REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
¿VOLVEMOS O NOS VAMOS DE EUROPA?
Por José María Adán García
[1]
Está de moda utilizar tendenciosamente la política internacional para
potenciar los objetivos del partido de turno. Hasta ahora la política
internacional, en cuanto constituye la propia proyección de la Nación en el
mundo, se había mantenido al margen de la política partidista.
Ahora, en la pendiente degeneradora de muchos aspectos de la política
nacional, ya no ocurre así. Se antepone la política de partido a los intereses
nacionales, con tal de ganar más votos. Se llega incluso a inventar eslóganes
falsos si estos son útiles para la política electoral. Ejemplo evidente son las
«consignas» repetidas hasta convertirlas en conciencia colectiva, como «¡no a la
guerra!» cuando ni España ni sus Fuerzas Armadas han estado en ninguna guerra,
sino exclusivamente en misiones humanitarias o de apoyo a la población civil; o
como el más reciente de ¡hemos vuelto a Europa!, cuando no hemos estado fuera y
con el gobierno anterior se alcanzaron los niveles más altos de participación en
sus tareas.
Los resultados de esta actitud son evidentes: España renuncia sin
contraprestación alguna a los niveles de participación alcanzados en Niza; y
aceptamos complacidos un proyecto de Constitución europea que además de
disminuir nuestra presencia en los Organismos decisivos de la Unión, niega la
raíz cristiana de Europa, sin la que ignoramos también nuestras propias raíces y
la decisiva aportación de España –desde el catolicismo– a su formación.
Contrariamente a lo que se esperaba, ello no nos hace entrar en el Club de
los poderosos (Alemania, Francia e Inglaterra) que nos excluyen de su núcleo de
decisiones. Francia declara que no apoyará nuestra política mediterránea –no lo
ha hecho nunca– e Inglaterra nos humilla con ocasión del tricentenario de la
ocupación de Gibraltar.
Abandonamos al pueblo saharaui, en contra de los compromisos políticos y
morales de España y las resoluciones de las Naciones Unidas; pero además dejamos
inertes los intereses económicos y geoestratégicos de España, potenciando a un
enemigo latente. Marruecos por su parte ha respondido a tanta ingenuidad negando
el referéndum saharaui; haciendo concesiones petrolíferas en aguas territoriales
españolas; reiterando su reivindicación de Ceuta y Melilla; aumentando la
presión de la inmigración ilegal, pese a las promesas de colaboración en su
control, que son ya avalanchas en las fronteras de aquellas ciudades y oleadas
de pateras...
La bochornosa retirada de las fuerzas españolas de Irak, al mismo tiempo que
se envían en mayor número a Afganistán y a Haití, además del desprestigio que ha
producido, nos deja sin el apoyo de la principal potencia occidental frente a
posibles agresiones, en la lucha antiterrorista, y en la cooperación económica.
Nos enfrentamos con la Iglesia Católica –mayoritaria en nuestra sociedad–
propugnando una política laicista de signo marxista totalitario. El laicismo a
la fuerza y negando derechos de los padres a la educación, o la esencia de la
concepción cristiana de la vida o de la familia, es una actitud negativa en sí
misma que si además va en contra la mayoría es antidemocrática.
Para poco más de cien días de gobierno, el resultado no puede ser más
desolador.
Vamos a centrarnos hoy en el falso eslogan, últimamente promocionado, de que
«hemos vuelto a Europa».
Empecemos por decir que España siempre ha sido y sigue siendo parte esencial
de Europa. Podemos afirmar que la «europeidad» no se concibe sin la aportación
española. Es más, creo que España es lo más europea de las naciones que la
constituyen.
La aportación ibérica a Roma fue decisiva para la consolidación del imperio.
Emperadores como Trajano y Teodosio; escritores y filósofos como Séneca, M.
Porfirio, Lafron, M. Fabio Quintiliano, M. Valerio Marcial, Pomponio Mela, J.
Moderato Colurnelo, L. Cornelio Balbo, Vaconio Romano..., la legión ibérica
permanentemente asignada a la flota, para acudir a los puntos conflictivos del
imperio, principalmente en el Mediterráneo, que fue muy importante para su
cohesión territorial.
Su grado de romanización, del que existen indiscutibles vestigios, y su
cristianización, son elementos comunes e imprescindibles en la construcción
europea, en cuyos orígenes nadie niega su helenismo, la romanización y el
cristianismo como sus principales componentes, siendo decisiva la participación
de España en los dos últimos.
