Altar Mayor - Nº 97 (21)
Fecha Tuesday, 18 January a las 12:32:24
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

RECOPILACIÓN DE LA CULTURA: EL PARTO DE EUROPA
Por Florencio Arnán y Lombarte [1]

San Benito que vivió el fin de la antigüedad hace la salvaguardia de la herencia que esta antigüedad ha transmitido al hombre europeo y a la Humanidad. Simultáneamente está en el umbral de los tiempos nuevos, en los albores de esa Europa que nacía entonces, del crisol de las migraciones de nuevos pueblos. Y abraza también con su espíritu a la Europa del futuro. No sólo en el silencio de las bibliotecas benedictinas y en los scriptoria nacen y se conservan las obras de la cultura espiritual, sino que en torno a las abadías se forman también centros activos del trabajo, en especial el de los campos; así se desarrollan el ingenio y la capacidad humana, que constituyen la levadura del gran proceso de la civilización [2].

Si entendemos, con el diccionario, que recopilación es el resumen breve de una obra, y que cultura es un conjunto de acciones tendentes al mejoramiento de las actividades físicas, intelectuales y morales del hombre, la recopilación de la cultura, que nos titula estas consideraciones, puede sintetizarse en una frase: el parto de Europa. Anotamos y añadimos al anterior texto del Papa Wojtila: el «ingenio» y la «capacidad» humanas en su triple vertiente física, intelectual y moral.

Con parecidas notas y haciendo referencia al fin del prolongado proceso de separación de la «nueva» sociedad secular del seno de la Iglesia, que sitúa en el pensamiento cartesiano, nos comenta Toynbee: «El maravilloso y monstruoso aparato de la técnica occidental seguía siendo visiblemente un producto secundario del monaquismo cristiano occidental. El fundamento psicológico de este enorme edificio material era la creencia en el deber y la dignidad del trabajo físico, laborare est orare. Esta revolucionaria actitud, que se apartaba de la concepción helénica del trabajo, al que se consideraba vulgar y servil, nunca habría triunfado si la regla de San Benito no la hubiera consagrado. Fundándose en esta base inmaterial, la Orden. Benedictina creó los fundamentos agrícolas de la vida económica de Occidente y tales fundamentos dieron a la Orden Cisterciense una base para crear la superestructura industrial, que erigió con su actividad inteligentemente orientada, hasta que la avidez, que esta Torre de Babel construida por monjes, suscitada en el corazón de los seglares, alcanzó un punto en el cual aquellos ya no podían continuar interviniendo» [3]. Estas apreciaciones nos hacen vislumbrar con su autor conclusiones, cuya importancia histórica sería fácil deducir: los principios socioeconómicos de Europa y, por ello, de la civilización occidental, derivan del contenido de la regula. Nada menos que los sistemas económicos occidentales, entre ellos el capitalismo y el comunismo, podrían encontrar su última ratio en los textos de San Benito.

El concepto de Europa, tan claro para nosotros como noción geográfica -del Atlántico a los Urales- se nos difumina en lo cultural, en lo artístico, en lo intelectual y lo enmascaramos con la denominación de civilización occidental.

Pero la Orden Benedictina, en sus inicios, en esa etapa en la que la hemos denominado hilo conductor de la historia socioeconómica de Europa, ha tenido, desde nuestra perspectiva cultural, un concepto claro, un rumbo preciso: la conservación del patrimonio greco-latino-eclesiástico y la asimilación, en lo posible, de las peculiaridades tribales o regionales. Hablar de naciones en esas épocas es harto difícil. El lento proceso de las naciones, tal como hoy día lo entendemos, es muy posterior. Primero fue una Europa. Superadas a las puertas del siglo XXI las actuales y casi insalvables dificultades, se intuye otra Europa.

La historia no presenta un conjunto de hechos aislados, dice Lucien Febvre, conocido historiador del libro [4]. Organiza los hechos. Los explica y para explicarlos, presenta unas series a las que no presta una atención idéntica. En función de las necesidades presentes, disminuyéndolos o no, cosecha los acontecimientos, para luego agrupar el pasado. En función de la vida, se interroga a la muerte.

Con esta perspectiva, creemos que para seguir este rumbo hacia Europa, la Orden Benedictina ha cubierto distintas e importantes etapas.
 

Primera etapa cultural europeo-benedictina

La primera de ellas, la expansión de la regula, iniciada en realidad por el Pontífice Gregorio el Magno, con sus disposiciones, con sus escritos y con el envío de sus monjes a la lejana tierra de los angli -non angli, sed angeli- nos dice la leyenda-, en los confines del Imperio.

Ciento quince años antes de la elevación al solio pontificio del monje benedictino Gregorio, el primer «servus servorum Dei» [5] había sucedido lo que las crónicas nos refieren como el fin del Imperio Romano de Occidente: la deposición de Rómulo Augústulo. Pero este hecho, de existir una prensa de la época, no hubiera merecido más que unas líneas del cronista. Se trataba de un suceso sin aparente importancia, de la unificación administrativa del gobierno imperial. La causa real de este hecho se producía años atrás, en medio de la marabunta de «pronunciamientos» de la época.

Uno de sus antecesores, el emperador Antemio (467-472) había perdido el dominio naval de «su» Mediterráneo: el Tirreno y los mares de Sicilia, a manos de los vándalos, pese al largo millar de naves que, desde Constantinopla, había enviado el emperador bizantino León, en un último esfuerzo para restablecer en el mar, frente a los bárbaros, la autoridad imperial romana. El intento marítimo había fracasado. En tierra firme, la milicia y buena parte de la administración civil habían desaparecido años antes de sus manos. Este fue el inicio del progresivo y definitivo declive de la Roma imperial, declive lento, de años y aún de siglos, casi en un régimen de transición consensuada. Los propios actores desconocían el argumento de la tragedia y el fin de la obra.

Antemio muere asesinado por el partido de los terratenientes y le suceden vertiginosamente, Olibrio, Glicerio y Julio Nepote. Un bárbaro panonio, antiguo compañero de Atila, proclama emperador al hijo de este último, Rómulo Augústulo, que cierra la relación de sucesores de Augusto en Occidente.

En realidad los nuevos pueblos, los bárbaros, ya dominaban el Imperio y se habían impuesto a la decadente aristocracia romana. El gesto de Odoacro, al destronar a Rómulo Augústulo, sólo supone que el poder efectivo es ejercido desde entonces real y nominalmente por un bárbaro hereje arriano, que, consciente de sus específicos condicionantes como tal, tiene un gesto político sorprendente y audaz, al proclamar la total unidad del Imperio, reconociendo como único emperador al bizantino Zenón, al que remite las insignias imperiales.

Desde Bizancio, sólo se contempla lo jurídico de la situación, sin tener en cuenta su alcance real. Y con agradecimiento se nombra a Odoacro patricio y administrador de Italia, pasando a ser, sólo de derecho, vasallo de Constantinopla. El rey de los hérulos y el rey de los burgundios, que le precedió en el gesto, eran ya súbditos del único emperador: el bizantino. Y aquí paz y después gloria. Se trataba, ni más ni menos, de una de tantas miopías históricas.

La Iglesia, en este momento, ya sobrepasaba territorialmente al Imperio. Y su influencia moral era aún mayor que la del Imperio. Recuérdese el encuentro del Papa León Magno y el Rey Atila y de su reflejo en la historia benedictina con el encuentro entre el Patriarca Benito y el rey Totila. Desde entonces inicia su empeño de unidad eclesial, intentando primero imponer la ortodoxia de la fe a los pueblos arrianos. En su momento, la conversión de Clodoveo supondrá un paso importante.

El sometimiento de los funcionarios imperiales a la vigilancia de los obispos, por decreto de Justiniano, en el año 554, los inició en un poder temporal que no abandonarán a lo largo de siglos, ejercido en forma expresa a lo largo de la Edad Media, y continuado hoy en día por dos minúsculos estados: la Ciudad del Vaticano y el Principado de Andorra, con características bien distintas pero con un origen común: el poder temporal del Obispo de Roma, y el poder temporal del Obispo de Urgel [6].

Gregorio Magno asume la defensa de Roma frente a los lombardos, con el asentimiento bizantino, incapaz ya de acudir en su ayuda, y se convierte de potencial en activo ejerciente de poder en la península itálica.

Con las fundaciones benedictinas en Inglaterra, con la extensión de la regula, Gregorio Magno inicia la formación de un pacifico ejército de monjes que irán dilatando los confines del poder pontificio, por encima de los límites del Imperio, y situando nuevas posiciones, auténticos castillos, los monasterios, en el mundo bárbaro, ya que de Inglaterra salen los Bonifacios y los Wilibrordos a la conquista de la Germania, de la Frisia y de los países nórdicos. Estos ejércitos monacales, merced a su sometimiento a la regula, expanden el latín y la liturgia romana, la cultura greco-latino-eclesiástica y no las costumbres célticas de los monjes irlandeses o las costumbres visigodas de los monjes mozárabes.

