REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
Comunicado
QUÉ SON LAS CINCO NACIONES
Por Luis Suárez Fernández [1]
Cuando en 1947, tres grandes políticos europeos, Schuman, De Gasperi y
Adenauer, se reúnen para decir «hasta aquí hemos llegado, ya está bien, vamos a
ver si construimos Europa», ellos, católicos practicantes
[2], están pensando en una Europa
cristiana, es decir, están pensando en lo que había sido la tradición europea
hasta 1648. En aquel momento se está pensando en una restauración de Europa
dentro de un clima de entendimiento que deje en un segundo plano los aspectos
políticos, y en cambio ponga en primera fila lo que son los valores humanos, no
olvidando que la declaración de derechos humanos, derechos naturales humanos, es
una responsabilidad de la Iglesia que fue formulada por primera vez en 1346,
mucho antes de que nadie se imaginara que iba a haber una Revolución francesa.
La tradición europea consiste en afirmar que Dios ha dado al hombre unos
derechos dentro de su propia naturaleza, los cuales son fundamentalmente tres:
el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la propiedad de
aquello que produce. De ahí se podrán sacar otras consecuencias más adelante,
ampliar todo lo que es el conjunto de leyes y normas de convivencia que tienen
los seres humanos, pero estos tres tienen que ser respetados.
Lo que ellos se planteaban ya entonces, y nos planteamos con mucha más
agudeza todavía, es que ninguno de estos tres derechos se ha respetado a pesar
de que constantemente se está hablado de ellos.
- No hay derecho a la vida, el niño no nacido ya no tiene derecho. Dentro de
poco las leyes españolas, y seguramente todas las leyes europeas también,
darán a la mujer, sin el marido o el cónyuge o como quiera que le queramos
llamar, derecho a disponer de aquella vida que ha sido engendrada en su seno.
- Dentro de poco, también, irán apareciendo las leyes que ya se están
preparando para que el viejo deje de ser un estorbo cuando la enfermedad
constituye para la sociedad una carga.
- La libertad, que es libre albedrío y no independencia, no está siendo
respetada. Porque la libertad consiste en que los demás cumplan con su deber
para que yo pueda ejercer mis propias funciones. Y un católico, hoy, no tiene
libertad, está bombardeado desde todos los medios de comunicación posibles
para tratar de destruir aquello que constituye su propia esencialidad.
- Y de la propiedad no hablemos. Porque en realidad el Estado no se reduce a
administrar aquello que, de acuerdo con las leyes, todo el mundo debe aportar.
Formula un programa de gastos y después confisca de los ciudadanos, por medios
directos o indirectos, lo que le hace falta para seguir adelante.
¿Cómo recomponer esto? Ellos no veían mas que una solución: un acuerdo entre
las principales potencias que formaban Europa para llegar a construir una
unidad, pero una unidad moral antes que una unidad política. Y es entonces
cuando hacen una referencia bien clara: Europa son las cinco naciones. Y nadie
se dio cuenta entonces de dónde había salido esto. ¿Por qué las cinco naciones?
La primera vez que se promueve esta idea es en 1411, en el Concilio de
Constanza, cuando Europa está dividida por el cisma, que no es una simple
querella eclesiástica sino un enfrentamiento entre dos modos de pensar, el
nominalismo voluntarista por un lado y el racionalismo tomista humano por otro.
Reunido en un Concilio acuerdan qué es esta cristiandad que llamamos Europa, es
decir, qué es la europeidad, y afirman: Europa ha salido de Roma, es por
consiguiente la herencia de Roma, aunque en un momento determinado esta herencia
se ha escindido en dos grandes entidades: lo que podríamos llamar exactamente la
Europa que constituye el mundo occidental y lo que deberíamos llamar Bizancio
porque es la herencia de Constantinopla. La diferencia está en dos idiomas a
través de los cuales se ha ido expresando el modo de pensar: el griego o el
latín. El cristianismo se ha expresado unas veces en griego, otras veces
en latín. Pero entonces este mundo occidental salido de Roma, ¿por cuántas
naciones está compuesto? Una de ellas se perdió en el camino: África, que era la
tierra de San Agustín; no podemos ya contar con ella. Quedan cinco. Esas cinco
son (estamos hablando en términos del concilio de Constanza), por este orden,
las siguientes: Primera, Italia, porque es Roma, porque allí estuvo la sede del
Imperio; segunda, Alemania, porque en este momento es el Santo Imperio
Romano-Germánico; tercera, Francia, porque fue Carlomagno; la cuarta España
porque el año 418, por medio de un acuerdo, se hizo la transmisión de la
legitimidad desde Roma a la monarquía visigoda; y la quinta Inglaterra, no hay
necesidad de explicar nada más, porque no hay que argumentar por qué uno es el
último en relación con los demás. ¿Pero qué queda en medio de todo esto? Un
reconocimiento de la capacidad de la naturaleza humana, que eso es lo que
constituye la base fundamental de la europeidad. Por eso nosotros nunca hemos
tenido camicaces, nunca hemos tenido terroristas que se autosuiciden; ni
siquiera la ETA es capaz de crear una aberración de este tipo. Y añadiría a los
grandes pensadores. ¿Qué es lo que con ello queremos reconocer? Que cuando
hablamos de Europa estamos hablando de Dante, de Goethe, de Molière, de
Cervantes o de Shakespeare. Y no hay nada más. Fuera de esto no se ha producido
europeidad, se han producido otras cosas.
