Altar Mayor - Nº 97 (22)
Fecha Tuesday, 18 January a las 12:14:51
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

EUROPA Y SU FUTURO
Por Antonio Castro Villacañas [1]

La construcción de Europa

Me alegra poder participar en el trabajo colectivo que esta revista dedica a uno de los pocos temas que en el momento actual tienen verdadera importancia política. Me refiero, claro está, al problema de la construcción de Europa, y más en concreto a la acción política necesaria para llevarla a cabo. Mí aportación se limita a señalar la importancia del cristianismo en el nacimiento, la juventud y la madurez de esa realidad histórica y cultural que desde tiempo inmemorial se conoce con el nombre de la joven raptada por Zeus. Este mítico suceso me hace pensar que los hombres y las mujeres europeas, sobre todo los jóvenes, deberían estar familiarizados desde su primera infancia con la historia literaria y la historia verdadera de tan importante parcela de la humanidad. En contra de lo que ahora se lleva, sólo la reiterada lectura y escritura, individual y colectiva, junto con la habitual representación y reinterpretación de los viejos y clásicos textos, puede encender y avivar en el corazón de los europeos ese fuego que resulta absolutamente indispensable para la confección de cualquier clase de los alimentos materiales o espirituales que necesitan el cuerpo y el alma de las personas individuales y colectivas que protagonizan el vivir de los humanos.
 

Lo griego y lo romano

Si repasamos la historia de Europa, aunque sea en líneas generales y con la brevedad exigida por este medio, podremos darnos cuenta de que en su construcción no han tenido el mismo papel ni la misma importancia cada uno de los pueblos que la integran. Lo mismo puede decirse de sus diferentes culturas, sea cual sea su origen y posterior expansión. Todos los historiadores están de acuerdo, por ejemplo, en que el pueblo griego y la cultura helénica han influido más y mejor en hacer Europa, tanto la vieja Europa como la Europa actual, que el pueblo wikingo o la cultura eslava. No digamos nada respecto de lo que para Europa han representado y representan Roma y lo romano.
 

¿Hacia oriente o hacia Poniente?

Para nuestra fortuna, y para los creyentes debido a la gracia Dios, los helenos se sintieron más inclinados a expandirse hacia el nacimiento del día que hacia su ocaso. Sin embargo, fue mucho más fructífero su encuentro con lo latino que con lo asiático. En esta parte del mundo quedan muy pocos restos materiales, y aún menos espirituales, de la presencia griega. Todo lo contrario sucede en las tierras del oeste. No se comprende bien por qué el imperio de Alejandro Magno, por ejemplo, apenas ha dejado huellas en Mesotopamia o en Egipto, y sí lo hicieron las avanzadas comerciales en el otro extremo del Mediterráneo. Es posible que la razón sea precisamente ésa: que en Ampurias o Marsella no tuvo lugar tanto una aventura militar como una empresa comercial, pero el fundamental motivo de que el mundo griego influyera en las riberas del Mare Nostrum, y más tarde -hasta llegar a hoy- en el interior de las tierras del norte mediterráneo, es que en ellas se encontró con Roma. De los primeros contactos comerciales se pasó pronto a las normales disputas por la hegemonía política, y de ésta surgió la mutua impregnación cultural que dio lugar al nacimiento del mundo greco-latino. Añadamos ahora el último eslabón: fue en esta clase de tierras, a las que Roma llegó cuando ya estaba helenizada, y más concretamente en lo que hoy llamamos Palestina, donde el mundo de Zeus y Júpiter se enfrentó con otro de raíces muy profundas y sustancialmente distinto -monoteísta, por ejemplo- que de dominado en lo material pasó en no mucho tiempo a ser quien dominase en todo lo espiritual.
 

El nacimiento del cristianismo

El cristianismo nació en Asia, pero dentro de Roma, una Roma helenizada. Quizás por eso no se expandió hacia el Este con la misma facilidad e intensidad que lo hizo hacia el Oeste. Pablo, ciudadano romano, lo cuenta en un capítulo de los Hechos de los Apóstoles: el Espíritu Santo les había vetado predicar la Palabra en la provincia de Asia; por eso atravesaron la Frigia y la Galazia, llegaron a Misia y se dirigieron hacia la Bitinia, pero como el Espíritu de Jesús no les permitió seguir adelante descendieron hacia Troade, donde Dios inspiró a Pablo el partir cuanto antes hacia Macedonia. De esta manera -y por la gracia divina, como dije en el párrafo anterior- lo que nació como un movimiento religioso, un culto, asiático, tras un inicial y zigzagueante caminar por las tierras del Asia Menor pasó a las de una incipiente Europa.
 