«La voluntad de Dios, dice Toynbee, está prácticamente expresada en la rectitud de los anhelos sociales de las sociedades seculares; y quienes alcanzan con más éxito estos ideales temporales son los que aspiran no a esos ideales como fines en sí mismos, sino a algo superior. Dos ejemplos clásicos de las operaciones de esta ley fueron las obras de San Benito y del papa Gregorio Magno. Estas dos santas almas tendían a la finalidad espiritual de promover la vida monástica en Occidente. Con todo, como productos accesorios de su obra, estos dos mundanales hombres de acción llevaron a cabo prodigios económicos que estaban fuera del alcance de las facultades de los estadistas seculares» [7].

Agustín de Canterbury, el enviado de Gregorio Magno, inicia desde Inglaterra un nuevo concepto de monasterio, la abadía benedictina, que va a ser modelo del futuro, con su cultivo de los clásicos, con sus escuelas y sus scriptoria, con su derecho romano-canónico. Se trata, en suma, de la recopilación de la cultura latina, forma occidental de la clásica cultura greco-oriental.

Estas abadías benedictinas inglesas suponen desde fines del siglo VI los únicos centros culturales de Europa, a los que tendrá que recurrir el inmediato renacimiento carolingio dos siglos después, llamando a dirigir la Escuela Palatina de Aquisgrán al monje Alcuíno de York, auténtico coordinador de aquel equipo cultural, al que también se integró un español: Teodulfo, autor del himno «Gloria, laus et honor», cantado durante siglos en la procesión de las palmas, el Domingo de Ramos [8].

Estos dos siglos de adelanto cultural, se repiten curiosamente a lo largo de toda la historia inglesa frente al continente: obtienen dos siglos antes la democracia, realizan dos siglos antes su Revolución, ejecutan dos siglos antes a su monarca, inician dos siglos antes el desarrollo industrial. ¿Será todo ello consecuencia de la regula y de la recopilación cultural que les enviara Gregorio Magno desde Roma? [9].

El Papa pasó a ser en aquella época el efectivo sucesor del poder romano, auténtico imperator y pontifex, y la Iglesia asume la dirección cultural de los nuevos estados que surgen por transformación de las tribus bárbaras.

Este empeño de Gregorio Magno corre parejo con otra de sus destacadas glorias culturales que no podemos dejar de mencionar: la coordinación, regulación y proyección del canto «gregoriano». Si a ello unimos su cultivo de la literatura, con la redacción de sus Morales y sus Diálogos, sus experiencias diplomáticas como enviado papal en Oriente, en donde trabó conocimiento y amistad con San Leandro de Sevilla, dibujaremos una personalidad de gran interés biográfico y la figura de uno de los hombres clave que se nos presentan a lo largo de la historia.

Toda esta obra de recopilación cultural, de parto de Europa y de las naciones que la compondrán, se debe a la acción del benedictino Gregorio Magno y de sus sucesores y de la regula que envía en la cogulla también benedictina de Agustín de Canterbury.
 

Segunda etapa cultural europeo-benedictina

Sigue a continuación, la lucha por el predominio de la regula, con dos frentes simultáneos y diferenciados. Uno de ellos, el de guerra abierta, se levanta a lo largo del Rhin -que traspasa- y se dirige a los países ignotos, a los bárbaros. Aquí se distinguen los santos heroicos, los Anscarios, los Alitardos, los Liudgeros [10].

El otro frente, es la sutil, constante y paciente guerrilla con las reglas coexistentes, que, por su destacada importancia, pueden personificarse en dos pueblos concretos: España e Irlanda, Hispania e Hibernia. Ambos, del Occidente lejano, no bien comprendido en la Roma Papal, nuevamente capital efectiva de un renacido imperio [11].

Si la regula no hubiera sido universal -en aquel universo de entonces- no generaría eficacia.

Y a esta lucha, a esta agonía, en su prístino sentido helénico, ayuda el poder constituido: son fundamentales la figura de Carlomagno, su corte y su escuela palatina, sus descendientes y los monarcas cristianos.

El principio del fin, puede situarse en el ocaso del siglo IX, ese siglo que se abre con la ceremonia de la coronación imperial, en aquella navidad romana que restaura viejas tradiciones y que enlaza directamente, en lo formal, con el patrimonio greco-latino-eclesiástico a que antes hacíamos referencia.

A fines del siglo IX, pues, está casi decidida la agonía: la regula está venciendo: Irlanda y España, Hibernia e Hispania, han accedido ya a la vía de la unidad común, la vía europea.

Por lo que a Hispania se refiere, esta lucha nos trae a la memoria la de tantos afrancesados decimonónicos, cuya expresión más aguda se encuentra en la obra de Blanco White, aquel clérigo afrancesado y renegado, en cuyos escritos se traduce la interna congoja, entre su corazón y su lógica cartesiana. Cada uno, dicta su tesis. El corazón, en patriota, la inteligencia lógica, en afrancesado. Intuía que sólo a través de la implantación de lo llamado entonces afrancesado se convertiría España en una nación «moderna».

Con otros planteamientos, pero con la misma agonía e interior congoja, esa debió ser la postura de los monjes hispano-visigodos y de los monjes mozárabes: el corazón, con sus reglas y tradiciones; la inteligencia, con la regula, vía única para llegar a aquel concepto, de primera unidad europea [12].

El caso de Hibernia se presentó más fácilmente, ya que, por circunstancias históricas, la guerrilla se libró fuera de su propio terreno. Las invasiones normandas, las incursiones vikingas habían destruido materialmente sus monasterios insulares. Su obra sólo continuaba en las fundaciones continentales, inmersas física y geográficamente en el mundo de la regula. Y así fue fácil la capitulación. Bobbio, Luxeuil, Saint Gall, todos los bastiones célticos en Europa fueron cayendo uno tras otro. Y de aquella inmensa y simpática obra de la épica leyenda áurea irlandesa, sólo nos quedan piedras y cruceros en los campos del Eire y magníficos libros manuscritos: Evangelario de Lindisfarne, Leccionario de Luxeuil, Evangeliario de Saint-Gall, Libro de Kells, Evangeliario de Durrow [13].

Y así se inició el parto de aquella Europa. Con dolor y con sacrificio. A la Orden Benedictina le cupo el honor de realizar la unidad moral y cultural. La unidad política fue obra de la dinastía de los Pipinos, frente a un peligro común: la existencia del bloque monolítico islámico al sur de Europa. Ambas acciones cierran definitivamente la Edad Antigua y nos introducen en el período medieval.

Algo que, a simple vista, parece tan personal e íntimo, como la celebración cristiana de la Cuaresma -aquellas largas e interminables cuaresmas medievales- ha sido una anecdótica causa histórica, a nuestro entender, de los movimientos sociopolíticos y económicos que abren y cierran el Medioevo, con protagonismo para los pueblos orientales: los árabes y los turcos.

En efecto, el descubrimiento de América tiene como causa fundamental la búsqueda de una nueva ruta de las especias. La ruta habitual había sido cortada, mediado el siglo XV, por los turcos, con sus avances sobre el Imperio Bizantino y con su imparable marcha sobre Europa: el Mediterráneo estaba en sus manos. Y las especias eran fundamentales para la Cuaresma: sin ellas era imposible el transporte, conservación y consumo de los pescados.

Siete siglos antes, la aparición del islamismo, mediado el siglo VIII, y la conquista árabe del Mediterráneo -los cristianos no pueden hacer flotar ni un tablón, dirá el cronista musulmán- corta una ruta comercial importante: la del aceite, materia grasa cuyo consumo estaba permitido en Cuaresma e imprescindible para un correcto alumbrado de las abadías y catedrales en la época. Un monasterio tan importante como el de Saint-Denis, junto a París, tenía reglamentadas sus rutas a Marsella, puerto en el que se aprovisionaba de esta materia.

En realidad, desde la Cuaresma del siglo VIII hasta la Cuaresma del siglo XV se extiende la Edad Media, ese período unitario de la primera Europa, cuyo parto podemos atribuir a la Orden Benedictina, con lo que supone de magna obra de recopilación y transmisión de la cultura.

La quiebra del siglo XV, el desmembramiento de esa Europa, encontró ya fuera de juego a la Orden Benedictina. Su decadencia era evidente y su influencia social y cultural, totalmente nula.
 

Tercera etapa cultural europeo-benedictina

Pero no adelantemos acontecimientos. Si la primera etapa, a que aludíamos, se centra en la figura y en la obra de San Gregorio Magno, y la segunda en el predominio de la regula en toda Europa, la tercera etapa, tras las tentativas precursoras de Benito de Aniano, que vislumbraba un nuevo concepto de coordinación y de unidad, fue la conocida con el nombre de reforma de Cluny.

