Altar Mayor - Nº 97 (08)
Fecha Tuesday, 18 January a las 13:07:47
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

ESPAÑA, NUEVA EUROPA Y FE CRISTIANA
Por
José Delicado Baeza [1]

España estaba a punto de entrar en la CEE cuando el Papa Juan Pablo II, con ocasión del undécimo centenario de la obra apostólica de San Cirilo y San Metodio, copatronos de Europa y evangelizadores de los eslavos, escribió una carta encíclica, Slavotum apostoli (2-VI-85). Este eslavo que ocupa la Cátedra de Pedro, «eslabón» de la cultura oriental y occidental en nuestro tiempo, nos recuerda en esta encíclica la raíz espiritual de Europa, expresando un deseo en forma de oración: que Europa «sienta cada vez más la exigencia de la unidad religioso-cristiana y la comunión fraterna de todos los pueblos, de tal manera que, superada la incomprensión y la desconfianza recíprocas, y vencidos los conflictos ideológicos por la común coincidencia de la verdad, pueda ser para el mundo entero un ejemplo de convivencia justa y pacífica en el respeto mutuo y en la inolvidable libertad».

W. Schubart, insigne eslavista, escribió sobre Europa desde el Oriente, ofreciéndonos un precioso estudio que acaso sea sólo un atisbo, pero que no deja de ser también una añoranza: La «época gótica» (desde el siglo XI al XVI) hizo fraguar la unidad espiritual del Occidente que ya venía gestándose. La idea de la eternidad, la mirada al cielo, los monjes, las catedrales, la comunidad cultural cristiana, etc., todo ello contribuyó a la creación del concepto y la vivencia de Europa. Después, entre mediados del XV y del XVI se produce un gran cambio: el paso a la «época prometeica». El hombre ya no mira tanto a lo alto, sino que dirige su mirada a la tierra; es el tiempo de los grandes descubrimientos y de la creciente ambición de dominar el mundo en que se va despegando de Dios y apegando cada vez más a las cosas. Esta cultura prometeica radicalizada puede desembocar en un «antihumanismo», como parece vislumbrarse por algunos síntomas que ya se percibían cuando, antes de mediar el siglo XX, escribía este alemán báltico, profesor de Sociología y de Filosofía en Riga que quiere intuir signos también en el alma del Oriente para anunciar la «época yoanea», del Evangelio de San Juan, «que posee en un grado extraordinario el espíritu de igualación, de amor y de reconciliación».

Cualquiera que sea la suerte de este pronóstico, desde el acertado diagnóstico de las dos épocas anteriores, es claro que el hombre «prometeico», que domina todavía la cultura presente, no termina de satisfacer, sino que, a pesar de su poder inconmensurable, se nos manifiesta profundamente enfermo, aquejado por impotencias e interrogantes fundamentales y capaz de toda suerte de aberraciones, por añadidura más amenazadoras que nunca para toda la humanidad. Otro eslavo, A. Soljenitsyn, premio Nobel, lo ha dicho con palabras preocupantes: «Si se me preguntara si yo quiero proponer como modelo a mi país el Occidente de hoy, tendría que responder con franqueza que no, yo no puedo recomendar vuestra sociedad como ideal para la transformación de la nuestra. Dada la riqueza de desarrollo espiritual adquirida en el dolor por nuestro pueblo en este siglo, el sistema occidental, en su estado actual de agotamiento espiritual, no presenta atractivo alguno [...] Hay un hecho indiscutible: en el Oeste, debilitamiento del carácter del hombre; en el Este, su afirmación». Para este escritor ruso, la solución no está en el marxismo, pero tampoco en ese otro materialismo y positivismo occidentales. Por eso denuncia con sinceridad: «Occidente ha defendido con éxito, e incluso superabundantemente, los derechos del hombre. Pero el hombre ha visto debilitarse completamente la conciencia de su responsabilidad ante Dios y la sociedad. Durante estos últimos decenios, este egoísmo jurídico de la filosofía ha sido cosa definitivamente realizada, y el mundo se encuentra en una cruel crisis espiritual y en un callejón sin salida». Y se atreve también a vislumbrar un cambio o una amenaza: «El mundo, hoy, está en vísperas de su propia pérdida, por lo menos de un giro de la Historia que no cede en importancia al de la Edad Media hacia el Renacimiento. Este giro exigirá de nosotros una llama espiritual, una ascensión hacia una nueva altura de miras, hacia una nueva forma de vida, donde no será tampoco pisoteada, como en la Edad Moderna, nuestra naturaleza espiritual. Esta ascensión es comparable al tránsito a un nuevo grado antropológico».

¿El «hombre joaneo» de Schubart? Juan Pablo II, en su primera visita a España, proclamó: «Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes» (9-IX-82).

Algunos consideran que el añorar la reviviscencia de las raíces cristianas de Europa es un ideal restauracionista imposible para nuestro tiempo, que las soluciones tienen que ser puramente políticas dentro de la filosofía posibilista de los consensos. Para F. Chabod, la Europa moral y civil nace del Humanismo, en plena civilización del Renacimiento; según él, el fundador de la moderna «conciencia europea» es Maquiavelo. Quizá entonces se signifique el punto de inflexión cultural en la trayectoria histórica. Pero si se buscan las raíces más profundas del proceso de configuración de Europa no se puede olvidar la función de la fe cristiana y de su cultura aun en sus expresiones temporales. En todo caso, el sesgo que toma Europa con Maquiavelo ha producido frutos amargos, ya que antepone la razón del Estado a la moral, a los valores permanentes que implican la dignidad de la persona humana en cuanto tal.

Por eso, en la confrontación con esta mentalidad, se puede advertir la originalidad del Renacimiento español, que es plenamente moderno, como escribe Sánchez Agesta, sin abandonar los fundamentos tradicionales de la permanente dignidad humana. Nuestros teólogos y humanistas de Alcalá y Salamanca aceptan la idea del progreso: la búsqueda de la verdad, el valor de la historia y de los métodos científicos; defienden la dignidad del hombre, la libertad de investigación, los derechos humanos, la importancia de las fuentes de conocimiento. Y no en puros enunciados abstractos: v.g. Domingo de Soto deshace la creencia aristotélica de que existen esclavos de nacimiento y Vitoria defiende los derechos de los indios a la libertad, a las formas de convivencia social, al comercio, etc., exigidas por una naturaleza racional idéntica a la de los españoles. Insistirá en que no se puede sacrificar a nadie por razones del Estado. El hombre, lo primero. Estos pensadores, a la par que defienden al hombre, consideran que la política está esencialmente vinculada a la justicia frente a la arbitrariedad del Poder.