Naturalmente, un planteamiento de esta naturaleza llevaba a consecuencias muy
profundas, como se ve muy bien con lo que ocurrió -nadie podía esperarlo- al
elegir la bandera. Cuando se hace el concurso para escoger la bandera de esta
europeidad gana el certamen alguien que presenta el color azul con las doce
estrellas. Y una vez que se acepta esta bandera, el autor confiesa de dónde ha
salido la idea: es la mujer de Apocalipsis, es decir es la Virgen María con las
doce estrellas, como doce son las tribus de Israel, como doce las puertas de
Jerusalén, como doce los apóstoles. Esta es la clave fundamental.
Pero esto asusta a los políticos europeos por dos razones: una, porque
indudablemente una reconstrucción de la estructura moral europea acabaría con
muchas de las normas de poder que ahora están en juego. Si España tuviera una
categoría moral suficiente el Sr. Zapatero no estaría ni de alcalde en un pueblo
de tercera fila. Como no tiene categoría moral es presidente del Gobierno,
presidente de un Gobierno totalitario que ha sometido el Estado al Partido. Hay
que empezar a hablar con dura claridad porque esta es la situación. Una ley ya
no se modifica en virtud de otra ley, sino por un simple decreto. Es la negación
de uno de los elementos fundamentales de la europeidad. Y por otra parte, lo que
se pone en peligro es el poder. ¿Cómo invertir los términos? La solución es bien
sencilla: hagamos de Europa no una unidad cultural, no una unidad moral, sino un
mercado, simplemente un mercado. Un mercado que se rige por las leyes económicas
que permiten la ganancia, pero que, naturalmente, plantea enseguida un problema
que es tan viejo como el mundo: yo necesito ampliar mis mercados, y del mismo
modo que antes había recurrido a la colonización, típico del siglo XIX, para
aprovisionarme de materias primas baratas y disponer de mercados en donde pueda
vender el excedente de mi producción, ahora yo voy a hacer de Europa un mercado
el cual amplío. Amplío ¿hacia dónde? Hacia Estonia, Letonia, Lituania, países
con menos habitantes que Madrid, pero que van a tener el mismo voto que la
nación española dentro de ese conjunto de intereses. Y todavía más: también
Turquía, que es la negación tremenda de la europeidad. Esa Constitución Europea
pretende, ante todo, barrer lo que es la condición sustancial de la europeidad:
el cristianismo. Esto es lo que yo quería explicar un poco esta mañana porque es
lo que preocupa a los historiadores.
¿Cuándo aparece por primera vez el nombre de Europa, y por qué? Aparece en
tres textos que guardan relación con otros tantos acontecimientos. Aparece en
Beda el Venerable en el momento en que está tratando de coger toda la cultura
isidoriana que ha entrado en crisis a causa de lo que hablaremos luego, la
invasión islámica, para convertir Inglaterra en algo muy distinto de lo que
hasta entonces había sido, para dar a Inglaterra una parte de esta cultura
europea cristiana. La segunda vez que aparece es en un libro que escribe un
monje mozárabe de las afueras de Córdoba cuyo nombre desconocemos y que es la
continuación de la Crónica de San Isidoro, la Continuaci Hispania
cuando acaba de recibir la noticia gozosa de que Carlos Martel ha vencido en la
batalla de Poitiers y por consiguiente el peligro musulmán empieza a cambiar de
signo. A la hora de recoger esta noticia dice: «Carlos y sus europenses»; es
decir, es Europa la que está luchando contra el Islam. Y la tercera vez ya es
Eguinardo, el cronista de Carlomagno, que llama a éste «emperador y señor de
Europa»: es la europeidad.