Por una serie de razones geopolíticas, Francia, en aquellos siglos, se encuentra situada en el eje de la Europa cristiana. A su alrededor, la península ibérica, las islas británicas, los países bajos, los estados germánicos, la península itálica. Siempre paso obligado para cualquier acción intelectual y cultural.

Y más que Francia, aquel reino surgido del tratado de Verdún (843), adjudicado a Lotario I, la parte central del Imperio que Carlomagno lograra reunir, consolidándolo frente a todos con la coronación papal de León III (Roma, año 800), y con el reconocimiento del emperador bizantino Miguel I (Aquisgrán, año 812).

La Lotaringia, la auténtica espina dorsal de Europa, ha sido curiosamente desde entonces su eterna manzana de la discordia y una fuente continuada de problemas. Recuérdense, si no, las guerras de Flandes, de los Países Bajos y del Franco Condado, la doncella de Donremy y los papas de Avignon, el Condado de Provenza y el Ducado de Borgoña, las tesis de Mainz, el cambio Aquisgrán-Aix la Chapelle-Aachen, las Dietas de Worms y Spira, los problemas de Alsacia, Lorena y el Sarre, la independencia de Bélgica y sus actuales secuelas flamenco-valonas, la guerra franco-prusiana y los problemas franco-italianos de Saboya y Niza, la batalla de Verdún y la línea Maginot, incluyendo las sesiones balneares chismográfico-políticas de la realeza y de la aristocracia europeas en el decimonónico Baden-Baden, la actual capitalidad del Consejo de Europa en Estrasburgo y la del Mercado Común en Bruselas. Tantos y tantos problemas que han ocupado a Europa a lo largo de los siglos, han tenido como sede y pretexto aquella Lotaringia.

Pero también la Lotaringia ha sido pretexto y sede de Aniano, de Cluny, de Citeaux, de Clairvaux, grandes hitos de la historia benedictina.

En Maguelone, a orillas de Aniano, se inicia a fines del siglo VIII una experiencia renovadora, precedente inmediato de la reforma cluniacense, aun cuando su duración, extensión e importancia no hayan sido históricamente tan fecundas como las de Cluny. Un austero monje, antes guerrero con Pipino y Carlomagno, de origen visigodo, protagonizará esta experiencia: Benito de Aniano, antes Witiza. Sus relaciones con la corte carolingia son notorias. El hispano Teodulfo, ya obispo de Orleans, le solicita monjes para su monasterio de San Mesmin, mientras Alcuíno de York lo hace para Cormery. Pero su gran protector será Ludovico Pío, el cual, ya emperador, funda un monasterio a poca distancia de Aquisgrán, la capital imperial, para mantenerlo cerca de él [14].

El Sínodo de Aquisgrán de 817 establece las normas y costumbres de Benito de Aniano para todos los monasterios del Imperio, completando lo establecido por otro sínodo quince años atrás en la misma sede: «En los claustros, que se cumpla la Regla de San Benito». La idea de Benito de Aniano era un germen de Cluny: un Abad General y unos Visitadores, usos y costumbres unificados y un principio de total coordinación entre los monasterios, con el máximo respeto a la regula. Sin embargo, el esfuerzo de San Benito de Aniano no fue suficiente para una consolidación definitiva de este empeño [15].

No podía imaginar el Duque Guillermo de Aquitania, al fundar Cluny en septiembre del año 910, bajo la dirección del abad Bernon, que llegaría a ser la cristalización de la idea-matriz de Benito de Aniano y el instrumento de la definitiva extensión de la regula a aquella Europa cristiana.

Pero fue un antiguo miembro de su corte, Odón, su segundo abad, el auténtico creador del «espíritu» cluniacense. El monje Odón, que conocía a los clásicos seculares y eclesiásticos y cuyo padre era una de las personas más cultas de su tiempo, llevaba consigo, al ingresar en el monasterio, más de cien códices.

La especial protección papal de Juan XI, con total exención del poder secular y del poder episcopal, hizo posible que el abad Odón pudiera iniciar libremente su labor. Si Odón infundió el espíritu, su sucesor Máyolo introdujo la ordenación sistemática, la dependencia de las sucesivas fundaciones y un principio de conexión con el poder de monarcas y señores feudales, desde su situación de consejero del emperador Otón y de la emperatriz Adelaida [16].

No había transcurrido todavía siglo y medio desde la fundación de Cluny, a la muerte del abad Odilón, sucesor de Odón, y ya contaba la abadía con sesenta y cinco monasterios dependientes. Odilón consejero y amigo de Hugo Capeto, fue por otra parte, quien introdujo entre los príncipes la institución de la «paz de Dios», observada desde entonces [17]. Al finalizar el largo periodo abacial de su sucesor Hugo, a los dos siglos de la fundación ya existen monasterios cluniacenses en toda la Europa cristiana, mientras sus monjes, lanzados al apostolado misionero, habían cristianizado Polonia y otras regiones del Este.

La figura de Pedro el Venerable cierra la relación de los grandes abades de Cluny. Contemporáneo ya de la etapa cultural siguiente, del Císter, supone un digno colofón a los dos siglos y medio en que los cluniacenses han dominado en Europa. Sus instituciones, en una u otra forma, perdurarán y la antorcha de la reforma encendida en Cluny, se transmite a Citeaux. La historia benedictina no se detiene.

La decisiva influencia de Cluny en esta época se pone de manifiesto en dos de sus monjes, que devienen papas. Al filo del milenio, el monje Gerberto, que había estudiado y copiado manuscritos en Ripoll [18], elegido papa, adopta el nombre de Silvestre II e inicia desde Roma una profunda reforma eclesiástica. En el año 1073, Hildebrando de Hill, monje cluniacense del cenobio romano situado en la cumbre del Aventino, consejero de Gregorio VI, de León IX, de Nicolás II y de Alejandro II, es elegido papa y toma el mismo nombre pontifical de su maestro Juan Graciano: será San Gregorio VII [19]. Entre los pontificados de los monjes Gerberto e Hildebrando, fueron también cluniacenses los papas Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II [20].

Desde Cluny, con la expresa aprobación y común deseo de los monarcas y con la presencia en la sede pontificia de algunos de sus miembros, la reforma cluniacense está, ya consolidada, a fines del siglo XI.

«En aquel mundo señorial, descoyuntado y servil, nos dice Pirenne, el misticismo cristiano conservaba, no obstante, todo el carácter universalista, desvanecido en el marco político, y alentaba, en el dominio moral de la conciencia, al individualismo tan por completo desaparecido en la ordenación social. Universalismo e individualismo, dos ideas-fuerza que con la caída del Imperio Romano habían desaparecido de la vida temporal, venían a reconstituirse por el misticismo en el plano espiritual. La pobreza misma de la vida intelectual contemporánea, así como la imposibilidad de todo afán lucrativo, concentraba en el misticismo todo cuanto los hombres sentían latir en sí de ansia de acción e ideal... Objetivo de la reforma cluniacense fue liberar a la Iglesia de la tutela de los poderes temporales que la desmoralizaban. Fundáronse gran número de abadías envueltas todas ellas en un misticismo popular, siendo característico que Gregorio VII, el gran papa reformador, fuese hijo de un humilde campesino. La renovación del misticismo religioso marca un brusco auge en la cultura» [21].

Esta renovación supuso la puesta al día del ideal universalista, un cosmorama ecuménico, la unificación cultural de Europa, la superación de aquellas diferencias culturales que todavía distanciaban algunas de sus regiones, la aparición, en suma, de un modelo cultural europeo, basado en el rico patrimonio greco-latino-eclesiástico que, desde siglos, había sido conservado y transmitido por los copistas benedictinos.

Este modelo cultural, puede resumirse, fundamentalmente, en la unidad de la lengua escrita, en la unidad de modelo de escritura, en la unidad de la liturgia, en la unidad de la salmodia musical, en un conocimiento científico común. Desde entonces hasta mediado el siglo XX -con el refuerzo considerable que supuso en este campo la Contrarreforma-, podía contemplarse la misma liturgia, con la misma salmodia, en una misma lengua, en cualquier iglesia, catedral o monasterio católico de rito latino de cualquier país del mundo. Podía afirmarse hace unos años, a título de anécdota, que esta liturgia católica y la coca-cola eran los dos únicos modelos culturales idénticos en cualquier rincón del planeta. Sólo nos resta la coca-cola, auténtica aportación yanqui a una historia universal de la cultura. La unidad cultural que suponía esa liturgia con todas sus aportaciones históricas está ya fragmentada y, en algunos aspectos, como el musical, absolutamente degradada [22].

La obtención, el específico matraz para la precipitación de este modelo cultural, europeo, trasvasado a todo el mundo, durante siglos sinónimo de la civilización occidental, que nuestra generación ha lanzado alegremente por la borda, se debe a la extensión y profundización de la reforma cluniacense.

En lo concreto e inmediato, la reforma de Cluny se traduce en un aumento de la disciplina y del trabajo en los monasterios, al que acompaña un renacimiento cultural interno, que trasciende a los propios cenobios.

