REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)
DEJAD EN PAZ LA GUERRA; DEJAD EN PAZ A LOS MUERTOS
Por Anselmo Álvarez OSB [1]
Un año tras otro la memoria de los caídos reúne ante este altar a muchos que
queréis venir a orar para que el sacrificio de unos y otros haya servido a la
redención de sus almas y a la salvación de España. Nuestra voluntad es que la
Eucaristía que vamos a celebrar recoja en el mismo pan y en el mismo cáliz unas
vidas cuya inmolación no fue inútil porque puede ser unida a la de Cristo, y con
ella fecundar la vida de ese pueblo por el que fue ofrecida. Esto es lo que
hacemos los monjes en la Misa de cada día en esta Basílica: unir dos sacrificios
sobre el mismo altar: el de Cristo y el de todos los que murieron en aras de su
propia causa, para que ambos sean acogidos en la presencia de Dios y sirvan para
expiar las culpas en que ellos y nosotros hayamos incurrido.
Esta es la finalidad a la que sirve el Valle. En él se albergan los restos y
la memoria de incontables españoles por encima de ideologías y parapetos. Por
eso, los símbolos que guardan su descanso son signos de redención y de perdón, o
son ángeles que hacen reposar sus espadas en señal del fin de la contienda.
Escuchemos también nosotros su mensaje, que parece decirnos:
Dejad en paz la guerra; dejad en paz a los muertos, si no es para desearles
el descanso eterno: todos sois hermanos, todos hijos de la misma tierra y de la
misma patria, todos hijos del mismo Padre Dios. No enfrentéis de nuevo unos
contra otros, ni abráis nuevas heridas en la convivencia pacífica de los
españoles. No levantéis nuevas trincheras, ni forjéis nuevas espadas, de acero o
de palabras, ni desatéis vientos que presagian tempestades.
No esgrimáis los argumentos de la guerra cuando se os han acabado las ideas y
las utopías. No levantéis fronteras entre vosotros porque algunos hablen con
otro acento o hayan nacido de un lado o de otro de este río o de aquella sierra.
Si los muertos pudieran ser escuchados sólo les oiríais una palabra:
reconciliaos. Es el mensaje de pacificación y concordia que vuelve a ser
necesario trasmitir frente al antagonismo y el rencor que se instalan de nuevo
en algunos.
Aquí, en el Valle, no se hace apología de nadie sino oración por todos. Aquí
se celebra diariamente la liturgia eucarística y la alabanza de Dios como un
himno que brota del corazón de España para impetrar sobre ella la protección
divina.
Este lugar no se hizo para apologías ni para nostalgias sino, como dicen
todas sus piedras, para la gloria de la Cruz redentora y de Dios, Juez de vivos
y muertos (tal como aparece representado en la cúpula); y asimismo para la
promoción de la justicia y de la armonía entre los españoles, algo en lo que en
el Valle se trabajó ejemplarmente a lo largo de muchos años (en aquel Centro de
Estudios Sociales) hasta que alguien decidió eliminarlo.
Esta es fundamental la razón de ser del Valle.
La Misa de esta tarde nos sitúa ya en la celebración de la festividad de
Cristo Rey. Muchos de estos caídos hicieron de su invocación su última palabra
como hombres y como cristianos. Afirmaban con ella algo que pertenecerá siempre
a la fe cristiana: Cristo es Rey: «Yo soy Rey, y para esto he venido: para dar
testimonio de la verdad»: la verdad de que efectivamente soy Rey. Aunque mi
reino no es el poder temporal, sino el que rige las conciencias y el orden del
mundo y del hombre.
Como el príncipe de los Ángeles, Miguel, cada uno de nosotros debemos tener
la intrepidez de proclamar: «¿Quién como Dios?». La supremacía sobre
todas las cosas, en el cielo y en la tierra, le corresponde únicamente a Aquel
que ha dicho: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». Porque
«al sometérselo todo Dios no dejó nada que no pusiera bajo su dominio» (Heb 2,
8). «Él le dio la gloria, el poderío y el reino sobre todos los pueblos; todas
la naciones y todos los hombres le servirán. Su dominio es un dominio eterno que
no pasará, y su reino no será jamás destruido» (Dn 7, 13-14). Este es el
lenguaje de Dios en la Escritura. Por eso Jesús nos insta a pedir: «hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo».