Lo que no somos capaces de explicar es porqué se escogió este nombre que
procede de un mito griego (Europa es la hija de Cadmo raptada por Zeus y llevada
a Creta). Pero muy poco tiempo más tarde este nombre se abandona porque no es
significativo. A fin de cuentas, ¿qué sería Europa? Un espacio territorial donde
viven gentes. Pero ¿quiénes viven ahí? Es cuando se utiliza hasta el siglo XV el
término Cristiandad: Cristianitas, Universitas cristiana o Respública cristiana,
según los casos. Universitas significa comunidad, comunidad natural; es decir
una universidad (así se llamaban los municipios en la antigua Corona de Aragón)
que está formada por aquellos que han nacido dentro de una condición o ejercen
determinado oficio. Los maestros y alumnos que van a un Estudio General también
constituyen una Universidad. La Universidad no era el lugar de estudio, la
Universidad era la comunidad de derechos que formaban profesores y alumnos. El
lugar de estudios era el Estudio General y allí no mandaba el rector de la
Universidad, mandaba el maestre escuela que era el que tenía el encargo de
organizar las cosas y de llevar los cursos. Hemos invertido los términos, lo
cual no deja de ser significativo. Y es República cristiana cuando quiere decir
el poder que se ejerce en nombre del cristianismo. Al tomar esta iniciativa que
durará hasta mediados del siglo XV, es el momento en que empiezan a descubrirse
o a surgir nuevas cristiandades; los europeos se dan cuenta de que hay una
cristiandad católica en Abisinia y en el Sudán, hay otra cristiandad católica no
interrumpida en Iraq que ha durado hasta hoy (esto explica muchas de las
actitudes del Papa ante este tremendo error que los norteamericanos han llegado
a cometer, quizá con buena intención, pero con una tremenda equivocación en
todos los sentidos como se ve por lo que estamos pagando por ello). Y viene
América, se han descubierto las islas del Atlántico, desde 1340 sabemos que no
estamos solos. Por consiguiente hay que empezar a distinguir, dentro de la
cristiandad, los diversos espacios que la componen: hay una cristiandad europea,
como habrá una cristiandad americana, una cristiandad asiática o africana, de
distinta importancia unas de otras. Pero la conciencia sigue siendo la misma.
Ahora bien, ¿qué es cristiandad? Esto es algo que se plantean desde San
Agustín los grandes pensadores de la Edad Media, y llegan a una conclusión que
nosotros no deberíamos olvidar: el cristianismo es, desde el punto de vista
cultural, la síntesis entre tres elementos fundamentales:
- La idea de la absoluta trascendencia, que viene de Israel; Dios no es el
primer motor del Universo, como habían pensado los filósofos griegos, Dios es
la persona en absoluto trascendente que ha creado el Universo, y le ha creado
en un acto de amor. Por consiguiente el secreto fundamental que rige toda la
Creación es el amor. Y cuando el hombre se desvía de esta concepción del amor,
como está ocurriendo frecuentemente, entonces la propia naturaleza se subleva
y se vuelve contra él. Primer elemento, el absoluto trascendente.
- Segundo elemento: la herencia helénica, la herencia griega, aquella que
afirma la dignidad del hombre, el protagonismo del ser antrópico.
- Y tercera herencia: el ius romano. En el fondo, todos los derechos
europeos, adaptándose a cada una de las circunstancias de su país, tienen su
punto de arranque en el derecho romano. Por eso todavía hace medio siglo no se
concebía una Facultad de Derecho sin que esta asignatura fuera una de las
fundamentales para la conformación del futuro jurista.
Con estos tres elementos el cristianismo ha sido capaz de hacer una unidad y
ha sacado de ahí grandes consecuencias de enorme importancia para lo que es
nuestro futuro. El primer elemento de todos es, sin duda, lo que el marxismo ha
venido a destruir de una manera radical: el secreto de la existencia humana gira
en torno al amor. El amor no es eso de «hacer el amor» como ahora
corrompidamente estamos diciendo: que se junten un chico y una chica para «hacer
el amor». Eso no es amor, eso tiene otro nombre mucho más crudo que es el que
verdaderamente deberíamos usar. De tal manera que el odio es la antítesis y la
negación. Pero de ahí se llega a una consecuencia importante: ¿qué es el bien y
qué es el mal? El bien es aquello que responde a la esencia divina; el bien
-Dios es el supremo bien- tiene esencia. El mal no tiene esencia, el mal es
únicamente la carencia de bien. Es el vacío. De ahí se llega a una nueva
concepción que está muy acorde con el Derecho romano. ¿Cuántas leyes hay en el
mundo? ¿Qué orden de leyes son las que rigen indirectamente al hombre y en
conjunto a toda la Creación? Esto lo explican con mucha claridad los grandes
pensadores, sobre todo San Anselmo de Canterbury. Dice: hay tres leyes. Hay una
ley divina, eterna, que es aquella que Dios ha puesto en el orden de la
naturaleza, y sobre ella el ser humano no tiene ningún papel que jugar: el sol
nace por la mañana, se esconde por la tarde; la lluvia cae de arriba abajo; el
tiempo va sucediéndose en las estaciones; la vida es un tránsito desde el
nacimiento hacia la muerte, el patrimonio que el hombre tiene para merecer, y no
hay nadie que pueda cambiarlo. Si a algún rey se le ocurriera una mañana dictar
un decreto afirmando «a partir de mañana amanecerá a las once y media de la
mañana porque lo mando yo», diríamos que está loco, que hay que encerrarlo en un
manicomio. Estamos llegando lejos de esa situación, porque estamos penetrando en
la intimidad del ser humano, en la intimidad de la biología, para ver si de esta
manera destruimos también la ley eterna divina sobre la cual se sienta la
naturaleza. Y cuando eso lo rompamos, ¿qué ocurrirá? Yo prefiero no pensar en
ello. ¿Qué será el día después?