Se ha mencionado como buen preludio que el abad Odón llega a Cluny con más de cien códices. De inmediato, por las costumbres adquiridas en el cabildo de Tours, del que había formado parte, introduce en el monasterio la enseñanza de la gramática. En sus primeros años, los cluniacenses desconfiaban de los autores clásicos. Es curioso recordar alguno de los sueños que la leyenda nos ha transmitido. El abad Odón sueña con la Eneida, inmensa copa áurea, de la que emerge una serpiente; el abad Hugo sueña con silbos de serpientes, cuando recuerda que, tiene las obras de Horacio bajo la almohada. Uno y otro, pues, leen y conocen a los clásicos latinos, las serpientes de sus leyendas.

Nos refiere Pérez de Urbel que durante el siglo XI el progreso continúa y las escuelas aumentan [23]. En los últimos años del siglo XI no hay ninguna abadía importante que no tenga organizadas una o dos escuelas. En el monasterio de Bec, quizá el más destacado en este aspecto, se enseñaba el trivium y el quadrivium, la Teología y el Derecho Romano. De su Escuela arranca el gran movimiento escolástico. Y muy especialmente la apasionante figura de San Anselmo de Canterbury. Como primera de las series de grandes colecciones canónicas, San Abbón de Fleury publica su colección de los cánones de los Concilios. La medicina encontró entre los monjes entusiastas cultivadores, con auténticos centros médicos, acompañados del viridarium, para el cultivo de plantas medicinales, y de una biblioteca con las Ofthalmias de Demóstenes, la Historia Natural de Plinio, la Therapeutica de Galeno, las obras de Hipócrates y el Dioscórides, famoso libro de curas medicinales, de procedencia oriental, reproducido en numerosas versiones a lo largo de la Edad Media.

Tan grande debía ser la dedicación de los monjes al derecho y a la medicina que una ofensiva general, iniciada en el siglo XII, culmina con la expresa prohibición del segundo Concilio de Letrán (1139) para que no «aprendiesen y ejerciesen por motivo de lucro temporal el derecho civil y la medicina».

El ejercicio continuado de la salmodia, introduce a los benedictinos en el estudio de la música y aparecen a lo largo de los siglos X y XI musicólogos benedictinos que escriben tratados sobre el monocordio, la armonía o los tonos. Guido de Arezzo, monje de Santa María de Pomposa, fue el inventor de la escritura musical. Tras diversos avatares, que le obligan a abandonar el monasterio, su sistema musical es adoptado en Roma por el papa Juan XIX [24]. Guido, como otros monjes dedicados a la música, era también matemático.

En los monasterios catalanes, los primeros que adoptaron la reforma cluniacense en la península ibérica y sintonizaron con el ritmo europeo, recordemos dos figuras notables: Guarin, abad de Cuixá, y su discípulo Oliba -abad de Ripoll fundador de Montserrat y obispo de Vic-, se cultivaban también los estudios arábigos, entre ellos, la astronomía y las matemáticas. El monje Gerberto, luego papa Silvestre II, al que ya nos hemos referido, viaja a Cataluña para aprender estas ciencias arábigas en Ripoll y Cuixá. Su figura intelectual, con esta incorporación a lo clásico de la ciencia musulmana de Córdoba y Toledo en las bibliotecas conventuales catalanas, es símbolo de una síntesis iniciada en la antigua Marca Hispánica y que años más tarde se ha denominado «de las tres culturas». Estudia y escribe sobre teología, filosofía, matemáticas, astronomía, física y medicina y proyecta los conocimientos adquiridos a la península itálica.

El paciente cultivo de la historia ha sido durante siglos tarea de los monasterios benedictinos, en sus distintas vertientes de crónicas, biografías y hagiografías. La primera Historia de los Papas de los diez primeros siglos se debe a un monje de Reims, Frodoardo. Pero la auténtica obra histórica de esta época se debe al monje de Saint-Evreul, en Normandía, Orderico Vital, con sus trece volúmenes históricos, su Historia Eclesiástica desde los orígenes cristianos hasta su tiempo. Esta obra, que ocupó treinta años de su vida, se inicia con la tarea de la transcripción de los códices y el blanqueo de los pergaminos. Orderico conoce el griego y habla el latín, se traslada a numerosos monasterios, toma notas en sus bibliotecas, lee las historias clásicas y las crónicas de su época y al fin puede publicar su obra para «contar las cosas con toda verdad. Hay que decir los vicios igual que las virtudes».

Si ha sido fundamental la aportación de la reforma cluniacense al mundo cultural -reseñemos sólo de paso que Cluny fue el eficaz vehículo de difusión del arte románico, que llegó hasta el finisterrae, con la maravilla de Compostela, a través del eje-calzada del Camino de Santiago- [25] no lo ha sido menos en el mundo económico.

La etapa histórica que finaliza en los siglos XI-XII desvela en lo económico un nuevo concepto que los imperios antiguos no conocían: la definitiva fijación de una nueva clase social rural en Europa, con el origen de la propiedad rústica. La transformación del concepto de vida urbana, con sus aledaños campestres o sus «villas», que imperaba en el mundo helénico y romano, cede el paso a una nueva economía agraria que, ejercida durante siglos, deja una impronta indeleble y profundas.

Más del 95 por 100 de la población vivía en y del campo. Los núcleos urbanos eran escasos y pocos de ellos superaban los diez mil habitantes. Hasta entonces, las roturaciones se habían detenido frente al bosque. Las nuevas fundaciones monásticas se instalaban en medio de los campos, muchas de ellas en tierras de «frontera»: la hispánica frente a los musulmanes, la germánica frente a los eslavos, entre otros. Los monjes se dedicaban al trabajo agrícola, dedicación incrementada desde la institución de los conversos. Poco a poco generaban a su alrededor una amplia concentración de colonos, que constituyeron nuevas poblaciones, origen de algunas ciudades actuales. Los monasterios devenían, desde su fundación y dotación inicial, auténticas misiones colonizadoras, en lo religioso, en lo cultural, en lo agrícola y en lo económico [26].

La nueva mentalidad que se diseña en el, siglo XII cierra este periodo -larga etapa de consolidación y asentamiento en todos los órdenes de la vida europea-, con unas briznas de espíritu aventurero, de proyección exterior, que caracterizarán a la inmediata fundación de Citeaux. Entramos, pues, en un nuevo capítulo histórico.
 

Cuarta etapa cultural europeo-benedictina

Un trapense norteamericano ha escrito una hagiografía novelada que tituló Tres monjes rebeldes en la que nos relata la aventura de Roberto de Molesmes, Alberico y Esteban Harding, los monjes iniciadores del Císter, nueva reforma benedictina que surge con el espíritu del siglo XII, al que hacíamos referencia, pero que hubiera pasado desapercibido para la historia, sin la presencia de la figura de Bernardo de Claraval, que domina la vida de su época [27].

Estos tres monjes rebeldes iniciaron su actitud con un efectivo «oponer resistencia» a la norma establecida, a la cómoda costumbre, a la plácida vida monacal de su época, perdidos ya los impulsos de los primeros tiempos de Cluny, en la recta de la inercia de dos largos siglos transcurridos desde su fundación.

Las abadías cluniacenses se habían convertido en grandes señoríos feudales, por la cantidad de privilegios y donaciones que habían acumulado. La inviolabilidad de los monasterios y la seguridad que en el orden personal prestaban sus muros motivaban las continuas cesiones de bienes, muchas veces a cambio de lo que hoy en día calificaríamos como seguro de vida y seguro de entierro. Cabe a los primitivos cenobios habitaban multitud de personas, vinculadas a los mismos por relaciones laborales, jurídicas o religiosas. La potestad cuasiepiscopal que habían conquistado los abades y su total exención del poder civil coadyuvaban a estas concentraciones. La abadía cluniacense dependía únicamente de la Santa Sede. Pero Roma estaba a muchas leguas, con penosas jornadas de viaje a pie o en caballería.

La llegada a Citeaux, en la Pascua del año 1113, de Bernardo de Fontaines con sus treinta compañeros da paso a esta nueva etapa histórica. El abad Esteban, el último superviviente de los tres monjes rebeldes, podría respirar tranquilo. La aportación de Bernardo era, desde el primer momento, de auténtico espíritu militante, con su batallón de convencidos detrás. Este espíritu militante, será una de las características de la última etapa en que, a nuestro entender, actúa socialmente el benedictinismo en la vertebración de Europa. No será ajeno a este espíritu el hecho de que las Ordenes Militares, en una u otra forma, estuvieran configuradas por el Cister.