Esta corriente del pensamiento español, que es una buena parte de nuestro patrimonio histórico, sintoniza con los anhelos más nobles y radicales de la cultura europea: contempla la dignidad de la persona humana sin discriminación racial ni de ninguna clase, con sus derechos inalienables, con la capacidad de discernir lo justo y de establecer una convivencia nacional e internacional sobre las bases del derecho más allá de arbitrariedades o presiones de poderes hegemónicos. Julián Marías publicó un lúcido estudio, España inteligible, desde esta perspectiva y, por eso, de gran actualidad. En su trayectoria histórica, el hombre ha sido siempre persona, como se manifiesta en su convivencia y en su misión; el utilitarismo, a pesar de todo, ha sido más bien una intención secundaria, por lo que el pueblo español no justifica sus empresas históricas en razón del éxito, sino del gran proyecto cristiano.

No se trata de profesar ahora como ideal una especie de «arqueologismo» institucional de vieja cristiandad, sino de no renunciar a esos valores fundamentales y universales, que son plenamente cristianos. España debe realizar este proceso de incorporación y colaboración positiva con las instituciones europeas desde su identidad cultural, sin resignarse a que ésta se disuelva, sino más bien aportándola con sencilla y firme convicción como un valor que puede enriquecer a otros, porque se está jugando el sentido del «giro antropológico», bien hacia el materialismo de la concepción de la naturaleza del hombre y del sentido de su vida con los puros intereses pragmáticos e individualistas asistidos por un positivismo jurídico sin fundamentación moral estable, o bien hacia una visión completa del hombre, de plenitud de sentido humano en el orden temporal, y por tanto, también en su dimensión espiritual, en su convivencia relacional y ampliamente social.

Hay que echar una mirada, para comprender los condicionamientos de nuestra cultura presente en Occidente, a lo que se ha llamado la ilustración de la edad moderna, porque esta cultura está determinada por la conciencia que el hombre va tomando de su propia libertad, asistido por su sola razón individual cada vez más independiente de los valores de la tradición. Este fenómeno, para M. Kant, está sintetizado en la salida de la minoría de edad siguiendo el consejo de atreverse a conocer como lema: sapere aude. Él es la medida de sí mismo al llegar este proceso de emancipación de la autoridad y de la tradición que le puedan condicionar. Este es un momento fuerte del «giro antropológico», que no dejó de tener efectos positivos en la libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa con los derechos humanos, base en el fondo evangélica, como analizó en su tiempo Pablo VI cuando nos ofreció su primera encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-64), que fructificaron en los valores democráticos, pero que desencadenaron en su desmesura una cultura cada vez más secularizada en la que Dios se desplaza a la periferia de la vida social e incluso al agnosticismo y al indiferentismo religioso, que sin ser un ateísmo violentamente hostil, sí está propiciando la cultura del Continente europeo, como ha reconocido A. Glucksmann. Y sobre los efectos negativos, el mismo G. Vattimo escribe en El fin de la modernidad: Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna: «La historia que, en la visión cristiana, aparecía como historia de la salvación, se convirtió primero en la busca de una condición de perfección intraterrena y luego, poco a poco, en la historia del progreso: pero el ideal del progreso es algo vacío y su valor final es el de realizar condiciones en que siempre sea posible un nuevo progreso. Y el progreso, privado del “hacia dónde” en la secularización, llega a ser también la disolución del concepto mismo de progreso, que es lo que ocurre precisamente en la cultura entre el siglo XIX y el siglo XX».
 

El problema radical: la soledad del hombre autosuficiente

Si se desaloja a Dios del mundo, el hombre se queda solo. Su origen es la evolución de la materia y su destino es la nada. Pero no se trata de contentarse con un dios «virtual» creado en la pantalla de nuestros deseos para tratar de colmar el vacío. Se puede optar por la rebelión apuntándose como discípulo a la cátedra de Nietzsche, que también ha ejercido un magisterio todavía muy influyente en la cultura actual, porque todo el proceso del nihilismo coincide con la muerte de Dios a la que va aparejada la «desvalorización de los valores supremos». Cuando se da el vacío espiritual por haber desalojado a Dios de la conciencia y de la vida social, todo es posible. Pero el vacío tiende a llenarse con substitutivos que pretenden realizar una función parecida a la de la religión.

La encíclica sobre la doctrina social de Juan Pablo II Centesimus annus (1-V­91), al hablar de los sistemas totalitarios que desarrollan un fuerte control burocrático, recuerda que ahogan toda iniciativa y creatividad: «Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que haga imposible el mal, piensan también que pueden usar todos los medios, incluso la violencia y la mentira para realizarla, la política se convierte entonces en una “religión secular”, que cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo». Esta creencia presidió durante años la organización de los países de socialismo real. En ellos la libertad religiosa estaba sofocada. En cambio, en los países de libertades individualistas, por ciertas propagandas persistentes, se puede estar generalizando una especie de agnosticismo despreocupado, una actitud conformista que alardea incluso de carecer de sentido religioso, y así se pretende transmitir en una educación secularizante desprovista de valores a las nuevas generaciones. Cuando esto se respira en la atmósfera social, los efectos son previsibles aunque difícilmente superables. Como caso aislado, pero que no deja de ser significativo en las circunstancias actuales, esa presunta obra de teatro con el altavoz mediático que gritaba públicamente una hiriente blasfemia, que, escrita tal como suena en los medios de comunicación social, incluso para rechazarla, no dejaba de ser estridente y dolorosa en su grosería. Pero su autor, al ser interpelado si no se sentiría ofendido en el caso de que alguien dijera algo parecido contra su padre, respondió que naturalmente que sí porque su padre es una persona, pero Dios es una idea. Ahí tienen.

