REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
EUROPA ANTE SU FUTURO
Por Alejandro Muñoz-Alonso
[1]
I. Los orígenes del proceso de construcción europea
En estos años iniciales del siglo XXI, y cuando se cumple medio siglo del
comienzo del llamado «proceso de construcción europea», Europa está viviendo una
encrucijada importante de su milenaria historia, marcada por la ampliación de la
Unión Europea y por la aprobación de un proyecto de Tratado Constitucional al
que, como muestra de las ambiciosas pretensiones de quienes lo han promovido, se
denomina ya «Constitución para la Unión Europea». Todo ello ocurre, además, en
un momento en que el mundo ha entrado en una época en que la globalización, con
cuanto supone y significa en todos los ámbitos de la vida humana, se ha
convertido en una realidad cotidiana e incuestionable, al tiempo que la
geoestrategia del planeta ha dejado atrás las paradójicas seguridades de antaño,
propias del mundo bipolar de la época de la Guerra Fría, para enfrentarse con
nuevos riesgos y amenazas, hasta ahora desconocidos.
No se puede por menos de valorar muy positivamente lo que ha significado
durante estos cincuenta años el impulso hacia una Europa más unida. Después de
una larga «II Guerra de los Treinta Años» que, con un breve intervalo, se
prolongó desde 1914 a 1945, Europa no sólo había perdido la hegemonía mundial
que había tenido durante los últimos siglos sino que quedó dividida por un Telón
de Acero en dos partes, una libre y otra sometida al más brutal totalitarismo
que ha contemplado la historia. La derrota de los totalitarismos nazi y fascista
trajo aparejada la necesidad de coexistir, que no convivir, con el «socialismo
real», que no sólo controló media Europa sino que, por medio de los partidos
comunistas, dispuso de una enorme influencia en otros países de la Europa
occidental. Pero además de esta cruel y tajante división, Europa quedó
destruida, física y moralmente, hasta extremos inimaginables sólo unos decenios
más atrás. El Holocausto y el Gulag fueron las señas de identidad de aquellos
totalitarismos que dejaron su indeleble y bárbara impronta en nuestro
continente.
A partir de ahí se perfila, con enorme rapidez, la necesidad de superar
división y destrucción y surge la idea de la unión europea. Con aquel sombrío
telón de fondo, la ambición de quienes pueden justamente denominarse «padres de
la unidad europea», como Monnet, Schumann, Adenauer o de Gasperi era evitar
guerras futuras entre europeos, por el procedimiento de incrementar las
«solidaridades de hecho» y, para empezar, poniendo en común esos recursos
básicos de toda contienda que son el carbón y el acero y avanzado después desde
ahí hacia nuevas cotas de interdependencia y unión. Una unión que inicialmente
se pensó debería ser económica aunque, al menos los más ambiciosos, siempre
estimaron que tenía que coronarse con una «unión más estrecha» de carácter
político. Desde el primer momento no sólo se aspiraba a la paz sino a la
libertad y a la prosperidad. Se pretendía que los europeos no sólo se libraran
del flagelo de la guerra sino que vivieran libres de la opresión que habían
significado los totalitarismos (aunque el comunismo continuaba imperando en
media Europa) y en el marco de un sistema en que la prosperidad no estuviera
reservada a unos pocos. Así es como, paulatinamente, se pasó de la Comunidad
Económica, a un Mercado Común para culminar en una unión política de carácter,
sin duda, parcial, la Unión Europea, que tiene en ese proyecto de Tratado
Constitucional su máxima expresión.
II. Estímulos y obstáculos de la unión política: La Convención
Cuando, a principios de la década de los noventa del siglo XX, terminó la
división de Europa con el hundimiento del comunismo en Europa central y oriental
y con la desintegración de la Unión Soviética, se estimó que había llegado el
momento de apretar el acelerador en el proceso de construcción europea avanzando
decididamente por el camino de la unidad y hacia la meta de esa unión política
parcial. Los Tratados de Maastricht y de Amsterdam, fueron los textos jurídicos
en los que se refleja esa nueva ambición. Por primera vez se hizo realidad la
desaparición de las fronteras interiores y se logra la meta de una moneda única.