En el año 1118 un grupo de cruzados funda el Temple. Será Bernardo quien los integre en el Cister, redacte sus estatutos y promueva su aprobación en el Concilio de Troyes, diez años después. En los reinos hispánicos, las Ordenes Militares tienen todas origen cisterciense. El santo abad Raimundo de Fitero, con una personal acción bélica, da origen a la de Calatrava en 1158 [28]. De ésta deriva la de Alcántara y la de Avis, en tierras portuguesas, Jaime II de Aragón vincula también al Císter en 1319 la fundación de Montesa y Alfonso X a un determinado monasterio cisterciense la desaparecida de los Caballeros de Cartagena.

La estructura de estas Ordenes Militares estaba configurada para un fin determinado: la Reconquista. Desaparecida su principal motivación parecía inadecuada la pervivencia de estos monjes caballeros. Así lo comprendió la mentalidad renacentista del Papa Farnessio, Paulo III, al dispensarles de su voto de castidad, reduciéndolos a recuerdo de una epopeya histórica, en el mismo año (1540) en que aprobaba la Compañía de Jesús, de denominación y talante también militar, curiosamente.

En cierto sentido, lo cluniacense estaba en la misma línea que las futuras órdenes mendicantes, mientras que lo cisterciense prefigura, a su modo, la irrupción de los clérigos regulares del siglo XVI.

En los mismos años en que nace Bernardo o quizá en aquellos en que frecuenta las aulas de la escuela monástica de Chatillon-sur-Seine, queda establecido el código del miles christianus en la obra de Bonizon de Sutri. En los inicios de la vocación de Bernardo, él mismo se denomina y califica a sus compañeros como miles Christi, según nos cuenta el Exordium Magnum [29].

En efecto, hacia el año 1090, Bonizon de Sutri nos presenta por vez primera las características de este miles en su Liber de Vita Christiana, que suponen la fidelidad al señor hasta ofrecerle la propia vida, la protección de pobres, viudas y huérfanos, la lucha contra herejes e infieles y, en suma, la defensa de la res publica. La fidelidad al señor y la defensa de la res publica se han transmitido hasta nuestros días resumidas en el concepto de patriotismo y se han encarnado en la institución de la milicia, del ejército. La protección de desheredados ha mantenido su vigencia hasta bien entrado nuestro siglo XX, origen de buen número de instituciones caritativas y benéficas, religiosas o laicas, entrando en liza con el concepto de seguridad social, en la que todavía se halla librando sus últimas batallas. La lucha contra herejes e infieles ha sido abandonada por la sociedad europea hace siglos, transformándola en el concepto de enemigos internos y externos.

Este conjunto de ideales motivó la real existencia de una institución, la Caballería o los Caballeros, cuyas últimas huellas filológicas y semánticas las conserva todavía la lengua castellana, en casos ciertamente curiosos, cuando ya otros idiomas europeos las han abandonado o sustituido con uso sólo en lenguaje figurado. La Caballería motivó ciertamente también a Bernardo y a su creación, el Císter, fundación modeladora de caballeros monjes. El espíritu caballeresco es otro componente que se añade en esta etapa a la Europa de influencia benedictina.

Relacionado con este sentido caballeresco se encuentra el espíritu de aventura, el interés por conocer otros pueblos y otras culturas. Si el Camino de Santiago -impulsado por Cluny en alguna forma- supone el primer paso en una prehistoria turística, no cabe duda que las Cruzadas -impulsadas por el Císter, directamente por Bernardo la segunda- nos colocan en el segundo peldaño de esta prehistoria. Estos dos empeños colectivos de aquella Europa son, por otra parte, una refutación fehaciente al sentido materialista de la Historia. El profesor Sánchez Albornoz declara en una entrevista recientemente publicada: «He creído y sigo creyendo que son los hombres de carne y hueso quienes han dirigido el curso de la vida de las naciones. El que ha hecho la Historia es el hombre. En él ha influido la vida material y la vida espiritual. Yo siempre digo: bueno, las peregrinaciones a Santiago cambiaron la faz de España, y las peregrinaciones no se hicieron por causas económicas. Las Cruzadas fueron un ímpetu religioso de rescatar la tumba de Cristo. Y produjeron unos cambios económicos tremendos. Los marxistas, me lapidan, claro, como un reaccionario» [30].

Este sentido aventurero o preturístico nos lo transmite el Dialogus inter cluniacensem monachum et cisterciensem, del siglo XIII [31], cuando hace decir al cluniacense grisacei monachi semper sunt in motu, sin que el cisterciense proteste [32].

Al sentido militar, caballeresco y aventurero, se deben añadir todavía dos elementos para que resulte la definitiva composición del espíritu cisterciense: el rigor y la coordinación.

Cuando Roberto de Molesmes iniciaba con sus compañeros, en marzo del año 1098, la aventura de Citeaux, el rigor y la austeridad marcaban sus pasos. Otros monjes de su época seguían una ruta con parecido empeño y aparecen una serie de hombres radicales en el benedictinismo, radicales en el seguimiento de la regula y radicales para consigo mismo. A uno de ellos lo hemos encontrado en Sant Miquel de Cuixá, en nuestro Pirineo, de la mano del abad cluniacense Guarin. Lo había traído a raíz de una peregrinación suya a Roma, junto con Marino y Pedro Urseolo. Era Romualdo, que al regresar a su país funda la Camáldula, en el año 1012, interpretación rigorista, extremada y penitencial de la regula, como nos lo presenta su biógrafo, discípulo y admirador Pedro Damiano, Cardenal Obispo de Ostia.

Otro radical era Juan Gualberto que muere en 1073 en su fundación de Vallumbrosa. Dentro del ámbito benedictino todavía se producen más ejemplos radicales en esta época: Roberto de Abrissel y su Congregación de Fontevrauld en Francia, Juan de Matera y Guillermo de Vercelli y sus Congregaciones de Pulsano y Montevergine, en Italia. Junto a ellos, en Alemania, Bruno de Colonia y sus cartujas y Norberto de Xanten, arzobispo de Magdeburgo y su reforma capitular que inicia la existencia de los canónigos blancos, los premonstratenses.

La obra de estos reformadores de los siglos XI y XII todavía perdura. Las fundaciones camaldulenses y vallumbrosianas coexisten con las congregaciones de Arbrissel, Matera y Vercelli, subsumidas todas en las ramas del árbol benedictino confederado, y con las órdenes cartujana y premonstratense.

Pero indudablemente, de entre estos auténticos y sanos radicalismos, alcanzó la mayor transcendencia cultural e influencia social la reforma cisterciense, cuya sorprendente vitalidad llegó a cubrir la tumba del último notable abad de Cluny, Pedro el Venerable, con el epitafio «Floreció en tiempos de Bernardo».

Esta sorprendente vitalidad que imprimió al Císter se puede resumir en pocos datos. Dos años después de su llegada a Citeaux, se habían fundado ya los monasterios filiales de La Ferté y Pontigny. Al año siguiente (1115) el propio Bernardo funda Clairvaux, del que en tres años derivan otros tres: Trois Fontaines, Fontenay y Joignay. Monasterios enteros de monjes cluniacenses se pasan a la nueva reforma. Arzobispos, estudiantes parisinos y canónigos ingresan en el Císter. De las nueve abadías representadas en el primer capítulo general se pasa a trescientas cuarenta y dos en el capítulo del año 1152, todavía en vida de Bernardo, a quinientos treinta a fines del siglo XII y a setecientas veinte a fines del siglo XIII, a pesar de la prohibición del citado capítulo general de 1152 de creación de nuevas casas.

En el año 1120, la reforma del Císter ya había entrado en la península itálica, en 1123 en los reinos germánicos, en 1129 en Inglaterra y en 1130 en la península ibérica [33]. La influencia del Císter no es sólo territorial. En vida de San Bernardo se consagra el primer obispo cisterciense, el abad Pedro, del monasterio de La Ferté, que pasa a regir la sede de Tarentaise, metropolitana desde el siglo VIII, hoy día integrada en la de Chambery. Más aún. También en vida de Bernardo es consagrado papa un cisterciense, Bernardo de Pisa, abad de los SS. Vicente y Anastasio alle Tre Fontane, con el nombre de Eugenio III. Desde entonces los pontífices romanos reúnen junto a su título de Obispo de Roma el de Abad «nullius dioeceseos» de Tre Fontane. Sólo en el siglo XII fueron consagrados obispos más de setenta cistercienses y nombrados cardenales otros catorce, desempeñando en muchos casos las funciones de legados a latere.

La coordinación a que aludíamos, como último ingrediente del espíritu cisterciense, quedaba codificada en la Charta charitatis (año 1119), aprobada por Calixto II [34], en la que aparece tipificada por vez primera en el Benedictinismo la existencia de un órgano colectivo de autoridad por encima de los órganos personales. La regulación de esta asamblea, el Capítulo General del Císter, es un antecedente de los parlamentos de notables. A ella se someten todos los abades y el propio abad general: Todavía encontramos la fórmula en los últimos documentos del Abad General del Císter, residente entonces en Citeaux, en la época de la Revolución Francesa, Dom François Trouvé, poco antes de claudicar, junto con las abadías de La Ferté, Pontigny, Morimond y Clairvaux, ante las imposiciones revolucionarias de supresión de las órdenes religiosas. «Nos Francisco Trouvé... en el ejercicio de los plenos poderes de la mencionada Orden, que nos competen por voluntad del Capítulo General...» [35].