El nacimiento de Europa

No quiero decir con esto que Europa nace cuando Pablo de Tarso llega a Macedonia. Reitero que a mi modo de ver Europa comienza a existir cuando el pensamiento griego tropieza y se engarza con los criterios jurídico-políticos de Roma. Lo que pretendo resaltar es que tras ese encuentro tuvo lugar otro más trascendental: el del mundo helénico-romano con la nueva religión, inicialmente judaica y desde ese mismo inicio vocacionalmente universal. Es muy posible que otros cristianos hubieran llegado a Roma, ciudad o imperio, antes de que Pablo comenzara a predicar en Grecia. Indudable es que mientras vivía Jesús y después de su muerte hubo múltiples contactos entre sus discípulos y quienes mandaban en Judea, pero el único testimonio histórico que tenemos sobre el comienzo de la evangelización del «mundo civilizado» de entonces radica en los párrafos que nos cuentan las andanzas de Pablo tras el concilio de Jerusalén.
 

El cristianismo en la creación y en la vida de Europa

Desde Macedonia, pues, y con las peripecias que recoge la historia del cristianismo, éste penetra en la antigua Grecia y en la nueva Roma, para en lo sucesivo acompañar de región en región a las legiones romanas hasta los más remotos límites del continente europeo, de modo que las Sagradas Escrituras y su espíritu van configurando la cultura y la mentalidad de los diferentes pueblos hasta el punto de permanecer en ellos cuando por diversas circunstancias históricas dejen de pertenecer al Imperio Romano. Es imposible, pues, desconocer o menospreciar el papel y la importancia que el cristianismo ha tenido en la formación y el incremento de la cultura y de la civilización europeas. Concretamente, tanto el entendimiento y la práctica de la ética, como el de una concepción general de la vida y del mundo, de la filosofía y la política, que caracterizan a Europa y la diferencian de otras culturas y civilizaciones, muestran bien a las claras que el cristianismo es uno de sus pilares fundamentales. Un simple paseo por las calles de sus pueblos y ciudades, una rápida visita a sus bibliotecas y museos, basta para comprobar hasta qué punto el cristianismo ha inspirado a los arquitectos, pintores, escritores, músicos, pensadores y maestros europeos durante más de catorce siglos. Incluso a partir del siglo XVIII, cuando se inicia el laicismo, y hasta nuestros días, nadie en su sano juicio se atreve a negar que el cristianismo -expandido desde Europa hacia otras partes del mundo por varios pueblos sustancialmente cristianos- ha seguido siendo carne, sangre y espíritu de este viejo continente.
 

Un futuro compartido

Esta es la visión del pasado de Europa. Debemos ahora hablar de su presente y de su futuro, teniendo muy en cuenta que -como por otra parte le sucede a cualquier otra persona, ya sea individual o colectiva- tanto el aprovechamiento del hoy como el logro del mañana no dependen única y exclusivamente del número y la calidad de sus valores propios o íntimos, sino que en ello también desempeñan un papel muy importante los valores positivos y negativos del resto de personas que con Europa comparten este momento histórico y este concreto mundo.
 

Vidas fragmentadas, inestables, heterogéneas...