Voluntad de Dios que es ley de amor pero no por ello menos imperativa. Dios
no ha renunciado a esa autoridad, aunque parcialmente la comparta con el hombre:
«dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Es necesario volver a proclamarlo así cuando tantos afirman que los
individuos y los Estados sólo obedecen a sus propias normas: «ni Dios ni ley»,
dice el viejo lema ácrata, en el que parecen inspirarse no pocos gobernantes
cuando se trata de la legislación moral, sobre todo en el campo de la familia,
de la educación y del respeto a la vida. Pero los poderes humanos y la libertad
individual no han sido entregados al arbitrio caprichoso de nadie, sino a la
responsabilidad racional de cada uno.
Estamos viviendo una situación en la que se han roto todos los equilibrios
morales y sofocado casi todos los gérmenes espirituales. El resultado es la
«apostasía silenciosa» (J. Pablo II, Iglesia en Europa), el deslizamiento
hacia el nihilismo moral y la paralela elevación de éste a categoría ética y
jurídica de primer rango. Nos están empujando a un estado de excepción moral. En
nombre de un absolutismo laicista se está adelantando la puesta en práctica de
la Constitución europea en lo referente a la abolición de Dios y de su ley en la
organización de la sociedad.
El hecho de que tales o cuales opciones de índole moral sean compartidas por
algún sector de la misma no autoriza al legislador a ampararlas con el manto de
la ley. No es sólo al ciudadano al que hay que escuchar cuando una conducta está
más o menos arraigada. También lo pueden estar muchos comportamientos
antisociales o antinacionales, a los que se niega justamente su legalización. De
hecho, lo que no ratifica la recta razón ni la ley divina no queda legítimamente
sancionado ni por la conciencia ni por la ley civil. «Es necesario obedecer a
Dios antes que a los hombres», lo cual vale para todos en cualquier
circunstancia, porque aun dentro de la sociedad civil los hombres no
dejan de ser súbditos de Dios.
Sucede, además, que lo que está en juego en esta liquidación de los
principios morales no es sólo la ley de Dios sino el orden natural, la
racionalidad, la cultura, las convicciones universales. Ni la sociedad humana ni
el cristianismo han vivido de espaldas a la verdad del orden moral colectivo,
cuando hasta ahora han creído y vivido según normas universalmente reconocidas.
Junto a ellas ha actuado la ley para regular y preservar el bien común según
criterios objetivos de rectitud y verdad. Es ahí donde se encuentra con el orden
moral, el que tiene su fuente directa en Dios. En ambos se asienta la cultura y
la propia civilidad, que marcan la dirección del verdadero progreso humano.
El hombre se ha dado la cultura para educar los comportamientos colectivos
según los imperativos reconocidos de la razón, a fin de contener los posibles
desbordamientos de la conducta. Por eso, la tolerancia total, tutelada por la
ley, es el fin de la cultura y de la convivencia, cuando se toma como expresión
de progreso y libertad lo que es negación máxima del espíritu humano. Pero ello
no hace a una sociedad más fuerte, libre y progresiva, sino que la empuja al
abismo, porque todo lo que se separa del centro se desintegra.
Nosotros, en España, supimos siempre que existe una Constitución primera y
esencial: el Evangelio, considerado como suprema ley de las conciencias, tanto
en el orden personal como en la esfera pública. Sabíamos, por eso, que lo que el
Evangelio declara legítimo o ilegítimo lo es en cualquier espacio de la vida
humana. En ello está en juego esa soberanía universal que corresponde al Dios
único y que es la garantía máxima frente a la subversión del orden.
Lo que hoy parece programado es el debilitamiento y la humillación de un
pueblo que ha sido noble y fuerte porque sólo se ha humillado ante Dios y ante
su soberanía, y porque ha sido durante siglos su embajador ante el mundo. Aunque
no es alentador el estoicismo que hemos mostrado hasta ahora ante ese atropello,
nadie puede dudar que más pronto o más tarde, en la sociedad española se
levantará un clamor incontenible en demanda de reparación por los infinitos
daños morales causados en la familia y en la sociedad, en el orden moral y
social, en el honor y en el espíritu de los españoles.
Con la inmensa mayoría de ellos, nosotros repetimos hoy: «Tuyo es el reino;
tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor».
[1] Anselmo Álvarez OSB es Abad de Santa
Cruz del Valle de los Caídos. El presente texto corresponde a la homilía
pronunciada el 20 de noviembre de 2004.