Ortega y Gasset manifestó ante un caso menos grosero: «Nunca olvidaré que cierto día, en un pasillo del Ateneo, me confesó un ingenuo ateneísta que él había nacido sin prejuicio religioso. Y esto me lo decía, poco más o menos, con el tono y gesto que hubiera podido declararme: “Yo, ¿sabe usted?, he nacido sin el rudimento del tercer párpado”. Semejante manera de considerar la religión es profundamente chabacana. Yo no concibo que ningún hombre, el cual aspire a henchir su espíritu indefinidamente, pueda renunciar sin dolor al mundo de lo religioso; a mí al menos me produce enorme pesar sentirme excluido de la participación de ese mundo. Porque hay un sentido religioso, como hay un sentido estético y un sentido del olfato, del tacto, de la visión. Porque es lo cierto que sublimando toda la ciencia acaba sin acabar la cosa; este núcleo transcientífico de la cosa es su religiosidad». El mismo Wittgenstein escribió en su Tractatus: «Sentimos que, incluso cuando han recibido respuesta todas las preguntas científicas posibles, nuestros problemas vitales ni siquiera han sido tocados». Y en otra ocasión escribe: «Cuando algo es bueno, es también divino. Extrañamente así se resume mi ética. Sólo lo sobrenatural puede expresar lo sobrenatural».

A esa realidad profunda y misteriosa, que está más allá de la pura experiencia y verificación de los sentidos corporales, se accede por la mente y, sobre todo, por el corazón con el don de la gracia: con unas actitudes sinceras y honestas y con un corazón limpio que dispone para «ver» de una manera superior y complementaria en el orden humano: es el descubrimiento del mundo de la fe, como realidad viva y personal. Cuando no se fomentan estas actitudes que disponen para acoger la gracia, el sentido de lo trascendente puede derivar en otras direcciones, produciendo fenómenos pseudorreligiosos: por ahogar la voz de Dios que se manifiesta en la propia conciencia, ese sentimiento profundo emerge en forma de culto a la naturaleza, de absolutizaciones ideológicas o políticas, de mitificación de personajes o de idolatría de cosas; de tendencias espirituales exóticas, a las sectas, al culto satánico, a las supersticiones en sus mil formas, astrales, ocultistas, mágicas, etc.

Miguel de Unamuno vivía con disposición sincera ese deseo de creer y esperar con una convicción que extraía de una catequesis de San Cirilo de Jerusalén: «La raíz de toda buena acción es la esperanza en la resurrección», que escribió en su Diario y que explicitó añadiendo que el hecho mismo de «querer creer» es ya una gracia: «¿De dónde viene el querer creer? Si viene de Dios y de su gracia, abandonándonos a ese deseo hallaremos la gracia de dárnosla. Es ya gracia el deseo de creer, que nos hace merecer la gracia de orar, y con la oración logramos la gracia de creer. Me complazco en creerlo así, y, al creerlo así, ¿no es, Señor, que creo ya en Ti?». A pesar de todo, su lucha interior fue recia pero permanente hasta el final. Cuando un amigo el último día del año 1936 le dice un tanto desalentado: «La verdad es que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España, disponiendo de sus mejores hijos». Charles Moeller, que es quien transcribe esta confidencia, dice que Unamuno descargó un recio puñetazo sobre la camilla y exclamó: «¡Eso no puede ser. Dios no puede volverle la espalda a España!». Pronunciadas estas palabras, murió súbitamente.

El Papa preguntaba dolorido para estimularnos a todos en la carta sobre el Jubileo del año 2000 Tertio millennio adveniente: «¿Cómo callar, por ejemplo, ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia? A esto hay que añadir aún la extendida pérdida del sentido trascendente de la existencia humana y el extravío en el campo ético, incluso en los valores fundamentales del respeto a la vida y a la familia» (TMA 36). Indiferentismo, secularismo, relativismo ético, agnosticismo, etc., brotes en este campo de vegetación que crecen y se multiplican ampliamente.

X. Zubiri en su libro El hombre y Dios estudia la actitud básica del agnóstico, que no sabe si existe Dios o no; propiamente se trata de un desconocimiento de quien busca pero no encuentra. Es una especie de frustración en esta búsqueda intelectiva. Si se desiste, fácilmente sobreviene el desentendimiento, en el que uno puede estar también instalado por frivolidad, al despreocuparse por el problema de Dios. El agnóstico parece que suspende la fe porque, aun buscando, no encuentra; el despreocupado opta más bien por la indiferencia: aunque exista Dios y sea como sea, no me interesa. La indiferencia y la despreocupación son dos momentos de la misma actitud que, siendo inicialmente intelectiva, termina siendo volitiva: una opción por dejarse vivir fuera de Dios, que es el fundamento de la vida. Por el desentendimiento de Dios, el hombre vive en la superficie de sí mismo.

Si hubiera que intentar hacer más precisiones que aclaran este fenómeno amplio y complejo en nuestro tiempo, habría que tener en cuenta este otro concepto, «el indiferentismo religioso»: es la actitud de quien equipara a todas las religiones –todas son iguales para el caso-, sin optar por ninguna de ellas, pero conservando una cierta tendencia religiosa general. La «indiferencia religiosa» denota más bien despreocupación por cualquier forma de religiosidad, si bien esta desestimada práctica tiene diversos grados de mayor o menor radicalidad. Y esto por diversas causas y procesos: desde los que, provenientes de la práctica y aun del fervor religioso, desembocan en esa situación, hasta los que nunca o apenas tuvieron oportunidad de vivir anteriormente la experiencia de la fe, como acaso esté sucediendo actualmente a una buena parte de la juventud.

La indiferencia para la Ilustración, propugnando una religión puramente natural y racional, parecía afectar en su desafecto a las religiones positivas y, más en concreto, al cristianismo y a la Iglesia católica. La del hombre moderno concierne al hecho religioso en cuanto tal, que, en el vacío que siente, no deja de buscar sucedáneos. Se acomoda en la indiferencia sin motivos filosóficos ni demasiado empeño racionalista; en todo caso, sirviéndose de tópicos en contra de la religión institucionalizada, «lo que se persigue es la actitud crepuscular de la sociedad», se ha escrito. Ahí está la sociedad de consumo para compensar. Pero acaso todavía tendríamos que precisar más. En la ciudad secular parecían estar amenazadas las creencias religiosas hasta el punto de abrirse camino el pronóstico de su desaparición en la medida del progreso humano. Después, los estudios sociológicos desmintieron esta apreciación y también el pensamiento antropológico de intelectuales sinceros. José Luis L. Aranguren, hace un cuarto de siglo, dijo que para los intelectuales no era la conciencia religiosa la que estaba en crisis, sino la autoridad religiosa, y añadió que hasta hacía poco tiempo no se creía poder encontrar religión sino en el seno de las instituciones religiosas, pero que «ahora es frecuente encontrar religiosidad por doquier». Sin embargo, esta fragmentación de creencias y valores fundamentales que se deriva de la cultura de las libertades individualistas y de consumo que, paradójicamente, socializa a la vez deseos y comportamientos frívolos de una manera casi irresistible, ¿es signo de progreso, o de regresión?
 