Quisiera destacar como un antecedente hispano especialmente significativo,
que ya en el año 326, Osio, obispo de Cordova, que presidió el I Concilio
Ecuménico de Nicea, propugnó la separación entre los poderes civiles y
eclesiásticos, en una famosa carta dirigida al emperador Constantino. Esta
separación de poderes –que no se da en otras religiones– es el origen de las
libertades civiles y del progreso de Europa y forma parte de su esencia
cristiana.
En la etapa visigótica, España siguió cumpliendo su vocación europeísta.
La romanización y cristianización de los visigodos infundió el carácter
helenístico y romano de la cultura antigua a los nuevos pueblos germánicos.
Prueba evidente de este importante proceso fue que «Hispania fue uno de los
pocos territorios del imperio romano que mantuvo su propio nombre» e inclusive
su unidad. También la primera monarquía europea y cristiana de Europa, que en
tiempos de Teodorico ejerce su autoridad sobre gran parte de Francia y la casi
totalidad de la península, con capital en Tolouse.
Pero la aportación de Hispania a Europa se manifiesta en hechos tan
trascendentales como su participación –junto los francos y los romanos– en la
decisiva «batalla de los Campos Catalannicos» deteniendo la invasión de los
hunos en Chalous-sur-Marne, en el año 451.
Junto a la acción, la estructura institucional y legal mantiene el orden de
los principios romanos a través de la «Lex romana visigothorum», también llamada
código de Alarico, que constituye la gran recopilación del derecho romano de
occidente, vigente en España y en la Septimania.
San Leandro y San Isidoro, especialmente éste en su monumental obra
Orígenes y etimologías (año 570), recopila toda la sabiduría antigua, y es
la base de los planes de estudio de las escuelas catedralicias y monásticas
europeas, que se concretaron en el «trivium» y el «cudrivium».
Los concilios que además de su función religiosa, tuvieron una indudable
proyección política, fueron determinantes no sólo para la cristianización de la
cultura antigua, sino para la formación de la conciencia histórica de España en
orden a la defensa universal de los valores del catolicismo, tal como se deduce
de la obra isidoriana Laudes Hispania.
Cultura antigua griega, derecho romano y humanismo cristiano, se van así
conformando como el ser de Europa y España como uno de los principales
protagonistas de esa realidad histórica, tanto en el pensamiento como en la
acción defensiva y difusora de sus esencias.
La Reconquista, que como su palabra indica, supone volver a conquistar no
sólo la unidad sino también la esencia, la forma de ser perdida, es en sí misma
y al margen de otras dimensiones trascendentes, el mayor y más tesonero y
costosos servicio que una nación ha prestado a Europa. Para calibrar su
trascendencia histórica cabe preguntarse: ¿Qué hubiera sido de España de no
llevarse a cabo la Reconquista? ¿Estaríamos ahora al nivel social, cultural y de
desarrollo humano de los pueblos islámicos? ¿Qué hubiera sido de Europa, si
España hubiera sido mahometana? ¿Se hubiera parado el Islam en los Pirineos? ¿Se
hubiera descubierto y sobre todo se hubiera ganado para los valores de Occidente
el Nuevo Mundo?...
Ocho siglos de lucha para volver a ser nosotros mismos, pero también para
salvar Europa.
Desde Aragón, se domina el Mediterráneo y al mismo tiempo se defiende la
integridad física y moral de Europa. Túnez, Orán, Bujía, Argel, Ceuta, Melilla,
Trípoli...; la lucha permanente contra los piratas berberiscos; las correrías de
los almogávares hasta Antioquía; constituyen una frontera permanentemente
defendida.
Además la presencia española en Córcega, Cerdeña, Nápoles, Milán, Sicilia, el
Franco Condado, la Borgoña, el Rosellón,... dan fe de nuestra presencia europea.
Mientras tanto Castilla –y esto es en gran parte desconocido– domina casi
durante doscientos años el mar del Norte, llevando nuestra presencia hasta las
costas más septentrionales de Europa.
Pero una vez más la acción va acompañada del pensamiento, pues sin él, como
dijo José Antonio, es pura barbarie.
Una vez más España es el vehículo que mantiene viva la esencia cultural de
Europa.