Una de las primeras circunstancias que debemos tener presente a la hora de pensar en el futuro de la Unión Europea es la que nos advierte de que en el mundo de hoy -sobre todo en el que solemos considerar más avanzado o desarrollado- la vida humana está cada vez más fragmentada y parcelizada. Cada persona vive, si nos damos cuenta, en varios sitios o lugares, de modo simultáneo, sucesivo o alterno. Todos vivimos en nuestra casa o en nuestro lugar de residencia (hogar, municipio, región, nación) pero también allí donde estudiamos (escuela, colegio, instituto, academia, universidad), donde nos divertimos, donde trabajamos, etc., y ello supone para cada individuo una curiosa e interesante dispersión de afectos además de un necesario reparto de horarios, y para las personas colectivas el deber de atender del mejor modo posible esta clase de circunstancias. Casi todos nosotros formamos parte, además de nuestra familia, y según nuestras edades, de algún núcleo educativo o laboral, de este o aquel club deportivo o simplemente lúdico, de tal o cual partido político o sindicato, etc. Formamos parte de ellos y en consecuencia de algún modo nos pertenecen y les pertenecemos. Son nuestros, al tiempo que somos suyos, el curso y el centro en que estudiamos; el departamento, el taller o la sección en que trabajamos; el sector o la clase social en que habitualmente nos movemos; el pueblo o la ciudad que habitamos; la asociación en la que más o menos voluntariamente ingresamos para pasar el rato o hacer algo positivo; el grupo de amigos o la persona que hemos encontrado para vivir nuestro tiempo libre... Es evidente que en el tercer mundo o en el mundo subdesarrollado no se da con igual intensidad este conjunto de circunstancias. Las consecuencias son que los africanos o los sudasiáticos viven con mayor profundidad y veracidad las relaciones que tienen y mantienen, mientras que los europeos y los norteamericanos estamos progresivamente instalados en una situación que no nos permite vivir con la debida y conveniente intensidad ninguno de los núcleos antes citados. Ello produce que nosotros crezcamos y nos desarrollemos en una cada vez más grande y solitaria subjetividad, enfrentados a la responsabilidad de pertenecer -al menos en apariencia- a múltiples «unidades de convivencia», algunas de las cuales se van alejando o desvaneciendo de nuestra realidad cotidiana al mismo tiempo que otras se tornan incompatibles entre sí o producen múltiples y crecientes fricciones y problemas. La experiencia nos demuestra que en el mundo actual cada vez son más escasos los sitios y las ocasiones en que puede vivirse un tipo de vida caracterizado por la estabilidad y la homogeneidad de las relaciones personales, con lo que se produce una creciente fragmentación y división de «vidas» y en consecuencia una vida fatigosa. Por eso una de las características de la vida moderna es que todas las personas, pero sobre todo las individuales, la protagonicen de un modo cada vez más nervioso, cansado, cerrado, acuciado por la prisa, necesitado de estímulos y de frecuentes y mayores excitaciones... Está claro que «la vida» y «el tiempo» se ven y se viven de muy diferente manera en Europa que en el mundo menos desarrollado.
 

Agnosticismo e indiferentismo

La segunda circunstancia a considerar es que en este momento cada uno de los europeos (y también cada uno de los norteamericanos) vive con más o menos intensidad y casi al mismo tiempo distintos ambientes vitales, unos impregnados o al menos recubiertos de esencias cristianas y otros marcados por el laicismo o el indiferentismo. Eso quiere decir que todos los ciudadanos viven (o pueden vivir) durante al menos una hora a la semana (la del precepto dominical) un intenso ambiente de tradicionales vivencias religiosas, pero que están obligados -les guste o no- a pasar muchas horas diarias en distintos ambientes educacionales, laborales o de esparcimiento en los que suele ser normal no escuchar el nombre de Dios ni la palabra divina, el que la vida se desarrolle al margen de cualquier fe religiosa e incluso el que de una u otra forma se incite a practicar pequeñas o grandes acciones contrarias -o al menos diferentes- de las recomendadas por el cristianismo. A esto hemos de añadir que los medios de comunicación social se acercan cada día un poco más a las exigencias del agnosticismo y del indiferentismo. No parece, pues, exagerado decir que el europeo creyente vive con la responsabilidad de afrontar varias veces al día el paso de un ambiente al otro, lo que con toda evidencia le produce cierta confusión espiritual y un determinado punto de adelgazamiento religioso. ¿Quiere esto decir que Europa esté ya del todo secularizada o en progresiva y creciente secularización? Nadie puede negar que este proceso viene produciéndose desde hace más de cien años, y tampoco el que se haya intensificado y acelerado en el último medio siglo, pero tampoco puede desconocerse que son muchas las porciones de Europa, incluso naciones enteras, en las que el cristianismo prevalece sobre cualquier otra clase de influencias o tendencias mientras que en toda ella pueden observarse con facilidad y naturalidad huellas y residuos vitales de la doctrina que predicó Cristo. Eso quiere decir que todos los europeos, lo queramos o no, vivimos inmersos en un ambiente mixto, lo que causa a muchas personas no pocas confusiones espirituales, no sólo de índole religiosa, que incluso les llevan a cometer lamentables errores culturales y materiales.
 