Hay una segunda ley, que es la ley divina positiva, que ha sido revelada por
Dios en el Sinaí y después a través de la progresiva revelación que por medio
del judaísmo y en última instancia por medio de Jesucristo por quien se cierra
la revelación, ha venido a ser comunicada al hombre. Esta ley -lo había dicho ya
Maimónides en el siglo XII (Maimónides es un judío de una enorme importancia)-
no es una imposición arbitral, no quiere decirse que Dios nos ha dicho no
matarás y podría habernos dicho matarás. Es una revelación acerca del orden que
existe en la naturaleza de tal manera que cuando el hombre conculca uno de estos
mandamientos, no sabe lo que está haciendo, pues está cambiando el orden de la
naturaleza. Ahora bien, por un misterioso designio de Dios, del cual no podemos
dar explicación alguna, el Creador ha atribuido al ser humano libertad, libre
albedrío, de tal manera que puede obedecer o desobedecer las leyes. Es la gran
prueba que la humanidad tiene que soportar en la cual tiene que salir triunfante
si quiere salvarse. Naturalmente esta salvación afecta en primer término al
individuo. Si uno rompe con el orden moral establecido, el primero que se
perjudica es él. No alcanzará la vida eterna, no alcanzará la plenitud de la
existencia que es lo que a todo el mundo aguarda en ese instante final, cuando
ya no haya posibilidad de rectificar en la intención y hagamos el tremendo
examen de conciencia acerca de lo que hemos hecho con este período de tiempo que
es nuestra existencia.
Y hay una tercera ley, la que los hombres establecen entre sí. Pero del mismo
modo que nadie puede dictar una ley contraviniendo el orden natural, tampoco
puede dictarla contraviniendo el orden moral. Y cuando hace esto causa una
destrucción cuyas consecuencias es muy difícil que él mismo pueda llegar a
comprender.
De aquí nacieron enseguida otras dos ideas que caracterizan la europeidad.
Una acerca de lo que es el papel del hombre en el mundo en relación con la
Creación, y otra en relación con los principios de autoridad y potestad. Voy a
tratar de explicarlo un poco.
Dios ha creado al hombre en un acto de amor. Reclama de él dos cosas: la
reciprocidad en el amor, que se orienta hacia el mundo creado en primer término,
hacia los otros seres humanos en segundo término y hacia el propio Dios en
definitiva, pero a través del mundo y de los demás. Si tú no amas a tu prójimo,
tu no amas a Dios; si tú no amas la naturaleza, no amas al prójimo. Esta es la
realidad. Dios ha creado esto y ha depositado en sus manos el orden de la
naturaleza, dándole una capacidad de observación y de experimentación, y dos
cosas más, dos cosas esenciales: una capacidad racional para el conocimiento
especulativo, es decir no sólo para el conocimiento material sino para saber qué
es lo bello, que es lo bueno y qué es lo justo, y un libre albedrío, que es la
responsabilidad que el hombre tiene para abrazar el bien y cumplirlo llevándolo
hasta sus últimas consecuencias.
Pero al actuar el hombre sobre la naturaleza, al recibir además estas
facultades que le permiten tal actuación, quiere decirse que el aprovechamiento
técnico de esa naturaleza y el conocimiento científico acerca de esa naturaleza
son dos actos buenos que debe seguir. Mientras que la civilización clásica
antigua, la civilización griega o romana, negaba el valor de la técnica (por
ejemplo los griegos nunca se atribuyeron un invento técnico. ¿Quién ha inventado
los barcos? Un egipcio, un sirio, un fenicio. ¿Quién ha inventado la cama? Los
egipcios inventaron la cama). Se llegó hasta tal punto que algunos de los
grandes descubrimientos técnicos de la humanidad como la polea, el polipasto o
la noria de cangilones, inventados en el siglo I de nuestra era fueron
prohibidos por el Imperio Romano porque modificaba la estructura social de
aquella sociedad. Es lo que a partir de San Benito la Iglesia va a empezar a
defender en sentido contrario. La técnica es buena, si no Dios no nos habría
dado estas posibilidades; nos las ha dado para que las creamos. Y entonces viene
la transformación de Europa. A partir del siglo XI Europa empieza a crecer en
población, en riqueza, en medios y, poco a poco, cuando llega el siglo XIII y el
XIV se ha colocado a la cabeza del mundo, hay una distancia enorme entre la
civilización europea y la de los demás.
Ahora se ha puesto de moda decir que el Islam fue en un determinado momento
el más brillante de todos. No, el Islam es un copista, el Islam no inventa, el
Islam aprovecha lo que otros hicieron y le da una difusión y una dimensión, pero
se para ahí. El salto adelante lo está haciendo la cristiandad europea, ella es
la que saca todos los rendimientos y por eso no es una casualidad que tenga la
posibilidad de hacerse dueña del mundo. Y en el fondo, el progreso de la
humanidad ha venido a través de un proceso de europeización. Hasta los japoneses
han tenido que ponerse chaqueta y corbata como los europeos. Este es el primer
gran avance: Europa opta por el desarrollo de la técnica.