De la Charta charitatis también se deducen la institución de las visitas regulares, el sometimiento de los abades a la autoridad de sus obispos, la regulación del trabajo manual, la ordenación de los libros y de la música según criterios propios, la austeridad en el arte y en la liturgia, la exclusión de sedas, tapices, vidrieras y ornamentaciones, y la clausura de las iglesias destinadas sólo a monjes. Elementos, todos ellos, que se transfieren, en diversas modalidades, a la sociedad de su época.

La combinación caballerosidad, militancia, aventura, rigor y coordinación nos ofrece un exacto diseño de la reforma cisterciense en el espíritu que Bernardo imprime a todas sus realizaciones. Este diseño, transmitido a la Europa de su tiempo, perdurará históricamente hasta que su proceso imparable alumbre en el siglo XIII a los primitivos representantes del nuevo humanismo.

A la muerte de San Bernardo en 1153 el Císter estaba presente en todos los países y en todas las esferas sociales y se había transformado en lo que hoy denominaríamos una multinacional, con un gobierno centralizado y multitud de recursos humanos y económicos. La estructura que se ideara en la Charta charitatis precisaba un sostén jurídico, al desaparecer Bernardo, mentor y fautor de todos. Precisamente pocos años antes, un benedictino camaldulense, Graciano, había recogido en sus Decretos el derecho de la época (1140). A partir del año 1160 el Císter acepta ya donaciones de bienes, de iglesias, de villas y de vasallos.

Las abadías cistercienses rivalizan en poderío con las cluniacenses y se convierten en importantes elementos colonizadores. La menor dedicación que prestan los cistercienses a la liturgia, sin las interminables salmodias cluniacenses, aumentan las horas de trabajo manual. Por otra parte, la institución de los hermanos conversos, cuyos antecedentes encontramos en los legos camaldulenses, dota a las abadías de una importante mano de obra, que, utilizada convenientemente, transforma los bosques, desiertos o zonas pantanosas en importantes campos de cultivo y feraces huertas, ya que los lugares mejor dotados habían sido ocupados con anterioridad por los cluniacenses. Los cistercienses talan árboles y desecan marismas, inauguran nuevos métodos agrícolas, introducen frutas, verduras y legumbres cuyas semillas traen consigo al fundar los monasterios, plantan cepas y flores, haciendo crecer viñas y jardines, crían ganado y se dedican a la apicultura y a la piscicultura. Las abadías cistercienses llegan a ser auténticas factorías agrarias. En toda Europa recuperan tierras, en Sajonia, en Polonia, en Silesia, en Pomerania, en la península ibérica cubren las fronteras con el musulmán y repueblan la tierra de nadie.

El Císter se constituye en el precursor de la industria, construye canales y diques para encauzar las aguas, inicia la fabricación del yeso, explota canteras, produce y manufactura lanas, paños y curtidos.

Si esta fue la directa influencia del Císter en la economía europea, no fue menos importante la indirecta, a través de las Cruzadas y de su presencia en las Ordenes Militares. Los caballeros eran seguidos por los comerciantes que deseaban abrir nuevos mercados, en especial pisanos, genoveses y venecianos. De esta forma se renovó un mundo de intercambios que las invasiones sarracenas habían colapsado. El propio Císter llegó muy pronto a tierras de Oriente.

Los temas culturales, a pesar de las primeras reticencias, no se descuidan. La copia de libros prosigue con renovado ardor, ya que ahora se trata de encontrar los originales, sin addendas ni mixtificaciones, idénticos, sin erratas ni alteraciones. Todas las abadías debían disponer de los mismos textos. El Císter era extremadamente exigente en este terreno. En todos los monasterios existían los mismos ejemplares del Salterio, del Martirologio, de la regula, de los estatutos de Citeaux, de la Charta charitatis. Las transcripciones se sometían a una severa revisión, resultando los manuscritos de una corrección, limpieza y ejecución impecables. Cuando, ya en el siglo XV, el abad Juan de Cirey mandó imprimir el Salterio del Císter, todavía sirvió de modelo el manuscrito de Roberto de Molesmes. Esta misma exigencia hizo que el abad Esteban Harding solicitara la ayuda de rabinos judíos para compulsar la Vulgata con la versión hebraica. Las diferencias existentes fueron anotadas al margen de un magnífico ejemplar de la Biblia, que todavía se conserva en el archivo de Dijon.

Las prescripciones del Císter influyeron también en la miniatura. San Bernardo aborrecía los adornos inútiles, los leones y centauros, esas mil y una figuras intercaladas por los ilustradores en las orlas y en las capitales. La reforma cisterciense introdujo en la copia de manuscritos nuevas combinaciones de colores y nuevas formas de letras, para obviar la inútil figuración decorativa. «Con el riesgo de recibir las iras de estos austeros cristianos, los otros monjes dieron curso a su fecunda imaginación. La reforma cisterciense, en otro caso, hubiera obtenido el singular resultado de matar el arte ornamental en nombre de la humildad y de la simplicidad cristianas» [36].

En el Capítulo General de 1134 ya se indica a los abades que deben enseñarse las letras a los novicios y a los monjes. Un siglo después (1237) se prescribe un examen antes de la admisión. El Císter provoca, por su expresa inicial prohibición de las literaturas profanas, una literatura de carácter religioso inagotable, iniciada por el propio San Bernardo. Pero pronto surgirán las obras históricas, crónicas y biografías de tan larga tradición en el benedictinismo. Un nieto del emperador Enrique IV, sobrino de Federico Barbarroja, hijo de Leopoldo de Austria, Otón de Freissing, monje cisterciense, escribe entre los primeros una historia general en ocho volúmenes que, para salvar la intención, presenta con el carácter de lucha entre dos ciudades, la divina y la terrena.

La dedicación del Císter a estudios superiores, en las nacientes Universidades, obliga en 1234 a abrir un Colegio en París, pese a las reticencias de algunos abades, pero el papa Inocencio IV patrocina la idea del Abad General. Más tarde tendrán casas de estudios junto a las principales universidades, en Augsburg, en Metz, en Salamanca, en Tolosa, en Oxford, en Montpellier.

La reforma cisterciense sirve como vehículo de transmisión del primer severo arte gótico, en menor medida, desde luego, que la misión que les cupo desempeñar a los cluniacenses, en relación con el arte románico. No pueden silenciarse algunos modelos del gótico cisterciense, que todavía podemos admirar en Fontfroide o en Pontigny, en Francia, en Fossanova o en Casamari, en Italia, en Fitero, en Las Huelgas, en La Oliva o en Poblet, en España, en Alcobaça, en Portugal.

Sin embargo esta etapa benedictina, la última etapa de influencia socio-cultural sobre Europa, tocaba a su fin. Dos siglos después, ya en el XIV, la decadencia era evidente. Los síntomas han sido detallados muchas veces. La vida comunitaria, por efecto de la general relajación, estaba arruinada. El fervor primitivo había desaparecido. Los amotinamientos contra los abades eran frecuentes. Los monasterios sufrían la misma crisis económica que perturbaba a las grandes fortunas occidentales. Encomiendas y prebendas estaban a la orden del día. La transformación de la economía había seguido su curso, mientras las deudas se acumulaban y las grandes edificaciones medievales comenzaban a amenazar ruina. Las restauraciones eran costosas y generaban nuevas deudas.

El número de profesos había disminuido. Quienes buscaban ideales de fervor, se dirigían a las nacientes órdenes mendicantes. Aquellos que se contentaban con una renta segura, ingresaban en los monasterios que, en muchos casos, intentaban transformar en colegiatas para obtener la secularización. El lamento que el Dante pone en boca de San Benito estaba plenamente justificado «e la regola mia rimasa è giù per donno delle carte» [37].

Un Papa cisterciense, Jacques Fournier, que tomó el nombre de Benedicto XII [38], intentó por todos los medios detener la decadencia monástica. Su larga bula Summi Magistri (20-6-1336) sobre este tema, con detalladas disposiciones, fue inútil. El largo período aviñonés que se avecinaba y el cisma que le siguió supusieron para el Papado un rudo golpe en su autoridad moral, que no recuperaría plenamente hasta los tiempos de San Pío V.

Las tentativas reformistas que siguieron, muchas de ellas encomiables, no tuvieron ya la incidencia social que habían mantenido en siglos anteriores, reducidas al propio ámbito conventual, sin proyección exterior. En el siglo XIII, ni silvestrinos, ni celestinos, ni olivetanos, ni las figuras de los santos reformadores Silvestre Gozzolini, Pedro Moreone -el papa Celestino V-, o Bernardo Tolomei, pudieron llegar a tener en su propio país la trascendencia popular y social de un Francisco de Asís o la proyección intelectual de un Tomás de Aquino, todo ello por referirnos sólo a Italia.