Individualismo, eclecticismo y subjetivismo

La tercera circunstancia que debemos tener en cuenta a la hora de considerar el futuro de Europa es que en los diferentes países que la componen, y en distinto grado según su particular evolución histórica, se nota -como consecuencia de la mixtura antes mencionada- un incremento del individualismo, que lleva consigo un aumento del eclecticismo y del subjetivismo y por tanto una disminución de las entregas vitales y totales a causas o labores colectivas. Como es lógico y natural, el grado de adhesión y mílitancia depende también de cuál sea la esencia o personalidad de dichas causas, pero el fenómeno abarca desde las diferentes organizaciones religiosas o Iglesias (recordemos que en Europa conviven -aunque con muy diferentes adscripciones e importancia social- desde el simple animismo hasta el budismo, pasando por el islamismo y el cristianismo, éste a su vez dividido con distintas cuantías entre católicos, protestantes y ortodoxos) hasta los partidos políticos, los sindicatos y cualquier otro tipo de entes colectivos de carácter cultural, recreativo, etc. En todas esas «unidades de convivencia» podemos observar el mismo fenómeno: a ellas pertenecen diversas clases de personas, que podemos situar en diferentes categorías o niveles si las ponderamos en razón de su ligazón o compromiso con tales «unidades». Con ánimo de simple descripción, que no incluye ninguna valoración, podemos decir -utilizando la imagen humana como soporte- que en todas ellas existe un considerable número de personas que son «la sangre» de cada asociación, club o Iglesia, pues toman parte de modo regular, casi diríamos cotidiano, en sus actividades singulares o específicas, hasta el punto de que bien podemos considerarles impregnados del espíritu o razón de ser de dichas organizaciones. Un número mayor de asociados forman el núcleo «nervioso» o «muscular» de cada agrupación, pues participan con alguna regularidad en la vida común y pagan fielmente las cuotas ordinarias o extraordinarias fijadas para costear las necesidades derivadas de ella. otro número, menos cuantificable, forma el grupo de los «simpáticos» o «afectivos», que se sienten de algún modo ligados o al menos cercanos a esta o aquella asociación, pero que sólo la viven de un modo marginal. Más difícil de cifrar es el número de quienes durante un periodo más o menos largo de tiempo permanecieron siendo miembros de una Iglesia, sindicato, partido, etc., viviendo tales organizaciones con la intensidad antes descrita, pero las abandonaron más o menos pronto. Por último, también existe el grupo o sector de quienes no han tenido nunca ninguna relación con esta o aquella colectividad, ni quieren tenerla nunca o al menos por el momento. Es evidente que la anterior clasificación de miembros no tiene la misma importancia para todas las «unidades de convivencia», tan evidente como que tiene mucha para algunas de ellas, entre las cuales debemos situar en primer lugar a los sindicatos, los partidos y sobre todo las Iglesias. Está claro que en Europa conviven muy diversas formas o tipologías de estas últimas organizaciones, pero cada una de ellas –sea sinagoga, mezquita, parroquia (católica, ortodoxa, protestante), etc.- tiene un común denominador, que es el de observar cómo sus feligreses o adheridos lo son cada día más en formas de pertenencia parciales o secundarias, al tiempo que la vida religiosa tropieza con un creciente subjetivismo y eclecticismo. Este fenómeno también afecta a los partidos y sindicatos, pero con menos fuerza y trascendencia.
 

