REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
EUROPA Y SU FUTURO
Por Antonio Castro Villacañas [1]
La construcción de Europa
Me alegra poder participar en el trabajo colectivo que esta revista
dedica a uno de los pocos temas que en el momento actual tienen verdadera
importancia política. Me refiero, claro está, al problema de la construcción de
Europa, y más en concreto a la acción política necesaria para llevarla a cabo.
Mí aportación se limita a señalar la importancia del cristianismo en el
nacimiento, la juventud y la madurez de esa realidad histórica y cultural que
desde tiempo inmemorial se conoce con el nombre de la joven raptada por Zeus.
Este mítico suceso me hace pensar que los hombres y las mujeres europeas, sobre
todo los jóvenes, deberían estar familiarizados desde su primera infancia con la
historia literaria y la historia verdadera de tan importante parcela de la
humanidad. En contra de lo que ahora se lleva, sólo la reiterada lectura y
escritura, individual y colectiva, junto con la habitual representación y
reinterpretación de los viejos y clásicos textos, puede encender y avivar en el
corazón de los europeos ese fuego que resulta absolutamente indispensable para
la confección de cualquier clase de los alimentos materiales o espirituales que
necesitan el cuerpo y el alma de las personas individuales y colectivas que
protagonizan el vivir de los humanos.
Lo griego y lo romano
Si repasamos la historia de Europa, aunque sea en líneas generales y con la
brevedad exigida por este medio, podremos darnos cuenta de que en su
construcción no han tenido el mismo papel ni la misma importancia cada uno de
los pueblos que la integran. Lo mismo puede decirse de sus diferentes culturas,
sea cual sea su origen y posterior expansión. Todos los historiadores están de
acuerdo, por ejemplo, en que el pueblo griego y la cultura helénica han influido
más y mejor en hacer Europa, tanto la vieja Europa como la Europa actual, que el
pueblo wikingo o la cultura eslava. No digamos nada respecto de lo que para
Europa han representado y representan Roma y lo romano.
¿Hacia oriente o hacia Poniente?
Para nuestra fortuna, y para los creyentes debido a la gracia Dios, los
helenos se sintieron más inclinados a expandirse hacia el nacimiento del día que
hacia su ocaso. Sin embargo, fue mucho más fructífero su encuentro con lo latino
que con lo asiático. En esta parte del mundo quedan muy pocos restos materiales,
y aún menos espirituales, de la presencia griega. Todo lo contrario sucede en
las tierras del oeste. No se comprende bien por qué el imperio de Alejandro
Magno, por ejemplo, apenas ha dejado huellas en Mesotopamia o en Egipto, y sí lo
hicieron las avanzadas comerciales en el otro extremo del Mediterráneo. Es
posible que la razón sea precisamente ésa: que en Ampurias o Marsella no tuvo
lugar tanto una aventura militar como una empresa comercial, pero el fundamental
motivo de que el mundo griego influyera en las riberas del Mare Nostrum, y más
tarde -hasta llegar a hoy- en el interior de las tierras del norte mediterráneo,
es que en ellas se encontró con Roma. De los primeros contactos comerciales se
pasó pronto a las normales disputas por la hegemonía política, y de ésta surgió
la mutua impregnación cultural que dio lugar al nacimiento del mundo
greco-latino. Añadamos ahora el último eslabón: fue en esta clase de tierras, a
las que Roma llegó cuando ya estaba helenizada, y más concretamente en lo que
hoy llamamos Palestina, donde el mundo de Zeus y Júpiter se enfrentó con otro de
raíces muy profundas y sustancialmente distinto -monoteísta, por ejemplo- que de
dominado en lo material pasó en no mucho tiempo a ser quien dominase en todo lo
espiritual.
El nacimiento del cristianismo
El cristianismo nació en Asia, pero dentro de Roma, una Roma helenizada.
Quizás por eso no se expandió hacia el Este con la misma facilidad e intensidad
que lo hizo hacia el Oeste. Pablo, ciudadano romano, lo cuenta en un capítulo de
los Hechos de los Apóstoles: el Espíritu Santo les había vetado predicar la
Palabra en la provincia de Asia; por eso atravesaron la Frigia y la Galazia,
llegaron a Misia y se dirigieron hacia la Bitinia, pero como el Espíritu de
Jesús no les permitió seguir adelante descendieron hacia Troade, donde Dios
inspiró a Pablo el partir cuanto antes hacia Macedonia. De esta manera -y por la
gracia divina, como dije en el párrafo anterior- lo que nació como un movimiento
religioso, un culto, asiático, tras un inicial y zigzagueante caminar por las
tierras del Asia Menor pasó a las de una incipiente Europa.