El segundo gran avance es la relación que existe entre autoridad y potestad.
Era algo que venía de Roma, algo que se venía discutiendo desde mucho tiempo
atrás, pero que ahora alcanza una clara definición: la autoridad es buena. Esto
es lo que afirma el pensamiento europeo de la Edad Media. La autoridad es
aquella facultad que los seres humanos tienen para descubrir qué es lo que es
bueno y plantearlo a los demás. Si una sociedad –este es el caso de Utopía
de Tomas Moro- fuera capaz de obedecer puntualmente lo que la autoridad le está
recomendando, no necesitaría de otra cosa. Cuenta una leyenda medieval que hubo
un rey en Dinamarca, Canuto, cuya autoridad era tan grande que era posible dejar
colgados anillos de oro de las ramas de los árboles sin que nadie los robara.
Pero como esto no es así, como el hombre a causa del pecado original tiene una
indudable inclinación al mal, no hay mas remedio que introducir el poder
coercitivo para corregir a aquellos que se apartan de la línea y llevarlos al
buen camino. Esto es la potestad. Pero la potestad no es un bien, es un mal, es
el mal menor necesario, como no es un bien abrirle a un ciudadano la barriga
para sacarle el apéndice, mas a veces es el medio de salvarle la vida y no
tenemos mas remedio que acudir a él. La conclusión sería que los pueblos serían
tanto más felices cuanto menos poder tengan que utilizar.
Una de las características del mundo moderno es precisamente haber destruido
esto, invirtiendo primero los términos: la autoridad es el mal según el término
actual. Cuando a un padre se le quiere injuriar se le llama autoritario, no
potestativo, sino autoritario. Y en cambio el bien es el poder, hasta tal punto
que el poder ha absorbido, dentro de sí mismo todo principio de autoridad. Es el
poder del Estado el que determina si los homosexuales pueden casarse o no,
rompiendo por completo el orden moral, quebrantando el principio mismo de toda
autoridad, que fue uno de los grandes logros de Europa.
Pero hay otro no menos importante, probablemente mucho más. Tardó mucho
tiempo en desarrollarse y llegar hasta el siglo XII para entenderlo. Todo el
secreto de la existencia humana se condensa en Jesucristo. ¿Pero qué es
Jesucristo? Dios que ha adquirido la naturaleza humana. He ahí la primera
consecuencia que tenemos que sacar. ¡Qué gran dignidad tiene que tener esta
naturaleza humana para que el propio Dios la haya escogido para sí! Eso que
tanto escándalo causaba a los judíos y a los musulmanes cuando se dirigían a los
cristianos como los politeístas. Pero si avanzamos un poco más nos damos cuenta
-esta es la conclusión a que llega San Bernardo- de que puesto que Cristo ha
nacido como los demás hombres, ha permanecido nueve meses en el seno de una
mujer, la cual ha llevado dentro de sí la semilla de Dios -ya lo había declarado
el Concilio de Éfeso en año 431- la más excelsa de las criaturas humanas no es
un varón, es una mujer. Porque Jesucristo no es una criatura, Jesucristo es el
mismo Dios que se reviste de carne. Sólo una mujer aparece a la cabeza de la
Creación. Leyendo la Biblia descubren enseguida otra cosa: que la creación
termina en la mujer. Dios empieza creando la luz, es decir la energía -hoy
diríamos provocando el big bang, que es como se dice en términos científicos,
pero que viene a ser exactamente lo mismo-. Después la naturaleza inanimada, la
naturaleza animada, las plantas, los seres vivos, ¿al final el hombre? No, al
final la mujer. Porque la mujer es posterior a Adán y ahí se cierra todo el
ciclo. Entonces, ¿cuál es el secreto de todo este mensaje que comporta la
circunstancia de que lo femenino, las cualidades de la femineidad, son
superiores a las cualidades de la masculinidad, es decir, la intuición, el amor
y la transmisión de la vida?
Europa llega a una conclusión mucho más importante que todo esto: ¿qué vida
trasmite el ser humano cuando da origen a otro nuevo ser humano? ¿Simplemente la
biología como una vaca o como una oveja? No, lo que transmite es un espíritu,
una conciencia, un ámbito de formación. De ahí llegamos a una conclusión
radical: la sociedad humana, lo que llamamos el pueblo, o el reino para decirlo
en los términos que se utilizaban entonces, no es una simple suma de individuos
que se agrupan para crear cosas o para hacer cosas: es la integración de unas
células naturales que están formadas por hombre, mujer e hijos y todo lo que es
la descendencia que llamamos familia, y la familia no es algo que obedezca a un
acuerdo que han tomado los hombres entre sí: forma parte esencial de la propia
naturaleza. Eso es lo que no se puede destruir sin destruir al mismo tiempo la
propia naturaleza, es decir, sin animalizar al ser humano, que sería lo más
terrible que se podría concertar.