El cristianismo, las otras religiones y la nueva Europa

El cristianismo no es una religión del Libro, sino de la Palabra de Dios hecha carne, del Verbo encarnado y viviente. Es la relación del hombre con Dios mismo en Jesucristo en virtud de su voluntad amorosa y salvadora conocida por la revelación oral. Por eso, tiene sus raíces en el núcleo mismo del ser y del obrar de Cristo en quien se abarca al hombre entero en su realidad total y con todo el mundo. En ese sentido, es una religión universal y de toda la humanidad en el proyecto de la salvación de Dios y, por tanto, una religión histórica revelada, de esperanza en un futuro que supera la pura temporalidad de las cosas y del ser humano en Cristo resucitado, pero que comporta una responsabilidad histórica, personal y comunitaria, en la construcción del mundo en solidaridad con todos los hombres.

Xavier Zubiri, en su libro póstumo El problema filosófico de la historia de las religiones (1993), nos ofrece un luminoso análisis sobre este tema. Escribe que Cristo no reveló a Dios solo «diciéndolo» o explicándolo, sino «siéndolo»; de ahí la interna implicación entre la idea de Dios y el cristianismo. El pensamiento de Zubiri resplandece desde este centro al hablar de la verdad del cristianismo respecto de las demás religiones: éstas -dice el filósofo español- llevan en sí, como constitutivo formal de su propia verdad, un cristianismo intrínseco, limitado y parcial, porque aberrante y todo, conduce al Dios cristiano; se podría decir, en cierto sentido, que son un cristianismo ignorado en los elementos positivos, porque pueden conducir al verdadero Dios.

El cristianismo, según eso, no está yuxtapuesto a las otras religiones; en la enumeración de las religiones -budismo, brahmanismo, judaísmo, islamismo-, el cristianismo no se encuentra en una mera referencia de coexistencia, sino de presencia:

«Es distinto de ellas, pero como distinto de ellas, está presente en todas ellas [...] Justamente porque se trata de una presencia en el seno de toda religión, hay siempre la posibilidad radical de que esta religión en su forma y en su hora pueda recibir la iluminación mayor del cristianismo». Así la actitud del cristianismo ante las demás religiones no es la de una mera afirmación excluyente, sino de misión y de diálogo.

En la carta apostólica del Jubileo-2000 nos lo explica el Papa: Cristo no se limita a hablar «en nombre de Dios» como los demás profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne: «Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo. Es lo que proclama el prólogo del Evangelio de Juan: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estaba en el seno del Padre, Él lo ha contado” (l, l8)». Por eso se busca y encuentra a Dios no sólo a tientas sino por la gracia acogida con una fe viva. «Jesucristo es el nuevo comienzo de todo: todo en Él converge, es acogido y restituido al Creador de quien procede. De este modo, Cristo es el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello m¡smo, es su única y definitiva culminación» (TMA 6).

Por eso el Papa quiso peregrinar a Asís con los responsables de las diversas religiones invitándonos a todos a compartir ese anhelo interior que nos viene de Dios: el de la fraternidad de un mundo en paz. Este es el plan salvador de Dios para la Humanidad entera. De ahí a considerar que Dios es Padre de todos y que Jesucristo, su Hijo, nuestro hermano, hay una secuencia de fe de la que los cristianos damos gracias en el respeto a los demás creyentes de los diversos pueblos, buscando todo lo que nos es común que nos conduce a una creciente solidaridad con todos.

Los hombres de las diversas religiones esperan de ellas la respuesta a los grandes problemas humanos que sólo la fe puede responder, sobre su origen y su destino, el pecado y la muerte, el bien y el mal, el misterio que nos trasciende por más que progrese la ciencia. Todos los pueblos forman una comunidad y tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la tierra con estas aspiraciones insaciables que apuntan a Dios y a su providencia salvadora. Sólo el Amor personal con mayúscula, como un Tú con quien se puede hablar confiadamente en las más diversas circunstancias, nos une en nuestra peregrinación temporal y nos da aliento y sentido.

Francisco de Asís recibió esta luz interior y la comunicó, desde la sencillez radical de su vida evangélica, a los hombres y hasta a la misma creación. Pero con él habría que recordar también al mallorquín Ramón Llull, el primero en Europa que empleó el catalán en la elaboración de obras de carácter filosófico. Converso hacia los treinta años de su vida, se operó en él una gran transformación espiritual y fue también un místico cristiano; lleno de celo apostólico y defensor de la fe, fue un incansable peregrino en tierras de «infieles» para predicar el Evangelio por las ciudades y universidades, y murió en el primer cuarto del siglo XIV tras dejar una obra considerable en varias lenguas, incluido el árabe, a veces de género novelesco y casi siempre con sentido apologético.

Sin embargo, para nuestro propósito en este asunto, es particularmente oportuno el contenido de El libro del gentil y de los tres sabios. El gentil es un agnóstico y los tres sabios representan a las tres religiones monoteístas: la judía, la cristiana y la musulmana, pero los cuatro interlocutores son de una exquisita cortesía y de un gran respeto mutuos. No oculta la identidad cristiana, aunque lo que destaca en los argumentos que tejen este encuentro es que los tres sabios convencen al pagano de la existencia y el amor infinito de Dios, por lo cual el pagano les queda profundamente agradecido. Sin que éste declare explícitamente por qué religión va a optar para orientar sus creencias el resto de su vida, los tres sabios se van juntos dejándole a su libre elección, aunque ellos mismos se comprometen a proseguir el diálogo entre sí. La cortesía y el espíritu pacifista de los participantes hace que se destaque con fuerza lo que les une en la fe común en Dios y los frutos que produce esta actitud, que en ningún caso es relativizadora de la verdad.