Averroes, recuperando a Aristóteles, con enorme proyección sobre Europa, como
comentó Dante; Maimónides con su obra Guía de perplejos y sobre todo la
«Escuela de Traductores de Toledo», que Domingo Gundisalvo proyectó sobre el
saber europeo; el «Camino de Santiago», itinerario espiritual de Occidente; el
origen de los libros de caballería con Amadís de Gaula y Tirant lo
Blanch, que constituyen exponente del espíritu del caballero, del orden de
la caballería, que forma parte del ser europeo –«mitad monje mitad soldado»–,
cuyo máximo exponente quizás sean las Cruzadas; la participación española en la
vida monacal y la plasmación artística y espiritual del románico y del gótico,
de los que España cuenta con varias realidades, constituyen un conjunto que el
ser de Europa no puede ignorar.
Una vez más Grecia, Roma y Cristianismo.
Dos acontecimientos que marcan hitos en la historia, constituyen
trascendentes aportaciones de España a la europeidad: «El descubrimiento y
colonización de América y la batalla de Lepanto».
La primera amplía enormemente el ámbito de los valores que constituyen Europa
–la libertad, el humanismo cristiano y la dignidad del hombre–, el segundo salva
una vez más a Europa del islamismo.
También aquí cabría simplemente preguntarse qué sería de nuestra concepción
del mundo y de la libertad del hombre si América no hubiera sido colonizada por
una nación cristiana y europea.
Basta observar lo que pasa en los pueblos sometidos al Islam, o a otras
culturas distintas.
Qué hubiera acontecido si no se hubiera ganado la batalla de Lepanto. Todavía
tenemos ejemplos en los pueblos islamizados de la antigua Yugoslavia.
Pero nuestra proyección europea no se reduce sólo al mundo de la política o
de las armas. Las Cortes limitativas del poder real. Los Consejos abiertos. El
derecho de gentes, antecedente claro de lo que hoy llamamos derechos humanos con
pensadores tan significativos como Vitoria, Suárez, Bartolomé de las Casas y la
legislación de indios. Nuestra participación en el Concilio de Trento –una de
las bases, junto con las órdenes monásticas («ora et labora»), del desarrollo de
la cultura y la esencia de Europa–, con la aportación de teólogos tan eminentes
como Diego Lainez, Alfonso Salmerón, Domingo de Soto, Alfonso de Castro,
Bartolomé de Carranza, que vienen a consolidar la separación entre el poder
temporal y la autoridad religiosa (clave de la libertad y del progreso que no
concurre en los pueblos islámicos), y a mantener con rotundidad la libertad de
la persona frente al determinismo nominalista o el libre albedrío, haciéndole
responsable de su propia salvación en cuanto es libre de condenarse o de
salvarse y reconociendo en cada hombre la capacidad de distinguir lo verdadero,
justo y bello con capacidad y responsabilidad de elegir. En ello estriba sin
duda la razón de la superioridad del desarrollo integral de los pueblos de
Europa, lo que no significa, por otra parte, que hayan alcanzado la perfección.
Esa es la doctrina que propagan sus santos universales y esencialmente europeos
como San Vicente Ferrer, San Ignacio de Loyola –obra ingente la de los Jesuitas–
y San Francisco Javier.
La historia de Europa no se concibe sin estos antecedentes, pero tampoco sin
la presencia de España, sus teólogos, sus tercios, en la época del Imperio de
los Austrias.
Cisneros había fundado la Universidad de Alcalá en 1508, lo que supuso una
aún mayor apertura al humanismo. Se editó la Biblia complutense (en
hebreo, griego, caldeo y latín). Antonio de Nebrija publica la primera gramática
castellana. Juan Luis Vives, profesor de Oxford, alcanza merecido prestigio en
Europa.
Carlos I de España y V de Alemania y Felipe II son emperadores de un imperio
en el que nunca se ponía el sol. Su poder abarca casi toda Europa (España,
Portugal, parte de Francia, Italia, Países Bajos, Alemania,...).
Se lucha contra el protestantismo, contra los turcos y en general contra el
Islam en el norte de África, sigue conformando y salvando a Europa.
Sigue la colonización de América realizando la epopeya más grande que haya
llevado a cabo nación alguna. Juan Sebastián Elcano circunvala la tierra «primus
circundiste me»; Magallanes, Pizarro, Hernán Cortés...