También en esos tratados se plantea la necesidad de una Política Exterior y de
Seguridad Común y de una Política Europea de Seguridad y Defensa, algo insólito
en un proceso que, desde el fracaso en 1954 de la Comunidad Europea de Defensa,
se había definido como esencialmente «desmilitarizado».
Pero, precisamente, en esa misma década de los noventa el objetivo de que
«Europa hable con una sola voz» y pueda por lo tanto jugar en el escenario
internacional con el peso de una superpotencia se muestra más que ilusorio. La
UE es, esencialmente, una unión de Estados, milenarios unos, centenarios otros
–aunque también los haya de creación más que reciente- cada uno de los cuales
tiene sus propias tradiciones y culturas políticas y, desde luego, intereses
nacionales no siempre compatibles con los de los otros Estados miembros de la
Unión y, en ocasiones, claramente contradictorios. Por otra parte, terminada la
Guerra Fría, los europeos quieren cobrarse los «dividendos de la paz» y tienen
escasa voluntad no ya de aumentar sino ni siquiera de mantener unos presupuestos
de defensa capaces y adecuados a la situación del momento. Todo ello sobre la
base de unas opiniones públicas –esto es, unos electorados- que acostumbradas a
que la garantía de su seguridad les resultaba casi gratis, por la presencia de
la OTAN, es decir de los Estados Unidos, no perciben la necesidad de la defensa
y apuestan decididamente por el mantenimiento del «modelo social europeo»,
incluso cuando empieza a ser evidente que ese modelo es insostenible. Para
algunos, si no hay dinero para los capítulos sociales, menos aún debe permitirse
que se vuelquen recursos en el capítulo de la defensa.
Europa tiene ocasión de constatar su propia debilidad en el ámbito de la
seguridad y de la defensa en su propia casa, con ocasión del conflicto de los
Balcanes –de Croacia a Kosovo- ya que quedan a la vista sus carencias militares.
La matanza de Srebrenica es el aldabonazo que obliga a sacar a la superficie esa
insostenible situación. No se trata ya de incapacidad operativa o de
inexistencia de recursos militares esenciales, ni de insuficiencias en el
terreno de las comunicaciones o de la interoperabilidad, sino de serias
dificultades incluso para llevar a cabo operaciones humanitarias o de
mantenimiento de la paz. Recordemos que en Bosnia, fracasadas las Naciones
Unidas, sólo se alcanza la paz cuando interviene la OTAN, con la decisiva
presencia de los Estados Unidos. Por otra parte, en el ámbito diplomático, la UE
obtiene resultados muy limitados, como muestra el conflicto palestino-israelí:
Los europeos son quienes más aportan como ayuda humanitaria y al desarrollo,
pero su eficacia es escasa, tanto por la falta de unidad, como por la
inexistencia de un necesario respaldo militar.
Debe reconocerse que los dirigentes europeos son muy conscientes de esa
situación y que hacen continuos esfuerzos para mejorarla. En el ámbito de la
defensa hay que subrayar la importancia que tuvo la cumbre anglo-francesa de
Saint Maló (diciembre de 1998) y los Consejos Europeos de Colonia y Helsinki
(junio y diciembre de 1999). En un plano más general, la UE se muestra decidida
desde finales de esa década de los noventa a afrontar a la vez los dos grandes
retos que tiene ante sí: la ampliación hacia el este de la Unión y la
profundización en el diseño y eficacia de las instituciones comunitarias. Se
desmiente así a quienes estimaban que ambos empeños eran incompatibles y que era
obligado empezar por uno mientras el otro esperaba. Y se plantea así la
necesidad de un nuevo Tratado de la Unión, que queda ya sobre la mesa en el
Consejo Europeo de Niza (diciembre de 2000) y que se pretende que sea redactado
por un procedimiento nuevo: Una Convención para el Futuro de Europa que
redactaría un proyecto de tratado que serviría de base a los trabajos de la
Conferencia Intergubernamental que, en definitiva, ultimaría el texto que, tras
ser aprobado por el Consejo Europeo, esto es los jefes de Estado y de Gobierno
de los Estados miembros, sería sometido a los correspondientes procesos de
ratificación, por vía parlamentaria o de referéndum, antes de su entrada en
vigor. Las cuatro cuestiones principales que se encomendaron a la Convención
fueron la simplificación de los tratados, la delimitación de competencias entre
los Estados y la Unión, el lugar de la Carta de Derechos, aprobada poco antes,
en la arquitectura institucional europea y el papel de los Parlamentos
nacionales en el proceso europeo.