No obstante, a pesar de vivir en el seno de la confesión cristiana de la fe en Cristo, no dejamos de padecer el dramático dolor secular de las rupturas entre la Iglesia católica, las Iglesias orientales de la ortodoxia y las procedentes de la Reforma protestante, llaga viva que mostró sangrante a flor de piel el Vaticano II con un fuerte anhelo de unión, especialmente en el decreto Unitatis redintegratio, y con el deseo de un diálogo ecuménico, que va progresando de año en año aunque más lentamente de lo que todos deseamos en sus frutos de comunión plena

Recientemente, como en tantas otras ocasiones, ha sido el mismo Papa Juan Pablo II el que nos ha recordado, en su exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa (28-VI-2003) sobre el Evangelio de la Esperanza, que ha de ser una urgencia y una energía poderosa a la conversión en el campo ecuménico: «En la certeza de que la unidad de los cristianos corresponde al mandato del Señor, “para que sean todos uno” (Jn 17, 1 l), y que hoy se presenta como una necesidad para que sea más creíble la evangelización y la contribución a la unidad de Europa, es necesario que todas las Iglesias y Comunidades eclesiales “sean ayudadas e invitadas a interpretar el camino ecuménico como un ir juntos hacia Cristo” y hacia la unidad visible querida por Él, de tal modo que la unidad en la diversidad brille en la Iglesia como don del Espíritu Santo» (EE 30). Para ello se requiere un constante y paciente empeño animado por la esperanza y el sentido realista, a fin de que, teniendo en cuenta lo que nos une, por la estima recíproca superadora de prejuicios, avancemos en este camino juntos hacia una mayor unidad en Cristo. Caridad y búsqueda apasionada de la verdad mediante el diálogo y la oración, coincidiendo en objetivos comunes de servicio a los hombres en la paz y la justicia, promoviendo la esperanza operativa e incansable a la luz del Evangelio. Porque es el Evangelio el que nos ha de ayudar a discernir cada vez mejor la cultura en que vivimos, para que, en nuestra misión común evangelizadora, podamos servir mejor al hombre de hoy, que da la impresión de estar muy dependiente de los servicios técnicos que facilitan la calidad y el confort de la vida, ofreciéndole sin cesar escaparates llenos de recursos para ello, pero olvidando, si no marginando intencionadamente en la comunicación incesante de estos puros medios instrumentales como un valor absoluto, los fines y el sentido de la vida. Por eso, es absolutamente necesario, para el crecimiento y desarrollo pleno de la sociedad, que ésta pueda contar también con esas centrales de sabiduría, de esperanza y solidaridad humanas, que han de brindar, según su misión, las Iglesias en Europa.
 

La Iglesia en Europa

Como se ha indicado, son muchos los que padecen esta especie de claustrofobia institucional acerca de las Iglesias. Esta resistencia brota del temor a la autoridad religiosa o a los deberes que comporta la institución eclesial. Pero si hay que tomar en serio la fe y la vida cristiana, no es cuestión de gustos o de arbitrariedades individualistas a la carta. Es nuestro Señor Jesucristo el que nos invita al banquete del Reino de Dios y por eso nos pide conversión. Es Él quien se nos entrega. Reconocerlo como don y aceptar esta gracia sinceramente, en lo profundo de nuestro ser, es la vida de fe. Jesucristo es el fundador de la Iglesia y nos llama para entrar en ella. Así aparece en todo el Nuevo Testamento. Los que van por otros caminos de religiosidad merecen comprensión y respeto. Pero ser cristiano es aceptar la gracia de la comunión eclesial en Cristo. En el conjunto de la acción salvadora, Jesucristo manifiesta esa voluntad de constituir la Iglesia y de invitarnos a participar de su vida como pueblo de Dios. Por eso hay que recordar esos momentos decisivos y fundacionales:

Jesucristo dio comienzo a su Iglesia predicando la llegada del Reino de Dios prometido desde siglos. A. Loisy dio este primer paso, y en su escepticismo crítico, se detuvo aquí con una frase irónica: «Jesús anunció el Reino, pero surgió la Iglesia». No vio el resto del camino seguido por Jesús en la fundación de la Iglesia.

Porque Jesús puso especial cuidado en elegir a sus primeros discípulos hasta formar el grupo de los Doce, a los que hizo mensajeros suyos.

En el grupo de los Doce sobresale la figura de Pedro, a quien designó el mismo Señor como piedra o cimiento de la edificación de su Iglesia, función que habría de ser perpetua y visible para la unidad de fe y comunión de sus miembros.

Hizo de la Eucaristía el memorial de su propia entrega para la salvación de los hombres y, por eso, el centro de la celebración sacramental de sus discípulos, garantía de su permanencia y alimento en el camino. El organismo sacramental, en el que la Eucaristía ocupa el centro, no es una pura invención humana como puro recuerdo del Señor, sino una creación suya que le hace presente «hasta que vuelva».

El envío de los Apóstoles y discípulos a predicar por todo el mundo y ser sus testigos tras la venida del Espíritu Santo es garantía de perpetuidad del plan salvador de nuestro Señor Jesucristo.

Los discípulos, en la vida de Jesús, se sintieron unidos a Él, y después le confesaron vencedor de la muerte por su resurrección, experiencia que con la venida del Espíritu Santo les confirmó en la fe en Jesús como Mesías, Señor, Hijos de Dios, y en la misión encomendada. La comunidad primitiva alimentaba gozosamente el ideal de vida fraterna que describe los Hechos de los Apóstoles: «Tenían un solo corazón y una sola alma». Estas comunidades al multiplicarse tenían sus propias autoridades que las gobernaban y mantenían unidas entre sí en ese espíritu fraternal y de servicio, tal como les había encomendado el Maestro.

Los colaboradores de los primeros Apóstoles, con el crecimiento de las comunidades y el paso del tiempo, formaron la cadena de la sucesión apostólica junto al sucesor de Pedro, fundamento visible de esa unidad para la Iglesia universal que interiormente mantenía el mismo Espíritu de Cristo. La sucesión apostólica era la mejor garantía contra las falsas doctrinas que, como el gnosticismo, ya empezaron a brotar. Garantía de comunión en el mensaje, en la comunión sacramental y eucarística y en los valores evangélicos subrayados por la predicación y escritos de los mismos Apóstoles. En esta perspectiva tienen poca cabida el capricho y la arbitrariedad individualistas o de unas comunidades que nacerían «de la base», como a veces se ha dicho. La Iglesia no es una estructura sofocadora de la libertad de los hijos de Dios, sino precisamente su hogar de nacimiento y el cultivo de esa libertad en la maduración teologal de la vida de fe.

