REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
CANCIÓN POR LOS CIMIENTOS DE LA CASA EUROPEA
Por Valentín Arteaga [1]
A Dios gracias es una hermosa casa firme y grande; cuenta con distintos
corredores, galerías y patios, amplias salas y habitaciones cuyas ventanas dan a
campos abiertos, montañas, llanuras y bosques; cruzan delante ríos navegables,
torrentillos chicos y corrientes de agua bulliciosa y menuda. Es bella
ciertamente nuestra casa. Rodeándola como un cíngulo sonoro y abarcador, vienen
y van, ascienden o descienden, calzadas y caminos, senderuelos y atajos llevando
y trayendo encima, sobre la nieve o los macizos de flores, las jaras, zarzamoras
y madreselvas, tanta historia conjunta, tanta indeclinable memoria: ese inmenso
respiro, coral como un «liber usualis», de nuestra tradición numerosa asentada
fuertemente en sus cimientos poderosos dificilísimos de arrancar puesto que
fraguaron en el corazón de la fe misma, fe de piedra en vilo sobre las manos de
Dios.
Desde las terrazas contemplamos el tatuaje del tiempo, las señas de la paz y
la guerra, la recolección y las siembras, lo que por acá aconteció un día,
cuanto hay ahora; y el porvenir esperanzado del mañana que llega. Se oye la
presencia inaferrable del viento rozando con sus dedos los campanarios y las
agujas de las torres de las catedrales, las ojivas de piedra y blonda de las
fachadas, la música en pie de los monasterios, atrios, huertos y hospederías.
Con la emoción en vilo se escucha, al hojearlos, el son contemplativo de los
manuscritos y pergaminos entre la claridad coloreada de sus letras miniadas. Ha
sido el resultado, esta mansión nuestra, de seculares acarreos, de incansable
labor y de un tesón común conmovedor de reyes, condes, abades, monjes,
cristianos viejos, romeros, caminantes, gremios, cofradías, pueblo llano, madres
de familia, vírgenes, mártires...
Ah, nuestra casa solariega, de par en par hacia poniente y oriente, al sur y
al norte. Se ha ido haciendo con los siglos cada vez más hermosa. «¿Te acuerdas,
buen hombre, de aquellos tiempos?». Salía, verbigratia, el vecindario, aquí y
allá, a la plaza comunal, y la inocencia, los buenos modos, el trato cordial y
el dialecto autóctono, resplandecían: «Buenos días, amor»; «vaya con Dios,
compadre». El recibidor y las estancias, los cuartitos de estar asomados a las
fracciones de distrito y las comarcas llenas de árboles, valles, lagos,
planicies, campos de pan llevar, molinos, ventas e iglesitas de cal y canto, se
iluminaban. Qué grande nuestra casa, lugar de muchísimo afecto y comunión, suma
y sigue de tantas emociones pequeñas e íntimas como un beso de enamorados bajo
los portales de la felicidad permanentemente por venir, porque la historia es un
torrente que no cesa; y una esperanza. que germina continua; y el futuro que es
amor verdadero y acción de gracias amaneciendo todos los días encima del corazón
único y plural de regiones, comarcas, municipios entorno a un ideal ensanchador
y projimal.
A Dios gracias hemos recibido en herencia una casa familiar a la que le ha
llegado ahora, porque la rosa de los aires lo mueve, el momento de agrandar, de
trazar más allá sus tapias, ensanchar sus patios, ampliar salas, habitaciones,
pasillos, corredores y galerías. Pero, por favor, Dios santo, cuidado con
arramblar con la memoria, poner patas arriba los cimientos y vaciar los vocablos
del respeto y la ternura que tanto congregan, pues para eso estamos; al cabo y
al fin no para otros planes es una casa; la casa de todos y cada uno, todos con
voluntad y decisión de no excluirnos unos y otros, de sentarnos gozosos a la
mesa: «Padre nuestro que estás entre nosotros». Cuantos más arrimen su silla en
la reunión, mejor que mejor, más casa y familia. ¡Nada de irse cada quién con su
pan al hombro en busca de lugares privados por esta mansión que han de iluminar
las palabras! ¡Nuestra casa es casa de palabras! Debemos ensanchar las palabras,
salir con ellas bien silabeadas en el corazón a la puerta de la calle diciendo:
«Vengas de vengas paisano, seas bienvenido: aquí están nuestro pan y nuestra sal
y los clarísimos vasos de la sed que la vida entre parientes se cuida con fervor
admirado», con la sonrisa franca y la acogida generosa: «Tú, hermano, eres yo, y
yo soy tú, hueso y carne engendrado por los mismos apellidos».