En la Convención estaban representados miembros de los Parlamentos de los
Estados miembros y de los candidatos (dos titulares y dos suplentes, que
actuaron en un plano de igualdad, por cada país), así como un representante, más
un suplente, por cada Gobierno, miembro o candidato, y una delegación del
Parlamento Europeo, así como dos comisarios en representación de la Comisión
Europea. Otras instituciones de la UE también pudieron enviar observadores a la
Convención que celebró una sesión especial para recoger el pulso de la sociedad
civil y otra para escuchar a los representantes de los jóvenes de todos los
países miembros y candidatos. Se trataba de una gran asamblea que aunque no
tenía competencia decisoria poseía una amplísima representatividad que echaba
por tierra cualquier acusación de tecnocracia, una de las críticas más recuentes
que se han hecho al conjunto institucional de Bruselas.
La Convención Europea desarrolló sus trabajos desde marzo de 2002 a julio de
2003 y trabajó tanto en sesiones plenarias como en grupos de trabajo que
abordaron los aspectos más importantes de lo que habría de ser futuro Tratado de
la Unión. Desde el primer momento se percibió una patente división entre lo que
podríamos llamar «federalistas» y los que podrían denominarse
«intergubernamentales». Dos concepciones de la UE que responden a dos visiones
muy diferentes. También desde el principio se constató que algunos
convencionales, sobre todo del primer grupo, aspiraban casi a convertirse en
Asamblea Constituyente de unos hipotéticos e imposibles «Estados Unidos de
Europa» casi en un remedo del famoso «Juramento del Jeu de Paume», en los
albores de la Revolución Francesa. Otros quisieron ver en la Convención una
copia de la Constitución de Filadelfia, que redactó la Constitución de los
Estados Unidos de América.
Como ya había ocurrido en otros momentos del proceso de construcción europea
se adivinaba que los que más iban a hacer a la idea europea eran los que, con
poco realismo, deseaban ir demasiado deprisa, que suscitaban los recelos de
quienes, como los británicos, eran decididamente contrarios a las ensoñaciones
de los federalistas. Pero la mayor crisis de la Convención se produjo cuando, ya
al final de la misma, su presidente, Giscard d’Estaing, en contra del mandato
que había recibido la Convención, se sacó de la manga la sustitución del sistema
de votación acordado en Niza, sólo dos años y medio antes, que ponderaba el voto
de los Estados, por un sistema de doble mayoría que, al primar excesiva y
exclusivamente el criterio de la población, perjudicaba sobre todo a España y a
Polonia, sin que se las compensara de ninguna manera. Esto produjo la crisis de
diciembre de 2003 que impidió la aprobación del Tratado por el Consejo Europeo
de Bruselas, bajo presidencia italiana.
También quedaron a la vista las diferencias entre los Estados en la cuestión
de la mención del cristianismo. Se había tratado de una mera alusión, en el
preámbulo de la Constitución, al papel que ha jugado el cristianismo en la
historia de Europa. Pero los esfuerzos de españoles (hasta que llegó el Gobierno
socialista), italianos y polacos, entre otros, se toparon con la oposición
cerrada de quienes no querían reconocer que, durante un milenio, esto que ahora
llamamos Europa fue conocido como la Cristiandad.