A este propósito es oportuno espigar algunas sugerencias en el extenso campo doctrinal y de orientaciones prácticas que nos ofrece la aludida exhortación postsinodal Ecclesia in Europa de Juan Pablo II, muy conveniente en la actualidad y en el tema que estamos tratando.

En la «introducción», comienza diciendo que de los análisis sobre la complejidad que caracteriza al Continente europeo, los Padres sinodales se han percatado de que lo más crucial, tanto en el Este como en el Oeste, parece ser la creciente necesidad de esa esperanza que pueda dar sentido a la vida y a la historia y permita caminar juntos. Por eso se parte de la afirmación de que «Jesucristo es nuestra esperanza». El «icono» de referencia de todas las sugerencias es el Apocalipsis, el último libro de la Sagrada Escritura, libro de la esperanza actual y permanente, porque nos habla de esa realidad viviente, Cristo resucitado, que está siempre con nosotros.

«En la época del autor del Apocalipsis, tiempo de persecución, tribulación y desconcierto para la Iglesia, en la visión se proclama una palabra de esperanza: “No temas, soy yo, el Primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del hades”» (Ap 1, 17-18). Y tras los retos actuales, algunos de los cuales ya hemos ido analizando, habla de la imborrable nostalgia de la esperanza y de los signos positivos también en el plano social: «Comprobamos con alegría la creciente apertura recíproca de los pueblos, la reconciliación entre las naciones durante largo tiempo hostiles y enemigas, la ampliación progresiva del proceso unitario a los países del Este europeo. Reconocimientos, colaboraciones e intercambios de todo tipo se está llevando a cabo, de forma que, poco a poco, se está creando una cultura, más aún, una conciencia europea, que esperamos pueda suscitar, especialmente entre los jóvenes, un sentimiento de fraternidad y la voluntad de participación», etc. (EE 12). Después de hablar de los signos positivos en la Iglesia, concluye este apartado recordando el referente fundamental: «Jesucristo vivo en la Iglesia».

Por eso la continuidad lógica en esta reflexión creyente es «el Evangelio de la esperanza confiado a la Iglesia del nuevo milenio», poniendo en primer lugar la llamada que hace el Señor a la conversión, refiriéndose al Apocalipsis: el Espíritu avisa a las Iglesias porque «no es raro que las comunidades ya no tengan el amor que antes tenían». El Papa ha confesado públicamente en varias ocasiones los pecados de los hijos y las desviaciones evangélicas que afectan a la Iglesia, sobre todo a partir de la carta sobre el nuevo milenio, para que lo celebráramos desde este examen de conciencia con un propósito sincero de purificación y coherencia en el arrepentimiento de errores, infidelidades y lentitudes; rupturas y pecados que han dañado la unidad querida por Dios para su pueblo (pecados del pasado que permanecen como tentaciones del presente), sin olvidar ese capítulo doloroso «sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento [...] por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad» (TMA 33-35). De ahí la necesidad de buscar la autenticidad del testimonio personal y comunitario, a fin de poder «dar una verdadera imagen de Iglesia».

Pero la Iglesia ha sido, en la historia, la familia de comunión y amor, de fortaleza y fidelidad que ha producido mártires e infinidad de santos anónimos que han influido en la cultura de la solidaridad para el bien común, siguiendo a su Maestro, Cristo, como un pueblo animado siempre por el Espíritu Santo, que ha custodiado la palabra de Dios y la ha trasmitido de generación en generación al servicio de la humanidad y, de un modo especial, a los pobres: la comunidad que tiene en su seno, con los sacramentos, la plenitud de los medios de salvación. La visión histórica desapasionada, pero real, encuentra esos signos que superan la pura capacidad del hombre y que persisten ahora y permanecerán siempre para trasmitir la buena noticia a los más necesitados, es decir, el Evangelio de la esperanza. Este testimonio, con las urgencias del momento presente, pero siempre en fidelidad al Evangelio, nos afecta a todos, según las respectivas situaciones, por la universal vocación a la santidad: sacerdotes, personas consagradas, laicos, bautizados miembros de la Iglesia. Todos estamos llamados para «anunciar el Evangelio de la esperanza», es decir, para proclamar el misterio de Cristo, que es la revelación que da sentido a la historia.

Evangelizar a las personas y la cultura, mediante el diálogo con las personas en el medio social en que viven, a fin de poder inculturar el Evangelio; gran reto en nuestro tiempo, teniendo en cuenta todo lo indicado, porque no vivimos en un mundo lunar sino terrestre e histórico.

Todo esto tiene que llegar a ser experiencia personal, comunitaria e institucional de unas celebraciones vivas, como empezaron a hacer las primeras comunidades cristianas para vivir la presencia de Cristo resucitado, asumir su encargo evangelizador -«haced esto en conmemoración mía»- y recibir la fuerza del Espíritu Santo. Por eso hay que «celebrar el Evangelio de la esperanza» con profundo sentido litúrgico que ayude a superar la superficialidad de los simples ritos sociológicos sin experiencia de conversión ni de compromiso de vida cristiana y apostólica.

Una Iglesia que celebra de una manera coherente desde el sentido profundo de la liturgia, ayuda a descubrir también los eriales que crecen por todas partes. «No obstante las amplias áreas descristianizadas en el Continente europeo, hay signos que ayudan a perfilar el rostro de una Iglesia que, creyendo, anuncia, celebra y sirve al Señor». Pero hay que adquirir por la formación y una fe viva el «sentido del misterio», «el auténtico sentido de la liturgia» (EE 67-70).