La situación general en Europa era idéntica. Se había tocado fondo y era preciso remontarse. Pero la oportunidad histórica había pasado ya. El ciclo cultural europeo-benedictino quedaba ya cerrado.





[1] Florencio Arnán y Lombarte es Dr. en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona, Catedrático de Historia del Libro y académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El trabajo que ofrecemos forma parte del que bajo el título «Libros, biliotecas, recopilación de la cultura» publicó su autor en el volumen 56 de los «Anales de moral social y económica» editados por el Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos, en 1982, conmemorando el XV Centenario del Nacimiento de San Benito.

[2] Carta de Juan Pablo II con motivo del XV centenario del nacimiento de San Benito.

[3] TOYNBEE, Arnold J.: A Study of History. Abridgement, VII, XXVI.

[4] FEBVRE, Lucien: Combats pour l'Histoire. La obra capital de Febvre en la historia del libro es su L’apparition du livre. París, 1958.

[5] San Gregorio fue el primer monje que accedió a la sede romana. Fundó varios monasterios en Sicilia y en Roma y, finalmente, él mismo profesó como benedictino. El Papa Pelagio II lo ocupa durante años como su legado. Era Abad de San Andrés de Roma, cuando fue elegido para ocupar la silla de Pedro. Para él, la auténtica admiración hacia San Benito era, precisamente, la regula, dejando escrito: «Entre los milagros con que Benito ilustró al mundo, el más luminoso que todos los demás es el texto de su Regla». Fue el primer biógrafo de San Benito, al que consagró el libro II de sus Diálogos. No lo trató personalmente, pero recogió datos de contemporáneos, como los abades de Montecassino, Constantino y Simplicio, el abad de Subiaco, Honorato, y el abad de Letrán, Valentín.

[6] El origen del poder temporal del Papa, hoy día Soberano del «Stato della Cittá del Vaticano» se encuentra en la obra y en la actividad benedictina de San Gregorio Magno. Su consolidación corresponde a San León III. Ambos pontífices eran romanos de nacimiento. A Pío XI correspondió la elaboración del actual «statu quo» mediante el Tratado de Letrán. El Principado de Andorra es un Estado de peculiar carácter, el más antiguo de Europa en el mantenimiento de un mismo territorio de soberanía, cuya constitución -también Constitución en el marco del derecho político y del derecho internacional- está firmada y sellada el día 8 de septiembre de 1278 por sentencia arbitral entre el Obispo de Urgel, Pere d'Urg, y el Conde de Foix, Roger Bernardo III, conocida como «Pareatges», y autorizada por el Rey Pedro III el Grande mediante la presencia y firma de su gobernador de Solsona, Poncio. El Papa Martín IV la confirmó, mediante su bula de 7 de octubre de 1282. La situación permanece igual hasta 1793. Preocupados los andorranos por la pérdida de su peculiar régimen, por renuncia de la Revolución Francesa a ejercer los derechos reales derivados de los condales, lograron al fin que el Emperador Napoleón se hiciera cargo de la anterior situación, desde el 27 de marzo de 1806. Esta fue reconocida también por su contemporáneo Co-Príncipe, el Obispo Francisco de la Dueña y Cisneros que «aunque indigno Obispo de Urgel -decía- y como tal (soy) Príncipe de los Valles de Andorra, como lo han sido por títulos antiquísimos de propiedad y de sucesión inherente a esta dignidad episcopal y de tiempos muy remotos, mi más dignos prodecesores, [y] tengo consiguientemente el singular honor de ser cosoberano en los dichos Valles del Emperador Napoleón».

[7] TOYNBEE, Arold J.: A Study of History. Abridgement, VII, XXVIII.

[8] El hispano Teodulfo, monje-poeta, figura importante en su época, fue Obspo de Orleans y desarrolló una importante labor cultural. Con Alcuíno de York le cupo el trabajo de revisión del texto de la Biblia. Puso en marcha la escuela monástica de Fleury. En el scriptorium que organizó Teodulfo se empleaba un tipo de escritura muy elegante. Se conservan dos manuscritos procedentes de este taller. Uno en París, otro en Puy. Su decoración consiste en algunas hojas de púrpura con letras doradas, y en grandes orlas con columnatas para el canon de los evangelios.

[9] A este curioso fenómeno le denomina Ortega, en su prólogo al Diccionario Enciclopédico Abreviado, de Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires 1939, «la precedencia normal de las Islas Británicas sobre el continente». Difícil será que a toda grande obra continental no se le encuentre un precedente inglés. Los ingleses han llegado antes que los continentales a casi todas las cosas. Lo han hecho sin brillantez, porque el inglés evita lo brillante, lo mismo que otros lo buscan; pero el caso es que son siempre los primeros en palpar lo por venir.

[10] La gran conquista misionera de Europa en los siglos XIII y IX, la reserva la Historia para los monjes benedictinos. El galorromano Amando evangelizó el norte de la Galia con sus discípulos Babón, Humberto, Floberto y Remaclo. El merovingio Ruperto, fundó entre otros, el monasterio de San Pedro de Salzburgo. El primer monje inglés que entrevió la epopeya evangelizadora fue Wilfredo, náufrago y primer apóstol en Frisia, Winfrido -romanizado Bonifacio- y sus discípulos Lull, Bucardo y Denehardo evangelizaron la Germania y fundaron, entre otras, las abadías de Fulda y Hersfeld y las catedrales-monasterios de Wurzburgo, Ratisbona, Utrecht, Hamburgo y Bremen. El hispano Pirminio, con un numeroso grupo de monjes evangelizan la Renania y funda los monasterios de Reichenau, Hornabach y Murbach. Winebaldo y Winebaldo -hermanos-, Villehad y Liudgero finalizan la cristianización de Frisia y de Sajonia. Anscario, monje primero en Corbie y luego en Corwey, está unido a la leyenda del Rey Harold de Dinamarca. Obispo de Hamburgo, evangelizador del Báltico, los Papas Gregorio IV y Nicolás II le nombran legado pontificio para Jutlandia, Suecia, Noruega, Islandia y Groenlandia, las tierras ignotas del Norte.

[11] El monaquismo céltico debe su origen a San Germán l'Auxerrois en Bretaña y a San Patricio en Irlanda. Los monjes celtas consideraban a los libros como su mejor bagaje. Como anécdota se cuenta de San Columbano que daba las bendiciones, sin levantar los ojos del manuscrito, con el extremo del cálamo. El monje historiador, Juan Biclarense, obispo de Gerona, nos relata en su Crónica que, superado el trauma del cisma arriano, el Rey Recaredo fundó numerosos monasterios en sus dominios, que no seguían una regla determinada. Es curiosa la concepción de la institución abacial en la regula communis de San Fructuoso como parte contratante con la otra parte que es el conjunto de monjes. Su elección se deriva de un pacto escrito, al que se adhieren los nuevos monjes que profesan en el monasterio. Esta forma de convivencia monástica arraigó profundamente en el espíritu hispano y por ello fue más difícil la propagación de la regula.

[12] La peculiaridad de los sistemas monacales hispánicos tenían un doble aspecto. Por una parte, la liturgia no romana, la liturgia mozárabe extendida a toda la península. Por la otra, las reglas difundidas, en especial las de San Fructuoso, que tenían una distinta visión y concepto de la vida monacal. Había que superar ambas dificultades, siendo quizá más difícil la segunda que la primera.

[13] Los monjes celtas desarrollaron un arte original, al que algunos han querido encontrar antecedentes orientales. Para un mero observar los entrelazados típicos de los manuscritos irlandeses no difieren mucho de los árabes o de los persas. Las decoraciones geométricas son característica común a los libros irlandeses citados, que viajaban con los monjes, materialmente, y en su concepción y estilo, espiritualmente. Lindisfarne nos muestra su estancia en Inglaterra, Luxeuil y Saint Gall su presencia en el continente. Un libro famoso de esta época, el Codex Argenteus, de pergamino púrpura y letras de plata, fue escrito probablemente en Bobbio o uno de sus prioratos o cellas dependientes en el siglo VI; en el siglo XVI apareció en una abadía alemana, de donde pasa a Praga, siendo allí requisado por los suecos, en la guerra de los Treinta Años. Actualmente se halla en la Universidad de Uppsala y su texto corresponde a la traducción gótica de la Biblia realizada en el siglo IV por el obispo Ulfila.

[14] Benito de Aniano escribió un compendio de las reglas monásticas conocidas, el Codex Regularum, y una Concordantia entre la regula y las demás reglas monásticas, para demostrar la adecuación entre una y otras.