El nacimiento de Europa
No quiero decir con esto que Europa nace cuando Pablo de Tarso llega a
Macedonia. Reitero que a mi modo de ver Europa comienza a existir cuando el
pensamiento griego tropieza y se engarza con los criterios jurídico-políticos de
Roma. Lo que pretendo resaltar es que tras ese encuentro tuvo lugar otro más
trascendental: el del mundo helénico-romano con la nueva religión, inicialmente
judaica y desde ese mismo inicio vocacionalmente universal. Es muy posible que
otros cristianos hubieran llegado a Roma, ciudad o imperio, antes de que Pablo
comenzara a predicar en Grecia. Indudable es que mientras vivía Jesús y después
de su muerte hubo múltiples contactos entre sus discípulos y quienes mandaban en
Judea, pero el único testimonio histórico que tenemos sobre el comienzo de la
evangelización del «mundo civilizado» de entonces radica en los párrafos que nos
cuentan las andanzas de Pablo tras el concilio de Jerusalén.
El cristianismo en la creación y en la vida de Europa
Desde Macedonia, pues, y con las peripecias que recoge la historia del
cristianismo, éste penetra en la antigua Grecia y en la nueva Roma, para en lo
sucesivo acompañar de región en región a las legiones romanas hasta los más
remotos límites del continente europeo, de modo que las Sagradas Escrituras y su
espíritu van configurando la cultura y la mentalidad de los diferentes pueblos
hasta el punto de permanecer en ellos cuando por diversas circunstancias
históricas dejen de pertenecer al Imperio Romano. Es imposible, pues, desconocer
o menospreciar el papel y la importancia que el cristianismo ha tenido en la
formación y el incremento de la cultura y de la civilización europeas.
Concretamente, tanto el entendimiento y la práctica de la ética, como el de una
concepción general de la vida y del mundo, de la filosofía y la política, que
caracterizan a Europa y la diferencian de otras culturas y civilizaciones,
muestran bien a las claras que el cristianismo es uno de sus pilares
fundamentales. Un simple paseo por las calles de sus pueblos y ciudades, una
rápida visita a sus bibliotecas y museos, basta para comprobar hasta qué punto
el cristianismo ha inspirado a los arquitectos, pintores, escritores, músicos,
pensadores y maestros europeos durante más de catorce siglos. Incluso a partir
del siglo XVIII, cuando se inicia el laicismo, y hasta nuestros días, nadie en
su sano juicio se atreve a negar que el cristianismo -expandido desde Europa
hacia otras partes del mundo por varios pueblos sustancialmente cristianos- ha
seguido siendo carne, sangre y espíritu de este viejo continente.
Un futuro compartido
Esta es la visión del pasado de Europa. Debemos ahora hablar de su presente y
de su futuro, teniendo muy en cuenta que -como por otra parte le sucede a
cualquier otra persona, ya sea individual o colectiva- tanto el aprovechamiento
del hoy como el logro del mañana no dependen única y exclusivamente del número y
la calidad de sus valores propios o íntimos, sino que en ello también desempeñan
un papel muy importante los valores positivos y negativos del resto de personas
que con Europa comparten este momento histórico y este concreto mundo.
Vidas fragmentadas, inestables, heterogéneas...