La palabra y el sacramento tienen que desembocar en el servicio de la caridad, «la vía del amor»: «Servir al Evangelio de la esperanza». «Es vocación de la Iglesia, como signo creíble, aunque siempre inadecuado en el amor vivido, hacer que los hombres y mujeres se encuentren con el amor de Dios y de Cristo, que viene a su encuentro» (EE 85). Por eso hay que servir al hombre en la sociedad, dar esperanza a los pobres en los multiformes situaciones de pobreza personal y colectiva de nuestro tiempo, con espíritu creativo, incluso con esa nueva imaginación de la caridad que reclaman tantas situaciones dolorosas. Servir al Evangelio de la vida, hoy tan amenazada desde diversos frentes incluso «legales», bajo pretexto de derechos individuales o de progresos científicos, fomentar el sentido de una familia auténtica que tanto enriquece a la sociedad, encauzar respetuosamente los servicios de formación de las nuevas generaciones, en las que se encuentra ya el futuro de los pueblos, el trabajo por una sana «ecología» de la naturaleza y del espíritu; establecer las condiciones reales para que fructifiquen la justicia y la paz, etc. Hay que construir una «ciudad digna del hombre». «La Doctrina Social de la Iglesia tiene una función inspiradora en la construcción de una ciudad digna del hombre. En efecto, con ella la Iglesia plantea al Continente europeo la cuestión moral de su civilización. Tiene origen, por una parte, en el encuentro del mensaje bíblico con la razón y, por otra, con los problemas y las situaciones que afectan a la vida del hombre y la sociedad [...] En esta misma doctrina se encuentran las bases para poder defender la estructura moral de la libertad, de manera que se proteja la cultura y la sociedad europea tanto de la utopía totalitaria de una “justicia sin libertad”, como de una “libertad sin verdad”, que comporta un falso concepto de “tolerancia”, precursoras ambas de errores y horrores para la humanidad, como muestra tristemente la historia reciente de la Europa misma» (EE 98). De ahí la necesidad de una cultura para la acogida teniendo en cuenta el creciente fenómeno de la inmigración, con un compromiso valiente para realizar un orden económico internacional más justo, «capaz de promover el auténtico desarrollo de todos los pueblos y de todos los países» ( EE 100).

Ahora se habla de la «globalización» o dimensión mundial de los problemas en los diversos sectores de la vida humana. Es una situación cada vez más amplia y envolvente que afecta al comercio, la información, los trasportes rápidos, la energía, la electrónica, las condiciones ecológicas del planeta, los vaivenes monetarios, el precio de las materias primas, los intercambios tecnológicos y la bioética; condiciona la paz, la libertad, la justicia, la solidaridad; ocasiona las lacras sociales con las guerras, el fenómeno nuevo y terrible, por su extensión y condiciones actuales, del terrorismo, la violencia en sus diversas formas, el desempleo, la droga, el sida, el aborto, las múltiples dependencias esclavizadoras; tolera el subdesarrollo de los pueblos, el hambre, las corrientes migratorias en condiciones inhumanas; fomenta la carrera de armamentos, los negocios fáciles, las mafias, las corrupciones, etc. Podríamos decir que es un listado de prensa prolongado día tras día.

Ventajas y problemas que se introducen en cada pueblo o nación y cuya solución tiene que ser también de dimensiones mundiales, lo cual no ha de significar la dimisión de las responsabilidades individuales, de grupos o de instituciones. Y todo ello, porque además de exigirlo la dignidad de las personas y los pueblos que sufren carencias humanas, sería una permanente y grave amenaza a la paz para todos.

Hay quienes diagnostican estos fenómenos previsibles y ya actuales, situando los efectos nocivos que producen en el «choque de civilizaciones», condicionado por culturas y religiones contrapuestas. La Iglesia católica, sin embargo, afirma el deseo de poder integrar la religión cristiana en las civilizaciones mediante el diálogo intercultural para superar esa colisión y llegar al fondo del mal en el verdadero diagnóstico y la terapia más humana y eficaz; se trata de un diálogo entre las culturas para una civilización del amor y de la paz. Pero también de un compromiso efectivo para la solidaridad.

Europa debe convertirse en parte activa para la promoción de una globalización de la solidaridad en cuya tarea ocupan un lugar imprescindible sus propias Instituciones, que, en el ordenamiento de la sociedad han de basarse en auténticos valores éticos y civiles, y, por eso mismo, que prevean y promuevan las formas de «sana cooperación» con las Iglesias y las organizaciones religiosas, teniendo en cuenta el respeto de la identidad específica de cada una de ellas, mediante el diálogo reglamentado entre la Unión Europea y las mismas Confesiones, sobre el derecho que tienen estas Iglesias a organizarse libremente. Respetando plenamente el carácter laico de las Instituciones europeas, que tienen como objetivo la tutela de los derechos de la persona humana, han de reconocer el servicio moral y religioso que prestan las Confesiones religiosas y el patrimonio que enriquece a los distintos pueblos, y de un modo innegable el que éstos han heredado del mismo cristianismo, cuya referencia habría de tenerse en cuenta en el tratado constitucional europeo. Europa necesita una dimensión religiosa, advirtiendo que la Iglesia católica no pide volver a formas de Estado confesional, pero deplora, al mismo tiempo todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas.

Desde el Evangelio, Europa se ha de enriquecer con un nuevo impulso para la solidaridad de los pueblos. El Discurso que Juan Pablo II dirigió a las Autoridades europeas y los Presidentes de las Conferencias episcopales de Europa en Santiago de Compostela (9-IX-82) invitaba a que Europa se volviese a encontrar consigo misma, descubriendo sus orígenes y avivando sus raíces, porque, como repite ahora en su exhortación Ecclesia in Europa: «A lo largo de los siglos ha recibido el tesoro de la fe cristiana. Ésta fundamenta tu vida social sobre los principios tomados del Evangelio y su impronta se percibe en el arte, la literatura, el pensamiento y la cultura de tus naciones. Pero esta herencia no pertenece solamente al pasado; es un proyecto para el porvenir que se ha de transmitir a las generaciones futuras, puesto que es el cuño de la vida de las personas y los pueblos que han forjado juntos el Continente europeo» (EE 120).