Las divisiones o discrepancias entre los países europeos no versaban sólo
sobre los términos del Tratado. Mientras se celebraba la Convención se produjo
la crisis de Irak que mostró hasta qué punto los europeos estaban también
divididos en «atlantistas» y «continentales». Las relaciones con los Estados
Unidos, que ninguno se atrevía a negar abiertamente, eran vistan de muy distinta
manera por ambas corrientes, hasta el punto de que el máximo exponente de los
segundos, el presidente Chirac, manifestaba su propósito de convertir a Europa
en un «contrapeso» de los Estados Unidos, con una política exterior y defensa
propia. Una pretensión imposible por las carencias militares y diplomáticas de
Europa.
Ciertamente, el Tratado o Constitución fue aprobado en junio de 2004 pero en
un ambiente de un cierto desencanto europeo que se puso de manifiesto con la
baja participación electoral en las elecciones para el Parlamento Europeo de
aquel mismo mes. La abstención batió records, especialmente en los países que se
habían integrado en la UE el 1 de mayo anterior. El entusiasmo que habían
mostrado tras su integración en la OTAN, del que fui testigo presencial en
varios de lo nuevos aliados, no tuvo paralelo en el momento de su integración en
la UE, acaso porque recelaban que su recién reconquistada soberanía se pudiera
ver socavada por las instituciones de Bruselas.
III: El futuro y sus retos
Europa se enfrenta con un futuro difícil y complicado. Esta UE de 25 miembros
-y muy pronto de 27, cuando se integren Rumania y Bulgaria, sin entrar en la
cuestión de la candidatura de Turquía- es muy distinta de la Comunidad Europea
de seis miembros y el mundo entorno es, igualmente, muy diferente. Lo que
entonces valía, como el famoso eje franco-alemán, ya no posee la misma autoridad
ni la misma eficacia en una UE mucho más grande y heterogénea, con un Reino
Unido decidido a jugar un papel más relevante y con unas serie de pequeños
Estados, que sólo ven garantía para su seguridad en la OTAN, esto es en los
Estados Unidos y que, por lo tanto, no aceptan la política de distanciarse de la
gran potencia americana.
Los obstáculos a los que se enfrenta la Unión Europea en el futuro inmediato
son complejos y de varia naturaleza. Enumeraremos los que, en nuestra opinión,
son los más relevantes. El primer de ellos se refiere a la ratificación del
proyecto de Tratado Constitucional o Constitución para la UE que, al menos siete
países, entre ellos España, ha decidido que se haga por referéndum. Se trata de
una apuesta muy arriesgada por dos razones principales. La primera de ellas es
que con mucha probabilidad la citada consulta popular va a topar con un alto
grado de indiferencia por parte de los ciudadanos que se reflejará en una
elevada abstención: La escasa participación en las últimas elecciones europeas,
a la que ya nos hemos referido, facilita una pista de cuál puede ser el
entusiasmo europeísta en la mayor parte de los países miembros de la Unión.
Pero, en segundo lugar, existen países –el más claro es el caso del Reino Unido,
pero no se pueden descartar otros- donde las perspectivas de aprobación por
parte del electorado son muy remotas. La no ratificación del Tratado por algún
miembro introducirá a la UE en un terreno nuevo y de difícil salida, por más que
ya existan planes para solventar esa contingencia.
En segundo lugar, las perspectivas de avance de la Política Exterior y de
Seguridad Común (PESC) y de su subsidiaria Política Europea de Seguridad y
Defensa (PESD) y, con ellas, la posibilidad de que la UE «hable con una sola
voz» no son claras ni fáciles por las razones que ya hemos apuntado más arriba.
Ciertamente se han hecho avances significativos, algunos de los cuales ya quedan
incorporados al texto de la Constitución. Los avances realizados en el ámbito de
las capacidades militares; la creación de la Agencia Europea de Armamento que
coordinará la planificación y adquisición de nuevos de sistemas de armas, de
comunicaciones… etc. para facilitar la interoperabilidad y evitar la duplicación
y el despilfarro; los acuerdos Berlín Plus que establecen los cauces de
cooperación con la OTAN; las primeras experiencias de operaciones de
mantenimiento de la paz y humanitarias llevadas a cabo por la UE en Macedonia,
el Congo y, a finales de este año 2004, en Bosnia… son todos ellos esfuerzos
estimulantes. Pero se trata de avances que, en buena medida, tienen una
dimensión técnica y se sumirán en la ineficacia si falla la voluntad política.
