carácter técnico y político- obligaría a la modificación del Fondo de Compensación Interterritorial (FCI) como instrumento que tome el testigo del papel que hoy juegan los fondos estructurales. Esta nueva regulación debe estar lista en 2006.

La cohesión nacional pasa por la solidaridad efectiva de sus regiones. Nos referimos a una solidaridad que, ante cuestiones estructurales como el diferente nivel de renta per cápita, debe garantizar la misma cobertura de servicios públicos con independencia del lugar de residencia.

Además, las transferencias de recursos entre regiones deben favorecer las condiciones necesarias para reducir la brecha de bienestar. En este caso, las transferencias condicionadas a la formación bruta de capital fijo público, acostumbran a ser el instrumento más frecuente.

En España, con un sistema administrativo fuertemente descentralizado en tres niveles, el logro efectivo de la cohesión nacional está anudado al sistema de financiación de las administraciones públicas en su conjunto aunque, desde una perspectiva regional, el sistema de financiación autonómico es el más relevante como evidencia su recurrente eco en los medios de comunicación.

Desde enero de 2002, el sistema común de financiación autonómica (del que se mantienen al margen los territorios forales vascos y navarros) busca garantizar la igualación de la oferta pública más allá del territorio a través del Fondo de Suficiencia y del Fondo de Compensación Interterritorial. Ambos vertebran las transferencias niveladoras de recursos entre regiones con rentas altas y bajas. A modo de resumido ejemplo, Baleares contribuye a la cohesión nacional con una aportación de 3.983 euros per cápita, le siguen Madrid, Cataluña, País Vasco, Navarra, Aragón y Valencia.

De entre las beneficiarias, Extremadura recibe 1.026 euros per cápita y, con menores cuantías, le siguen Castilla-León, Asturias y el resto de regiones de menor bienestar por habitante.

Hasta el momento estas transferencias niveladoras se conjugan, no sin fricciones, con una gran dosis de soberanía fiscal autonómica. Particularmente importante en este asunto es la atribución de capacidad normativa a las CC.AA. del 33 % de la base del IRPF. Una cesión promovida por el último gobierno del Partido Popular.

Sin duda, el proceso de cesión de soberanía fiscal se viene cumpliendo -sin que se sepa hasta dónde- no tanto por el desarrollo del Título VIII de la Constitución sino por una infalibilidad atribuida sin rigor alguno a la gestión autonómica. Parece que todo lo que ha de hacer el sector público, si lo gestiona una Comunidad Autónoma resulta más eficaz. Sin duda, se trata de un razonamiento falaz.

Cada vez que se llega a un acuerdo de financiación autonómica se presenta con aire de agotar definitivamente el disenso. Falso. Apenas entrado en vigor se oyen las primeras voces proclives a su reforma. En política invocar «la necesidad de una reforma» resulta siempre seductor para el electorado aunque tal necesidad no se sienta más que en la agenda del político que la enuncia con la reflexión de quien lee el acta de la reunión anterior.

Esto ocurre con el recién estrenado sistema de financiación promovido por el PP a través de esa senda avanzada de la cesión de soberanía de la administración central a la autonómica. Las voces de la «necesaria reforma» vienen del nacionalismo catalán, los argumentos proceden de su balanza fiscal «negativa» (son contribuyentes netos a la cohesión nacional), y el sentido de «su» reforma se puede adivinar sin apenas esfuerzo.

Pero la cohesión nacional no sólo se enfrentará en breve a la amenaza de la «necesaria reforma».

España es receptor neto de fondos del Presupuesto de la UE. Por razón de su renta per cápita, el número de regiones españolas catalogadas como objetivo 1 es tan alto que las transferencias comunitarias han venido siendo cruciales para dotar las infraestructuras públicas y financiar la formación profesional en el marco de las políticas activas de empleo. Andalucía, por ejemplo, recibe del orden del 2,5 % de su PIB anual en fondos europeos.

Ya se ha reiterado que la ampliación a 25 de la UE ha supuesto la revisión a la baja de la renta media europea y con ello, el cese próximo del flujo de fondos hacia buena parte de las regiones españolas que ahora dependerán exclusivamente de cómo funcione la cohesión nacional.

Las posibilidades de desarrollo de las regiones españolas más desfavorecidas se reducirán a partir de 2006 debido a la drástica disminución de las transferencias comunitarias que se han disfrutado desde 1986.

Este es el escenario inmediato para la cohesión económica nacional; una doble amenaza por el lado nacionalista y por el nuevo reparto de los fondos estructurales.
 

5.- Conclusiones

1.- A partir del año 2007 el peso de la Unión Europea (UE) se desplazará hacia el Este como consecuencia de la incorporación de los diez nuevos socios. Naturalmente esta ampliación de la UE a 25 provocará y, de hecho está provocando ya, consecuencias para España.

2.- Los datos aportados permiten identificar dos hechos de cierta claridad.

2.1.- El incremento de las cuotas de las importaciones de los nuevos miembros de la UE en el mercado comunitario se ha realizado en detrimento de algunos de los actuales socios, entre ellos, España.

2.2.- Esa pérdida de cuota por parte de España se debe a la aproximación de las estructuras productivas y comerciales con los PECO, lo que evidentemente deteriora el comercio español dadas las inherentes ventajas de coste de mano de obra y localización geográfica de que gozan los países candidatos. De estos hechos parece intuirse que el reajuste geográfico de actividad y comercio está siendo ocasionado por las estrategias de las multinacionales.

3.- La ampliación de la UE exige un rediseño del Fondo de Compensación Interterritorial como instrumento esencial de la política de solidaridad nacional y para ello hay que vencer al contraargumento nacionalista, y un refuerzo de las fortalezas de nuestra economía a las que debe añadirse el vector de la tecnología autóctona, para evitar las desinversiones empresariales. España necesita unir en una ambición común la variedad disgregatoria de los pueblos que la forman. De esa unión depende la cohesión.
 

6.- Referencias documentales

  • CANSINO J. M.: La ampliación de la UE: solidaridad y deslocalización. La Razón, 06/03/04.
  • CANSINO, J. M.: Ambición común y solidaridad interterritorial. Elsemanaldigital.com, 23/08/04.
  • Turrión, J. y VELÁSQUEZ, F. J.: La convergencia real de los nuevos candidatos y los posibles efectos de su incorporación para la economía española. Cuadernos de Información Económica, nº 180, pp. 35-44.



[1] José Manuel Cansino Muñoz-Repiso es profesor titular de Economía Aplicada. El presente texto corresponde a la ponencia presentada en la VIII Universidad de Verano de la Fundación José Antonio.









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