El 1 de mayo diez nuevos países ingresaron oficialmente en la Unión Europea. Por este motivo la Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) ha hecho una declaración con este expresivo título que reitera la necesidad básica de este acontecimiento esperanzador: «La solidaridad es el alma de la Unión Europea», con los siguientes apartados: La solidaridad, presente en los textos constitutivos de la Unión y en su análisis a la luz de la doctrina social de la Iglesia. La solidaridad en el seno de una unión política y la responsabilidad de la Unión para con los demás países y regiones del mundo. Ampliar la solidaridad en la Europa de los 25: el presupuesto europeo a partir del 2007. ¡En vías de una nueva solidaridad! Y termina diciendo: «En el principio, la solidaridad es artífice de la paz. Su servicio es el legado principal que Europa puede darse a sí misma y transmitir al mundo. La solidaridad vivida en el interior y hacia el exterior es el alma de la Unión Europea». Esta Declaración está firmada también en Santiago de Compostela, el 24 de abril de 2004, coincidiendo en el lugar con el aludido discurso del Papa de 1982.

¿Qué va a ser y qué va a hacer la Iglesia del tercer milenio y del futuro? Será siempre la tierra en que crece una esperanza inquebrantable, esa esperanza que procede de la presencia de Cristo resucitado y de la asistencia de su Espíritu para todos sus miembros, pero destinada a todos los hombres; la Iglesia proclamará siempre este Evangelio. Nadie podrá ofrecer, por más que progrese la ciencia, nada que se parezca a este servicio de salvación humana universal. En la comunidad eclesial, aunque se trate de pequeñas comunidades esparcidas por diversas partes de la tierra, se anunciará y celebrará en el domingo, día del Señor, que Jesús, vencedor de la muerte, vive para siempre, y que nos invita a compartir con Él este triunfo, pero urgiéndonos a todos los creyentes la solicitud y el compromiso por el hombre en su dignidad personal radical y por todos los seres humanos, especialmente por los más pobres y los más débiles.

George Steiner, a quien se ha llamado vagabundo del espíritu por ser un acreditado intelectual de nuestro tiempo que hace preguntas cruciales en sus obras desde la hondura y anchura de su experiencia humana, escribe en su libro Presencias reales que «al perderse las verticalidades de referencia, al marginar la trascendencia incluso religiosa, en la ausencia de estos referentes, se pierden también los garantes ontológicos de las palabras y los símbolos humanizadores». Vivimos en un largo día del sábado, que es de inclemencia cultural. Y refiriéndose a los ideales y a las artes, añade: «En la Utopía del Domingo, es de presumir, la estética carecerá de toda lógica o necesidad. Las aprehensiones y figuraciones en el juego de la imaginación metafísica, en el poema y en la música, que hablan de dolor y esperanza, de la carne que se dice que sabe a ceniza y del espíritu del cual se dice que sabe a fuego, son siempre sabáticas. Han surgido de una espera inmensa que es la espera del hombre. Sin ellas, ¿cómo podríamos tener paciencia?». Pero el creyente cristiano es el que espera con fundada esperanza y que sabe, desde una experiencia interior y comunitaria, que Cristo no falla en la vida, porque, siendo el Hijo de Dios, ha sido enviado por el Padre, que ama misericordiosa y eficazmente a toda la humanidad.

Recientemente, este autor ha hecho unas declaraciones en las que dice que «el problema es la irremediable decadencia de Europa, decadencia debida a la fatiga, a una fatiga enorme». Y añade que «al otro lado del Atlántico se respira una esperanza, un energía que sólo encontramos ya en dos países europeos: España e Irlanda [...] España vive el gran milagro de la lengua española, que vuelve de América Latina como un “boomerang”. América es hoy tierra de grandes escritores, poetas y novelistas que refuerzan la sensibilidad española con una especie de vigor y alegría».

Sin embargo, además de la lengua, habría que tener en cuenta la fe y las actitudes ante la vida de sus pueblos, valores que proceden del Evangelio, de todo lo cual es un referente obligado la gran Reina Isabel la Católica, de la que este año estamos celebrando el V Centenario de su muerte y, por tanto, de ese Testamento que certifica su papel relevante en la transformación de aquellos pueblos y la permanencia de su cultura y creencias cristianas. El recuerdo de esta Reina por su positiva y perdurable influencia en el Nuevo Mundo es ejemplar, por su «Manera divina de gobernar», como ha sido ensalzado. Por eso, además de preocuparse por la formación de esos pueblos, hace esta recomendación final, que es súplica al rey y mandato a sus hijos: «Que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de dichas Islas y Tierra Firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni en sus bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean...».

También es oportuno hacer una alusión sobre la influencia amplia, también europea, de la Mística española en la dimensión espiritual, tan necesaria en nuestro tiempo con una referencia de actualidad: Edith Stein, mujer de origen judío, que murió en Auschwitz, y por tanto testigo irrecusable de lo que es capaz una cultura aberrante que tuvo su origen en Europa; buscadora incansable de la verdad y de la belleza, que estaba familiarizada con los clásicos griegos y había leído a San Agustín y a los Padres de la Iglesia con avidez, es un signo de la sintonía humana con la verdad y la belleza. Filósofa, socióloga, historiadora, dramaturga, poeta, gran latinista y filóloga, conferenciante en seis idiomas, que escribía a la perfección; teóloga y mística, de la que puede afirmarse que es una de las mujeres intelectuales más interesantes del siglo XX, se convirtió y se hizo carmelita de clausura. Fue el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús el que le llevó a la conversión y al bautismo y a su vocación contemplativa. Ella misma nos lo cuenta: Cómo llegué al Carmelo de Colonia. Pero después habla «sobre la vida y el espíritu del Carmelo Teresiano» en otros escritos, del «castillo del alma» y «los caminos del conocimiento de Dios», «de la ciencia de la cruz», recordando a San Juan de la Cruz y nutriéndose también de sus escritos.

Canonizada ya por Juan Pablo II con el nombre de Santa Teresa Benedicta de la Cruz en 1998, en el año siguiente fue declarada, con Santa Brígida y Santa Catalina, copatrona de Europa, para que nuestro continente no olvide esta dimensión espiritual en el progreso de la cultura y de la convivencia en solidaridad: «¡Crezca, pues, Europa! Crezca como Europa del espíritu, en la línea de su mejor historia, que precisamente tiene en la santidad su más alta expresión!», dice el Papa en este Motu proprio.

La exhortación Ecclesia in Europa concluye diciendo: «Toda la Iglesia dirige su mirada a María. Gracias a la gran multitud de santuarios marianos diseminados por todas las naciones del Continente, la devoción a María es muy viva y extendida entre los pueblos europeos» (EE 124).



[1] José Delicado Baeza es Arzobispo emérito de Valladolid.









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