[15] Aún cuando tuvo algunos continuadores -Dodón, abad de San Savino; el propio Rábano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia- la obra de Benito de Aniano desapareció en pocos años. Por otra parte, las invasiones normandas al norte, las de los húngaros al este, y las sarracenas al sur acabaron con no pocos monasterios y a lo largo de esta época las fundaciones nuevas fueron escasas. Entre estas, la de Santa Justina de Padua, en el año 870, que será sede de la reforma de Luis Barbo, en el año 1408 origen de la Congregación Benedictina Casinense.

[16] El abad Máyolo, provenzal, introducido en la corte, aprovechó su influencia para extender la reforma cluniacense a Alemania e Italia, también durante el reinado de su hijo Otón II.

[17] La primera reglamentación histórica de la institución de la «Paz de Dios» corresponde al abad Oliba, de Ripoll, obispo de Vic, muy vinculado con las cortes de su época por su parentesco, ya que era nieto de Wifredo el Velloso, fundador de la dinastía catalana. La reunión de obispos que reglamentó la «Paz de Dios» en Niza con el abad de Cluny Odilón, tuvo lugar en 1041. Los Sínodos de Vic de 1030 y 1033 presididos por Oliba, ya reproduce anteriores disposiciones sobre el tema. En efecto, en el sínodo de Elna (5-X-1022) y en el de Prat de Toluges (16-V-1027), Oliba ya instituía las condiciones de la paz y la tregua de Dios. Tanto Oliba como Odilón eran abades introducidos en la vida sociopolítica. En Oliba destaca siempre su desbordante humanidad, que le hace mezclar en sus epístolas los pactos de paz logrados entre obispos y otros señores feudales, con las construcciones a realizar en su monasterio y la absolución de un monje díscolo con la preocupación por los cuidados de sus cisnes y de su pequeño halcón (Migre P. L. CXLII, 600).

[18] Lo que ha podido significar Poblet en el período de los condes-reyes, lo significó Ripoll en el período de los primeros condes en la historia de la Marca Hispánica, en buena parte debido a la fuerte personalidad del Abad-Obispo Oliba. Poco después de su fundación, ya tenemos noticias de un primer copista conocido, el monje Juan, que transcribe en el año 958 una colección de decretales. El casi centenar de manuscritos que encuentra en la fecha de su elección, el día 8 de agosto de 1008, el Abad Oliba en la biblioteca de su monasterio de Ripoll, se han transformado en 1047 en ciento noventa y dos, entre los que se encontraban, además de los libros litúrgicos y canónicos, las más destacadas corrientes de la literatura musulmana, junto con obras de influencia irlandesa y otras, vestigios de la gran cultura visigótica.

[19] Un destacado defensor de la tendencia centralizadora romana fue San Gregorio VII, monje benedictino cluniacense. Su antecesor Alejandro II consiguió que Aragón cediese ante la unificación litúrgica olvidando antiguas tradiciones hispanovisigóticas. A esta definitiva capitulación, a esta renuncia, se le dio carácter solemne, con la presencia del rey Sancho Ramírez de Aragón, de los obispos de Jaca y de Roda y del legado pontificio, en el monasterio benedictino de San Juan de la Peña, el día 22 de marzo del año 1071. En el coro, la prima y la tercia fue toledana; la sexta ya fue romana. Gregorio VII pretendía todavía más en la península Ibérica. En 1074 atribuye la divergencia litúrgica toledano-romana a priscilianistas, arrianos, godos y sarracenos. Era demasiado. Pero el rey de Castilla se inclinaba por lo romano. La Crónica Najerense relata una prueba de fuego a la que se arrojaron dos códices, el toledano y el romano. El toledano saltó fuera, pero Alfonso VI con su pie lo reintrodujo en la hoguera, haciendo bueno el refrán «allá van leyes do quieren reyes». La trascendencia del cambio fue enorme; con la liturgia y con la letra, los libros anteriores al siglo xi quedaron inservibles e ilegibles. Con la liturgia y con la letra se hundieron seis siglos de ciencia y tradición hispánicas, de los Isidoro, Leandro, Braulio, Eugenio, Ildefonso y Julián. Esta ha sido la gran ofrenda todavía no reconocida de los reinos españoles a Europa, su gran trauma cultural interno en aras de una superior unidad europea, la gran prueba superada, pero no olvidada por el pueblo. Siglo y medio después, el poema anónimo de las Mocedades de Rodrigo, pone en boca del Cid un desafío al papa, según interpretación, criterio y transcripción de Ramón Menéndez Pidal:

Devos Dios malas gracias, ay papa romano,

enviásteme a pedir tributo (cada año)!

traérvoslo ha el buen rey don Fernando:

cras vos (lo) entregará en buena lid en el campo.

[20] Todos ellos eran germánicos, Clemente II (1046-1047), sajón; Dámaso II (1048), bávaro; San León IX (1049-1054), alsaciano; y Víctor II (1055-1057), de Dollstein-Hirschberg.

[21] PIRENNE, Jacques: Les grands courantes de l’Histoire Universelle.

[22] Basta asomarse hoy día a algunas iglesias y conventos, en horas de oficios religiosos, para comprobar ausencia total de sentido estético y de buen gusto. La liturgia y la música en la iglesia, aún respondiendo a sentimientos internos, es también una forma socio-cultural que debe cultivarse cum dignitate, ya que, en nuestra civilización occidental, forma parte destacada del patrimonio cultural común.

[23] PÉREZ DE URBEL, Justo: Historia de la Orden Benedictina. Madrid, 1941.

[24] Juan XIX, romano de nacimiento, ocupó la cátedra de Pedro entre los años 1024 y 1032.

[25] La trascendencia cultural, económica y social del Camino de Santiago merece subrayarse. Desde sus inicios ha tenido comentaristas y cicerones. Recordemos aquí el Codex Calixitinus de 1139, obra de un anónimo monje, precedente de las modernas guías turísticas. El intercambio de lenguas, culturas, tradiciones, folklores, economías y liturgias ha hecho de esta calzada a lo largo de los siglos, uno de los ejes más importantes de integración europea. Una calzada a cuyos márgenes se levanta un mismo arte: Saint Martín de Tours, Sainte Foy de Conques, Saint Martial de Limoges, Saint Semin de Toulouse, Santiago de Compostela, todos ellos templos románicos de amplias dimensiones que permiten una ordenada circulación de multitudes peregrinas. En las últimas excavaciones compostelanas el prof. Lacarra ha encontrado monedas de Carlomagno, el primer paladín de la Europa unida. Este hallazgo viene a confirmar que, desde el mismo momento en que el Obispo Teodomiro de Iria Flavia, en el año 813, proclamó la invención del cuerpo del apóstol, comenzaron ya a llegar los peregrinos. Se trata, pues, de un eje-calzada de Europa durante más de mil años.

[26] Un buen número de ciudades y pueblos europeos deben su origen a monasterios benedictinos, alrededor de los que han ido surgiendo y creciendo. Podemos citar en España, Villanueva de Lorenzana, Samos, Mondoñedo, Sahagún, San Pedro de la Dueñas, San Sebastián, Oña, Santo Domingo de la Calzada, Sant Cugat del Vallés, Monistrol, Ripoll, Sant Joan de les Abadesses; en Suiza, Saint-Gall Einsiedeln, Lucerna, Zurich; en Bélgica, Gante, Brujas, Malinas, Lieja; en Gran Bretaña, Cantobery, York, Bath; en Alemania, Münster, Fulda, Fritzlar, Wissemburg, Nordhausen, Lindau; en Francia, Perpignan, Aurillac, Lucon, Pamiers, Sannt-Denis, entre otros.

[27] RAYMOND, M.: OCSO.

[28] La aprobación papal se logró ocho años después.

[29] MIGNE, P. L. CLXXXV.

[30] Revista Nuestro Tiempo.

[31] Recogido por MARTENE: Thesaurus Anec. vol. V, 1571.

[32] La denominación grisacei aplicada al monje cisterciense se contrapone al nigri de los cluniacenses. La aplicación estricta de la regula en el Císter conllevaba el no teñir los hábitos, dejando la tela en su color natural. Esta distinción se conserva todavía hoy en el benedictinismo entre monjes negros -los confederados- y monjes blancos -los cistercienses-.

[33] En 1130 Alfonso VII, que será su gran valedor, funda la primera abadía cisterciense en la península, la de Moreruela. En 1132 llegan a Portugal, en donde poco después, en 1148, se funda Alcobaça de especial trascendencia en la historia económica y social del vecino país. Én 1146 reciben la donación de Veruela, entrando en el reino de Aragón. En 1150 Ramón Berenguer funda Poblet y un año después se erige Santes Creus. La primera gran abadía cisterciense femenina, la de Las Huelgas Reales, en Burgos, está funcionando en 1187.

[34] 18-2-1145 a 8-7-1153.

[35] Notizie Cisterciensi, XII, 1-2.

[36] MOLINIER, A.: Les manuscrits.

[37] Divina Commedia. Paradiso.

[38] 8-I-1335 a 25-IV-1342.







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