Una de las primeras circunstancias que debemos tener presente a la hora de
pensar en el futuro de la Unión Europea es la que nos advierte de que en el
mundo de hoy -sobre todo en el que solemos considerar más avanzado o
desarrollado- la vida humana está cada vez más fragmentada y parcelizada. Cada
persona vive, si nos damos cuenta, en varios sitios o lugares, de modo
simultáneo, sucesivo o alterno. Todos vivimos en nuestra casa o en nuestro lugar
de residencia (hogar, municipio, región, nación) pero también allí donde
estudiamos (escuela, colegio, instituto, academia, universidad), donde nos
divertimos, donde trabajamos, etc., y ello supone para cada individuo una
curiosa e interesante dispersión de afectos además de un necesario reparto de
horarios, y para las personas colectivas el deber de atender del mejor modo
posible esta clase de circunstancias. Casi todos nosotros formamos parte, además
de nuestra familia, y según nuestras edades, de algún núcleo educativo o
laboral, de este o aquel club deportivo o simplemente lúdico, de tal o cual
partido político o sindicato, etc. Formamos parte de ellos y en consecuencia de
algún modo nos pertenecen y les pertenecemos. Son nuestros, al tiempo que somos
suyos, el curso y el centro en que estudiamos; el departamento, el taller o la
sección en que trabajamos; el sector o la clase social en que habitualmente nos
movemos; el pueblo o la ciudad que habitamos; la asociación en la que más o
menos voluntariamente ingresamos para pasar el rato o hacer algo positivo; el
grupo de amigos o la persona que hemos encontrado para vivir nuestro tiempo
libre... Es evidente que en el tercer mundo o en el mundo subdesarrollado no se
da con igual intensidad este conjunto de circunstancias. Las consecuencias son
que los africanos o los sudasiáticos viven con mayor profundidad y veracidad las
relaciones que tienen y mantienen, mientras que los europeos y los
norteamericanos estamos progresivamente instalados en una situación que no nos
permite vivir con la debida y conveniente intensidad ninguno de los núcleos
antes citados. Ello produce que nosotros crezcamos y nos desarrollemos en una
cada vez más grande y solitaria subjetividad, enfrentados a la responsabilidad
de pertenecer -al menos en apariencia- a múltiples «unidades de convivencia»,
algunas de las cuales se van alejando o desvaneciendo de nuestra realidad
cotidiana al mismo tiempo que otras se tornan incompatibles entre sí o producen
múltiples y crecientes fricciones y problemas. La experiencia nos demuestra que
en el mundo actual cada vez son más escasos los sitios y las ocasiones en que
puede vivirse un tipo de vida caracterizado por la estabilidad y la homogeneidad
de las relaciones personales, con lo que se produce una creciente fragmentación
y división de «vidas» y en consecuencia una vida fatigosa. Por eso una de las
características de la vida moderna es que todas las personas, pero sobre todo
las individuales, la protagonicen de un modo cada vez más nervioso, cansado,
cerrado, acuciado por la prisa, necesitado de estímulos y de frecuentes y
mayores excitaciones... Está claro que «la vida» y «el tiempo» se ven y se viven
de muy diferente manera en Europa que en el mundo menos desarrollado.
Agnosticismo e indiferentismo
La segunda circunstancia a considerar es que en este momento cada uno de los
europeos (y también cada uno de los norteamericanos) vive con más o menos
intensidad y casi al mismo tiempo distintos ambientes vitales, unos impregnados
o al menos recubiertos de esencias cristianas y otros marcados por el laicismo o
el indiferentismo. Eso quiere decir que todos los ciudadanos viven (o pueden
vivir) durante al menos una hora a la semana (la del precepto dominical) un
intenso ambiente de tradicionales vivencias religiosas, pero que están obligados
-les guste o no- a pasar muchas horas diarias en distintos ambientes
educacionales, laborales o de esparcimiento en los que suele ser normal no
escuchar el nombre de Dios ni la palabra divina, el que la vida se desarrolle al
margen de cualquier fe religiosa e incluso el que de una u otra forma se incite
a practicar pequeñas o grandes acciones contrarias -o al menos diferentes- de
las recomendadas por el cristianismo. A esto hemos de añadir que los medios de
comunicación social se acercan cada día un poco más a las exigencias del
agnosticismo y del indiferentismo. No parece, pues, exagerado decir que el
europeo creyente vive con la responsabilidad de afrontar varias veces al día el
paso de un ambiente al otro, lo que con toda evidencia le produce cierta
confusión espiritual y un determinado punto de adelgazamiento religioso. ¿Quiere
esto decir que Europa esté ya del todo secularizada o en progresiva y creciente
secularización? Nadie puede negar que este proceso viene produciéndose desde
hace más de cien años, y tampoco el que se haya intensificado y acelerado en el
último medio siglo, pero tampoco puede desconocerse que son muchas las porciones
de Europa, incluso naciones enteras, en las que el cristianismo prevalece sobre
cualquier otra clase de influencias o tendencias mientras que en toda ella
pueden observarse con facilidad y naturalidad huellas y residuos vitales de la
doctrina que predicó Cristo. Eso quiere decir que todos los europeos, lo
queramos o no, vivimos inmersos en un ambiente mixto, lo que causa a muchas
personas no pocas confusiones espirituales, no sólo de índole religiosa, que
incluso les llevan a cometer lamentables errores culturales y materiales.