¡No! Que no venga nadie con exclusiones y asimetrías; con la desatención, el
desapego, la mala idea y el zarpazo. ¿Hay que llamar desde a ahora amor a lo que
no lo es? No vale decir: «Si no estás de acuerdo, tendrás que salir al egido con
la etiqueta bien visible de carcamal» y «lo que te echen, entrometido». «¿Cómo
se te ocurre venir con tu canto de esperanza por unos cimientos que nosotros
deseamos calcinados?». No importa lo que actualmente parece que importa. Es el
momento de no desistir de nuestra vocación de continuos reconstructores de la
convivencia, la armonía la luz en todos los descansillos que suben, por las
escaleras de nuestra casa a los balcones desde atisbar la llegada de quien sea.
Enmendemos cuanto no funcione.
Quién sabe si a lo mejor con un poco de suerte los desperfectos con el tiempo
se arreglan. Puede que con un puñadillo de ánimo en las alforjas de viaje,
porque arrieros somos, trotamundos o peregrinos -«¡ultreia!», «¡ultreia!»,
¡Santiago!, ¡Santiago!- y algo de suficiente esperanza para aguantar cuanto el
cuerpo y el espíritu den, todavía nos salvaremos. ¿Desea alguien que le
entierren mediovivo? Que salga a escena cuanto antes y lo grite en las cuatro
esquinas de la plaza. «¡Queremos aire puro!»; «¡necesitamos que la casa entera
se oree!». «Abre, muchacho, los balcones que dan a los huertos»; «venga, chicas,
a trajinar todas». Como dicen en el pueblo: Hay que «hacer sábado en casa»,
sacudir bien el edredón, las mantas y los vestidos antiguos del fondo del baúl».
«¡Vamos, vamos! ¡A enjalbegar el jaraíz, la cocinilla y los trascorrales, el
cuarto de los monagos y la caseta de la báscula municipal de la placita de la
Tercia!». Es hora de poner en orden el orden. Cada quien a lo suyo, ea. Al
servicio de todos todos. ¡A reconstruir desde lo profundo al hombre! Propiciemos
en corro la canción por la nueva hora de Europa, la hora de sacarle partido al
tictac de las ansias de encontrarse y besarse todos a una en la frente: «Por fin
en casa, correlindes».
Hemos de embellecer la casa -ah, aquella «casa encendida» de Luis Rosales-,
esta heredad de nombre amparador -¡Europa!- en cuyas sílabas se concita tanta
orquestal música en llamas lamiendo ábsides y arquitrabes, baptisterios,
altares, naves, abadías, conventos y colegiatas a este lado de nuestro viaje y
del otro. A lo mejor con un poco más de ganas y paciencia y gran humildad y
muchísimo tesón a pesar de los pesares todavía tiene todo arreglo; porque ¿vamos
a dejar a los mercaderes, los truhanes de turno, los títeres de tres al cuarto,
los ganapanes de la banalidad, que se lleven, ellos solitos, el gato al agua?
«Apaga, y vámonos entonces, compadre». No, no; no esconderemos la lámpara debajo
del celemín y menos aún nos iremos; pues no somos «ocupas». Es nuestra, de ellos
también, de todos, la casa. No los vamos a echar. Ni ellos tampoco nos pondrán
de patitas en la calle a nosotros: tenemos los papeles de la escritura en
nuestro poder, y entre todos, en plan ecuménico, sinodal, católico,
esplendoroso, la fuimos poniendo en pie mientras se cantaba la letanía de los
santos fundadores...