En el campo de la cultura, Garcilaso de la Vega, Cervantes, Lope de Vega,
Quevedo, Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz... Se crean nuevas
universidades en la península y en América y Filipinas como la de Nueva Granada
en 1624 y diecisiete más fundadas en ultramar.
España sigue, en su trayectoria, siendo definitiva para Europa, cuando ya en
1808 Napoleón invade nuestro territorio. Gracias a España y a Rusia, Europa se
libera del expansionismo imperialista francés.
Sigue estando presente en la cultura y en el pensamiento europeo con figuras
tan indiscutibles como De la Cierva, Isaac Peral, Santiago Ramón y Cajal, los
hermanos Álvarez Quintero, Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Ramiro
de Maeztu, Antonio Machado, Benito Pérez Galdós, Ramón Menéndez Pidal, Américo
Castro, Claudio Sánchez-Albornoz, José Ortega y Gasset, D’Ors, Gregorio Marañón,
Gabriel Miró, Julio Romero de Torres, Pablo Ruiz Picasso, Enrique Granados,
Isaac Albéniz, Joaquín Turina, Joaquín Rodrigo, Manuel de Falla, Juan Ramón
Jiménez, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Antonio Gaudí,
Vicente Blasco Ibáñez, Joaquín Sorolla, Menéndez y Pelayo, Rubén Darío, Ramón
del Valle Inclán, Jacinto Verdaguer, José Antonio Primo de Rivera,...
En los últimos años España ha seguido prestando grandes servicios a Europa.
Hacer esta afirmación ya sé que ha de escandalizar a los fariseos
tergiversadores de la historia. Los que intentaban establecer una dictadura
comunista en España y dinamitar el sistema europeo de convivencia política, no
pueden admitir que esta verdad salga a la luz.
Dejando al margen la naturaleza autoritaria y la justificación o necesidad
del régimen franquista –en Europa ha habido dictaduras mucho más radicales– lo
cierto es que Franco, al impedir el establecimiento en España de una república
socialista de tipo estalinista como se intentó en 1933, 1934 y 1936 y
propugnaban abiertamente el partido comunista y el «frente popular», evitó la
pérdida del sistema democrático y las libertades fundamentales en los pueblos de
Europa.
Así lo han probado y documentado irrefutablemente: Pío Moa, César Vidal, Luis
Suárez, Ricardo de la Cierva, el mismo Azaña... Esta fue la causa por la que,
ganando los aliados la guerra, el régimen de Franco permaneció con la ayuda de
Churchill, Charles de Gaulle, Eisenhower, Adenauer,...
¿Qué hubiera sido de Europa si el comunismo se implanta en la península
ibérica? ¿Cuál hubiera sido el resultado de la segunda guerra mundial?
Franco consiguió de la Comunidad Económica Europea, un pacto preferencial
ventajoso para amplios sectores del país, que presagiaba una futura integración
una vez producidas las ineludibles medidas democratizadoras, y que él mismo
consideraba se producirían. Por eso el sistema financiero y de producción eran
homologables con occidente y por eso se creó una amplia clase media, que era la
garantía de la estabilidad. Sin esas dos realidades la transición hubiese sido
mucho más difícil. Así lo manifestó el propio Franco reiteradas veces: ante el
general Walter, enviado por el presidente de los EE.UU. tal como recoge en su
libro Misiones imposibles; ante Jesús Fueyo contradiciendo a alguien que
dijo aquella frase hecha de que a Franco le sucederían las instituciones; ante
Martín Villa como relata en su libro Al servicio del Estado; ante el
Príncipe de España, cuando le pidió asistir al Consejo de Ministros para
adquirir práctica de gobierno, y hasta en su última entrevista en la prensa
internacional publicada en el prestigioso periódico L’express, al
periodista André Pauluard...
España está en la ONU, en la OTAN, en la Unión Europea y en esta última había
alcanzado en Niza un protagonismo comparable con las grandes naciones y sobre
todo un equilibrio que impedía el predominio de intereses particulares sobre los
generales.
España ha sido, es y será Europa por imperativos geográficos, históricos,
políticos y culturales.
No hay pues que volver a Europa, hoy sí, recuperar nuestro puesto en Europa.
Tener el peso específico que nos corresponde y defender los intereses de España,
participando activamente en el proceso de integración y en la presencia de
Europa en el mundo.
En ésta tarea es el vértice de proyección más importante, por nuestra
situación geoestratégica y por nuestra conexión con la Hispanidad.
[1] José María Adán García es abogado