Individualismo, eclecticismo y subjetivismo
La tercera circunstancia que debemos tener en cuenta a la hora de considerar
el futuro de Europa es que en los diferentes países que la componen, y en
distinto grado según su particular evolución histórica, se nota -como
consecuencia de la mixtura antes mencionada- un incremento del individualismo,
que lleva consigo un aumento del eclecticismo y del subjetivismo y por tanto una
disminución de las entregas vitales y totales a causas o labores colectivas.
Como es lógico y natural, el grado de adhesión y mílitancia depende también de
cuál sea la esencia o personalidad de dichas causas, pero el fenómeno abarca
desde las diferentes organizaciones religiosas o Iglesias (recordemos que en
Europa conviven -aunque con muy diferentes adscripciones e importancia social-
desde el simple animismo hasta el budismo, pasando por el islamismo y el
cristianismo, éste a su vez dividido con distintas cuantías entre católicos,
protestantes y ortodoxos) hasta los partidos políticos, los sindicatos y
cualquier otro tipo de entes colectivos de carácter cultural, recreativo, etc.
En todas esas «unidades de convivencia» podemos observar el mismo fenómeno: a
ellas pertenecen diversas clases de personas, que podemos situar en diferentes
categorías o niveles si las ponderamos en razón de su ligazón o compromiso con
tales «unidades». Con ánimo de simple descripción, que no incluye ninguna
valoración, podemos decir -utilizando la imagen humana como soporte- que en
todas ellas existe un considerable número de personas que son «la sangre» de
cada asociación, club o Iglesia, pues toman parte de modo regular, casi diríamos
cotidiano, en sus actividades singulares o específicas, hasta el punto de que
bien podemos considerarles impregnados del espíritu o razón de ser de dichas
organizaciones. Un número mayor de asociados forman el núcleo «nervioso» o
«muscular» de cada agrupación, pues participan con alguna regularidad en la vida
común y pagan fielmente las cuotas ordinarias o extraordinarias fijadas para
costear las necesidades derivadas de ella. otro número, menos cuantificable,
forma el grupo de los «simpáticos» o «afectivos», que se sienten de algún modo
ligados o al menos cercanos a esta o aquella asociación, pero que sólo la viven
de un modo marginal. Más difícil de cifrar es el número de quienes durante un
periodo más o menos largo de tiempo permanecieron siendo miembros de una
Iglesia, sindicato, partido, etc., viviendo tales organizaciones con la
intensidad antes descrita, pero las abandonaron más o menos pronto. Por último,
también existe el grupo o sector de quienes no han tenido nunca ninguna relación
con esta o aquella colectividad, ni quieren tenerla nunca o al menos por el
momento. Es evidente que la anterior clasificación de miembros no tiene la misma
importancia para todas las «unidades de convivencia», tan evidente como que
tiene mucha para algunas de ellas, entre las cuales debemos situar en primer
lugar a los sindicatos, los partidos y sobre todo las Iglesias. Está claro que
en Europa conviven muy diversas formas o tipologías de estas últimas
organizaciones, pero cada una de ellas –sea sinagoga, mezquita, parroquia
(católica, ortodoxa, protestante), etc.- tiene un común denominador, que es el
de observar cómo sus feligreses o adheridos lo son cada día más en formas de
pertenencia parciales o secundarias, al tiempo que la vida religiosa tropieza
con un creciente subjetivismo y eclecticismo. Este fenómeno también afecta a los
partidos y sindicatos, pero con menos fuerza y trascendencia.
Separación y distanciamiento social
Un cuarto aspecto podemos señalar como signo distintivo de la nueva Europa.