La cercanía de la crisis de Irak, cuyas causas profunda todavía perviven, no
permite ser demasiado optimista al respecto. En este mismo campo de la defensa y
la acción exterior todo depende, además, del aumento significativo de los
presupuestos de defensa, que en la actualidad son excesivamente reducidos en la
mayor parte de los países de la UE. Se gasta mucho, sin duda, en la ayuda
internacional al desarrollo pero esa ayuda obtiene pocos resultados, en parte
porque se despilfarra o no llega a su destino y en parte porque no obtiene
réditos políticos porque Europa es vista como una potencia débil, dada su falta
de respaldo militar. El soft power tiene una dimensión moral mayor que el
vituperado hard power pero su eficacia es mucho menor.
En tercer lugar, Europa se enfrenta con un previsible periodo de «vacas
flacas» desde el punto de vista económico, tanto por los astronómicos costes de
un «modelo social» que las opiniones públicas se niegan a desmantelar (lo que
indefectiblemente traerá déficits públicos, deuda pública creciente, impuestos
más altos, menor crecimiento inflación y desempleo) como por la competencia no
sólo de economías como las de Estados Unidos y el Japón, sino de las potencias
emergentes de Asia, como China e India, además de las consecuencias de los
inevitables fenómenos de deslocalización de los que, en este momento, se están
beneficiando, los nuevos socios de la Unión de Europa central y oriental.
En cuarto lugar, la UE es en la actualidad no sólo mucho más grande sino
mucho más heterogénea que en ningún otro momento de su historia. Las diferencias
entre países ricos y países pobres, países grandes y pequeños son mayores que
nunca y las dificultades económicas de los más ricos impiden que se vuelquen
sobre los más pobres el maná de los fondos estructurales y de cohesión que tan
beneficiosos han sido hasta ahora para los menos desarrollados. Esta situación
creará inevitablemente tensiones que serán mucho más difíciles de resolver por
las instituciones de Bruselas.
En quinto lugar, Europa vive una alarmante situación de declive demográfico
que no parece preocupar ni a las clases dirigentes ni a los ciudadanos y que
cualquier historiador identificaría como propia de sociedades decadentes. Este
vacío poblacional está siendo colmado por la inmigración que aquí tiene unas
características peculiares muy diferentes, por ejemplo, de la otra gran sociedad
de inmigración que son los Estados Unidos. Allí, la vitalidad de la sociedad la
convirtió en una meeting pot con una enorme capacidad de integrar y aún
de asimilar a los recién llegados en muy pocas generaciones. Ayudaba a ese
proceso que los inmigrantes procedían bien de países europeos, con múltiples
coincidencias culturales o de países iberoamericanos con una decidida voluntad
de integración. En Europa, por el contrario, la inmigración más reciente procede
del mundo árabe y musulmán con nula voluntad de integración lo que crea guetos y
da a algunas sociedades europeas un carácter multicultural que sólo puede ser
negativo cara al futuro.
Seguramente no son estos los únicos retos con los que se enfrenta la Unión
Europea y Europa en general en su inmediato futuro pero sí son, en nuestra
opinión, los más importantes. De que Europa sepa afrontar estos desafíos
adecuadamente depende su porvenir. La clave no está tanto en los textos
jurídicos o políticos, como el mentado proyecto de Constitución, sino en la
capacidad de sus líderes. Pero este podría ser el sexto de esos retos que hemos
enumerado: El escaso nivel de sus líderes que, con muy pocas excepciones, se
sitúan a años luz de los grandes líderes europeos del siglo XX, de Churchill a
los citados «padres fundadores» de Europa, de de Gaulle a Kohl o a Thatcher que,
a pesar de sus errores, supieron marcar rumbos nuevos y ambiciosos para sus
países y para el continente entero.
[1] Alejandro Muñoz-Alonso es Catedrático y
Senador. Miembro de la Convención Europea en representación del Senado de España