Sobre este mundo cristiano también ejercieron influencia otras muchas cosas.
Una influencia negativa fue el Islam. El Islam estuvo a punto de acabar con
Europa. Invadió Asia Menor, se adueñó del norte de África (destruyó la sexta
nación europea, que es lo que hubiera debido ser la herencia de San Agustín),
penetró en España (estuvo a punto de acabar con España), llegó en Francia casi
hasta las inmediaciones de París, estuvo a punto de penetrar en Italia: fue el
gran peligro. Europa se defendió del Islam pues fue capaz de reaccionar, fue
capaz de crear una nueva condición de resistencia.
No en vano –las leyendas también nos ayudan a comprender cosas; son leyendas,
no hay que creer en ellas, pero nos reflejan un estado de conciencia- la
restauración de la nación Española pasa por dos vértices fundamentales: la
Virgen María, que aparece en Covadonga, que cambia el orden de la batalla
haciendo que lo que hasta entonces fuera derrota empiece a convertirse en
victoria; y el Apóstol Santiago del que milagrosamente aparecen sus restos allá
en Compostela y constituye la renovación de la europeidad. Pero a partir de aquí
nacen dos ideas clave para este mundo europeo, para esta cultura europea. Una es
que la fuerza del ser humano, respaldada por el amor (que es lo que significa la
devoción a la Virgen María), adquiere una dimensión que de otro modo no llegaría
a tener. Y la otra: el sepulcro de Compostela permite a cualquier peregrino que
venga de cualquier lugar lejano, poder alcanzar el perdón de sus pecados, volver
a empezar. Es un hombre nuevo el que vuelve a empezar. Y de ahí viene una de las
nociones jurídicas más importantes que Europa ha aportado: no puede nunca darse
a una persona por definitivamente perdida: siempre que haya reato de pena tras
la penitencia, esa persona puede volver al principio, puede volver a empezar,
puede convertirse en un ser humano nuevo. En el siglo XIV había veintinueve
ciudades en Europa cuya pena para el homicidio (entiéndase no el asesinato sino
matar al prójimo en una pelea en un bar) es la peregrinación a Santiago: no por
otra razón que porque de esa manera el hombre se hace nuevo, vuelve a empezar.
Tenemos así alguno de los elementos fundamentales que estaban contemplando De
Gasperi, Schuman y Adenauer en aquellas conversaciones que sostenían en 1947:
capacidad técnica, Derecho romano, reconocimiento que tiene la persona humana,
capacidad racional para el conocimiento especulativo, libre albedrío, valor
absoluto de la femineidad, todo eso se ha perdido hoy. Hoy lo que llamamos
feminismo consiste en que la mujer sea un hombre, no en otra cosa, empezando
hasta por el atuendo externo. No se está pretendiendo una elevación de los
valores de la mujer, sino al contrario, una elevación de los valores de la
masculinidad diciéndole a la mujer «deja de ser mujer para convertirte en
hombre». Por eso hay que acabar con la familia, por eso hay que acabar con la
maternidad, por eso es por lo que hay que tomar todas estas medidas que son
realmente destructivas. Y así llegamos hasta principios del siglo XIV. ¿Cuál fue
la desgracia de Europa?
En 1328, interpretando erróneamente la doctrina que Duns Escoto había
formulado [3], Guillermo de Occam (el que
Umberto Eco ha convertido, en El nombre de la rosa, en Guillermo de
Baskerbille), llegó a la conclusión de que la comunicabilidad de la absoluta
trascendencia (Dios) y la inmanencia en que el hombre vive, es imposible, no
puede darse; son dos cosas tan tremendamente distintas que no es posible pueda
haber una comunicación. Pero una vez planteado esto, ¿qué consecuencias tenemos?
Todos los actos que el hombre realiza no se refieren mas que al orden inmanente,
pero no pueden pasar la barrera, no pueden tener valor para la trascendencia. El
hombre no puede adquirir méritos para su propia salvación. Ésta depende única y
exclusivamente de la voluntad de Dios, que Dios le tenga puesto en el libro de
los elegidos para que vaya a la vida eterna o le tenga en el número de los
precitos, en cuyo caso no hay nada que hacer.
Partiendo de aquí, tampoco puede admitirse la presencia real de Cristo en la
Eucaristía. Podemos hablar de una memoria, de una presencia virtual, aquella que
parece que es verdad y no es verdad. Uno va a televisión, por ejemplo, y está en
una habitación completamente desnuda y sin embargo en la pantalla se ve en medio
de una iglesia o en medio de un gran salón: eso es la imagen virtual. Es
puramente virtual y no real. Pero aquí llega la clave fundamental y si esto es
así, ¿qué es la libertad? La libertad es simplemente independencia, es la
capacidad que el hombre tiene para hacer esto o lo otro, nada más. Pero no hay
una responsabilidad en orden a la trascendencia. ¿Y la capacidad racional? La
capacidad racional se refiere única y exclusivamente a los objetos materiales, a
la observación y la experimentación.