Separación y distanciamiento social

Un cuarto aspecto podemos señalar como signo distintivo de la nueva Europa. Es el que nos advierte en qué medida se incrementan las diferencias sociales entre sus habitantes cuando mejora su nivel general de vida y la comunidad se hace más rica. No se necesita saber mucha economía política o social para tener la certeza de que la Europa de hoy tiene muchas más riquezas que la de siglos anteriores, así como que la diferencia existente entre el modo de vivir de Felipe II o Carlos I ó V, y el de sus más humildes súbditos, según podemos comprobar viendo sus respectivas residencias en El Escorial o en Yuste, no tiene punto de comparación con la que existe entre el de cualquiera de los millonarios actuales y el de uno de sus conciudadanos medios, no digamos nada de la que separa las formas de vida del número uno de cualquier nación occidental y la de sus indigentes. Es evidente que cualquier ciudadano europeo de este siglo XXI es muchísimo más rico, en casi todos los aspectos de su vida, que cualquiera de sus antepasados; tan evidente como que éstos vivían más «cercanos» o «próximos» entre sí y con relación a sus «superiores». Hoy es moneda corriente decir que gracias al capitalismo y la democracia se han enriquecido tanto las naciones como los ciudadanos, y eso es cierto, pero también lo es el que a esos mismos factores debe achacárseles la responsabilidad de las tremendas e injustas distancias existentes entre el común de los mortales y la pequeña minoría de superprivilegiados que integran las oligarquías políticas, económicas y sociales de la Unión y de sus miembros. El mismo fenómeno puede y debe señalarse como algo vigente y doliente respecto de las formas de vida africanas, asiáticas, iberoamericanas u oceánicas.
 

Diálogo, cooperación, convivencia, guetos, roces, choques...

Por último, un origen mucho más reciente tiene «la invasión» de Europa por minorías -cada día más numerosas- de personas nacidas y criadas en otras regiones y culturas, predominantemente africanas y asiáticas y sobre todo de religión musulmana. Es verdad que este hecho ha servido a lo largo del último cuarto de siglo como factor de progreso económico, social y cultural de nuestra Unión, puesto que de alguna manera ha forzado indispensable diálogo entre colectividades y personas, pero también lo es que cada día se pone más a prueba la capacidad de convivencia, colaboración y mutuo respeto existente entre quienes son miembros de diferentes culturas y religiones, al objeto tanto de acrecentar los valores comunes ya existentes e incluso de crear otros nuevos como el de evitar la aparición o el fortalecimiento de «cuarteles» o «guetos» que pueden derivar hacia crecientes y peligrosos roces y choques de culturas o religiones.
 

Estilo de vida, creencias, coherencia, futuro

La consideración de estos cinco aspectos puede y debe servirnos para orientarnos en torno hacia dónde está el futuro de Europa y cuál ha de ser nuestra actitud al respecto. Parece claro que cuantos nos preciamos de ser católicos hemos de tener muy en cuenta las advertencias que -con muy diferentes motivos- nos viene haciendo desde hace años el magisterio del Papa Juan Pablo II. Los discípulos de Cristo hemos de ver a quienes tienen otras convicciones como hermanos y hermanas dignos y necesitados de respeto y claro diálogo. Para acercarnos al logro de una auténtica unión europea es preciso irnos aproximando a la unidad de su espíritu. Ante la multiplicación de tantas corrientes intelectuales como produce nuestra común civilización, ante la creciente diversidad de concesiones que el hombre moderno hace a su vocación o a su capricho, y ante las también crecientes desilusiones derivadas de aquéllas y éstas, resulta absolutamente necesario que los europeos cristianos fortalezcamos al máximo nuestro estilo de vida y nuestras radicales creencias, junto a una firme y elegante coherencia entre la fe que decimos profesar y la vida que hacemos, al objeto de que cuando presentemos nuestra capacidad de apertura, de diálogo y de valorización del diferente, del opuesto y del adversario, no pueda tomársenos como signo de indiferencia o entrega sino como señal de un profundo convencimiento de que el futuro de Europa, nuestro común futuro, será un futuro de colaboración y de paz si entre todos acertamos a respetar y desarrollar sus íntimas y profundas raíces cristianas, es decir, auténticamente liberales y sociales.
 

¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo?

La gran cuestión, que por fuerza hemos de plantear y no resolver en este momento, puede reducirse a estas dos preguntas: ¿cómo podemos recorrer tan arduo camino los europeos cristianos, y dentro de ellos los cristianos españoles?; ¿cómo debemos actuar en política -interna e internacional- para que el resto de nuestros compatriotas y los demás europeos se den cuenta de que estamos viviendo con autenticidad nuestros valores, expresándolos así de un modo comprensible y eficaz en un mundo como el actual, tan difícil y agitado?



[1] Antonio Castro Villacañas es abogado y periodista.









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