Ahora -¡válganos San Bernardo y San Metodio!- resulta que no pocos de los
nuestros, o lo parecía, marchan a dónde. ¡Pobrecillos! ¡Zascandiles sin moral,
diablejos perseguidos por el qué dirán, buscadores de anuencias a la nada! ¿Qué
se han creído? Estamos en casa y cabemos en ella todos. Ellos han decidido, sin
embargo, que renunciemos a lo nuestro. Que se lo creen. Apañados están, qué
ingenuos. Triste cosa es que algunos paisanos -insistamos-, avergonzados, se
vayan pasando a las otras filas porque no aguantan más y se digan a sí mismos en
voz baja: «Quién sabe si en años venideros no volveremos a detentar el poder; lo
mandado ahora es no llamar la atención y no se advierta nuestro lugar de
procedencia o las palabras que pronunciamos un día». Miedo. Tienen miedo o
carecen de cuanto una persona de bien debe llevar en su alma. Qué lástima el
miedo actual a la identidad recibida un día, ese pánico por las claras a la
bocanada de viento fresco que recorre, exultante, otra vez, los sitios de
nuestra mansión materna. Ay, dijérase llegado el tiempo, por decisión de unos
pocos petimetres, feriantes de quita y pon, farándula de fiestas civiles
intermedias, de abultar el progresismo de candilejas y poner despatarrado al
personal: se reniega de la luz, y se entenebrecen los senderos y los atajos del
alma. A fuerza de intentar escarbar en la noche, lo que se halla es desamor, y
niños fusilados frente al paredón de la escuela; o tener que recitar el «oficio
parvo» a escondidas en los desvanes de las dictaduras del nos da a nosotros la
real gana. ¡Cuando en casa ya no cabemos todos, mal asunto!
Ha terminado, vociferan, un ciclo; y el que ahora viene, no nos pertenece a
cuantos no nos dejamos arropar por su ideología. Según ellos somos ciudadanos de
segunda. Vale. Aún así, permaneceremos pese a quien pese: ¡Empeñados en izar en
los balcones de la casona la alta bandera de la paz, que es reclamo muy
amparador! Como lo es cualquier habla, jerga, dialecto o idioma. El sol nace y
se pone cada día encima de las bardas de la palabra. Por eso seguiremos fieles a
cuanto se construye con los buenos propósitos y la bendición generosa: «Toma,
hermano, mi flor y mi canción»; «recibe, mujer, este par de besos en tus manos»;
«anda con Dios, vecino»... La historia, en la casa, cundía siempre generosa y
transparente. Y, como en el poema de Eladio Cabañero, «la vida iba a su
mejoría»; y caldeaba las moradas de cada quien; y los jóvenes crecían y
maduraban tan fuertes y sanos. ¡Daba gloria verles, santo Dios! Y Él mismo hasta
no hace tanto se plantificaba como un enorme carretón de mies recién cosechada
en las afueras del pueblo, camino de la plaza, con el ocaso incendiado de júbilo
en los ojos; y repicaban, jubilosas, novias vírgenes, las campanas del domingo.
«Ahora -vociferan- levantaremos de abajo a arriba un edificio nuevo vuelto de
espaldas al pasado; y dictaremos normas acerca del bien y del mal según lo
decidan las mayorías; y no consentiremos injerencia alguna, habráse visto».
¡Sea! Pero lo dicho: algunos, más de lo que ellos piensan, esperamos que las
cosas, cuándo y cómo no importa, mejorarán. La historia es la historia, y ésta
es siempre maestra de vida con tal que no se la manosee con la concupiscencia de
los malcriados.
Qué hermosa la de nuestra familia y nuestra casa. Todavía hay raíces, y éstas
no se arrancan así como así. Germinan. El labrador, como está bien sabido, es
otro. No le prenderán fuego a nuestra esperanza esos pocos «ropasuelta» de pico
y pala obsesionados por el derribo y la extenuación de los amaneceres.
Personajes de la noche, pretenden fundir todas las estrellas de los cielos de
Europa. Además, lo asegura el salmo bíblico, «si Dios no edifica la casa en vano
trabajan los albañiles». Tuvimos, tenemos todavía, tendremos siempre, vocación
de constructores. No nos despedirán de la obra. Trabajaremos gratis, si es
preciso. No podrán con nosotros. Resistiremos, pero sin violencias, eh, a la
chita callando, sí, pero con la frente alta; con pasión y orgullo. Aunque
piensen que ya nuestra influencia es nula. Precisamos, desde luego, estar
persuadidos de la fe que cimentó un día nuestra hermosa casa europea. ¿Lo
estamos? ¿O nos pasaremos poco a poco al bando de todos esos mercachifles de las
excavadoras? ¡Sálvanos Señor Santiago! «Amor, todo pasa y todo llega».
Lo requetedicho: A Dios gracias disfrutamos de una mansión muy grande y
hermosa que nos han dejado en herencia nuestros padres. No la vamos a trocear
ahora en apartamentitos insolidarios ni se la vamos a dejar, cobardes y
amedrentados, a los vociferantes del quítate tú para que me ponga yo. ¡Nanay!
[1] Valentín Arteaga es prepósito general de la
Orden de Clérigos Regulares Teatinos.