Europa sufrió una tremenda revolución. La primera etapa de esta revolución
fue el cisma de occidente. Normalmente en los libros de texto explicamos el tema
como que hubo dos que pretendieron ser Papas, uno en Aviñón y el otro en Roma.
Pero si vamos a un mapa y vemos dónde estaban las obediencias de cada uno de los
Papas, entonces descubrimos un secreto profundo: al lado del Papa de Aviñón
están todas las Universidades, está lo que después va a ser la Europa católica:
Francia, Italia y España. Y al lado del Papa que llamamos de Roma están
Inglaterra, el Norte de Europa, Alemania, es decir, la Europa protestante.
Porque lo que estaba en debate entonces no era la obediencia a este o al otro
Papa, era el séquito a estas dos ideas fundamentales que habían formulado: el
humanismo tomista, nacido en el siglo XIII, que reclama para el hombre esa
capacidad racional, ese libre albedrío, y para la Eucaristía la presencia real
–es Santo Tomás de Aquino el que emplea la palabra clave, la unión hipostática-,
y los seguidores de Occam. Cuando la Universidad de París se pronuncia en el
primer sentido, entonces los maestros occamistas piden al Papa, a su Papa,
licencia para fundar una Universidad. Se la concede y funda una Universidad en
Wittenberg. Wittenberg es donde se formará Lutero, donde llegará a ser profesor.
Mas aunque el Cisma de Occidente a duras penas se resolvió con el voto en
contra de la nación alemana, se había distribuido la cristiandad en cinco
naciones y se había dicho «decidiremos todo en virtud de estos cinco votos». Hay
algo muy significativo: quien ganó la batalla a favor del primado de Roma fue
España. La llegada de la nación española a Constanza cambió por completo las
posiciones. Lo que iba a ser una revolución que destruyese la estructura
jerárquica de la Iglesia, la presencia de los españoles hizo que cambiara por
completo el panorama: se unieron a los italianos, ganaron a los franceses y
finalmente a los ingleses. Cuatro votos contra uno; Alemania nunca votó a favor.
Por eso el primer acto de Lutero es el escrito a la nobleza de la nación alemana
diciendo, como Hitler: «hemos sido traicionados y no vencidos, y ahora ha
llegado el momento de tomar la represalia». Europa se rompió en dos. Hubo un
hombre que intentó el diálogo, hubo un Schuman-De Gasperi de la época, Erasmo.
¡Qué curioso! La mayor parte de la gente tiene hoy una idea pésima de Erasmo.
Erasmo recibió las bofetadas de las dos partes. Primero fue el gran defensor del
catolicismo –el Papa quiso hacerle cardenal, él no quiso, se negó: «qué hago yo
en esta curia romana donde algunos cardenales han comprado a los siete años de
edad el capelo»-, el que trataba de buscar sensatez en las dos partes, no tanto
diciendo «vamos a sentarnos a dialogar», sino «vamos a aceptar los principios
fundamentales en que todos estamos de acuerdo», y podremos llegar a descubrir
que ese acuerdo es de más del ochenta por ciento, mientras que el desacuerdo es
tan sólo de algo más del diez. No es tan importante la división como la unión.
Pero nadie aceptó este planteamiento. Al amigo íntimo de Erasmo, Tomás Moro, le
mataron [4]. Pero Europa prefirió recurrir
a las armas y quedó en duda de a quién corresponde el protagonismo. En una
guerra, al ejército, y naturalmente a aquel que manda el ejército, es decir al
Estado. Hasta la Iglesia debe someterse al Estado. Esto es lo que se dijo. Uno
de los principios fundamentales que pone en marcha Lutero es «la religión se
somete al poder del príncipe». Los Reyes Católicos habían dicho lo contrario,
pero no dejaba de tener también sus inconvenientes porque al decir «nos
sometemos a la religión» quedaba implícito que llegaban a controlar el
desarrollo de la Iglesia en este orden. Y vino la guerra. Fue una guerra
tremendamente cruel. Sobre todo en su última etapa, las matanzas de París son
para poner los pelos de punta. Que se atreva alguien a hablar ahora mal de la
Inquisición, cuando se contaban con los dedos de la mano las víctimas del famoso
Tribunal Español y había que acudir a muchos miles para ver lo que Isabel estaba
haciendo en Inglaterra, o lo que se estaba haciendo con los hugonotes en
Francia; más vale no volver sobre ello. No es este el tema que nosotros debemos
tener tanto en consideración. Hubo una guerra. Durante la Guerra de los Treinta
Años, sobre todo en la fase final, en Alemania llegaron a comerse cadáveres
humanos. De esto hoy se procura hablar lo menos posible.