Es el que nos advierte en qué medida se incrementan las diferencias sociales
entre sus habitantes cuando mejora su nivel general de vida y la comunidad se
hace más rica. No se necesita saber mucha economía política o social para tener
la certeza de que la Europa de hoy tiene muchas más riquezas que la de siglos
anteriores, así como que la diferencia existente entre el modo de vivir de
Felipe II o Carlos I ó V, y el de sus más humildes súbditos, según podemos
comprobar viendo sus respectivas residencias en El Escorial o en Yuste, no tiene
punto de comparación con la que existe entre el de cualquiera de los millonarios
actuales y el de uno de sus conciudadanos medios, no digamos nada de la que
separa las formas de vida del número uno de cualquier nación occidental y la de
sus indigentes. Es evidente que cualquier ciudadano europeo de este siglo XXI es
muchísimo más rico, en casi todos los aspectos de su vida, que cualquiera de sus
antepasados; tan evidente como que éstos vivían más «cercanos» o «próximos»
entre sí y con relación a sus «superiores». Hoy es moneda corriente decir que
gracias al capitalismo y la democracia se han enriquecido tanto las naciones
como los ciudadanos, y eso es cierto, pero también lo es el que a esos mismos
factores debe achacárseles la responsabilidad de las tremendas e injustas
distancias existentes entre el común de los mortales y la pequeña minoría de
superprivilegiados que integran las oligarquías políticas, económicas y sociales
de la Unión y de sus miembros. El mismo fenómeno puede y debe señalarse como
algo vigente y doliente respecto de las formas de vida africanas, asiáticas,
iberoamericanas u oceánicas.
Diálogo, cooperación, convivencia, guetos, roces, choques...
Por último, un origen mucho más reciente tiene «la invasión» de Europa por
minorías -cada día más numerosas- de personas nacidas y criadas en otras
regiones y culturas, predominantemente africanas y asiáticas y sobre todo de
religión musulmana. Es verdad que este hecho ha servido a lo largo del último
cuarto de siglo como factor de progreso económico, social y cultural de nuestra
Unión, puesto que de alguna manera ha forzado indispensable diálogo entre
colectividades y personas, pero también lo es que cada día se pone más a prueba
la capacidad de convivencia, colaboración y mutuo respeto existente entre
quienes son miembros de diferentes culturas y religiones, al objeto tanto de
acrecentar los valores comunes ya existentes e incluso de crear otros nuevos
como el de evitar la aparición o el fortalecimiento de «cuarteles» o «guetos»
que pueden derivar hacia crecientes y peligrosos roces y choques de culturas o
religiones.
Estilo de vida, creencias, coherencia, futuro
La consideración de estos cinco aspectos puede y debe servirnos para
orientarnos en torno hacia dónde está el futuro de Europa y cuál ha de ser
nuestra actitud al respecto. Parece claro que cuantos nos preciamos de ser
católicos hemos de tener muy en cuenta las advertencias que -con muy diferentes
motivos- nos viene haciendo desde hace años el magisterio del Papa Juan Pablo II.
Los discípulos de Cristo hemos de ver a quienes tienen otras convicciones como
hermanos y hermanas dignos y necesitados de respeto y claro diálogo. Para
acercarnos al logro de una auténtica unión europea es preciso irnos aproximando
a la unidad de su espíritu. Ante la multiplicación de tantas corrientes
intelectuales como produce nuestra común civilización, ante la creciente
diversidad de concesiones que el hombre moderno hace a su vocación o a su
capricho, y ante las también crecientes desilusiones derivadas de aquéllas y
éstas, resulta absolutamente necesario que los europeos cristianos fortalezcamos
al máximo nuestro estilo de vida y nuestras radicales creencias, junto a una
firme y elegante coherencia entre la fe que decimos profesar y la vida que
hacemos, al objeto de que cuando presentemos nuestra capacidad de apertura, de
diálogo y de valorización del diferente, del opuesto y del adversario, no pueda
tomársenos como signo de indiferencia o entrega sino como señal de un profundo
convencimiento de que el futuro de Europa, nuestro común futuro, será un futuro
de colaboración y de paz si entre todos acertamos a respetar y desarrollar sus
íntimas y profundas raíces cristianas, es decir, auténticamente liberales y
sociales.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo?
La gran cuestión, que por fuerza hemos de plantear y no resolver en este
momento, puede reducirse a estas dos preguntas: ¿cómo podemos recorrer tan arduo
camino los europeos cristianos, y dentro de ellos los cristianos españoles?;
¿cómo debemos actuar en política -interna e internacional- para que el resto de
nuestros compatriotas y los demás europeos se den cuenta de que estamos viviendo
con autenticidad nuestros valores, expresándolos así de un modo comprensible y
eficaz en un mundo como el actual, tan difícil y agitado?
[1] Antonio Castro Villacañas es abogado y
periodista.