Y sucedió algo inesperado: en sus tres primeras fases la guerra fue ganada
por los católicos, fue ganada por España. Nördlingen parece que sella el futuro
pero un cardenal de la Iglesia católica, Richelieu, ayudado por el padre Joseph
de Temblé fundador de los capuchinos, se hace a sí mismo una reflexión: ¿qué es
lo importante, la religión o el Estado? Y concluye: el Estado; no puedo
consentir que España triunfe porque esto sería un mal para Francia, y, por
consiguiente, me uno a los protestantes a fin de que el poder francés pueda
triunfar. Y de esta forma llega la derrota, la paz de Westfalia, que fue
oficialmente condenada por el Papa Inocencio XI. ¿Por qué? Porque la única
posibilidad que había entonces de llegar a un entendimiento era colocar al
Estado como cumbre de todas las cosas. Por eso, al mismo tiempo que se firma la
paz de Westfalia, Hobbes está escribiendo en Inglaterra el Leviatán, que
es donde se encentra la base fundamental del absolutismo. El absolutismo otorga
al Estado todos los poderes, incluso los poderes morales; no niega la moralidad,
lo que afirma es que el uso de la moralidad, la custodia y hasta la precisión de
la moralidad corresponde directa y exclusivamente al Estado. El Estado es la
paz, el Estado es el que garantiza toda la libertad de que puedan gozar los
súbditos. ¿La paz? Ahí es donde empieza el repaso que hacían De Gasperi,
Adenauer y Schuman.
¿Qué pasó después? Primero la guerra de Luis XIV, luego la Guerra de la
sucesión de España, la Guerra de la Pragmática, la Guerra de los Siete Años, las
guerras de la revolución, las guerras de Napoleón, la Guerra de Crimea, la
Guerra del 70, la Guerra del 14, la Guerra del 39. Cada una de estas guerras
multiplicaba por cien el número de víctimas de la guerra anterior.
Cuando en una batalla medieval, de las que tantas veces hemos oído hablar,
como Azincourt, el número de víctimas son veintinueve muertos entre los dos
bandos, ahora estamos hablando de millones de muertos. Ha llegado el momento de
detener esta marcha. Ahora bien, la sensación no puede ser en estos momentos más
demoledora.
¿Qué se ha hecho de aquel sueño de 1947? Un mercado común y una nueva
afirmación: el triunfo del poder del Estado. Lenin lo había visto: el Estado no
será verdaderamente absoluto mientras no se someta al partido. Eso es
totalitarismo, él es quien inventa la palabra totalitarismo. Conviene tener en
cuenta, a pesar de lo que digan sus enemigos, que España nunca tuvo
totalitarismo. Nunca en el régimen de Franco el Estado estuvo sometido al
partido, sino que el partido estaba sometido al Estado. Pero ahora estamos
avanzando de tal manera que en los países occidentales, cuando un partido
triunfa, se convierte en el dueño del Estado y cambia incluso la noción
fundamental del ius. Una noción fundamental del ius es que una ley
fundamental, que lleva consigo el principio de autoridad, no puede ser
modificada por una simple decisión del Gobierno. Pues nosotros, en España,
acabamos de vivir una de estas decisiones contrarias. Una ley fundamental es
modificada, según el Consejo de Estado, con toda razón, por un decreto simple
del Gobierno. Es decir, el día de mañana la protección que el ciudadano cree que
le corresponde a través de la ley estará en el aire porque dependerá única y
exclusivamente de lo que un decreto del Estado determine. Este es el gran
problema.
El Papa nos dice que hay que seguir luchando. Pero hay que seguir luchando en
la defensa de aquellos valores que son los que se asocian a la cristiandad.
Cuando nosotros reclamamos para la Constitución europea el reconocimiento de
esta condición, no estamos pensando en los curas, no estamos pensando en ninguna
de las estructuras eclesiales, lo que estamos pensando es en la defensa de los
principios morales de los cuales depende la dignidad del ser humano. Si esto se
pierde, indudablemente también esta dignidad desaparecerá.
[1] Luis Suárez Fernández es catedrático emérito
de Historia Medieval de la U. Autónoma de Madrid y académico de la Real Academia
de la Historia.
[2] De Gásperi había vivido la guerra precisamente dentro
de los muros del Vaticano, trabajando en la biblioteca y en el archivo.
[3] Escoto trataba de descubrir una nueva dimensión en el
hombre, es decir también la dimensión individual; venía a decir que el ser
humano se salva a sí mismo, y cada persona tiene que resolver su vida, a solas,
aunque se empeñe en lo contrario.
[4] Fue la mujer de Tomás Moro la que empezó a trazar la
leyenda negra contra Erasmo pues, aparte de sus ideas, era insoportable como
persona individual, no había quien le aguantase, era un caprichoso, era un
comodón, un solterón; había sido ordenado sacerdote, luego dispensado aunque
nunca quiso volver al estado laical, quedando en una situación un poco ambigua.
Cuando Tomás Moro le llevaba a su casa incomodaba a su mujer.